Notas de la autora: El fanfic será mejorado en varios aspectos, arreglaré errores ortográficos y otras cosas más.
Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 1 (Parte 1)

BILL
¿Cómo no sentir que me iba a morir cuando dentro de mí había algo que se estaba apagando dejándome hecho polvo poco a poco?
Me dolía el corazón. Me dolía una barbaridad. No sabía si era rabia, tristeza o decepción, pero me dolía el alma como nunca antes. Me dolía el pecho, me dolía el corazón, me dolía la puñetera vida. Respirar me costaba un huevo. Mantener los labios quietos se me hacía cuesta arriba. Me temblaban las manos y se me escapaban sollozos pequeños, húmedos, que se me quedaban enganchados en la garganta. No podía contenerlos por más que lo intentara, por más que apretara los dientes hasta que me crujían.
El dolor físico era molesto. Pero yo lo veía como una simple molestia pasajera que se podía curar con tiempo, alguna medicación adecuada y el reposo correspondiente. Una fractura se soldaba. Una herida se cerraba. Un moratón se iba.
Pero el dolor emocional… ese, para mí en aquellos momentos tan jodidos de mi vida, era completamente distinto. Era una criatura voraz, insaciable, que me asfixiaba lenta y metódicamente desde dentro.
Parecía que no quería dejarme respirar ni un segundo. Se instalaba en mi pecho aplastándome los pulmones hasta hacerme jadear por el aire que no me llegaba. Era un pinchazo constante, implacable, que me hacía dudar de cada latido errático de mi corazón. Me preguntaba obsesivamente si era mi corazón resistiendo con valentía tanto dolor acumulado o si ya se estaba rompiendo —desintegrándose— en un millón de pedazos microscópicos. Más de lo que ya estaba.
Era una silenciosa agonía que me estaba consumiendo célula por célula. Era un grito mudo y desesperado que me desgarraba la garganta sin que saliera ni un solo sonido al exterior. Un aullido interno que nadie más podía escuchar pero que me ensordecía a mí constantemente. Y cuando ese dolor venía precisamente de la mano que juró protegerme, de los labios que me susurraron incontables veces montones de «te quiero» contra mi piel cada noche… el mundo simplemente dejaba de tener cualquier tipo de sentido.
No fueron golpes físicos lo que recibí. No hubo moratones visibles floreciendo en mi piel pálida que pudiera enseñar como prueba de mi sufrimiento. Pero la traición fue como un cuchillo —afilado y mortal— que se hundió hasta el fondo, hurgando y retorciendo en lo más profundo de mi ser hasta encontrar cada parte vulnerable que me quedaba.
Su engaño no fue solo una mentira simple. Fue la destrucción de cada recuerdo bonito que habíamos construido juntos. Cada promesa hecha con solemnidad, cada sueño compartido que estábamos apenas empezando a construir ladrillo a ladrillo para poder estar juntos al fin después de tanto tiempo perdido. Lo que más me dolía, lo que me hacía querer gritar hasta quedarme completamente afónico, hasta desgarrarme las cuerdas vocales, era que ese engaño llegó precisamente de quien menos me lo esperaba. De la única persona en todo el universo a la que le había dado voluntariamente el poder absoluto de destruirme. Y que no dudó ni un segundo en usar ese poder.
Cerrando los ojos, sin aviso ni preparación, me encontraba sentado peligrosamente al borde de mi propio abismo personal. Era un precipicio oscuro, frío e infinitamente profundo que aquel ser, ese hombre cuyo nombre me negaba a pronunciar en voz alta porque dolía demasiado formar con mis labios, había cavado específicamente para mí.
Miraba hacia abajo en ese vacío tan terrorífico y el vértigo me paralizaba por completo, porque sabía con certeza que el más mínimo movimiento en falso me haría caer y era consciente de que no había red de seguridad esperando abajo. Solo oscuridad. Solo un dolor enorme sin fin.
Me sentía tan mal que, para mí, su traición me despojó violentamente de mi identidad. Me había dejado completamente desnudo y vulnerable ante la cruel realidad de que quizás —solo quizás— fui usado como un objeto desechable, fui reemplazado tan fácilmente, abandonado como si no valiera absolutamente nada después de todo. Era un dolor que no podía explicar bien con palabras, por más que lo intentara. Fue una maldita humillación que se pegaba a mi piel disfrazada de aceite tóxico y que no se quitaba con agua y jabón por mucho que me restregara hasta dejar mi piel enrojecida y sensible.
¿Cuánto me tenía que doler para que al final me dejara de doler?
¿Cuánto más tenía que aguantar antes de que mi cuerpo simplemente se rindiera?
¿Existía un límite máximo de sufrimiento que un corazón humano podía soportar antes de simplemente apagarse?
El simple hecho de existir —de respirar, de latir, de seguir funcionando— se volvía para mí cada segundo más insoportable. Tan agotador que no sabía dónde poner mi corazón destrozado, porque dentro de mi pecho quemaba, dolía. Cada rincón de mi ser estaba contaminado, infestado sin remedio por la dolorosa ausencia de lo que creía real, por la ausencia de Tom.
Mi mirada perdida y vacía se quedaba clavada en las rosas un poco marchitas. Recuerdo que fueron un regalo de Tom en mi cumpleaños, uno de tantos. Estaban en un estado malo porque desde que había llegado a mi apartamento en Nueva York no las había regado. Afuera llovía fuerte y el cielo estaba completamente nublado, como si el universo entero estuviera de luto conmigo en la semana que había pasado desde que huí de Alemania. Las nubes grises y densas escondían cualquier rayo tenue de la luna o las estrellas. Solo se veía ese negro sucio, ese gris plomizo, y el agua golpeando los cristales con tanta insistencia que empezaba a ponerme nervioso.
Yo necesitaba poner océanos de distancia entre aquel lugar y yo. Entre Tom y yo.
Era de noche. No tenía ni la más remota idea de qué hora exacta era y tampoco me importaba. El tiempo había perdido cualquier tipo de significado para mí.
Las gotas de lluvia impactaban fuerte contra el cristal de la enorme ventana de mi salón, una y otra y otra vez en un patrón casi hipnótico. Había intentado dormir durante los últimos días, pero cerraba los ojos con fuerza y por más que suplicaba por la inconsciencia me era imposible conseguirlo, y era aún más difícil cuando mi mente no se callaba ni un segundo, cuando la voz de Tom se repetía una y otra vez como un disco rayado en mi jodida cabeza.
—»Me acosté con Catalina»…
Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
Sus palabras resonaban y rebotaban en mi cabeza, se me clavaban como puñales. ¿Por qué, Tom? ¿Por qué? ¿Qué había hecho yo para merecerme eso de ti? ¿Cuál fue mi error aparte de quererte? ¿Cuál fue mi error aparte de adorarte, echarte de menos y pensarte? ¿Qué karma estaba pagando? ¿Por qué tanta tristeza? ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué? ¡¿Por qué, maldita sea?!
Cerré los ojos con fuerza hasta que vi estrellas detrás de mis párpados. Apreté los labios cuando sentí que me temblaban otra vez, sin poder controlarlo, y no pude evitar, por más que lo intentara, que una lágrima fresca se derramara y recorriera lentamente toda mi mejilla dejando un rastro caliente en mi piel. Por Dios, ¿cómo había podido mi gran y único amor hacerme algo así? ¿Cómo pudo Tom, mi Tom, lastimarme de esta forma tan brutal y cruel?
A mí me dolía. Sí que me dolía en lo más profundo y antiguo de mi ser, como si me hubieran arrancado algo vital y necesario.
¿Qué cambió exactamente? ¿Qué fue lo que había hecho que Tom acabara liándose con aquella mujer a pesar de que le advertí que no quería que estuviera cerca de ella? ¿Qué imposible similitud fue la que le encontró a Catalina para supuestamente confundirla conmigo, como él había alegado de forma tan patética?
Mi mirada no era igual a la suya. Mi piel tampoco. Mi pelo, mucho menos. ¿Mi cuerpo?
Joder, absolutamente nada era remotamente igual entre nosotros. Nada. Tom me había mentido. Obviamente me había mentido sobre aquello de «confundirnos», y eso dolía aún más; que ni siquiera hubiese tenido la decencia de admitirme la verdad.
Reprimí un jadeo lastimero que amenazaba con escaparse de mi garganta cerrada. Tomé una bocanada profunda de aire y sentí cómo prácticamente me quemaba los pulmones, y la expulsé lenta y temblorosamente por la boca, con los labios entreabiertos y secos. Agrietados. Había bajado de peso por lo mucho que me costaba comer; la comida no me sabía a nada. Me costaba demasiado levantarme siquiera de la cama, me costaba seguir adelante después de lo que él me hizo. Nadie sabía que yo había regresado. Sophia venía a visitarme todos los días sin falta. Cuando ella estaba presente me esforzaba por no verme tan mal, pero cuando se iba… yo simplemente me derrumbaba.
Todo sin Tom, para mí, estaba mal. Es que lo quise demasiado. ¿Cómo hacía para dejar de hacerlo? ¿Cómo se dejaba de querer de la noche a la mañana?
Llegué a suplicar mentalmente al universo, o a quien fuese que me pudiera oír en la inmensidad, que todo aquello fuese simplemente una pesadilla horrible. Que despertaría y todo volvería a ser como antes. Un mal sueño muy gordo. Quería abrir los ojos y encontrarme al lado de Tom, en esos momentos donde no existía el dolor insoportable. Cuando aquella sonrisa característica del hombre al que aún amaba desesperadamente era mi refugio y no el recordatorio constante de mi desgracia.
Estaba dispuesto a dar cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, por un minuto más de aquella ignorancia feliz que había tenido. Por borrar completamente de mi memoria el momento exacto en que mi mundo, cuidadosamente reconstruido, estalló en mil pedazos.
¿Cuántas lágrimas más debía llorar antes de que se me acabaran? ¿Existía un límite siquiera? ¿Podía una persona quedarse sin lágrimas?
Me sentía como un náufrago perdido en un océano infinito, nadando en aguas de desesperación, sin tierra firme a la vista en ninguna dirección, sin fuerzas para seguir nadando contra las corrientes fuertes e imposibles.
Yo quería morirme.
Quería dejar de sentir. Quería que todo se apagara.
Tom me había roto el corazón y lo odiaba porque aún lo quería.
Seguro que a él le encantaba pensar que mis heridas escupían sangre con su nombre. Me llenaba de rabia y de frustración… me quemaba el pecho de una forma que ni siquiera podía controlar. Me causaba una rabia inmensa saber que bastó solo una noche, solo un par de copas de más, y una jodida excusa estúpida para que tirara a la basura todo lo que éramos. Todo lo que habíamos construido. Me frustraba tragarme mi orgullo y darme cuenta de que, quizás, mientras yo estaba sufriendo, él simplemente estaba borrando el remordimiento con la peor de las justificaciones.
Lo odiaba. Realmente lo odiaba con el amor que aún sentía por él. Me daba asco la situación. Lo odiaba únicamente porque aun lo quería a mi lado.
Lo odiaba con toda mi alma porque seguía enamorado de la persona que me había destrozado el corazón. Odiaba mirar mi móvil esperando un jodido mensaje suyo, que nunca llegó, a pesar de que sabía que eso no iba a arreglar nada. Odiaba recordar su voz, su cara, su maldita sonrisa, y que todavía me provocara correr a buscarlo en lugar de salir huyendo de él. Sentía una furia tan grande, pero tan inmensa, contra mí mismo porque, a pesar de que me fue infiel, a pesar de la humillación que me llevé porque aquella perra me ganó la partida, a pesar de saber que él se metió con otra, una parte de mí todavía quería y añoraba que todo fuese una jodida pesadilla.
Si no lo quisiera, todo habría sido tan fácil. Si él no me importara, solo habría sentido un enorme desprecio y lo habría borrado de mi vida sin pensármelo dos veces. Pero soy un idiota porque no puedo. Ese odio que sentía no era desinterés; era el amor que aún le tenía, que no encontraba adónde irse y se había transformado en un monstruo que me devoraba por dentro. Lo odiaba por haberme hecho tan vulnerable a él, y lo odiaba aún más porque, incluso sabiendo lo que me había hecho, todavía tenía que obligarme a mí mismo a no quererlo más.
Me levanté del suelo sintiéndome impotente. Tenía las piernas dormidas por haber pasado horas en la misma posición, con las rodillas pegadas al pecho, contemplando la lenta decadencia de las rosas en el jarrón. Eran los últimos restos de mi cumpleaños. Tom me había regalado ramos de rosas enormes, exagerados, tan excesivos como todo lo que él hacía. Estaban con los pétalos oscuros y doblados hacia dentro, muriéndose en el jarrón caro que yo mismo había comprado con la ilusión de mantener vivo el recuerdo de su detalle. Qué maldito chiste.
Caminé hacia la cómoda al lado de la chimenea eléctrica. Mis pasos eran pesados, arrastrados, guiados por una enorme inercia. Al llegar frente al jarrón, la vista se me nubló por completo. Las lágrimas, calientes y espesas, volvieron a desbordarse, pero me sentía tan lleno de rencor. Joder.
—¿Por qué?— un sollozo ahogado, un gruñido bajo que me raspó la garganta, escapó de mis labios —¡¿Por qué me hiciste esto, Tom?!
Con las manos temblando de pura furia, enterré los dedos entre los tallos espinosos. No me importó el dolor de las espinas clavándose en mi piel. Saqué los ramos con violencia, haciendo que el agua estancada salpicara la madera de la cómoda y el suelo. Soltando un grito desgarrador, empecé a arrancar las cabezas de las rosas, destrozándolas entre mis puños. Los pétalos marchitos volaron por el aire, cayendo al suelo hechos mierda.
—¡Te odio! ¡Te maldigo por haberme hecho creer que todo estaría bien!— bramé con la voz quebrada, arrojando los restos al suelo.
No me fue suficiente. El pecho me subía y bajaba con violencia, el aire me faltaba, y la rabia me poseyó por completo. Levanté el pie y comencé a pisotear las rosas con saña, aplastándolas contra el piso, destruyendo lo último que quedaba de aquel día. Mis exhalaciones eran ruidosas; soltaba jadeos llenos de todo ese odio que solo nacía del dolor de seguir queriéndolo.
—¡Sucia basura! ¡Eso es lo que eres! ¡Un maldito insensible de mierda!— grité mientras las lágrimas me empapaban la cara, mezclándose con los pequeños gruñidos de impotencia que salían de mi pecho.
Miré a mi alrededor. El apartamento estaba lleno de tantas cosas que las destruí todas de la pura rabia que sentía. Estrellé jarrones contra el suelo. Descolgué cuadros y los destrocé. Todo lo que veía en mi apartamento, las decoraciones, todo lo dañé.
Agradecía que Alfia estuviese con Sheryl, porque yo había perdido por completo todo mi control. Me abalancé sobre la cómoda y también agarré aquel jarrón de diseño y lo estampé contra el suelo, disfrutando el estallido del cristal haciéndose añicos. Fui a mi habitación y en mi tocador vi las cajas de marca con joyas, la ropa de diseñador en mi armario que en esos momentos me dio asco mirar. Agarré un reloj de oro que estaba sobre el tocador y lo lancé con todas mis fuerzas contra la pantalla de mi plasma, agrietándola.
—¡¿Pensaste que con esto ibas a tapar tu mierda?! ¡¿Pensaste que no valía nada?!— mi voz se había transformado en un grito agudo, desgarrado, que rebotó contra todas las paredes —¡Yo te di todo, Tom! ¡Eras mi jodida vida! ¡Eras mi todo!
Arranqué un abrigo caro de un perchero y lo rompí con las manos y los dientes, jalando las costuras con una fuerza salvaje que ni yo mismo sabía que tenía, guiado por la pura adrenalina de la rabia al imaginarlo tocando a aquella perra. Tiré las lámparas. Volqué los sillones. Destrocé cada detalle lujoso que decoraba mi apartamento. Cuando ya no quedó nada en pie, cuando el suelo del salón estaba hecho mierda, incluso la cocina, me derrumbé en medio de todo ese caos.
Caí de rodillas sobre los restos de las rosas aplastadas. Las manos me sangraban un poco por los cortes y las espinas que se me habían clavado. Me cubrí la cara. Los gruñidos de rabia pasaron a ser sollozos débiles otra vez, profundos, que me sacudían todo el cuerpo. Estaba solo, en un apartamento destruido por mi propia mano, dándome cuenta de que, aunque rompiera cada objeto caro del mundo, mi corazón me seguía doliendo exactamente igual.
Me levanté y me encaminé hacia la cocina con un peso muerto en el pecho. Mi único objetivo era encontrar un cuchillo. Cuando por fin lo hallé, tirado en medio de todos los utensilios esparcidos por el suelo y los vasos de cristal rotos, me arrodillé a su lado. Lo tomé entre mis manos temblorosas y me quedé mirando el filo fijamente, viendo mi propio rostro ligeramente borroso y destrozado reflejado en el metal.
¿Por qué nadie me había advertido que el amor podía doler tanto?
Si alguien me lo hubiera dicho, si me hubiesen advertido que una sola desilusión te arranca el alma y te deja convertido en alguien que ya no reconoces… entonces las canciones de amor no existirían. No tendrían sentido. Porque si la gente supiera la verdad, todas esas canciones estarían hechas de engaños, de ilusiones vagabundas y de palabras huecas. Si tan solo me hubiesen dicho que no merecía la pena luchar por algo que ya estaba muerto, si tan solo me hubiese llegado una de esas señales divinas en el momento justo… tal vez Romeo jamás hubiera muerto por Julieta. Tal vez el príncipe azul solo habría sido aceptado como lo que siempre fue… un triste y solitario sapo.
Tal vez él no me hubiese engañado.
Tal vez yo no estaría aquí, tan ridículamente triste.
Pero para mi mala suerte, el presente me golpeaba, porque ya no éramos, y el día de mañana no seríamos. ¿De verdad debería bastarme con un triste, frío e insignificante «fuimos»?
Yo mismo me destruí.
Fui yo quien se cavó esta fosa al pensar que él sería para mí por todo lo que nos quedaba de vida. Fui yo quien cometió el pecado de no imaginar un futuro donde él no estuviera. Y mientras navegaba a ciegas por las tinieblas de lo que me quedaba de existencia, lo comprendí todo. Entendí por fin por qué los barcos se pierden sin dejar rastro en el Triángulo de las Bermudas; entendí por qué los aviones se caen del cielo en mitad de la nada… Se pierden porque se les apaga la brújula, se caen porque les falla el motor que los mantiene a flote. Exactamente como me pasó a mí cuando él me confesó que me engañó.
Lo que no entendía era… ¿Por qué yo? ¿Por qué tuvo que ensañarse conmigo? ¿Por qué no pudo derrumbar la vida de alguien más? ¿Acaso hice algo tan malo para merecer este castigo?
Sin duda alguna, él fue mi peor error, el más hermoso y el más letal.
Yo ya estaba hundido hasta el fondo en esta maldita depresión. Pensé en ahogarme en alcohol, buscar el fondo de una botella a ver si con eso lograba borrar su nombre de mi cabeza. Sentía unas ganas enormes de gritar, de obligarlo a regresar solo para verlo arrepentirse por todo el daño que me hizo. Porque si la chispa que nos daba luz se apagó, fue porque alguien vino y le echó agua encima… y ese alguien no fui yo. Yo cuidé ese fuego con mi vida. Pero ya no me quedaban energías para reclamar.
Solo me quedaban esas ganas malditas de llorar hasta vaciarme, y yo… yo ya no quería que eso siguiera doliendo. Quizás solo había una forma de apagar ese incendio para siempre. Una forma de apagarme a mí mismo por completo y dejar de sentir. Y solo tenía que deslizar el frío filo del cuchillo por mis muñecas…
—Billie, cariño, mira a quien te traje.
La voz de Sophia interrumpió mi acto.
Ella se apareció de la nada. Tenía una copia de mis llaves por la semana que había estado viniendo a verme. Traía a mi pequeña Alfia sujeta de la correa, pero la mirada de Sophia recorrió todo el lugar. Su expresión, que antes denotaba felicidad, cambió a una de desconcierto al ver cómo se encontraba mi apartamento. Sus ojos recorrieron cada rincón destrozado hasta fijarse en mí, y al verme con el cuchillo, abrió los ojos en demasía con horror.
—Bill…— soltó mi nombre con la voz temblorosa, soltando débilmente la correa de Alfia —Chiqui, ¿qué… qué haces?— me preguntó aunque ya era obvio.
—Estaba pensando…— empecé a hablar en un susurro, con la voz ronca por los gritos que había dado antes —Estaba pensando en que me es difícil. Me es difícil estar bien, me es difícil aparentar ser fuerte cuando por dentro me estoy muriendo. Esconder todo detrás de una sonrisa para no molestarte con mis problemas ya me es agotador.
—Baby…
—Estoy a punto de tirar la toalla. Estoy a punto de mandar todo a la mierda. Estoy a punto de dejar todo en el olvido— expresé, mirándola a los ojos con todo el cansancio que tenía —La tabla que me mantiene a flote está a punto de romperse. Estoy a punto de quebrarme, Soph, de caerme, de ahogarme y ahogarme profundamente. Estoy a punto de dejar todo lo que tengo y lo que no.— mis ojos se me llenaron de lágrimas y se escurrían con mucha parsimonia por mis mejillas —Ya me olvidé de quién solía ser. ¿Sabes? Me estoy acabando poco a poco y eso me está llevando al límite. He tratado…— sollocé. —He tratado de reconstruirme como me aconsejaste cuando volvimos de Alemania… pero no pude.
Sophia se acercaba a mí a pasos lentos, escuchándome mientras le hablaba con la voz pendiendo de un hilo.
—Quizás no sé cómo justificar mis vacíos. Tengo por dentro miles de tristezas por todo lo que me ha pasado a lo largo de mi vida, por lo que me hizo él, miles de vacíos. Sentimientos y heridas que me duelen todos los días a cada segundo aunque intento parecer fuerte. Pero ya no me siento tan fuerte, Soph…
—Háblame, bebé— me pidió, con las manos ligeramente extendidas hacia mí, sin hacer movimientos bruscos —No te contengas de nada.
Sollocé más fuerte.
—Me duele, Soph…— resollé, el aire me entró cortado —No sabes cuánto me duele. Porque yo le di todo de mí, todo lo que tenía, y estaba dispuesto a darle más. Soporté un montón de cosas por él, y me duele que me haya engañado. Ya no puedo.— negué con la cabeza lentamente, con la expresión reflejando mi dolor y las lágrimas cayendo —No puedo más— gimoteé con la voz rota —Le di todo y aún así no fue suficiente.— mi voz se rompía por los espasmos de mi llanto —Odiarlo no me sirve de nada y quererlo me está matando. Me ha matado, Soph… Él acabó con las ganas de amar. Me dejó con todo el amor en las manos y no me puedo deshacer de eso por más que quiera. Él acabó conmigo.
Sollocé fuerte, con la respiración estrangulada cuando intenté tomar aire.
—Lloro por las noches. No soy consciente de cuándo me quedo dormido y a veces me llega el insomnio. Vomito todo lo que como. Soy yo contra mi mente todos los días.— expulsé el aire bruscamente y me relamí los labios con esfuerzo —He tenido recaídas emocionales, he tenido ataques de ansiedad. Lloro y lloro y lloro, y ya no quiero esto. Ya no más.
Sophia me miró con tristeza. Se acercó un paso más, luego otro, y me envolvió entre sus brazos con cuidado, como si temiera que fuera a romperme en mil pedazos si apretaba demasiado. Justo en ese momento dejé de contenerme y lloré más que los días anteriores, con la cabeza reposando sobre su hombro y sus manos acariciando mi espalda con movimientos lentos, circulares. El cuchillo que sostenía se resbaló de mis dedos y cayó al suelo emitiendo un sonido ligero cuando impactó contra el parqué. Le devolví el abrazo mientras las lágrimas caían y caían y los sollozos salían de mi boca haciéndome hipar, haciéndome temblar por los espasmos del mismo llanto. Tenía un jodido nudo en la garganta, de esos que duelen al tragar saliva.
—Deja que te duela— me dijo ella, con la mejilla apoyada contra mi cabeza —Llora lo que necesites llorar. Acepta eso que sientes. Permítete tener el corazón roto. Nadie sana de la noche a la mañana. Sé paciente contigo mismo y con tu proceso. No se trata de… de olvidar lo que viviste, sino de asimilarlo. Pero sobre todo, de liberar el dolor para abrirle espacio a la oportunidad de recibir lo que mereces. Así que llénate de amor propio, Bill, y empieza de nuevo las veces que sean necesarias. Algún día ya no dolerá más.
¿Y ese día cuándo llegaría? Porque llevaba esperándolo con ansias y aún no lo veía.
Continúa…
Sigue el final del capítulo 1