
Fic TOLL de Beth
Capítulo 23
TOM
Estábamos en una habitación de hotel del centro, de esas que se alquilan por horas y huelen a desinfectante barato y deseo.
Valeria estaba de rodillas entre mis piernas, con mi verga completamente dentro de su boca, chupando con ganas, como siempre que quería complacerme.
Sus labios subían y bajaban por todo mi tronco, apretados, húmedos, mientras su lengua giraba alrededor de la cabeza cada vez que subía.
De vez en cuando me miraba desde abajo con esos ojos grandes, buscando mi aprobación.
Se suponía que debía estar disfrutándolo.
Pero mi mente estaba completamente en otro lado.
Sentía su boca caliente, su mano masturbándome al ritmo de sus labios, sus gemidos vibrando alrededor de mi verga… pero no lograba concentrarme.
Mi cuerpo respondía, estaba duro como piedra, pero la cabeza no estaba ahí.
Estaba lejos, perdido en pensamientos que no quería tener.
Valeria aceleró el ritmo, chupando más fuerte, metiéndose casi todo hasta el fondo, con arcadas suaves que me apretaban la punta.
Sus manos me acariciaban los huevos, apretando justo como le gustaba a ella.
Gemí bajito, más por reflejo que por placer real.
De pronto se detuvo.
Sacó mi verga de su boca con un sonido húmedo y me miró desde abajo, claramente molesta y frustrada.
—¿Qué te pasa? —preguntó, limpiándose los labios con el dorso de la mano—Llevo un buen rato chupándotela y apenas reaccionas. ¿No te está gustando lo que te hago?
Me quedé callado un segundo, todavía con la verga palpitando frente a su cara.
Valeria se levantó un poco, frunciendo el ceño, visiblemente herida.
—Tom, si no quieres esto, dímelo. No me hagas sentir como si estuviera haciendo algo mal. Si estás pensando en otra cosa o en otra persona, mejor me levanto y ya.
La miré.
Tenía los labios hinchados, la respiración agitada y los ojos llenos de decepción.
—No es eso —mentí, pasándome una mano por la cara—Solo… tengo la cabeza en otro lado hoy. Lo siento.
Ella suspiró, se limpió la boca y se sentó en la cama a mi lado, todavía desnuda de cintura para abajo.
—Últimamente siempre tienes la cabeza en otro lado —murmuró, casi para sí misma— Si no quieres estar conmigo, Tom, solo dilo. No me hagas sentir como un reemplazo.
Me quedé callado.
Porque en el fondo, eso era exactamente lo que ella era.
Y yo odiaba admitirlo.
Salí corriendo de la habitación apenas Valeria cerró la puerta.
La alcancé justo antes de que entrara al elevador, la agarré del brazo con suavidad pero firme.
—Valeria, espera… por favor.
Ella se giró, con los ojos todavía dolidos.
—¿Qué quieres, Tom?
Me pasé la mano por la cara, respirando agitado.
—Lo siento. De verdad. No era mi intención hacerte sentir así. Estoy… pasando por una mierda en la cabeza, pero eso no es excusa. No quiero que te vayas así.
Ella me miró un segundo, dudando. Luego suspiró y asintió.
—Está bien… pero si no quieres esto, dímelo. No quiero ser un parche.
La jalé suavemente hacia mí y la besé. Primero suave, luego más profundo. Ella respondió, aún un poco resentida, pero se dejó llevar.
—Vuelve a la habitación—le susurré contra los labios— Quiero compensártelo.
Volvimos a la habitación del hotel. Apenas cerré la puerta, la empujé contra la pared con fuerza.
Esta vez no iba a ser suave.
La besé con rabia, mordiéndole el labio inferior mientras le subía la falda hasta la cintura. Le arranqué las bragas de un tirón y metí dos dedos dentro de ella sin aviso.
Estaba mojada.
—Tom… —gimió, sorprendida.
—Cállate —gruñí, follándola con los dedos rápido y duro—Hoy te voy a follar como te mereces.
La giré de cara a la pared, le abrí las piernas con la rodilla y me bajé el cierre. Sin preámbulos, la penetré de un solo golpe brutal hasta el fondo.
—¡Ahh! —gritó ella, apoyando las manos en la pared.
Empecé a embestirla con fuerza, agarrándola del pelo con una mano y dándole una nalgada fuerte con la otra. El sonido seco resonó en la habitación.
—¿Te gusta así? —gruñí, follándola más duro.
—Sí… joder, sí… más fuerte…
Le di otra nalgada, más fuerte, dejando la marca roja de mi mano en su culo. Ella gimió alto, empujando hacia atrás, pidiendo más.
La follé como un animal, profundo, rápido, castigándola con cada embestida.
La saqué de repente, la tiré sobre la cama boca abajo y me subí encima. Le abrí las piernas y volví a entrar en ella con fuerza, aplastándola contra el colchón.
—Así… qué rico… —gemía ella, con la cara hundida en las sábanas.
Le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza con una mano, mientras con la otra le daba nalgadas cada vez que entraba hasta el fondo.
Su culo estaba rojo, caliente.
Cada golpe la hacía apretarme más dentro.
—Eres mía —gruñí contra su oído, mordiéndole el cuello—Dilo.
—Soy tuya… soy tuya, Tom… ¡ahh!
La follé más rápido, más salvaje, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba debajo de mí.
Le solté las muñecas, le agarré las caderas con las dos manos y la embestí con todo, como si quisiera partirla en dos.
Valeria se corrió gritando, temblando entera, apretándome tan fuerte que casi me hizo correrme.
Seguí follándola sin parar hasta que yo también exploté dentro de ella, gruñendo su nombre mientras me vaciaba por completo.
Nos quedamos jadeando, sudados, pegados.
Yo todavía dentro de ella, respirando contra su nuca.
Valeria giró la cabeza y me besó torpemente, sonriendo satisfecha.
—Así me gusta… cuando me follas como si me odiaras.
No respondí.
Porque en realidad no era a ella a quien estaba follando.
Era a Billie.
Siempre era a Billie.
El trayecto a casa de Valeria fue inusualmente silencioso. Estacioné el auto frente a su puerta y me tomé un momento antes de hablar. Me despedí de ella con un gesto rápido, algo breve para no alargar una despedida que ya se sentía pesada, y esperé a que entrara antes de arrancar de nuevo.
Cuando llegué a mi casa, el silencio en la entrada me hizo pensar que todo seguía igual que en la mañana.
Sin embargo, al cruzar el umbral hacia la sala, me detuve en seco.
Ahí estaba mi madre.
Estaba de espaldas, hablando por teléfono, pero su actitud era lo que no encajaba. Se reía con una risa ligera y genuina, y su postura era relajada, casi vibrante.
Me quedé helado recordándola apenas unas horas antes: se había pasado toda la mañana quejándose de que le dolía hasta el alma, insistiendo en que se sentía fatal.
Había montado un drama porque quería que mi padre se quedara con ella, pero él le soltó que no podía perderse un negocio importante.
Le recordó que para eso habían contratado a la enfermera y a la niñera días atrás; para que ella no fuera «una carga más» para ella y su enfermedad.
Pero la mujer que veía ahora no parecía una carga, ni parecía enferma.
En cuanto escuchó mis pasos o el roce de mi chaqueta, su lenguaje corporal cambió drásticamente. Sus hombros se tensaron y esa sonrisa desapareció como si nunca hubiera existido.
—Sí, bueno… te dejo, Laura. Hablamos luego —dijo con voz apagada, casi un susurro, antes de colgar.
Se giró hacia mí y, en un parpadeo, su rostro volvió a transformarse en esa máscara de sufrimiento y cansancio que llevaba arrastrando todo el día.
El cambio fue tan rápido que me dio escalofríos.
—Hola, hijo… ya volviste —murmuró, forzando un gesto de dolor mientras se llevaba una mano a la sien.
—Hola —respondí observándola con desconfianza.
—¿Quieres cenar algo? Puedo pedir que te preparen algo rápido… —ofreció, arrastrando las palabras.
—No, no tengo hambre.
No quise darle espacio para más actuaciones. Pasé por su lado y le di un pequeño beso en la frente y sin decir otra palabra y subí las escaleras a zancadas.
Necesitaba salir de esa atmósfera cargada de algo raro.
Al entrar a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me dejé caer pesadamente sobre la cama, sin siquiera quitarme los zapatos.
Me quedé mirando el techo en la penumbra, dejando que el silencio de la habitación me envolviera.
Y entonces, como ocurre cada vez que el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso o extraño, mi mente hizo lo de siempre.
Apareció ella.
Me quedé ahí, perdido en mis propios laberintos, pensando obsesivamente en Billie.
Continúa…
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