Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 9 (Parte 2)
TOM
El móvil vibraba sobre el salpicadero del coche. Sin apartar la vista de la carretera, estiré el brazo y cogí el teléfono, viendo de reojo una llamada entrante de David. Él era el encargado de mi bar en Múnich, donde había enviado a Catalina después de deshacerme de las bailarinas. En mi bar ya no quedaba nada de aquello; se había convertido en un bar normal y, aun así, las ventas no habían bajado.
Mi bar de Múnich llevaba el mismo nombre que el primero que tuve, el nombre que elegí inspirado en el diamante favorito de mi morenito: «Excélsior». Aquel bar lo perdí después del desmantelamiento de todo lo que pertenecía al Clan Trümper. Pero mandé construir otro y volví a bautizarlo exactamente igual.
Igual que una de mis casas se llamaba «Billie» en honor a él, entre otras cosas porque me gustaba la sensación de sentirlo presente en cualquier sitio, por mucho que esa sensación acabara destrozándome cuando creía que estaba muerto.
La discusión que habíamos tenido me dejó dándole demasiadas vueltas a la cabeza, pero lo que dominaba todos esos pensamientos era el hecho de que lo había besado. Y, joder… una vez que consigo tener un poco de mi moreno, me resulta imposible no querer más. Pero, ¿qué iba a hacer para recuperar a ese hombrecito? La había cagado de una forma monumental al dejarme llevar por una rabia que apareció de repente, sin que yo supiera siquiera por qué.
Buf…
Descolgué la llamada al darme cuenta de que David había vuelto a insistir y me llevé el móvil a la oreja.
—¿Qué pasa?— pregunté sin más mientras tomaba una de las curvas.
—¿Qué hay de nuevo, Klaus? ¿Todo bien por Berlín?— preguntó con entusiasmo.
Pero yo no estaba de humor para mantener una conversación trivial y amistosa.
—Ve al grano, David.
Él suspiró entre una risa.
—Quería llamarte antes, pero no encontraba el momento. He tenido muchísimo trabajo por aquí, ¿eh? Pero al final he conseguido sacar un hueco. Como sabes, he estado haciendo lo que me pediste, eso de no darle vacaciones a Catalina y mantenerla aquí trabajando en el bar, llevándolo conmigo. Pero es que se me ha rebelado.
—¿Y ahora qué ha hecho?— pregunté soltando un resoplido cansado.
—Me ha echado en cara que lleva dos años trabajando como una burra, que todos los demás tienen vacaciones menos ella, y no me ha quedado otra que dárselas.
Bufé.
—David, solo tenías un puto trabajo.— gruñí, apretando el volante con fuerza —Sabes perfectamente que no la quiero aquí y, aun así, sé que acabará llegando. Precisamente quería evitar eso.
—Pues ahí está el problema. Hazla desaparecer.
—No. Sabes perfectamente que si sigue viva es porque necesito sacarle información sobre lo que pasó «entre nosotros».— joder, me daba rabia pronunciar esas dos palabras, porque entre ella y yo nunca hubo nada, pero era la forma más rápida de que David entendiera a qué me refería —Últimamente no me has dado ninguna información. ¿Qué ha estado haciendo Fernanda?
—Lo que le ordenaste.— respondió con total naturalidad —Ha estado acercándose a Catalina durante todo este tiempo, pero la chica se niega a entablar amistad con ella. Aun así, estas últimas semanas han avanzado bastante. Incluso han ido de compras juntas. Fernanda sigue intentando sacarle información…
Suspiré.
Fernanda era una de las integrantes de mi Clan. Eficiente y una boxeadora excepcional. Amiguísima de Sophia; podría decirse que eran tal para cual, solo que Fernanda sabía mantener el control cuando sus impulsos le pedían meterse en una pelea. Prefería pensar con la cabeza fría, y me estaba ayudando a sonsacarle información a Catalina. Era muy buena en eso. Su cara inspiraba confianza a cualquiera, pero era tan despreciable como Sophia.
—Pues que se esfuerce un poco más. Mi moreno ya ha vuelto y es frustrante que, después de dos años, siga sin tener ni una sola pista de nada.
Debía admitir que tantas sesiones de terapia con Melanie me habían llevado hasta ese punto, a no fiarme absolutamente nada de Catalina.
—Vale, se lo diré.— me aseguró —Pero oye, no te llamaba solo por eso… Hace unos días la pillé hablando por teléfono. No escuché nada, pero en cuanto me vio se puso muy nerviosa. Lo más raro es que el móvil que llevaba era uno de esos antiguos, de teclas. Deberías tener cuidado con ella.
Mierda.
—Sí, lo tendré.— murmuré.
—Bien, ya te llamaré otra vez si hace falta.— dijo —Si la Cata aparece por allí, deberías pararle los pies, porque si tu ex está ahí, se va a liar una buena.
—¿Mi ex?
—¿Es que seguís juntos?
—Me da igual si seguimos juntos o no. Es mío.— murmuré —Y ahora cuelga.
No tardó en obedecer después de soltar una pequeña carcajada.
Lancé el móvil sobre el asiento del copiloto mientras entraba en el aparcamiento subterráneo de mi bar. Deluxe tendría unas pequeñas reformas dentro de poco, igual que mi apartamento.
Aparqué el coche y enseguida me bajé, después de asegurarme de dejarlo bien cerrado. Tenía cosas que hacer, como encontrar alguna forma de hacerle entender a Billie que no podía apartarme de mi hijo.
Dios… Saber que tenía un hijo con él era la mayor alegría que había sentido en años, después de descubrir que el amor de mi vida seguía vivo, claro.
Pero fue tan grande la rabia que sentí al verme apartado de la vida de mi propio bebé como si no fuera más que una piedra a la que se le da una patada, que me frustraba enormemente no haber estado durante el embarazo, ni en su nacimiento, no haber sido quien lo recibiera al llegar al mundo, quien pensara nombres para él o quien lo malcriara. Bill sabía perfectamente la ilusión que siempre me había hecho tener hijos con él y, aun así, me lo ocultó.
Lo entendía. No estaba atravesando uno de sus mejores momentos, y me sentía ridículo por haberle echado eso en cara.
Pero, de verdad… no sé qué me pasó. Fue algo que no pude controlar y lo traté fatal.
Jamás me había ocurrido algo así.
Y ahora mi moreno me odiaba todavía más.
Pero era feliz. Muy feliz de saber que tenía un hijo con el chico al que siempre había amado y al que siempre amaría. Era algo que no podía dejar de lado sin más.
Quería estar con mi bebé, volver a sostenerlo en brazos, perderme contemplando esos ojitos tan parecidos a los de mi moreno. Sus mofletes regordetes o esa sonrisita tan bonita que tenía. Quería sentir esa felicidad que se siente cuando tu hijo te llama «papá» por primera vez.
Y, echando cuentas… quizá tendría ya dos añitos. O incluso menos.
Mi pequeño Tyler, porque así era como lo había llamado mi moreno.
Joder… no podía permitir que me apartaran de él, y mucho menos que el maldito Alex ocupara mi lugar en la vida de los dos, de mi moreno y también de mi hijo.
Jamás.
Lo odiaba. Maldito el momento en que no lo maté. En vez de desperdiciar aquella bala en su pierna, tendría que haberla aprovechado para abrirle un agujero en la frente.
Pero fui un completo idiota al dejarlo con vida.
Bueno… últimamente he sido un completo idiota, y esa palabra se queda hasta corta.
Crucé el bar, que estaba vacío porque lo estaban limpiando, y me dirigí al ascensor.
—Jefe.— me llamó uno de los guardias, y lo miré de pasada —La señorita Catalina está arriba.
Fruncí el ceño de inmediato.
—¿La habéis dejado subir?
—Jefe, ella dijo que…
—¿Se os ha olvidado que nadie tiene permiso para subir a mi puto apartamento a menos que yo lo autorice?— pregunté con enfado.
No respondieron. Simplemente bajaron la cabeza.
—¿Menudo par de incompetentes tengo trabajando para mí?
—Lo sentimos, jefe. La señorita dijo que usted le había dado permiso. Además, aseguró que tenía una noticia importante que darle.— murmuró, y yo puse los ojos en blanco —Tenía muy mala cara, así que la dejamos subir.
—Da igual. No quiero que vuelva a pasar. ¿Entendido?
—Sí, jefe.— respondieron los dos al mismo tiempo.
Pulsé el botón para que se abrieran las puertas y entré en el ascensor. Mientras subía, no dejaba de preguntarme por qué Catalina había querido subir directamente a mi apartamento.
¿Estaría aprovechando mi ausencia para hacer algo allí dentro?
No me fiaba de ella.
De verdad que no.
No podía.
Al llegar arriba, me la encontré sentada en el sofá. Con un pañuelo blanco se secaba las lágrimas que no dejaban de caerle por las mejillas mientras sollozaba.
—Catalina.— la llamé con voz firme y ella levantó la vista enseguida para mirarme. Di un paso fuera del ascensor mientras las puertas se cerraban a mi espalda y caminé hacia la mujer, que se puso de pie de inmediato —¿Qué haces aquí?
—Klaus, yo…— sorbió por la nariz. Su vacilación empezaba a sacarme de quicio —No sé cómo decirte esto, pero es que ya no sabía qué más hacer.— murmuró con la voz quebrada.
Me crucé de brazos, impaciente.
—¿Qué pasa?
—Es Rodrigo. Se ha puesto en contacto conmigo y no sé cómo.— sollozó —Tengo miedo. Sabe que estoy contigo y cree que fui yo quien se unió a ti para destruirlo. Tengo miedo de que me haga algo. Sus hombres siguen rondando por ahí. Anoche, uno de ellos me atacó. No llegó a agredirme, pero me agarró del pelo y me amenazó. Me dijo que iba a matarme, pero que antes me dejaría venir a darte un mensaje de parte de Rodrigo…
Maldita sea.
—¿Qué mensaje?
—Ojo por ojo…
Cerré los ojos y los apreté con fuerza. El significado de aquella frase era una declaración de guerra. Se utilizaba antes, en los tiempos de mi padre, aunque hoy en día ya no era así. Sin embargo, Rodrigo venía de aquella época y, obviamente, yo conocía perfectamente su significado.
Ojo por ojo…
Era la frase que utilizábamos entre los líderes de los cárteles para declarar una guerra de forma «oficial», en lugar de hacerlo mediante comunicados públicos o cosas por el estilo.
—No sé qué significa eso.— dijo Catalina entre hipidos —Por favor, Klaus, déjame quedarme aquí, ¿sí? No quiero que me maten.
Apreté la mandíbula.
¿Cómo coño pretendía que la dejara quedarse allí? Eso solo iba a traerme problemas…
—Por favor…— suplicó.
Solté un resoplido.
—Aquí no puedes quedarte, Catalina. Bi…— me aclaré la garganta rápidamente al darme cuenta de que estaba a punto de estropearlo todo diciendo el verdadero nombre de mi moreno, algo que no podía permitirme —Benjamín ha vuelto. Las cosas están muy mal y tengo que solucionarlas. Tenerte aquí sería como dar pasos hacia atrás en vez de avanzar. ¿Lo entiendes?
Ella tragó saliva con dificultad.
—¿Benjamín ha vuelto?— preguntó con la voz temblorosa —¿V-vosotros estáis intentándolo otra vez o…?
—No.— respondí enseguida de mala gana.
Pasé a su lado y fui directamente al mueble bar. Cogí una botella de whisky, un vaso y me serví una copa hasta arriba.
—Como te dije, las cosas están mal, pero quiero arreglarlas. No por nada maté a las bailarinas hace dos años…
Y delante de ella.
—Ah…— volvió a sorber por la nariz —Entonces… ¿dónde podría quedarme? Tengo mucho miedo, Klaus.
Dios…
Aquella mujer no dejaba de llorar.
—Rodrigo solo tiene que dar la orden a sus hombres para que vengan a matarme. Si estoy contigo, eso no pasará.— me decía entre hipidos, con la voz temblorosa y suplicándome incluso con esa mirada empapada en lágrimas que la dejara quedarse —Me salvaste una vez… ¿por qué no una segunda? Te debería la vida.
Porque por salvarla una vez perdí a mi moreno.
Y mi objetivo era recuperarlo costara lo que costara.
Aunque tuviera que cometer la mayor locura de mi vida.
—Las cosas son diferentes ahora.— respondí —Puedes quedarte aquí, en Berlín, pero no en mi bar, y mucho menos en mi apartamento.— espeté —Así que deja de insistir.
—P-pero, Klaus…
—Le diré a Georg que te busque un sitio donde puedas quedarte, donde estés segura o lo que sea.— dije vagamente, levantando el vaso para dar un sorbo a mi whisky —Pero aquí no puedes quedarte. Me he enterado de que tengo un hijo con Benjamín. Necesito formar parte de la vida del niño y tengo que poner de mi parte. Entiende eso.
Ella se quedó completamente desconcertada al escucharme.
—¿…Un hijo?
—Ajá.— di otro trago —Necesito asegurarme no solo de que mi moreno me perdone, sino también de que me deje estar con mi hijo.
Catalina seguía mirándome como si aquello la hubiera dejado completamente en shock, como si descubrir que tenía un hijo le molestara… o incluso la indignara. No supe interpretar qué estaba sintiendo.
—Ahora sí, puedes irte.
Permaneció unos segundos procesándolo todo y después asintió un par de veces con la cabeza.
Se dio la vuelta y se marchó.
Ni siquiera la miré.
Mi vista seguía fija en el líquido marrón que había dentro del vaso.
Y mi cabeza no dejaba de darle vueltas a la declaración de guerra de Rodrigo.
Maldita mierda.
Aquello no pintaba nada bien.
Tendría que hablarlo con Travis sí o sí.
OMNISCIENTE
La penumbra del almacén parecía tragarse la poca luz que se colaba por las ventanas altas. Era un espacio ligeramente frío, con un leve olor a humedad, que Brian utilizaba para los negocios que requerían discreción.
Stiven permanecía de pie junto a la entrada, inmóvil como una gárgola, con una mano apoyada despreocupadamente cerca del arma, vigilando tanto el exterior como el interior.
Allí no se fiaban ni de sus propios hombres.
Brian dio una larga calada al cigarrillo, observando a Natalie a través del espeso humo gris que se formaba delante de sus ojos al expulsarlo.
Ella mantenía su postura elegante, sentada sobre una vieja caja de madera, aunque sus dedos golpeaban la rodilla con impaciencia.
Para ambos, la caída de Tom y Bill no era simplemente un negocio.
Era una obsesión que prácticamente les devoraba por dentro.
Querían comprobar hasta dónde resistía ese amor perfecto del que tanto hablaban.
Querían tensarlo como si fuera una cuerda… hasta verlo romperse en mil pedazos.
—Llega tarde, Brian.— dijo Natalie, cruzándose de brazos y clavando sus fríos ojos en él —No me gusta perder el tiempo, y menos ahora que el plan para hacer daño a Bill ya está en marcha desde que ha vuelto a Alemania. Cada minuto cuenta.
—Paciencia, Natalie.— respondió Brian con una leve sonrisa dibujándose en sus labios —Lo bueno necesita tiempo. Y lo que ella hace no es un trabajo que pueda hacerse deprisa.
En ese momento, la pesada puerta metálica chirrió al abrirse.
Ángela entró sin hacer ruido, rompiendo por completo la quietud del lugar. No llevaba túnicas ridículas ni harapos sacados de un cuento infantil. Vestía ropa oscura, de corte impecable, y desprendía una presencia tan pesada que la temperatura de la habitación pareció bajar un par de grados.
O quizá Brian simplemente estaba delirando.
Sus ojos, profundos y completamente desprovistos de cualquier rastro de empatía, delataban a la mujer a la que en el bajo mundo conocían como Morgana Malacara.
Una mujer que no jugaba con trucos de feria, sino con pactos oscuros y con la propia mente humana. En la mano derecha llevaba una pequeña caja de madera de ébano, desgastada por el paso del tiempo y el uso.
—Ángela.— la presentó Brian, dando un paso al frente y extendiendo una mano hacia ella. Ya había tenido ocasión de conocerla anteriormente. Gracias a su ayuda consiguió «derrotar» a Tom la primera vez —Ella es Natalie. Mi aliada en todo esto.
Ángela dirigió la mirada hacia Natalie.
Fue una mirada escrutadora, capaz de desnudar en apenas un segundo sus intenciones y hasta sus propios demonios.
Natalie sostuvo aquella mirada con firmeza, aunque un leve escalofrío, imperceptible para cualquiera de los presentes, le recorrió lentamente la espalda.
—Al grano.— dijo la bruja. Su voz era un susurro rasposo, pero perfectamente audible —Brian me ha dicho que el objetivo es Bill, por el momento. Queréis romperlo desde dentro.
—Queremos que se convierta en nuestra marioneta.— intervino Natalie, recuperando por completo ese tono calculador que la caracterizaba —Brian tiene el anzuelo perfecto. Después de diez años, Bill volverá a caer en nuestras manos y, esta vez, utilizaremos a los gemelos. Él cree que murieron al nacer, igual que todo el mundo. No se imagina que han seguido vivos todo este tiempo.
Stiven, desde el rincón mal iluminado, desvió la mirada un instante hacia el suelo. Él, Brian y Natalie eran los únicos guardianes de aquel secreto. Ah… y Helga, la niñera de los niños. Sabían perfectamente que la supuesta muerte de aquellos recién nacidos era la herida abierta que seguía desangrando el alma de Bill día tras día, una culpa que ni siquiera diez años habían conseguido borrar.
Natalie estaba completamente segura de ello.
Ángela no respondió enseguida. Caminó hasta una mesa situada en el centro del almacén, apartó con desdén unas herramientas oxidadas y dejó sobre ella su caja de ébano. Del interior sacó un paño de seda negra y, encima de él, comenzó a barajar una baraja de aspecto antiguo, desgastada por el tiempo, con ilustraciones perturbadoras que no se parecían en nada al tarot convencional. Eran figuras retorcidas, sombras y hasta llamas.
El sonido de las cartas al mezclarse era lo único que rompía el silencio del almacén. Ángela cerró los ojos, murmuró algo ininteligible entre dientes y colocó tres cartas boca abajo.
—Mi trabajo es eficaz, pero necesito una mente rota.— explicó Ángela, algo que Brian ya sabía, mientras deslizaba la yema de los dedos por el reverso de la primera carta —La voluntad de un hombre no se domina por la fuerza bruta; se cuela por las grietas que deja el dolor. Si le enseñáis a los niños para devolverle la esperanza y después se la arrancáis de golpe… su mente se hará pedazos.
Con un movimiento lento, giró la primera carta. Mostraba una figura encadenada por el cuello.
—Ahí es donde entro yo.— continuó la bruja, clavando sus oscuros ojos marrones en Brian —Sembraré mis ideas en su cabeza aprovechando ese colapso emocional. En un par de sesiones, no sabrá distinguir qué es real, qué es un recuerdo de sus hijos o qué es una orden mía. Será un cascarón vacío que caminará hacia donde vosotros queráis.
Brian soltó una carcajada baja, complacido. El sufrimiento de Tom al ver al hombre que amaba convertido en una marioneta sin alma sería el castigo definitivo. Y no solo eso; también ver cómo, por culpa de Bill, acabaría perdiéndolo absolutamente todo.
Sin embargo, Ángela aún no había terminado. Posó la mano sobre la segunda carta, en la que aparecían dos figuras dándose la espalda bajo una sombra negra. Frunció el ceño, como si el cartón desprendiera una vibración que solo ella fuera capaz de percibir.
—Pero mirad esto…— susurró la mujer, mientras un destello de auténtica maldad brillaba en sus ojos —No debéis centrar todos vuestros esfuerzos únicamente en el secuestro de Bill. El amor de esos dos ya está tambaleándose al borde del abismo… y vosotros no sois los únicos que lo estáis empujando.
Natalie se inclinó hacia delante, intrigada, intentando descifrar el dibujo de la carta.
—¿A qué te refieres? ¿Hay alguien más atacándolos?
Ángela dio la vuelta a la tercera carta. En ella aparecía una mujer sujetando una daga oculta a su espalda.
—Hay una mujer rondándolos— dijo Ángela, deslizando el dedo sobre la figura femenina de la carta —Su energía apesta a una obsesión enfermiza… está profundamente enamorada de Thomas Trümper. Las cartas muestran traición, una mancha de engaño que ya ocurrió en la intimidad y que ha dejado tras de sí un rastro podrido. Se ha metido entre ellos como una auténtica plaga.
Brian intercambió una rápida mirada con Stiven. Este se limitó a encogerse de hombros, tan desconcertado como él. Conocían a la gente que rodeaba a la pareja, pero no tenían ni idea de lo que sucedía de puertas para dentro.
—¿De quién estás hablando?— exigió Natalie, molesta por tanto misterio.
—Se llama Catalina.— sentenció Ángela, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa mientras miraba a ambos socios —Ella cree que su secreto está a salvo, que nadie conoce el veneno que inyectó en esa relación haciéndose pasar por quien no es. Pero las cartas no mienten. El ambiente entre Willem Kaulitz y Thomas ya es hostil, la desconfianza ya ha echado raíces y ellos ni siquiera entienden por qué cada vez están más distanciados. Catalina ya ha hecho la mitad del trabajo sucio por nosotros.
Natalie asimiló las palabras de la bruja y una lenta sonrisa ladeada, que denotaba malicia, empezó a dibujarse en su rostro. El panorama era mil veces mejor de lo que habían imaginado.
—Catalina es un peón magnífico.— continuó Ángela con frialdad —Está completamente obsesionada con Tom. Si también la manipulamos a ella, si le damos un pequeño empujón, podremos utilizarla para terminar de destruir lo poco que queda de esa relación desde dentro, mientras nosotros nos encargamos de romper a Bill desde fuera. Cuando Tom intente reaccionar para salvar a Bill, descubrirá que su propia casa ya ha quedado reducida a cenizas por culpa de esa mujer.
Brian apagó el cigarrillo contra la suela de la bota, con los ojos brillando de pura codicia y crueldad.
—Me gusta cómo piensas, Morgana.— dijo Brian, metiéndose las manos en los bolsillos —Encárgate de preparar tus altares, tus santos o lo que sea que utilices. Stiven y yo nos encargaremos de traer a Bill a este almacén. Esta vez no habrá amor ni milagro que pueda salvarlos.
Natalie observó cómo Ángela guardaba la baraja dentro de la caja de ébano con movimientos lentos, casi ceremoniales. La revelación sobre Catalina y la fragilidad de la relación entre Tom y Bill había hecho que el ambiente del almacén se volviera todavía más opresivo, pero la impaciencia de Natalie seguía completamente presente.
Se bajó de la caja de madera y caminó un par de pasos hacia Brian, cruzándose de brazos.
—Todo eso de Catalina suena perfecto para el caos final.— dijo entrecerrando los ojos —Pero volvamos al presente. ¿Cómo piensas traer a Bill hasta aquí? No podemos mandar simplemente a Stiven a meterlo a la fuerza en una furgoneta. Se montaría un escándalo enorme y Tom movería cielo y tierra desde el primer minuto. ¿Cómo piensas hacerlo?
Brian dibujó esa sonrisa de suficiencia que siempre aparecía cuando sentía que tenía el control absoluto de una partida de ajedrez. Se giró para mirarla de frente.
—No vamos a secuestrarlo de la manera tradicional, Natalie. No hace falta.— explicó con tranquilidad —Como ya habíamos acordado, vamos a atraerlo. Bastará con una sola foto de los gemelos, una prueba de que sus hijos no murieron hace diez años, y Bill vendrá corriendo hasta nosotros por voluntad propia. El dolor y la esperanza lo cegarán por completo.
Natalie asintió despacio, aunque enseguida detectó un posible fallo en el plan.
—¿Y Tom?— preguntó, dando un paso hacia delante —Tom no es idiota. Si Bill ve esa foto, se la enseñará a Tom, y él sabrá al instante que se trata de una trampa nuestra. No va a permitir que Bill caiga en algo así. Lo protegerá.
—Exacto. Por eso primero tengo que quitar a Tom de en medio.— sentenció Brian, mientras sus ojos se convertían en dos rendijas heladas —Tenemos que asegurarnos de que no pueda intervenir de ninguna manera. Hay que apartarlo por completo. Una vez que Tom esté neutralizado y fuera del tablero, le haremos llegar la foto a Bill. Sin nadie que lo haga dudar ni lo retenga, Bill morderá el anzuelo él solo. Caminará directo hacia la trampa y lo traeremos hasta este almacén sin tener que disparar un solo tiro en plena calle.
Natalie comprendió la estrategia y permitió que una sonrisa satisfecha apareciera en su rostro. Entendía perfectamente la jugada; aislar a la presa antes de darle caza.
—Bien pensado.— concluyó Natalie, asintiendo —Rompes el escudo y el objetivo queda completamente indefenso.
Desde la mesa, Ángela cerró la tapa de la caja con un seco golpecito. Los miró a ambos con una expresión sombría, completamente desprovista de cualquier emoción humana.
—Saldrá bien.— dijo con aquella voz que parecía arrastrarse —El dolor de ese hombre es un faro oscuro que me guiará directamente hasta su mente. Pero escúchame bien, Brian. Tened mucho cuidado cuando ataquéis a Tom. Las personas que aman con esa intensidad suelen volverse extremadamente peligrosas cuando perciben que los suyos corren peligro. No subestiméis su fuerza si llega a reaccionar antes de tiempo.
Brian asintió con un gesto seco y firme, quitándole importancia a la advertencia con esa arrogancia propia de un hombre acostumbrado a mandar en el bajo mundo.
—Sé perfectamente a quién tengo delante, Morgana. No habrá errores. Stiven ya sabe lo que tiene que hacer.
El silencio volvió a adueñarse del almacén mientras los tres criminales daban el trato por cerrado en sus propias mentes, saboreando de antemano la destrucción de una pareja que creían tener completamente acorralada.
Lo que ni Brian, con toda su estructura criminal, ni Natalie, con su mente fría y calculadora, alcanzaban a imaginar era que, en aquel tablero invisible de traiciones y fuerzas enfrentadas, ellos no eran los titanes que creían ser.
En realidad, no eran más que otro peón dentro de una partida mucho más grande, manipulados por los hilos invisibles de alguien que buscaba consumar su propia venganza.
Morgana no era simplemente una bruja cualquiera a la que habían conocido por casualidad.
Continúa…
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