
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 49
El pitido constante del monitor cardíaco era lo único que rompía el silencio de la habitación del hospital. Willem llevaba todo un año en coma, un año en el que su cuerpo había ido curándose poco a poco de las heridas del accidente, pero su mente seguía atrapada en la oscuridad.
Hasta ahora, porque después de aquellos movimientos de los dedos que había tenido, le habían quitado los tubos que le ayudaban a respirar y justo dos días después de la visita de James, el chico moreno consiguió reaccionar del todo…
Sus párpados empezaron a moverse, un pequeño temblor que la enfermera de turno pilló al instante mientras le hablaba con ese tono dulce que siempre usaba con sus pacientes. Salió corriendo, llamando al médico mientras miraba de reojo cómo los dedos del chaval se contraían un poquito. —Doctor, está despertando— anunció con urgencia cuando este llegó hasta ella.
El doctor entró en cuestión de segundos, revisando las pupilas de Bill con una linternita pequeña. Los ojos del chico se abrieron despacio, parpadeando contra la luz artificial de la habitación. Estaban desorientados, perdidos, como si estuviera viendo el mundo por primera vez. Entrecerrados y cansados. —Tranquilo, tranquilo— dijo con voz suave. —Estás en un hospital, estás a sañvo.
Bill intentó hablar, pero tenía la garganta tan seca e irritada por el tubo que había llevado durante meses que solo le salió un sonido ronco. La enfermera le acercó un vaso con agua y una pajita, ayudándole a dar sorbitos pequeños que le dolían en la garganta al mismo tiempo que se la refrescaban.
—¿Puedes decirme tu nombre?— preguntó el doctor, observándolo con mucha atención.
Bill lo miró fijamente, sus labios se movieron, pero no salió nada. Frunció el ceño muy confundido e intentó recordar, buscó en su cabeza algo, cualquier cosa, pero solo encontró un vacío que daba pánico. —Yo… no…— su voz era apenas un susurro roto. —No lo sé.
El doctor intercambió una mirada preocupada con la enfermera. —¿Recuerdas qué te pasó? ¿Cómo llegaste aquí?
Bill negó con la cabeza despacio, y el pánico empezó a notársele en los ojos. —No recuerdo nada… ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí?— su voz se quebró y las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas del puro agobio. —¿Por qué no recuerdo nada?
—Vale, vale, tranquilízate— el doctor intentó calmarlo. —Has estado en coma durante un año, es posible que tengas amnesia temporal. Vamos a hacerte algunas pruebas.
Pero Bill no escuchaba. Su respiración se aceleró, el monitor cardíaco empezó a pitar más rápido al momento. Se llevó las manos a la cabeza, intentando encontrar algo, cualquier recuerdo, pero solo había oscuridad. —¡No lo pillo! ¿Por qué no puedo recordar nada? ¿Ni siquiera mi nombre?— sollozó. —¿Qué me pasó?
La enfermera tuvo que ponerle un sedante suave para calmarlo mientras el doctor salía de la habitación, yendo directo a su despacho para hacer una llamada que sabía que no podía evitar.
Había que avisar al Comandante James Krüger.
Dos días después de que Willem despertara, el Comandante James Krüger entró en el hospital con esa presencia intimidante tan suya y unos ojos fríos que no dejaban ver ni una pizca de emoción. El doctor lo esperaba en su despacho con una carpeta llena de resultados de todas las pruebas que le habían hecho a Bill por su reacción a las preguntas. Era de esperar que el chico pudiera perder la memoria, porque el golpe en la cabeza había sido muy fuerte.
—Comandante Krüger— saludó el doctor, ofreciéndole asiento.
James ni se molestó en sentarse, al contrario, se quedó de pie, con los brazos cruzados. —¿Despertó?
—Sí, hace dos días. Pero hay complicaciones— informó rápido el doctor.
—¿Qué tipo de complicaciones?— la voz de James era seca, impaciente. Había esperado demasiado tiempo como para que ahora hubiera algún problema que lo jodiese todo.
El doctor abrió la carpeta y empezó a sacar radiografías dejándolas sobre la mesa del escritorio; eran los resultados de las resonancias magnéticas y evaluaciones neurológicas que había estado haciendo, llegando incluso a repetirlas para que no hubiera ningún error en el sistema. —Tiene amnesia retrógrada severa. No recuerda absolutamente nada de su vida antes del accidente, ni su nombre, ni su familia, ni las circunstancias que lo llevaron al coma. Hemos hecho múltiples pruebas. Aquí las puede ver— señaló cada una. —TAC cerebral, resonancia magnética, evaluaciones cognitivas…
James cogió los documentos y los miró con cara de escepticismo. —Amnesia— repitió, como si la palabra le supiera a rayos, en un susurro bajito. —Qué oportuno.
—Comandante, los resultados son claros— el doctor señaló una de las imágenes. —Puede ver aquí, en la resonancia, que sufrió un traumatismo craneoencefálico severo durante el accidente. El lóbulo temporal medial, que es clave para la memoria a largo plazo, sufrió daños importantes. La amnesia es totalmente coherente con este tipo de lesión.
James tiró los papeles sobre el escritorio con desprecio. —O es un actor cojonudo.
—Comandante, yo mismo he evaluado al paciente— dijo el doctor intentando que Krüger lo entendiera. —Su confusión es real. Tiene ataques de pánico cuando intenta recordar, no está fingiendo.
—Todo el mundo finge, doctor— James se inclinó sobre el escritorio, su mirada se volvió penetrante y se clavó en el médico. —Ese chaval estuvo metido con Thomas Trümper, uno de los narcotraficantes más peligrosos de Alemania. Fue secuestrado por un criminal que ahora tiene un puto imperio ahí fuera. Estuvo en medio de una guerra entre clanes y ahora, ¿de repente no recuerda nada? No me toques los cojones.
—Los traumas psicológicos severos también pueden provocar amnesia disociativa…
—No me venga con teorías psicológicas— cortó James al momento, moviendo la mano en el aire. —Necesito respuestas, no excusas. ¡Ese chico es mi única conexión con Brian y con lo que queda del Clan Nox!— gritó con rudeza. —¿Cuándo puedo interrogarlo?
El doctor suspiró, sabiendo que no tenía opción. —Médicamente, está lo bastante estable. Pero tenga cuidado, comandante, su estado mental es frágil. Presionarlo demasiado podría…
—Déjeme hacer mi trabajo, doctor. Usted haga el suyo y manténgalo vivo.
Sin esperar respuesta, James salió del despacho, yendo directo a la habitación donde Bill estaba recluido bajo custodia federal. El chico de pelo negro estaba sentado en la cama del hospital, mirando por la ventana con cara de vacío total. Había pasado los últimos dos días intentando recordar algo, lo que fuera, pero su mente era una página en blanco que le aterraba.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que cuando la puerta se abrió de golpe y entró un hombre alto, de presencia imponente y mirada helada, Bill se tensó por instinto. Se sobresaltó. —¿Quién es usted?— preguntó de forma automática con voz temblorosa.
—Comandante James Krüger de la DEA— respondió el agente de forma seca, cogiendo una silla que estaba cerca del mini sofá para sentarse delante de la cama sin que lo invitaran. —Tenemos que hablar, chaval.
—¿DEA?— repitió el moreno en un murmullo con el ceño un poco fruncido, estaba muy perdido. —No entiendo, ¿qué quiere de mí?
—Respuestas— James se inclinó hacia delante, sus ojos clavados en Bill como si pudieran atravesarlo. —Y me las vas a dar quieras o no. Es obligatorio.
—Pero yo no recuerdo nada, el doctor dijo que tengo amnesia…
—Ah, sí. Amnesia— el comandante sonrió sin pizca de humor. —Qué oportuno para ti, ¿eh? Justo cuando más te necesitamos.
Bill negó con la cabeza, más que confundido y muerto de miedo. —No estoy fingiendo, yo… de verdad no sé quién soy. No sé por qué estoy aquí. Por favor, si sabe algo de mí, dígamelo— pidió casi con desesperación. Si pudiera moverse, estaría prácticamente encima del tío suplicándole respuestas. Pero ni siquiera podía girar el cuello sin quejarse del dolor. Krüger se quedó mirándolo fijamente; no iba a arriesgarse, si la amnesia era real, lo mejor era no contarle al chaval quién era, pero sí irle haciendo preguntas con disimulo.
—¿Quieres saber quién eres?— James se cruzó de brazos y Willem asintió con la cabeza. —Eres alguien que estuvo metido con criminales peligrosos, ¿vale? Con narcotraficantes, con asesinos.
Los ojos de Bill se abrieron como platos de puro horror al procesar aquellas palabras con un poco de retraso. —No… eso no puede ser verdad— dijo, empezando a agobiarse un poco. —Yo no… yo no haría algo así— se quedó mirando a un punto fijo sin pillar absolutamente nada de lo que estaba pasando en ese momento.
—¿Ah, no? ¿Y cómo lo sabes si no recuerdas nada?— la voz de James era como un latigazo. —Dime, ¿qué recuerdas del enfrentamiento entre dos clanes, Trümper y Nox?
—¿Enfrentamiento? No… no sé de qué me habla…
—¿No? ¿Y qué hay de Brian? ¿Tu secuestro?
Bill negó con la cabeza una y otra vez, las lágrimas empezaban a formársele en los ojos. —No sé de qué habla, señor. Por favor, no conozco ese nombre, no recuerdo nada.
James se levantó de golpe, haciendo que Bill se encogiera en el sitio al instante. —Estuviste en medio de una guerra territorial entre narcotraficantes, viste cosas, sabes cosas y me vas a contar todo lo que sabes— exigió, subiendo la voz sin llegar a gritar del todo.
—¡Pero no sé nada!— gritó Willem, totalmente desesperado en ese momento. —¡No recuerdo nada! Por favor, tiene que creerme.
—¿Creerte?— James se rio con amargura. —No creo en las coincidencias y desde luego no creo en amnesias tan oportunas— se acercó a la cama, inclinándose hasta quedar a centímetros de la cara aterrorizada de Bill, que apretó los labios para que no le temblaran. —Escúchame bien, chaval. Me da igual si tienes amnesia o si lo estás fingiendo, vas a colaborar conmigo, de una forma u otra. Porque si no lo haces, te pudres en una celda el resto de tu vida. ¿Entendido?
—Pero… pero yo no hice nada malo, ¿verdad?— la voz de Bill era apenas un susurro.
James se enderezó, mirándolo con cierto desprecio. —Eso es lo que vamos a averiguar.
Y sin decir nada más, salió de la habitación, dejando a Bill temblando y sollozando, completamente perdido en un mundo que no reconocía y que lo trataba como a un criminal. ¿Un criminal? Esa palabra le aterraba. Le entraba pánico, le daban ganas de salir corriendo, de huir, de encontrar a alguien que de verdad lo ayudara y le dijera qué narices era su vida. Pero, ¿quién podría saberlo? Quizás nadie lo conocía, quizás no tenía familia, quizás estaba completamente solo en ese mundo.
El doctor le había contado que lo encontraron en un coche que había volcado, que tuvo un accidente, pero que no sabían nada de él, no había registros suyos ni de su nombre. Y ahora aparecía un agente de la DEA y lo acusaba de cosas que él no recordaba haber hecho. ¿Acaso sí las había hecho?
¿Estaba perdido del todo, entonces?
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Una semana después, James Krüger se reunió con el fiscal Morrison en un restaurante discreto del centro de la ciudad. Él estaba al tanto del joven Kaulitz en coma, al que James había hecho pasar por muerto, igual que a la señorita Franz, que ahora estaba en la cárcel de mujeres, todo con el objetivo de que colaboraran en el caso de Brian.
Nathalie había recibido una visita de Krüger tiempo atrás; necesitaba información sobre Brian y ella podía ayudarle mientras Willem estaba inconsciente, pero no le dio nada útil. Así que el Comandante seguía tan jodido como lo había estado durante todo ese año, porque ahora Willem, el único testigo que le quedaba, había despertado con amnesia, aunque él no se lo tragaba del todo. Quizás el doctor lo estaba cubriendo para que saliera del lío en el que se metería pronto. Pero James no tenía forma de demostrarlo; al contrario, no tenía nada que le ayudara con el caso de El Zar. Era todo una puta mierda.
—James— saludó Morrison, estrechándole la mano. —Hacía tiempo que no nos veíamos.
—Necesito un favor, Daniel. Un favor gordo— respondió Krüger sin ni siquiera devolver el saludo. Morrison suspiró, ya lo tenía asumido como algo normal en James. Así que se sentaron en una mesa apartada. Krüger pidió un whisky y Morrison un martini.
—Te escucho— le dijo el fiscal.
—¿Te acuerdas del chaval del que te hablé hace tiempo? ¿El que tengo bajo custodia?— preguntó y el otro asintió con la cabeza. —Bien, como sabes, estuvo metido con el Clan Trümper, uno de los más grandes que yo intenté desmantelar sin éxito alguno, y que ahora están muertos. Ese chico es la única conexión viva que me queda con Brian, el cabrón que se nos escapó del hospital y que ahora está haciendo de las suyas.
—Vale… ¿Y cuál es el problema con ese chaval que tienes bajo custodia?
—Pues que ha despertado y dice que tiene amnesia. No recuerda nada— respondió Krüger dando un trago a su bebida.
Morrison dio un sorbo a su martini también. —¿Y qué dice el doctor que lo lleva?
—Confirma la amnesia— respondió James. —Pero yo no me lo creo. Y aunque fuera verdad, ese chaval sabe cosas… cosas que están enterradas en su cabeza y que necesito sacar— soltó, golpeando la mesa con el dedo índice a medida que hablaba.
—¿Qué propones?
James se inclinó sobre la mesa, bajando la voz. —Necesito presión. Necesito que sienta que su vida se ha acabado si no colabora, quiero que lo acuses formalmente de cargos relacionados con narcotráfico.
Morrison levantó una ceja al momento. —¿Tienes al menos alguna prueba?
—Estuvo en una relación con Tom Trümper, estuvo presente en el enfrentamiento del parking. Eso es suficiente para vincularlo— dijo.
—James, si no tiene memoria, no puede defenderse… un abogado podría…
—Por eso no le vamos a contar los detalles— interrumpió James a media frase. —No le diremos con qué clan estaba relacionado, ni quiénes eran sus socios, ni nada concreto. Solo cargos vagos: asociación ilícita, complicidad con organizaciones criminales. Si no recuerda nada, no tiene forma de contradecir lo que digamos.
Morrison se recostó en la silla, pensativo. —Es… poco ortodoxo.
—Pero legal… técnicamente— comentó James ladeando un poco la cabeza mientras removía su vaso de whisky con la mano derecha antes de dar un trago. —Necesito al juez para esto, es el más adecuado.
Morrison sonrió despacio. —Eres un hijo de puta, James.
—Pero efectivo— respondió el otro, levantando su vaso como si fuera a brindar por ello. —¿Estás conmigo otra vez?
Morrison lo pensó un momento, sopesando las consecuencias. Finalmente, chocó su copa contra la de James. —Estoy dentro. ¿Qué condena buscas?
—Diecisiete años, pero solo lo mantendremos dos si coopera— contestó con una pequeña sonrisa en los labios. —Si en esos dos años consigo que hable, reducimos la condena y lo dejo libre. Si no… bueno, que se pudra ahí dentro.
—¿Y si de verdad no recuerda nada?
James dio un trago largo a su whisky. —Entonces encontraré la forma de hacerle recordar, como sea.
Morrison asintió, sellando así el destino de un chaval de diecinueve años que ni siquiera sabía su propio nombre.
Tres semanas después, Bill fue trasladado de la custodia del hospital a una sala de juicios directamente. Le habían dado ropa civil básica, que era unos vaqueros y una camiseta blanca sencilla. Estaba esposado y escoltado por dos oficiales federales. Cuando entró en la sala, sus ojos se llenaron de pánico puro. Había tanta gente, tantas miradas clavadas en él que se sentía como un animal enjaulado al que estaban exhibiendo.
Su abogado de oficio, un tío joven y claramente superado llamado Guillermo Reid, apenas lo había visitado dos veces antes del juicio. No tenía mucho que decir porque Bill no tenía nada que ofrecer para su defensa.
—¿Cómo te sientes?— le preguntó Reid en voz baja mientras se sentaban.
—Asustado— admitió Willem, con la voz temblándole mientras el corazón le iba a mil. —No entiendo qué está pasando, no me han dado respuestas claras, ¿sabes? Estoy muerto de miedo y…— contuvo la respiración antes de terminar, tenía que calmarse él solo aunque lo que quería era salir corriendo.
—Vas a estar bien. Solo… solo responde con la verdad, ¿vale?
Pero Bill ni siquiera sabía cuál era la verdad.
El juez, el mismo hombre que condenó a Beckham hace un año, golpeó el mazo con fuerza, captando la atención de todos. —Se abre la sesión. El Estado contra…— hizo una pausa, mirando los documentos sobre el mostrador delante de él. —Contra el acusado sin identificación oficial, referido temporalmente como Sujeto 0847.
Bill sintió un escalofrío. Ni siquiera tenía nombre en este juicio. El fiscal Morrison se puso de pie, impecable con su traje oscuro. —Su señoría, el Estado acusa al sujeto de los siguientes cargos: asociación ilícita con organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico, complicidad en actividades delictivas, y obstrucción a la justicia.
—¿Cómo se declara el acusado?— preguntó el juez.
Reid se levantó rápido. —No culpable, su señoría. Mi cliente sufre de amnesia severa y no recuerda los eventos que se le imputan.
—La amnesia no es una defensa legal— respondió Morrison con frialdad. —El acusado estuvo presente en escenas de crimen vinculadas con el narcotráfico. Fue encontrado en compañía de individuos buscados por la DEA, su participación es innegable.
—¡Pero yo no recuerdo nada!— Bill se puso de pie de golpe, desesperado, con los ojos empezando a llenársele de lágrimas. —¡No sé de qué están hablando! ¡Ni siquiera sé quién soy, joder! ¡Por favor!
—¡Orden!— el juez golpeó el mazo otra vez. —El acusado permanecerá sentado y en silencio.
Reid tiró de la manga de Bill, haciéndolo sentar de nuevo. El pelinegro tenía lágrimas rodándole por las mejillas, estaba más que triste, jodidamente triste porque no entendía nada de lo que pasaba a su alrededor. ¿Por qué nadie le explicaba por qué estaba en un sitio tan lúgubre como un tribunal donde lo iban a condenar? ¿De verdad había hecho cosas malas? ¿Por qué? ¿Cómo había acabado ahí? ¿Por qué nadie venía a por él?
El fiscal Morrison se acercó al estrado, mirando directamente a Bill con ojos calculadores. —El acusado estuvo involucrado en actividades criminales— dijo. —Mantuvo relaciones cercanas con individuos peligrosos. Y ahora, convenientemente, no recuerda nada. Su señoría, esto es claramente un intento de evadir la justicia.
—¡No estoy evadiendo nada!— gritó Bill otra vez, ya harto de todo lo que estaba pasando. —¡Por favor, tienen que creerme! ¡Yo no…!
—¡Orden!— el juez volvió a golpear el mazo repitiendo esa misma palabra, solo una, con una seriedad que hacía temblar a cualquiera. —Una interrupción más y será retirado de la sala— le advirtió al moreno, a quien se le contrajeron los labios hacia abajo temblándole por el dolor que llevaba dentro en esos momentos. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas, y la punta de la nariz se le ponía rojita mientras sus pestañas retenían las lágrimas.
Se cubrió la cara con las manos, sollozando. Reid intentó consolarlo, aunque fue en vano, porque no había mucho que pudiera hacer al respecto.
El juicio siguió durante horas. Morrison presentó «evidencia» vaga, con fotos de Bill en lugares relacionados con el narcotráfico, testimonios de agentes que lo encontraron en el parking después del enfrentamiento. Testimonios de testigos que obviamente habían sido pagados, pero nunca mencionó nombres concretos. Nunca dijo con quién estaba vinculado exactamente, nunca detalló las circunstancias reales.
El abogado intentó argumentar que sin recuerdos, Bill no podía defenderse como Dios manda. Que era injusto juzgar a alguien que no sabía qué había hecho, pero el juez, fiel a su palabra con James, no mostró ni una pizca de clemencia. Al contrario. —El tribunal encuentra al acusado culpable de los cargos presentados— sentenció al final, y Bill sintió como si el sitio, tan enorme en el que estaba, se redujera hasta casi asfixiarlo. Su mirada estaba perdida, pero podía ver cómo las paredes parecían derrumbarse a su alrededor mientras las voces se volvían lejanas y un pitido pequeño se instalaba en sus oídos. —La condena es de diecisiete años en prisión federal.
Bill sintió que el mundo se le venía abajo. Sí. Era una sensación opresiva que no le dejaba ni respirar ni llorar. Como si estuviera en una especie de trance donde sus pensamientos flotaban a su alrededor, desordenados.
—No… no, por favor…— susurró, y su voz se iba quebrando conforme hablaba. Sintiendo los ojos arder por las lágrimas retenidas. —Por favor, yo no hice nada… no sé qué hice…
Bill fue esposado de nuevo y sacado de la sala cuando el juez golpeó el mazo una última vez. En el pasillo, vio al Comandante James Krüger observando desde una esquina, con una expresión satisfecha en la cara. Sus miradas se cruzaron un momento, y Bill sintió un odio que no sabía que podía sentir hacia alguien.
James le había arruinado la vida y ni siquiera sabía por qué. O si realmente tenía razones…
Cuando lo enviaron a la prisión, Bill acabó en la misma celda que Beckham. El tipo al verlo creyó que estaba alucinando, no era posible que Willem Kaulitz, el mismo que Matthew le había asegurado que había muerto junto a Nathalie, estuviera delante de él en ese momento. Asustado, con las mejillas empapadas en lágrimas. No entendía absolutamente nada, y entre su pánico y su sorpresa susurró: «¿Bill…?»
El pelinegro solo lloraba sin prestarle atención en absoluto. Bach quería hablarle, saber qué había pasado. ¿Cómo era que Bill estaba vivo? ¿Por qué al verlo no reaccionó? ¿Por qué simplemente se sentó en el suelo, con la espalda pegada a la pared y las piernas recogidas contra el pecho, llorando a mares, mientras repetía una y otra vez: «yo no hice nada. Sé que no hice esas cosas. Lo sé, Dios…»? Y la más importante, ¿por qué estaba ahora mismo en su celda, vistiendo ese uniforme naranja?
—¿Estás bien?— se atrevió a preguntar con mucho cuidado en la voz, acercándose al menor a pasos lentos. El pelinegro esnifaba mientras temblaba y levantó la mirada, sus ojos estaban rojitos y húmedos. No, Bill no parecía reconocer a Bach y eso Bach lo pilló al instante. —¿Por qué estás aquí? ¿Cómo…?
—Dicen que cometí crímenes— susurra el pequeño con la voz ronca de tanto llorar. —Que hice cosas, pero no lo recuerdo— musitó, y el labio inferior empezó a temblarle. —No sé quién soy y si de verdad hice las cosas por las que ahora estoy aquí encerrado— soltó en un hilillo de voz antes de morderse el labio inferior para que dejara de temblar, pero sin poder evitar que le cayeran más lágrimas. —No sé quién soy…
«Mierda» fue lo que pensó Bach en ese momento.
Sin pensárselo dos veces, se sentó a su lado en el suelo. No sabía qué narices hacer. ¿Bill había perdido la memoria? ¿Cómo? ¿Por qué? Todos lo daban por muerto, incluyéndolo a él, bueno, hasta hace unos minutos. No pillaba absolutamente nada, pero sabía que no podía dejarlo solo. En esa cárcel pasaban cosas horribles si no ibas con mil ojos y siempre alerta. Viendo a Bill tan vulnerable sabía que no aguantaría ni tres días él solo.
Tenía que cuidarlo, hacer lo que no pudo hacer hace un año en aquel parking. Tal como Tom habría querido.
Pensar en él le hizo preguntarse si Thomas sabía algo de esto, si sabía que Bill, su moreno, estaba vivo. Pero tras darle vueltas llegó a la conclusión de que no. Porque si Tom lo supiera, Bill no estaría ahora mismo en una celda. ¿De qué lo habían incriminado?
—No te preocupes— le murmuró al menor con una leve sonrisa. —Yo te protegeré.— Bill parpadeó confundido mientras sorbía por la nariz. —Me llamo Beckham, pero puedes decirme Bach. ¿Tú tienes nombre?— el pelinegro negó con la cabeza. —Vale, ¿qué tal si te llamo «Billie»?— preguntó.
Bill intentó sonreír antes de asentir con la cabeza. Le molaba ese nombre nuevo. Al menos su compañero de celda no lo llamaría por los números impresos en el uniforme. Pero una duda le inundó la mente y, separando un poco los labios temblorosos, soltó la pregunta: —¿Por qué?— había sido. —¿Por qué quieres «protegerme»? Acabas de conocerme y…
—Eso no importa— le interrumpió sin dejar de sonreírle suavemente. —Quizás lo entiendas más adelante. ¿De cuántos años es tu condena?
—Diecisiete años.
—¿Eh? ¿Cómo que…?— no terminó de preguntar. Solo apretó los labios, tensó la mandíbula y cerró las manos en puños. Si Bill estaba en esa celda era porque nadie sabía que había sobrevivido al accidente, y si nadie sabía era porque… habían fingido su muerte. Pero ¿por qué harían algo así? ¿Con qué fin? —Es… son muchos años— susurró, aclarando un poco la garganta. —Mientras te quedes conmigo no te pasará nada malo aquí dentro, ¿vale?
El pelinegro, aún perdido, asintió con la cabeza.
Esa misma tarde, Bach salió de la celda con las esposas puestas porque tenía una «visita». Para él fue súper raro, porque nadie lo visitaba nunca, no tenía a nadie ya que estaba aislado. Pero al llegar a la zona de visitas, Bach vio al agente Krüger sentado con los codos sobre la mesa de metal. No había nadie más, solo ellos dos. Bach lo reconoció al instante y le cayó un disgusto enorme, pero aun así se sentó delante del Comandante.
—¿A qué se debe su visita?— preguntó Bach con una calma fingida, porque al poner los brazos esposados sobre la mesa, Krüger notó que tenía las manos apretadas en puños.
—Seguramente te estarás haciendo un montón de preguntas— respondió James. —Por tu nuevo compañero de celda, al que seguro que recuerdas, ¿o me equivoco?
—Es el chaval al que intenté «salvar» en el parking— susurró Bach.
—Exacto.
—Usted dijo que había muerto, ¿cómo es que…?
—Evita hacer preguntas— le cortó el Comandante de golpe, con cara neutra. —No necesitas saber «¿por qué?» ni «¿cómo es que sigue vivo?»— negó con la cabeza. —Todo es confidencial, parte de un caso por El Zar— musitó. —Solo he venido a aclararte una cosa y nada más.—.Bach levantó la cabeza, recostando la espalda perezosamente contra el respaldo de la silla de metal. Tragó saliva mientras fingía aburrimiento. —Ese chico, tu compañero de celda, parece que tiene amnesia y es tan severa y peligrosa que si escucha algo que le devuelva la memoria de golpe, podría sufrir un derrame cerebral y lo necesito entero, ¿entiendes?
—¿Por qué me lo cuenta, comandante?— preguntó el prisionero. —O no, mejor respóndame: ¿por qué por «casualidad» es mi nuevo compañero de celda?— interrogó, entrecerrando un momento los ojos.
—Porque tienes una tarea, y es cuidar de que no le pase nada aquí dentro— le contestó. —Sé que tienes cierto poder aquí dentro, y también sé que estando ese chaval contigo, estará a salvo. Es crucial que esté protegido. Solo estará aquí temporalmente.
—¿Por qué?
—Que evites las preguntas— repitió James. —Ya sabes lo que necesitas saber— se pone de pie. —Haz lo que te he ordenado y puede que te rebaje los años aquí.
James salió sin ni siquiera esperar a que Bach intentara sacar algo más sobre el tema. Pero Bach sí que sacó algo en claro: que si Bill estaba ahí era por obra de Krüger, porque si no, él no habría ido a visitarlo ni a ordenarle que cuidara al pelinegro. Además de que mencionó que tenía que ver con el caso del cabrón de Brian. Todo apuntaba a que Willem era la víctima en un plan súper maquiavélico, pero él no podía hacer nada al respecto porque Bill tenía amnesia y, según James, sería peligroso que recuperara la memoria de golpe.
Lo evitaría a toda costa. Cuidaría de la pareja de su mejor amigo y velaría por que estuviera bien. No porque Krüger se lo ordenara, sino porque él ya lo había decidido antes de que se lo dijeran.
Sería el «guardián» de Willem.
Continúa…
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