Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 67
Solo oigo su respiración entrecortada y cabreada al otro lado de la línea, mucho más rápida ahora. Me lo imagino perfectamente en su despacho, seguramente rodeado de otros agentes, con la cara roja de pura impotencia. Se me escapa una risita flojita solo de pensarlo.
—Depende exclusivamente de usted, agente Krüger.— prosigo —La vida de Keller está en sus manos en este momento. Elija con cabeza fría, sea inteligente.
—Quiero alguna prueba YA de que está realmente bien— exige con la voz tensa —Una foto de ahora mismo. Un vídeo. Algo que demuestre que está vivo en este preciso instante y no hace horas.
Chasqueo la lengua con todo el desprecio del mundo, dejando que se note mi mosqueo. Este tío me cae fatal. Tan previsible. Tan pesado. —Vale. Como tú quieras.
Aparto el móvil de la oreja de golpe y cuelgo sin ni mirar la pantalla, sin despedirme, sin darle tiempo a soltar ni media palabra más. Queda clarísimo quién manda aquí. Me voy directo con pasos firmes hacia donde ya está mi morenito arrodillado obediente en el barro. Mis chicos lo han colocado exactamente como les dije, de rodillas en el suelo embarrado, cabizbajo, y con las manos a la vista a los lados. La estampa perfecta de rehén jodido.
Yo mismo le compré la ropa que lleva puesta ahora solo para este momento. No quería que fuera nada demasiado enseñado ni que pareciera torturado de cojones. Son simplemente unos pantalones cortos deportivos negros, con bolsillos útiles, de tela ligera que se seca rápido. Y una camiseta de tirantes azul oscuro que se le pega un poco al torso delgadito.
Sin nada en los pies. Ni zapatillas ni calcetines. Queda más dramático, más vulnerable. Como si de verdad hubiera estado cautivo en condiciones chungas.
Es ropa cómoda, pensada para que no esté incómodo el rato que queda de movida. Suelta y que transpira.
Cuando estoy lo bastante cerca, a un metro escaso, le hablo con voz mucho más suave que la que le he soltado a Krüger. —Oye, Billie, tu jefecito quiere una foto para asegurarse él solito de que estás bien. Para comprobar que sigues vivo y de una pieza.
—Ajá, pues date prisa. Tengo calor con esta capucha— contesta con tono aburrido y un pelín mosqueado. No hay rastro de miedo ni de sumisión. Normal, para él esto es puro teatro.
Varios de mis hombres detrás sueltan risitas ahogadas y cachondeo cuando oyen el intercambio y ven la cara de flipada que se me debe de haber quedado. Ya no es ningún secreto entre mi gente cercana que mi moreno básicamente me tiene pillado, que soy incapaz de decirle que no a nada. Soy el cachondeo constante entre mis chicos más de confianza. Aun así, no hago absolutamente nada para desmentirlo ni para cortar las coñas. Porque es la puta verdad y no me da vergüenza reconocerlo.
Levanto el móvil desechable, lo desbloqueo deslizando el dedo, entro en la cámara y lo enfoco bien a Willem. Ajusto un poco el zoom para que salga entero en el cuadro. De rodillas en el barro, las piernas flacas llenas de fango oscuro hasta las rodillas, cabizbajo con la capucha tapándole toda la cabeza y la cara. Parece exactamente lo que tiene que parecer, un rehén que lleva tiempo secuestrado.
Le hago la foto desde un ángulo un poco por encima y pulso el botón. Se guarda al instante. Salgo de la cámara, abro los mensajes, adjunto la foto y la mando por el mismo número internacional que usé antes con esa gente de la DEA.
La foto llega casi al momento, se ve el típico iconito de «entregado». Pero pasan varios minutos largos sin respuesta escrita. Solo veo el «escribiendo…» que aparece y desaparece una y otra vez.
Seguro que están analizando la foto con lupa, con los de criminalística mirando cada píxel para ver si es real o un montaje. Y por lo visto no se fían de que sea auténtica, porque al cabo de un rato me entra un mensaje corto y seco:
«Sin la capucha ni nada que le cubra la cara. Necesitamos verle la cara entera para confirmar identidad.»
Vuelvo a chasquear la lengua, ya con el cabreo a flor de piel. Claro que quieren más. Con estos paranoicos nunca es suficiente.
—Quitadle la capucha y la venda de los ojos— ordeno con voz de no me jodas.
Willem no dice ni pío ni hace amago de quitárselas él solo, aunque no tiene las manos atadas ni nada que se lo impida físicamente. Podría quitárselo todo en dos segundos. Pero no lo hace. Parece que está en su mundo, perdido en sus pensamientos profundos, vete tú a saber qué está rumiando.
Uno de mis hombres le quita la capucha con cuidado, dejando a la vista su pelo rubio todo revuelto. Luego desata el nudo de la venda por detrás y se la quita despacito. Willem parpadea varias veces mientras los ojos se le acostumbran a la luz flojita del atardecer después de tenerlos tapados, tiene la mirada perdida por el campo embarrado.
—Bill, necesito que levantes la cabeza y mires hacia arriba— le pido con voz suave, casi mimosa aunque haya testigos.
Obedece como un robot, sube la barbilla y clava la vista en el cielo nublado, en un punto que desde luego no es la cámara del móvil. Tiene una expresión totalmente neutra, vacía. Ideal para un rehén traumatizado. Aprovechando justo esa expresión y ese ángulo, le saco otra foto rápido. Ahora se le ve la cara entera, las facciones delicadas, los labios húmedos…
Se la mando volando a Krüger sin añadir ni una letra más. Y esta vez contesta al segundo, apenas unos segundos después de que se marque como entregada:
«Confirmado. Es Keller. Nuestros agentes llegarán en 20 minutos. No se muevan de ahí.»
Ni me molesto en contestar. Me guardo el móvil en el bolsillo porque ya no tengo nada más que decirles.
Ha llegado el momento de largarnos con toda la tropa antes de que aparezcan los de la DEA con sirenas, pistolas y preguntas. Y mi moreno tiene que quedar KO para que la película quede redonda, así que tengo preparado el pañuelo blanco, bien empapado, cuyo olor químico tiene que inhalar a fondo para que caiga redondo en minutos.
Cloroformo. Poquito, lo justo para que esté fuera veinte o treinta minutos como mucho.
—Viktor…— llamo a mi hermano sin girarme.
Él me pasa el pañuelo doblado con cuidado, ya chorreando ese olor dulzón y fuerte. Lo noto húmedo entre los dedos. —Ya nos tenemos que pirar de aquí— me apremia Travis con voz tensa, mirando nervioso hacia el camino —No podemos estar cuando lleguen.
Asiento mientras cojo el pañuelo y me acerco más despacito a mi moreno. Me agacho delante de él, poniéndome a su altura, nuestras caras quedan frente a frente. Al principio ni me mira, tiene la vista perdida en un punto del barro a mi izquierda. —Oye…— digo, intentando que me preste atención.
—¿Qué?— contesta con voz plana total, sin pinta de querer hablar ni escucharme de verdad.
Resoplo entre frustrado y resignado. Esto está siendo más jodido de lo que pensaba. —En cuanto llegues con ellos, a la base de la DEA o donde sea que te lleven primero, no tardes en escribirme, ¿vale?— le pido con urgencia —Quiero que me avises al momento de que estás bien, de que has llegado de una pieza. De que no te ha pasado nada por el camino.— solo asiente con la cabeza —Y, pase lo que pase en los interrogatorios que te van a hacer fijo, inventa la historia que sea más convincente. No importa exactamente qué les digas, solo que sea creíble y que la repitas igual cada vez. ¿Entendido? Mantén la historia sencilla y repítela tal cual siempre.
Me acerco un poquito más, bajando la voz aunque solo mis hombres pueden oírnos.
—Y cuando te pregunten si te torturamos durante el secuestro, porque fijo que lo van a hacer, es el procedimiento de siempre, tú les dices que sí. Diles que sí hubo tortura. Pero déjales claro que no fue a base de hostias físicas, ¿vale? Di que fue psicológica. Con privación de sueño, aislamiento, amenazas. Cosas que no dejan marcas visibles pero que son totalmente creíbles.
—Hujum— murmura como diciendo «entendido», todavía sin mirarme de verdad.
Apenas una respuesta. Pero al menos sé que me ha oído. —Vale…— suspiro con todo el peso del mundo, sintiéndome de mierda total. Me quedo ahí arrodillado unos segundos más que seguramente parecen una eternidad, esperando casi desesperado a que al menos me mire a los ojos. A que me deje darle aunque sea un último beso en los labios antes de largarme y dejarlo aquí solo en medio de este campo de la hostia. Un último beso para llevarme algo durante las semanas de mierda que vienen sin vernos.
Pero él no pone ni medio huevo para ponérmelo fácil. Solo me mira al final con cara totalmente neutra y achina un poco los ojos en plan advertencia clara, como diciéndome sin palabras «ni se te ocurra hacer lo que estás pensando».
Vuelvo a suspirar con una resignación que me mata, bajo la mirada al barro que hay entre nosotros unos segundos antes de volver a mirarlo.
—Vale…— repito en un susurro apenas audible, aceptando que he perdido… está vez, obvio —Supongo que esto es todo entonces.— levanto el pañuelo empapado de cloroformo, sosteniéndolo entre los dos para que lo vea —Tienes que oler esto ahora. Te vas a quedar frito un rato. Cuando despiertes, estarás con ellos.
Lo pilla al vuelo, asiente casi imperceptiblemente. Se prepara mentalmente, endereza un poco la espalda, respira hondo una vez. Yo también intento prepararme emocionalmente, aunque es mil veces más jodido de lo que me imaginaba. Presiono con suavidad el pañuelo húmedo contra su nariz y boca, cubriéndolas del todo pero sin apretar demasiado. Sin hacerle daño. Lo justo para que los vapores no se escapen.
—Iré a buscarte si sigues ignorándome, ¿estamos?— le aviso de una vez.
Lo miro fijamente a esos ojos miel mientras inhala sin querer el olor fuerte y dulzón de la anestesia. No me responde. Nuestras miradas se cruzan y se quedan clavadas por primera vez en días. De verdad se quedan, sin barreras, sin caretas. Pero luego, después de solo tres o cuatro segundos de ese contacto visual que necesitaba como el aire, él aparta la mirada a propósito. Rompe el contacto que solo ha durado esos segundos preciosos. Mira hacia un lado, hacia el horizonte ya oscuro.
Solo hacen falta un par de minutos más de exposición continua y ya veo cómo le empieza a hacer efecto al momento. Los párpados le pesan visiblemente, luchando por no cerrarse. Parpadea cada vez más lento, las pestañas oscuras subiendo y bajando en plan cámara lenta.
La respiración se le va haciendo más lenta, más profunda, más regular. El ritmo pasa de consciente a inconsciente total.
Hasta que al final, inevitable, los ojos se le cierran del todo y pierde el conocimiento. El cuerpo empieza a caerse hacia delante, sin control muscular.
Reacciono al instante, suelto el pañuelo y abro los brazos para cogerlo antes de que se estrelle contra el suelo duro. Lo atrapo contra mi pecho, sintiendo su peso muerto en mis brazos. Por un momento solo lo sostengo ahí, abrazándolo aunque él no lo sienta. Grabándome la sensación de tenerlo cerca. Luego, con todo el cuidado del mundo, lo tumbo en el suelo embarrado. Lo pongo de lado en posición de recuperación, por si vomita por el cloroformo y no se ahogue.
Me tomo un ratito extra que no tengo para asegurarme de que parezca de verdad un rehén que lleva tiempo secuestrado. Le echo barro húmedo a propósito en todas las partes expuestas del cuerpo. En los brazos flacos. En las piernas. Hasta le ensucio el pelo rubio tan mono, frotando barro entre los mechones. La cara se la marco estratégicamente en algunos sitios, mejillas, frente, barbilla. Como si hubiera estado tirado en la tierra horas.
Hago que parezca real. Porque tiene que parecer real para que su tapadera funcione.
—Ya, Klaus. Vámonos ya— me dice Travis con urgencia en la voz, acercándose y poniéndome una mano en el hombro.
Pero no puedo moverme todavía. Sigo arrodillado al lado de Willem, mirándolo dormir.
—¿Estáis seguros de que no hay ningún bicho peligroso por aquí que pueda…?— empiezo a preguntar preocupado, mirando nervioso alrededor del campo ya oscuro. No soporto la idea de dejarlo aquí inconsciente y vulnerable si hay lobos, jabalíes o cualquier cosa que le pueda hacer daño antes de que lleguen los agentes. Aunque es poco probable que haya de eso por aquí, pero oye.
—No hay absolutamente nada peligroso, Klaus— me corta Travis con firmeza antes de que termine la pregunta —Georg revisó personalmente todo el perímetro durante dos días antes de elegir este sitio. No hay animales grandes, no hay nada que pueda hacerle daño. Está seguro aquí.— me mira con cara comprensiva pero apremiante —Ahora vámonos de una puta vez antes de que nos pillen aquí y todo esto haya sido para nada.
Sin ganas todavía, sin estar nada listo para dejarlo, me obligo a ponerme de pie despacito. Las rodillas me protestan después de tanto rato arrodillado. Miro por última vez a mi moreno tirado en el barro, inconsciente y vulnerable, con pánico de que le pase algo horrible si me voy y lo dejo así.
Pero al mismo tiempo estoy seguro, lógicamente lo sé, que los de la DEA ya deben estar cerquísima. Probablemente a menos de diez minutos. Llegarán pronto y lo encontrarán. Estará bien.
Tiene que estar bien.
Por eso elegí un campo a solo cuarenta minutos de Berlín, donde está la sede principal de la DEA en Alemania. Les será más rápido llegar aquí que si lo hubiera dejado cerca de Magdeburgo. Travis prácticamente me empuja para que empiece a andar, con la mano firme en mi espalda. Al final cedo, obligo a mis pies a moverse, alejándome paso a paso.
Todos volvemos hacia los coches con pasos rápidos. Cruzamos otra vez la valla de alambre de púas. Nos subimos a los coches. Los motores arrancan casi a la vez.
La capucha y la venda que usamos las dejamos tiradas a propósito en el suelo al lado de Willem como prueba. Harry se encargó de tirar el móvil desechable que usé para hablar con Krüger por la ventanilla cuando ya íbamos en marcha por la carretera oscura. Vi cómo rebotaba en el asfalto y se hacía añicos bajo las ruedas.
No dejo de pensar en Willem ni un segundo en todo el camino de vuelta. Mirando por la ventanilla sin ver nada, mientras los árboles y campos pasan borrosos. Mi cabeza está completamente allá atrás, en ese campo embarrado, preocupándome como loco. ¿Y si tarda mucho en despertar? ¿Y si los agentes no lo encuentran a tiempo? ¿Y si algo sale mal?
No quería que se fuera sin haber arreglado del todo lo nuestro. No quería que esta despedida fuera así… fría, distante, sin cerrar nada. Quería besarlo una última vez, decirle que lo amo, oírle decir que me perdona. Pero él no quiso. No pudo o no quiso perdonarme antes de irse.
Y ahora no puedo hacer absolutamente nada más al respecto…
—Todo va a estar bien, hermano— susurra Travis desde mi lado, rompiendo mi espiral de pensamientos. Decidió venir conmigo en el coche principal donde antes iba con mi moreno, cambiándose el sitio con Harry. Seguro que intuyó que necesitaba compañía, apoyo —Dale un par de semanas para que lo procese todo, para que se calme, y luego inténtalo de nuevo cuando volváis a veros— me aconseja con voz tranquila y razonable.
Lo que pasa es que yo nunca escucho consejos de nadie.
—El tiempo cura, Tom. Ya lo verás.
Lo miro de reojo un segundo y asiento con retraso, procesando sus palabras despacio. Quiero creerle. Necesito creerle. Pero la verdad es que no creo que eso vaya a arreglar mucho lo nuestro.
El tiempo no cura todas las heridas. A veces solo las hace más jodidas.
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By Omnisciente
El convoy de tres coches negros de la DEA llegó al punto GPS exacto que les habían pasado en el mensaje anónimo justo dieciocho minutos después de la última charla con el secuestrador. Tres SUVs Chevrolet Suburban blindados, cada uno con cinco agentes hasta los dientes de armas. Quince agentes federales en total para una operación de recuperación de alto riesgo.
Pero este no era un agente cualquiera. Era Benjamín Keller. Y en la oficina de Berlín todos sabían que era uno de los mejores agentes encubiertos que la DEA había sacado en la última década. Cuando el Clan Geistlo lo secuestró, fue un mazazo para toda la división.
—Todos en posición defensiva hasta que confirmemos que la zona está limpia— ordenó el Agente Especial Felipe por el radio mientras su coche iba reduciendo.
Era el jefe del equipo de recuperación, un veterano con quince tacos de experiencia en operaciones de campo. Su prioridad número uno era sacar a Keller con vida y asegurarse de que no hubiera ningún hijo de puta esperando para tenderles una emboscada. Los coches se pararon en formación táctica en el camino embarrado, a unos cien metros del campo abierto que tenían delante. Los faros potentes de los SUVs iluminaban el terreno oscuro, haciendo conos de luz que cortaban la penumbra del anochecer.
—Veo algo— reportó la Agente Dinozka desde el asiento del copiloto del coche principal, con binoculares térmicos de última generación escaneando la zona. Su voz sonaba tensa pero con esperanza a través del canal compartido —Firma de calor a las dos en punto, unos cincuenta metros dentro del campo. Solo un contacto. No se mueve. Tiene que ser él.
—¿Algún otro contacto por ahí?— preguntó Felipe al instante, con la mano ya en su Glock reglamentaria —¿Alguna señal de que los secuestradores sigan por aquí?
Dinozka hizo un barrido completo de 360 grados con los binoculares, sin prisa, revisando cada sector con calma. —Negativo. No veo ninguna otra firma de calor en doscientos metros a la redonda. Si los cabrones estuvieron aquí, ya se han largado. Seguro que hace poquito.
—Malditos cobardes— masculló Felipe con rabia —Se aseguraron de pirarse antes de que llegáramos.— se giró en el asiento para mirar a los tres agentes de atrás —Koch, Richter, conmigo. Neumann, tú te quedas aquí cubriendo con el rifle de precisión desde el coche. Si ves cualquier cosa rara, cualquier movimiento que no seamos nosotros, gritas por el radio al momento. ¿Entendido?
—Entendido, señor— respondió Neumann, ya colocando el Remington 700 con mira telescópica sobre el respaldo del asiento.
Felipe abrió la puerta y salió al aire frío de la noche, el aliento salía en nubecitas de vapor. Los otros dos coches hicieron lo mismo, desplegando a sus equipos en formación táctica coordinada. —Equipos Dos y Tres, montad perímetro defensivo— ordenó por el radio de mano —Nadie entra ni sale de esta zona sin mi permiso. Estos cabrones podrían haber dejado trampas.
Una ráfaga de confirmaciones rápidas llegó por el canal.
Los agentes avanzaron rápido hacia el campo, armas en alto y listas, moviéndose con las técnicas tácticas que habían practicado mil veces. Las botas se hundían en el barro con cada paso, haciendo ese ruido de succión mojada. Las linternas tácticas montadas en las armas cortaban la oscuridad, barriendo el terreno con haces de luz blanca intensa.
—Visual confirmado— anunció Richter cuando estaban a unos veinte metros —Es definitivamente una persona. Tumbada de lado. No se mueve…
Aceleraron el paso, la formación táctica se fue al carajo por las prisas de llegar al agente caído. Cuando por fin llegaron a la figura inmóvil en el suelo, Felipe apuntó directo con la linterna a la cara, entrecerrando los ojos para ver mejor entre el barro. Un chaval joven, pelo rubio revuelto y lleno de barro. Piel pálida asomando bajo la suciedad. Con ropa deportiva ligera y nada adecuada para el frío. Sin zapatos. Totalmente KO. Se veía demacrado, claramente había perdido peso.
Y Felipe lo reconoció al instante de las fotos del expediente que había estado mirando obsesivamente durante dos semanas, desde que secuestraron a Keller después del operativo en Brasil.
—Es él— confirmó con la voz ahogada por la emoción —Es definitivamente el agente Benjamín Keller. Joder, lo hemos encontrado. De verdad lo dejaron aquí.
—¿Está vivo? Por favor dime que está vivo— preguntó Koch ansioso, arrodillándose al momento junto al cuerpo. Le puso dos dedos en el cuello buscando el pulso en la carótida. Pasaron unos segundos tensísimos en los que nadie respiró, todos pensando lo peor —Pulso presente— anunció al fin con un alivio que se notó en todos —Gracias a Dios. Débil pero regular. Unos sesenta por minuto. Respiración estable. Está vivo. Keller está vivo.
—Gracias a Dios— repitió Richter soltando el aire mientras bajaba el arma —El pobre aguantó catorce días con esos criminales— murmuró con rabia y alivio a partes iguales.
Felipe ya estaba apretando el botón del radio con manos que le temblaban un poco por la adrenalina y el subidón. —Base, aquí Equipo Recuperación Uno. Confirmamos localización del agente Benjamín Keller. Repito, Keller localizado y vivo. Inconsciente pero signos vitales estables. Necesitamos ambulancia en nuestra posición YA para evaluación médica completa.
La voz del despachador contestó casi al instante, y Felipe notó el alivio general incluso por el radio. —¡Copiado, Equipo Uno! Gracias a Dios. Ambulancia en camino, ETA doce minutos. Avisamos al Director Krüger ahora mismo. Toda la oficina va a flipar cuando sepa que Keller está vivo.
—Copiado— respondió Felipe, guardando el radio.
Se arrodilló junto a Willem, examinándolo con ojo entrenado buscando heridas obvias que necesitaran atención urgente. Richter ya le estaba haciendo una evaluación primaria básica, revisando extremidades con cuidado, palpando costillas suavemente, buscando sangrado. Mientras, los demás agentes revisaban el perímetro sin dejar ni un hueco.
—No veo heridas de bala ni puñaladas evidentes— informó Richter mientras trabajaba con manos expertas —No hay sangrado activo que se vea. Las extremidades parecen enteras, sin fracturas obvias al tacto. Pero está cubierto de barro, es difícil hacer una evaluación completa aquí. Los médicos tendrán que mirarlo bien en el hospital.
Felipe se acercó más a la cara de Willem, notando un olor raro. —Huelo… algo químico— dijo frunciendo el ceño —Cloroformo.
—Eso explica por qué está inconsciente— comentó Koch, arrodillándose también junto a su compañero —Los cabrones lo durmieron químicamente antes de dejarlo aquí. Seguro que no querían que pudiera describirles la cara o el coche antes de largarse.
—Malditos cobardes— gruñó Felipe con rabia, repitiendo las mismas palabras que hace unos instantes —Lo tuvieron dos semanas secuestrado, probablemente torturándolo, y ni huevos tuvieron para enfrentarnos. Lo tiraron aquí como basura y se piraron.
—Lo importante es que está vivo— dijo Richter con firmeza, aunque se le notaba la rabia —Después de tanto tiempo sin noticias, después de pensar lo peor… Benjamín está vivo y lo llevaremos a casa. Eso es lo que cuenta ahora.— miró la cara inconsciente del rubio joven con alivio y preocupación mezclados —Dios sabe lo que habrá pasado estos días. Lo que le habrán hecho esos criminales.
—Cuando despierte y pueda hablar, sabremos quién lo tuvo— soltó Koch con determinación fría —Y entonces iremos a por cada uno de esos hijos de puta. Los haremos pagar.
Cinco minutos después, mientras esperaban la ambulancia y vigilaban el perímetro sin parar, el radio de Felipe crepitó otra vez. —Equipo Uno, aquí Base. El Director Krüger quiere hablar directamente contigo. Lo ponemos en línea ahora.
Hubo un clic, y luego la voz inconfundible del Director Alex Krüger llenó el canal, hablando desde su despacho en Estados Unidos, pero sonando urgente y emocionado. —Felipe, ¿es verdad? ¿De verdad habéis encontrado a Benjamín con vida?
Su voz estaba cargada de emoción a duras penas contenida. Krüger y Keller llevaban ocho años trabajando juntos, eso no era secreto para nadie, todos sabían que Benjamín salió de la cárcel gracias a un trato con la DEA. Pero ahora aceptaban que era un buen agente, y que el Director Krüger le tenía cariño de verdad. Era el que más preocupado había estado por encontrar al rubio.
—Sí, señor— respondió Felipe con voz clara —El agente Keller ha sido localizado vivo. Ahora mismo está inconsciente, probablemente por cloroformo u otro sedante. Los criminales lo noquearon antes de abandonarlo aquí. Signos vitales estables: pulso regular, respiración normal, sin sangrado visible. Evaluación preliminar indica que no hay heridas traumáticas graves que necesiten atención de emergencia ya, pero necesitará chequeo médico completo en el hospital.
Hizo una pausa, eligiendo bien las palabras.
—Señor, está cubierto de barro y parece haber perdido bastante peso. No sabemos qué condiciones aguantó durante el secuestro ni qué trauma físico o psicológico sufrió. Va a necesitar atención médica a fondo y probablemente apoyo psicológico.
Escuchó lo que parecía un suspiro profundo de alivio al otro lado. —Entendido, Agente. Gracias a Dios que está vivo— dijo Krüger, con la voz notablemente afectada —Cuando llegue al hospital y esté estabilizado, quiero que dos agentes se queden con él todo el tiempo. Oficialmente para protegerlo, por si los criminales intentan algo. No sabemos si esto es una liberación real o si tienen otro plan.
—Sí, señor. Ya tengo a Koch y Richter asignados para quedarse con él.
—Bien. Y Felipe, cuando Benjamín despierte y esté lo bastante estable para hablar, llámame inmediatamente. Da igual la hora. Necesito hablar con él en persona, asegurarme de que está bien.
—Por supuesto, señor.
—Buen trabajo trayéndolo de vuelta, Agente— dijo Krüger con sinceridad total —Sé que ha sido una operación dura y peligrosa. Toda la división está agradecida. Benjamín es familia para nosotros, tráiganlo a casa sano y salvo.
—Lo haremos, señor. Tiene mi palabra.
La comunicación se cortó.
Felipe guardó el radio y volvió a mirar a Willem, que seguía completamente KO en el barro, sin enterarse de nada. Al final, después de lo que pareció una eternidad pero fueron solo doce minutos, aparecieron las luces rojas y azules de la ambulancia en el camino, seguidas de cerca por otro coche de la DEA con más agentes de refuerzo. Los paramédicos llegaron corriendo con la camilla y el equipo médico, tomando el control al momento con profesionalidad.
—¿Cuál es la situación?— preguntó el paramédico jefe mientras se arrodillaba junto a Willem.
—Agente federal, secuestrado hace dos semanas, encontrado inconsciente aquí hace unos veinte minutos— informó Koch rápido —Sospechamos sedación con cloroformo. Signos vitales estables. Sin sangrado visible. Sin trauma obvio.
Los paramédicos trabajaron con eficacia, poniendo a Willem con cuidado en la camilla rígida, asegurándolo con correas. Uno empezó a tomar signos vitales con equipo pro mientras el otro preparaba una vía.
—Presión 110 sobre 70. Pulso 62 y regular. Saturación de oxígeno 96 por ciento. Temperatura corporal un poco baja, probablemente por exposición— iba reportando el paramédico mientras trabajaba —Pupilas reactivas pero lentas, compatible con sedación química. Lo llevamos directo al Hospital Universitario de Berlín para evaluación completa y desintoxicación.
—Adelante— ordenó Felipe —Dos de mis agentes irán con vosotros en la ambulancia. Es protocolo de protección de testigo. No sabemos si los criminales podrían intentar callarlo.
—Entendido— asintió el paramédico jefe —Hay sitio.
Mientras veía cómo levantaban la camilla y empezaban a llevar a Willem hacia la ambulancia, con las luces de emergencia haciendo destellos rojos y azules en la oscuridad, Felipe sintió una oleada de alivio mezclada con una determinación brutal. Habían recuperado a su agente con vida contra todo pronóstico. Ahora solo faltaba que Benjamín despertara y les contara cómo y dónde lo habían tenido durante todo este tiempo.
Y entonces la DEA caería sobre esos criminales con todo el peso de la ley federal. Nadie secuestra a un agente de la DEA y se va de rositas.
Continúa…
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