
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 76
By Tom
El día se me ha pasado volando, ni me he enterado. Catalina me había preparado un café súper cargado para que yo «espabilara». Lo único que consiguió fue que se me quitaran las ganas de café para siempre, ¡no le echó ni un mísero gramo de azúcar! Pobre de mi lengua, lo que tuvo que aguantar con ese sabor amargo.
No vuelvo a tomarlo en mi vida.
Después de desayunar juntos hicimos lo que habíamos quedado en hacer hace dos días y que yo olvidé por completo por estar pensando en mi moreno. Después de eso, de recibir la mercancía y enseñarle cómo se hacía porque no estaba al tanto, se ofreció a acompañarme a planear todo lo del regalo de cumpleaños del hombrecito que me quita el sueño y me pone tan bien como mal, pero mal en el buen sentido. O sea, que me pone a cien. Lo normal, supongo, mi miembro reacciona a todas las locuras que me monta la cabeza con mil opciones de lo que voy a hacer en cuanto tenga a mi moreno delante de mí.
Pasamos toda la tarde fuera, y obviamente le pedí a Travis que se encargara él de todo por hoy. Lo entendió en cuanto le comenté lo del cumpleaños de mi nene.
Catalina me iba dando ideas mientras hablaba con el tipo que se encargaría de todos los arreglos del gran ramo de tulipanes y rosas para mi moreno. Va a ser tan grande que seguramente tardarán un día entero en montarlo. El ramo es solo un 0,1 por ciento de todo lo que le voy a preparar a mi nene. Pero tendría que viajar a Estados Unidos y hacerlo allí, o traerlo aquí. Sin embargo, con lo enfadado que está, lo mejor es que aparezca yo de sorpresa y que todo esté listo. Así que sí, lo haré todo en Estados Unidos y me llevaré el ramo de tulipanes y rosas.
También acompañé a Catalina al centro comercial, quería comprar algunas cosas para ella. Incluso me hizo entrar a una boutique de ropa interior.
Cuando terminó de comprar todo lo que necesitaba ya eran como las seis de la tarde, así que compramos algo para cenar en mi apartamento y luego ella se iría a terminar con los preparativos del show de esta noche. Ha sido una buena compañía todo este tiempo, no hay otras intenciones detrás. Digamos que, con lo mucho que habla, hace que me olvide un poco del problema con mi moreno. Que tengo que solucionar sí o sí cuanto antes. Porque nos tenemos que casar…
—Entonces, digamos que para esta noche he estado planeando que las chicas se vistan como angelitos atrevidos— me cuenta mientras entramos por el ascensor. Dejó las bolsas abajo, en su pequeña oficina, para llevárselas después a su apartamento, que no está tan lejos de aquí. Y ahora lo que lleva son las bolsas de la cena, que es comida basura. Hamburguesas, con sus respectivas salsas, y la bebida la llevo yo. Es algo tan trivial, pero no me disgusta —El show va a estar bien, ¿no quieres bajar esta noche y verlo?
—No lo sé, Cata— resoplo con desgana —No tengo ánimos para ver ningún show. Además, verlas sería como traicionar a mi moreno. No te imaginas cómo se pondría si se entera de que estuve viendo a las bailarinas; si ahora está enfadado, capaz hasta me corta la cabeza.
—Pero él no está aquí, ¿quién se lo va a decir?— pregunta con diversión en la voz.
—No, mejor no me la juego.
—¿De verdad le tienes miedo a tu novio?
—No es solo miedo— respondo con una pequeña sonrisa en los labios. Pulso el botón y el ascensor se pone en marcha —Es que no quiero que se sienta mal por mis acciones, ¿me entiendes? No quiero que piense que estoy mirando a otras porque me aburrí de él, o yo qué sé. No debo mirar a otras mujeres, y tampoco quiero, la verdad, no me apetece. Solo quiero verle a él…
—Uhm… vale, supongo que contra eso no puedo hacer nada.
—No, no puedes— afirmo soltando una pequeña risa y ella me imita. Justo en ese momento las puertas del ascensor se abren, y no sé si las ganas que tengo de mi moreno me están haciendo alucinar, porque justamente lo estoy viendo sentado en el sofá, en el salón. Tecleando algo en su móvil, que deja a un lado en cuanto oye las puertas y me ve. Pero sus ojos pasan de mí a Catalina y los entrecierra para luego mirarme otra vez.
¿Ya soy oficialmente hombre muerto?
—Mierda— murmuro casi inaudible para cualquiera que no esté lo bastante cerca como para oírlo. Doy un paso dentro del apartamento mientras él se pone de pie. Miro de reojo a Catalina; se la ve algo incómoda por la mirada tan escéptica que le lanza mi moreno.
Le sonrío a mi moreno como puedo, porque los nervios me están devorando.
—Bebé…— le digo, pero antes de que pueda añadir nada más me interrumpe.
—He venido para que hablemos— me dice seco, aunque esboza una pequeña sonrisa que no tiene ni rastro de felicidad. Es forzada. Mira a Catalina brevemente y luego a mí —A solas— suelta.
—Claro…
Catalina pilla el mensaje y deja rápidamente las bolsas con la comida sobre la isla de la cocina —Klaus, nos vemos mañana, ¿vale?— me dice y yo asiento con la cabeza —Y, hola, Benjamín. Un placer verte de nuevo— le saluda. Pero mi moreno no disimula el disgusto de verla aquí e intenta ensanchar la sonrisa, aunque le sale más una mueca que otra cosa. Catalina respira hondo, incómoda —Buenas noches.
—Adiós…— responde Bill, y su tono deja aún más claro su descontento.
Cuando Catalina entra al ascensor y se va del todo, me doy prisa en hablar con él. No vaya a ser que piense mal porque me vio llegar con ella.
—Billie…— dejo la botella de refresco sobre la isla también, al lado de la comida, para tener las manos libres —¿Por qué no me dijiste que venías, amor?— le pregunto, acercándome a él otra vez a paso rápido —Habría estado aquí cuando llegaras.
Se relame el labio superior mientras asiente despacio. —¿Qué hacías con esa mujer, Tom?
—E – eh, yo…
—Llego aquí y no te encuentro. Ni siquiera en el bar. Y justo te veo llegar con esa vieja, ¿por qué?— pregunta otra vez, cruzándose de brazos —¿No vas a contestarme?
—C – claro que sí, mi amor— le digo rápido —Solo estábamos haciendo cosas del trabajo.
—¿Del trabajo?— pregunta con ironía, alzando ambas cejas.
—Sí, le estaba enseñando cómo recibir la mercancía que llega para las bailarinas y luego me estuvo acompañando a hacer unos recados.
—Ah— suelta con falsa comprensión, asintiendo otra vez —¿Y cuántos años tiene esa mujer como para no saber recibir una simple mercancía, Tom? ¿Y es que tú no puedes hacer tus cosas solo? ¿Tenías que llevártela a ella? No me jodas.— se ríe sin pizca de gracia. —Te dejé bien claro, Tom, que no quería a esa mujer cerca de ti, ¿qué parte no entendiste, eh? ¿Por qué ahora llegas con ella? ¡Pero respóndeme!
—Es que tú no me dejas.
—Ah, ¿no? ¿Ahora es culpa mía?
—A ver, amor mío, para recibir la mercancía de las bailarinas hay que firmar unos papeles. Eso era lo que le estaba enseñando, para que esté pendiente de lo que firma— le respondo —Y lo otro es una sorpresa. Para ti. Pero no puedes saber qué es, así que no me preguntes más— le suplico, literalmente, mientras le cojo de la cintura. Esperaba que me apartara, pero no lo hace. Eso solo me anima aún más —Te he echado muchísimo de menos, ¿sabes? Me he sentido fatal sin ti. Me sentía solo, triste…
—Sí, sobre todo triste— murmura con muchísimo sarcasmo.
Le sonrío un poco —Te amo, lo sabes…— le recuerdo con voz suave —Has venido a hablar conmigo, ¿no? ¿O vas a seguir diciéndome cosas feas como hace semanas?
Él pone los ojos en blanco —¿Te gustaron o qué? Porque por mí no hay problema.
—Vale, ya lo pillo. Sigues enfadado— aparto mis manos de su cintura despacio y doy un paso atrás, dejándole espacio. Me encojo de hombros; me alegra tenerlo aquí, pero me desanima que siga enfadado, porque eso significa que no puedo tenerlo como me gustaría. —Vale…
—¿Por qué no fuiste?— me pregunta con un deje de decepción en la voz.
—¿A buscarte? Me pediste tiempo, moreno. Te lo di, aunque no quería, te lo di.
—No me refiero a eso— murmura —Te envié un mensaje. Te dije que te necesitaba, lo leíste y… nunca viniste. ¿Por qué?
Es entonces cuando lo miro confundido. ¿Que me envió un mensaje? ¿Pero cuándo? Sin dejar de mirarlo, totalmente desconcertado por lo que dice, tanteo el bolsillo delantero derecho del pantalón, donde llevo el móvil, y lo saco para revisar nuestro chat. Yo no recibí ningún mensaje suyo, y lo confirmo cuando no veo ninguno. —¿Me enviaste un mensaje?— pregunto despacio.
—Sí.
—Pero no hay nada, mi amor— le enseño la pantalla del móvil, donde se ve claramente que no hay ni un solo mensaje suyo, solo los míos sin responder.
Ahora es mi moreno el que parece desconcertado —Pero lo hice— se da la vuelta rápido, se acerca al sofá donde estaba antes y coge su móvil. Veo cómo desliza los dedos por la pantalla mientras vuelve hacia mí y me enseña el chat, donde sí aparece claramente su mensaje y con el doble check azul. Señal de que fue leído. —¿Lo ves?
—Seguro que es un fallo de la aplicación, cariño— digo intentando encontrarle una explicación, porque es rarísimo que salga como leído si yo no recibí nada —Si yo hubiera visto ese mensaje habría estado contigo en un abrir y cerrar de ojos, mi vida.— baja el móvil y me mira con una expresión bastante apagada —¿Para qué me necesitabas?— le pregunto con un tonito pícaro, sonriendo de lado —¿Me echabas tanto de menos como yo a ti?
Se queda pensando. Bueno, no, solo unos segundos que a mí se me hacen eternos. Una pequeña sonrisa curva sus labios, apenas un poco, ni siquiera lo suficiente como para achinar sus bonitos ojos color café.
—S – sí, era eso…— responde. Pero hay algo en su tono que no me termina de convencer.
—¿Me estás mintiendo, morenito?— pregunto con duda, porque no sé si lo está haciendo o no. Frunce un poco el ceño, extrañado por mi pregunta.
—No, Tom. ¿Por qué piensas eso?— replica, intentando sonar enfadado otra vez —Estoy siendo sincero. Yo no soy como tú.
—Me ha dolido, ¿eh?— alza las cejas de forma sugerente mientras hace una mueca desdeñosa, dejándome claro que le da igual. Eso me hace reír —Deberíamos estar besándonos como locos en vez de estar con esto, ¿no crees, nene?— sin que pueda evitarlo, le cojo de la cintura otra vez y lo acerco a mí. Su pecho choca suavemente con el mío y me relamo los labios al ver su mirada. Sus pupilas se han dilatado lo suficiente como para que se vea tan adorable, sus labios están entreabiertos y me encanta. Joder —Yo también te he necesitado mucho, ¿sabes?
—No me digas.
Acerco mi cara a la suya, dejando menos de un centímetro entre nosotros. Puedo sentir su respiración ligeramente agitada sobre mis labios. Sus ojos miran los míos y luego bajan a mis labios, un gesto muy provocador por su parte. —¿Te puedo besar?
—Ya deberías estar haciéndolo, Tom.
Ante su respuesta ni siquiera esperé a que las palabras se asentaran. Fue puro instinto animal. Me lancé a su boca como si llevara semanas muriéndome de sed y él fuera el único agua que existe.
Mis labios chocaron contra los suyos con fuerza, sin preámbulos, sin delicadeza. Abrí la boca de inmediato y metí la lengua buscando la suya, hambrienta, desesperada. El sabor a frambuesa del bálsamo que siempre usa se mezcló con el calor húmedo de su saliva y joder… eso me prendió todavía más. Lamí su lengua, la succioné, la enredé con la mía en un beso totalmente sucio, profundo, sin ganas de dejar espacio para respirar.
Mis manos se clavaron en su cintura con tanta fuerza que seguro le dejaría marcas. Lo jalé contra mí hasta que no quedó ni un milímetro entre nuestros cuerpos. Hago que sienta mi erección que es cada vez más dura presionando contra la suya a través de la tela de su pantalón deportivo y mis jeans, y eso me hizo gruñir dentro de su boca. Bajé una mano por su espalda, lentamente, hasta meterla dentro de la cintura elástica de su pantalón. Agarré una de sus nalgas con toda la palma, apretándola, amasándola, clavándole los dedos para obligarlo a arquearse más contra mí y que nuestros sexos se frotaran con más rudeza.
Él soltó un gemido ronco, ahogado contra mi lengua. Respondió al beso con la misma ferocidad, su lengua invadía mi boca ahora, chupándome el labio inferior hasta casi doler, mordiéndolo suavemente pero con mucha intención, mientras sus manos se enredaban en mis rastas y tiraban para mantenerme pegado a él.
No podía parar. No quería. Lamí el interior de su boca, jugué con su lengua, la succioné como si quisiera tragármelo entero. Nuestras respiraciones eran jadeos entrecortados, húmedos, obscenos. Sentía cómo se le escapaban pequeños sonidos cada vez que le apretaba el culo o movía las caderas para restregarme más contra su entrepierna dura. Y él… se aferraba a mi nuca, a mi camiseta, tirando de mí como si yo fuera a desaparecer si aflojaba un segundo.
Sonreí contra su boca, con mis dientes rozando su labio inferior mientras lo mordía suave, tirando apenas para hacerlo jadear. —¿Ahora puedo hacerte el amor, morenito?— susurré, sin separarme ni un centímetro, con la voz ronca —Muero de ganas por estar dentro de ti.
—Cero preguntas y más acción, Tom.
Eso fue todo lo que necesité oír.
Lo agarré por la nuca con una mano, manteniendo su boca pegada a la mía mientras con la otra lo empujaba hacia atrás, guiándolo sin romper el beso. Nuestras lenguas seguían enredadas, húmedas, desesperadas, chocando en un ritmo sucio que hacía que se me pusiera la piel de gallina. Caminamos a tropezones cruzando la sala, él retrocedía, yo avanzaba, hasta que su espalda chocó contra la puerta de mi habitación. La abrí de un empujón sin mirar, lo metí dentro y cerré de una patada.
Mis manos fueron directas a su camiseta, la agarré por el borde y se la saqué por la cabeza en un solo tirón, mientras nos acercábamos a la cama, desordenándole el pelo y dejándolo con el pecho subiendo y bajando rápido. Joder, verlo así, medio desnudo, con los labios hinchados y brillantes de saliva… me volvió loco.
Bajé las manos a la cintura elástica de su pantalón deportivo. Metí los dedos por dentro, rozando la piel caliente de su abdomen, y tiré hacia abajo de un solo movimiento. Los boxers se fueron con todo, pantalón, ropa interior, calcetines, todo al suelo en un revoltijo. Quedó completamente expuesto ante mí. Cosa que ya extrañaba.
—Eres una obra de arte— murmuro, admirándolo completamente —¿Cuantas veces te lo he dicho?
—Unas millonadas de veces.
—Mhmm, no es suficiente.
Lo tumbé de espaldas sin delicadeza, pero con cuidado de no lastimarlo. Él cayó sobre el colchón con un jadeo, abriendo sus piernas para qué yo me sitúe entre ellas de inmediato, arrodillándome sobre la cama, con mis rodillas hundiéndose en el colchón y sus piernas abrazando mis caderas. Me quité la camisa con la misma urgencia con la que lo desnudé a él. Quedé desnudo del torso para arriba en segundos.
Me incliné sobre él, apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza, y volví a besarlo. Sentía a mi moreno intentado desabrochar mis pantalones y como estorban, entonces me los quité separándome un poco de él. Quedando desnudos ambos ahora.
Mientras lo beso, mis caderas bajan hasta que mi polla dura roza la suya. Piel contra piel, caliente, resbaladiza por el semen de los dos. Empecé a moverme despacio, frotándome contra él en un vaivén deliberado, sintiendo cómo su longitud se deslizaba contra la mía, la cabeza de mi verga chocaba contra la suya cada vez que empujaba hacia adelante.
—Joder…— gruñí contra sus labios mientras aceleraba el roce.
Él gimió alto, sentía sus manos clavándose en mi espalda, sus uñas arañando mi piel mientras arqueaba las caderas para aumentar la fricción. Nuestros sexos se deslizaban uno contra el otro, resbaladizos, calientes, el sonido húmedo llenaba la habitación junto con nuestros jadeos. Una de mis manos bajó entre nosotros, agarrando ambos miembros juntos, apretándolos, masturbándonos al unísono mientras seguía frotándome contra él. Sentía cómo se ponía más duro en mi mano, cómo temblaba debajo de mí, cómo su respiración se volvía entrecortada y desesperada.
—Dime que lo quieres, morenito de mi vida…— le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo con lentitud —Dime que quieres que te folle hasta que no puedas ni pensar.
Ríe ligeramente sin dejar de gemir melodiosamente para mí —Hazlo ya, Tom… por favor… métemela…
Y ahí se me acabó la paciencia del todo.
Bill me observa con los párpados pesados, los labios entreabiertos, respirando rápido, mirando como me masturbo rápidamente para entrar en él. Pero, me detiene en cuanto habla.
—Quiero montarte…— me dice con su voz melosa y aterciopelada —Quiero… sentarme encima de ti y…— sonríe con picardia —Cabalgarte hasta que los dos perdamos la cabeza.
Juro que mi miembro dio un salto violento solo de escucharlo. Tragué saliva, asintiendo como idiota ante su petición. —Ven aquí, morenito… haz lo que quieras conmigo.
Me dejé caer sentado en medio de la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero, las piernas abiertas y ligeramente flexionadas. Mi moreno se incorpora de inmediato, gateando hacia mí con esa gracia felina que tiene, con el pelo revuelto cayéndole sobre los ojos, la piel brillante ligeramente por el sudor. Se colocó de rodillas frente a mí un segundo, solo mirándome, como si quisiera grabarse la imagen, y luego… se subió a mi regazo.
Apoyó las rodillas a ambos lados de mis caderas, apoyando las manos en mis hombros para equilibrarse.
Yo subí las mías a su cintura, sosteniéndolo, admirando cada centímetro de él. Veo su pecho subiendo y bajando rápido, sus pezones duros, la curva perfecta de su culo que ya estaba listo para recibirme.
Bill se inclina un poco hacia adelante, besándome lento y profundo mientras bajaba una mano entre nosotros. Tomó mi pene firmemente, lo alineó con su entrada, sentí como la punta rozaba ese anillo de músculo caliente y resbaladizo, y empezó a sentarse despacito.
Sentí cómo la cabeza entraba primero. Joder. Calor. Presión. Sus paredes me apretaban como un puño de terciopelo mojado. Solté un gruñido largo y gutural contra su boca.
Él jadeó bajito, cerrando sus ojos un segundo mientras seguía bajando, centímetro a centímetro, tragándosela entera. Cuando sus nalgas finalmente tocaron mis muslos y estuve completamente dentro, los dos nos quedamos quietos un instante. Él temblaba encima de mí. Sentía cada pulsación suya alrededor de mí, cómo sus paredes internas me apretaban y soltaban rítmicamente, como si su cuerpo me estuviera ordeñando.
—Dios…— gimió él, con su voz quebrada de placer, apoyando su frente en la mía.
Y entonces empezó a moverse.
Primero lento, subiendo y bajando con movimientos suaves, circulares, como si quisiera sentir cada roce. Yo no podía dejar de gruñir ahogadamente, manteniendo las manos clavadas en sus caderas, ayudándolo a marcar el ritmo. Cada vez que bajaba hasta el fondo, soltaba un gemidito agudo y precioso que me volvía loco.
Mi moreno aceleró. Sus caderas subían y bajaban con más fuerza, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba toda la habitación junto con nuestros gemidos. Él echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta, y yo no pude resistirme, lamí la línea de su nuez, la mordí suave, mientras una de mis manos subía a pellizcarle un pezón. —¡Tom!— gritó mi nombre entre jadeos cuando lo hice, apretándome más fuerte por dentro.
—¿Qué?— pregunto, divertido por su expresión de reproche.
No responde a mis preguntas, solo relentiza sus movimientos y sus caderas se mueven lentamente. Cada ves que baja, se asegura de que toda mi longitud entre completamente y gime cuando toca su punto dulce. No deja de mirarme a los ojos. Y su expresión de placer total me pone mal.
se movía con una lentitud que era puro tormento delicioso para mí. Sus caderas giraban en círculos pequeños, apretándome dentro de él de una forma que me hacía apretar los dientes para no perderme ya. El sudor le corría por el pecho, brillando bajo la luz tenue de la lámpara en el techo de mi habitación, y cada vez que bajaba hasta el fondo soltaba un gemidito suave, casi un ronroneo, que me volvía loco.
Pero yo necesitaba más. Necesitaba verlo desarmado debajo de mí, necesitaba follarlo hasta que no pudiera ni hablar.
Sin avisarle lo empujo suavemente hacia atrás.
No saqué ni un centímetro de mi pene de su interior. Lo tiré de espaldas. Cayó sobre el colchón con un jadeo agudo y precioso, viendo su pelo rubio extendiéndose sobre las sábanas blancas. Sus piernas se abrieron más, enganchándose instintivamente en mis caderas, y yo me quedé dentro, profundo, sintiendo cómo su interior se contraía alrededor de mí al cambiar la posición. Joder… estaba tan apretado así, tan caliente, tan perfecto.
Me quedé sentado aún. Bill echó la cabeza hacia atrás al instante, dejando la piel de su cuello expuesta, su nuez subía y bajaba con respiraciones rápidas y entrecortadas. Arqueó la espalda como si quisiera ofrecerme todo su cuerpo. Lo miro completamente sin perderme nada. Miro su pecho, su abdomen ligeramente marcado, los pezones duros y rosados erguidos, la piel erizada de placer. Abrió la boca en un gemido largo, melodioso, casi cantado, que me erizó cada vello del cuerpo.
—Tom… ahhh… sí… fóllame así…— su voz salió rota, dulce, desesperada.
Empecé a moverme. Salí despacio, casi hasta la punta, y volví a entrar de un empujón profundo que lo hizo arquearse más. Se aferra a las sábanas. Cada embestida sacaba de su garganta un gemido alto, como una melodía que solo yo tenía el privilegio de escuchar. Y es que así debe ser.
No podría imaginar a mi moreno con alguien más. Es solo mio. Solo yo puedo tenerlo de esta manera.
Sus ojos se cerraban a ratos, abanicaba sus pestañas. Su boca yacía abierta en una «O» constante por el placer absoluto.
Yo no podía dejar de mirarlo. Mi propia cara debía ser un desastre, porque tenía mis cejas fruncidas, la boca entreabierta, y gruñidos bajos se me escapaban cada vez que me hundía hasta el fondo. El sudor me caía por la frente, por el pecho, y sentía cada músculo tenso, cada latido acelerado. Era puro placer, crudo, animal.
Bajé una mano al ver su miembro, y lo tomé. Lo rodeé con el puño y empecé a masturbarlo al mismo ritmo que lo follaba.
Apretando fuerte en la cabeza cada vez que empujaba hacia adentro, deslizando la palma arriba y abajo con movimientos firmes y rápidos.
—Ahhh… más… más fuerte… por favor…
Aceleré sin piedad. Mis caderas chocaban contra las suyas con fuerza, el chapoteo húmedo se oía en toda la habitación junto con sus gemidos cada vez más altos, más desesperados. Le pellizqué de nuevo un pezón con la mano libre, lo retorcí suavemente, y Bill se convulsionó entero debajo de mí, se contrajo y me apretó tan fuerte que casi me saca el aliento.
—No pares… no pares… ¡Tom!— gritó mi nombre en un sollozo precioso, sentía sus caderas subiendo para encontrarse con cada empujón mío.
Sentí cómo su pene latía violentamente en mi mano, cómo su cuerpo se tensaba como un arco a punto de romperse. La espalda se arqueó tanto que casi se levantó del colchón, sus muslos temblaban alrededor de mis caderas.
—Ahhh… Dios, sí, sí… mhmm…
Se corrió con fuerza. Los chorros calientes y espesos salpicaron su abdomen, su pecho, incluso rozaron mi barbilla mientras yo seguía embistiéndolo sin parar, exprimiéndolo con cada movimiento. Gritó mi nombre una y otra vez, las paredes de su culo se contrajeron de nuevo, rítmicamente alrededor de mi polla, ordeñándome sin compasión.
Eso fue suficiente.
Empujé una última vez, llegando hasta el fondo, y me corrí dentro de él con un gruñido ronco que me rasgó la garganta. Sentí cada latido brutal de mi polla mientras lo llenaba, el calor húmedo envolviéndome, sus paredes todavía apretándome. Me quedé así por unos instantes, temblando, jadeando, los dos hechos un desastre de sudor mezclado con nuestro semen y las respiraciones entrecortadas.
Mi moreno soltó un gemidito suave, exhausto, y estiró sus brazos hacía mí. Entendí rápidamente lo que quería, así que me incliné hacia adelante y me rodeó con los brazos, atrayéndome contra su pecho pegajoso. Besé su clavícula, su mandíbula, la comisura de su boca todavía entreabierta mientras regulaba su respiración.
—Entonces…— suelto ahogadamente —¿Ya me haz personado, terroncito?
Hace mucho no le digo así y hacerlo ahora hace que un calorcito reconfortante me envuelva por completo el pecho. Me trae recuerdos bonitos de nuestro comienzo juntos. Cuando le decía así y sus mejillas se tornaban de un color carmesí que me encantaba y que me sigue encantando.
Él sonrió débil, con los ojos cerrados de puro cansancio. Recuperándose del orgasmo —Aún sigo enojado contigo.
—¿Por qué, morenito? Si te pedí perdón muchas veces…
—No las veces suficientes, Tom— me dice —Debiste ir a buscarme. No quedarte aquí y no hacer nada, después de todo, que yo esté enojado es culpa tuya.
—Pero, yo creí qué…
—Pero nada.
—Billie…
—¿Qué?
—Te amo.
Continúa…
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