Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 5
La llegada a mi nuevo apartamento al día siguiente fue demasiado agotadora para mí. No pude dormir bien por la noche, por una parte porque el colchón de la camilla era una mierda, y por otra… porque no podía dejar de pensar en Tom y en el hecho de que estaba esperando un bebé que también llevaba su sangre.
Había decidido mantenerlo oculto, pero de una forma u otra la idea de simplemente contárselo y poner reglas era demasiado tentadora. Debía admitir que no contarle sobre la existencia de este bebé me hacía sentir fatal, porque tenía en cuenta que ambos habíamos pasado por el dolor de perder a nuestros gemelos. Pensaba en que a Tom podría hacerle feliz, muy feliz, saber que íbamos a tener un hijo. Aunque eso no ayudaría en nada a nuestra relación, que ya estaba completamente acabada. Pero sí quería contárselo y era jodido, porque ayer juraba que no, y ahora yo… estaba en medio de una simple indecisión.
—Debes comer muy sano a partir de ahora.— me decía Sophia mientras se sentaba conmigo en el sofá. —Ay no, es tan bonito.— Sophia estaba demasiado feliz por saber de mi embarazo y de que pronto tendría a mi bebé. —Debes ir pensando ya en el nombre, ¿eh? El mes que viene podremos ver si es niño o niña. Y lo mejor será que no te esfuerces demasiado en el trabajo.
Sonreí.
—¿Sabes? Estaba pensando y… la idea de ocultarle el embarazo a Tom no es del todo buena. No quiero que la señora Charlotte o el señor Gordon sientan que quiero mantenerlos alejados del bebé, vienen siendo sus abuelos después de todo. Y Travis… su tío.— solté un resoplido profundo. —No sé qué hacer, Alex me ha pedido que, por favor, me mantenga alejado y tiene sus razones.
—Es un tema complicado.— susurró mi amiga. —Pero si ellos se enteran, quizás Tom de alguna forma también lo haga.
Eso yo lo sabía, por eso estaba entre el sí y el no.
—Estaba pensando en contárselo de todas formas.— Sophia me miró rápidamente, pasó de quitarse los zapatos a verme. Suspiré. —Obviamente le pondría reglas, pero dudo mucho que las cumpla. Es difícil porque yo no quiero verlo, pero tengo en cuenta que ambos perdimos a nuestros primeros hijos. No sé, Soph…— solté un jadeo frustrado. —Perderé la cabeza si sigo pensando en eso.
—La decisión es tuya.— me dijo sonriéndome cálidamente. —Yo te entiendo porque sé que no quieres verte como el malo aquí, pero es esencial que pienses en tu bienestar. Es más importante que cualquier otra cosa. Si sientes que no estarás cómodo con la presencia de Tom, entonces no digas nada, amor. Hazlo cuando te sientas preparado y listo, no te agobies.
Solté una pequeña risita.
—Vale, me lo pensaré muy bien antes de hacer alguna locura.— bufé, dejándome caer contra el respaldo del sofá. —Aún no me creo que esté esperando un bebé, tengo muchísimo miedo de lo que pueda pasar. No es el momento adecuado, pero la vida se burla de mí.— gimoteé. —Jo, es muy cruel.
—Ay, baby, supongo que es cuestión de asimilarlo.— comentaba ella. Vi cómo Alfia venía hacia mí y me apresuré a cogerla para alzarla y ponerla sobre mis piernas. —Hay que tener cuidado a partir de ahora.
Asentí lentamente con la cabeza.
—¿Sabes algo sobre si Brian ha dado algún ataque al Clan Geist? Los siento demasiado tranquilos y eso no es bueno, quién sabe qué estarán planeando.
—Según lo que sé, mató a varios hombres del Clan que se la pasaban por los barrios bajos. Los hombres de Zar mataron a ocho, ¿o fueron seis? Y dejó una nota. Travis no me dio detalles sobre lo que decía el papel, y yo no le pregunté. Tuvieron una reunión con los clanes de la alianza que hicieron, están preparados para cualquier ataque.
Volví a asentir suavemente con la cabeza, comprendiendo.
—Bien, igualmente si pasa algo de enorme magnitud la DEA se enterará.— me relamí los labios y me puse de pie, dejando que Alfia se fuera después de darle unas caricias. —Tengo miedo de que estén vigilándome ahora.
Sophia frunció el ceño.
—¿Por qué, cielo?
—Porque Natalie no está contenta con saber que sigo vivo. Cuando fui a visitarla le dije muchas cosas.— hice una mueca con mis labios. —Es una perra, ella quiere acabar conmigo, pero está equivocada si piensa que voy a dejarme. No soy el mismo de hace diez años, y ahora tengo mucho más conocimiento de todo. Y Brian… ese imbécil seguramente pensará en usarme a mí para joder a Tom, como hizo la primera vez.
—Ya me estoy preocupando, no quiero que te pase nada.— la rubia se puso de pie. —Pídele a Alex un grupo de escoltas, los necesitas. Quizás uno o dos hombres, los mejores, que puedan cuidarte. O no sé, amor, lo que sea.
Eso era una buena idea.
—Vale, es una buena idea.
Ella asintió.
—¿Ahora cómo te dejo solo?— fruncí el ceño ante su pregunta, muy confundido. —Tom quiere que vuelva a Alemania cuanto antes, dice que tiene un trabajo para mí y que me necesita. Debo hacer de encubierto en México, no sé qué es lo que quiere, pero me pondrá al tanto en cuanto esté en Alemania.
—¿Por qué no me dijiste nada antes?— me puse triste, ya me había acostumbrado a la presencia de Sophia.
—Lo iba a hacer, pero luego pasó lo de tu mareo y, bueno, digamos que se me olvidó.
—¿Y cuándo te ofreció el trabajo?
—Ayer, justo recibí su mensaje y después me llegó el tuyo avisándome de que estabas en la clínica.— suspiró y yo hice un puchero con mis labios. —Tendré que viajar esta noche.
—¿Y cuánto tiempo estarás en México haciendo eso por él?
Ella se encogió de hombros.
—No lo sé, cariño.— sollozó y luego se acercó a mí para abrazarme, yo le correspondí al instante. —Pero espero estar aquí cuando nazca el o la baby. Estaremos en contacto siempre, en todo momento, y tú aquí tienes que cuidarte mucho, si no dejaré todo tirado para venir a tirarte de las orejas.— me reí por eso. —Ay, te voy a echar de menos.
Nos separamos para mirarnos a la cara.
—¿Ya nos estamos despidiendo?
—Sí.— me sonrió. —Tengo que ir a hacer las maletas, ¿me acompañarás al aeropuerto?— asentí lentamente con la cabeza como respuesta. —Bueno, entonces tienes que estar listo antes de las siete. A las ocho sale mi vuelo y el aeropuerto queda lejos. Espero que no haya tráfico porque voy justa de tiempo.
—No lo invoques.
—Vale.— hizo con sus dedos el gesto de cerrar sus labios. —Nos vemos en…— miró la hora en su reloj y sonrió. —En once horas.
Le sonreí y ella se fue a los pocos segundos. Yo tenía un turno que cumplir en la DEA esa mañana, así que me duché para ponerme el uniforme y, después de dejarle comida a Alfia, salí del apartamento. Conduje mi coche hasta la Sede y llegué lo más rápido que pude para ocupar mi lugar en la oficina de Alex. Compartíamos oficina temporalmente mientras resolvíamos el caso de Natalie. Pero después de las pequeñas cosas que han pasado entre nosotros… humm.
Y digo «pequeñas» porque no ha sido más que un beso.
Al estar frente a la puerta llamé tres veces y, tras recibir su permiso para entrar, pasé al interior de la oficina.
—Buenos días.— saludé mientras pasaba de largo hacia mi sitio, donde me encontré una pila enorme de documentos que me dejó boquiabierto. Ladeé la cabeza para mirar a mi jefe, que me observaba con una sonrisa burlona en el rostro. —¿Y todo esto?
—Sheryl ha venido a dejar eso ahí.— dijo entre una exhalación divertida, encogiéndose de hombros. —Dijo que en cuanto llegaras vieras todo eso, son sus propias conclusiones sobre el tema de Natalie.— mientras lo escuchaba, tomé asiento detrás de mi escritorio. —Las ha estado acumulando durante todo este tiempo, solo tendrías que leer sus suposiciones. Dice que tú lo entenderías.
—Por un momento pensé que eran otras cosas, ya iba a quejarme por querer explotarme demasiado, jefe.— me burlé, dedicándole una mirada rápida. —Por cierto, iba a preguntarte si podría salir temprano hoy. Sophia hará un viaje y quiere que la acompañe al aeropuerto.
Alex asintió lentamente con la cabeza.
—Claro que sí, ¿a qué hora?
—Su vuelo sale a las ocho, podría ser a las seis.— comenté.
—Vale, no hay problema.
—Gracias.— volví la mirada a la pila de documentos y sentía que tenía que hablar sobre lo ocurrido ayer, pero no sabía cómo sacar el tema. Mi mirada iba de la pila de papeles a Alex, que estaba concentrado firmando unos documentos. Me sentía nervioso y era ridículo, si fui yo quien lo besó, tendría que ser yo quien hablase. —Oye, Alex…— le llamé con duda, él levantó la mirada hacia mí soltando unos papeles.
—¿Mm?— hizo un sonido gutural.
—Tú y yo tenemos un tema del que hablar…
Él alzó ambas cejas.
—¿Quieres hablar de eso ahora?
—Sí y no.— me miró confundido ante mi respuesta, cosa que me hizo reír y dejar de estar tan tenso. —Es que me siento algo… ¿avergonzado?
Él volvió a arquear ambas cejas sorprendido.
—En serio, perdóname. Yo… yo me dejé llevar un poco.— decía mientras movía las manos al hablar, y Alex solo hacía pequeños asentimientos con la cabeza sin borrar esa sonrisita de sus labios.
—Tranquilo.— me dijo. —Todo bien, yo sé que estábamos como… como acelerados.— soltó otra risita ahogada. —Como con la adrenalina por las nubes.— murmuró. —Y seguramente confundiendo las cosas…
Negué rápidamente con la cabeza.
—No, Alex… es que no me arrepiento de lo que pasó, sino de cómo pasó, eso es todo.— le hice saber y él se quedó en silencio sin entender. —Fui impulsivo, y sí, no lo pensé, no estaba en mis planes, pero no me arrepiento de haberte besado.— Alex parpadeaba estupefacto. —De verdad quiero intentar algo contigo.— confesé y ya no había rastro de nervios en mi voz.
—Ah… pues…— lo dejé sin palabras, se rascó la cabeza en un gesto nervioso. —Ya veo.
No pude evitar reírme por su expresión, es que se veía tan adorable de cierta forma. El hecho de que parpadeaba y miraba hacia todos lados sin saber dónde posar la mirada, relamiéndose los labios cada vez que podía.
—Joder, no sé qué decirte.— murmuró después.
Yo resoplé.
—¿Acaso no quieres?
—No, o sea, sí.— cogió aire profundamente. —Joder, claro que quiero, ¿por qué no iba a querer? Pero es que no lo entiendo, me confundes, no sé qué decirte ni cómo reaccionar, y estoy actuando como un completo idiota.
Me humedecí los labios.
—Ay, Alex…— suspiré negando con la cabeza mientras mantenía una pequeña sonrisa en mis labios. —Aun así, me gustó.
—¿Qué? ¿El que…?— él captó a qué me refería cuando alcé las cejas, recordó rápidamente el beso de ayer. —Oh…
Solté una pequeña risita.
—Tenía que decirlo, perdón.— dije con diversión.
—Dios, ¿qué voy a hacer contigo?
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Hacía un frío horrible, que ni con la gabardina más gruesa y pesada que llevaba puesta conseguía taparme. Ya estaba todo oscuro, eran alrededor de las siete y media y Sophia y yo estábamos llegando al aeropuerto. Ella había pasado a buscarme para que, al volver, pudiera llevarme su coche y, bueno, estábamos entrando al interior del lugar.
Y como siempre, yo iba contándole todo lo ocurrido porque eso no podía faltar y porque nos mantenía entretenidos a los dos.
—Siento que Alex estaba confundido, pobrecito.— decía Sophia con un pequeño puchero falso en los labios. —¿Vosotros cuánto tiempo lleváis conociéndoos?
—Nueve años.— respondí.
—Ya veo, ¿y vas a darte tiempo, ya sabes, para formalizar una relación con él? Porque si ya tienes claro que quieres darle una oportunidad, imagino que habrás pensado en eso.
Resoplé.
—Ay, Soph, siento que nos conocemos lo suficiente después de tantos años trabajando juntos.— murmuré. —Así que no veo necesario eso de darnos tiempo. Además, tampoco hace falta porque quiero que las cosas vayan fluyendo poco a poco. Es decir, dejar que las cosas sigan su propio camino sin meter presión ni nada de eso. Quiero ver si puedo estar con alguien más porque me nace, de verdad quiero intentarlo, pero necesito saber si mi corazón puede hacerlo. Y no quiero ilusionar a Alex.
Sophia me sonrió.
—Entonces asegúrate de que eso quede claro, ¿sí, bebé? Puedes contarme cada cosa que yo voy a estar aquí respondiéndote y aconsejándote siempre.
Asentí con la cabeza mientras me humedecía los labios.
—Amor, si Tom pregunta por mí…
—Tranquilo.— se apresuró a decirme. —No le diré nada de que lo has estado pasando mal, quizás eso le suba el ego. Mejor se lo cuentas tú cuando quieras hablar con él, aunque siento que no haría falta, pero bueno.
—¿Por qué?
—Bebé, han pasado cinco meses. No ha venido a buscarte y créeme, eso también me enfada a mí porque no he visto ningún intento suyo de venir a pedirte perdón, de recuperarte, nada.— refunfuñó frunciendo el ceño. —Y te fue infiel, no hace falta ir a verlo y decirle «hemos terminado» porque está más que claro que las cosas acabaron la última vez que os visteis.
—¿Eso es lo que se hace?— pregunté completamente confundido. —Tom ha sido la única relación que he tenido y… no sé, pensaba que tendríamos que hablar del tema. Al menos para quedar bien, para no seguir guardándole más rencor del que ya siento.
Sophia suspiró.
—Bueno, si eso es lo que quieres, entonces sí. Ve preparándote mentalmente para decirle adiós a la cara. Mejor que terminéis bien y te asegures de que él no va a molestarte cuando se entere de la relación entre tú y Alex… cuando pase.— me miró con picardía. —¿Has pensado lo de hablarles sobre el bebé?
—Estoy debatiéndome sobre si hacer la llamada…
—Si lo haces, ten en cuenta los pros y los contras, sobre todo los contras, Bill.— me dijo. —No quiero que luego no puedas soportar su presencia y vuelvas a sentirte mal. Como te dije, tu paz es lo primero.
Suspiré mientras asentía con la cabeza. Anunciaron el vuelo de Sophia y no me quedó más remedio que despedirme de ella con un abrazo enorme. Me prometió estar para el nacimiento de mi bebé y, bueno, solo serían unos pocos meses. O al menos eso esperaba, yo quería que ella estuviera presente en ese momento. Había visto casos donde cambiaban a los bebés en los hospitales. No quería que eso me pasara a mí.
De vuelta a casa decidí parar en una heladería para comprar algo que comer por el camino. Me decidí por un cucurucho de pistacho con doble bola y sus respectivos toppings.
Al llegar a casa me quité la gabardina y me puse un buso blanco holgado, encima una chaqueta que me cubriera del frío, junto con unos pantalones deportivos. Con el pelo suelto y unos auriculares puestos para ir escuchando música, saqué a Alfia a pasear al parque que quedaba algo lejos del edificio donde vivía, pero al menos podríamos caminar un poco. Durante todo el trayecto estuve pensando muy bien si contarle o no a Tom…
Algo me empujaba a hacerlo.
Al menos debía intentarlo, llamarle, contárselo y aprovechar para ponerle fin a todo de una vez por todas. Podríamos llegar a un acuerdo donde él mantuviera la distancia que debía mantener conmigo. No sé, también estaba el tema de la promesa que le había hecho a Alex. Tenía la cabeza hecha un lío y, a la vez, ese impulso de hablarle. Tenía la esperanza de que Tom pudiera entenderme, que pudiera mantener las distancias.
O eso quería creer.
Después de asegurarme de que Alfia hiciera sus necesidades, me senté en un banco cercano de cemento. Metí mi mano derecha en el bolsillo donde estaba mi móvil. Había estado en contacto con Bach siempre, era el único contacto que permanecía siempre el primero de la lista de todos los que tenía. Con un nudo terrible en la garganta y los dedos temblándome, busqué el contacto que tenía bloqueado. El de Tom.
Lo desbloqueé con dificultad, me costó muchísima fuerza de voluntad hacerlo. Pero pulsé en la pantalla el icono de llamada. Fue un acto que no pensé demasiado y me llevé el móvil a la oreja de golpe. No sabía qué iba a decirle y probablemente, en cuanto escuchara su voz, me quedaría mudo y acabaría colgando la llamada. Pero al menos estaba haciendo el intento.
Sonaron los primeros tres tonos y, cuando llegó al quinto, pensé que no respondería. Iba a rendirme, colgar la llamada y apagar el móvil por si me devolvía la llamada.
Pero entonces contestó.
Contuve la respiración al ver el contador de números en la pantalla y me llevé el móvil a la oreja otra vez, conteniendo el aire. Había olvidado cómo respirar.
Iba a hablar, pero se me adelantaron.
Se escuchó un resoplido al otro lado de la línea.
—¿Benjamín?
Contuve la respiración al reconocer esa voz femenina. La voz de aquella mujer con la que me engañó. No supe qué expresión puse, quizás me quedé pálido.
—Escucha, no sé para qué estás llamando a Klaus después de tanto tiempo. Por favor, sigue con tu vida y déjalo en paz, ¿vale? Él no te necesita, no te hagas más ilusiones con él, ya no volverá, ¿entendido?— mi respiración falló, pude sentir cómo mis piernas flaqueaban y no podía distinguir el dolor que estaba sintiendo. Pero era tan inmenso, tan fuerte, que mis ojos se llenaron de lágrimas de golpe. —No llames más.
Aparté el móvil de mi oreja rápidamente y colgué la llamada. Mi respiración estaba acelerada, sentí una fuerte presión en el pecho. No podía, no me llegaba el aire. Apreté la correa de Alfia y me levanté para salir de ahí caminando. Sin embargo, sentía que no podía dar más de dos pasos sin notar cómo mi cuerpo pesaba, así que caí de rodillas sobre el césped recién cortado y me llevé las manos al rostro.
Los sollozos empezaron a salir de mí sin control, sacudiendo mi cuerpo con fuerza. Me dolía la garganta, me dolía todo otra vez, y no sabía por qué si yo ya me había hecho a la idea de que él estaba con ella. Pero confirmarlo con esa llamada fue horrible, era lo único en lo que podía pensar: en que él estaba con ella porque entonces… ¡¿por qué otra razón esa zorra tendría su móvil?! Sentía el corazón aún más destrozado, si es que eso era posible.
Era un idiota, sí. Joder, era un iluso por pensar que el amor de Tom siempre iba a ser mío.
Maldecía el momento en el que se me ocurrió llamarlo. Maldecía el día en que lo conocí, en que me enamoré, en que le di todo lo que le di, todo lo que sufrí… para nada. Porque en cuanto apareció la primera que se le cruzó por delante, se metió con ella, me engañó. Enamorarme de él había sido mi castigo. La vida me estaba pasando factura, ¿cómo no lo vi antes? Estas eran las consecuencias que estaba pagando por no haberle hecho caso a mi padre, y me arrepentía muchísimo de haber huido con Tom de aquel internado. Joder.
Como pude, me levanté del suelo y caminé llorando con un dolor enorme en el pecho. Las personas a mi alrededor no existían, solo estaba yo, caminando sin saber a dónde iba, pero no era a mi apartamento. Mi corazón era como un vagabundo, roto en tantos pedazos… ¿podía romperse aún más?
Maldito Tom. Maldito.
Lo maldecía una y mil veces. Él nunca debió conocerme y yo nunca debí enamorarme de él. Tanto empeño que puso en entrar en mi vida para acabar dejándome con un desastre emocional enorme.
Ese rencor que sentía desde que todo empezó ahora se había alimentado más, ese asco también había aumentado. ¿Era normal sentir tanto odio por la persona que amabas con toda tu alma? Porque yo lo estaba sintiendo. Era una rabia tan enorme que sentía que no me cabía en el pecho. Me sentía tan humillado, como un perro volviendo a su vómito, pensando en hacer algo bueno al contarle que estaba esperando un bebé suyo. Pero me había equivocado. Ese siempre había sido mi problema: ser demasiado empático con personas que no lo merecían.
Me reí en medio de todo aquel dolor, sí, me reía mientras sorbía por la nariz y me limpiaba las lágrimas. ¿Qué hacía llorando si solo era una jodida decepcionada más?
Él me había obligado a irme, me había empujado a hacerlo, a dejarlo. Por lo único que le agradecía era por haberme destrozado así el corazón, por haberme dado ese golpe de realidad que tanto necesitaba y por herirme cuando yo no lo merecía. Se lo agradecía porque, si no hubiese sido así, jamás habría encontrado la forma de alejarme de él por mi cuenta.
Me arrepentía de haber gastado mi tiempo, mi presencia y mi lealtad en una persona que nunca debió formar parte de mi vida. Y quizás la culpa fue mía por pensar que todo podría volver a ser como antes, que podríamos continuar la historia que dejamos con un punto y coma hace diez años. Por pensar que él iba a amarme y respetarme con la misma intensidad que antes, con la misma intensidad con la que yo lo hacía.
Me estaba haciendo sentir la persona más insuficiente del mundo. Le estaba llorando a ese hombre todas las sonrisas que me había sacado.
Intentaba convencerme de que no me dolería, pero joder, mi corazón estaba latiendo tan rápido que podía compararlo con una maldita taquicardia. Y en medio de todo eso… deseaba con todas mis fuerzas que aquella mujer y ese hombre pagaran. Sí, que pagaran, que derramaran todas las lágrimas que yo estaba derramando por culpa de ambos. Que sufrieran como nunca antes. Lo deseaba.
—¿Benjamín?— la voz de Alex me sacó de mi ensimismamiento.
Estaba frente a su puerta y la había estado golpeando sin darme cuenta, había llegado hasta allí sin siquiera notarlo. Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo y la preocupación apareció en su rostro. Rápidamente abrió la puerta del todo y me hizo pasar mientras los espasmos del llanto sacudían mi cuerpo.
Alex me guio hacia dentro. Tenía la chimenea eléctrica encendida y el apartamento estaba cálido. No hacía el frío de fuera, pero yo no dejaba de llorar por mucho que lo intentaba. No podía evitar que las lágrimas siguieran cayendo. Él no preguntó nada, me quitó la correa de Alfia, me sentó en el sofá, cerró la puerta y volvió conmigo. Se sentó a mi lado.
—Oye, ¿qué pasa, Bennie?— me preguntó con una voz suave y baja. —Dime qué ocurre.
—Que soy un idiota, Alex.— sollocé con la voz rota. —Le llamé para contarle lo de mi embarazo y… y me respondió ella. L-la mujer con la que me engañó…
Aunque se lo conté a medias y con una voz que apenas se entendía, él no intentó sacar más información. Sus brazos rodearon mi cuerpo, mi cabeza quedó apoyada sobre su pecho y estuvo consolándome hasta que simplemente me quedé dormido con las lágrimas secas en mis mejillas.
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TOM
-Tiempo antes-
Después de que Travis me sacara del apartamento, prácticamente tirando de mí de una oreja, me vi obligado a volver a ocuparme de mis responsabilidades. Las cosas en el bar iban fatal porque, sin mi liderazgo y mis ideas, Georg no había sido capaz ni siquiera de llevar un buen negocio. Las ventas habían bajado porque no había presupuesto para los trajes de las bailarinas. Yo tenía que firmar los cheques porque el bar era mío. Ni siquiera Travis hizo nada, solo se excusó diciendo: «tú debías estar al mando de tus cosas».
Tuve que hacer muchísimo papeleo para arreglar las cosas y, con respecto a las bailarinas, me pasé todo el rato, con todo el pesar del mundo, escuchando a Catalina hablar sobre todo lo que hacía falta, haciendo una lista de las cosas. Me mencionaba los pagos atrasados y cómo había tenido que cancelar muchos shows durante todo este tiempo.
Me tomé un descanso de su charla y salí fuera con la excusa de que iba al baño, solo para acercarme a la barra y pedir una copa. A esas se le sumaron como diez más de whisky puro para calmar las voces de mi cabeza. No había ni un solo minuto en el que no pensara en Bill, en el que no me lo imaginara, en el que no soñara con él incluso despierto. Solo tenía que cerrar los ojos y ahí estaba, recordándolo tal y como aparecía en mis sueños.
Estaba enfadado conmigo mismo. No sabía si seguir esperando o ir a buscarlo. ¿Cuál era la mejor opción o es que ambas eran la peor?
Tuve la intención de buscar mi móvil para al menos intentar escribirle un mensaje, aunque sabía que no se enviaría porque no tendría el valor de hacerlo. ¿En qué momento me había vuelto tan cobarde? No lo sabía. La cuestión era que, al tocar mi bolsillo, no noté el aparato y con mucha amargura recordé que lo había dejado sobre la encimera del escritorio de Catalina.
Joder. Tendría que volver allí a buscarlo, y obviamente no tardé nada en hacerlo. Dejé el vaso sobre la encimera con un golpe seco después de beberme todo el líquido de golpe. Caminé entre la multitud hasta la oficina de Catalina, no llamé a la puerta, simplemente giré el pomo y la vi.
Su pelo ondulado caía a ambos lados de su rostro, con muchísimo volumen. Y entre sus manos tenía mi móvil, la luz de la pantalla apenas iluminaba sus facciones. Fruncí el ceño porque la vi sobresaltarse en cuanto se dio cuenta de mi presencia.
—¿Qué haces con mi móvil?— le pregunté tajante, entrando directamente en la oficina.
Catalina levantó la mirada y dudó antes de responder.
—Y-yo…
Al estar cerca, le arrebaté el móvil y la miré mal, esperando todavía que dijera algo ante la pregunta que le había hecho. Levanté una ceja y ella suspiró.
—No pienses mal, Klaus. Es solo que pensé que te estaban llamando, pero no, era una llamada spam.
La miré sin creerme del todo eso y yo mismo me puse a revisar el historial. No había ninguna llamada.
—¿Por qué me mientes?— pregunté con muchísimo enfado. —No hay ni una puta llamada entrante, ¿qué estabas haciendo?
—Es que la borré sin querer.— se excusó rápidamente y se puso de pie de golpe. —No fue intencionado, perdón por eso.
—No vuelvas a tocar mis cosas, Catalina.— la amenacé con una mirada helada. —No te tomes la confianza de coger lo que no es tuyo. Te aviso desde ya que te mandaré a otro de mis bares en Múnich.
—¿Qué?— soltó ahogadamente.
No le respondí porque no me dio la gana. La miré de arriba abajo con desprecio y me giré para marcharme de allí.
—¡No, Klaus, espera!— la escuché gritar mientras corría detrás de mí para alcanzarme. —¡¿Por qué?! ¡¿Acaso he hecho algo mal?! Hasta ahora he sido muy eficiente con el trabajo y ya me he acostumbrado a estar aquí, no me hagas esto, por favor.
Con un gesto de la mano les indiqué a los guardias que vigilaban las puertas del ascensor que lo abrieran. Entré dentro y me giré para ver a una Catalina jadeando, con una expresión de horror en la cara por lo que acababa de decirle.
Y es que no mentía, iba a mandarla a Múnich y, en cuanto a las bailarinas… tendría que deshacerme de ellas. Me había pasado cinco meses sin hacer absolutamente nada, así que tenía que intentar algo. Sacar la basura, al menos.
Pero tendría que pensar dónde las mataría, cómo lo haría y dónde las dejaría para que sus cuerpos no aparecieran nunca.
Las puertas del ascensor se cerraron y pulsé el botón para subir. En cuestión de un minuto llegué a mi apartamento y entré. No dejaba de darle vueltas a todo, al hecho de haber encontrado a Catalina con mi móvil y a cómo noté que me había mentido en mi propia cara. Algo estaba haciendo con el aparato y por eso se puso tan nerviosa cuando entré en su oficina, pero ¿qué exactamente?
No tenía forma de saberlo.
En fin… había llamado a Sophia porque la necesitaba para entregar a Salazar. Le ayudé a escapar, pero únicamente con un propósito, y el Clan Geist necesitaba seguir expandiéndose. Debía quedarme con el Cartel en Sinaloa de Salazar, entregarlo a la DEA y necesitaba a Sophia de encubierta.
Obviamente también la mandé llamar porque, después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que su influencia podía ser muy mala para mi moreno. Conocía a Sophia y ella me tenía un odio enorme por lo que pasó. No me sorprendería si estuvo metiéndole ideas a Bill en la cabeza para ponerlo en mi contra. Tenía que evitar eso a toda costa y lo mejor era que se mantuviera lejos de mi moreno.
No la quería cerca de él, así que era mejor mandarla a México.
Solté un bufido molesto cuando escuché mi móvil vibrar en mi mano. Sin ganas ni energía, agarré el aparato con fastidio. Levanté la mano y miré la pantalla iluminada con los ojos entrecerrados porque al encenderse la luz me dio directamente en la cara. Fruncí el ceño confundido al ver un número completamente desconocido llamándome insistentemente.
No me puse a pensar quién podía ser a esas horas. Simplemente descolgué la llamada mecánicamente y me llevé el móvil a la oreja.
—¿Sí?— dije con la voz ronca y cansada, todavía áspera por el alcohol que había tomado abajo.
Me dirigí hacia el sofá para sentarme, pero al otro lado de la línea nadie respondió. Solo escuchaba silencio, roto únicamente por una respiración suave.
—¿Hola?— mi voz sonó más seca ahora, con irritación. ¿Era otra llamada spam? ¿Catalina me había dicho la verdad?
No estaba de humor para bromas telefónicas estúpidas y no entendía quién demonios podía estar llamándome porque mi número era privado. Muy pocas personas lo tenían, solo mi círculo más cercano. Y al mismo tiempo me sorprendía que no fuera Travis echándome la bronca por cualquier tontería que hubiese descuidado por estar perdiendo el tiempo emborrachándome sin parar.
Después de varios segundos más de silencio, cuando pensé que nadie iba a hablar, solté un gruñido. Y entonces, al otro lado de la línea, se escuchó una pequeña risa breve. Mi ceño se frunció aún más.
—Joder, no estoy para jueguecitos infantiles.— gruñí con amenaza en la voz.
Iba a apartarme el móvil de la oreja, colgar la llamada de golpe y tirar el aparato a la alfombra sin importarme si caía mal y se rompía en mil pedazos. Ese era exactamente mi pensamiento.
Hasta que alguien finalmente respondió, justo antes de que siquiera pudiera separar más de tres centímetros el móvil de mi oreja.
—Querido Klaus König.— dijo la voz al otro lado con un tono burlón.
La misma voz inconfundible que reconocí al instante, sin siquiera tener que pensar en quién era. Joder. ¿Cómo iba a olvidar el sonido de esa voz perteneciente a la persona que me había arrebatado absolutamente todo lo que amaba? Que había destruido mi vida. Que había matado a mis bebés.
—Espero sinceramente que hayas leído la nota que te hice llegar a través de uno de tus hombres muertos.— continuó Brian con una satisfacción evidente en su voz.
No respondí nada. Simplemente me limité a tragar saliva y quedarme completamente quieto, mirando fijamente un punto del suelo. Apreté el móvil con fuerza contra mi oreja hasta que me empezó a doler.
—Me costó mucho conseguir tu número personal…— soltó con otra risita en medio de una exhalación divertida. —O bueno, no. En realidad no fue tan complicado. Tengo mis contactos.
—¿Quieres que te aplauda?— fue la pregunta burlona que le hice, aunque estaba hirviendo de rabia en ese momento.
Mi mano libre se cerró en un puño apretado.
—¿Para qué me llamas exactamente? ¿Quieres decirme algo que se te olvidó poner en la cartita ridícula que me mandaste? Que, por cierto, es bastante patético por tu parte amenazar mediante cartas como un cobarde. Es de tíos sin huevos…
Brian se echó a reír con más ganas, como si hubiese dicho algo realmente gracioso.
—No cambias absolutamente nada, ¿eh?— me dijo con un tono casi cariñoso que no me creí ni por un segundo porque conocía a esa basura. —Sigues siendo exactamente el mismo puto prepotente de siempre.— apreté los dientes. —¿Acaso no te sirvió de nada todo lo que le hice a tu «morenito precioso»? ¿No te quedó suficientemente claro que soy yo quien tiene el control absoluto de todo esto, pedazo de mierda? Mira que fingir la muerte de los tuyos fue una jugada bastante buena. Cliché, sí. Pero efectiva porque todos se lo creyeron por completo. Incluso yo, ¿eh?
Soltó una risa sin gracia.
—Pero resulta que están vivos y coleando. Como unas malditas cucarachas sobreviviendo a cada intento de exterminio.— concluyó.
—No sé de qué hablas, cariño.— solté fingiendo indiferencia y burla en mi voz.
—Ah, ¿no? Venga, te refresco un poco la memoria.— dijo Brian divertido. —¿O prefieres seguir jugando a hacerte el tonto?
—¿Con quién me estás confundiendo, eh?— insistí. —¿Quién te ha dejado tan traumatizado, cielo?
—Ya veo.— murmuró el tipo con voz áspera. —Quieres hacerte el listo conmigo fingiendo que no sabes exactamente a qué me refiero. Vale, perfecto. Vamos a ver hasta dónde llegas con esa actuación tan patética, Klaus.— cogió aire de forma audible, como si estuviera aburrido. —Por cierto, tengo que decir que Willem está mucho más guapo ahora, ¿eh? Se ve mucho más maduro físicamente. Y aun así sigue teniendo esa carita angelical de niño inocente. Si hubieras visto su mirada de miedo puro y pánico cuando fui a su apartamento hace un tiempo…
Inmediatamente tensé la mandíbula y respiré profundamente, conteniendo el aire con esfuerzo. Cada músculo de mi cuerpo se puso rígido. Brian soltó un sonido de satisfacción al notar mi reacción.
—Cómo temblaba tu morenito.— continuó con evidente disfrute. —Cómo parecía estar en una especie de shock traumático, y es completamente entendible. No le avisé que iba a visitarlo, fue una sorpresa.
—Te repito que no sé de qué demonios me estás hablando.— murmuré entre dientes apretados.
Sentía demasiada rabia ardiendo al escuchar a Brian hablar de mi moreno de esa manera tan enferma. Contándome con detalles cómo se había puesto Bill al verlo, cómo había reaccionado.
Me hizo recordar aquel mensaje desesperado que mi moreno me había enviado y que nunca llegó por alguna «extraña» razón. Pero si no hubiese sido así, si el mensaje hubiera llegado correctamente, yo habría estado allí inmediatamente para consolarlo después de que Brian perturbara su tranquilidad.
Habría protegido a Bill.
—Y ¿sabes qué? Estoy demasiado ocupado ahora mismo como para perder mi tiempo, que vale mucho, contigo.— dije controlándome demasiado bien, aunque me estaba costando una barbaridad.
Brian soltó un bufido burlón.
—¿Listo para la nueva ronda del juego, Trümper? Te juro que esta vez va a ser muy buena…
Usó mi apellido paterno y decir que no me quedé completamente rígido sería mentir descaradamente.
Tenía unas ganas enormes, insoportables y violentas de maldecir sin parar a ese idiota. De gritarle todas las barbaridades que conocía. Me moría por romperle la cara con mis propias manos, por hacerlo sufrir física y psicológicamente por todo lo que me había quitado. Por los bebés que me asesinó. Por el tiempo que me robó con mi moreno. Por cada lágrima que hizo derramar a Bill.
Quería hacerle tantas cosas violentas a ese ser despreciable.
Pero no podía hacerlo ahora. No podía reaccionar. Porque al no poder descargar toda esa rabia, al tener que mantener la calma y no caer estúpidamente en la trampa evidente de Brian, me sentía completamente impotente.
Apreté los dientes con tanta fuerza que llegaron a dolerme. Mis labios formaron una línea fina y tensa. Sabía que si seguía apretando el móvil como lo estaba haciendo acabaría rompiéndolo literalmente en dos, pero poco me importaba en ese momento.
Había algo en la pregunta de Brian que me dejaba claro que no eran solo palabras vacías. Quién sabe qué estaba planeando exactamente ese tipo contra mí. No lo sabía con certeza.
Y ni siquiera pude decir algo al respecto porque Brian había colgado de golpe, sin dejar de reír como un loco. El sonido de esa risa se quedó grabado en mis oídos incluso después de que la llamada terminara.
Joder.
.
OMNISCIENTE
Brian se giró con elegancia para mirar a su aliada. Tenía una sonrisa curvándole los labios carnosos y brillantes por habérselos humedecido antes. La expresión de su rostro dejaba clara la satisfacción que sentía después de haberle hecho aquella llamada a Tom Trümper. No tenía ni la más mínima duda de que se trataba de él.
—¿Y bien…?— preguntó Natalie levantando una ceja. Su expresión, al contrario que la de Brian, mostraba un aburrimiento enorme. —¿Es o no es?
—Es él.— afirmó Brian con un pequeño asentimiento de cabeza. —Noté el cambio en su respiración cuando mencioné a Willem. Sigue siendo demasiado predecible cuando se trata de esa yegua.
Natalie soltó una pequeña risita nasal ante el apodo que Brian utilizó para referirse a Willem, pero ni una sola sonrisa apareció en sus labios.
—¿Y con eso ya crees que es Tom?— se burló la mujer, haciendo que Brian sintiera una pequeña punzada de enfado. Odiaba lo despectiva que podía llegar a ser Natalie incluso con él. No estaba acostumbrado a recibir ese tipo de trato. Siempre había sido él quien daba órdenes, quien metía miedo.
Se acercó a su escritorio, cogió su vaso de whisky y bebió un trago largo antes de responder.
—Ahora mismo no tengo ninguna duda.— soltó usando un tono seco. —Es él, es Tom. Es ese maldito y tenemos que empezar a planear cómo acabar con ellos. No te saqué de la cárcel por nada, todo tiene un propósito.
Natalie puso los ojos en blanco.
—No tengo ganas, no me interesa nada relacionado con Tom. Solo quiero joder a Bill y ya.
Brian, harto hasta la médula, se acercó dando dos pasos grandes hacia Natalie. Con brusquedad le agarró la barbilla, hundiendo los dedos en las mejillas de la mujer, quien no reaccionó ante eso. No gimió a pesar de que las uñas se le estaban clavando en la piel. Se estaba conteniendo para no gritar.
—Escúchame bien, Natalie…— siseó el tipo, mirándola con desprecio. —Que no se te olvide que saliste de esa puta cárcel gracias a mí, por mi generosidad. Aquí mando yo. Tú eres mi aliada porque tienes una mentalidad increíble, pero a veces se te olvida cuál es tu lugar aquí. Tu jefe soy yo. Y tú haces lo que yo diga. No creas que porque te saqué de la cárcel tienes un puesto especial aquí. No me toques las narices, sigue agotándome la paciencia y no dudaré en rajarte la garganta con mi navaja, ¿entendido?
Natalie, que había empezado a respirar de forma acelerada por la rabia, asintió con mucho esfuerzo. Odiaba que Brian la tratara así, pero no tenía otra opción que obedecer. Ella no tenía nada, Brian en cambio lo tenía todo.
El tipo la soltó de golpe.
—Bien.— sacudió su camisa como si tuviera suciedad encima y volvió a llevarse el vaso a los labios para beber otro trago de whisky. Lo mantuvo unos segundos en la boca, disfrutando del sabor antes de tragárselo. —Ahora escucha bien. Tengo entendido que Bill vive actualmente en Estados Unidos. Lo estaremos vigilando y será muy fácil encontrarlo. Pero no podemos ser tan gilipollas como para ir a por él tan rápido. Hay que aprovechar para volverlos locos…
—¿Y cómo?— Natalie se obligó a sonreír. —Yo no quiero esperar, quiero matarlo. Quiero traerlo aquí, tenerlo retenido, usar a esos mocosos para destrozarle la cabeza y matarlo.
Brian negó varias veces con el dedo índice.
—No, querida. Cuidado con ese odio, no dejes que te consuma tanto. Puede que tu plan falle de alguna forma. Tienes que mantener la cabeza fría porque esta vez no podemos cometer ni un solo error más.
La rubia hizo una mueca.
—¿Entonces qué? ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí esperando y vigilándolos solamente? No me jodas, Brian.— soltó rápidamente, de mal humor, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza.
Brian se rio divertido.
—Calma, Natalie. Sé perfectamente qué hacer…— dijo levantando la mano y deslizando el dedo índice por la línea de la mandíbula de Natalie. —A Bill no lo vas a matar, todavía no. Él nos va a servir como arma para acabar con Tom y después acabaremos con él. Conozco a una señora… que practica brujería. Se llama Ángela, aunque le dicen Morgana Malacara.
La rubia levantó una ceja sin entender a dónde quería llegar Brian.
—Para joder a Tom necesitamos tener a Bill de nuestro lado, pero él no va a ceder por sí mismo después de todo lo que le hicimos. Necesitamos un empujoncito.
Natalie abrió los ojos al entenderlo y poco a poco una sonrisa apareció en sus labios pintados de rojo mate.
—Oh, ya veo…— soltó una risa lenta. —¿Y cuándo haremos eso?
—Primero lo observaremos. Cuando vuelva aquí, a Alemania, haremos que caiga en nuestra trampa y lo secuestraremos.— explicó Brian. —Teniéndolo aquí podremos joderlo usando a los niños, volverlo loco. Necesitamos debilitar su mente para que Morgana pueda hacer su trabajo. Y cuando esté de nuestro lado será nuestros ojos, nuestra voz y nuestra marioneta. Esa yegua será quien me entregue a Tom en bandeja de plata. Lo obligaremos a eso.
Natalie no podía estar más encantada con la idea.
—Espero que no tarde mucho, Brian. Porque quiero destruirlo y no alargar esto. Viví diez años feliz creyéndolo muerto y saber que esa rata sigue viva solo me llena de rabia.— gritó contenidamente con amargura y frustración. —Es que lo odio. Te juro que lo odio tanto que quiero verlo muerto. Seré yo quien le meta una bala en la cabeza y me aseguraré de que se muera. Disfrutaré viendo cómo se le apaga el brillo de los ojos…
Brian sonrió.
—Con calma, Naty… con calma lo conseguiremos. La primera vez cometimos el error de no asegurarnos de matarlos. Esta vez no vamos a repetirlo. Todo saldrá bien.
La rubia resopló.
—Eso espero. No estaré tranquila hasta que Bill esté acabado.
—Ten paciencia. Me agotas con tus frustraciones.— gruñó el mayor. —Esta vez me aseguraré de acabar con todos. Y esos mocosos se los venderemos a Cabeza cuando ya hayamos sacado provecho.
—¿Por qué no los matamos directamente?
—Porque no. Nada mejor que saber que esos mocosos han sufrido toda su vida hasta ahora y seguirán sufriendo en manos de Cabeza.— se burló, moviendo el vaso antes de darle otro trago y terminarlo. —Porque ese hombre no tiene piedad con nada y su orfanato no tiene salidas. Están condenados a vivir una vida miserable.
—Vale, como digas.
—¿Estás enfadada por lo que dije de Willem? ¿Que está mucho más guapo ahora?— preguntó Brian, sabiendo que seguramente ese era el motivo del enfado de la mujer. Odiaba con todas sus fuerzas que mencionaran las cualidades y la belleza que caracterizaban al pelinegro.
—Parece que lo admiras.— soltó la rubia con resentimiento.
Brian volvió a reírse.
—Es guapo, ¿por qué iba a negarlo? Tiene un cuerpo increíble, y ni hablar de su cara bonita. Todo él es un monumento y hasta puedo entender al perro de Tom por lo loco que está por esa criatura.— murmuró. —Sin embargo, lo que admiro es la relación de ellos dos. Ese amor que dicen tenerse. Quiero ver… cuánto son capaces de aguantar ahora por mantener ese amor vivo.
—¿Por qué demonios admirarías el amor de esos dos idiotas?
—Porque me da la gana, Naty.— bufó el mayor. —Es increíble cómo, a pesar de todo, consiguen encontrar la manera de seguir juntos. Quiero ver cuánto son capaces de soportar, cuánto harían y cuánto sacrificarían por ese amor que se tienen. Es divertido jugar con eso.
Natalie puso los ojos en blanco.
—Qué aburrido.— criticó.
—Tú no lo entiendes.— refunfuñó Brian con frialdad. Su tono de voz le puso los nervios de punta a Natalie. —No entiendes nada porque solo te dejas llevar por la rabia hacia Willem. Y te aviso desde ya que aprendas a controlarla porque no quiero fallos en mis planes, Natalie. No hagas que me arrepienta de haberte sacado de la cárcel.
La de ojos verdes tragó saliva con dificultad, apoyando todo su peso en una sola pierna mientras intentaba recuperar su actitud desafiante levantando la barbilla. Ese gesto hizo que Brian se molestara aún más.
—Es que no le veo nada especial.— insistió la rubia, haciendo una mueca de desprecio.
—¿Tan tonta eres que no entiendes que ese amor que se tienen es el arma que tenemos que usar contra ellos, joder?— le reprochó, levantando la mano para señalar con el dedo índice un lado de la frente de la chica. La empujó con fuerza, dándole tres golpes secos que le dolieron. —No pueden estar el uno sin el otro. ¿Sabes qué mataría a Tom antes que una bala? Saber que la persona que ama se ha puesto en su contra. Saber que lo traicionó entregándomelo a mí. Dándome todo lo suyo. Acabaré con el Clan Geist poco a poco. ¿Y sabes qué mataría a Bill antes que una bala, Naty?
La rubia lo pensó, pero no encontraba ninguna respuesta en su cabeza. Brian vio la duda en su expresión, la forma en la que movía los labios buscando algo que decir sin encontrar las palabras adecuadas. El hombre soltó una exhalación pesada, se dio la vuelta dándole la espalda y bebió un trago de su copa.
Chasqueó la lengua.
—A Bill lo mataría saber que, por más que lo intenten, jamás podrán estar juntos. Jamás. Y más aún saber que me entregará al hombre que ama. Lo mataré delante de sus ojos, y Bill morirá creyendo que es el culpable de todo lo que va a pasar.
Natalie, confundida, sonrió ligeramente.
—Vale. O bueno, no, no lo entiendo del todo, pero al menos pillo algo de lo que me quieres decir.— explicó rápidamente. Brian puso los ojos en blanco. —Ahora que lo dices así sí suena bastante divertido.
—Será demasiado satisfactorio usar el amor que se tienen para acabar con ellos emocionalmente.— murmuró el tipo, con la mirada perdida, como si estuviera imaginándolo. —Y que no se queje Tom porque yo le avisé, ¿eh? Pero vamos a ver hasta dónde llega haciéndose el tonto.— soltó una pequeña risa. —A ver si se queda de brazos cruzados cuando le secuestre a su morenito por segunda vez.
Curvó sus labios en una sonrisa torcida.
—Y esta vez sí será emocionante porque tenemos a sus hijos. Y si algo sale mal, los tendremos a ellos.— continuó Natalie, acercándose despacio al mayor. —Por cierto, esos mocosos no paran de decir que cuándo vendrá su «mami» a verlos y sacarlos de aquí. Están muy ilusionados también.— se rio con ganas.
Brian la miró de reojo.
—Por suerte están más tranquilos y no han intentado escapar.— murmuró con desconfianza. —Llamaré a los que se encargarán de mantener vigilado a Willem en Estados Unidos.— concluyó, terminándose el contenido de su vaso para después salir de su despacho con Natalie siguiéndolo de cerca.
Después de la advertencia que les dejó al Clan Geist y a Tom, estaba más que emocionado por dar el primer paso de su plan. Pero tenía que prepararlo demasiado bien, analizar los pros y los contras, porque no estaba dispuesto a perder otra vez como lo hizo diez años atrás.
Se aseguraría de que Tom muriera costara lo que costase, y disfrutaría haciéndole sufrir de nuevo.
Usando a sus gemelos otra vez.
Ni Bill ni Tom tenían idea de lo que se les venía encima, porque Brian esta vez no iba a andarse con juegos. Solo habría un ganador de aquella partida, y sería él.
Continúa…
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Tom sin palabras solo me encanta esta historia
Gracias por leer bb 🥰💘
Creo q les tienes poco aprecio a los chicos los haces sufrir demasiado y no tienen ni un minuto de paz… 😢😢
Yo los amo mi bb 😭💔 pero todo esto que está pasando es esencial para la trama. Igualmente les daré muchos capítulos de ellos juntos siendo felices, 🥹💘✨