Fic TOLL de Beth

Capítulo 16

By Tom

Han pasado dos semanas desde que nos enteramos del embarazo.

Dos semanas en las que la casa se siente más viva, más cálida.

Victoria no para de hablar del “bebé nuevo”, Bill está más sensible y yo… yo no puedo dejar de sonreír como un idiota cada vez que miro su vientre todavía plano.

Pero hoy tengo que viajar.

Un cargamento importante se complicó en la frontera.

Problemas con un socio que intentó jugármela.

No puedo delegarlo.

Tengo que ir yo mismo.

Estoy en la habitación de Victoria, sentado en el borde de su cama.

Ella está en mi regazo, abrazándome el cuello con fuerza mientras llora desconsolada, mojándome la camisa con sus lágrimas.

—No quiero que te vayas, papá grande… —solloza contra mi cuello, la voz quebrada—Por favor… quédate.

Me duele el pecho.

Le acaricio la espalda con una mano grande, intentando calmarla, mientras con la otra le sostengo la cabecita.

—Mi amor… tengo que ir. Es solo trabajo. Serán pocos días, te lo prometo.

Bill está a nuestro lado, sentado en la cama. Le acaricia el cabello rojizo con ternura, hablando con esa voz suave que siempre usa con ella.

—Victoria, mi vida… papá grande tiene que resolver unas cosas importantes. Pero va a volver muy pronto. Solo serán unos días. ¿Sí?

Ella niega con la cabeza, aferrándose más fuerte a mí.

—No… no quiero. ¿Y si te pasa algo? ¿Y si no vuelves como la otra vez?

Esas palabras me golpean fuerte.

Sé a qué se refiere.

A los años que no estuve.

Aunque nunca se lo hemos explicado del todo, ella siente el peso.

La abrazo más fuerte, besándole la coronilla repetidas veces.

—Escúchame, princesa —le digo con la voz más firme que puedo—Esta vez es diferente. Ahora tengo muchas razones para volver. Te tengo a ti… y pronto tendré a tu hermanito o hermanita. No hay nada en el mundo que me impida regresar con ustedes. ¿Entendido?

Victoria solloza más bajito, pero sigue abrazada a mí.

Bill se acerca más y nos rodea a los dos con sus brazos.

—Papá grande va a estar bien. Y cuando vuelva, vamos a celebrar. ¿Quieres que hagamos una fiesta de bienvenida con globos y todo?

Ella asiente poquito, todavía llorando.

—Con… con dragones…

—Con muchos dragones —le prometo, besándole la frente— Y voy a traerte un regalo especial.

Poco a poco, sus sollozos se van calmando. Se queda abrazada a mí un rato más, respirando entrecortado, hasta que finalmente se tranquiliza.

Bill le limpia las mejillas con los pulgares y le da un beso suave.

—Te queremos mucho, mi amor. Los dos.

Victoria nos mira con los ojitos rojos pero ya más calmada.

—Yo también los quiero… hasta el infinito más uno.

La aprieto contra mi pecho una última vez antes de tener que soltarla.

—Tengo que irme ya, pequeña. Pero voy a llamarte todos los días, ¿sí?

Ella asiente, aunque su labio tiembla.

—Promételo.

—Lo prometo.

Me levanto con ella en brazos y la entrego a Bill, que la abraza con cuidado. Victoria me mira con tristeza mientras me dirijo a la puerta.

—Te quiero, papá grande…

—Y yo a ti, mi vida. Más que a nada.

Salí de la habitación con el pecho apretado. Odiaba tener que irme. Odiaba ver a mi hija llorar por mí.

Pero tenía que resolver esto.

Porque ahora tenía mucho más que proteger.

&

Llegué al puto país lejano después de casi catorce horas de vuelo privado. Estaba furioso. El contacto que se suponía que tenía todo controlado había fallado estrepitosamente: el cargamento estaba retenido, parte de la mercancía comprometida y mis hombres en esa zona parecían unos inútiles.

En cuanto puse un pie en el almacén improvisado que usábamos como base, exploté.

—¿Qué mierda es esto? —rugí, volteando una mesa de un golpe. Papeles, laptops y botellas volaron por los aires— ¡Les di instrucciones claras! ¡Les pagué una fortuna! ¿Y ahora me dicen que todo se fue a la mierda por un error de principiante?

Los hombres presentes bajaron la mirada. Nadie se atrevía a hablar. Agarré una silla y la estrellé contra la pared, rompiéndola en pedazos. El alfa dentro de mí estaba desatado, furioso, con ganas de destrozar todo.

—¡Inútiles! ¡Todos ustedes son unos…!

—Basta.

Una voz firme, pero calmada, me cortó en seco.

Me giré con violencia, listo para gritarle a quien fuera que se atreviera a interrumpirme… y entonces la vi.

Me quedé congelado.

Era una mujer… Pero era idéntica a Bill.

La misma cara delicada, los mismos ojos, los mismos pómulos altos, los mismos labios. El cabello negro le caía en ondas suaves por los hombros, y tenía esa misma expresión mezcla de inteligencia y rebeldía que tanto me volvía loco en Bill.

Era idéntica.

Como si alguien hubiera tomado a mi Omega y lo hubiera convertido en una mujer imponente y hermosa.

Me quedé impresionado, sin palabras. El enojo se me congeló en el pecho.

La mujer dio un paso adelante, sin miedo, mirándome directamente a los ojos.

—No se desquite con ellos. La culpa fue mía. Yo cometí el error en la coordinación.

Salí de mi shock lo suficiente para fruncir el ceño.

—¿Quién carajos eres tú?

Ella levantó ligeramente la barbilla, sin intimidarse por mi tono ni por mi tamaño.

—Me llamo Brier… Brier Voss. Empecé a trabajar con su organización hace tres semanas. Georg me contrató personalmente. El fallo en el cargamento fue por un error mío en la cadena de contactos locales. Asumo toda la responsabilidad.

Brier.

El nombre retumbó en mi cabeza.

La miré de arriba abajo, aún impactado por el parecido brutal con Bill.

Era como ver una versión adulta, más madura y segura de sí misma de mi Omega.

Por un segundo no supe qué decir. Solo la observaba, intentando procesar que una mujer que parecía la gemela de Bill estuviera aquí, trabajando para mí, y además asumiendo la culpa de un error que podría costarnos millones.

Ella no apartó la mirada.

Se mantuvo firme, esperando mi reacción.

Y yo… por primera vez en mucho tiempo, me quedé sin palabras

Era como ver a el en versión adulta y femenina, con esa misma mirada desafiante y esa postura que decía “no me intimidas”.

Ella no se inmutó por mi escrutinio. Dio un paso más cerca y habló con voz clara y segura:

—Ya tengo una solución para recuperar la mercancía.

Solté una risa sarcástica, cruzándome de brazos. La rabia aún me hervía en la sangre.

—¿Ah sí? ¿Y quién te crees que eres? ¿La salvadora de la noche? Llevo años en esto y tú llevas… ¿qué? ¿Tres semanas? ¿Y ya tienes “una solución”?

Brier no se acobardó. Al contrario, levantó ligeramente la barbilla y me sostuvo la mirada sin pestañear.

—Sé que parece arrogante, pero escúcheme. El problema no fue solo un error de coordinación. El contacto local que teníamos traicionó la operación y vendió información a un grupo rival. Pero yo ya anticipé esa posibilidad antes de que saliera el cargamento—Señaló un mapa extendido sobre una mesa cercana y empezó a explicar con precisión militar—Tengo a tres hombres infiltrados en el grupo que tiene retenida la mercancía. No son leales a ellos, son leales al dinero. Mañana por la noche, a las 02:00, van a desactivar las alarmas del almacén donde la tienen guardada. Al mismo tiempo, un equipo nuestro entrará por el lado oeste, que es el punto ciego. Tenemos un camión listo a tres kilómetros para el traslado rápido. La ruta de escape ya está limpia y tengo un contacto en la policía local que desviará cualquier patrulla por otras zonas durante treinta minutos—Hizo una pausa y me miró directamente—La operación completa tomará menos de veinte minutos. Recuperaremos el 95% de la mercancía sin disparar un solo tiro. Y como bono… el traidor que vendió la información aparecerá muerto mañana por la mañana. Nadie sabrá que fuimos nosotros.

Me quedé callado un momento, analizando cada detalle. El plan era bueno. Limpio, rápido y con bajo riesgo.

—¿Y cómo sé que no me estás vendiendo a mí también? —pregunté, todavía con tono sarcástico pero mucho menos convencido.

—Porque Georg me contrató. Y porque si quisiera traicionarlo, señor Pitz, ya estaría muerto. No habría venido aquí a explicarle el plan en persona.

La miré fijamente durante varios segundos. Esa mujer era peligrosa…  por su inteligencia y sangre fría.

Finalmente, solté un suspiro largo.

—Está bien. Quiero el plan completo en papel y en digital dentro de una hora. Y tú vendrás conmigo en la operación. Si algo sale mal… serás la primera en pagar.

—Entendido.

&

Todo iba según el plan.

Ella había sido precisa en cada detalle. A las 02:00 en punto entramos por el punto ciego del almacén. Los infiltrados cumplieron: las alarmas estaban desactivadas, las cámaras en bucle y los guardias de turno neutralizados en silencio. Nos movimos como sombras. Yo iba al frente con tres de mis hombres, Brier cubriéndome la espalda con esa frialdad quirúrgica que empezaba a respetar.

—Diez minutos y estamos fuera —susurró ella, señalando el contenedor principal.

La mercancía estaba intacta.

Cargamos las cajas más valiosas en el camión de escape sin disparar un solo tiro. Todo limpio. Profesional. Por primera vez en horas, sentí que respiraba tranquilo.

—Buen trabajo —le dije a ella mientras cerrábamos la última caja.

Ella solo asintió, pero vi un brillo de satisfacción en sus ojos. Era inquietante lo mucho que se parecía a Bill.

Estábamos a punto de subir al camión cuando todo se fue a la mierda.

Las luces del almacén se encendieron de golpe, cegándonos. Voces gritando órdenes.

El sonido de rifles siendo amartillados.

—¡Emboscada! —grité, sacando mi arma.

Salieron de todas partes.

Más de treinta hombres armados, bien equipados, con chalecos tácticos y rifles de asalto. No eran pandilleros de calle. Eran profesionales.

Ella y yo reaccionamos al instante. Nos cubrimos espalda con espalda, disparando. Derribé a dos, ella a tres. El sonido de los disparos era ensordecedor. Uno de mis hombres cayó con un tiro en el pecho.

—¡Al camión! —rugí.

Pero ya era tarde.

Una granada de aturdimiento cayó a nuestros pies. La explosión me dejó desorientado, los oídos pitando. Sentí un fuerte golpe en la cabeza y luego un pinchazo en el cuello: un dardo tranquilizante.

Intenté transformarme, pero el sedante era demasiado potente.

Mis rodillas cedieron.

Lo último que vi fue a Brier luchando como una leona, disparando hasta que también la redujeron.

Cuando desperté, estaba esposado de pies y manos en la parte trasera de una furgoneta blindada.

Me dolía todo el cuerpo. A mi lado, también estaba despierta, con sangre seca en la cara y una expresión de pura rabia.

—Malditos… —gruñí, forcejeando contra las esposas reforzadas—Nos estaban esperando.

Brier soltó una risa amarga.

—Claro que sí. Alguien nos traicionó desde dentro. Y lo hizo muy bien.

La furgoneta avanzaba a toda velocidad hacia un destino desconocido.

No tenía idea de dónde estábamos ni quién nos había capturado.

Solo sabía una cosa:

Bill y Victoria estaban solos.

Y yo acababa de caer en una trampa que podía costarme todo.

Nos sacaron de la furgoneta a empujones y nos llevaron a través de un pasillo oscuro hasta un almacén amplio y mal iluminado.

Me obligaron a arrodillarme en el centro, con las manos esposadas a la espalda. A mi lado Brier también estaba de rodillas.

Frente a nosotros, un hombre nos daba la espalda. Alto , con un traje negro. Cuando se giró lentamente, lo reconocí al instante.

El Cuervo.

El mismo hijo de puta al que le había robado gran parte de sus territorios meses atrás. Su cara marcada se torció en una sonrisa cruel.

—Tom Pitz… —dijo con sorna—Qué placer verte así. De rodillas. Qué miserable te ves.

Escupí al suelo, mirándolo con odio puro.

El Cuervo soltó una carcajada.

—Caíste en mi trampa como un idiota. Pensaste que todo iba a salir perfecto con tu nueva empleada… pero ella ya era mía.

Volteé la cabeza hacia Brier.

Ella se mantenía erguida, sin mirarme.

El Cuervo hizo un gesto.

—Suéltenla.

Le quitaron las esposas. Ella

se levantó y se colocó al lado de El Cuervo, como si ese fuera su lugar desde el principio.

—Ya cumplí con lo acordado —le dijo ella al Cuervo, con voz fría—Ahora dime dónde está mi familia.

Sentí cómo la rabia me quemaba por dentro. Ella había estado jugando conmigo todo este tiempo.

El Cuervo sonrió con malicia.

—¿Tu familia? No sé nada de eso.

Brier se tensó visiblemente. Su expresión cambió a pura furia.

—¡Mentiroso de mierda! —le gritó— ¡Me prometiste que si te ayudaba a atraparlo, me darías información! ¡Traicionero hijo de puta!

El Cuervo chasqueó la lengua y le hizo una seña a uno de sus hombres.

—Duérmanla. Ya me cansó.

Antes de que ella pudiera seguir insultándolo, un hombre se acercó por detrás y le clavó un dardo en el cuello. Ella se tambaleó, me miró con rabia y desesperación al mismo tiempo, y cayó inconsciente al suelo.

Yo intenté levantarme, rugir, transformarme… pero otro dardo se me clavó en el hombro.

El mundo empezó a volverse borroso de nuevo.

Lo último que pensé antes de perder el conocimiento fue en Bill y Victoria.

En mi familia.

Y en que si les tocaban un solo cabello…

Iba a quemar el mundo entero para recuperarlos.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

Un comentario en «Luna oculta 16»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!