Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 19 (Parte 2)
TOM
Tenía la cabeza hecha una auténtica mierda. Odiaba con cada fibra de mi ser sentirme así, desquiciado, atrapado en mi propio cuerpo, y lo peor de todo era que no podía hacer una mierda para evitarlo.
Lo que terminaba de pudrir la situación era que Travis había tenido la grandiosa idea de aparecer por sorpresa en mi bar. Y no lo había hecho solo; venía acompañado de Melanie y de la niña. La pequeña Cristina llevaba puesto un precioso trajecito de ballet rosa, entretenida con su tableta y descansaba plácidamente sobre las piernas de su madre, que seguramente venía agotada después de salir de su jornada como psicóloga.
Estaban sentadas en una de las mesas redondas más cercanas a la barra.
Bach, que acababa de regresar de su luna de miel y se había pasado por aquí a saludar un momento, observaba la escena desde un rincón con los brazos cruzados y una mueca de evidente tensión en sus labios. Y bueno… no había absolutamente nadie más en mi bar. Travis, el muy cabrón, se había tomado la libertad de echar a todos los clientes a la calle y cerrar la puerta con llave durante su «breve» e indeseada visita.
Yo estaba sentado en uno de los taburetes altos, con la espalda encorvada pegada al borde de la barra de madera oscura, el codo apoyado sobre la superficie helada y la frente descansando pesadamente sobre mi brazo. Estaba absurdamente aburrido por el sermón infumable que me estaba soltando mi hermano y, al mismo tiempo, aplastado por una frustración que me quemaba las entrañas.
—Tú firmaste un acuerdo oficial, Tom— me decía Travis con la mandíbula apretada, caminando de un lado a otro frente a mí como un sargento enfurecido —Maldición, ya no somos unos adolescentes irresponsables, ¿sabes? Ya no estamos en los tiempos en los que nuestro padre se encargaba de toda la logística de la mafia y nosotros nos dedicábamos a vivir la vida como unos dementes sin consecuencias. Tú, en especial, Tom… Tenías que estar presente en esa jodida reunión con el Presidente de los Estados Unidos y el Canciller porque es una cláusula vital del acuerdo. No se trataba solo de firmar el papel y desaparecer. ¿Al menos te tomaste dos miserables minutos de tu puto tiempo para leer lo que firmaste?
—No— fue mi respuesta seca, sin mover la cabeza de mi brazo.
—No— repitió él, tajante, cargando cada letra de ironía —Increíble. Maldición, Tom, cómo odio que seas tan profundamente irresponsable.
—No tengo cabeza para nada, carajo— murmuré, alzando ligeramente la vista para mirarlo a la cara —¿Por qué mierda no dejas de joderme la vida un rato? Siempre estás plantado delante sermoneándome como si fuera un crío idiota.
—¡Entonces deja de comportarte como uno!— alzó la voz, encarándome.
—¡Sabes perfectamente que yo no estoy bien, maldita sea!— le grité de vuelta, poniéndome derecho en el taburete mientras la voz se me quebraba por la furia —¡No estuve presente en tu puta reunión porque me sentía como la mierda, ¿ya?! ¡Si tú estuvieras metido en mi puto lugar estarías igual de imbécil que yo, enfermo, oyendo voces en tu cabeza todo el día, volviéndote completamente loco!
—No estarías así si tan solo dejaras que la gente que te quiere te ayudara— gruñó él, apretando los puños a los costados —Estoy jodidamente cansado de estar cuidándote las espaldas cada segundo de mi vida. No pones un ápice de tu parte, Tom. Qué agotador y qué jodido es intentar salvar a alguien que deliberadamente no se deja ayudar.
Fruncí el ceño, sintiendo un pinchazo ardiente detrás de las sienes.
—¿Crees que hago esta porquería a propósito?— siseé, poniéndome de pie de un salto, haciendo que el taburete chirriara contra el suelo.
«Tu hermano no te entiende», dijo de pronto esa voz maldita en mi cabeza, baja, rasposa, taladrándome los pensamientos. «Nadie te comprende ni te comprenderá jamás. Estás solo, Klaus. Todos son tus enemigos.»
Apreté los ojos con fuerza, tragándome un gemido de dolor mientras la migraña amenazaba con partirme el cráneo. Quería que esa voz se callara de una puta vez.
—No me jodas, Travis— continué diciéndole, dando un paso tambaleante hacia él —No sabes absolutamente nada si piensas que yo no me dejo ayudar por pura voluntad propia.
—Al menos pon algo de tu parte— comentó él, sin dar un paso atrás, mirándome con severidad —Si tan solo te resistieras un poco a esa mierda que te domina…
Y mierda… cuánto me encendía que hablara con tanta ligereza. Cuánta rabia me daba que nadie se tomara el maldito tiempo de pensar si me sentía bien, si estaba sufriendo o si me estaba ahogando por dentro. Nadie comprendía el infierno viviente que era mi propia mente, y es que yo tampoco encontraba las palabras para describirlo. Solo sentía cómo el pecho se me llenaba de una rabia negra, una furia desenfrenada que rozaba mis límites.
Sentía que, si esto seguía un minuto más, yo iba a explotar. Por más que intentara contener los impulsos para no decir o cometer alguna locura irreparable, simplemente no podía. Me faltaba el aire. Sentía que el oxígeno no me llegaba a los pulmones y mis pensamientos comenzaban a volverse grotescos, oscuros, desfigurados.
Se volvían peligrosos. Y sabía perfectamente que esos pensamientos macabros no eran míos del todo, pero me resultaba imposible controlarme porque me impulsaban, me empujaban con violencia a hacer cosas que yo jamás quise hacer.
—Mejor cierra tu puta boca, Travis— le ordené con una expresión desquiciada, dando pasos lentos y pesados hacia él.
Mi hermano no se inmutó. Mantenía esa mirada inescrutable en el rostro, un rostro casi idéntico al mío pero libre de la maldición que me estaba destruyendo a mí. Él vivía tan campante; yo no entendía por qué esto me pasaba solo a mí.
—Maldición… no quiero hacerte nada— bramé en voz baja, sintiendo que los nudillos me temblaban.
Él alzó ambas cejas con frialdad.
—¿Hacerme qué, Tom? No seas idiota.
—No entiendes nada…— solté una risita ahogada que no llevaba ni una gota de gracia, pasándome la mano por la cara, que ya estaba algo sudada —Esta cosa… esta mierda en mi cabeza me hace decir y hacer cosas, y no las puedo controlar— dije impacientemente, con la voz alterada pero intentando no exaltarme.
Hablaba en un murmullo extrañamente calmado, luchando con uñas y dientes para que las voces no tomaran el control total de mi cuerpo, y eso me hacía hablar como un loco.
—No me busques, Travis. Te lo juro por Dios, no me busques porque me vas a encontrar.
—A mí no vengas a amenazarme a la cara, Thomas.
—Travis…— intervino Melanie, poniéndose de pie de inmediato con tono serio y preocupado. La niña miraba la escena parpadeando, curiosa, con su tableta en una de sus manos sin mirarla —Amor, por favor, vámonos ya. No quiero que empecéis a discutir así. La niña está aquí, por favor.
Mi hermano ni siquiera se volvió a mirarla. Sus ojos marrones seguían clavados en los míos, desafiantes, fijos, sin ceder un solo milímetro.
—No me pidas que me calle, Melanie— dijo él sin romper el contacto visual conmigo, soltando una risa llena de impotencia —No me voy a mover de aquí hasta que este imbécil me mire a la cara y me diga si de verdad piensa mandarlo todo a la mierda. ¿Es eso lo que quieres, Tom? ¿Te vas a desentender de las operaciones? ¿Nos vas a dejar tirados con el clan, con la alianza y con la DEA porque no tienes los cojones de sostenerte en pie?
—¡No es una puta opción!— exploté, dando un manotazo fuerte contra la superficie de la barra que hizo que la palma de mi mano ardiera —¡Me importa un carajo la alianza, la DEA y el clan entero! ¡No puedo más, Travis! ¿Qué parte de «mi puta cabeza deshecha» no logras procesar?
—¡La parte en la que eres un cobarde!— me gritó él, recortando la distancia de un solo paso agresivo, encarándome cara a cara.
—Chicos…— intentó intervenir Bach sin éxito alguno.
—¡Todos estamos haciendo un esfuerzo sobrehumano! ¡Bach acaba de volver, yo tengo a mi familia aquí, nos estamos jugando la vida para atrapar a Brian y tú solo sabes lamentarte, emborracharte y usar que «oyes voces» como una excusa para lavarte las manos de tu responsabilidad! Si quieres tirar la toalla y renunciar a todo, dilo de una puta vez, pero no esperes que te aplauda el berrinche.
—¡Cállate! ¡Cállate la puta boca!— rugí fuera de mí, sintiendo que las venas del cuello me iban a reventar. Las paredes parecieron encogerse a mi alrededor, el zumbido en mis oídos se volvió ensordecedor y la imagen de mi propio hermano se distorsionó frente a mis ojos, convirtiéndose en el blanco de toda la rabia que llevaba reprimida.
La presión en mi pecho se volvió insoportable. El aire me quemaba. Llevé la mano a la parte trasera de mi cinturón con un movimiento instintivo, rápido y ciego. Antes de que cualquiera en la habitación pudiera reaccionar, desenfundé la pistola, deslicé el carro para cargar un cartucho en la recámara con un chasquido, y le apunté directamente al centro del pecho a mi propio hermano.
El silencio en el bar se volvió sepulcral.
—¡Tom!— gritó Bach, dando un paso al frente, aterrorizado —¡¿Qué puta mierda haces?! ¡Baja el arma!
Melanie dejó escapar un grito ahogado de horror, cubriéndose la boca con ambas manos mientras la pequeña Cristina se alteraba por completo, rompiendo a llorar del puro susto.
—¡Tío Tom! ¡Deja a mi papito, por favor! ¡Deja a mi papito!— gritó la niña con desesperación, aferrándose al pantalón de su madre.
Travis ni siquiera parpadeó. Mantuvo la mirada fija en el negro e implacable cañón del arma y luego levantó los ojos hacia los míos, serios, helados, midiendo con calma la poca cordura que me quedaba entre las manos.
—Repítelo— gruñí, sintiendo que la mandíbula me temblaba de pura rabia —¡Repite lo que dijiste, cabrón!
—¿Qué mierda…?— la voz ahogada y casi susurrante de Bill se dejó oír desde el umbral. De soslayo lo vi entrar en el bar, con la cara completamente desencajada al asimilar la escena —¿Qué coño haces?— me preguntó directamente, dando un paso cauteloso.
—No te importa— le respondí en un siseo áspero, volviendo de inmediato la mirada hacia Travis.
—¿Vas a dispararme?— preguntó él sin mostrar ni una pizca de miedo —¿En serio, Tom? ¿Delante de mi mujer y de mi hija?
—¡No entiendes que yo no…!
«Dispara, Klaus», retumbó la orden en los cimientos de mi cabeza. «Hazlo ya».
—¡Ahg! ¡Maldita sea!— gruñí fuera de mí.
Parpadeaba aturdido, la vista se me nublaba por momentos y la luz me quemaba los ojos, pero aún podía enfocar la silueta imponente de mi hermano.
—¡Te dije que te callaras!
—Tom, solo baja el arma— pedía Bach a unos metros; podía distinguir su voz distorsionada por el pánico —Joder, es tu hermano. Es Travis.
—Es un cabrón— respondí con el pecho agitado —Nadie entiende una mierda de lo que pasa aquí. Nadie.
—Tom…— intentó Bill nuevamente, usando ese tono suave y firme con el que solía manejar mis peores ataques.
—Tienes que controlarte de una puta vez— decía Travis a su vez, desafiándome con la postura.
«Dispara, Klaus», repitió aquella voz, golpeándome las sienes.
Tenía unas putas ganas de llorar, un nudo amargo atascado en la garganta. Yo no quería hacerlo, juro por Dios que no quería, pero no podía contenerme. No podía, de verdad que no podía.
La mano no me obedecía a mí, sino al impulso salvaje que esa maldición me dictaba.
«Dispara».
—Tom…— Travis intentó dar un paso hacia mí, pero apreté el gatillo.
El estruendo ensordecedor de la detonación resonó por todo el bar, rebotando en los cristales y en las paredes. La bala salió disparada, rompiendo el aire e impactando de lleno en un costado del abdomen de mi hermano.
Travis soltó un jadeo seco y cayó de rodillas antes de desplomarse hacia un lado. Oí gritos desquiciados, el llanto desgarrador de la niña, el chillido de Melanie. Yo no podía controlarme; sentía un zumbido ensordecedor en los oídos, la respiración acelerada e insoportable, y la voz que seguía ordenándome que rematara. De pronto, sentí que alguien me cogía por detrás con fuerza, y pude reconocer la voz de Bach forcejeando exhausto para intentar calmarme y arrebatarme el metal.
—Oye…— ese era Bill. Avanzó directo hacia la línea de fuego —¡Tom, baja el arma!
Bach no pudo conmigo. Yo me revolvía con furia y mi fuerza física sobrepasaba cualquier límite en ese instante. Me zafé con un empujón violento y acabé apuntándole a Bill directamente al pecho con la pistola humeante. Podía recuperar la visión poco a poco, distinguiendo su pelo lacio negro, decorado con bonitas mechas blancas, y sus ojos bien abiertos, pero la rabia seguía intacta en mis venas.
—Mierda… lárgate, Bill— gruñía entre dientes, intentando no apretar el gatillo contra él —Lárgate de aquí.
—Baja el arma, ¿sí?— pidió él, dando un paso lento pero firme hacia mí, sin mostrar ni un milímetro de duda.
—¡No! ¡Nadie entiende una mierda! ¡¿Tú también crees que hago esto porque quiero?!— gritaba yo en medio de un llanto por la pura desesperación que sentía. Un llanto seco, abrasador, solo que las lágrimas no salían de mis ojos secos y rojos —¡Te dispararé si no te vas! ¡Te juro que voy a dispararte!
—¡Por Dios, Bach!— gritó Melanie desde el suelo, y podía distinguir el llanto histérico de Cristina de fondo —¡Ayúdame! ¡Hay que llamar a una ambulancia ya! ¡Se está desangrando!
—¡Bill!— le llamó Bach, desesperado, dividido entre correr a ayudar a mi hermano moribundo o quedarse a evitar que yo matara al pelinegro.
—Ve, yo me encargo de Tom— fue la respuesta tajante y definitiva de Bill, sin quitarme los ojos de encima.
—Si le disparó a Travis… puede que…— murmuró Bach con la voz rota.
—No lo hará. Ayuda a Travis— ordenó Bill.
«Dispárale», decía aquella voz en mis oídos. «Mátalo a él también».
«¡No!», me gritaba otra voz lejana en el fondo de mi mente. «¡No, no, no! ¡A él no!».
—Vamos arriba, Tom— me decía Billie, con su voz baja, calmada, reconfortante dentro de la pesadilla que yo estaba viviendo. Él era mi ángel, ¿verdad? Él era quizás el único que podría sacarme de mi miseria, mi hermoso ángel. ¿Por qué lo odiaba? —Vamos a tu piso, ¿sí? Camina conmigo.
—No…— murmuré, tambaleándome.
Al recuperar del todo la visión, pude ver la escena dantesca. Vi cómo Bach ayudaba a Melanie a presionar la herida de Travis, la niña lloraba a moco tendido llamando a su papá, que estaba tirado en el suelo sobre un charco rojo. De un lado de su abdomen salía sangre a borbotones, que Bach intentaba detener con unos trapos mientras Melanie marcaba frenéticamente a urgencias con las manos temblorosas.
La culpa me llegó de golpe, brutal, aplastante, y con ella una opresión asesina en el pecho.
Maldita sea, no otra vez.
Sin darme cuenta, sumido en el shock, Bill me llevaba del brazo y me guiaba pacientemente hacia el ascensor privado que subía a mi piso. Yo no bajé el arma ni un solo segundo durante el trayecto; seguía apuntándole con el pulso tembloroso directamente hacia la cabeza.
—Baja el arma— me pidió con firmeza en cuanto las puertas del ascensor se cerraron.
Fue ahí cuando me giré a mirarlo bien. Tenía una expresión seria, dura, pero no había ni una sola pizca de miedo en sus ojos. Verlo así, genuinamente enfadado y decepcionado conmigo, me obligó a bajar la pistola por puro instinto de sometimiento a su presencia.
—No vuelvas a apuntarme con una o te juro que te golpearé— amenazó con la voz fría. Yo solo tragué saliva, incapaz de articular palabra.
Poco a poco, la nube densa y asfixiante de pensamientos agresivos se iba disipando, y con su retirada recuperaba la consciencia plena de lo que acababa de hacer. La bruma se evaporó y me golpeó la realidad. No me di cuenta de cómo pasó el tiempo; solo supe que ya estaba dentro de mi piso cuando Bill me sujetó de los hombros y me hizo sentarme con brusquedad en el sofá de la sala.
Solté un resoplido pesado, cayendo de espaldas. Me sentía profundamente mareado, asqueado de mí mismo, culpable hasta la médula, y eso solo aumentaba la opresión en mi tórax. Me sentía asfixiado otra vez, como si me faltara la mitad del aire. Mierda, odiaba con toda mi alma sentirme tan patético.
—¿Qué mierda te está pasando?— preguntó Bill. Levanté la mirada lentamente y me lo encontré de pie frente a mí, con los brazos cruzados y respirando agitado —¡Le disparaste a Travis! ¡Tu propio hermano, joder!— exclamaba con la rabia apenas contenida, bajando la voz para no gritar pero dejando ver las venas de su cuello —¿Estás completamente demente?
—Lo siento…— murmuré con la voz temblorosa y la mirada perdida en la alfombra.
—¿Lo sientes?— repitió él en un jadeo sarcástico —Tom, ¿por qué carajos eres así? ¿Por qué haces las cosas más atroces y, justo después de hacerlas, es cuando pides disculpas? Como si un «lo siento» fuera a arreglar lo que hiciste, como si fuera a borrar todo el daño.
—Yo…— sentía un dolor de cabeza punzante, como si me estuvieran clavando cristales detrás de las sienes —No sé qué me pasa, Bill. Te juro que no lo sé.
Cerré los ojos con fuerza, respiré profundamente por la nariz, contuve la respiración durante cinco agonizantes segundos y luego expulsé el aire despacio por la boca. Necesitaba calmarme antes de que el corazón me reventara la caja torácica.
Normalmente, lo único que conseguía adormecer o calmar estas sensaciones extrañas y terroríficas era el alcohol. O esa era la medicina destructiva que yo mismo me había impuesto para sobrevivir a lo que fuera que tuviese. Todo esto era una mierda; no me entendía ni yo mismo, ¿cómo cojones iba a pretender que alguien más me entendiera?
«Le disparaste a tu propio hermano», decía mi propia voz, esta vez clara y destructiva dentro de mi conciencia. «Le disparaste a Travis… y le has apuntado con un arma cargada a Bill».
La carga de la culpa me aplastó el cuerpo. El agotamiento físico y mental me venció de golpe. Poco a poco… me sentí sumido en un sueño pesado, infinito, cayendo en la negrura sobre el cojín del sofá.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉