La canción del lobo

Nota: Esta historia está basada en el libro Wolfsong de T.J. Klune sólo que se modificaron varias cosas para que encajara (aparte de otros detallitos adicionales), y fue patrocinado por Chikparole, gracias, bella por la confianza, y agradecimiento extra para Daffie por su gran corazón.

La historia está finalizada, sólo que la subiré por capítulos por cuestión de practicidad ya que sí está algo extensa para sólo subirla como un oneshot.

Fic Toll de Kasomicu

Capítulo 1

Cuando Jörg Kaulitz se fue, Thomas no lo comprendió, a sus cortos doce años, y él no siendo el más inteligente, su padre repitiéndole lo tonto que era, y Simone diciéndole que sólo no era “tan despierto” como otros chicos de su edad.

Sin embargo, Thomas no sólo recibía aquel rechazo de su padre, sino de sus compañeros de escuela, haciendo que él fuera un niño retraído que sólo pensara en que si él tuviera amigos no los haría sentir así de miserable, incluso con gente que no lo era, porque esos grupos sólo se juntaban para insultarlo o buscar hacerle daño. 

Pero su papá le hizo más daño cuando se fue, haciendo que Tom comprendiera luego que fue para siempre.

También Thomas captó que pese al dolor, y cómo esto pareció ser una muerte anunciada para su madre, hubo más calma para ella, y cuando una ausencia trae paz, es más doloroso, porque significaba que su padre nunca fue algo bueno al no ser una pérdida real, por más que su corazón intentara convencerlo de que sí, que los insultos, los golpes sólo eran enseñanzas para forjarle el carácter porque: —Hombres grandes como nosotros, Tom, debemos ser fuertes y no sólo lucir como uno —le había dicho su padre en más una ocasión.

Y es que Tom era alto para su edad, luciendo un poco mayor a comparación de sus compañeros, sólo que mientras que su progenitor era corpulento, Tom era menudo, así que en realidad sólo hacía que tuviera un poco más de resistencia al recibir golpes, o que algunos que no vieran su comportamiento introvertido se espantaran al creerlo mayor, por más que su rostro fuera el de un niño. Sólo que Thomas lo sabía, que buscaba aferrarse a lo bueno de su padre, así fuera algo casi inexistente, porque le dolía el abandono, y el saber que no tenían a nadie más.

Cuando su madre firmó los papeles del divorcio que llegaron por correo, le preguntó: —¿Quieres que te quite su apellido?

—No, mami, yo le daré un nuevo significado al Kaulitz, para que sea el apellido que lleve un hombre que sí cumple sus promesas —respondió Thomas.

Simone lo apretó contra ella, besándole la frente mientras sollozaba. Y Thomas no pudo evitar llorar, notando que aún no era un hombre, por más que fingiera serlo, porque su padre le había repetido: —Los hombres no lloran, sólo las mujeres y niños lo hacen.

Thomas sólo esperaba ser lo suficiente para hacerse cargo, porque sin su padre, él de algún modo se volvía el hombre de la casa, y de ese modo es que Thomas fue donde el taller de mecánica de Larry, dónde trabajaba su padre antes de partir, totalmente determinado a sus doce años a poder ayudar a su mamá.

—Si miren, es el pequeño Tom el hijo de Jörg, ¿qué te trae por acá, niñito? —inquirió Erik, uno de los hombres que trabajaba en el taller, pero Thomas no era ningún pequeño, ya no más.

—Quisiera hablar con Larry, por favor, y no soy “pequeño” ni “niñito”, tengo doce años, soy el hombre de la casa —repuso Thomas con el ceño fruncido, porque no quería que lo hicieran en menos justamente cuando iba con un propósito a aquel recinto.

Erik soltó un silbido y rió. —Vaya, pues entonces, “hombrecito”, Larry está en su oficina al fondo —señaló el mecánico con su pulgar, Thomas asintió, agradeciendo para ir en aquella dirección, tocando la puerta y escuchando un escueto “Pase”.

El dueño del taller si bien era mayor que Thomas, no lo consideraba tan mayor como su papá o algunos de los mecánicos, era un hombre que lucía cansado, y tenía unos tatuajes en los brazos que parecían moverse en ocasiones.

—Tom, ¿qué haces aquí? —preguntó Larry directamente al niño.

—Quiero que me des un trabajo, por favor, yo puedo ayudar, mi padre me enseñó a hacer muchas cosas en el taller, tú lo sabes, me has visto, puedo seguir aprendiendo —pidió Thomas con desesperación que se le notaba en el tono insistente del menor.

Larry entrecerró los ojos. —Sé que Jörg se fue pero… ¿Necesitan dinero? —preguntó directo el hombre y Thomas asintió, había ido precisamente porque a su madre no le alcanzaba por más que tuviera dos trabajos, y la había visto cuando sollozaba por las deudas, su padre se había ido pero dejándoles sin pagar la renta por varios meses.

Thomas quería solucionarlo como un hombre, trabajando, pero Larry le dio el dinero, diciéndole que cuando fuera adulto con un mes de trabajo se lo devolvería, y él se lo creyó, aunque con el paso del tiempo comprendió que Larry en realidad era más bueno de lo fingía con su mal humor, y que ayudaba a muchos sólo que en silencio, sin decírselos. 

Larry se volvió su protector, y Thomas en realidad lo agradeció, porque cuando iba al taller, para al menos tener con quienes conversar porque en la escuela no tenía amigos, se dio cuenta que él encajaba mejor con aquellos hombres, aunque fuera un niño todavía. Parte del crecer era conocer sus límites, y Thomas no volvió a querer dárselas de un hombre, porque lo sería en un futuro, cuando no se rompiera en llanto metido en el clóset abrazado al uniforme de su padre.

&

Pasaron los años hasta instalarse una especie de pequeña estabilidad en casa de Thomas, donde ya no oía a su madre llorar todas las noches, y es que él no comprendía, por qué Simone decía que estaban mejor sin él, que sí, la falta de gritos, de golpes, de deudas por el alcoholismo de su padre era algo refrescante, sin embargo, igualmente su madre lloraba, y él lo sabía cuando iba a tomar agua a la cocina, pero cuatro años después…

Thomas había dejado atrás sus cabellos rubios largos, porque sus rasgos delicados con el cabello así, sólo hacían que no encajara del todo o pensaran que era una niña muy alta y plana, por lo mismo es que buscó lucir de otra forma, pensó en cortarse el cabello, sólo que al recordar que así lo tenía su padre, y él no querer parecerse a Jörg, es que decidió mantenerlo largo, pero haciéndose rastas, aquello le daría un look más rudo, eso ligado a sus ropas anchas, ocultaban su cuerpo, y hacían que luciera más como un pequeño malandro que como un chico demasiado delgado con cara de niña.

Thomas ya trabajaba desde los catorce en el taller, haciendo cosas menores, lo suficiente para mantenerse ocupado luego de clases y después de hacer sus tareas, porque Larry había sido muy claro con ello, que primero se priorizara sus estudios, aunque Thomas no era el más adepto a ello, porque el pensar cálculos, letras y demás cosas sentían que eran un tanto inútiles para personas como él, que su sueño era quedarse por siempre en Leipzig sin pensar en estudiar una carrera, o algo más allá porque los estudios no eran lo suyo, y también porque costear algo así no era posible, así que su plan era tener una vida trabajando en el taller, sin pensar en irse lejos como su padre, que ni siquiera llegó lejos, por lo que supo es que se estrelló conduciendo borracho.

Thomas sabía cómo le había dolido (y aún le dolía) la muerte de su padre, ahora a sus casi dieciséis años, lo tenía muy presente todavía, aunque se hubiera enterado de ello a los trece, porque una cosa era saber que su padre fue un mal hombre, y odiarlo un poco (bastante, pero más por lo que hizo a su mamá que él en su inocencia no sabía), pero otra desearle la muerte y saber que nunca volvería a verlo (aunque Jörg mismo se lo dijo antes de irse, que nunca lo volvería a ver).

Pero Thomas buscaba aferrarse a lo bueno, a las pequeñas cosas como cuando paseaba en el gran bosque estaba por su casa de regreso de la escuela, le gustaba mucho el camino de tierra que parecía haber sido construido sólo que no, era un espacio libre de vegetación que contrastaba con lo demás y el mejor lugar para volver a casa, sin embargo, también por las cosas grandes… Como cuando Larry le dio una camisa grabada con su nombre, tal cual como la tenía su padre, él se volvió parte oficial del taller, y eso hacía que su corazón se hinchara de más esperanzas, porque tenía amigos, aunque no tuvieran su edad, porque había un futuro, y pronto tendría un sueldo de adulto, al menos dentro de dos años.

Al ir a almorzar en la cafetería donde trabajaba su madre, recibiendo una sonrisa de algunas meseras mayores, es que se sorprendió cuando vio un nuevo rostro ingresar, un hombre alto de cabello negro, que lo miró de vuelta. 

—¿Usted es nuevo en la ciudad? —preguntó Thomas directamente, por más que el adulto estuviera en otra mesa.

—No, sólo que no he venido hace mucho tiempo —respondió el aludido viendo con curiosidad al menor.

—Se ve muy elegante, ¿qué lo trae a Leipzig? —inquirió Thomas.

—Tom, amor, no molestes al señor —regañó Simone.

—No se preocupe, señora, no me molesta, sólo me sentaré en su mesa para hacer menos ruido, si eso no la incomoda —habló el hombre y Simone asintió, no es que fuera a pasar algo si estaban en la cafetería, y su hijo a veces era un poco imprudente al momento de hablar con las personas que le llamaban la atención, sólo que Thomas sentía algo que le llamaba en el mayor cuando se sentó frente a él—. Vine porque me mudaré, ¿cuál es tu nombre? —interrogó el mayor.

—¿A qué parte? Mi nombre es Thomas Kaulitz, aunque mis amigos me dicen Tom —respondió Thomas, como si sintiera las ganas de ser amigo del hombre sin nombre.

—El mío Gordon Trümper, y, ¿ubicas la casa enorme y vieja que parece una mansión abandonada cerca de los bosques? —preguntó Gordon, y Thomas asintió.—Esa es la casa de mi familia.

—Oh, yo vivo a unas casas de allí —contestó Thomas.

—Seremos vecinos entonces, Tom —mencionó Gordon sonriéndole, y el de rastas le sonrió de vuelta porque lo había llamado como quienes eran sus amigos lo hacían.

Terminó de comer y la orden de Gordon la llevaron a su mesa, conversando sobre algunas cosas, aunque mayormente era Thomas contándole curiosidades de la ciudad, Gordon le había dicho que no era de otra ciudad, sin embargo, al momento de haber vivido lejos, sentía que debía ponerlo al corriente de algunas cosas, principalmente si iba a ser su nuevo amigo/vecino.

Sólo que al irse, no le dio un número de teléfono ni nada, y Thomas esperaba con ansías cuando las luces de la mansión se encendieran para saber que se mudaría Gordon y su familia.

&

Al regresar de la escuela, es que Thomas volvió a pasar por el camino de tierra como era usual, pero notó algo diferente esta vez, deteniéndose al andar, ya que no estaba solo, había un niño que olisqueaba todo el lugar, lo cual lo consideraba un poco raro, pero no del todo extraño, uno hacía muchas cosas cuando era pequeño, sólo que ese niño pelinegro en un momento dado olisqueó el aire y lo miró.

—¿Tú también lo hueles? Huele muy bien —le preguntó el niño que tendría ocho o nueve años.

—¿Oler qué? —preguntó Thomas sin entender, porque el aire fresco, las plantas y eso, era lo normal cerca al bosque, si el menor para ese momento no se había dado cuenta, no comprendía a qué se refería. 

El menor se fue corriendo en su dirección, trepándose en el de rastas tal cual mono, y Thomas, que si bien el físico no parecía resistir mucho por lo delgado que era, sí soportó el peso del niño, aunque en un punto le flaquearon las piernas, principalmente cuando el infante le olisqueó el cuello. —Wow, eres tú.

—¿Yo? —interrogó Thomas nuevamente sin comprender.

El menor se bajó y lo miró sonriéndole. —¡Sipi! ¡Hueles a piña, bastones de caramelo y pino! ¡Es muy increíble y genial y…! ¿Te imaginas que viviéramos donde todo es dulce, suave y delicioso… ¿Y a ti te gusta la piña? A mí me encanta, ¿cuál es tu postre favorito? A mí me gustan varios —parloteó el niño incesante mientras tomaba la mano de Thomas y le sonreía, con el mayor sin saber qué responderle porque continuaba hablando—. ¿Cuál es tu nombre? Me llamo Bill.

—Tom, es Thomas pero puedes decirme Tom —contestó Thomas, considerando que Bill le caía muy bien por lo que podría llamarlo como hacían sus amigos, y vio cómo es que se le iluminó el rostro más al menor, quien sonrió enseñándole todos sus dientes.

—Tom Tom Tom… Suena bonito, ¡y es tan corto como el mío! Sé en realidad es Thomas, pero está bien, igual no es muy largo, ¿y qué edad tienes, Tom? Es que eres muy alto —habló Bill, mientras se ponía de puntillas estirando su mano hasta la coronilla del de rastas—. Y tu cabello es muy bonito, me gusta —siguió comentando el menor, sujetándola ahora una rasta—, es más suave de lo que luce, y también huele rico, ¿por qué huele a coco? ¿Tomaste jugo de coco y te cayó un poco en tu cabello? —preguntó.

Thomas rió. —Tengo dieciséis, ¿qué edad tienes? Y se llaman rastas, huelen a coco porque le pongo cera que tiene ese aroma —respondió, con Bill ahora tomándole de la mano.

—Bueno, yo tengo diez, sólo que soy algo bajito para mi edad, mi papá dice que no me preocupe, que luego creceré, quiero presentarte con mis papás, ¿vamos a jugar a mi casa? —interrogó Bill, y Thomas se había dado cuenta que en lo que andaban por el camino de tierra tomados de la mano, estaban dirigiéndose hacia la mansión la cual tenía las luces encendidas, y podía ver cómo había un camión de mudanza fuera, con unas personas en el patio, de las cuales identificaba a Gordon quien conversaba con otro hombre más alto, aunque poseía rasgos parecidos a los de Bill, el cabello negro pero no corto sino largo en una coleta baja, con barba y expresión seria.

—¿Gordon es familiar tuyo? —inquirió Thomas.

—Sipi, es mi tío, hermano de mi papá, mi papá se llama Wilhelm Trümper, y tengo dos hermanos mayores, el primero es Georg, es un insufrible molestoso, ¡pero Gustav no se queda atrás! También es muy fastidioso, él es mi segundo hermano, yo soy el último, pero el que se parece más a mi papi —relató Bill, y Thomas lo entendió, sin dejar de caminar con él de la mano.

—¿Y estarán bien con que vaya sin avisar? —cuestionó Thomas, un tanto dudoso.

—Sí, sí, van a estar muy felices —le aseguró el menor sonriéndole mientras lo jalaba dentro del patio—. ¡Papá, mamá! ¡Él es Tom! Se llama Thomas, pero le gusta que le digan Tom, ¡y huele a piña, bastones de caramelo y pino! Pero también sus rastas a coco —habló Bill mientras se acercaba a sus padres, fijándose cómo es que salía una mujer rubia de la parte posterior de la casa, la cual tenía los ojos verdes, que supuso que era su madre.

Lo que Thomas no captó, al menos no del todo, es la expresión de sorpresa que pusieron cuando Bill comenzó a hablar sin cesar sobre él.

—Buenas tardes, soy Thomas Kaulitz —se presentó ante los mayores y miró de reojo a Gordon.

—Wilhelm Trümper, mucho gusto, Thomas —saludó Wilhelm extendiéndole la mano y Thomas le correspondió al saludo, sintiendo la fuerza del mayor en su apretón.

—Un gusto, señor Trümper —respondió Thomas, mientras que el mayor le soltó la mano.

—Tom, qué bueno volver a verte —habló Gordon, y Thomas le sonrió, asintiendo.

Bill se colgó de su brazo nuevamente. —¿Conocías a mi tío? Pero Tom es mío, mi amigo —se quejó el menor haciendo un puchero al mirar a su tío.

—¿Me pareció oír la voz chillona de Bibi? —se escuchó que habló una voz de dentro de la casa para luego venir corriendo un muchacho de cabello castaño y ojos verdes para tomar por las mejillas al menor, apretujándoselas.

—¡Suéltame, Georg! —se quejó Bill entre lo que podía hablar con los mofletes apretados.

—¿Bibi? —escuchó otra voz, y Thomas se fijó cómo es que vino un muchacho rubio con lentes.

Y Thomas no entendía por qué actuaban así.

—Tenemos una visita, compórtense —instó Wilhelm, mirando a sus hijos con advertencia, haciendo que Georg soltara a Bill de inmediato, como si el tono hubiera venido con un azote invisible.

—No pude presentarme, Thomas, soy Trinity Kaulitz —saludó la mujer rubia de ojos verdes.

—Un gusto, señora Kaulitz —mencionó Thomas.

—Y nosotros somos Georg y Gustav Kaulitz, eh, ¿Thomas? ¿Cuál es tu apellido? —inquirió Georg viéndolo.

—Trümper, pero también puedes decirme Tom —ofreció Thomas y el castaño le palmeó el hombro.

Mientras que Wilhelm se iba a un costado con Bill quien estaba diciéndole varias cosas, en lo que el mayor lo veía con seriedad, pero estaban un tanto lejos para poder saber qué decían. Thomas esperaba que no hubiera metido a Bill en algún problema por no avisarle antes de llegar, y él mismo fue consciente de que no le había avisado a su madre y tenía que irse a su casa.

—Eh… Yo vengo otro día, es que debo ir a mi casa, vivo a unas casa de aquí, espero no haberlos molestado es que justo conocí a Bill saliendo de clases —se dispensó Thomas.

—No te preocupes, Thomas, en otra oportunidad podremos verte, de todos modos debemos tener una conversación con Bill, gracias por venir —soltó Trinity con expresión amable pero seria dentro de todo, y Thomas asintió para irse.

Había sido un primer encuentro un tanto peculiar, Bill le había caído muy bien, sólo que esperaba que el problema en su casa se solucionara pronto, y él no haber sido el motivo.

Continúa…

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por Kasomicu

Escritora del Fandom

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