
Fic TOLL de Beth
Capítulo 3
Los días después de la muerte de mi hijo no tuvieron nombre.
No eran lunes ni martes; eran solo un vacío que se tragaba las horas.
Me dieron de alta del hospital con una receta para más pastillas ,esta vez para dormir, para no llorar, para no sentir….y un certificado de defunción que decía “recién nacido varón, sin nombre registral”.
Lo guardé en el fondo de un cajón porque no podía quemarlo y tampoco podía mirarlo.
En casa, mi cuarto se convirtió en una tumba. Las cortinas siempre cerradas. La cama sin tender. El olor a sudor y a lágrimas viejas. Mamá entraba tres veces al día con sopa que no probaba, me obligaba a tragar dos cucharadas y se quedaba hasta que me dormía.
Georg venía por las tardes y se sentaba en el suelo, leyendo en voz alta libros que yo ya no podía seguir. A veces me encontraba acurrucada en el armario, abrazando una manta como si fuera él.
El duelo no era llorar.
Llorar habría sido un alivio.
El duelo era despertarme a las tres de la mañana con los brazos vacíos y un grito que se quedaba atorado en la garganta porque no tenía sentido gritar si nadie iba a venir.
Era ducharme y de pronto darme cuenta de que ya no tenía leche en los pechos que nunca llegaron a darle de amamantar.
Era ver un carrito de bebé en la calle y vomitar detrás de un árbol.
Era odiar a las madres felices en el parque y odiarme más a mí por odiarlas.
Una noche, a las dos semanas, me levanté sigilosa y fui al cuarto de mamá.
Saqué el certificado del cajón donde lo había escondido ella.
Lo leí bajo la luz del celular: peso 1.810 kg, 42 cm, apgar 3/6. Causa de muerte: fallo multiorgánico. Y en la casilla del nombre… un espacio en blanco que me perforó el alma.
Lo nombré esa noche, en voz baja, para que solo él y yo lo supiéramos.
Abdiel.
Empecé a hablarle.
Todos los días. En voz alta cuando estaba sola, en susurros cuando había gente.
Le contaba cómo olía el café que ya podía tomar otra vez.
Le describía el cielo cuando salía el sol.
Le pedía perdón por cada pastilla que me tomé pensando que solo me estaba salvando a mí.
Le prometía que algún día sería una madre que mereciera haberlo tenido.
El odio y el amor se mezclaron en una cosa viscosa y negra que me llenaba el pecho.
Odiaba a Nick con una intensidad que me asustaba.
Odiaba su risa que ya no recordaba, su olor que se me había borrado, su voz diciendo “esto tiene que terminar” mientras dentro de mí ya empezaba una vida que él nunca sabría.
Pero también lo amaba todavía, en los rincones podridos del corazón, y ese amor residual era lo que más me torturaba.
Me imaginaba contándole.
Me imaginaba su cara al saber que había tenido un hijo suyo y que lo había matado sin querer.
Me imaginaba su dolor y me daba gusto.
Luego me daba asco darme gusto.
Fui a terapia.
La psicóloga era una mujer de cincuenta años con voz suave y ojos que habían visto demasiado.
La primera sesión me quedé callada cincuenta minutos.
La segunda le dije que mi hijo había muerto.
La tercera le dije cómo se había gestado.
La cuarta le dije el nombre del padre.
Ella nunca juzgó.
Solo anotaba y preguntaba:
—¿Y qué haces con esa rabia, Billie?.
La guardaba. La pulía. La convertía en combustible.
Porque el duelo también tiene etapas que nadie te cuenta:
La primera es el shock.
La segunda es la culpa que te come viva.
La tercera es la rabia que te mantiene viva.
Yo estaba en la tercera.
&
Una mañana, cuatro meses después de perderlo, me levanté, me duché con agua caliente por primera vez en semanas, me puse ropa de verdad y fui a la universidad a pedir reintegro.
Llevé flores al panteón donde mamá había enterrado las cenizas (en una cajita blanca tan pequeña que cabía en la palma de mi mano).
Me arrodillé frente a la lápida que decía solo “Abdiel, 2015” y le hablé claro:
—Te prometo dos cosas, mi amor.
Primera: voy a vivir por los dos. Voy a ser alguien que tú hubieras estado orgulloso de llamar mamá.
Segunda: el hombre que nos hizo esto va a pagar. No con muerte, porque eso sería demasiado fácil. Va a pagar viendo cómo destruyo lo que más quiere, igual que él destruyó lo que más quería yo.
Me sequé las lágrimas, me pinté los labios de rojo por primera vez en meses y me fui.
El duelo no se va.
Se transforma.
El mío se convirtió en hielo.
Y el hielo, cuando se acumula lo suficiente, puede hundir hasta el Titanic más grande.
&
Los años no borraron a mi hijo, pero sí me enseñaron a cargar su ausencia como quien lleva una mochila pesada: al principio te doblas, luego aprendes a caminar derecha.
Me comprometí con los estudios como quien se agarra a un salvavidas.
Biología.
La carrera que elegí porque, de alguna forma retorcida, entender la vida en sus mínimas expresiones me hacía sentir que podía controlar algo.
Si comprendía cómo se forman los órganos, tal vez entendería por qué el suyo dejó de latir.
Si memorizaba cada vía metabólica, tal vez encontraría la pastilla que no crucé la placenta.
Era una ilusión, pero era mía.
Sacaba dieces perfectos.
Me quedaba en la biblioteca hasta que cerraban.
Hacía prácticas extra, diseccionaba ratones sin pestañear, escribía artículos que los profesores usaban de ejemplo.
Ser la mejor no era ambición; era penitencia.
Y Georg… Georg se quedó.
Al principio era el amigo que traía comida cuando yo no comía, el que me sacaba del armario cuando me escondía, el que dormía en el suelo de mi cuarto las noches en que las pesadillas me ahogaban.
Luego, sin darme cuenta, se volvió la única persona con la que podía respirar sin dolor.
Era bueno.
Demasiado bueno.
De esos que recuerdan cómo te gusta el café aunque pasen meses sin verlo, que te guardan el último pedazo de pastel, que te miran como si fueras la cosa más frágil y más fuerte del mundo al mismo tiempo.
Nunca me pidió nada.
Nunca me presionó para hablar de lo que pasó.
Solo estaba.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía bien a su lado. Segura.
Como si su presencia fuera un paréntesis donde el mundo no dolía tanto.
Estudiábamos juntos todos los días.
Los dos queríamos ser maestros de biología ;él porque amaba enseñar, yo porque quería estar frente a un salón y tener control absoluto de algo, aunque fuera por cincuenta minutos.
Nos volvimos un equipo imbatible: él explicaba genética como si contara cuentos, yo dibujaba ciclos de Krebs perfectos en la pizarra.
Ese viernes fue brutal.
Entregamos el proyecto final de Embriología (ironías de la vida) y preparamos la clase modelo para el examen práctico del lunes.
Terminamos a las cuatro de la tarde, exhaustos, con los ojos rojos de tanto café y las manos manchadas de marcador.
Georg se estiró en la silla de la biblioteca, sonriendo con esa sonrisa torcida que le salía cuando estaba contento de verdad.
—Oye, Bi… hoy es viernes. ¿Vamos al Club 33? Solo un rato. Bailamos dos canciones, tomamos algo sin alcohol y nos vamos. Te lo juro.
Negué con la cabeza por instinto.
—No, Georg. Sabes que no salgo a esos lugares.
—Hace dos años que no pisas un antro. Solo para que recuerdes que tienes casi veinte y no cincuenta.
Me miró con esos ojos claros que nunca mentían.
—Solo contigo —dije al fin, sorprendiéndome a mí misma.
Él sonrió como si le hubiera regalado el mundo.
Llegué a casa con el corazón un poco más ligero. Mamá estaba en la cocina, cortando cebolla para la comida.
—Hola, mi reina —me dijo, limpiándose las manos en el delantal—Oye, estaba pensando… el mes que viene es el cumpleaños de Abdiel. Quiero arreglarle mejor la tumba. Ponerle una placa bonita, flores que duren, tal vez una virgencita chiquita. ¿Vamos juntas?
Sentí el nudo conocido en la garganta, pero ya no me ahogaba.
—Sí, mamá. El mes que viene vamos. Lo hacemos bonito para él.
Comí con ella, hablando de cosas normales: la vecina que se compró un perro, el precio de la luz, la receta del mole.
Subí a mi cuarto, terminé la última lectura pendiente y a las cinco ya estaba libre.
Me metí a la ducha dejando que el agua caliente se llevara el cansancio del día. Me depilé las piernas por primera vez en siglos. Me puse crema que olía a vainilla. Saqué del closet el vestido negro ajustado que había comprado “por si acaso” y nunca usé.
Me solté el pelo, largo y negro como antes, pero ahora con mejor corte.
Me pinté los labios rojo oscuro.
Me miré al espejo y, por primera vez en años, no odié lo que vi.
A las siete en punto sonó el claxon. Georg estaba abajo, en su coche viejo, con una camisa azul que le quedaba demasiado bien.
Bajé las escaleras sintiendo mariposas que creía muertas.
Esa noche no iba a sanar nada.
Pero por primera vez, iba a permitirme vivir un poco.
Por mi hijo.
Por la Billie que él nunca conoció.
Y tal vez, solo tal vez, por mí.
&
Llegamos al Club 33 pasadas las nueve y media.
La fila era eterna, pero Georg conocía al portero y pasamos directo.
Adentro era un caos organizado: luces neón que cortaban la oscuridad, bajos que te retumbaban en el pecho, olor a perfume caro, sudor y alcohol derramado.
Había de todo: chavos de fraternidad con camisas abiertas, mujeres con vestidos que costaban más que mi renta, grupos de treintañeros que ya estaban borrachos a las diez, y algunos como nosotros: chicos buenos y la intención de olvidarse del mundo por unas horas.
Nos abrimos paso hasta la barra. Georg pidió dos aguas minerales. Lo miré alzando una ceja.
—¿En serio? —le grité por encima de la música—Hoy vinimos a divertirnos, no a hidratarnos. Pide algo que pegue, hombre.
Él se rio, nervioso, y levantó dos dedos al bartender.
—Dos Blue Motorcycle, entonces. Doble —dijo, y me miró como pidiendo permiso con los ojos.
El trago llegó azul eléctrico, con cuatro tipos de alcohol y una rodaja de limón flotando como náufrago.
Brindamos.
Quemaba rico.
Una, dos, tres canciones y ya estábamos en la pista.
Georg baila mejor de lo que parece: tímido al principio, pero con ritmo.
Yo cerré los ojos y dejé que la música me empujara el cuerpo, que el alcohol me soltara las caderas.
Por primera vez en años me sentía ligera, casi viva.
De pronto la vejiga me recordó que soy humana.
—Voy al baño —le grité al oído—¡No te muevas!
Me metí entre la gente, empujones, risas, manos que rozaban sin querer (o queriendo).
El baño estaba lleno, pero encontré un espejo libre. Hice mis necesidades. Me acomodé el pelo, me retoqué el labial rojo sangre. Respiré hondo. Me vi guapa. Me vi peligrosa.
Salí por el pasillo lateral, más oscuro, buscando el atajo hacia la pista.
Y entonces alguien me tomó del brazo y me empujó contra la pared, en un rincón donde la luz apenas llegaba.
Abrí la boca para gritar.
—Shhh… soy yo.
Nick.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que creí que se me iba a salir por la garganta.
Olía exactamente igual: colonia cara, cigarro y whisky.
Estaba más grande, el pelo un poco más gris en las sienes, pero era él.
Los mismos ojos que me habían destruido.
Me quedé muda.
Él levantó la mano despacio y me tocó la mejilla como si yo fuera de cristal.
—Dios, Billie… estás más hermosa que nunca —susurró, voz pastosa por el alcohol—Te extrañé tanto, joder…
Y de pronto el tono cambió. Los ojos se le oscurecieron.
—¿Y ese mocoso con el que vienes? ¿Qué haces con él? —escupió, acercándose más—Tú eres mía, siempre has sido mía. ¿Cómo te atreves a venir aquí con otro?
El golpe fue instintivo.
Mi mano voló y le cruzó la cara con toda la fuerza que había guardado siete años.
El sonido retumbó incluso con la música.
—¡Tú me dejaste, hijo de puta! —le grité, temblando de rabia— ¡Tú me botaste como basura! ¡Tú no tienes derecho a decirme nada!
Se tocó la mejilla, aturdido. Los ojos se le llenaron de lágrimas alcohólicas.
—Perdón… perdón, mi amor… —balbuceó—Volvamos, por favor. No puedo vivir sin ti.
Me reí, una risa amarga que me raspó la garganta.
—¿Vas a dejar a Heidi y a tus hijos perfectos por mí? ¿Eh? ¡Contéstame!
Negó con la cabeza, lento, sin palabras.
Eso fue todo lo que necesité.
Intenté irme.
Él me atrapó de nuevo, me empujó contra la pared y me besó con hambre, con desesperación, con 3 años de ganas acumuladas.
Al principio forcejeé. Luego, por un segundo traidor, abrí la boca y lo dejé entrar. Sabía igual.
Me quemó igual.
Me separé de golpe y le escupí en la cara.
—Nunca en tu puta vida voy a perdonarte —le dije bajito, veneno puro.
Y me fui.
Lo escuché venir detrás, llamándome entre la gente.
—Billie… Billie, espera…
Llegué a la pista sudando furia. Busqué a Georg con la mirada.
Estaba en el mismo sitio, buscándome también, preocupado.
Corrí hacia él, lo tomé de la nuca y lo besé delante de todo el mundo.
Con lengua.
Con ganas.
Con rabia convertida en fuego.
Sentí los ojos de Nick clavados en la espalda como cuchillos.
Y sonreí contra la boca de Georg.
Que mirara.
Que se quemara.
Que supiera lo que se siente perder lo único que alguna vez fue tuyo.
Continúa…
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