
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 84
Pasó una semana entera en la que Willem estuvo completamente metido hasta el cuello en el caso de Bach, currando turnos de dieciséis horas diarias sin parar ni un segundo, con la ayuda de Alex. Le consiguió a uno de los mejores abogados penalistas especializados en apelaciones del estado, Margaret Sullivan, una mujer de cincuenta y dos años con un historial impresionante: había ganado el ochenta y tres por ciento de sus casos de apelación. Costó una pasta gansa que Willem pagó de su propio bolsillo sin pensárselo dos veces.
Tras conseguir reunir meticulosamente todo lo necesario para montar una apelación bien sólida, con documentos judiciales originales, transcripciones completas del interrogatorio de Bach, pruebas de conducta indebida del fiscal y testimonios de expertos sobre las irregularidades del proceso, por fin lograron que el caso fuera llevado a una audiencia de revisión judicial ante el Tribunal de Apelaciones del Décimo Circuito.
El proceso no fue ni rápido ni fácil. Requirió un montón de horas revisando cada detalle del caso original, pillando cada error procesal, cada violación de los derechos constitucionales de Bach. Willem curró codo con codo con Margaret, dándole acceso a recursos de la DEA que normalmente no estarían disponibles para un abogado defensor privado. Usó cada contacto, cada favor que le debían, cada táctica legal que tenía a su disposición.
Y funcionó.
La audiencia de apelación se programó exactamente tres semanas después de que Willem cogiera el caso oficialmente.
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TRIBUNAL DE APELACIONES DEL DÉCIMO CIRCUITO, DENVER, COLORADO.
Tres semanas después.
La sala de audiencias del tribunal de apelaciones era totalmente distinta a una sala de juicio normal. Era más formal, más austera y más intimidante. No había jurado, solo un panel de tres jueces sentados en un estrado elevado, todos con togas negras y caras inescrutablemente neutrales.
Los paneles de madera oscura de roble cubrían las paredes, dándole al sitio una sensación de peso histórico y una autoridad absoluta. Las luces fluorescentes del techo lo iluminaban todo con una claridad que no dejaba ni una sombra ni lugar para la ambigüedad. Había filas de bancos de madera pulida que se extendían detrás de las mesas de los abogados, ocupados en ese momento por observadores legales, estudiantes de derecho y algunos periodistas que se habían enterado del interés del caso.
Willem estaba sentado en la tercera fila del lado izquierdo, vestido impecablemente con su uniforme completo de agente de la DEA. Necesitaba proyectar autoridad y credibilidad. Necesitaba que los jueces lo vieran no solo como un agente interesado en el caso, sino como alguien con una integridad absoluta que estaba allí porque la justicia lo exigía.
A su lado, igual de tenso, estaba Alex Krüger. Había insistido en acompañar a Willem a la audiencia, tanto para darle apoyo moral como para demostrar que la DEA respaldaba esta revisión del caso, o al menos, que Alex personalmente la respaldaba. Crawford había dejado muy claro que él no aprobaba que se usaran recursos de la DEA para liberar a un convicto, pero Alex había pasado de sus objeciones.
En la mesa de la defensa, Margaret Sullivan estaba organizando meticulosamente sus documentos. Las carpetas estaban perfectamente ordenadas, las notas codificadas por colores, la evidencia marcada con pestañas. Era una mujer imponente con el pelo gris corto peinado en un estilo profesional y severo, vestía un traje sastre gris oscuro que le quedaba perfecto y gafas de montura dorada que le daban un aire de autoridad intelectual. Sus movimientos eran precisos, calculados, sin desperdiciar ni un gramo de energía.
Al otro lado de la sala, en la mesa de la fiscalía, estaba el Fiscal Federal Adjunto Daniel Morrison, el mismo hombre que había procesado a Bach originalmente diez años atrás. Ahora tenía el pelo notablemente más gris y arrugas más profundas alrededor de los ojos, pero su expresión seguía siendo la misma: proyectaba una confianza absoluta e inmutable. Estaba acompañado por dos fiscales asistentes más jóvenes que revisaban nerviosamente sus propios documentos.
Y allí, escoltado por dos alguaciles federales armados, con grilletes en los tobillos y esposas en las muñecas conectadas a una cadena alrededor de su cintura, estaba Bach.
Willem lo observó con atención. Habían pasado un par de semanas desde la última vez que se vieron.
Bach había cambiado bastante. Ya no era el chaval de veinticuatro años que habían detenido. Ahora tenía treinta y cuatro, y una década en Supermax le había transformado completamente la pinta. Había ganado bastante masa muscular, los hombros más anchos, los brazos más gruesos, resultado evidente de años de ejercicio obsesivo en su celda para no volverse loco. Su pelo castaño estaba mucho más largo ahora, le llegaba hasta la mitad de la espalda. Su piel, antes bronceada y sana, ahora estaba pálida por los años con luz solar mínima.
Diez años en aislamiento le habían dejado cicatrices que no se veían a simple vista.
Cuando Bach fue guiado hasta su asiento en la mesa de la defensa, sus ojos barrieron la sala automáticamente; era un hábito de prisión, siempre pendiente de quién estaba en el espacio, dónde estaban las salidas y quién podía suponer una amenaza. Su mirada pasó por Willem, quien le sostuvo la mirada durante un buen rato y luego le sonrió ligeramente. Sonrisa que Bach le devolvió.
Margaret Sullivan se inclinó hacia Bach y le susurró algo al oído. Bach rompió el contacto visual con Willem y se volvió hacia su abogada, asintiendo a lo que fuera que le estaba diciendo.
—Todos de pie— anunció el alguacil del tribunal con una voz muy resonante —El Honorable Tribunal de Apelaciones del Décimo Circuito está ahora en sesión. Presiden los Honorables Jueces Dhalia Johnson, David da Silva y Robert Blackwell.
Todos en la sala se pusieron de pie a la vez. Tres jueces entraron por una puerta lateral, dos hombres y una mujer, todos de mediana edad o mayores, con caras que transmitían décadas de experiencia legal. Tomaron asiento en el estrado elevado.
—Pueden sentarse— dijo la jueza Johnson. Ella era la jueza principal del panel. Era una mujer afroamericana de unos sesenta años con el pelo corto y gris, llevaba unas gafas de lectura colgando de una cadena alrededor del cuello y tenía fama de ser extremadamente meticulosa y justa.
Todos se sentaron. El ruido de cientos de personas acomodándose en los bancos resonó un momento antes de que cayera un silencio expectante sobre toda la sala.
—Caso número 2025-10-CR-04721— leyó la jueza Johnson desde sus papeles —Beckham Aaron Chase versus Estados Unidos de América. Apelación de sentencia por conducta indebida del fiscal, violación del debido proceso y nueva evidencia.— miró hacia la mesa de la defensa —Abogada Sullivan, tiene una hora para presentar sus argumentos. Puede proceder.
Margaret Sullivan se levantó con mucha gracia y fluidez, cogió una carpeta concreta de su mesa y caminó hasta el centro de la sala, colocándose frente al panel de jueces con una postura perfecta, hombros hacia atrás, cabeza bien alta y una expresión de confianza tranquila.
—Buenos días, Su Señoría— empezó con una voz clara y autoritaria que llenó todo el espacio sin necesidad de gritar —Estoy aquí hoy para demostrar que mi cliente, el señor Beckham Chase, fue víctima de una de las violaciones más flagrantes del debido proceso que he visto en mis veintiocho años de práctica legal.— habló con firmeza —El señor Chase no recibió un juicio justo hace diez años. Fue condenado a quince años en la prisión federal más dura del país basándose en evidencia circunstancial débil, confesiones obtenidas mediante coacción psicológica y conducta indebida deliberada por parte del fiscal que llevó el caso.
Morrison, el fiscal original, se tensó visiblemente en su asiento pero mantuvo la cara neutral.
—Para ponerlo en contexto— continuó Sullivan levantando ligeramente una ceja —, el señor Beckham tenía veinticuatro años cuando lo arrestaron en la escena de un tiroteo masivo entre organizaciones criminales en Heidelberg, Alemania. Había veintiocho cadáveres. Era un caos total, muy violento, y las autoridades alemanas estaban desesperadas por trincar a alguien. Mi cliente fue detenido porque estaba allí presente y armado.
Abrió su carpeta y sacó un documento.
—Pero estar presente en una escena del crimen no equivale a participar en ese crimen. Estar armado no prueba intención criminal cuando esa arma nunca llegó a dispararse. Y sin embargo, basándose únicamente en su presencia y en una confesión que voy a demostrar que fue coaccionada, lo condenaron al máximo absoluto permitido por la ley.
—Abogada Sullivan— la interrumpió el juez da Silva, un hombre conocido por hacer preguntas incisivas —, su cliente se declaró culpable de posesión ilegal de arma de fuego y admitió verbalmente participar en tráfico de drogas. Esas son confesiones directas. ¿Cómo argumenta coacción?
—Excelente pregunta, Su Señoría— respondió Sullivan sin perder el ritmo —La coacción no siempre es violencia física. Puede ser psicológica. Puede ser el resultado de promesas falsas o amenazas implícitas.— sacó otro documento —En las transcripciones del interrogatorio original, que tengo aquí, el comandante James Krüger, que llevaba la investigación, le dijo a mi cliente, y cito textualmente: «Si cooperas completamente, hablaré con el fiscal sobre reducir tu sentencia. Pero si te resistes, me aseguraré personalmente de que pases décadas en prisión».
Sullivan levantó la vista hacia los jueces.
—Esa es una amenaza clara. Y funcionó.— hizo una pausa —Mi cliente, aterrorizado y solo en un país extranjero sin acceso a una representación legal adecuada, admitió vender pequeñas cantidades de drogas, algo que miles de chavales en situaciones de pobreza hacen por desesperación. No es excusable, pero tampoco justifica quince años en Supermax.
—¿Y la obstrucción a la justicia?— preguntó la jueza Johnson —Su cliente se negó a proporcionar información sobre las organizaciones criminales involucradas.
—Se negó a autoincriminarse, Su Señoría— corrigió Sullivan con firmeza —Eso es un derecho constitucional garantizado por la Quinta Enmienda. No puede ser castigado por ejercer ese derecho. Y sin embargo, el juez Blackwood citó específicamente su «negativa a cooperar» como razón para imponerle el máximo de la sentencia.— Sullivan caminó hasta su mesa y cogió una carpeta mucho más gruesa —Pero más importante aún, tenemos nueva evidencia que no estaba disponible durante el juicio original. Evidencia que demuestra que mi cliente no solo fue condenado injustamente, sino que fue activamente inculpado.
Morrison se levantó de golpe. —¡Objeción, Su Señoría! Esa es una acusación seria sin fundamento…
—Tiene fundamento completo— le cortó Sullivan con voz dura —Y estoy a punto de probarlo.
La jueza Johnson levantó una mano. —Señor Morrison, siéntese. Abogada Sullivan, proceda, pero tenga cuidado con las acusaciones que no pueda respaldar con evidencia.
—Por supuesto, Su Señoría— aseguró Sullivan. Abrió la carpeta gruesa, que revelaba decenas de documentos organizados meticulosamente —En los últimos tres meses, trabajando con agentes de la DEA que han reabierto este caso— lanzó una mirada significativa hacia donde estaba Willem sentado —, hemos descubierto evidencia de que el fiscal Morrison coordinó con el comandante Krüger para asegurar la condena más dura posible contra mi cliente, no porque fuera culpable de crímenes graves, sino porque Krüger tenía una vendetta personal.
—¿Qué tipo de vendetta?— preguntó el juez Blackwell, un hombre caucásico de unos sesenta y ocho años con pelo blanco.
Sullivan sacó un documento concreto. —El comandante Krüger creía, sin ninguna evidencia, que mi cliente era miembro del Clan Trümper, una organización criminal que Krüger había estado investigando obsesivamente durante años. Específicamente, Krüger creía que mi cliente tenía información sobre el paradero de Thomas Trümper, uno de los líderes del clan que supuestamente murió en el tiroteo.— se humedeció los labios rápidamente antes de seguir —Pero mi cliente nunca fue miembro del Clan Trümper. Nunca tuvo información sobre Thomas Trümper. Estaba en la escena del tiroteo por pura casualidad, iba a recoger a una cita en la zona. Eso es todo.
—¿Puede probar eso?— preguntó la jueza Johnson con escepticismo.
—Puedo— respondió Sullivan con confianza. Hizo una señal hacia el fondo de la sala y Willem se levantó al instante —Su Señoría, me gustaría llamar a un testigo. Agente Especial Benjamín Keller de la DEA, quien ha estado investigando este caso de forma exhaustiva.
Morrison se levantó otra vez. —¡Objeción! Esto es una audiencia de apelación, no un juicio. No se permiten testigos nuevos…
—Su Señoría— interrumpió Sullivan —, según las reglas de procedimiento de apelación, se permite testimonio nuevo si ese testimonio presenta evidencia que no estaba razonablemente disponible durante el juicio original. El agente Keller tiene acceso a archivos clasificados de la DEA que no estaban disponibles hace diez años.
Los tres jueces se inclinaron entre ellos y consultaron en voz baja durante casi un minuto entero. Finalmente, la jueza Johnson asintió. —Permitiremos el testimonio. Agente Keller, acérquese.
Willem caminó hacia el frente de la sala con pasos medidos y profesionales. Subió al estrado de testigos y fue jurado rápidamente por el alguacil.
—Agente Keller— empezó Sullivan —, ¿puede establecer sus credenciales ante el tribunal?
—Sí— respondió Willem con voz clara —Soy Agente Especial de la DEA desde hace ocho años. Previamente serví en operaciones encubiertas en Europa investigando tráfico internacional de narcóticos y crimen organizado. Tengo autorización de seguridad de nivel alto y acceso a archivos clasificados relacionados con organizaciones criminales europeas.
—¿Y ha revisado el caso del señor Beckham?— preguntó Sullivan.
—Extensivamente— confirmó Willem —Revisé todos los archivos originales del caso, las transcripciones del interrogatorio, las grabaciones de vídeo y documentos clasificados relacionados con el Clan Trümper.
—¿Cuáles fueron sus conclusiones?
Willem se giró ligeramente para dirigirse directamente a los jueces. —Mi conclusión es que Beckham Chase fue condenado por un crimen que no cometió, basándose en teorías sin fundamento del comandante Krüger. Los archivos clasificados demuestran que el Clan Trümper nunca tuvo un miembro llamado Beckham. Nunca aparece en ninguna comunicación interceptada, ninguna transacción financiera, ninguna vigilancia. No existe ninguna conexión entre el señor Beckham y esa organización.
Morrison se puso de pie. —¿Cómo puede estar seguro de eso? La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia…
—Estoy seguro— le cortó Willem con voz firme —porque tenemos listas completas de todos los miembros conocidos y sospechados del Clan Trümper compiladas durante años de vigilancia internacional. El nombre de Beckham Chase nunca aparece. Ni una sola vez.
—¿Y la confesión de tráfico de drogas?— preguntó el juez da Silva.
—El señor Beckham admitió vender pequeñas cantidades de marihuana y cocaína— respondió Willem —Eso es un delito menor que normalmente conlleva dos a cinco años en prisión estatal, no quince años en una prisión federal de máxima seguridad. La sentencia fue desproporcionada de manera grotesca.
—¿Y tiene evidencia de conducta indebida del fiscal?— preguntó la jueza Johnson.
—Sí, Su Señoría— afirmó Willem. Sullivan le pasó un documento que él sostuvo en alto —Este es un memo interno entre el fiscal Morrison y el comandante Krüger fechado tres días antes del juicio del señor Beckham. En él discuten estrategias para «asegurar el máximo de la sentencia» y «enviar un mensaje» sobre el crimen organizado. Específicamente, Krüger escribe, y cito: «No puedo probar que Beckham conoce a los Trümper, pero puedo encerrarlo por lo que admitió. Quince años deberían ser suficientes para que hable eventualmente».
El silencio que siguió fue total.
—Eso— dijo Willem con voz dura —es una admisión de que la sentencia no fue sobre justicia. Fue sobre coacción. Fue sobre encerrarlo el mayor tiempo posible con la esperanza de que eventualmente confesara información que ni siquiera tenía.
Morrison estaba pálido, claramente no se esperaba que ese memo existiera o que saliera a la luz.
—Su Señoría— dijo Sullivan —, esto constituye una conducta indebida por parte del fiscal. Demuestra que la sentencia estuvo motivada por venganza y frustración, no por los méritos reales del caso.
Los jueces intercambiaron miradas al instante.
—Agente Keller— le llamó la jueza Johnson —, ¿cuál es su recomendación profesional en este caso?
Willem no vaciló. —Recomiendo que la sentencia del señor Beckham sea anulada inmediatamente y que sea liberado con el tiempo ya cumplido. Diez años en una prisión de máxima seguridad por delitos menores es más que suficiente castigo. Y, teniendo en cuenta las violaciones del debido proceso, debería ser compensado, no castigado más.
—Gracias, agente— dijo la jueza —. Puede bajar.
Willem regresó a su asiento tras bajar del estrado, y Alex le dio una palmada discreta en la espalda mientras le sonreía con calidez.
Sullivan continuó su alegato durante otros veinte minutos, desmontando sistemáticamente cada aspecto del caso original. Cuando finalmente terminó, Morrison intentó presentar un contraargumento, pero era débil; solo podía defender que las confesiones eran válidas y que la sentencia estaba dentro del rango legal. Los jueces se retiraron a deliberar. La espera fue agonizante. Fueron cuarenta y cinco minutos que se hicieron eternos. Bach permanecía sentado, inmóvil, con las manos esposadas descansando en su regazo, mirando fijamente al frente, sin expresión.
Finalmente, los jueces regresaron.
—Todos en pie— anunció el alguacil.
Los tres jueces tomaron sus asientos. La jueza Johnson tenía un documento en las manos. —Hemos revisado toda la evidencia presentada— comenzó con voz formal —y hemos llegado a una decisión unánime.— hizo una breve pausa, dejando que el silencio llenara la sala mientras recorría el lugar con la mirada —Este tribunal considera que el señor Beckham Aaron Chase no recibió un juicio justo. La conducta del fiscal Morrison y del comandante Krüger constituyó graves violaciones del debido proceso. La sentencia de quince años fue desproporcionada de forma grotesca respecto a los delitos admitidos.
Bach dejó de respirar. Estaba ansioso por saber qué sería de él. Bill le había prometido que saldría de allí, pero aún dudaba un poco, y la ansiedad empezaba a hacerse notar, aunque intentaba mantenerse tranquilo.
—Por lo tanto, este tribunal anula la sentencia original de manera inmediata. El señor Beckham será liberado con el tiempo ya cumplido.— el suspiro de alivio que salió de los labios de Bach fue profundamente reconfortante para él. Su corazón latía rápido por la emoción. —Todos los cargos relacionados con obstrucción a la justicia quedan desestimados. Los cargos por tráfico de drogas se reducen a delitos menores. Y la posesión ilegal de arma se considera suficientemente castigada con el tiempo ya cumplido.
Golpeó el mazo.
Bach sentía las lágrimas contenidas en los ojos, escociéndole. Quería gritar, saltar, hacer cualquier cosa para liberar toda la adrenalina que sentía. La felicidad del momento.
—El señor Beckham Chase es un hombre libre. Caso cerrado.
El mazo volvió a golpear.
Bach se desplomó en su silla, con las lágrimas rodando por su rostro. Margaret Sullivan lo abrazó, sonriendo de oreja a oreja, y Willem cerró los ojos, sintiendo cómo el alivio inundaba su cuerpo. Lo habían conseguido. Bach era libre después de diez años en el infierno; por fin era libre.
Ahora tenía que llevarlo de vuelta a Alemania, y con ayuda de Georg organizaría una pequeña reunión. Bill ya lo había hablado con él y le pidió total discreción porque sería una sorpresa. También le pidió que Chantelle estuviera presente. Y no solo ella, sino su hijo también, el hijo de Bach, cuya existencia él aún desconocía. Pero pronto lo sabría y sería inmensamente feliz; Bill lo intuía.
Continúa…
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