Fic TOLL de Beth

Capítulo 29

TOM

Durante esos meses en los que el tiempo pareció detenerse entre las paredes del hospital y la casa de Billie, mi propio hogar familiar se desintegraba en silencio.

​Jamás volví a pisar la que juré que era mi casa.

No quería ver a mi padre, no quería cruzar la puerta de un lugar que olía a mentiras y manipulación. Todo lo que supe sobre el derrumbe de mi familia me llegó a través de fragmentos, llamadas cortas de antiguos amigos y mensajes sueltos de gente que aún me compadecía.

​La verdad empezó a filtrarse como un veneno lento.

​La supuesta enfermedad terminal de mi madre, esa tragedia con la que nos había chantajeado emocionalmente durante días, la excusa perfecta para atarnos de manos, culparnos de su sufrimiento y justificar el infierno que vivíamos resultó ser una absoluta y completa farsa.

​Nunca tuvo cáncer.

Nunca estuvo al borde de la muerte.

​Todo había sido un montaje patético, una red de mentiras diseñada milimétricamente para retenernos a todos bajo su control, para alimentar su papel de víctima y asegurarse de que nadie tuviera el valor de abandonarla. Viví aterrorizado creyendo que en cualquier momento la perdería, y al final, todo era teatro.

​Cuando la verdad salió a la luz y se desplomó el castillo de naipes que mi madre había construido, el impacto fue tan violento que destruyó lo poco que quedaba en pie.

Mi padre, el hombre frío y calculador que siempre había manejado los hilos desde la sombra, no soportó el escándalo ni el peso de la farsa.

​Lejos de asumir alguna culpa o intentar reparar los platos rotos, Nick hizo lo que mejor sabía hacer: huir cobardemente.

​Empacó sus cosas una madrugada, desentendiéndose de todo, y se fue de la casa. Pero lo imperdonable, lo que realmente terminó por romperme por dentro al enterarme por mis amigos, fue que no se fue solo.

​Se llevó a Janick.

​A mi hermano menor.

Al niño que yo tantas veces había intentado proteger de la toxicidad de nuestra casa.

​El lo arrancó de ahí para empezar una nueva vida en otra parte, dejándome a mí completamente al margen, como si nunca hubiéramos sido padre e hijo, como si la familia entera hubiera sido borrada del mapa de la noche a la mañana.

​Desde la distancia, supe que mi madre se quedó completamente sola en esa gran casa vacía, consumida por su propio egoísmo y sus mentiras, mientras los escombros de lo que fuimos terminaban de sepultarnos a todos.

​Enterarse de eso dolió, sí.

Pero la paradoja es que, mientras mi apellido y mi sangre se desmoronaban en mil pedazos allá afuera, yo ya no sentía nada por ellos. Mi mente y mi alma estaban enteramente en otro lado: en una habitación de hospital, esperando que Billie abriera los ojos.

&

​Dos meses más tarde, el teléfono sonó a las tres de la madrugada.

No era Greta, ni Georg; era el médico tratante.

Me levanté de un salto, con el corazón golpeándome las costillas, y contesté antes de que el aparato pudiera dar el segundo tono. Su voz, tranquila pero firme, me dio la noticia que llevaba semanas rogando escuchar: Billie había abierto los ojos.

​Conduje hasta el hospital con las manos firmes en el volante, un contraste absoluto con la última vez que hice ese recorrido.

Cuando entré a la habitación, el olor a desinfectante se mezclaba con el aroma a café que Greta acababa de dejar en la mesita.

Billie estaba ahí, sentada en la camilla, pálida, con ojeras profundas y la mirada perdida en el blanco de las sábanas.

​Cuando me vio cruzar el umbral, sus labios temblaron.

—Tom… —su voz apenas fue un susurro rasposo, como si hubiera olvidado cómo usarla.

​No lo dudé.

Crucé la habitación y me arrodillé junto a su cama, tomando sus manos frías entre las mías.

Estaban delgadas, frágiles, pero eran reales. Por primera vez en meses, las lágrimas que cayeron por mis mejillas no fueron de desesperación, sino de un alivio tan profundo que dolía.

—Estoy aquí, Billie —le dije, besando sus nudillos mientras mi voz se quebraba—No me voy a ir a ninguna parte.

​Durante las primeras semanas tras su despertar, el proceso fue brutal.

Su cuerpo necesitaba sanar, pero su mente estaba llena de fantasmas.

Fue entonces cuando Greta y Georg insistieron en algo no negociable: la terapia.

Al principio, Billie se negó. Se encerró en el silencio, avergonzada de lo que había intentado, furiosa con el mundo y con ella misma.

Pero yo me mantuve firme a su lado, acompañándola a cada sesión, esperando en la sala de espera con un libro viejo o simplemente observando el techo, demostrándole que mi presencia no dependía de que estuviera bien o mal.

​En su segunda semana de terapia individual, Billie comenzó a hablar.

A desenterrar los años de abuso emocional, el peso de las expectativas ajenas, el dolor silenciado por la pérdida de sus embarazos y el miedo constante a no ser suficiente.

—Tengo miedo de arruinarte la vida, Tom —me dijo una tarde, sentados en el porche de su casa mientras los niños jugaban en el jardín con Georg y Greta preparaba una limonadas— Te arrastré a mi infierno.

—Tú no me arrastraste a ningún lado, Billie. Yo elegí quedarme —le respondí, tomando su rostro entre mis manos y obligándola a mirarme a los ojos—Pero tienes que elegir quedarte tú también. No por mí, sino por ti.

​El camino no fue lineal.

Hubo días malos, recaídas emocionales, noches en las que despertaba gritando y yo la abrazaba hasta que su respiración se calmaba. Pero poco a poco, la luz volvió a su mirada.

La terapeuta hacía su trabajo, Greta ponía el calor del hogar como la madre excelente que era, los niños llenaban las tardes de risas inevitables, y yo… yo me encargaba de recordarle todos los días, con pequeños detalles, que merecía la pena vivir.

&

Un año después, las cosas eran diferentes.

La casa ya no se sentía como un refugio de supervivencia, sino como un hogar real.

Billie había vuelto a dar clases a tiempo parcial, sus ojos habían recuperado ese brillo desafiante e inteligente que me enamoró en el aula, y las cicatrices en sus muñecas ya eran solo marcas blancas, recordatorios mudos de una tormenta que habíamos logrado atravesar.

​Esa tarde, el sol de otoño pintaba la sala de un tono dorado.

Los niños estaban con su padre este fin de semana, Greta había vuelto a su hogar y la casa guardaba un silencio cálido y cómodo.

Estábamos en la cocina; Billie preparaba té mientras yo la abrazaba por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro y sintiendo el compás tranquilo de su respiración.

​Se giró lentamente en mis brazos, rodeando mi cuello con sus manos, con una sonrisa pequeña pero genuina dibujándose en sus labios.

—Estuve pensando —murmuró, jugando con los botones de mi camisa—La terapeuta dijo que estoy lista para dejar de mirar hacia atrás con culpa. Y… creo que tiene razón.

​Contuve el aliento, sintiendo que el aire volvía a llenarme por completo.

—¿Y eso qué significa para nosotros, Billie? —pregunté, con el corazón latiendo con fuerza contenida.

​Ella inclinó la cabeza con su mirada brillando con esa seguridad recuperada que tanto me costó ver nacer de nuevo.

—Significa que ya no quiero sobrevivir, Tom. Quiero vivir. Y quiero hacerlo contigo, si todavía me quieres a pesar de todo mi desastre.

​Sonreí, sintiendo una paz absoluta inundar mi pecho.

Escondí mi rostro en su cuello, inhalando su aroma familiar, y le apreté con fuerza contra mí, sabiendo que, por fin, habíamos ganado la batalla más dura de nuestras vidas.

—Te quiero con cada parte de tu desastre, Billie —susurré contra su piel—Y acepto ser feliz contigo, hoy y siempre.

Continúa…

OMG, uno más y termina. Gracias por la visita. 

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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