Silent promise 64

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 64

By Omnisciente

Brian estaba plantado en medio de la sala principal de su mansión, completamente inmóvil como una estatua de mármol, escuchando con una furia que iba creciendo cómo su mano derecha, Viper, le contaba con todo lujo de detalles lo que había pasado en la madrugada.

Cómo el Clan Geist había atacado el almacén de mayor distribución del Clan Nox sin previo aviso, sin advertencia, sin darles ni puta oportunidad de preparar una defensa decente. Pillando a su gente totalmente por sorpresa, como lobos cayendo sobre corderitos despistados.

Matándolos a todos sin miramientos ni piedad. A los guardias de seguridad, a los curritos del almacén, a los contables, hasta a los chóferes que estaban descargando mercancía. Todos eliminados con una eficiencia brutal. Y solo habían dejado vivo a un tío, gravemente herido pero con vida suficiente para cumplir su propósito: que contara con pelos y señales cómo el Clan Geist había acabado con todo en cuestión de minutos. Llevándose toda la mercancía que pudieron cargar.

Varios millones de euros en cocaína pura, confiscando todo el dinero en efectivo que había en las bóvedas del almacén, y al final haciendo volar por los aires todo el edificio sin importarles una mierda que todavía hubiera gente agonizando dentro. Los cuerpos que no pudieron identificarse después quedaron como mensaje, como advertencia clarísima.

Brian estaba que echaba humo, conteniendo la rabia a duras penas. La cara que ponía dejaba claro su cabreo total y su asco profundo ante la situación, aunque intentaba mantener algo de compostura delante de Viper. Tenía las facciones tensas, rígidas. La mandíbula apretada tan fuerte que los músculos del cuello se le marcaban a lo bestia. Las venas de las sienes le palpitaban con cada latido acelerado del corazón.

Sabía perfectamente que esa pérdida masiva de mercancía, la más gorda que había tenido en años, le iba a traer problemas serios con los proveedores rusos. Esos tíos no eran precisamente conocidos por su paciencia ni por su comprensión. Esperaban entregas puntuales, pagos exactos, resultados consistentes. No aceptaban excusas, da igual lo válidas que fueran. Y esta pérdida… era catastrófica.

Y no solo eso. No solo estaba el marrón con los rusos que ahora tendría que manejar con pinzas. Estaba también que estaba cabreado más allá de toda razón, más allá de lo que se puede decir con palabras, porque simplemente no se lo podía creer, no podía procesar que los cabecillas del Clan Geist fueran capaces de enfrentarle de forma tan directa y descarada. Acababan de meterse voluntariamente en la boca del lobo, pensaba con una mezcla de incredulidad y furia bestial. ¿Es que no sabían quién coño era él? ¿No pillaban las consecuencias de atacarle así?

En la mano derecha, cerrada en un puño blanco de la presión, sostenía un vaso de whisky a medio terminar. El líquido ámbar se movía ligeramente con el temblor apenas perceptible de su mano. Los cubitos de hielo que había echado hacía veinte minutos ya estaban casi derretidos del todo, dejando la bebida aguachada y asquerosa. Sentía el vidrio frío contra la piel, un contraste brutal con el calor de la ira que le recorría todo el cuerpo.

La respiración se le iba volviendo cada vez más errática, más superficial y rápida, por la furia que le corría por las venas como veneno. Podía oír el sonido de su propia respiración, agitada, furiosa, en el silencio tenso de la habitación mientras Viper esperaba nervioso su reacción. Sin pensárselo dos veces, actuando preso de la rabia incontrolable, estrelló el vaso con toda su fuerza contra la pared de yeso que tenía enfrente.

El ruido fue explosivo en el silencio. El cristal se hizo mil pedazos, fragmentos brillantes volaron por todos lados como metralla. El whisky salpicó la pared clara, dejando un patrón de manchas oscuras que empezaron a gotear despacio hacia el suelo de mármol. Algunos trozos de vidrio rebotaron y cayeron sobre la alfombra persa que decoraba el centro de la sala. El estallido violento calló de golpe a Viper, que estaba a punto de seguir con su informe.

El tío dio un respingo visible, retrocediendo un pasito involuntario, con el instinto de supervivencia activado ante la explosión de violencia de su jefe.

—¿Cuándo?— preguntó Brian entre dientes apretados, sin ni siquiera girarse a mirar a Viper.

Su mirada seguía fija en la mancha oscura que había dejado el whisky en la pared, observándola con una intensidad que en otras circunstancias habría sido hasta cómica. Como si pudiera hacer desaparecer la realidad de lo que había pasado solo con mirarlo lo bastante fuerte.

—Esta madrugada, señor— respondió Viper con una vacilación notable en la voz, midiendo cada palabra con cuidado.

Conocía a Brian lo suficiente como para saber que en estos estados, cualquier palabra mal dicha podía hacer que la próxima cosa que se estrellara contra la pared fuera él mismo.

—Al parecer habían estado vigilando el sitio con bastante antelación— siguió, dando los detalles que había recopilado —Supieron exactamente a qué hora cambiaban el turno los hombres que vigilaban las entradas. Conocían nuestros protocolos, nuestras rutinas. Ese breve momento de transición, cuando hay menos guardias activos, fue justo cuando atacaron. Cinco minutos de ventaja. Y los aprovecharon de puta madre.

Hizo una pausa, tragando saliva antes de soltar la peor parte.

—Mataron a todos los que se les pusieron por delante sin dudar. Eran significativamente más numerosos que nuestros hombres que estaban en el almacén en ese momento. Quizás el triple. Así que realmente no había probabilidades reales de que ganáramos ese enfrentamiento. Atacaron de la nada, completamente coordinados, con armamento superior. Nadie se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde. Hasta que ya estaban dentro.

Brian cerró los ojos con fuerza, intentando contener la oleada de violencia que amenazaba con desbordarse. Los labios se le torcían en una mueca de asco total, de repulsión ante su propia impotencia. Intentaba inútilmente calmar la rabia que le quemaba por dentro. Respiró hondo, llenando los pulmones del todo, y soltó el aire despacio, en silencio, tratando de aplicar las técnicas de control que había aprendido hace años. Pero no funcionaban. Nunca funcionaban de verdad cuando estaba tan furioso.

Ladeó un poco la cabeza, mirando a Viper de reojo con una mirada que habría congelado el infierno. —¿Destruyeron todo?— preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Necesitaba oírla confirmada, por jodida que fuera.

—Todo, jefe— afirmó Viper con un pequeño asentimiento, su voz apenas era un murmullo —Absolutamente todo. No dejaron nada utilizable, nada que pudiéramos recuperar o salvar. Hicieron volar el almacén entero en pedazos. El edificio es ahora solo escombros. Los bomberos estuvieron ahí horas intentando apagar el incendio.

—Esos hijos de su puta madre— gruñó Brian con voz baja y peligrosa, cada palabra salía como un siseo entre sus dientes apretados. Se pasó la lengua por los labios en un gesto nervioso, sintiendo cómo la sed de venganza se volvía casi física en la garganta. —Les voy a enseñar exactamente por qué nadie, absolutamente nadie, se mete conmigo— susurró con una histeria apenas contenida.

Una que intentaba desesperadamente controlar para no acabar destrozando todo lo que hubiera a su paso en el salón. Los jarrones caros, las pinturas invaluables, los muebles de diseñador, todo era prescindible comparado con la necesidad de romper algo, lo que fuera, con sus propias manos.

Se giró bruscamente hacia Viper, con los ojos ardiendo con una determinación muy fría.

—Investiga todo, absolutamente todo sobre el Clan Geist, Stiven— le ordenó, usando el nombre real de Viper, algo que solo hacía cuando las cosas eran realmente serias —Hasta lo más mínimo e insignificante. No me importa cuán irrelevante parezca. Quiero saberlo absolutamente todo sobre esos bastardos.— empezó a caminar de un lado a otro de la sala como un animal enjaulado, en su mente ya procesaba, planificando, buscando debilidades que explotar —Su vida privada completa. Cada detalle de su vida laboral. Dónde comen, dónde duermen, qué beben, con quién se acuestan. Cada maldita cosa— siguió, subiendo el volumen con cada palabra —Incluso todo, y cuando digo todo es TODO, sobre las personas involucradas con ellos de cualquier forma. Y con eso me refiero también, y especialmente, a ese agente de la DEA que secuestraron hace semanas, ¿estamos?

Se paró frente a Viper, clavándole una mirada intensa.

—Quiero fotos de alta resolución. Vídeos de vigilancia de al menos dos semanas. Registros telefónicos si puedes conseguirlos. Movimientos bancarios. Propiedades a su nombre o a nombre de testaferros. Lo que sea que puedas encontrar. Quiero conocerlos mejor de lo que se conocen a sí mismos, saber sus vidas mejor que sus propias madres. Quiero saber exactamente dónde golpear para que duela más. De todos ellos. Cada miembro importante del Clan Geist.

—Así será, jefe— le respondió Viper al instante, ya mentalmente haciendo lista de contactos a los que tendría que llamar —¿Para cuándo necesita toda esta información?

—Cuanto antes, Viper— respondió Brian rápido, sin dudar, con una mirada demasiado seria e intensa que no admitía discusión alguna —Te doy una semana. Solo una semana. Siete días. Ni uno más.

—Quizás me tome incluso menos de una semana, señor— se apresuró a asegurar Viper, conociendo la urgencia real detrás de la orden de su jefe —Tengo algunos contactos que pueden acelerar el proceso si les pago lo suficiente.

—Eso espero sinceramente. Porque si no lo tienes listo en ese plazo…— dejó la amenaza flotando en el aire, implícita y clarísima.

Brian le dio la espalda otra vez, caminando con pasos medidos hacia el mueble bar tallado a lo bestia que ocupaba una esquina de la sala. Se sirvió otro vaso de whisky, esta vez con mucha más calma, con movimientos deliberadamente lentos y controlados. En un intento consciente de recuperar algo de compostura. El anillo plateado en su dedo anular chocó contra el cristal suavemente, haciendo un tintineo delicado. Esta vez no echó hielos, prefiriendo el whisky puro, fuerte, ardiente bajando por la garganta.

—Llama a las mujeres de la limpieza— dijo con voz plana, sin emoción, refiriéndose al desastre de vidrios rotos y líquido que había montado —Quiero que limpien toda esta mierda antes de que me termine esta copa.

—Sí, señor— Viper hizo una reverencia corta y respetuosa, ya girándose para largarse y empezar con las órdenes. Pero antes de dar más de dos pasos, volvió a hablar al recordar otro detalle más —Hay algo más, jefe…

Brian puso los ojos en blanco con exasperación evidente, soltando un bufido de mala leche. Por supuesto que había algo más. Siempre había algo más. Nunca era solo una mala noticia, siempre venían en paquete. —¿Qué?— preguntó con un tono cortante, dejando el vaso sobre el mueble bar con más fuerza de la necesaria.

—Es sobre los niños— susurró Viper, bajando la voz instintivamente.

Brian giró la cabeza rápido para mirarle directamente a los ojos, con una intensidad renovada. Sabía perfectamente que cuando Viper o Helga le hablaban de esos mocosos desgraciados, solo era porque habían vuelto a hacer alguna faena. Siempre causando problemas, siempre siendo una fuente constante de irritación. No hizo falta que Brian soltara la pregunta de siempre, ese «¿qué han hecho ahora?» que ya se había vuelto rutina. Porque Viper, conociendo la impaciencia de su jefe, se le adelantó a contarle lo último.

—Han vuelto a hacer de las suyas, señor— dijo con cara de resignación —Intentaron escapar otra vez. Rompieron un jarrón en el proceso.

El rubio no esperó a que Viper le contara más detalles, no necesitaba oír la historia completa. Con eso ya le sobraba para justificar lo que estaba a punto de hacer. Sin decir ni media palabra más, sin ni siquiera reconocer lo que Viper acababa de soltar, se dirigió con pasos rápidos y decididos, casi corriendo, hacia uno de los tantos pasillos de la mansión.

Eran apenas las seis y cuarto de la mañana, el sol apenas empezaba a pintar el cielo de rosas y naranjas. Brian había pensado que podría empezar el día de forma relativamente tranquila, quizás revisar algunos informes financieros, hacer unas llamadas de negocios rutinarias. Pero no. Por supuesto que no. Primero se enteraba del ataque devastador del Clan Geist en su contra, la mayor humillación que había sufrido en años, y después, como si el universo quisiera tocarle los cojones, de que esos mocosos de mierda le causaban problemas adicionales. De nuevo. Siempre de nuevo.

Odiaba profundamente que fueran tan rebeldes, tan persistentemente desobedientes. ¿Es que no pillaban el mensaje con todo el castigo que les metía regularmente por groseros y altaneros? ¿No aprendían nunca? Quizás, pensó mientras caminaba furioso por el pasillo, hacía falta usar bastante más fuerza con ellos. Métodos más… persuasivos. Más permanentes.

Ya estaba hasta los huevos de oír nada más que quejas constantes sobre esos mocosos. De Helga diciéndole que no querían comer. De los empleados de limpieza quejándose de que los niños no hacían bien su trabajo. De los guardias reportando intentos de escape. Una y otra vez. Sin parar.

Viper le seguía los pasos tan rápido como podía, prácticamente tenía que correr para no quedarse atrás, sus zapatos resonaban contra el suelo de mármol del pasillo. Sabía exactamente lo que iba a pasar a continuación. Lo había visto suficientes veces como para conocer el patrón, la escalada predecible de violencia.

Y como siempre, no podía hacer absolutamente nada para pararlo.

&

La habitación donde tenían encerrados a esos niños era engañosamente grande en dimensiones pero vacía de cualquier cosa que pudiera hacerla acogedora. Las paredes eran altísimas, subiendo hasta un techo que parecía inalcanzable, creando una sensación de pequeñez aplastante en cualquiera que entrara. El espacio era inmenso, quizás veinte metros cuadrados, pero completamente desprovisto de decoración, de color, de vida.

Las paredes eran de hormigón gris sin pintar, frío y húmedo al tacto, con manchas de moho oscuro acumulándose en las esquinas de arriba donde la ventilación era peor. El suelo era del mismo material, sin alfombras ni nada que diera algo de calidez o comodidad.

Dentro había dos camas pequeñas e inadecuadas, apenas más grandes que catres militares. Los colchones eran finos, prácticamente inexistentes, y ya se veían las tablas de madera de debajo marcadas de tanto uso continuo. Se notaban las hendiduras, los surcos que habían dejado años de cuerpecitos pequeños intentando encontrar una postura cómoda para dormir y fracasando noche tras noche.

Las camas estaban colocadas estratégicamente en extremos opuestos de la habitación, separadas por la mayor distancia posible. Una forma sutil de crueldad, impidiendo que los niños pudieran consolarse mutuamente durante las noches sin tener que cruzar toda la habitación exponiéndose al frío.

Cada cama tenía una almohadita delgadita y pequeña, más decorativa que funcional, que no daba ni un mínimo de soporte real para la cabeza. Y una manta que parecía más una sábana fina que otra cosa, era tela barata y áspera que irritaba la piel. No les cubría bien del frío que calaba por las noches, especialmente en invierno cuando las temperaturas en esa habitación sin calefacción bajaban peligrosamente.

En uno de los rincones, parcialmente oculto detrás de una división improvisada de madera fina que no llegaba hasta el techo, había un baño que no era gran cosa. Llamarlo «baño» era generoso.

Era más bien un espacio funcional mínimo, diseñado para lo más básico y nada más. Solo tenía un váter viejo y manchado, con el asiento agrietado y el mecanismo de descarga funcionando solo a medias. Un lavabo diminuto y oxidado por donde salía apenas un hilillo de agua fría cuando abrías el grifo del todo. Nunca caliente, da igual cuánto esperaras, porque simplemente no había agua caliente conectada en esa zona de la mansión.

Una ducha primitiva en la esquina donde caía un chorro grueso pero intermitente de agua helada, nunca templada y mucho menos caliente. El agua salía casi a trompicones, con una presión irregular que hacía que bañarse fuera una experiencia miserable y apresurada. El desagüe a menudo se atascaba, dejando charcos de agua sucia que tardaban horas en irse del todo.

En el extremo opuesto de la habitación había una cómoda vieja y destartalada donde guardaban la poca ropa que tenían. Que realmente no era «su» ropa en ningún sentido personal. Eran más bien uniformes de limpieza genéricos que les habían dado hacía apenas unas semanas cuando Brian decidió que también podía explotarlos como mano de obra gratuita.

Eran camisas grises ásperas. Pantalones de trabajo demasiado grandes o demasiado pequeños, nunca de la talla correcta. Zapatos de segunda mano que les quedaban mal y les hacían ampollas.

Brian los explotaba sin piedad ni remordimiento. Y Helga, la niñera que supuestamente debería cuidarlos, no hacía absolutamente nada más que regañarlos constantemente por cualquier tontería. Por respirar muy fuerte. Por mirar mal. Por existir en su presencia.

Los levantaban invariablemente a las seis en punto de la mañana. Exactamente a las seis, ni un minuto antes ni un minuto después. Helga entraba y encendía las luces brillantes, gritándoles que se levantaran inmediatamente. No importaba si habían dormido bien o mal, si estaban enfermos o lastimados. Seis en punto. Todos los días. Inmediatamente después de levantarse, sin tiempo para desayunar o incluso lavarse la cara como Dios manda, los ponían a hacer el oficio de toda la mansión enorme. Haciendo el trabajo que normalmente se pagaría a empleados adultos.

Limpiando los baños hasta dejarlos brillantes como espejos, frotando cada azulejo, cada grifo, hasta que sus manitas pequeñas quedaban rojas y agrietadas por los químicos fuertes. Limpiando las mismísimas escaleras de mármol de la mansión, que tenían tres pisos completos. Escalón por escalón. Todo con un cubo de agua mezclada con jabón industrial, un cepillo pequeño e inadecuado para el trabajo, un trapo áspero y cera para pulir.

Si quedaba el más mínimo rastro de mugre, la más pequeña mancha o marca, eran castigados severamente. Por cualquier mínima cosa, por cualquier pequeña imperfección que Helga o Brian encontraran, eran castigados. Siempre. Sin excepción.

La niña odiaba profundamente esa vida con cada fibra de su ser pequeño. Había buscado incansablemente todo el tiempo, desde que empezó a tener uso de razón alrededor de los siete años, algún sitio por donde escapar de esa prisión disfrazada de hogar. Alguna ventana sin barrotes, alguna puerta sin vigilancia, algún momento de descuido de los guardias.

Arrastraba a su hermano menor con ella en cada intento porque se negaba rotundamente a dejarlo solo en manos de quien ellos, en su inocencia infantil mezclada con esa poca sabiduría dolorosa, llamaban simplemente «el diablo». Porque eso era lo que Brian era para ellos. No un hombre. Un demonio.

—Van a pegarnos…— había susurrado el niño con voz temblorosa y llena de terror anticipado.

Se encontraba sentado en su cama destartalada, pegado contra la pared fría como si pudiera fundirse con ella y desaparecer. Con las rodillas flexionadas tocando su pecho hundido, los brazos delgados abrazándose a sí mismo en un intento inútil de autoprotección y consuelo.

Temblaba visiblemente de miedo, todo su cuerpecito se sacudía como una hoja en el viento.

La niña, en contraste, estaba de pie mirando fijamente hacia la ventanita pequeña que había en lo alto de la pared, a la que ninguno de los dos llegaba por mucho que saltaran o se estiraran. Era tan chiquitita, apenas treinta centímetros de ancho, y estaba completamente cubierta por barrotes gruesos de hierro que ni un gato podría atravesar.

Apenas entraba luz natural del día por ella, solo rayitos débiles que no hacían nada para iluminar la habitación gris y deprimente. Escuchaba a su hermano sin prestarle atención completa, procesando sus palabras pero sin apartar la mirada de esa ventana inalcanzable.

—Van a pegarnos…— repitió el niño, su voz subía un poco de tono, más insistente, más desesperada.

—No llores, hermanito…— le dijo la niña finalmente, intentando consolarlo aunque su voz también temblaba.

Pero aún no lo miraba, manteniendo sus ojos fijos en la ventana como si pudiera hacer que los barrotes desaparecieran con pura fuerza de voluntad.

—No muestres miedo. Nunca le muestres miedo a él.

El chiquillo no podía evitarlo, por más que lo intentara. Su cuerpo traicionaba su mente, temblando incontrolablemente. —Van a golpearnos— repitió nuevamente, como un mantra horrible, como si decirlo suficientes veces pudiera de alguna manera prepararlo para lo inevitable.

—Todo el tiempo lo hacen— respondió la niña con una resignación devastadora para alguien tan joven —No es nada nuevo. Sobreviviremos. Siempre sobrevivimos, hermanito.

—Ya no quiero que nos golpeen— sollozó el menor, su voz se quebró completamente —No quiero máaaas. Me dueleeee. Siempre me duele tanto, ¿por qué mami no viene por nosotros? ¿Nos dejaron solitos como dice el diablo?…

Su vocecita sonaba completamente quebrada por el miedo anticipado y por el llanto que comenzaba a fluir sin control. Sus ojos grandes y de ese color miel que le heredaron a su «mami» se llenaban rápidamente de lágrimas gruesas que empezaron a rodar por sus mejillas sucias. Sus labios pequeños temblaban violentamente, mordiéndolos para intentar contener los sollozos pero fracasando.

Desde muy pequeñitos, prácticamente desde que tenían memoria consciente, toda su vida había sido una sucesión interminable de sufrimiento y el peor de los tratos imaginables. Y él, siendo el menor, el más pequeño, el más vulnerable, era quien consistentemente se llevaba las peores partes de los castigos. Porque era precisamente a quien usaban para castigar más efectivamente a la mayor, ya que Brian había descubierto rápidamente que ella era quien tenía esas «ideas locas» de escapar. Que ella era la instigadora, la planificadora, la soñadora.

La niña no lo hacía por mal, no tenía intenciones maliciosas. Todo lo contrario. No quería que siguieran golpeando brutalmente a su hermanito cada vez que ella intentaba algo. Pero también sabían, con esa certeza absoluta que solo da la desesperación, que debían escapar de alguna forma. Que si se quedaban aquí hasta ser adultos, si es que sobrevivían tanto tiempo, estarían destruidos irreparablemente.

Pero no sabía cómo lograrlo. No sabía por dónde debían salir exactamente. No conocía la distribución completa de la mansión, los puntos ciegos de los guardias, los momentos óptimos para intentarlo. Eran solo unos niños que lo intentaban. Y siempre, invariablemente, los atrapaban en el intento. Nunca había conseguido nada remotamente positivo de sus intentos de escape.

Solo más dolor para ambos, especialmente para su hermano.

Continúa… 

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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