Irrevocable 14 Bill

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 14 (Parte 2)

BILL

Para cuando Sophia volvió a casa con mi bebé, yo ya llevaba el cuerpo cubierto únicamente por un albornoz negro porque acababa de darme una ducha. Alexander se había quedado dormido, algo completamente normal después del viaje que había hecho. Yo, en cambio, me había duchado y en ese momento estaba en la cocina preparando algo para cenar.

Sophia me vio junto a la isla, me sonrió al verme y dejó al niño en el suelo cuando él mismo se lo pidió. Se acercó a mí con esa sonrisa pícara suya y se cruzó de brazos.

—¿Sí le diste la bienvenida como se merece a tu Alexito bebé?— me preguntó con ese tono burlón que hizo que me echara a reír.

—No empieces, Sophia. Estoy enfadado contigo por haberte ido así sin más.

Ella puso los ojos en blanco.

—Para que te quedes tranquilo… iba acompañada de Andreas y de un par de los hombres de Tom— me hizo saber.

Yo la miré enseguida con reproche al pensar que quizá Tom también había estado allí. Pero ella disipó mis dudas.

—No te preocupes, ni siquiera estaba enterado.

Suspiré aliviado.

—Qué bien. Mañana es la reunión.

—¿Estás nervioso, acaso?

—No, pero tengo el presentimiento de que Tom va a montar un numerito. Aún no he hablado con él; se me fue el día y no fui a buscarlo al bar para pedirle que no se le ocurra decir ninguna barbaridad— murmuré por si Alex llegaba a oírme, aunque era poco probable. Eché un vistazo hacia las escaleras y, al no ver nada, continué —Pero lo haré mañana. Dudo que Tom diga nada delante de tanta gente; no creo que se exponga de esa manera.

Sophia bufó.

—Ni se te ocurra confiarte. Ese está más hijo de puta que nunca. Después de cómo te trató por ocultarle lo de Tyler… dudo mucho que se contenga y no suelte alguna gilipollez. Deberías hablar con él en cuanto lo veas mañana, bebé. Ponle límites.

Suspiré. La verdad es que veía a Tom capaz de cualquier cosa, pero quería convencerme de que no sería capaz de decir ninguna imprudencia. Aunque… ¿a quién quería engañar? Si Tom, desde que lo conocía, siempre había sido un imprudente de manual. Un salido que soltaba cualquier comentario fuera de lugar en público o delante de mis padres. Aunque mis padres nunca pillaban el doble sentido de lo que decía. Entonces… ¿qué me garantizaba que esta vez fuera a ser diferente? Y más teniendo a Alex allí, a quien consideraba un enemigo.

Maldita sea. Tendría que hablarle muy seriamente.

&

La mañana del día siguiente llegó muchísimo más rápido de lo que esperaba. Ridículamente rápido, lo juro; los minutos parecían haberse evaporado en cuestión de segundos, o al menos esa era la sensación que no dejaba de roerme por dentro. Casi sin darme cuenta, a las ocho en punto, Alex ya estaba al volante siguiendo al pie de la letra las indicaciones que le iba dando para llegar a la imponente mansión de los König, donde tendría lugar la reunión.

Al llegar, nos recibieron un par de hombres de seguridad que, como era de esperar, procedieron a registrar minuciosamente a Alex antes de permitirnos el paso. Una vez dentro, Andy nos esperaba de pie en el vestíbulo y nos condujo sin demora hasta la zona de la residencia destinada a la reunión. Sabía perfectamente que los König disponían de una especie de sala de conferencias adaptada a su ostentoso estilo.

El lugar estaba presidido por una mesa monumental, larguísima y muy ancha, rodeada de varias sillas perfectamente colocadas. En una de las esquinas destacaba una enorme pantalla y, ocupando ya sus respectivos asientos alrededor de la mesa, se encontraban mi exsuegro, mi excuñado y un hombre al que jamás había visto en persona.

Sin embargo, por el impecable corte de su traje, no me quedó la menor duda de que se trataba del mismísimo presidente de Alemania. Al vernos entrar, los tres hombres se pusieron de pie de inmediato.

—Bill— saludó Travis con un leve e imperceptible asentimiento de cabeza.

Le devolví una media sonrisa, procurando mantener la compostura.

—Buenos días— respondí, recorriendo con la mirada a los tres presentes antes de detenerla en mi pareja. Alex observaba detenidamente a los asistentes, prestando especial atención al presidente, que le devolvía una mirada igual de analítica.

—Alex, te presento al señor Gordon— dije, señalando con un gesto al hombre de mayor edad del grupo.

El aludido asintió ligeramente a modo de saludo y rodeó la enorme mesa para acortar la distancia con Alex, tendiéndole la mano. Alex se la estrechó con firmeza mientras murmuraba un educado «buenos días».

—Y él es Travis— continué con las presentaciones.

Mi excuñado tampoco dudó en acercarse para cumplir con el protocolo.

—Agente Krüger, es un auténtico placer saber que ha aceptado venir y estar presente en esta pequeña reunión— dijo Travis mientras estrechaba la mano de Alex. Sus miradas se cruzaron en un silencioso duelo, aunque ambos permanecían tranquilos —Sé por Bill que esta situación no resulta nada fácil para usted, pero confiamos en que pueda quedarse hasta el final para escuchar con atención nuestra propuesta.

Finalmente soltaron el apretón de manos. Travis ladeó la cabeza para dirigir la atención hacia el mandatario, que ya se había acercado con intención de saludar.

—Le presento al presidente Damián Sotomayor, aunque imagino que ya lo había reconocido perfectamente.

—La verdad es que no— murmuró Alex con tono neutro. Aun así, le tendió la mano sin dudar para saludar al mandatario —Encantado de conocerle, señor.

—El placer es mío, agente Krüger. Me consta de primera mano que es usted extraordinariamente eficiente en su trabajo— comentó el presidente antes de desviar la atención hacia mí. Me dedicó una sonrisa amable mientras me tendía la mano a modo de saludo —Y, por supuesto, no podíamos dejar de mencionar al célebre Benjamin Keller. Un agente formidable que ha servido de inspiración para muchos, incluso dentro de la propia división de la DEA aquí, en Alemania.

Una leve sonrisa se dibujó en mis labios.

—Muchas gracias, señor— respondí, notando un ligero deje de nerviosismo en mi voz.

—Bueno, si os parece bien, podemos tomar asiento y esperar a que lleguen los demás— intervino Travis, dándose la vuelta para regresar a la mesa.

Todos seguimos su gesto y ocupamos nuestros respectivos asientos.

—Mi hermano está a escasos minutos de llegar, y también se unirán a nosotros unos abogados. Si conseguimos llegar a un acuerdo, todo se tramitará estrictamente por la vía legal para evitar cualquier tipo de inconveniente en el futuro.

—Me parece perfecto— asintió Alex con serenidad.

Alex estaba desempeñando su papel con una compostura admirable, pero yo lo conocía demasiado bien como para no darme cuenta de que la situación le resultaba incómoda; sobre todo, por esa velada mención a mi expareja.

Sin embargo, a pesar del tiempo que estuvimos esperando, Tom jamás apareció. Tanto el señor Gordon como su hijo mayor no disimularon su descontento por la impuntualidad, pero aun así decidieron dar comienzo a la reunión. El abogado Esteban Morales había redactado el documento de forma impecable, especificando cada una de las cláusulas necesarias para formalizar una alianza temporal junto a Alex y el presidente Sotomayor. Nos entregó una copia a cada uno, dejando la de Tom sobre la mesa por si finalmente decidía presentarse y quería revisarla.

El documento establecía claramente que el Clan Geist no necesitaba protección legal de ningún tipo; únicamente buscaba consolidar un pacto temporal —vigente estrictamente hasta la captura de Brian— centrado en el intercambio estratégico de información y en el respaldo operativo, aprovechando la capacidad de inteligencia de la DEA.

La presencia del presidente resultaba imprescindible, ya que, en su condición de jefe de Estado de Alemania, debía autorizar y estar al corriente de dicho pacto, del mismo modo que ya garantizaba la tregua entre los demás cárteles para mantener la paz mientras Brian siguiera siendo el objetivo común.

Entre otros puntos fundamentales, la cláusula de no agresión estipulaba que, mientras la alianza permaneciera vigente, ninguno de los presentes en aquella mesa sufriría ataque alguno por parte del otro bando.

—Como pueden comprobar al leer el documento…— comenzó Travis con tono firme, mientras nuestras miradas seguían fijas en el papel que, de ser firmado, nos uniría a todos en un mismo frente —No pretendemos que la DEA nos sirva de escudo, ni mucho menos que el gobierno nos proporcione garantías de ese tipo. No las necesitamos cuando contamos con una estructura enorme, férreamente entrenada y preparada para responder ante cualquier contingencia. Disponemos de tiradores de élite dedicados a formar a nuestra gente, además de especialistas en combate para garantizar la victoria en caso de un conflicto armado. Lo que realmente necesitamos, si aceptáis esta alianza temporal, es acceso a inteligencia completa sobre los objetivos, además de cooperación táctica para llevar a cabo un operativo conjunto una vez reunidos todos los recursos necesarios para ir a por ellos.

Me fascinaban la elocuencia y el profesionalismo con los que se expresaba Travis. Podía notar por la expresión de Alex que estaba sopesando seriamente cada una de sus palabras; al fin y al cabo, lo conocía lo suficiente como para interpretar hasta el más mínimo de sus gestos. Tras unos segundos en silencio, apartó suavemente su copia y la dejó sobre la mesa con absoluta calma.

El silencio que siguió a las palabras de Travis se hizo denso, pesado, cargado del escepticismo natural que surge cuando dos bandos enfrentados intentan trazar una línea de tregua. El presidente Sotomayor fue el primero en romper aquel silencio. Se acomodó en la silla, entrelazando las manos sobre la mesa mientras observaba a Travis con atención.

—Tengo una pregunta, Travis— comenzó el mandatario con su voz pausada y serena —Como comprenderá, para el gobierno alemán implicarse en un pacto de esta naturaleza supone un riesgo político enorme. ¿Qué garantías reales tenemos de que la intervención de nuestras fuerzas no acabará convirtiéndose en un escándalo mediático si todo esto sale a la luz?

Travis ni siquiera pestañeó. Su expresión siguió siendo la de un hombre acostumbrado a negociar. Recuerdo que conmigo la situación fue bastante parecida cuando yo tenía amnesia y Benjamin Keller conoció a los König.

—Señor presidente, las garantías residen en la discreción con la que operamos— respondió Travis con firmeza, sin perder la calma —El Clan Geist no busca ocupar titulares. Lo que proponemos es una cobertura estratégica en la que necesitamos que, llegado el momento del operativo principal contra Brian, el gobierno nos facilite el apoyo de unidades militares clave para cercar la zona y evitar cualquier fuga masiva. Es una causa en la que nuestros intereses coinciden por completo. Tanto el gobierno de los Estados Unidos como la administración de su país quieren la cabeza de Brian en bandeja. Nosotros, sencillamente, necesitamos sacarlo del tablero.

Alex, que había mantenido la vista fija en el documento, levantó la cabeza. Su expresión era completamente indescifrable. Yo deseaba con todas mis fuerzas que aceptara aquel acuerdo.

—Vosotros le habéis declarado una guerra abierta al Clan Nox— intervino Alex, pensativo —Atacasteis directamente sus estructuras. ¿Por qué buscar una alianza con la DEA y con el Estado precisamente ahora? Si contáis con una organización tan preparada como asegura, ¿qué os impide ir a por él vosotros solos?

Travis esbozó una ligera sonrisa.

—Porque no se trata solo de eliminarlo, agente Krüger. Se trata de erradicar por completo su red y asestarle un golpe tan devastador que jamás pueda volver a levantarse— explicó, inclinándose apenas hacia delante —Tras nuestro ataque al Clan Nox, la guerra quedó oficialmente servida. No voy a negarlo… para garantizar la estabilidad ya hemos consolidado tratados de paz y alianzas estratégicas con las demás organizaciones criminales de la región. Hemos avanzado muchísimo en la localización de sus puntos ciegos y en el desmantelamiento de sus rutas. Las mafias aliadas están preparadas para dar el paso definitivo, pero Brian no es un objetivo cualquiera; tiene contactos, recursos y demasiados vacíos legales a su favor. Sin la inteligencia que maneja la DEA sobre sus movimientos internacionales y sin la capacidad del gobierno para cerrar el espacio aéreo y terrestre con apoyo militar, el golpe sería definitivo.

Alex entrecerró los ojos, procesando la magnitud de todo lo que se estaba planteando. Sabía que era una idea brillante, pero, como cualquier agente, tenía sus propios principios. Ladeó ligeramente la cabeza para mirarme; su expresión se suavizó al instante y yo le dediqué una pequeña sonrisa.

—Nos estáis pidiendo que combinemos la inteligencia federal, la fuerza del ejército y la logística del crimen organizado en un único operativo— reflexionó Alex, meditando muy bien cada palabra.

—Les proponemos coordinar recursos contra un enemigo común— corrigió Travis enseguida —Un golpe definitivo. Nosotros ponemos la primera línea sobre el terreno y asumimos las bajas; vosotros aportáis el cerco legal y táctico para garantizar que Brian no tenga ninguna vía de escape. Cuando todo esto termine, la alianza se disolverá y la paz pactada con las demás mafias se mantendrá, garantizando que las calles no vuelvan a convertirse en un caos.

El presidente desvió la mirada hacia Alex y después hacia mí, como si estuviera midiendo la reacción de los agentes presentes en la sala. El ambiente alrededor de aquella enorme mesa de conferencias era electrizante: narcotraficantes y representantes de la ley sentados en igualdad de condiciones, debatiendo el destino de una guerra. Me encantaba. Parecía sacado de una película.

De hecho, recordé vagamente cuando Tom me obligaba a ver sus series de narcotraficantes y decía que, «de mayor», quería ser como Pablo Escobar. Lo cual tenía su gracia porque, por aquel entonces, mi Tom ya tenía veintidós años.

—Como representante legal, debo recalcar que cada punto de este borrador busca blindar la operación— intervino Morales, deslizando un dedo sobre el documento —El marco jurídico propuesto protege los intereses de ambas partes sin comprometer la postura pública de las instituciones gubernamentales. Se trata de un pacto de neutralidad operativa.

Decidí intervenir, sintiendo la necesidad de rebajar la tensión que flotaba en el ambiente. Yo también necesitaba que aquella alianza llegara a formalizarse.

—Es la oportunidad más limpia que vamos a tener para acorralar a Brian de una vez por todas— añadí, mirando alternativamente al presidente y a Alex —Si combinamos la capacidad operativa del Clan con el alcance de la DEA y del ejército, Brian no va a tener ningún margen de maniobra. Eso es precisamente lo que buscamos. Sabemos que ese hombre ha sido muy difícil de atrapar y llevamos doce años intentando conseguirlo. No podemos seguir esperando.

Antes de que nadie pudiera rebatir mi argumento, la puerta de la sala se abrió de par en par.

Tom hizo su entrada en cuestión de segundos, como si nada, como si no hubiera llegado tarde. Desprendía tanta apatía y tanto desinterés…

—Qué bonitas horas de aparecer— soltó Travis, cruzándose de brazos y dedicándole una mirada cargada de reproche.

—No empieces— replicó Tom con brusquedad.

Sin pedir disculpas ni dar ninguna explicación, avanzó hasta la mesa y tomó asiento justo al lado de su hermano. Extendió la mano hacia el documento que le habían dejado reservado, le echó un vistazo rápido y, con todo el desdén del mundo, lo lanzó de nuevo sobre la mesa. Su cara era un auténtico poema de puro disgusto.

Me di cuenta enseguida de su actitud, pero lo que de verdad hizo saltar todas mis alarmas fue la mirada abiertamente asesina que le lanzó a Alex. Mi pareja, en cambio, ni se inmutó. Travis ignoró el gesto de su hermano e intentó mantener el rumbo de la reunión.

—Te pongo al día de lo que estábamos hablando— empezó a explicar con calma —Se trata de una alianza temporal con la DEA y con el gobierno para ir a por Brian. Hay una cláusula de no agresión en la que se establece que ninguna de las partes atacará a ninguno de los presentes mientras el acuerdo siga vigente y…

Tom soltó una pequeña risita, completamente desprovista de gracia, interrumpiendo a mi excuñado.

—¿Una cláusula de no agresión?— se burló —Menuda gilipollez. Yo no voy a firmar esa mierda, ni mucho menos voy a formar parte de esta patética alianza.

—¡Thomas!— intervino inmediatamente el señor Gordon, alzando la voz con dureza y clavando una mirada severa en su hijo —Vas a firmar este documento, te guste o no. Es por el bien de la organización.

—No. No voy a firmar nada— sentenció Tom, poniéndose en pie de golpe.

Sin añadir una sola palabra ni esperar una réplica de su padre o de Travis, dio media vuelta y abandonó la sala de conferencias. El ambiente quedó completamente tenso, rozando la hostilidad. Sintiendo cómo la frustración y la rabia me consumían por dentro, porque Tom tenía que colaborar y no lo estaba haciendo, decidí actuar antes de que la reunión se viniera abajo por completo. El Clan Geist estaba dirigido por tres cabezas; no podía cerrarse una alianza solo con dos. También hacía falta Tom y, además, me preocupaba que hiciera algo contra Alex.

Aunque Alex sabía defenderse, seguía preocupándome. Al fin y al cabo, yo conocía a Tom. Quién sabía cómo era «Klaus» para estas cosas.

—Con su permiso— murmuré rápidamente al resto de la mesa.

Salí de la sala a grandes zancadas, siguiendo el rastro de Tom por el pasillo hasta alcanzarlo en el enorme vestíbulo de la mansión.

—¿Va en serio, Thomas?— le espeté desde atrás, deteniéndome a unos metros de él mientras la rabia y la incredulidad se apoderaban por completo de mi voz.

Tom frenó en seco y se giró para encararme.

—Ni lo intentes. No vas a convencerme— me dejó claro con brusquedad, adelantándose a cualquier argumento.

Solo pude chasquear la lengua con pura ironía.

—No puedes ser tan imbécil, de verdad— le reproché, cruzándome de brazos en actitud defensiva —Sabes perfectamente que esto es una gran idea. Lo sabes. Pero tu puto orgullo es una mierda. Creo que ya se te ha olvidado que tu plan, desde hace doce años, también era atrapar a Brian y hacerlo sufrir. ¿O me equivoco?

Vi cómo apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro llegaron a tensarse al límite.

—Esos planes siguen en marcha… morenito— soltó.

Aquel apodo, el mismo con el que siempre se había referido a mí, sonó esta vez despectivo, hiriente y profundamente chocante.

—No necesito la ayuda de ese hijo de la grandísima puta— continuó con rabia, refiriéndose, obviamente, a Alex —Dije que lo mataría en cuanto lo tuviera delante y voy a hacerlo.

—No. Tú no vas a hacer nada— espeté alzando la voz, perdiendo definitivamente la paciencia —Lo que vas a hacer es volver ahí dentro y firmar la maldita alianza. Aunque ya no lo hagas por mí, como pensabas hacerlo. Me ha quedado clarísimo que ya te importo una mierda, pero al menos hazlo por nuestros hijos. A los que él asesinó, por si ya se te había olvidado. A nuestros bebés. Apenas tenían un par de semanas de vida cuando los tiró por un puto acantilado.

Mi voz se quebró ligeramente al pronunciar aquellas últimas palabras.

Recordar a mis primeros bebés siempre me destrozaba. Era una herida abierta, lacerante… una que quizá jamás terminaría de cerrarse. La espeluznante imagen de ellos cayendo al vacío, tal y como la vi en aquel macabro vídeo que Brian me enseñó mientras permanecía secuestrado, volvió a golpearme de lleno. Mierda… todavía podía recordar el grito desgarrador que solté en aquel momento, tan fuerte y desesperado que me dejó la garganta ardiendo durante días. Lloré hasta vaciarme por completo. Me dolió hasta el alma que me los arrebataran de una forma tan cruel.

Nunca supe con certeza cómo llegó Tom a enterarse de aquello, pero estaba convencido de que su dolor había sido exactamente igual de devastador que el mío. Porque él, incluso más que yo, había soñado con formar una familia… conmigo.

—Pero da igual, ¿sabes qué? Haz lo que te dé la gana, como has hecho siempre— solté de golpe, tragándome el nudo que tenía en la garganta y conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir —Contigo o sin ti, esa alianza va a salir adelante, y yo sí voy a vengar a mis hijos. Aunque sé que eso no me los va a devolver, necesito que Brian y Natalie paguen con sangre por lo que hicieron. Mis bebés no tenían la culpa de absolutamente nada. Así que, si tú no eres capaz de mantener la cabeza fría y dejar a un lado ese… ese odio que le tienes a Alex… entonces vete a tomar por culo.

Invadido por una rabia inmensa, le di la espalda sin esperar respuesta y regresé hacia la reunión. Antes de cruzar el umbral de la puerta, me sequé discretamente el rastro de humedad que tenía en los ojos y me obligué a recuperar la compostura. Entré en la sala, volví a ocupar mi asiento y, enseguida, Alex se giró hacia mí.

—¿Todo bien?— me preguntó en voz baja, examinando mi rostro con una expresión de profunda preocupación.

—Sí— murmuré, forzando una sonrisa para tranquilizarlo, aunque por dentro sintiera un auténtico mar de emociones —¿Vas a firmar?

A pesar de todo, estaba tranquilo porque yo sabía que Tom acabaría viniendo a firmar. O eso esperaba…

—Lo haré— me aseguró Alex con firmeza.

La leve sonrisa que le dediqué fue correspondida de inmediato. Alex volvió a centrar su atención en los demás presentes y, tras dejar escapar un largo suspiro, tomó la palabra.

—Si esto nos garantiza que el Clan Nox desaparecerá del mapa de una vez por todas, entonces contad con la ayuda de la DEA— declaró con voz firme —Eso sí, antes necesito informar al presidente de los Estados Unidos. De ese modo, si llegara a surgir cualquier inconveniente —aunque esperemos que no ocurra—, mi puesto como director de la DEA no se verá comprometido.

El presidente Sotomayor asintió.

—Me parece una postura sensata y prudente, agente Krüger— intervino el mandatario mientras se ajustaba la chaqueta —Por mi parte, el gobierno de Alemania también está dentro. Asumiré el compromiso y desplegaré el apoyo militar necesario cuando llegue el momento del operativo.

Travis esbozó un ligero gesto de alivio, aunque en sus ojos seguía reflejándose la incomodidad por la escena protagonizada por su hermano.

—Os agradezco profundamente su disposición, señor presidente, y la suya también, agente Krüger— expresó Travis, inclinando ligeramente la cabeza —Os pido disculpas en nombre de la familia por el comportamiento tan desafortunado de mi hermano. Os agradezco sinceramente que, a pesar de que él haya decidido retirar su firma, sigáis manteniendo la voluntad de formalizar esta alianza.

—No se preocupe por eso. Los objetivos principales siguen estando claros…— respondió Alex.

Sin perder más tiempo, cogió el bolígrafo que le tendió el abogado y estampó su firma en el documento. Acto seguido, deslizó la hoja hasta mi sitio. Cogí la pluma y firmé justo al lado de su rúbrica. En el mismo instante en que dejaba el bolígrafo sobre la mesa para que el presidente lo cogiera, Tom volvió a entrar.

No dijo absolutamente nada. Su rostro era una auténtica máscara impenetrable. Avanzó con pasos pesados hasta la mesa, cogió el bolígrafo sin mirar a nadie y, con un trazo rápido y agresivo, estampó su firma en el lugar que le correspondía. Dejó caer el bolígrafo de golpe y dirigió la mirada únicamente al mandatario.

—Señor presidente, no se olvide de la reunión que tenemos pendiente usted y yo en privado— sentenció Tom con un tono seco y cortante.

Sin esperar respuesta y sin dedicarle una sola mirada ni a Alex ni a mí, dio media vuelta y salió al exterior de la propiedad.

Bueno, al menos había firmado.

De la mala leche que llevaba se me olvidó decirle que no soltara ningún comentario imprudente. Genial.

.

TOM

La rabia me devoraba por dentro. En ese preciso instante odiaba con todas mis fuerzas el poder casi absurdo que Bill seguía ejerciendo sobre mí. Bastaron un par de palabras suyas y el brillo de sus ojos empañados por las lágrimas para que acabara cediendo; para que estampara mi firma en un documento que había jurado no aceptar jamás.

Detestaba la forma en la que conseguía doblegarme de ese modo, pero ya no había marcha atrás. El daño estaba hecho y el papel ya llevaba mi firma.

Me quedé esperando a que el presidente quedara libre para poder hablar con él a solas; aún tenía pendiente resolver el asunto de Gustav. Debía desviarlos por completo del camino para impedir que descubrieran que Bill seguía con vida. No podían enterarse bajo ninguna circunstancia.

Mientras esperaba, decidí volver al interior al recordar que debía informar a mi padre —por muy cabreado que estuviera con él— del verdadero motivo de mi «reunión privada» con el mandatario. Pero fue entrar y cierta mujer vino de golpe a mi cabeza. Me quedé plantado en mitad de la estancia con el móvil en la mano, impulsado por una repentina e inexplicable necesidad de llamar a Catalina.

La idea había aparecido de la nada y, por más vueltas que le daba intentando encontrarle una explicación lógica, no era capaz.

El motivo por el que había llegado tarde a la reunión principal había sido precisamente ese. Después de la forma en que se marchó anoche, nació dentro de mí un impulso incontrolable de ir a buscarla aquella misma mañana.

Al final terminé llevándola a mi apartamento y pidiéndole que se quedara allí todo el tiempo que hiciera falta, al recordar que Rodrigo la tenía amenazada. Y no dejaba de repetírmelo por dentro… no tenía ni la menor idea de dónde salía aquella compulsión, pero sentía que, si no le hacía caso, una sensación de asfixia y desesperación me oprimía el pecho, exactamente igual que un adicto cuando empieza a sufrir el síndrome de abstinencia. La noche anterior la había pasado de puta pena; tuve que tomarme una pastilla para dormir porque el sueño se negaba por completo a llegar.

—¡Hola, Klaus!— resonó su voz animada al otro lado de la llamada en cuanto respondió.

Cuando fui a buscarla al hotel estaba visiblemente molesta, pero después de que yo —haciendo un esfuerzo descomunal— le pidiera perdón, pareció ablandarse y aceptó mi propuesta de instalarse en mi apartamento. Era extraño. La única persona a la que yo le pediría perdón sería a mi morenito… pero…

—Catalina, ¿todo bien por ahí?— pregunté, procurando mantener la voz neutra.

—¡Sí! Ya he terminado de colocar todas mis cosas. ¿Vas a venir pronto?

—No lo creo. Todavía me quedan bastantes asuntos por resolver— le hice saber.

Intentaba desesperadamente mantenerla fuera de mis pensamientos, pero era inútil. Cuanto más trataba de obligar a mi mente a centrarse en otra cosa, más intensa se volvía aquella opresión sofocante, aumentando cada vez que intentaba contenerla. Solo encontraba un alivio momentáneo cuando hablaba con ella o dejaba que mis pensamientos fueran hacia ella, aunque fuera para recordar momentos amargos.

—Solo te llamaba para saber cómo… cómo estabas— añadí.

—Pues de maravilla— respondió, dejando entrever un claro matiz de orgullo en su voz —Gracias por preocuparte por mí.

—Ajá. Hablamos luego.

Colgué la llamada de forma seca y empecé a recorrer el lugar con la mirada buscando a mi padre, convencido de que no debía de andar muy lejos. Sin embargo, al alzar la vista hacia la planta superior, mis ojos se toparon de lleno con la figura de mi morenito… sonriéndole de forma «tierna» al imbécil de Alex.

Mierda.

Joder.

Entrecerré los ojos lleno de rabia cuando Bill ladeó ligeramente la cabeza al darse cuenta de que lo estaba mirando. Dibujó en los labios una sonrisa que no tenía absolutamente nada de inocente ni de tierna y, acto seguido, sujetó a aquel hijo de la gran puta por las mejillas para plantarle un beso delante de mis narices.

Sentía cómo una rabia feroz e incandescente me abrasaba el pecho, quemándome desde las entrañas hasta la piel. Me negaba por completo a creer lo que estaban viendo mis ojos. Lo que estaba sintiendo al tragarme aquella escena era un tormento tan grotesco, tan miserable y tan absurdamente doloroso que me resultaba imposible de procesar, y mucho más de poner en palabras.

Estaba viendo a mi morenito… besándose con aquel maldito imbécil.

Observaba a cámara lenta cómo ese desgraciado, con su mano asquerosa, le sujetaba la barbilla, adueñándose de sus labios y manteniéndolos unidos en un beso firme que no le dejaba ni el más mínimo espacio para apartarse.

Un golpe brutal me atravesó el centro del pecho, dejándome sin aire.

¿Así? ¿Exactamente así se había sentido mi morenito cuando le confesé, muerto de miedo, que me había acostado con Catalina? ¿Había sentido esta misma asfixia insoportable, como si el aire desapareciera de golpe del universo y el oxígeno jamás fuera suficiente para llenar los pulmones? ¿Sintió que todo su mundo se consumía a su alrededor entre llamas devastadoras, con él atrapado en medio, reduciendo cada pedazo de su alma a cenizas… exactamente igual que me estaba destrozando a mí en ese preciso y maldito instante?

Dios… de verdad que no podía soportarlo. Sentía cómo todo mi ser se resquebrajaba, rompiéndose por dentro.

Pero lo peor de todo, lo que terminaba de hundirme en la más absoluta miseria y de hacerme sentir la persona más miserable del mundo, no era solo la escena en sí… era la crueldad que había detrás. Era saber que, justo un segundo antes de entregarse por completo al beso que aquel hombre le estaba robando, Bill me había mirado directamente a los ojos. Había sostenido mi mirada… y me había sonreído.

Aquella sonrisa me mató. Fue como la puñalada final, y algo me decía que lo había hecho porque había escuchado mi conversación con Catalina.

Maldita sea.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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