Fic TOLL de Beth

Capítulo 12

Los días siguieron su curso, casi idénticos en la superficie:

clases por la mañana, gemelos al colegio, tareas por la tarde, besos de buenas noches.

La rutina me mantenía a flote, como siempre.

Pero no todo era igual.

De unos días para acá, Tom empezó a quedarse después de clase.

Al principio fue sutil.

Cuando sonaba la campana y el aula se vaciaba, él se quedaba recogiendo sus cosas más lento que nadie, lanzándome miradas de reojo.

Luego empezó a levantar la mano al final:

—Puede explicarme otra vez lo del crossing-over? Creo que no lo entendí bien.

Yo respondía profesional, en el pizarrón, con marcador en mano y voz neutra.

Él asentía, tomaba notas, preguntaba “una duda más” y se quedaba cinco, diez, quince minutos después de que los demás se hubieran ido.

Con el paso de las semanas se volvió rutina.

Cada clase del grupo 101 terminaba igual: los alumnos salían en tropel, yo borraba el pizarrón, y Tom se acercaba al escritorio con su mochila colgada de un hombro y esa sonrisa medio tímida, medio segura que tanto se parecía a la de su padre.

—Miss… ¿puede repetirme lo de la bomba Na+/K+? Me confundo con la dirección del gradiente…¿cómo era eso de la apoptosis programada? No termino de entender por qué la célula “se suicida”.

Yo explicaba.

Siempre explicaba.

Con voz calmada, ejemplos claros, dibujos rápidos en una hoja suelta que después le dejaba.

Pero los dos sabíamos que no eran solo dudas académicas.

Él se acercaba más de lo necesario al escritorio.

Se inclinaba un poco cuando yo hablaba, como si quisiera captar cada palabra (y cada gesto).

Sus ojos se quedaban más tiempo en mi cara que en el pizarrón.

Y cuando terminaba la “explicación”, siempre había una última frase:

—Gracias. De verdad… me ayuda mucho.

Y yo, con la misma sonrisa profesional que no llegaba a los ojos, respondía:

—De nada, Tom. Para eso estoy.

Él se iba el último, con paso lento, mirando una vez más hacia atrás antes de cerrar la puerta.

Y yo me quedaba sola en el aula vacía, borrando el pizarrón más despacio de lo necesario, sintiendo esa electricidad peligrosa en el aire.

Sabía perfectamente lo que estaba pasando.

Él se estaba acercando.

Poco a poco, con preguntas que ya sabía responder, con miradas que duraban un segundo de más.

Y yo…

yo lo estaba dejando.

Porque cada vez que se quedaba, cada vez que sus ojos miel me miraban como si yo fuera la única persona en el mundo, sentía una pequeña, oscura satisfacción.

Una venganza lenta, silenciosa, perfecta.

Y todavía quedaba todo el semestre por delante.

&

Acuesto a los gemelos a las 9:15.

Andrew se durmió con su libro de dinosaurios abierto sobre el pecho; Ariadne abrazada a su osito, murmurando algo sobre unicornios voladores.

Les doy su beso de buenas noches, apago las luces y cierro las puertas con ese cuidado infinito que solo una madre conoce.

Subo a mi habitación, me pongo el pijama viejo de algodón gris, me tiro en la cama con el teléfono en la mano y abro Instagram por inercia.

Scroll sin pensar: recetas, memes de profesores, fotos de excompañeros de la universidad, publicidad de libros de biología.

Notificación nueva.

Solicitud de seguimiento.

Nombre: n_kltz_71

Sin foto de perfil.

Cuenta privada, cero publicaciones.

Frunzo el ceño.

El apellido me da un pinchazo en el estómago, pero me digo que es coincidencia.

Hay miles de Kaulitz en el mundo.

Aún así, acepto.

Por curiosidad.

Por masoquismo.

Porque una parte de mí ya sabe.

En menos de diez segundos llega el mensaje directo.

n_kltz_71

Hola, Billie.

Me quedo mirando la pantalla como si quemara.

El corazón me late tan fuerte que lo siento en las sienes.

Escribo y borro tres veces.

¿Cómo conseguiste mi cuenta?

n_kaulitz_71

Tom me dio tu usuario.

No le dije para qué.

Respiro hondo.

Cierro los ojos un segundo.

Abro de nuevo.

¿Qué quieres, Nick?

n_kaulitz_71

Hablar…de verdad esta vez.

Sin interrupciones…..Sin que me eches.

Ya hablamos.

Te dije todo lo que tenía que decirte.

n_kaulitz_71

Tú hablaste.

Yo solo escuché y me fui como un cobarde otra vez.

Déjame decirte lo que no pude esa noche.

Silencio mío.

El cursor parpadea.

Miro el techo.

Pienso en la bofetada que le di en la oficina.

Tienes cinco mensajes.

Después bloqueo y desapareces.

n_kaulitz_71

Gracias.

Primero: lo siento.

No el “lo siento” fácil….el que me quema por dentro cada día desde que supe lo del bebe.

El que me despierta a las 3 a.m. pensando en cómo pude ser tan estúpido.

Segundo: como te lo dije nunca dejé de buscarte…durante meses.

Cuando mi segundo hijo nació pensé en ti.

Cuando se graduó del kinder pensé en ti.

Cuando Heidi y yo nos distanciamos… pensé en ti.

Tercero: no espero que me perdones.

Sé que no lo merezco.

Solo quería que supieras que el daño que te hice también me marcó para siempre.

Cuarto: verte con tu hija… me rompió.

Es preciosa.

Y supe en ese segundo que perdí la oportunidad de tener algo así contigo.

Quinto: gracias por ser la profesora de Tom.

Él habla de ti todo el tiempo.

Dice que eres la mejor maestra que ha tenido.

Y yo sé que es porque eres increíble… siempre lo fuiste.

El teléfono tiembla en mi mano.

Las lágrimas me caen sin permiso, calientes, silenciosas.

No respondo.

Bloqueo la cuenta.

Apago el teléfono.

Me abrazo a la almohada y lloro sin ruido hasta que el sueño me gana.

Mañana será otro día.

Mañana seguiré siendo la madre fuerte, la profesora intocable, la mujer que reconstruyó su vida de cero.

Pero esta noche…

esta noche solo soy Billie.

La que todavía duele.

La que todavía recuerda.

La que, a pesar de todo, sigue adelante.

&

Al día siguiente me desperté temprano, con la cabeza clara y una calma fría que me gustaba.

Ducha rápida, café negro, besos de despedida a los gemelos y a la carretera.

Llego a la universidad a las 8:45, tacones resonando por el pasillo como siempre, maletín en mano, el pelo recogido en una coleta alta que me hace sentir intocable.

Giro en la esquina hacia el aula 101 y los veo.

Tom entra abrazado de la cintura por una chica morena, alta, con falda corta y risa chillona.

Él tiene el brazo alrededor de sus hombros, la cabeza inclinada hacia ella como si le estuviera susurrando algo al oído.

La chica se ríe y le da un beso rápido en la mejilla justo antes de cruzar la puerta.

Entro dos minutos después.

Los veo sentados en la tercera fila: ella pegada a él, la mano de Tom descansando casualmente sobre el muslo de la chica, los dos hablando bajito, riéndose como si compartieran un secreto.

No digo nada.

Dejo el maletín en el escritorio, enciendo el proyector y empiezo la clase como si no hubiera visto nada.

Pero por dentro… me río.

Me río de verdad, con esa risa interna, oscura y satisfecha que solo yo sé.

¿En serio, Tom?

¿Traer a una chica para darme celos?

¿A mí?

¿A su profesora?

Como si yo, con estos años, dos hijos, un divorcio recién firmado y diez años de cicatrices, fuera a ponerme celosa porque un chico de dieciocho años se abraza con una compañera en mi salón.

Pobre iluso.

Durante toda la clase él me lanza miradas de reojo, esperando alguna reacción: un gesto, una ceja alzada, algo.

La chica se ríe de sus comentarios, le toca el brazo, se inclina para susurrarle.

Yo sigo explicando la regulación génica como si estuviera dando la clase de mi vida: voz firme, ejemplos claros, preguntas al azar que respondo con precisión quirúrgica.

Ni una sola vez miro directamente hacia ellos.

Cuando termina la hora, recojo mis cosas con calma.

Tom se queda, como siempre, esperando que los demás salgan.

La chica lo jala del brazo.

—Ven, Tom, vamos por un café.

Él duda un segundo, me mira.

Yo ya estoy guardando la laptop, de espaldas.

—Nos vemos la próxima clase, Kaulitz —digo sin voltear, voz neutra—Y cierra la puerta al salir, por favor.

Escucho sus pasos vacilantes, la chica que lo arrastra casi a la fuerza.

La puerta se cierra.

Me quedo sola en el aula vacía.

Y entonces sí, sonrío de verdad.

Celos.

Qué tierno.

Qué ingenuo.

Qué perfecto para mi plan.

Porque si cree que puede jugar conmigo…

pronto va a aprender quién manda en este tablero.

Y no es él.

Esa misma tarde, apenas crucé la puerta de casa después de la universidad, me recibieron dos torbellinos.

—¡Mami! ¡Mami! ¡Queremos ir a comer pizza con papi! —gritó Ariadne saltando en un pie, ya con la mochila puesta aunque no íbamos a ningún lado todavía.

Andrew apareció detrás, serio pero con los ojos brillantes.

—Papi dijo que si tú decías que sí, nos lleva a la pizzería que tiene juegos. Y que nos deja pedir la grande de pepperoni y la de queso extra. ¡Por favor, mami!

Los miré.

Cómo decirles que no a esas caritas.

Suspiré, saqué el teléfono y marqué a Georg.

—Los niños quieren pizza contigo. ¿Puedes pasar por nosotros en media hora?

—Claro —respondió al instante, sin preguntar nada más—Ahí estoy.

Media hora después, los cuatro estábamos sentados en la mesa redonda de siempre en la pizzería, la que tiene máquinas de garra y basketball arcade al fondo.

Los gemelos en medio, Georg y yo a los lados, como una foto de familia que ya no es familia pero que finge serlo por ellos.

Ariadne se subió casi al regazo de Georg para enseñarle su dibujo nuevo.

—¡Mira, papi! De nuevo es una célula con pestañas y moño, como mami cuando da clase!

Georg se rió, le revolvió el pelo.

—Es la célula más bonita que he visto en mi vida, princesa. ¿Y ese moño es porque va a una fiesta?

—¡Sí! Fiesta de división celular! —respondió ella muy seria, y los tres nos reímos.

Andrew, con la boca llena de pepperoni, levantó la mano como en clase.

—Papi, ¿sabías que las mitocondrias son las centrales de energía de la célula? Mami nos explicó y dijo que son como las baterías de los superhéroes.

Georg me miró un segundo, con esa mirada que ya no sé leer.

—¿En serio? —le dijo a Andrew, fingiendo sorpresa—Entonces tú debes tener mitocondrias de Hulk, porque nunca te cansas.

—¡De Hulk y de Spider-Man! —gritó Andrew, y empezó a hacer ruiditos de telaraña con la boca.

Ariadne se inclinó hacia mí, bajando la voz como si fuera un secreto importante.

—Mami… ¿papi puede venir a dormir a casa algún día? Así hacemos pancakes los cuatro otra vez.

El se quedó quieto con la rebanada a medio camino de la boca.

Yo también.

Sonreí suave, le acomodé un rizo detrás de la oreja.

—Algún día hablamos de eso, mi amor. Hoy disfrutemos la pizza, ¿vale?

Ella asintió, conforme, y siguió comiendo feliz.

Georg me miró por encima de las cabezas de los niños, con una mezcla de gratitud y tristeza que no quise descifrar.

—Gracias por esto —dijo bajito.

—No es por ti —respondí en el mismo tono— Es por ellos.

Él asintió, entendiendo perfectamente.

Los gemelos siguieron hablando sin parar: de la escuela, de que querían un perro “pero que sea pequeño para que quepa en la cama con nosotros”.

Y por una hora, en esa mesa llena de queso derretido y risas, fuimos casi una familia otra vez.

Casi.

Pero suficiente para que ellos se durmieran felices en el coche de regreso, con la barriga llena y el corazón contento.

Y eso, por hoy, era todo lo que necesitaba.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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