
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 66
By Tom
Me siento de puta mierda.
No es ese mal rollo físico que se quita con una pastilla o durmiendo mejor. Es algo más hondo, más de tripas. Un peso constante en el pecho que no se va por mucho que intente pasarlo de largo o darle vueltas racionales.
La reacción de mi moreno ante lo que le oculté a propósito me pone tristísimo y completamente sin ganas de nada. Es una melancolía jodida y pesada que se me ha metido en los huesos desde aquella noche de mierda gracias a la maldita perra de Vanessa. Yo no pensé que fuera tan grave ocultarle lo de mi pasado con las bailarinas. Pensé de verdad que estaba haciendo lo correcto, protegiendo lo nuestro al no soltar detalles innecesarios que solo le harían daño a mi nene. Pensé que estaba siendo considerado al no mencionar a cada tía con la que había estado mientras él no estaba.
Pero claramente la cagué. La cagué a base de bien. Y ahora estoy pagando las consecuencias de esa decisión de mierda.
Me ha pedido tiempo. Esas dos palabras que ninguna pareja quiere oír: «necesito tiempo». Y esas cosas nunca, JAMÁS, acaban bien. Siempre pasa algo malo cuando alguien pide «tiempo». Es el principio del fin, el arranque de la separación. La grieta que se convierte en abismo.
Siempre termina siendo el comienzo del final.
Se supone que tenemos que hablarlo como adultos, con cabeza fría. Arreglarlo antes de que se tenga que ir, antes de que vuelva a su vida de agente de la DEA. Antes de que esta farsa tan elaborada de su «liberación» se haga real y lo pierda, aunque sea temporalmente.
Pero él simplemente no ha querido. No me ha dejado ni intentarlo. Cada vez que empiezo a hablar, me corta o se larga de la habitación. Cada vez que intento acercarme, levanta ese muro invisible pero imposible de romper entre nosotros.
Y me jode vivo. Me come por dentro.
Odio con toda mi alma que las cosas estén así entre nosotros. Odio tenerlo físicamente al lado en estos momentos, tan cerca que podría tocarle si alargo la mano, y al mismo tiempo no poder comérmelo a besos con toda la pasión que me pide el cuerpo, porque él simplemente no me deja acercarme de esa forma.
Es como si hubiera levantado un muro invisible pero duro como el hormigón entre los dos. Un muro alto e impenetrable que ha ido construyendo él ladrillo a ladrillo con cada hora de silencio, con cada mirada que esquiva, con cada vez que se aleja cuando entro en una habitación. Y yo quiero desesperadamente tirarlo abajo con mis propias manos, darle hostias hasta que se caiga a pedazos, pero no consigo nada.
Cada intento rebota sin más contra esa barrera que él mantiene firme.
Está sentado a mi lado ahora mismo, en los asientos traseros de cuero negro del Mercedes que nos lleva hacia ese campo de tierra perdido donde lo «liberaremos» oficialmente. Donde llevaremos a cabo el plan que hemos estado montando durante semanas para devolverlo a la DEA sin que levanten sospechas sobre lo que realmente hay entre nosotros.
La distancia física en este asiento es mínima, unos treinta centímetros, pero se siente como kilómetros. Como un puto océano imposible de cruzar.
Está lloviendo fuera, una de esas lluvias alemanas persistentes y tristes. Las gotas gordas golpean rítmicamente contra el cristal tintado de la ventana y se deslizan despacio hacia abajo, haciendo dibujos que miro distraído. El ruido es casi hipnótico, un tamborileo constante que llena el silencio incómodo del coche.
Esta mañana temprano, siguiendo el plan al milímetro, le mandamos un mensaje por canales totalmente anónimos e imposibles de rastrear a la DEA en Estados Unidos. El mensaje era directo y sin rodeos: liberaríamos a su agente desaparecido, al agente Benjamín Keller que había estado «secuestrado» durante dos semanas. Y dejamos clarísimo que de ellos dependía que el agente siguiera vivo cuando lo encontraran.
Lo dejamos breve y sin ambigüedades: si intentaban cualquier mierda contra nosotros, si mandaban equipos de asalto, si trataban de tender una trampa, si intentaban pillarnos en el intercambio, el agente Keller lo pagaría con su vida.
Aunque es mentira cochina, ¿eh? Pura actuación necesaria. Jamás le haría ni un rasguño a mi nene, ni aunque me fuera la vida en ello. Antes me pego un tiro yo que hacerle daño a él.
Willem me ha explicado con paciencia, con ese tono profesional que pone cuando habla de temas de la DEA, que es muy probable que la división de Berlín venga en persona a «rescatarlo». Que vendrán siguiendo órdenes directas del director general en Estados Unidos, ese gilipollas insufrible de Alex Krüger al que Bill menciona con un «cariño» especial cada vez que sale su nombre.
Y que seguramente, en este preciso momento, deben estar preparándose a tope, revisando equipo y armas, para ir a buscar y recuperar a su agente en el sitio exacto que puse en el mensaje anónimo.
Yo voy preparado por si hay tiroteo, por si deciden que las advertencias les importan una mierda y atacan igual. Los agentes de la DEA son una mezcla curiosa, tan listos y bien entrenados como increíblemente gilipollas y predecibles en ciertas cosas. Sobre todo cuando se trata de rescatar a uno de los suyos. Se ponen emocionales, impulsivos.
Llevo mi Glock cargada en la funda bajo la chaqueta. Dos cargadores más en el cinturón. Un cuchillo táctico en la bota. Y por supuesto, todos mis hombres van armados hasta los huevos.
El camino de tierra por el que nos hemos metido para llegar al campo remoto que elegimos con cuidado para esto, que ahora debe estar hecho un lodazal y lleno de charcos profundos por la lluvia que no para, es una mierda absoluta para conducir. Es el peor camino que pude haber elegido, pero justo por eso es perfecto. Aislado, sin testigos, sin cámaras.
El coche pesado se sacude y da botes por los baches profundos que hay por la erosión y la falta de mantenimiento. Y como está todo empapado por horas de lluvia, las ruedas resbalan peligrosamente en el barro, perdiendo tracción cada pocos metros. Hunter tiene que ir a paso de tortuga para no quedarnos atascados.
Pero aun así, después de veinte minutos de conducción tensa y jodida, llegamos al punto exacto que marqué en el mapa.
—Es el momento…— murmuró Hunter bajito, es uno de mis hombres de más confianza que está al volante ahora. Nos mira por el retrovisor, sus ojos se encuentran primero con los míos —Hay que ponerle la venda y la capucha, señor…— me dice directamente, aunque técnicamente se refiere a mi moreno.
No puede llamarle por su nombre, ni siquiera el falso «Benjamín», porque los otros tíos en los coches de escolta no saben quién es de verdad. Para ellos es solo «el agente» o «el rehén». Cuanta menos gente sepa la verdad, mejor para todos.
Le echo a Willem una mirada rápida y cargada de todo antes de alargar el brazo hacia delante, hacia Hunter. Él pilló al vuelo lo que quería sin que dijera nada y cogió con cuidado las cosas que había mencionado antes, una venda negra de tela suave y una capucha oscura que habían estado ahí en el asiento del copiloto todo el trayecto. Me las pasó por encima del reposabrazos y yo las cojo, notando la textura áspera de la capucha entre los dedos.
Vuelvo a mirar a mi moreno con una mezcla de cagazo y tristeza. Él tiene una cara completamente seria e impenetrable, casi como una máscara de piedra. Los brazos cruzados en plan defensivo sobre el pecho, en esa postura cerrada que ha mantenido días. Se niega en redondo a mirarme a los ojos, mantiene la vista fija en la ventana, viendo cómo cae la lluvia.
Mierda. Quisiera con toda mi alma que dejara esa actitud tan borde y distante que ha mantenido conmigo estos últimos días. Esa frialdad calculada que me está matando poco a poco. Pero me ha pedido tiempo y yo, aunque me joda un huevo, no puedo hacer más que dárselo. No puedo obligarle a perdonarme, no puedo forzarlo a que me vuelva a querer como antes. Solo puedo esperar y rezar para que esto no destroce del todo lo que hemos construido. Espero de verdad, con cada fibra de mi ser, que esto no joda permanentemente lo nuestro.
Que cuando volvamos a vernos después de semanas separados, todavía quede algo que salvar.
—Bill…— le llamo bajito, mi voz sale más vulnerable de lo que quería.
Él parece salir de golpe de sus pensamientos profundos por el gesto que hace… un parpadeo pequeño, un ligero sobresalto. Descuidadamente mono a pesar de todo. Me mira por fin, girando la cara hacia mí, pero no hay ni una puta emoción en su expresión. Es neutral y vacía. Peor que si estuviera cabreado.
—Tengo que ponerte esto…— le explico aunque no hace falta, levantando la venda negra y la capucha oscura que tengo en la mano para que las vea bien.
Él las mira fijo un momento, procesando. Parece un poco confuso sobre para qué coño son esas cosas porque frunce un poco el ceño, las cejas se le juntan. Pero luego le cae la ficha, se acuerda de que tiene que parecer un rehén de verdad que ha estado secuestrado días, y asiente despacio, levantando un poco las cejas como diciendo «vale, entendido».
—Bien— es lo único que me suelta. Una sola palabra.
Suelto un suspiro suave y resignado antes de acercarme físicamente a él en el asiento, cerrando esos treinta centímetros que él había puesto a posta. Porque sí, cuando entró al coche, se pegó inmediatamente a la puerta del otro lado para alejarse lo máximo posible de mí en ese espacio reducido del asiento trasero. Eso me dolió de cojones cuando lo hizo. Fue como un puñal directo al corazón. Ver cómo físicamente se apartaba de mí como si mi cercanía le diera asco.
Y yo, respetando su espacio aunque me estuviera matando, también me quedé en mi lado sin intentar acercarme, sufriendo en silencio.
Extiendo las manos con cuidado y le aparto el pelo rubio suavemente, echando hacia atrás los mechones que le caen sobre la frente para que no le molesten cuando le ponga la venda. Mis dedos rozan su piel y él se tensa un poco al contacto, pero no se aparta. Mantiene obstinadamente la mirada fija hacia abajo, en sus manos que descansan en su regazo. Evitando mis ojos como si mirarme le doliera físicamente. Y quizás sí le duele.
Cojo la venda negra de tela con las dos manos y la estiro bien, asegurándome de que no tenga dobleces. Luego, con movimientos lentos y super cuidadosos a posta, le cubro esos ojos preciosos que tanto me flipan y que ahora apenas me miran, y paso la venda alrededor de su cabeza.
Hago un nudo firme pero no demasiado apretado en la parte de atrás, justo debajo de donde el pelo se junta con la nuca. Me aseguro al milímetro de que quede bien puesta por delante, tapándole completamente los ojos, pero sin apretar tanto que le dé dolor de cabeza. Después cojo la capucha oscura de algodón gordo y se la pongo con cuidado sobre la cabeza, cubriéndolo entero. Su pelo negro desaparece bajo la tela. El resto de su cara bonita queda escondida en sombras.
Me contengo con un dolor que flipas de no darle un besito suave en los labios, aunque cada célula de mi cuerpo me grita que lo haga. Que lo bese como si fuera la última vez, porque quién coño sabe cuándo podré volver a hacerlo. No quiero que se cabree más de lo que ya está, no quiero pasarme de sus límites, no quiero joder cualquier posibilidad de arreglarlo más adelante. Igual iré a buscarlo y a rogarle para que me perdone si decide seguir con su juego de la ley del hielo.
Así que me trago el impulso y punto.
—Listo— murmuro.
Decido rápido bajarme del coche para no tener que seguir mirándolo así, cubierto como un preso de verdad. Abro mi puerta y la lluvia, que había bajado a una llovizna ligera, me da en toda la cara al momento. Las gotas frías me golpean mientras rodeo el coche por delante, los zapatos se me hunden un poco en el barro del camino.
Llego a su lado y abro la puerta con cuidado. Le tiendo la mano aunque sé que no la ve. —Vamos…— le cojo la mano, sus dedos se cierran alrededor de los míos y le ayudo a salir del coche con todo el mimo, asegurándome de que no tropiece ni se dé con el marco de la puerta.
Le guío despacito por el barro hasta que rodeamos el coche del todo. Todos mis hombres ya se han bajado de los otros coches negros que forman una fila intimidante en el camino estrecho. Hay seis vehículos en total, cada uno con tres o cuatro tíos armados. Un mini ejército para escoltar a un solo «rehén». Pero las apariencias importan. Llegamos a la valla oxidada de alambre de púas que separa el camino de tierra del campo grande y abierto de más allá.
Ayudo a mi morenito a cruzarla con todo el cuidado del mundo, levantando el alambre con una mano mientras le guío con la otra, asegurándome de que las púas afiladas no le rocen la piel expuesta. Y sí, tal como dije antes, el campo está hecho un puto pantano, embarrado perdido y lleno de charcos profundos por todas partes. La lluvia de días ha convertido el terreno en un lodazal. Nuestras botas se hunden varios centímetros en el barro con cada paso, haciendo ruidos de succión húmedos.
Pero eso mola más para la historia, supongo. Un agente rescatado de un campo embarrado en mitad de la nada queda más creíble, más dramático. Más como lo que la DEA esperaría encontrar después de días de cautiverio.
—Ayúdenlo y pónganlo allí…— les ordeno con voz firme y de jefe a dos de mis hombres de confianza que venían en los otros coches.
Señalo con la mano libre hacia un punto concreto en el centro del campo, a unos cincuenta metros. Una zona relativamente despejada sin charcos demasiado profundos, visible desde el camino principal. Los dos tíos se acercan al momento y cogen a mi moreno de las dos manos con firmeza pero sin brusquedad. Le guían con cuidado para que no se resbale en el barro traicionero, caminando despacio hacia el punto exacto que les indiqué.
Andreas, Harry y Georg se colocan automáticamente a mi derecha en una formación defensiva natural, vigilando el perímetro con ojos de halcón. Travis y otros cuatro de mis hombres están justo entrando al terreno ahora, cruzando la valla de alambre con las armas a la vista.
Nos costó un huevo llegar aquí desde Magdeburgo, casi dos horas conduciendo por carreteras secundarias para esquivar cualquier cámara de tráfico, pero al final estamos aquí. Ya es casi de noche cerrada, el sol apenas empieza a esconderse en el horizonte con tonos naranjas y morados, tiñendo las nubes de colores que dan un poco de mal rollo. La luz es perfecta. Lo suficientemente oscuro para que dé yuyu, pero todavía queda luz suficiente para que las fotos salgan claras.
—El móvil— le pido seco a Harry sin ni mirarle ni decir su nombre.
No hace falta. Él sabe de sobra que le hablo a él porque es el único de mi círculo cercano que lleva el teléfono desechable que compré solo para esta movida.
—Aquí tienes…— me lo pasa después de sacárselo del bolsillo interior de la chaqueta de cuero negro que lleva puesta para protegerse de la llovizna.
Lo cojo con las manos y lo enciendo, pulsando el botón lateral. La pantalla se ilumina con una luz azulada. Las gotitas finas de lluvia caen sobre el cristal pero me la suda completamente. El teléfono va a acabar destruido en unos minutos de todas formas. Marco el número largo e internacional que Harry consiguió a través de contactos solo para hablar directamente y sin intermediarios con la oficina principal de la DEA en Estados Unidos.
El móvil que estoy usando ahora mismo lo voy a hacer trizas en cuanto cuelgue esta llamada clave. Lo partiré con mis propias manos y lo tiraré en tres sitios distintos. Exagero, en realidad no lo haré así.
Los tonos de llamada suenan lentos en mi oído. Uno. Dos. Tres. Cuento cinco tonos completos cuando por fin alguien descuelga al otro lado.
Seguro que ahora mismo están rastreando como locos la ubicación exacta de dónde viene esta llamada, usando toda su tecnología puntera. Pero me importa una mierda. Tengo todo planeado hasta el último detalle. Este móvil es imposible de rastrear con precisión y lo estaré usando menos de tres minutos.
Hay silencio al otro lado. Oigo respiración, ruido de fondo de oficina, teclados, voces lejanas, pero nadie habla primero.
—Agente Krüger— digo yo al final, rompiendo el silencio tenso. Mi voz sale calmada a posta, casi simpática, como si estuviéramos charlando de negocios normales en vez de negociar la liberación de un agente federal. —Espero de corazón que esté usted muy bien y tranquilo al saber que su querido agentito Keller va a volver con vosotros en nada. Claro, solo si os portáis bien y seguís las instrucciones al pie de la letra. Como os dejé clarísimo en el mensaje de esta mañana, ¿sí lo leíste entero o necesitas que te lo repita?
—Obviamente lo leí, hijo de puta— me contesta una voz de hombre áspera y seca, cargada de rabia contenida a tope. La hostilidad que lleva en la voz me dan ganas de reírme por lo patético que suena. Como si sus insultos me fueran a tocar un pelo. Como si su cabreo importara una mierda. —¿Ya estáis en la posición que indicasteis?— pregunta con una urgencia que no disimula nada — ¿El agente Keller está ahí?
—Listo para hacer la entrega oficial— confirmo con una sonrisa que él no ve pero seguro que oye en mi voz —Tal como prometimos. Somos hombres de palabra, ¿sabe?
—Bien. Un grupo de agentes estará ahí en menos de media hora— me suelta con tono profesional, aunque se nota el nerviosismo de fondo —Treinta minutos máximo. Ya están en camino.— toma aire antes de seguir, y la voz se le pone más amenazante. —Y escúcheme bien… espero de verdad que mi agente esté en buenas condiciones físicas cuando lo encontremos. Que no esté jodido de gravedad, que no tenga heridas que necesiten hospital urgente, o…
—¿O qué exactamente?— le corto con tono desafiante y de coña, dejando la pregunta colgando en el aire como una amenaza.
Casi puedo oír cómo aprieta los dientes al otro lado.
—¿Usted realmente cree que está en posición de exigirme cosas? ¿De amenazarme? Lo único que puede hacer ahora mismo, agente Krüger, es cerrar la puta boca, no hacer ninguna tontería, esperar pacientemente como un buen chico, y cuando sus agentes encuentren a Keller en el sitio que indiqué, estará perfectamente bien. Vivo y relativamente entero.— me quedo callado unos segundos al soltar esas palabras.
A este hombre le tengo una rabia increíble. Si me lo permitieran, ya habría ido a atacar la base central de la DEA con el fin de matar a Alex. Le disparé en la pierna porque quise, no porque realmente lo viese como un peligro. ¿Y qué más podía hacer? ¡el maldito está enamorado de MI chico! Cosa que es normal, por Dios, si Willem es el ser más sexy y precioso que puede pisar este mundo. Con un cuerpazo monumental, una carita hermosa, y una personalidad increíble. No es tan difícil amar su forma de ser. Hasta el más hetero del mundo se volvería gay única y exclusivamente por MI morenito.
Es que, joder… es MI Billie. MI todo.
¿Ese pendejo qué? No lo quiero cerca de Willem. Pero es su jefe. Y Willem su agente. Trabajan juntos. Pasarán tiempo juntos. Eso no me gusta para nada.
La amargura me invade por completo y recuerdo que estoy en medio de una llamada.
—Ahora bien, si por el contrario decidís haceros los héroes y atacarnos, si intentáis montar alguna trampa, si venís con demasiada peña o con ganas de liarla, os juro solemnemente que no encontraréis a vuestro agente con vida.— aclaro —Lo encontraréis, sí, pero en bolsas para cadáveres.— asevero —¿Lo tenemos clarísimo?
Continúa…
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