Administración: Queridos lectores, nuestra escritora Beth está trabajando en este nuevo proyecto, así que vamos a animarla y a disfrutar de este hermoso y sexy universo, conocido como «omegaverse»

Fic TOLL de Beth

Capítulo 1

La guardia de madrugada en el hospital siempre era un limbo extraño. El edificio parecía dormir, solo interrumpido por el pitido ocasional de un monitor o el eco de pasos lejanos.

Mi madre me había pedido que cubriera este turno porque uno de los residentes se enfermó, y aunque odiaba las noches, no podía decirle que no. Así que ahí estaba yo, Bill Kaulitz, Omega registrado, médico de urgencias en formación, con una bata blanca que olía a desinfectante y un café negro en la mano para mantenerme despierto.

Acababa de salir del consultorio pequeño donde guardábamos los medicamentos. Me había tomado los supresores hacía apenas diez minutos; el amargo sabor aún me picaba en la lengua. Funcionaban bien la mayoría del tiempo: apagaban el calor, neutralizaban las feromonas, me dejaban ser solo un médico y no una designación biológica.

En un hospital como este, era obligatorio.

Nadie quería que un Omega en crisis alterara a medio pasillo de Alfas.

Suspiré, sorbiendo el café caliente, y caminé hacia la sala de descanso.

Todo estaba en calma.

Solo quedábamos tres médicos, cuatro enfermeras y un par de auxiliares.

La paz antes de la tormenta, pensé con ironía.

Y entonces llegó la tormenta.

Primero fue un grito ahogado desde la entrada principal. Luego pasos pesados, muchos. Voces graves, órdenes secas. Me detuve en seco en medio del pasillo, el café temblando en mi mano.

Un grupo de hombres irrumpió por las puertas automáticas.

Al menos ocho, todos armados con pistolas y rifles que apuntaban a cualquier movimiento.

Vestían de negro, caras duras, olor a adrenalina y pólvora impregnado en ellos.

Alfas, todos.

El instinto me hizo retroceder un paso, pero me obligué a quedarme quieto.

Detrás de ellos venía el líder, supuse.

Cabello castaño largo, atado en una coleta desordenada, rostro tenso y cubierto de sudor.

Llevaba a un hombre colgando de su hombro derecho, sosteniéndolo con fuerza.

El herido tenía la mano izquierda presionada contra su abdomen, pero la sangre se escapaba entre sus dedos, dejando un rastro rojo brillante sobre el linóleo blanco.

Demasiada sangre.

Iba a acercarme ,era mi trabajo, joder…cuando el castaño me apuntó directamente con una pistola que sacó de la cintura.

—Tú. Omega. —Su voz era ronca, urgente—Vas a salvarlo. Ahora. Si no, te mato.

El corazón me latió con fuerza, pero no de miedo. De rabia. Alcé la barbilla, sosteniéndole la mirada.

—No hace falta que me amenaces para que haga mi trabajo —le espeté, la voz fría—Baja el arma.

El herido levantó la cabeza con esfuerzo. Era alto ,trenzas negras, con rasgos afilados incluso pálidos por la pérdida de sangre. Sus ojos dorados me recorrieron con desprecio puro.

—No… —jadeó, la voz débil pero cargada de veneno—No quiero que un Omega me toque. Déjame morir antes.

Me quedé helado un segundo. Extrañamente un dolorcito que hace mucho no me daba, apareció, pero lo ignore….

Luego la indignación llego y me quemó por dentro como ácido.

—¿En serio? —dije, riendo sin humor—Pues allá tú. Aquí al lado hay una funeraria. Mucha suerte.

Di media vuelta, dispuesto a irme. Que se desangrara si tanto odiaba mi designación. No iba a rogarle a nadie que me dejara salvarle la vida.

—¡No seas estúpido! —gruñó el castaño, ajustando el peso del herido—Déjate atender, carajo.

El hombre ese abrió la boca para replicar, pero sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó.

Todo su peso cayó sobre el castaño, que maldijo en voz alta y casi se va al suelo con él.

Reaccioné por instinto.

Dejé caer el café ,la taza se rompió contra el piso y corrí hacia ellos.

—¡Camilla! ¡Ya! ¡Traigan una camilla y el kit de trauma! —grité hacia las enfermeras que se asomaban asustadas desde el puesto.

Dos auxiliares llegaron corriendo con la camilla. Entre el castaño y yo levantamos al herido  y lo subimos.

Estaba inconsciente, la camisa empapada en sangre, el olor metálico mezclándose con algo más… algo intenso, almizclado, que incluso mis supresores no pudieron bloquear del todo.

Alfa. Puro, dominante. Y herido de gravedad.

Puse ambas manos sobre la herida en su abdomen, presionando fuerte para contener la hemorragia. La sangre caliente se filtró entre mis dedos.

—¡Quirófano dos, prepárenlo! ¡Llamen al cirujano de guardia! ¡Presión arterial, vía periférica, O negativo, ya! —ordené mientras empujábamos la camilla a toda velocidad por el pasillo.

El castaño corría a mi lado, pistola aún en mano pero apuntando al suelo, los ojos fijos en su compañero.

—No lo dejes morir —me dijo en voz baja, casi suplicante.

Lo miré de reojo. Por primera vez noté el miedo real en su rostro.

—No planeo hacerlo —respondí, sin dejar de presionar la herida—Pero si sigue sangrando así, va a ser complicado.

Y mientras corríamos hacia el quirófano, con las alarmas sonando y el olor de ese Alfa invadiendo mis sentidos a pesar de todo, supe que esta noche acababa de volverse mucho más larga de lo que imaginé.

Entramos al quirófano  a toda velocidad, las ruedas de la camilla chirriando contra el piso.

No era el momento para distracciones, pero mi cuerpo lo registraba de todos modos: un tirón instintivo, como si mis feromonas quisieran responder. «Concéntrate, Bill», me dije mentalmente. Era un profesional, no un Omega en una novela barata.

Los auxiliares ya estaban allí, alertados por mis gritos.

Dos enfermeras ,una Beta y una Omega como yo, con máscaras y guantes puestos se movieron rápido.

Mientras estabilizábamos al paciente en la mesa de operaciones, empecé a dar órdenes precisas.

—Monitoreen signos vitales: pulso, presión, saturación de oxígeno. Prepárenme una vía intravenosa con fluido salino y transfundan O negativo inmediatamente. Herida abdominal penetrante, posible hemorragia interna. Necesitamos ecografía FAST para ver si hay daño en órganos.

Una de las auxiliares tomó tijeras quirúrgicas y empezó a cortar la ropa de el, primero la camisa empapada, luego los pantalones, revelando el torso marcado por músculos tensos y tatuajes que serpenteaban por su piel. La herida principal era un corte profundo en el abdomen inferior, probablemente de un cuchillo o bala, con bordes irregulares y sangre fresca brotando.

Había moretones en las costillas y un rasguño en el hombro, pero el abdomen era lo crítico.

Presioné gasas estériles sobre la herida para contener el flujo mientras la Beta conectaba el monitor: pitidos irregulares, pulso acelerado, presión cayendo.

Me quité la bata de calle rápidamente y me puse el uniforme quirúrgico: gorro, máscara, guantes esterilizados, bata verde. Estaba listo para asistir.

El castaño, su compañero armado se quedó en la puerta, vigilado por sus hombres, pero no interfirió.

Sus ojos seguían fijos en su amigo como si pudiera salvarlo con pura voluntad.

Justo entonces, la puerta se abrió con fuerza y entró Gustav Schäfer, el cirujano de guardia.

Alto, imponente, con ese aura alfa que llenaba la habitación sin esfuerzo.

Llevaba 2 años trabajando con él; era estricto pero justo, y nunca había dejado que mi designación como Omega interfiriera en su respeto profesional.

—Informe rápido, Kaulitz —dijo mientras se lavaba las manos a toda prisa y se ponía los guantes.

—Herida abdominal penetrante, pérdida masiva de sangre, inconsciente. Posible perforación intestinal o vascular. Ya transfundiendo y estabilizando —respondí, sin apartar las manos de la herida.

Gustav se acercó a la mesa, inclinándose para examinarlo bajo las luces brillantes. Pero entonces se detuvo en seco, su rostro palideciendo bajo la máscara. Sus ojos se clavaron en la cara del herido, y por un segundo, pareció congelado.

—¿Gustav? ¿Qué pasa? —pregunté, frunciendo el ceño. No era propio de él dudar en una urgencia.

Él parpadeó, recuperándose, pero su voz salió alterada, casi un gruñido alfa protector.

—¿Cómo demonios diste paso a este tipo en el hospital, Bill? ¿Sabes quién es? ¡Es un narcotraficante! Tom Pitz, líder de una de las redes más grandes de la ciudad. La policía lo busca desde hace meses. Asesinatos, tráfico, extorsiones… ¿Y lo traes aquí como si fuera un paciente cualquiera?

Abrí los ojos de par en par, el shock golpeándome como un balde de agua fría. ¿Tom Pitz? No tenía idea.

En la confusión del pasillo, solo vi a un hombre desangrándose, no a un criminal.

Miré de nuevo al rostro inconsciente de Tom: rasgos afilados, mandíbula fuerte, ese cabello trenzado revuelto. Y entonces… el apellido.

Pitz.

Me sonaba tan familiar, como un eco de algo enterrado en mi memoria.

De nuevo un tirón en ese lugar en específico…. pero no podía ubicarlo.

¿De dónde lo conocía? Sacudí la cabeza, enfocándome en el presente.

—No… no lo sabía —balbuceé, mis manos aún presionando la herida, ahora temblando ligeramente— Llegaron armados, amenazando. Dijo que lo salvara o me mataba. ¿Qué iba a hacer, dejarlo morir en la entrada?

Gustav maldijo por lo bajo, ajustando su máscara.

—Maldita sea. Bien, no hay tiempo para esto. La policía vendrá en cuanto se enteren. Pero primero, lo estabilizamos. No voy a dejar que muera en mi mesa, criminal o no. Prepara el bisturí y el equipo de laparotomía. Vamos a abrir y reparar lo que sea que esté sangrando ahí dentro.

Asentí, tragando saliva, y me moví para asistir.

Mientras Gustav hacía la primera incisión, el olor de Tom ese almizcle alfa dominante se intensificó con la adrenalina del quirófano.

Mis supresores luchaban, pero sentía un cosquilleo en la piel, una atracción no deseada.

¿Quién eras realmente, Tom Pitz? Y ¿por qué tu apellido me hacía sentir como si hubiera abierto una puerta que debería haber permanecido cerrada?

La cirugía apenas comenzaba, y ya sabía que esta noche cambiaría todo.

Salí del quirófano pasadas las cinco de la mañana, con las piernas temblando de agotamiento y las manos aún oliendo a antiséptico y sangre. Habían sido casi cuatro horas de tensión absoluta: Gustav había reparado una perforación en el intestino delgado y una arteria mesentérica parcialmente seccionada.

Tom  había perdido mucha sangre, había necesitado seis unidades de transfusión y en dos ocasiones su corazón había fallado el ritmo.

Pero lo estabilizamos.

Estaba vivo.

En UCI, intubado, sedado y con pronóstico reservado, pero vivo.

Me quité la bata quirúrgica, el gorro y la máscara en el vestidor, sintiendo cómo el peso de la noche me caía encima de golpe. El pasillo estaba silencioso, demasiado silencioso.

Esperaba encontrarme con el grupo de hombres armados esperando noticias, pero no había nadie.

Ni el castaño de pelo largo, ni sus secuaces. Solo el rastro de sangre ya seco en el suelo de la entrada y un par de policías locales que habían llegado hacía una hora y ahora hablaban en voz baja con el jefe de seguridad del hospital.

Me acerqué al puesto de enfermería. Marta, la enfermera Beta que había estado conmigo en la cirugía, estaba anotando algo en el ordenador.

—¿Y los hombres que trajeron al paciente? —pregunté, secándome el sudor de la frente con la manga— ¿Dónde están?

Marta levantó la vista y me tendió un papelito doblado.

—El de pelo largo, el que parecía el jefe del grupo, se fue hace unas dos horas. Dijo que volverían por noticias. Me dejó esto. Un número de teléfono. Dijo que llamaras directamente ahí cuando tuvieras información del estado del paciente.

Tomé el papel.

Era un trozo de bloc de notas del hospital, con un número escrito a bolígrafo en letra firme y angulosa.

Dudé un segundo, pero el deber profesional pudo más que el cansancio. Saqué mi móvil del bolsillo de la bata y marqué.

Un tono. Dos. Tres.

—¿Sí? —contestaron al otro lado. Era él. La misma voz ronca y grave que me había apuntado con una pistola horas antes.

—Soy el doctor Kaulitz, del hospital central —dije, seco— Llamo por el paciente que trajeron esta madrugada. Herida abdominal por arma blanca…con quien hablo?

Silencio breve. Luego:

—Georg Listing —se presentó— Gracias por llamar, doctor. ¿Cómo está Tom?

—Acaba de salir de quirófano. Reparamos el daño intestinal y vascular. Está estable por ahora, pero en cuidados intensivos, sedado e intubado. Pronóstico reservado. Las próximas cuarenta y ocho horas son críticas: riesgo de infección, sepsis, fallo multiorgánico. Necesita reposo absoluto y vigilancia constante.

Georg soltó un suspiro que sonó a alivio contenido.

—Entendido. En dos días iremos por él. Asegúrate de que esté listo para trasladarlo.

—¿En dos días? —repetí, alzando la voz sin darme cuenta—Está en estado crítico. No puede moverse. Y mucho menos si hay policía de por medio.

—Exacto —me cortó, con tono calmado, casi divertido—Por eso te lo digo claro, doctor: mejor que no haya policías cuando vallamos, porque si los hay… ese hospital se convertirá en una masacre. Y no quiero eso. Tom tampoco. Así que haz lo que tengas que hacer.

Me quedé mudo un segundo.

La rabia me subió por la garganta como bilis.

—¿Me estás amenazando otra vez? ¿En serio? —le solté, sin filtro— Acabo de pasar cuatro horas salvándole la vida a tu amigo, a un narcotraficante buscado, por cierto. Podría haberlo dejado morir en la entrada como él mismo pidió. Y ahora tú, ¿vienes a decirme cómo hacer mi trabajo y a amenazar con matar gente inocente si no obedezco? ¿Quién te crees que eres?

Georg… rio. Rio de verdad, una risa baja y grave que me puso los nervios de punta.

—Eres peleonero, doctor Kaulitz. Me gusta. Pero no es una amenaza, es una promesa. Dos días. Mantén a Tom vivo hasta entonces.

Y colgó.

Bajé el teléfono lentamente, mirando la pantalla negra.

La ira me quemaba el pecho.

Apreté los dientes tan fuerte que me dolieron.

¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevían todos ellos a irrumpir en mi hospital, a poner en riesgo a mis compañeros, a tratarme como si fuera su maldito mensajero?

Marta me miró preocupada.

—¿Todo bien?

—No —respondí, arrugando el papel en el puño—Nada bien.

Pero en el fondo, debajo de la furia, había algo más.

El apellido de el seguía resonando en mi cabeza como una campana lejana. Y el olor de Tom, ese aroma alfa que se había quedado grabado en mis sentidos a pesar de los supresores, no me dejaba en paz.

Dos días.

Dos días para decidir si avisaba a la policía y arriesgaba una carnicería… o si, por alguna razón que aún no entendía, dejaba que se lo llevaran.

Y dos días para que Tom despertara y me mirara de nuevo con esos ojos dorados llenos de desprecio.

No sabía cuál de las dos cosas me asustaba más.

A las nueve en punto de la mañana firmé la salida del turno, entregué el parte al residente que entraba y me despedí de Marta y del resto del equipo con un cansado “nos vemos mañana”.

Todos sabían que había sido una noche infernal; nadie preguntó detalles.

Justo cuando cruzaba el vestíbulo principal, las puertas automáticas se abrieron y entró mi madre, impecable como siempre: bata blanca planchada, el cabello recogido en un moño perfecto y esa aura de autoridad tranquila que hacía que hasta los Alfas más arrogantes bajaran un poco la voz en su presencia.

Era la directora del hospital desde hacía diez años, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, gran parte de mi disciplina médica venía de ella.

—Buenos días, cariño —me saludó con una sonrisa suave, aunque sus ojos me escanearon de arriba abajo en un segundo—Tienes cara de haber librado una guerra.

—Algo parecido —murmuré, devolviéndole el abrazo breve que me dio—Me voy a casa a dormir. Estoy muerto.

—Ve tranquilo y descansa todo lo que necesites —dijo, poniendo una mano en mi hombro— Yo me encargo de todo aquí. Y gracias por cubrir el turno, sé que no te gustan las noches.

Asentí, agradecido. Antes de irme, la detuve un momento.

—Mamá… hay un paciente en UCI, habitación 412. Tom Pitz. Es… complicado. Por favor, vigílalo de cerca y avísame si hay cualquier cambio. Se lo encargo especialmente a Andreas; es de los pocos en los que confío ciegamente para esto.

Ella frunció ligeramente el ceño, captando que había más de lo que decía, pero no insistió.

—Entendido. Andreas se ocupará personalmente. Duerme, Bill. Te lo has ganado.

Salí del hospital con la luz del sol pegándome fuerte en los ojos después de tantas horas bajo fluorescentes. Subí a mi coche, un Audi negro discreto, y conduje los treinta minutos hasta las afueras de la ciudad, donde vivía en una casa grande de dos plantas rodeada de jardín y altos pinos. Era demasiado espacio dos personas pero nunca me había arrepentido de comprarla.

Aparqué en el garaje, cerré la puerta con el mando y entré por la cocina.

El silencio habitual de la casa se rompió casi de inmediato: unos pasitos rápidos y ligeros bajando las escaleras de madera, acompañados de una risa cantarina.

—¡Papiii!

Volteé justo a tiempo para agacharme y abrir los brazos. Victoria bajó los últimos escalones volando y se lanzó contra mí, abrazándome el cuello con sus bracitos.

Cinco años, toda la carita mía, pómulos altos, labios finos, expresión traviesa…. pero con un cabello rojizo y rizado que le llegaba a los hombros y que definitivamente no había sacado de mí. Y luego estaban sus ojos: el izquierdo verde jade intenso, el derecho dorado cálido.

Heterocromía completa como la mía.

La gente siempre se quedaba mirándola embobada en la calle, y yo no podía culparlos.

Era preciosa, perfecta, lo único verdaderamente puro que había hecho en mi vida.

—Hola, mi princesa —susurré contra su pelo, alzándola en brazos aunque ya pesaba más de lo que debería cargar un Omega agotado— ¿Me extrañaste?

—Muchísimo —respondió con esa voz clara y decidida de los niños que saben exactamente lo que quieren— La tía Simone dijo que volvías tarde porque salvabas a los enfermos.

Sonreí a medias. Simone, mi niñera y amiga de toda la vida, siempre encontraba la forma de explicar mis guardias sin asustarla.

—Salvamos a alguien que estaba muy enfermito, sí. Pero ahora estoy aquí contigo.

Victoria me tomó la cara con sus manitas y me miró muy seria.

—¿Estás cansado, papá?

—Un poquito —admití—Pero verte me quita todo el cansancio.

Ella sonrió, mostrando el huequito donde le faltaba un diente de leche, y me dio un beso ruidoso en la mejilla.

—Entonces vamos a hacer tortitas y luego dormimos la siesta juntos, ¿vale?

No había nada en el mundo que pudiera negarle a esa carita.

—Vale —dije, besándole la frente— Pero primero una ducha, que huelo a hospital.

Subí las escaleras con ella aún en brazos, sintiendo por primera vez en horas que podía respirar tranquilo. Afuera había narcotraficantes, amenazas, policías y un Alfa en coma cuyo apellido me removía algo muy profundo que aún no quería nombrar.

Pero aquí dentro, en mi casa, solo estábamos Victoria y yo.

Y por unas horas, eso era suficiente.

Después de preparar las tortitas con Victoria  ya que ella estaba insistiendo en ponerle caritas de chocolate derretido, le agradecí a Simone con un abrazo fuerte. Era Beta, tranquila, leal, la única persona además de mi madre en quien confiaba ciegamente para dejar a mi hija.

—Gracias por todo, Simo. De verdad. Si no fuera por ti…

Ella me revolvió el pelo como cuando éramos adolescentes.

—No digas tonterías, Bill. Vete a descansar, que te hace falta. Mañana vuelvo a las ocho.

La acompañé a la puerta, cerré con llave y subí de nuevo las escaleras. Victoria ya estaba en su habitación, sentada en la alfombra con su libro de colorear abierto y un montón de lápices esparcidos alrededor.

—Papá, ¿me lees un cuento después de la ducha?

—Claro, mi vida. Cinco minutos y estoy contigo.

Me metí en el baño principal, abrí la ducha caliente y dejé que el agua se llevara el olor a hospital, a sangre, a estrés.

Me enjaboné el cuerpo con calma, pero cuando llegué al cuello mi mano se detuvo sola.

Allí estaba.

La cicatriz. Irregular, plateada ya con los años, pero aún visible bajo la piel pálida: la marca de una mordida profunda, hecha con dientes alfa en pleno celo.

Cerré los ojos un segundo.

No.

Hoy no.

Aparté la mano como si quemara y seguí lavándome rápido, como si pudiera borrar también los recuerdos.

Salí, me sequé con fuerza, me peiné el cabello húmedo hacia atrás y me puse una pijama suave de algodón gris.

Cuando abrí la puerta de la habitación de Victoria, la encontré ya rendida.

Estaba boca abajo sobre la alfombra, el libro abierto bajo su mejilla, un crayón rojo aún entre los dedos y un hilito de saliva escapándose por la comisura de la boca.

La posición era tan cómica y tierna a la vez que no pude evitar reírme en voz baja.

Mi niña. Mi todo.

La alcé con cuidado, la acomodé en su cama, le quité los zapatos y la tapé con su manta favorita de estrellas.

Me quité las zapatillas y me metí a su lado, rodeándola con un brazo.

Su respiración tranquila y su calor pequeño me relajaron casi al instante.

Cerré los ojos.

Y caí.

No era un sueño claro.

Era uno de esos recuerdos borrosos que llegan como niebla, fragmentos que duelen más por lo que falta que por lo que se ve.

Tenía casi quince años.

El pelo más corto, la cara más redonda, el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a romperme las costillas.

Estaba enamorado. Locamente, estúpida e irremediablemente enamorado de un chico dos años mayor que yo.

Alto, cabello en rastas rubias, con ojos dorados que me miraban como si yo fuera lo único importante en el mundo.

En el sueño lo veía sonreír, esa sonrisa torcida que me hacía temblar. Recordaba el día que todo cambió: mi primer celo, el calor insoportable, el miedo y la necesidad mezclados.

Él me encontró escondido en nuestro lugar secreto ,un viejo cobertizo abandonado detrás del instituto y me ayudó.

Me calmó.

Me abrazó.

Me besó hasta que dejé de llorar.

Y luego… me entregó todo lo que tenía.

Fue mi primera vez.

Dolor y placer y el amor tan grande que pensé que no cabía dentro de mí.

Después vinieron días felices, robados.

Mensajes escondidos, manos entrelazadas en la oscuridad, promesas susurradas.

Hasta que un día fui al punto de encuentro y él no apareció.

Ni ese día.

Ni el siguiente.

Ni nunca más.

El recuerdo se volvió más oscuro.

Yo, adolescente, llorando en la cocina mientras le contaba todo a mi madre. Su enfado inicial

—“¡Eres muy pequeño, Bill! ¡Cómo pudiste dejar que te marcara!”

Luego el shock cuando las pruebas confirmaron que estaba embarazado.

El abandono.

La tristeza que me hundió tanto que apenas comía, apenas respiraba.

Las noches en que pensé que no lo lograría, que Victoria y yo moriríamos antes de que ella naciera.

Pero nacimos de nuevo.

Los dos.

Y con el tiempo la cicatriz del cuello dejó de sangrar.

La del corazón también, poco a poco.

Me hice fuerte.

Médico.

Padre.

Independiente.

Algún día, pensé muchas veces, volvería a verlo.

A Tom.

Tom…

Tom…

Desperté de golpe, empapado en sudor frío.

El corazón me martilleaba en el pecho.

La habitación estaba a oscuras, solo la luz de la luna entrando por la ventana.

Victoria dormía plácidamente a mi lado, ajena a todo.

Me llevé la mano al cuello instintivamente.

La cicatriz parecía arder bajo mis dedos.

—Tom… —susurré en la oscuridad, la voz rota.

Tom.

Mi Tom.

El chico que me marcó, que me dejó, que me dio a Victoria y luego desapareció.

Y el Tom Pitz que había llegado desangrándose al hospital… era el mismo.

El mismo Alfa.

El mismo hombre.

Las lágrimas me rodaron por las mejillas sin permiso.

No sabía si era rabia, miedo o algo mucho más profundo.

Pero ahora lo sabía.

Y ya no había forma de volver atrás.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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