Fic TOLL de Beth
Capítulo 10
Lunes.
7:30 a.m. Dejo a los gemelos en el colegio. Besos volados, abrazos rápidos, “¡Te amo, mami!”.
Georg está en la entrada, recibiendo a sus alumnos. Nuestras miradas se cruzan un segundo.
—Que tengas buen día —digo seca, sin detenerme.
Él solo asiente.
Subo al coche y arranco.
Llego a la universidad a las 8:55, ya saludando con beso en la mejilla a Guzmán, chocando puños con Morales y dejando el café a Elena.
—Sala de juntas a las once, ¿verdad? —pregunta la directora.
—Exacto. Gracias, Elena.
9:00 – 10:40: dos clases seguidas, voz firme, diapositivas perfectas, alumnos atentos. Pero por dentro soy un volcán.
10:50. Entro a la sala de juntas con el corazón latiéndome tan fuerte que creo que se oye en el pasillo.
Preparo todo con manos que apenas tiemblan: sillas en círculo, calificaciones ordenadas, agua, café, mi carpeta con el nombre “Tom Kaulitz” arriba del todo.
Me siento, respiro hondo, me miro en el reflejo de la ventana: pelo rubio perfecto, blazer negro impecable, labial rojo.
Hoy no soy la Billie de dieciocho años que lloró en un apartamento vacío.
Hoy soy la profesora Billie Wieger.
Y él va a entrar por esa puerta.
10:55.
Primeros padres.
Los saludo con sonrisa profesional, invito a sentarse, charlamos dos minutos de cortesía.
.
11:00. Dos más.
11:05. Miro el reloj.
Nadie más.
Una punzada fría en el estómago: ¿y si no viene? ¿Y si después de todo el universo me niega esta catarsis?
Me levanto, carraspeo, abro la boca para empezar…
Toc. Toc. Toc.
Abro la puerta.
Y el tiempo se detiene.
Primero entra Heidi: embarazada de parece 4/5 meses, radiante, con un vestido azul que abraza su pancita perfecta.
A su lado, Tom, con la misma cara de fastidio adolescente, pero ahora nervioso.
Y detrás… él.
Nick Kaulitz.
Más alto de lo que recordaba, canas plateadas en las sienes, arrugas de expresión que no existían cuando me destrozó, pero la misma mandíbula, los mismos ojos que me miraban como si yo fuera el centro del universo… hasta que dejó de serlo.
El impacto es físico.
Siento que me dan un puñetazo en el pecho.
Casi 10 años sin verlo cara a cara.
El aire se me escapa.
Las piernas me tiemblan debajo de la mesa.
Heidi habla, con esa voz dulce que siempre odié en silencio:
—Disculpe muchísimo la demora. El tráfico estaba imposible y Tom olvidó la carpeta en casa…
Nick no dice nada.
Me mira con educación distante, como si yo fuera cualquier profesora.
No me reconoce.
O finge de maravilla.
Sonrío. Amplia, profesional, letal.
—No pasa nada en absoluto. Adelante, tomen asiento, por favor.
Cierran la puerta.
Los presento al resto, invito a Heidi a sentarse (le acerco una silla extra para que esté cómoda), Tom se queda de pie hasta que su madre lo jala del brazo.
Me pongo de pie frente a todos, carpeta en mano, voz firme.
—Antes de empezar, gracias de verdad por venir. Sé que no es fácil sacar tiempo, sobre todo con el embarazo tan avanzado —digo mirando a Heidi con genuina cortesía—Significa mucho que se tomen en serio la educación de sus hijos—Hago una pausa teatral. Respiro hondo. Y suelto la bomba—Mi nombre completo es Billie Wieger.
Soy profesora en Biología del Desarrollo, con especialidad en embriología humana…—y aquí levanto la vista, recorro lentamente a todos los padres, y termino clavando los ojos en Nick—Y yo soy la profesora…de sus hijos.
El silencio es tan denso que podría cortarse con bisturí.
Nick palidece de golpe.
Los ojos se le abren como platos.
La carpeta que tiene en la mano tiembla.
Lo veo tragar saliva, la mandíbula se le tensa, el rostro pasa del blanco al rojo en dos segundos.
Sabe exactamente quién soy.
Heidi lo mira confundida.
Tom nos mira a los dos, sintiendo la electricidad pero sin entenderla.
Yo mantengo la sonrisa serena, los ojos fijos en él, sin parpadear.
Diez años de rabia, dolor, noches sin dormir, pastillas para la ansiedad, un bebé que no sobrevivió…
Todo eso cabe en esta mirada.
—Bien —digo al fin, rompiendo el silencio con voz cristalina— Empecemos.
Me pongo de pie, carpeta en mano, voz tranquila y profesional.
El círculo de sillas está completo: padres con sus hijos, y al fondo, Heidi, Tom y Nick.
Nick no me quita los ojos de encima. Lo noto de reojo cada dos segundos: la mirada fija, la mandíbula tensa, los dedos apretando el brazo de la silla como si fuera a romperla. No lo miro directamente. Todavía no.
Empiezo por los primeros.
—Señor Coleman Wagner, su hijo tiene muy buena comprensión lectora, pero en el tema de transporte de membrana confundió difusión facilitada con transporte activo. Necesitamos reforzar los conceptos de gradiente y gasto energético.
—Señora Donovan Klein, su hija tiene excelentes dibujos, pero se le olvidó marcar la bomba Na+/K+ y perdió diez puntos. Con un repaso de dos horas semanales lo recuperamos fácil.
—Doctor Lawson Fischer… —sigo, uno por uno, señalando exactamente dónde fallaron, qué pueden mejorar y cómo los padres pueden ayudar en casa.
Los alumnos asienten, los padres toman nota, algunos se sonrojan, otros prometen más supervisión. Todo fluye con normalidad.
Llego al final.
—Y por último… —levanto la hoja de Tom, camino despacio hasta quedar frente a ellos tres—Tom Kaulitz.
Heidi se inclina hacia delante, protectora. Tom baja la vista.
Nick sigue sin parpadear. Lo veo de reojo: sus ojos miel clavados en mí como si estuviera viendo un fantasma que acaba de hablar.
—Tom es, sin duda, uno de los alumnos más inteligentes del grupo —digo con voz clara y amable—Tiene una comprensión intuitiva excelente, sus participaciones son precisas y sus trabajos prácticos son de los mejores.
Sin embargo, en el examen cometió errores básicos en meiosis: confundió crossing-over con disyunción y calculó mal los gametos posibles en un dihíbrido. Perdió veintidós puntos por descuido, no por falta de capacidad.
Heidi abre la boca de inmediato, roja de furia.
—¡Veintidós puntos! Tom, ¿cómo es posible? ¡Si tú eres brillante! ¡Si cambiaras esa ropa ridícula que usas, si te cortaras esas rastas horribles, si te vistieras como persona normal y no como vago, si dejaras de escuchar esa música horrible y te concentraras…!
El ataque es rápido, hiriente, público. Tom encoge los hombros, se hunde en la silla, la cara ardiendo.
No lo permito.
Levanto la mano con suavidad pero con firmeza.
—Disculpe, señora Klum—intervengo, voz serena pero cortante—Con todo respeto, el rendimiento académico de Tom no tiene nada que ver con su forma de vestir ni con su música. Es un joven creativo, brillante y con una capacidad excepcional. Lo único que necesita es un poco más de disciplina en los exámenes y alguien que confíe en él sin atacarlo.
Heidi se queda con la boca abierta. Nick sigue sin decir palabra, pero sus ojos ahora están fijos en mí con una intensidad que casi quema.
Heidi se repone, indignada.
—Entonces ¿qué propone, Miss? ¿Cómo podemos ayudarlo?
Por primera vez en años, giro la cabeza y miro directamente a Nick a los ojos.
Profundo.
Sin parpadear.
Sin piedad.
—Déjenlo en mis manos —digo despacio, con una sonrisa pequeña y fría—Yo me encargo.
Yo le enseñaré… de todo.
El traga saliva.
Entiende perfectamente cada capa de esa frase.
Sus dedos se aferran al brazo de la silla hasta que los nudillos se le ponen blancos.
Heidi parpadea, confundida.
Tom levanta la vista, sorprendido, casi agradecido.
Yo cierro la carpeta con un golpe seco.
—Reunión terminada. Gracias a todos por venir.
Me doy la vuelta y salgo de la sala sin mirar atrás.
Salgo de la sala de juntas con la carpeta bajo el brazo y la adrenalina zumbándome en las venas.
El pasillo está vacío.
Tacones resonando, respiración controlada, sonrisa todavía pegada en la cara como máscara de acero.
Llego a mi oficina, la 312, abro la puerta, entro y voy a cerrarla de un golpe seco.
Una mano grande y conocida se interpone en el marco justo antes de que la puerta se cierre.
Nick.
Empuja suavemente y entra sin pedir permiso, cerrando él mismo con llave a su espalda.
El clic de la cerradura suena como un disparo en el silencio.
Me quedo de piedra un segundo y luego exploto.
—¡Lárgate de aquí ahora mismo, Nick! ¡Fuera!
Doy un paso atrás, el corazón latiéndome tan fuerte que lo siento en la garganta.
Él no se mueve. Me mira como si estuviera viendo un fantasma que acaba de hablarle.
—Billie… Dios mío… eres tú… —susurra con la voz rota, dando un paso hacia mí.
—¡No des un paso más! —levanto la mano como escudo.
Él sigue avanzando, los ojos brillantes, las manos abiertas como si quisiera abrazarme.
—Billie, por favor… escúchame… te busqué. Te juro que te busqué durante meses. Cambiaste de número, desapareciste de la universidad, nadie sabía dónde estabas… fue como si te hubiera tragado la tierra.
—¡Porque yo quise desaparecer! —grito, retrocediendo hasta chocar con el escritorio—¡Me dejaste tirada, embarazada y destrozada! ¡Me dijiste que se acabó y te fuiste con tu esposa perfecta mientras yo lidiaba sola con todo!
Él se queda helado, la cara pálida.
—¿Embarazada? —susurra, la voz quebrada—Billie… no sabía… nunca me dijiste nada…
—¡Porque no tuve oportunidad! —le escupo, las lágrimas de rabia quemándome los ojos— ¡Pensaba en llamarte, mensajearte, buscarte! ¡Pero tú ya me habías bloqueado de todos lados! ¡Para ti yo ya era historia—Intenta tocarme el brazo. Me zafo con violencia—¡No me toques!
—Billie, por Dios… si lo hubiera sabido… habría vuelto, habría…
—¡Mentira! —le grito a la cara— ¡Heidi estaba embarazada también y tú elegiste tu familia perfecta! ¡Yo era la amante, la niña de dieciocho que te divertía los ratos libres! ¡No me busques culpar a mí por tu cobardía!
Él intenta abrazarme de nuevo, desesperado.
—Nunca dejé de pensar en ti… te busqué, pregunté, hasta contraté a alguien para encontrarte… pero desapareciste por completo…
La bofetada sale sola.
Mi mano cruza el aire y le cruza la cara con toda la fuerza que llevo guardada desde aquel día.
El sonido es seco, brutal. Su cabeza se gira.
—¡No te atrevas a tocarme! ¡No te atrevas a decir que me buscaste cuando tú mismo me borraste de tu vida!
Se toca la mejilla, los ojos llenos de lágrimas que esta vez sí caen.
—Billie… lo siento… lo siento tanto…
—¡Fuera! —le grito, empujándolo hacia la puerta—¡Fuera, fuera de mi vida!
Él retrocede, derrotado, las manos temblando.
—Esto no termina aquí —susurra antes de abrir la puerta.
—Para mí terminó hace diez años —respondo helada.
Sale.
Cierro con llave, me apoyo en la puerta y, solo entonces, me dejo caer al suelo.
Lloro.
No de tristeza.
De rabia pura, limpia, liberadora.
Porque hoy, por fin, le dije todo lo que nunca pudo escuchar.
Y aun duele como el infierno…
Me quedo ahí, de pie, con la espalda pegada a la madera, y de pronto el aire deja de entrar.
El pecho se me cierra como si alguien me hubiera puesto una prensa en el corazón.
Hiperventilo.
Las manos me tiemblan tanto que el bolso se me cae al suelo; revuelvo todo hasta encontrar el inhalador, aspiro una, dos, tres veces.
El salbutamol me quema la garganta pero no alcanza.
Me deslizo hasta el piso, las rodillas golpean duro, y entonces sí me derrumbo.
El llanto sale como un grito sin voz.
Lloro como aquella tarde en el apartamento cuando él se fue.
Lloro como cuando enterré la cajita blanca.
Lloro como si tuviera otra vez dieciocho años y el mundo se me hubiera acabado encima.
Veo la carita de mi bebe.
Esa carita perfecta, diminuta, con los labios morados y los ojos cerrados para siempre.
Veo el pitido plano del monitor.
Veo la incubadora vacía.
Veo mi vientre vacío.
Y siento que me muero en vida, que el dolor me parte en dos, que nunca, nunca, nunca va a dejar de doler.
La puerta se abre de golpe.
Elena entra, me encuentra hecha un ovillo en el suelo, el maquillaje corrido, el inhalador tirado a un lado.
—¡Billie! ¡Dios mío! —se arrodilla a mi lado, me toma la cara—Respira conmigo, por favor, respira…
Hago lo que puedo.
Sigo sus instrucciones, inhalo, exhalo, hasta que el pecho deja de arder tanto.
No le doy explicaciones.
No puedo.
—Necesito irme —susurro, apenas con voz.
—Claro que sí. Vete a casa ya. Toma la semana entera, Billie. Descansa, recupérate. Yo me encargo de tus grupos.
—Gracias —logro decir, y salgo casi corriendo.
&
Manejo hasta casa como autómata.
Entro, dejo caer el bolso en la entrada, subo directo al cuarto y cierro la puerta.
Me tiro en la cama boca abajo y lloro contra la almohada hasta que me duele la garganta.
Llamo a Georg con manos temblorosas.
—Georg… ¿puedes quedarte con los niños hoy? Por favor.
—Claro —responde al instante. Un sollozo se me escapa sin querer—¿Billie? ¿Estás bien? —pregunta alarmado.
—Sí… solo cansada —miento, y cuelgo.
Me quedo en posición fetal, abrazando la almohada como si fuera lo único que me mantiene viva.
El dolor es tan grande que creo que el corazón se me va a parar aquí mismo.
Lloro como aquella chiquilla de casi dieciocho años que era cuando Nick cerró la puerta y se llevó todo lo que yo creía que era mi futuro.
No escucho la llave en la cerradura.
No escucho los pasos en la escalera.
Solo siento unos brazos que me rodean desde atrás, fuertes, cálidos, conocidos.
Georg.
Al principio quiero empujarlo, gritarle que me deje sola.
Pero mi cuerpo sabe que necesito ese abrazo más que el aire.
Me rindo.
Me giro y me hundo en su pecho como si fuera el único lugar seguro del mundo.
Lloro hasta que no queda nada.
Cuando el llanto se vuelve suspiro agotado, él me ayuda a sentarme, va a la cocina y vuelve con una taza de té de manzanilla con miel.
La tomo con manos temblorosas.
Bebo despacio.
Él se sienta a mi lado, en silencio, esperando.
Y hablo.
Sin que me pregunte, hablo.
Le cuento todo.
Cómo conocí a Nick con diecisiete, casi dieciocho, cuando era becaria en la empresa donde él era jefe de proyecto.
Cómo me miró la primera vez y sentí que el mundo se detenía.
Cómo empezamos a mensajearnos a escondidas, cómo me llevaba a ese apartamento alquilado, cómo me hacía sentir única, deseada, importante.
Cómo me enamoré como idiota.
Cómo acepté ser la amante porque creía que el amor lo podía todo.
Cómo me juró que dejaría a su esposa, que solo seguía ahí por su hijo de ocho años.
Cómo una tarde, después de hacer el amor, se levantó, se vistió y me dijo que Heidi sospechaba y que además estaba embarazada de cuatro meses.
Cómo le rogué, cómo le supliqué, cómo me humillé.
Cómo me empujó a la cama y me dijo que siempre supe que era casado y que nunca sería nada serio.
Cómo me fui de ahí destrozada, con un bebé dentro que ni siquiera sabía que existía.
Cómo lo perdí a los ocho meses por las pastillas que tomaba para no volverme loca.
Cómo lo sostuve treinta minutos antes de que muriera.
Cómo Nick nunca supo, porque yo desaparecí por completo: cambié de universidad, de ciudad, de número, de todo.
Y cómo hoy años después, entró a mi oficina como si nada.
Georg escucha sin interrumpir una sola vez.
Solo aprieta mi mano cuando termino, con los ojos llenos de lágrimas que no deja caer.
Termino de hablar y el silencio pesa como plomo.
Miro a Georg a los ojos, las lágrimas todavía me resbalan por las mejillas.
—Desde aquel día, juré que nunca más volvería a enamorarme —susurro—Creí que nadie podría volver a tocarme el corazón después de lo que él me hizo.
Pero ahi estabas tú.
Tú, con tu paciencia infinita, con tus cafés a media noche cuando no podía dormir, con tus abrazos cuando ni siquiera podía hablar.
Tú me hiciste cambiar de idea, Georg.
Te ame tanto que a veces me duele.
Amaba cómo me mirabas, amaba estar en tus brazos, amaba que me hicieras sentir segura cuando el mundo se me cae encima.
Te ame mucho… y eso me aterraba.
Georg me mira, los ojos llenos de lágrimas que ya no puede contener.
Se le caen gruesas, silenciosas, por las mejillas.
—Perdóname, Billie… perdóname por haberte fallado —susurra con la voz rota.
No le respondo con palabras.
Me lanzo a él y lo beso.
Primero es suave, casi temeroso.
Después se vuelve desesperado, hambriento, como si los dos lleváramos meses conteniendo este fuego.
Nos besamos como en los viejos tiempos, cuando todavía éramos felices, cuando todavía éramos nosotros.
La ropa cae al suelo sin prisa ni orden.
Sus manos recorren mi cuerpo como si lo estuvieran redescubriendo, como si temiera que desapareciera.
Nos hacemos el amor con urgencia, con rabia, con nostalgia, con amor.
Como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo.
Gimo su nombre, él murmura el mío entre besos y mordidas, y por un rato el dolor se calla.
Cuando terminamos, estamos jadeando, sudorosos, enredados en las sábanas.
Georg me acaricia la mejilla, la voz temblorosa.
—¿Y ahora qué, Billie? ¿Qué va a pasar con nosotros?
Me quedo callada un segundo.
Después me siento en la cama, desnuda, sin vergüenza.
—Nada —digo fría—Todo seguirá exactamente igual.
Él se incorpora, herido.
—No puedes jugar así con mis sentimientos… no después de esto.
Me levanto, camino desnuda hacia el baño, sin mirar atrás.
—Esto fue solo una probadita de su propio chocolate para Susanne, Georg —digo desde el marco de la puerta, con voz helada—Que lo disfrúte… cuando te vayas cierra la puerta bien y mañana quiero a mis hijos aquí después del colegio.
Me meto al baño, cierro con llave y abro la regadera.
Desde afuera escucho su silencio, el roce de la ropa, los pasos lentos.
La puerta principal se cierra con un golpe suave.
Mañana vendrá a traer a los niños.
Y yo seguiré adelante.
Porque ya no soy la que ruega.
Ya no.
Continúa…
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