Fic TOLL de Beth

Capítulo 24

BILLIE

Era viernes por la tarde y por fin había terminado la semana.

Caminaba hacia el estacionamiento con el maletín pesado y la mente agotada, deseando solo llegar a casa, abrazar a mis hijos y olvidar todo por unas horas.

El sol ya bajaba, el campus estaba más tranquilo y yo solo quería irme.

No vi venir el golpe.

De repente, alguien me agarró del brazo con fuerza y me giró violentamente.

Antes de que pudiera reaccionar, una bofetada fuerte y sonora me cruzó la cara, haciendo que mi cabeza se moviera bruscamente hacia un lado.

El dolor fue inmediato y ardiente.

Levanté la vista, aturdida, con la mano en la mejilla.

Era Heidi.

Estaba frente a mí, con los ojos llenos de furia y lágrimas contenidas, respirando agitada.

Ya se veía más delgada, más cansada, pero la rabia la hacía parecer más grande.

— ¡Puta! —me gritó, con la voz quebrada pero llena de veneno—¡Ya lo sé todo! ¡Sé que te estabas acostando con mi marido!

El estacionamiento estaba casi vacío, pero sus palabras resonaron como un trueno.

Por un segundo pensé que venía otra vez por Tom, por alguna queja sobre sus calificaciones.

Qué equivocada estaba.

—Heidi… —intenté decir, pero ella no me dejó hablar.

Me empujó con fuerza en el pecho, haciéndome retroceder.

—¡No te hagas la inocente! ¡Sé que eres tú! ¡La maestra de mi hijo! ¡La zorra con la que Nick me engañaba mientras yo estoy luchando contra el cáncer!

Otra bofetada, más fuerte que la anterior. Me ardía toda la cara.

—¡De todas las mujeres del mundo tenías que ser tú! —siguió gritando, con lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas—¿Qué tienes que no tenga yo? ¿Qué le das que yo no le dé? ¡He parido tres hijos suyos! ¡He aguantado años de humillaciones! ¿Y tú qué? ¿Solo abres las piernas y ya?

Me empujó otra vez, casi haciéndome tropezar.

—Ya me eh deshecho de otras amantes antes… ¡y lo volverá a hacer contigo! ¡No eres ni la primera ni la última, estúpida! Solo eres una más en su lista de putas baratas. Eres basura, igual que todas!

Eso fue el límite.

La rabia me subió desde el estómago hasta la garganta como lava.

Ya no pude contenerme.

Le devolví la bofetada con toda la fuerza que tenía.

El golpe sonó seco y fuerte.

Heidi se tambaleó, sorprendida.

—No te atrevas a volver a ponerme una mano encima —le dije con voz baja, temblando de furia—No soy ninguna puta. No soy tu enemiga. Soy una mujer que cometió el error de enamorarse del hombre equivocado… y tú sigues casada con él. Así que si quieres culpar a alguien, hazlo con el.

Ella me miró con los ojos llenos de odio y dolor.

—Te voy a destruir —susurró—No vas a quedarte con él. No vas a quedarte con nada.

—No quiero quedarme con nada tuyo —respondí fríamente—Solo quiero que me dejes en paz.

Me di la vuelta y caminé hacia mi camioneta sin mirar atrás, con la mejilla ardiendo y el corazón latiéndome con fuerza.

Subí al coche, cerré la puerta y me quedé un momento con las manos temblando sobre el volante.

No mencioné a Tom.

Aunque las ganas de tirarle todo en la cara me quemaban por dentro, no lo hice.

Porque por mucho que doliera…

algunas batallas todavía no estaba lista para pelearlas.

Arranqué el coche y me fui de ahí, con el sabor metálico de la rabia en la boca y la certeza de que esto apenas empezaba.

&

Llegué a la universidad más temprano de lo normal ese lunes.

Quería preparar con calma la clase del grupo 101 y revisar algunos trabajos antes de que empezara el día. El campus todavía estaba medio vacío, el sol apenas salía y el pasillo estaba en silencio cuando me dirigí al aula 203.

Abrí la puerta… y me quedé congelada en el umbral.

Tom estaba sentado en una de las sillas del fondo, con Valeria a horcajadas sobre su regazo.

Ella tenía la falda subida hasta la cintura, la blusa desabotonada y se movía contra él con gemidos bajitos mientras él le besaba el cuello y le agarraba el culo con ambas manos. Estaban a punto de follar en pleno salón de clases.

Tom fue el primero en darse cuenta de mi presencia.

Abrió los ojos de golpe y empujó a Valeria hacia arriba, casi tirándola al suelo.

—Mierda… —masculló.

Valeria se bajó rápidamente de su regazo, acomodándose la falda con las manos temblorosas y abotonándose la blusa a toda prisa.

Tenía la cara roja y el pelo revuelto.

Yo me quedé parada en la puerta, con el maletín en la mano y la expresión completamente fría.

—Fuera —dije con voz de profesora, clara y cortante—Los dos. Ahora.

Valeria intentó hablar, con la voz entrecortada:.

—Miss, por favor… lo siento, no era nuestra intención…

—No quiero explicaciones —la corté, sin levantar la voz pero con autoridad absoluta—Vayan a Dirección. Voy a levantar un reporte por conducta inapropiada dentro del campus. Ahora.

Valeria abrió la boca para protestar otra vez, pero la miré de una forma que la hizo callar.

Bajó la cabeza, visiblemente avergonzada, y salió del aula a toda prisa, todavía acomodándose la ropa.

Tom fue el último en moverse.

Se levantó despacio, se ajustó los pantalones y me miró directamente a los ojos por un segundo.

Luego, con deliberada lentitud, me recorrió de arriba abajo con la mirada desde los tacones hasta el escote de mi blusa antes de girarse y seguir a Valeria por el pasillo.

Cerré la puerta del aula detrás de ellos.

Me quedé un momento sola, respirando hondo, con el pulso acelerado.

No sentí celos.

No exactamente.

Sentí rabia.

Una rabia fría, controlada, peligrosa.

Porque aunque Tom ya tenía novia, aunque fingiera ignorarme… seguía buscándome.

Seguía provocándome.

Seguía queriendo que yo supiera que él también podía jugar.

Y yo… yo ya estaba cansada de juegos.

Guardé mis cosas con calma, saqué el formulario de reporte y me dirigí a Dirección.

Llegué a la dirección todavía con la adrenalina corriendo por las venas.

Le expliqué todo a Elena con voz calmada pero firme: los había encontrado en el aula prácticamente follando, sin importar que fuera horario escolar.

Valeria estaba sentada en una silla, llorando desconsolada, con la cara roja e hinchada.

Le habían dicho que sería suspendida una semana y que llamarían a sus padres.

—Lo siento… por favor, no llame a mis papás… —suplicaba entre sollozos.

Elena fue clara y profesional.

Les explicó las consecuencias y les pidió que esperaran afuera mientras redactaba el reporte.

Valeria salió primero, todavía llorando.

Tom se quedó un momento más, mirándome con una expresión indescifrable.

Se levantó para irse, pero justo en ese momento la puerta de la dirección se abrió.

Heidi entró.

Saludó con una sonrisa tensa y “cordial” a Elena y luego a mí.

Su mirada se detuvo un segundo de más en mí, pero no dijo nada fuera de lugar.

—Qué bueno que vino señora Heidi —dijo Elena—Necesitamos hablar con usted sobre Tom.

Heidi asintió.

—Sí, pero primero quería hablar con usted de un tema personal, si es posible.

Yo no tenía ganas de quedarme ahí ni un segundo más.

Me despedí con un gesto cortés y salí de la oficina.

Tom salió detrás de mí.

Apenas cerramos la puerta, empezó a hablarme bajito pero furioso mientras caminábamos por el pasillo:

—¿Estás feliz ahora? ¿Era esto lo que querías? ¿Humillarme frente a todos? ¿Hacer que me suspendan por tu culpa?

Yo seguía caminando sin mirarlo, ignorándolo por completo.

—Billie, háblame. No te hagas la que no oye. Sé que no te gustó verme con Valeria. Sé que te puso celosa…

Seguí ignorándolo.

Pasamos por los baños del segundo piso.

De pronto, Tom actuó con rapidez: me agarró del brazo, abrió la puerta del baño que tenía el letrero de “fuera de servicio” y me metió adentro de un tirón.

Cerró la puerta con pestillo.

Me acorraló contra los lavabos, me levantó por la cintura sin esfuerzo y me sentó sobre uno de ellos.

Antes de que pudiera protestar, me abrió las piernas con las suyas y me besó con fuerza, con hambre, con rabia.

Al principio intenté apartarlo, empujándolo por el pecho.

—Tom… no… aquí no…

Pero la tentación ganó.

Le devolví el beso con la misma intensidad, mordiéndole el labio, tirándole de las trenzas.

Él gruñó contra mi boca, me subió la falda hasta la cintura de un tirón y me arrancó las bragas de encaje con un movimiento brusco.

—Te odio… —susurró mientras se bajaba el cierre—Te odio por lo que me haces…

Me penetró de un solo golpe profundo, sin preámbulos.

Gemí fuerte, clavándole las uñas en los hombros.

Empezó a follarme con fuerza, sujetándome las caderas, embistiéndome contra el espejo del baño.

—Dime que me extrañaste… —gruñó, mordiéndome el cuello—Dime que querías esto tanto como yo.

No respondí con palabras.

Solo le rodeé la cintura con las piernas y lo apreté más adentro, moviendo las caderas para encontrar cada embestida.

Me folló duro, salvaje, sin delicadeza. El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en el baño vacío junto con mis gemidos y sus gruñidos. Me agarró del pelo, tirando mi cabeza hacia atrás para besarme el cuello mientras me penetraba más profundo.

—Eres mía… aunque no quieras admitirlo… eres mía…

Me corrí fuerte, temblando entera, mordiéndome el labio para no gritar.

Él me siguió segundos después, corriéndose dentro de mí con un gemido ronco, apretándome las caderas con fuerza mientras se vaciaba.

Nos quedamos un momento así, jadeando, pegados el uno al otro.

Tom apoyó su frente contra la mía, respirando agitado.

—Dime que esto no es nada… —susurró—Dímelo mirándome a los ojos.

No pude.

Porque ya no estaba segura de nada.

El baño olía a sexo y a desinfectante. Mi corazón latía con fuerza, pero mi mente ya estaba clara.

Me separé de él lentamente, me acomodé la falda y la blusa sin mirarlo.

Tom también se subió los pantalones en silencio, todavía con la respiración pesada.

No podía seguir callada.

—Estoy embarazada —dije de golpe, sin preámbulos.

Tom se quedó congelado.

Sus ojos se abrieron de par en par, mirándome como si le hubiera clavado un cuchillo.

El color desapareció de su cara.

—¿Qué…? —susurró, casi sin voz.

—Estoy embarazada —repetí, más firme esta vez, mirándolo directamente a los ojos.

Se quedó en shock absoluto, procesando.

Pasaron varios segundos eternos antes de que lograra hablar.

—¿Qué… qué vas a hacer? —preguntó, la voz temblorosa.

Me bajé del lavabo del todo, me acomodé el cabello con manos que ya no temblaban y me giré hacia la puerta.

—No lo voy a tener —respondí con frialdad.

El reaccionó como si le hubiera dado una bofetada.

Me agarró del brazo antes de que pudiera salir.

—Espera… ¿qué dijiste?.

Me solté de su agarre con un movimiento brusco.

—Ya me escuchaste. No voy a tenerlo.

Él se puso frente a la puerta, bloqueándome el paso, con los ojos llenos de incredulidad y rabia.

—No puedes hacer eso —dijo, la voz subiendo de tono—Es mi hijo también. No puedes decidirlo tú sola. Entre los dos podemos buscar una solución. Podemos…

Me reí.

Una risa seca, amarga, sin una gota de humor.

—¿Solución? —repetí, mirándolo con desprecio—¿Tú? ¿Un mocoso de dieciocho años que todavía vive con sus papás y que apenas sabe limpiarse el culo solo? ¿De verdad crees que puedes con la paternidad de un bebé? ¿Tú, que solo sirves para follar en baños de universidad?

Tom palideció, pero no se movió.

—Billie… por favor…

—No —lo corté, fría—Este bebé no va a nacer. Y tú no tienes voz ni voto en esto. Eres solo un niño jugando a ser hombre. Así que hazme un favor: olvida que esto pasó. Olvídate de mí. Sigue con tu novia y tu vida de adolescente.

Lo empujé para poder abrir la puerta.

—Esto se acabó, Tom. De verdad.

Salí del baño sin mirar atrás, con el corazón latiéndome con fuerza y las lágrimas quemándome en los ojos.

No miré hacia atrás ni una sola vez.

&

Terminé la última clase del día con la cabeza todavía dando vueltas por todo lo que había pasado esa semana.

Los alumnos salieron en tropel, como siempre.

Estaba guardando mis cosas en el maletín cuando una de mis compañeras, la profesora de Química, asomó la cabeza en el aula.

—Billie, Elena te necesita en su oficina. Dijo que es urgente.

Fruncí el ceño. No era común que me llamara de esa forma.

—¿Sabes para qué? —pregunté.

—No me dijo. Solo que fueras cuanto antes.

Asentí, terminé de guardar todo y me dirigí a la dirección con una mala sensación en el estómago.

Cuando entré a la oficina de Elena, ella estaba sentada detrás de su escritorio con una expresión seria, casi incómoda.

Me señaló la silla frente a ella.

—Siéntate, Billie.

Me senté.

El corazón ya me latía más rápido de lo normal.

—¿Qué pasa, Elena? ¿Todo bien?

Ella no respondió de inmediato.

Tomó una carpeta manila de su escritorio y me la extendió.

—Esto es para ti.

La tomé, extrañada.

La abrí.

Y el mundo se me cayó encima.

Era una carta de despido.

Oficial.

Firmada por los altos directivos de la universidad.

Efectiva de inmediato.

Me quedé mirando el papel, sin poder creerlo.

Levanté la vista hacia Elena, confundida, casi en shock.

—¿Qué es esto? ¿Por qué me despiden?

Elena suspiró, visiblemente incómoda.

Se quitó los lentes y se frotó los ojos.

—Heidi Kaulitz habló directamente con los directivos. Les contó que el viernes pasado, en el estacionamiento, tuviste una fuerte discusión con ella y que la agrediste físicamente. Dijo que la golpeaste, que la amenazaste y que estás involucrada en un conflicto personal con su familia.

Los directivos no quisieron riesgos. Decidieron despedirte para evitar un escándalo mayor.

Me quedé sin palabras.

La rabia y la incredulidad me subieron por el pecho como fuego.

—Ella mintió —dije, con la voz temblando—Yo no la agredí primero. Ella me golpeó a mí. Me insultó, me empujó…

—Billie…..—dijo Elena bajito, casi con pena—pero su versión es la que llegó primero. Y tiene influencias aquí. Gente importante en el consejo. No quisieron escuchar mi defensa. Lo siento mucho, Billie. Eres una de las mejores profesoras que hemos tenido… pero mis manos están atadas.

Me quedé mirando la carta, con las manos temblando.

Todo por Nick.

Todo por esa maldita venganza que ahora se volvía contra mí.

Me levanté lentamente, con la carta todavía en la mano.

—Entiendo —dije con voz baja, casi sin emoción.

Elena me miró con tristeza.

—Puedes recoger tus cosas con calma. Te daré una carta de recomendación,lo siento de verdad.

No respondí.

Solo salí de la oficina con la carta de despido en la mano y un vacío enorme en el pecho.

Todo se estaba derrumbando.

Y yo… yo ya no sabía cómo detenerlo.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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