
Fic Twc de Beth
Capítulo 15
El hombre se había marchado balbuceando algo sobre una cita urgente, incapaz de sostenerle la mirada a ese «yerno» que parecía leerle el alma.
Bill soltó un suspiro largo, dejando que la tensión abandonara sus hombros. Miró a Tom, quien seguía de pie en medio de la sala, con la mandíbula todavía firme pero la mirada suavizada al posarse en él.
—Gracias por eso —susurró—No sabía cómo lidiar con él.
—Mientras yo viva, Bill, nadie va a venir a este lugar a quitarte la paz —respondió Tom, rodeándolo con sus brazos—Ni él, ni nadie. Los voy a proteger de quien sea.
Bill sonrió, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo, y selló la promesa con un beso lento y profundo en los labios.
El pasado era una sombra, pero ellos eran la luz.
Sentados en el sofá, con el sol de la mañana bañando la estancia, retomaron el tema que cambiaría sus vidas para siempre: la identidad.
—He decidido mantener el Kaulitz —explicó Bill con calma—Es el apellido con el que construí, el que mis hijos conocen y el que nos une a mamá. A ti se te ha asignado el apellido Wieger en los documentos de identidad. Pero, Tom… ahora que legalmente no eres mi hermano, tienes la opción de cambiarlo todo. ¿Quieres seguir conservando el nombre de Tom?
El. asintió sin dudarlo, tomando la mano de Bill entre las suyas.
—Quiero seguir siendo Tom. Es quien soy, es el nombre que tú pronuncias cuando estamos solos. Solo que ahora, Tom Wieger podrá ser, ante la ley, el hombre de Bill Kaulitz.
Bill asintió conmovido y tomó su teléfono.
—Llamaré al abogado asignado para que traiga los últimos documentos. Me dijo que pasaría hoy mismo.
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Media hora exacta después, el timbre volvió a sonar.
Bill, esperando al profesional que terminaría de sellar su libertad, abrió la puerta con una sonrisa profesional. Sin embargo, su expresión se congeló en un gesto de absoluta sorpresa.
Frente a él estaba un hombre rubio, de porte impecable, vestido con un traje de sastre gris que gritaba éxito y sofisticación. Sus ojos claros brillaron con un reconocimiento inmediato al ver a Bill.
—Pasa, por favor —dijo todavía tratando de ubicar esa cara en sus recuerdos.
Se sentaron en la sala, frente a Tom, quien observaba al recién llegado con una desconfianza instintiva, cruzando los brazos sobre su pecho. El abogado dejó su maletín de cuero sobre la mesa y se aclaró la garganta, extendiendo una tarjeta personal.
—Mucho gusto. Soy el licenciado Gustav Schäfer —dijo el hombre con una voz firme y educada—He seguido su caso con especial interés, Bill. Es un placer volver a verte después de tantos años.
Bill sintió que el mundo se volvía pequeño.
Gustav.
El mismo niño dulce y persistente que lo pretendía en la escuela cuando eran apenas unos adolescentes; el mismo que siempre intentaba sentarse a su lado en clase y que le escribía notas que nunca llegaban a su destino porque Tom, con un celo protector y feroz, siempre se encargaba de «quitarlo del camino» antes de que pudiera acercarse.
Tom, que hasta ese momento no lo había reconocido, entrecerró los ojos. El nombre y la cara encajaron en su memoria como una pieza de un rompecabezas violento.
El pequeño rubio al que una vez intimidó detrás de las canchas para que dejara de mirar a su hermano, ahora era el hombre que tenía el poder legal sobre su nueva identidad.
—¿Gustav? —balbuceó Bill, mirando de reojo a un Tom que ya empezaba a emanar una energía peligrosa—No puedo creer que seas tú.
—El mundo da muchas vueltas, Bill —respondió Gustav con una sonrisa enigmática, abriendo el maletín— Pero he venido a terminar lo que empezamos. Firma aquí, Tom Wieger. Hagamos que esta unión sea, finalmente, inquebrantable ante la ley.
La tensión en la sala se podía cortar con un cuchillo.
Tom miraba el papel y luego a Gustav, dándose cuenta de que el destino tenía un sentido del humor muy retorcido: para ser libre con Bill, ahora dependía del hombre que una vez fue su mayor rival por su atención.
El azabache sintió que las mejillas le ardían ligeramente. El peso del pasado, de aquellas tardes escolares donde las miradas de Gustav y la furia protectora de Tom chocaban, parecía materializarse en el aire de la sala. Intentó balbucear una disculpa, buscando palabras que suavizaran la extraña coincidencia de que el niño al que Tom solía amedrentar fuera ahora su salvador legal.
—Gustav, yo… lo de la escuela, nosotros… es decir, no sabíamos que serías tú quien llevaría el caso, de haberlo sabido quizás habríamos… —comenzó Bill, gesticulando con nerviosismo mientras lanzaba una mirada de advertencia a un Tom que se mantenía en un silencio sepulcral.
Gustav, sin embargo, no perdió la compostura ni un segundo.
Con una elegancia que solo dan los años de éxito y una formación académica rigurosa, levantó una mano suavemente para detener la disculpa de Bill. Su mirada era la de un profesional absoluto, despojada de cualquier rencor adolescente.
—Bill, no tienes nada que explicar —dijo con una voz serena y reconfortante—El pasado es solo eso, una referencia. Ante todo, soy un profesional y mi prioridad ha sido garantizar que tú y el señor Wieger tengan la libertad que tanto han buscado. Debo decirte que me da mucho gusto volver a verte; he seguido tu trayectoria empresarial y te felicito de corazón por tus negocios. Has construido un imperio admirable.
Tom relajó un poco los hombros, sorprendido por la altura moral del abogado. Gustav deslizó los últimos folios sobre la mesa de cristal y entregó a cada uno una copia sellada.
—Bien, todo está en orden. Aquí tienen sus nuevas actas y la resolución de la disolución. Como recomendaciones finales —añadió Gustav mientras guardaba sus plumas en el maletín—les sugiero que mantengan un perfil bajo con estos documentos durante los primeros noventa días mientras el sistema central se actualiza. Señor Wieger, evite cualquier altercado legal; su expediente ahora está limpio bajo este nuevo apellido, mantengámoslo así.
Gustav se puso de pie y se ajustó el botón de su chaqueta gris. Miró a Bill con una cortesía impecable y luego asintió hacia Tom con respeto profesional.
—Ha sido un honor cerrar este capítulo para ustedes. Bill, sigue brillando con tus establecimientos. Si necesitan cualquier otra asesoría, ya tienen mi contacto. Con su permiso.
Bill lo acompañó hasta la puerta, sintiendo un profundo respeto por el hombre en el que se había convertido aquel niño rubio.
Al cerrar la puerta, regresó a la sala donde Tom observaba los papeles.
El ciclo se había cerrado de la manera más inesperada: el pasado les había otorgado, finalmente, las llaves del futuro.
&
El sol de la tarde empezaba a descender sobre Berlín cuando la camioneta negra se puso en marcha hacia el colegio.
A pesar de que el día había sido un éxito legal, el silencio dentro del vehículo era denso.
Tom conducía con una mano en el volante, pero su atención estaba puesta en Bill, que miraba por la ventana con la mirada perdida y las manos entrelazadas sobre su regazo, inusualmente callado.
—¿Qué pasa, Bill? —preguntó rompiendo el silencio con esa voz profunda que siempre lograba que Bill regresara a la realidad—Estás muy silencioso desde que se fue Gustav. ¿Te puso nervioso volver a verlo?
Bill parpadeó y forzó una sonrisa suave, estirando su mano para acariciar el brazo de su hermano.
—Nada, mi amor. De verdad, todo está bien. Solo estoy procesando que finalmente tenemos los papeles en la mano. Es mucha emoción para un solo día —mintió con dulzura para no preocuparlo, aunque en el fondo seguía dando vueltas a las sorpresas que el destino les estaba lanzando.
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Al llegar a las puertas del colegio, la escena era un caos de niños y mochilas.
Angelinne y Tom estaban en primera fila, saltando de alegría al ver la camioneta.
Esta vez, venían acompañados por un maestro joven, de aspecto relajado pero con una mirada penetrante, que sostenía a Tom de la mano.
El hombre se acercó a la ventanilla del coche mientras los niños subían atropelladamente a los asientos traseros.
—Buenas tardes. Soy Georg Listing, el nuevo coordinador de actividades extraescolares —se presentó con una sonrisa amable, aunque sus ojos se detuvieron en Bill más tiempo del necesario, recorriendo con curiosidad sus facciones y su estilo impecable.
Tom, que ya tenía los sentidos alerta después de lo de Gustav, sintió una punzada de advertencia.
Notó cómo Georg ignoraba prácticamente su presencia para centrarse en la elegancia de Bill.
El maestro no disimulaba su admiración, manteniendo la mirada fija en Bill mientras este le devolvía el saludo con un gesto elegante de la mano.
—Mucho gusto, Georg. Gracias por cuidar de los niños —dijo Bill con cortesía.
El mayor sintiendo que la mirada del maestro se volvía demasiado personal, carraspeó con fuerza, un sonido seco que resonó en toda la camioneta. La mandíbula de Tom se tensó y sus ojos marrones lanzaron un destello de posesividad que no necesitaba palabras.
—Ya nos vamos —sentenció con frialdad.
Georg, captando el mensaje de inmediato, dio un paso atrás y se despidió con un gesto rápido antes de retirarse hacia el edificio.
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En cuanto las puertas se cerraron, el ambiente cambió radicalmente. El silencio de Bill y la tensión de Tom fueron sepultados por la explosión de voces de los niños.
—¡Papá, papá! ¡Saqué un diez en el examen! ¡Te dije que las trenzas de guerrera me darían suerte! —gritaba Angelinne, agitando su cuaderno frente al espejo retrovisor.
—¡Y a mí me dejaron ser el capitán en el fútbol porque dije que mi papá era el más fuerte! —exclamaba Tom Jr. al mismo tiempo.
Durante todo el camino de regreso, los dos pequeños hablaron a la vez, contando cada detalle de su día: desde lo que comieron hasta cómo sus amigos se quedaron con la boca abierta al ver a Tom.
Los gemelos se miraron por un segundo y sonrieron; a pesar de los maestros entrometidos, los fantasmas del pasado y los cambios de apellido, ese ruido caótico y lleno de vida era la única música que realmente importaba en su nuevo hogar.
&
El calendario había avanzado con una rapidez vertiginosa.
Un mes había pasado desde que la libertad dejó de ser un sueño para convertirse en la rutina de los Wieger-Kaulitz. La mansión era ahora un centro de logística y alegría; se acercaba el cumpleaños del pequeño Tom Jr. y Bill se había echado al hombro la organización de una fiesta que prometía ser legendaria.
Mientras Tom se adaptaba con una disciplina admirable a su nuevo rol gestionando uno de los locales más exclusivos de Bill, demostrando que su instinto para los negocios estaba más afilado que nunca, Bill se encargaba de los detalles: las flores, el catering y los invitados.
Sin embargo, en los últimos días, el ritmo de Bill había disminuido.
Esa mañana, tras despedir a Tom con un beso cargado de promesas y ver a los niños subir al auto con el, Bill no corrió a su oficina. Se dirigió a su habitación con pasos lentos, sintiendo un peso extraño pero familiar en el cuerpo.
Llevaba días lidiando con mareos matutinos y una sensibilidad que lo hacía llorar con cualquier canción en la radio. Como alguien que ya había recorrido ese camino, Bill conocía las señales que su propio cuerpo le enviaba.
Con las manos temblorosas, sacó de su escondite una pequeña caja que había comprado en secreto.
Se encerró en el baño principal, con el corazón latiéndole contra las costillas como un pájaro enjaulado.
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Minutos después, estaba sentado en el borde de su inmensa cama, con la mirada fija en el pequeño objeto de plástico que descansaba sobre la colcha de seda.
El silencio de la habitación era absoluto.
Cuando finalmente reunió el valor para mirar, el resultado estaba allí, claro y contundente:
Dos líneas rosas. Positivo.
Bill sintió que el alma se le estrujaba, pero no por el terror que sintió años atrás cuando estaba solo y perseguido. Esta vez, una calidez infinita le recorrió el vientre.
Las lágrimas comenzaron a brotar, calientes y rápidas, empapando sus mejillas. Se llevó las manos a la cara, soltando un sollozo que era pura felicidad.
—Otro bebé… nuestro bebé, Tom —susurró para sí mismo, acariciando su vientre todavía plano.
Este niño no nacería en medio de la huida ni de la ausencia; nacería en una casa llena de luz, con un padre que lo esperaba con los brazos abiertos y una familia que finalmente era libre ante la ley y ante el mundo. Bill se dejó caer de espaldas sobre la cama, riendo entre lágrimas, imaginando la cara de Tom cuando supiera que el regalo más grande para el cumpleaños de su hijo no vendría en una caja, sino en el latido de un nuevo corazón.
Mientras Bill asimilaba la noticia del milagro que crecía en su interior, en el otro extremo de Berlín, Tom se encontraba en una misión secreta que requería tanta precisión como una operación de rescate.
Sentado en la oficina privada de uno de los locales de moda, no estaba revisando facturas, sino observando una pequeña caja de terciopelo azul marino que brillaba bajo la luz de la lámpara.
Frente a él, Candy quien se había convertido en su cómplice oficial desde que se conocieron semanas atrás tomaba un sorbo de café con una sonrisa de absoluta satisfacción.
—Tiene que ser perfecto, Candy —decía pasando su dedo por el borde del anillo de diamantes negros y platino que había mandado a diseñar especialmente para Bill— Él ha pasado diez años construyendo paredes para protegernos. Ahora quiero que sepa que yo soy el cimiento que lo va a sostener el resto de su vida.
Candy dejó la taza sobre la mesa, con los ojos brillando de emoción.
—Lo será, Tom. Conozco a Bill mejor que nadie, y créeme que nada lo hará más feliz que esto. El día de la fiesta del pequeño Tom es ideal. Estará rodeado de la familia que él mismo salvó, y tú le darás el lugar que siempre le perteneció ante el mundo.
Tom asintió, sintiendo una mezcla de nervios y determinación.
Habían planeado cada detalle: justo después de que el pequeño Tom soplara las velas y la alegría estuviera en su punto máximo, el pediría un momento de silencio.
—Quiero que sea frente a todos —continuó guardando la caja en el bolsillo interno de su chaqueta— Quiero que vean que Bill Kaulitz ya no está solo. Que ahora es el esposo de Tom Wieger y que nadie, nunca más, podrá cuestionar nuestro vínculo.
Candy le dio una palmadita en la mano, dándole ánimos.
—Él no se lo espera, Tom. Está tan distraído con los globos y el catering que ni siquiera ha notado que tú y yo hemos estado desapareciendo por las tardes. Va a ser el mejor cumpleaños de la historia.
Tom sonrió, una sonrisa de hombre libre que sabe que el futuro finalmente le pertenece. Lo que él no sabía era que, mientras él preparaba una joya para el dedo de Bill, Bill ya llevaba en su vientre la joya más valiosa de su vida.
El destino estaba tejiendo un tapiz perfecto para el día de la fiesta: una propuesta de matrimonio, un cumpleaños feliz y la llegada de un nuevo integrante que sellaría para siempre el amor de los hermanos que vencieron al mundo.
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El jardín principal estaba adornado con hileras de luces cálidas que colgaban de los árboles, y enormes globos en tonos plata, azul profundo y blanco rodeaban una mesa de dulces que era el sueño de cualquier niño. Bill se había superado a sí mismo: cada detalle, desde las flores frescas hasta la estación de juegos para los pequeños, gritaba perfección.
El lucía radiante, aunque solo él sabía el secreto que guardaba bajo su impecable traje de seda color crema. Su piel tenía un brillo especial y, aunque se movía con elegancia entre los invitados, su mano buscaba instintivamente su vientre plano cada vez que se quedaba a solas un segundo.
La fiesta estaba en su punto máximo. Los compañeros de clase de Tom Jr. corrían por el césped, mientras las amiguitas de Angelinne admiraban su peinado y su vestido, todo bajo la supervisión de padres que miraban con asombro el lujo de la residencia.
Entre los invitados, el saludaba a las amistades que había cultivado en su camino al éxito: empresarios, artistas y algunos de los clientes más fieles de sus locales.
Candy se movía entre la multitud con una copa de champán, lanzándole guiños cómplices a Tom, quien se veía imponente con un traje oscuro que resaltaba su madurez y su porte protector.
Incluso Gustav estaba presente.
El mantenía una charla amena con algunos colegas de Bill…mientras que el observaba la escena con respeto, dándose cuenta de que el vínculo entre esos dos hombres era una fortaleza inexpugnable.
Tom no perdía de vista a Bill.
A pesar del ajetreo, sus ojos buscaban constantemente los de su pareja. Sentía una electricidad en el aire, una mezcla de los nervios por la propuesta que llevaba oculta en el bolsillo y la felicidad de ver a su hijo rodeado de amigos, celebrando la vida que alguna vez pareció imposible.
—Todo está precioso—le susurró Tom al oído, aprovechando un cruce en el buffet de postres—Has hecho un trabajo increíble. Eres el alma de esta familia.
Bill le sonrió, una sonrisa cargada de un misterio dulce que Tom todavía no lograba descifrar.
—Aún no has visto nada, amor. Este día apenas comienza.
El sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de Berlín de color violeta, señal de que el momento de las velas y de las grandes revelaciones estaba a solo unos minutos de distancia.
La música suave llenaba el ambiente, y mientras los niños reían, los dos hombres se preparaban, cada uno a su manera, para cambiar el rumbo de su historia una vez más.
Continúa…
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