Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 32
OMNISCIENTE
La humedad del calabozo se filtraba por las paredes de hormigón. Encerrada en aquella habitación oscura y maloliente, Natalie había perdido por completo la noción del tiempo. Para ella, los minutos se estiraban como semanas interminables en las que el dolor físico, el hedor rancio de la sangre seca y la sombra famélica de Ría delirando a su lado eran la única realidad. Las heridas de su cuerpo escocían, la fiebre le quemaba la piel y cada respiración se sentía como tragarse cristales molidos.
Tom no había tenido compasión de ella durante aquellos días. La había torturado hasta dejarla exhausta, de muchas formas que Natalie ya había olvidado. Para entonces ya pensaba que Brian jamás iría a ayudarla, a sacarla de allí; no había bromeado cuando le dijo que estaría sola por haber hecho lo que hizo sin consultárselo.
Estaba frustrada, pero ya había perdido toda esperanza de salir de allí algún día.
De pronto, un pequeño sonido metálico cortó el denso silencio del pasadizo subterráneo. Natalie se sobresaltó, pensando que quizá Tom había vuelto otra vez. Ya sería otro día, suponía; había perdido la cuenta. Se estaba preparando para la nueva tortura del día, aunque era extraño, no había pasado tanto tiempo desde que Tom se había ido después de infligirle dolor.
Escuchó unos pasos apresurados y torpes, acompañados por el chasquido desesperado de una llave girando en la pesada cerradura.
La puerta de hierro se abrió produciendo el mismo chirrido horrible y estridente de siempre. La luz tenue del pasillo irrumpió en la celda, cegando momentáneamente a Natalie, que se encogió en el suelo cubriéndose el rostro con sus brazos magullados y llenos de cortes. Entre la bruma de su visión desorientada, distinguió la silueta de un hombre alto, sosteniendo una linterna y un manojo de llaves.
—Aquí estás…— murmuró el tipo, haciendo que Natalie frunciera el ceño mientras apartaba los brazos de su rostro. —No hay tiempo. Sal ahora mismo si quieres seguir viva— ordenó el sujeto con la voz sofocada por el pánico, manteniendo la vista fija en el pasillo.
Natalie no se movió. Parpadeó con dificultad, pasándose una mano temblorosa por la boca ensangrentada y reseca. La paranoia la consumía; estaba convencida de que se trataba de un nuevo juego perverso orquestado por Tom para quebrarle aún más el espíritu. Para putearla, para herirla aún más…
—¿Quién coño… eres tú?— escupió Natalie con la voz rasposa, quebrada y llena de desconfianza, pegando la espalda a la pared húmeda —¿Qué clase de truco estúpido es este de Tom, eh? ¡¿Qué más está planeando ese maldito?!
El hombre dio un paso dentro de la oscura habitación, revelando un rostro tenso y sudoroso.
—¡Intruso! ¡Intruso! ¡Intruso!— comenzó a gruñir Ría desde un rincón, pero el tipo la ignoró.
—Me llamo Henrik— dijo en un susurro con un atisbo de urgencia en su voz, agachándose a la altura de Natalie pero manteniendo la distancia —Y esto no es ningún maldito juego.— musitó —Trabajo ahora para el Zar, y él me ha pedido que como prueba de fidelidad la sacara a usted de aquí.
—¿Eh? ¿Cómo coño podría creerte semejante mierda?— le preguntó Natalie, tragando saliva en seco.
Henrik suspiró. —Klaus mató a mi hermano pequeño justo delante de mis ojos…— comenzó a contar —Fue culpa mía, solía consumir cocaína. Él se aprovechó de mi estado y me sacó información de él, mi hermano estaba trabajando para Nexus. Dándole información del Clan Geist para acabarlo. Yo lo sabía, porque era su mano derecha.
El tipo tragó saliva, su expresión denotaba su tristeza y su culpa.
—Le disparó.— dijo, recordando a la perfección todo lo que había pasado aquella madrugada. —Lo masacró como a un animal y luego colgó sus partes en un puente para enviar un mensaje a la competencia.
Los ojos de Henrik se llenaron de odio, uno grande y punzante, que a Natalie no le pareció fingido en absoluto.
—Tuve que tragarme la rabia, arrodillarme y aliarme con el Clan Geist para que ese demonio no me volara la cabeza a mí también— continuó Henrik, respirando agitado, apretando las manos en puños —He estado dentro de su organización durante años, sirviéndole como un perro, esperando pacientemente el momento exacto para destruirlo a él y a toda su gente por lo que le hicieron a mi hermano.
Natalie entrecerró los ojos, analizando cada rasgo de su cara, buscando el fallo en su actuación.
—¿Y según tú… qué coño haces aquí abajo?— murmuró ella con sorna.
—Aprovechar la oportunidad— respondió Henrik de inmediato —Durante las últimas dos semanas logré establecer contacto con Brian a través de un canal seguro. Él sabe que te tengo localizada. Le juré que te sacaría de este infierno a cambio de su protección y de una posición en su organización cuando aplaste al Clan Geist.
Henrik sacó un arma con silenciador de su cinturón y se la mostró rápidamente antes de volver a enfundarla.
—Tú decides, Natalie. O confías en mí y te levantas de ese suelo podrido ahora mismo, o te quedas aquí esperando a que Klaus regrese con su soplete a seguir desollándote viva.— musitó —No te voy a rogar. Nos vamos ya o te pudres aquí.
Natalie permaneció inmóvil un par de segundos. Su instinto le gritaba que no debía confiar en nadie, que la libertad en aquella casa de fieras nunca era gratis. Sin embargo, la perspectiva de volver a ver la cara sonriente de Bill o de soportar otra sesión de tortura a manos de Tom superaba cualquier duda. Si había una mínima oportunidad de regresar con Brian y cobrar venganza, la tomaría aunque le costara la vida.
—Lárgate adelante…— articuló Natalie, apoyándose contra la pared de piedra para ponerse de pie con extrema dificultad, soltando un gemido ahogado por el dolor en sus costillas. —Sácame de aquí antes de que me arrepienta.
Henrik la sujetó del brazo para sostenerle el peso, ayudándola a dar los primeros pasos fuera de la celda. Subieron las escaleras de hormigón a paso rápido, pero siendo muy cautelosos, escuchando únicamente el sonido de sus propias respiraciones agitadas. El aire pestilente del calabozo fue quedando atrás, siendo reemplazado gradualmente por un olor mejor.
Al terminar de subir los escalones, desembocaron en un pasillo privado, de acceso exclusivo para el personal. Allí las paredes de piedra desnuda daban paso a un corredor bastante limpio y bonito, como el pasillo para ir al cine, alfombrado y pulcro, decorado con cuadros de arte abstracto y una iluminación cálida. A un costado se alineaban las puertas de los viejos camerinos, hoy completamente vacíos y en silencio desde que Tom mandó ejecutar a cada una de las bailarinas tras el escándalo con Vanessa.
Más adelante, solo se apreciaban las puertas de los depósitos de limpieza y las salidas de emergencia.
Natalie caminaba con desconfianza, arrastrando los pies y mirando a ambos lados con el cuerpo en tensión. La pulcritud del lugar le resultaba ajena después de haber pasado tanto tiempo entre la podredumbre. Aún no se fiaba del todo de lo que estaba pasando.
—Camina más rápido— le murmuró Henrik al oído, ajustando el agarre sobre su codo —Tenemos el tiempo contado antes de que Klaus regrese de su reunión con la gente del puerto. Si ese cabrón nos descubre aquí, nos va a despellejar a los dos.
Llegaron al final del pasillo y Henrik empujó la pesada puerta de doble hoja que conectaba con la parte trasera del establecimiento. Al cruzar el umbral y pisar la zona principal del bar, a Natalie la recibió un gran espectáculo.
El lujoso recinto estaba completamente destruido. Las luces de neón parpadeaban entre chispazos sobre un escenario dantesco, porque el suelo de mármol estaba sembrado de cuerpos de guardias y matones del Clan Geist, tirados en posiciones antinaturales sobre charcos de sangre fresca que aún brotaba de sus heridas de bala. Los cristales de las botellas importadas y los gigantescos espejos de la barra habían sido pulverizados por ráfagas de proyectiles, dejando miles de astillas brillantes esparcidas entre los cadáveres y los casquillos percutidos.
El olor penetrante a la pólvora quemada aún impregnaba cada rincón del salón, como si hubiese sido reciente. Natalie se detuvo en seco, abriendo los ojos de par en par mientras contemplaba la masacre. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—¿Qué coño ha pasado aquí…?— preguntó Natalie, sofocada, girando la cabeza para mirar a Henrik con una expresión que mezclaba perfectamente la conmoción del momento con mucha sospecha. Henrik soltó una sonrisa, ajustando la pistola en su mano mientras contemplaba el desastre.
—¿Sabes? Es muy fácil montar una masacre cuando sabes exactamente qué mierda meter entre esta clase de imbéciles— respondió con voz serena —Estos tipos son tan sumamente orgullosos que solo necesitaban un pequeño empujón. Les bastó una palabra sobre una supuesta traición entre los dos bandos de la guardia para que sacaran las armas y se mataran entre ellos a sangre fría. Se liaron a tiros con todo.
Henrik avanzó un par de pasos, pasando por encima del cuerpo inerte de uno de los supervisores de seguridad.
—Y a los tres o cuatro que quedaron medio vivos quejándose en el suelo…— añadió, haciendo un gesto indiferente con la cabeza —simplemente me acerqué y les coloqué un balazo en la frente para no dejar testigos molestos. Ahora camina, que el coche nos está esperando fuera.
Salieron por la puerta de servicio que daba al callejón trasero del bar. El aire frío de la noche golpeó de lleno el rostro de Natalie, haciéndola tiritar de inmediato dentro de sus ropas desgarradas y mugrientas.
A pocos metros, resguardado bajo una ligera sombra de la pared de ladrillo, descansaba un sedán negro con los cristales tintados y el motor encendido. Henrik la guio a paso apresurado, manteniendo la mirada atenta en ambas direcciones del callejón desierto por si algún coche patrulla o algún rezagado del Clan Geist aparecía de la nada. Abrió la puerta trasera del vehículo y ayudó a Natalie a subir.
—Adentro, rápido— dijo en un susurro bastante cortante.
Natalie se deslizó hacia el interior del asiento trasero con torpeza, soltando un quejido ahogado al golpear sus costillas lesionadas contra el tapizado. El olor del cuero limpio y el aire acondicionado dentro del coche contrastaban de manera violenta con el olor a pólvora del bar, y le entraron muchas ganas de vomitar.
Henrik rodeó el vehículo a toda prisa, se montó en el asiento del conductor y echó el seguro automático de las cuatro puertas. De inmediato, puso la palanca en marcha y aceleró con suavidad, sacando el sedán del callejón para incorporarse al tráfico de la avenida principal sin llamar la atención ni hacer chirriar los neumáticos.
Natalie se pegó al respaldo de piel, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras respiraba con dificultad. A través del cristal tintado, veía las luces de la ciudad pasar como destellos borrosos. La sensación de movimiento le producía un ligero mareo, pero el latido desbocado de su corazón tampoco daba tregua.
En el espejo retrovisor, los ojos de Henrik se cruzaron brevemente con los de ella.
—Ya estamos fuera— dijo él, manteniendo las manos sobre el volante —Brian ya tiene la confirmación de que te llevo de camino. En un par de horas este infierno habrá quedado atrás.
Natalie no respondió. Miró sus propias manos temblorosas, cubiertas de mugre y de su propia sangre seca, mientras una sonrisa macabra y lenta comenzaba a dibujarse en sus labios hinchados. Estaba libre. O al menos eso era lo que su mente, devorada por la fiebre y la sed de venganza que sentía, además del odio, le hacían creer.
—»Ya cayó…»— le murmuró Willem a Henrik a través del diminuto auricular que llevaba encajado en el oído.
—Si de verdad eres el nuevo aliado de Brian… ¿puedo hacerte un par de preguntas?— interrogó Natalie desde el asiento trasero, entornando los ojos con astucia —Solo para terminar de confirmar con quién estoy viajando ahora.
Henrik tragó saliva en silencio y asintió, manteniendo la vista fija en la carretera nocturna.
—Claro, no tengo ningún problema. Pregunta lo que quieras.
—¿Cómo se llama su mano derecha?— soltó Natalie de golpe, observándolo de reojo a través del espejo retrovisor.
El hombre se relamió los labios, fingiendo dudar un segundo.
—Viper.
—Su nombre real…— insistió ella, bajando el tono de voz a uno amenazante.
—»Dile que no te quisieron contar por protocolo…»— susurró la voz de Willem desde la central de rastreo a través del intercomunicador.
—No quisieron darme su nombre real por seguridad— improvisó Henrik sin perder la compostura —Aún no confían tanto en mí.
—Mhmm… ¿Y qué más sabes de sus movimientos?— presionó la rubia.
—No mucho. Supongo que Brian no va por ahí regalando información vital a cualquiera— respondió Henrik con un tono despectivo y tajante —Todavía le estoy demostrando que mi lealtad es real al arriesgar el pellejo sacándote de ese calabozo y poniéndome en contra de los König.
Natalie dejó escapar un bufido, reclinándose de nuevo sobre el asiento de cuero.
—Bien, supongo que en eso tienes razón— masculló entre dientes —Ese infeliz es extremadamente calculador… Ya empezaba a pensar que el cabrón se había olvidado por completo de mí.
—Pues ya ves que no…— murmuró el hombre con voz serena, soltando una conclusión a la que el equipo de la DEA y el Clan Geist habían llegado luego de que Sophia escuchara a hurtadillas la conversación que tanto Brian como Natalie tuvieron mientras la creían inconsciente —Simplemente quería… que aprendieras una lección por haber actuado por tu cuenta. ¿La aprendiste, no?
Natalie apretó la mandíbula con furia, una apenas contenida que le hizo temblar el rostro.
—Es un maldito hijo de puta… Con que todo esto lo planeó él desde el principio— escupió con rabia, juntando las piezas en su cabeza desvariada —Por eso no movió un solo dedo para buscarme antes…
—Así es— sentenció Henrik, internándose en la autopista oscura mientras la trampa sobre Brian terminaba de cerrarse a la perfección. —Brian me dijo que tú serías la encargada de guiarme…
Natalie frunció el ceño de inmediato, ladeando la cabeza para mirar a Henrik. —¿Cómo que yo? ¿Acaso no te has visto cara a cara con él todavía y no tenéis un punto de encuentro?
—Solo hemos hablado a través de llamadas encriptadas— soltó Henrik con brusquedad, girando levemente la cabeza sin despegar los ojos del camino —¿De verdad crees que voy a arriesgarme a que los König o sus hombres más cercanos me pillen metiendo las manos al fuego? Él tampoco iba a ser tan estúpido como para exponerse en persona antes de tiempo. Por eso me dejó muy claro que tú nos guiarías hacia la guarida. Yo solo sirvo de transporte; te dejaré en un punto acordado y de ahí en adelante dependerá completamente de ti llegar con él…
Natalie no refutó más. Apretó los labios en una línea fina y mantuvo la boca cerrada durante el resto del trayecto, hundiéndose en el asiento mientras su mente trabajaba a marchas forzadas, procesando cada detalle en medio de la penumbra del vehículo.
&
—Es hora…— murmuró Willem, quitándose los auriculares con un movimiento rápido, dejándolos aún lado y poniéndose de pie de golpe frente al panel de monitoreo.
La luz azulada de la pantalla gigante de la sala de operaciones iluminaba de lleno el centro de mando de la DEA. En el mapa satelital de alta resolución, un diminuto punto rojo parpadeaba de manera constante, fijado sin margen de error sobre las coordenadas de una propiedad privada de alto lujo a las afueras de la provincia.
Natalie había llegado a su destino. La trampa estaba oficialmente cerrada.
Bill permanecía de pie a un lado de la mesa central, con los brazos cruzados sobre el pecho, manteniendo la calma en la mirada, lo que contrastaba con el frenesí de los agentes a su alrededor. Se ajustó el cuello de su chaleco táctico de la DEA, sintiendo el peso, bastante reconfortante, de su arma reglamentaria en la funda gastada.
Por dentro, sentía una gran satisfacción eléctrica que le recorría la espina dorsal; la alimaña infectada los había llevado directamente al corazón del imperio de Brian, tal y como lo habían planeado.
Y sí, «alimaña infectada» había sido el alias que Bill le había puesto a Natalie en su mente.
—La señal es fuerte y no ha registrado movimiento en los últimos diez minutos— informó Willem, tecleando rápidamente en la consola para transferir la ubicación en tiempo real a los monitores de los vehículos —Está dentro. No hay duda de que es la guarida principal de El Zar.
A pocos metros, Alexander caminaba de un lado a otro con pasos rápidos, abrochándose los guantes de combate con severidad. Su rostro denotaba la autoridad de quien recuperaba el control total tras su regreso de Washington. Miró la pantalla, luego cruzó una mirada rápida y cargada de significado con Bill, asegurándose en silencio de que su futuro prometido estuviera listo para el despliegue.
Alex pensaba proponerle matrimonio, y Bill ya había visto el anillo. Así que solamente estaba esperando…
—Quiero a las unidades Alfa y Bravo listas en los blindados en dos minutos— ordenó Alex con voz potente, haciendo que el murmullo de la sala se extinguiera al instante —El Clan Geist ya tiene la señal en sus unidades paralelas y están bloqueando las vías de escape perimetrales. Nada entra y absolutamente nadie sale de esa propiedad sin mi autorización.
Xavier se acercó al grupo desde el fondo del pasillo, ajustándose la gorra del uniforme y revisando el cargador de su fusil de asalto.
—Nosotros entraremos por la brecha norte en cuanto la unidad de asalto derribe el portón principal— murmuró Xavier para Bill y Alex —Natalie cree que fue muy lista al escapar, pero le acabamos de regalar a Brian su propio billete hacia la tumba, ¡esto será divertido! Ya hacía falta acción…
Bill desabrochó el seguro de su funda por un segundo, comprobando el mecanismo, ya conocía el peligro de memoria, y volvió a asegurarlo. Se acomodó el cabello y esbozó una pequeña e imperceptible sonrisa. Pensó en Crawford pudriéndose bajo tierra después de que descubrieran su cadáver y aún siguieran investigando a su «asesina». Y en el miserable de Brian pagando cada una de sus deudas en cuestión de minutos.
—No dejéis a nadie en pie— susurró Bill con una voz suave, casi melodiosa —Vámonos.
&
Henrik redujo la marcha progresivamente hasta estacionar el vehículo a un lado de un polígono industrial abandonado en las afueras de la ciudad. La oscuridad allí era casi absoluta y la niebla helada de la madrugada comenzaba a bajar sobre el asfalto. El frío calaba hasta los huesos. El motor quedó encendido.
—Hasta aquí llego yo— dijo Henrik sin voltear a verla, destrabando los seguros de las puertas —Ya he cumplido con sacarte viva. De aquí en adelante el camino es todo tuyo.
Natalie no respondió. Con el cuerpo doliéndole con cada movimiento y la respiración entrecortada por la fiebre que la consumía por dentro a causa de las torturas sufridas a manos de Tom, empujó la puerta y bajó del sedán. En cuanto sus pies tocaron el suelo, el coche dio media vuelta y desapareció en la autopista a toda velocidad, dejándola completamente a solas.
—Esto es una puta mierda…— murmuró entre dientes, tiritando de frío —¿Por qué ese hijo de perra no me dejó aunque fuera un maldito vehículo?
Se abrazó a sí misma intentando mitigar el viento helado y caminó a tientas por el sendero fijado. Le llevó casi cuarenta minutos a pie, arrastrando las botas sobre la gravilla y sofocando los gemidos de dolor, hasta llegar a las puertas de una propiedad privada fuertemente custodiada en los límites de la zona residencial más exclusiva de la provincia.
Brian jamás se escondería en una guarida cutre o en un sótano podrido; su arrogancia y su red de influencias le exigían el mayor de los lujos. La residencia era una fortaleza moderna de arquitectura minimalista, oculta tras altos muros de hormigón, vegetación espesa y un avanzado sistema de vigilancia con cámaras de visión nocturna que la escanearon de inmediato en cuanto se acercó a la verja de entrada.
Apenas se aproximó al portón negro, dos hombres vestidos con trajes oscuros y portando subfusiles con silenciador salieron de la garita de seguridad. Al reconocer el rostro demacrado y ensangrentado de Natalie entre las luces reflectoras, uno de ellos hizo una llamada rápida por medio de la frecuencia interna antes de abrir la puerta peatonal sin pronunciar una sola palabra.
Natalie cruzó el patio principal, pasando junto a varios vehículos de alta gama aparcados en la entrada, e ingresó en la residencia. El interior era como contemplar un despliegue de pura opulencia, con suelos de mármol pulido, ventanales muy blindados de suelo a techo e iluminación cálida.
Subió los escalones flotantes hacia el segundo nivel, guiada de cerca por uno de los escoltas, hasta llegar a un espacioso estudio de cristal que dominaba la vista nocturna de toda la finca.
Allí estaba Brian, fumando un cigarrillo con total tranquilidad.
Vestía un traje a medida, sin corbata, y sostenía un vaso de cristal bajo con whisky sobre un gran escritorio. No había en su rostro ni un solo rasgo de sorpresa o angustia; su postura era erguida, fría y dominante, como la de un ajedrecista que ve a su pieza regresar al tablero exactamente según lo calculado.
Al notar la presencia de Natalie, alzó la mirada con lentitud, paseando los ojos por la figura destruida de la mujer sin mostrar la más mínima sombra de compasión.
—Te ves lamentable, Natalie…— soltó Brian con voz pausada, profunda y carente de cualquier calidez, dando un sorbo a su bebida —Pero me alegra ver que finalmente estás aquí.— musitó con sarcasmo —Me imagino que la lección por haber actuado a mis espaldas quedó más que aprendida… Ahora cuéntame cómo mierda fue que escapaste y cómo llegaste hasta aquí.
Natalie suspiró con amargura, apretando los puños.
—Eres un grandísimo hijo de puta…— murmuró de mala gana —¿Tienes la menor idea de todo lo que me hizo aquel infeliz? ¡Y Willem! ¡Ese maldito se burlaba en mi cara con cada mierda que me hacía Tom!— empezó a reclamar fuera de sí, con la voz quebrada por la rabia —¿Y encima me preguntas tan tranquilo cómo llegué?
Brian la miraba fijamente, sin inmutarse ante su histeria.
—No me interesa en lo absoluto saber qué te hicieron. Me importa un carajo, al final tú sola te lo buscaste— musitó con frialdad —Y hubiese sido genial que nunca hubieses salido de ese agujero, pero aún no me has respondido a la pregunta.
—Tú mandaste a este tipo… a Henrik— murmuró Natalie, frunciendo el ceño.
Esas palabras hicieron que Brian entrecerrara los ojos de golpe, congelando el movimiento de su cigarrillo.
—¿A quién dices que mandé?
—A Henrik… Él me sacó— le contaba ella, viendo cómo la expresión de Brian cambiaba drásticamente —Me dijo que estaba cumpliendo con demostrarte su lealtad al arriesgarse para sacarme de allí…
Las alarmas en la cabeza de Brian se activaron al instante. Se levantó de golpe de su asiento, dejando el vaso a medio tomar con un golpe seco sobre la encimera de cristal de su escritorio.
—¿Qué… qué pasa?— preguntó Natalie, desconcertada ante su reacción.
—Yo no he mandado a absolutamente nadie, Natalie— espetó el hombre con dureza, misma que hizo a Natalie sentir… miedo —Iba a dejar que te pudrieras atrapada en ese calabozo, pero eres tan rematadamente estúpida que te has creído semejante estupidez…— gruñó, rodeando el escritorio a pasos agigantados hasta plantarse frente a ella —Realmente eres bruta… ¡Bruta, maldita sea! ¡Te han tendido una trampa!
—¿Qué…?— el aliento se le cortó en la garganta a la rubia. Dio un paso hacia atrás, tropezando con sus propios pies mientras la poca sangre que le quedaba en el rostro se le iba de golpe, dejándola aún más pálida que antes —No… No, Brian, él… él me mostró… él tenía acceso al bar, dijo que Tom le mató a su hermano… sabía quién era Viper…
—¡Cállate la boca!— rugió Brian, estampando el puño contra el escritorio de cristal con fuerza —¡Te usaron, pedazo de imbécil! ¡Usaron tu maldita desesperación para que los trajeras caminando directamente hasta mi puerta! ¡Me cago en la puta, te dije que no subestimaras a Willem…! Ese estúpido no es un idiota, ¡Tom muchísimo menos, pedazo de mierda!
El silencio posterior fue sepulcral, interrumpido únicamente por la respiración agitada de Brian y el pitido que comenzó a retumbar en los oídos de Natalie.
De repente, la luz cálida y elegante del estudio fue reemplazada por el parpadeo de las alarmas rojas de emergencia. Un pitido agudo conmocionó toda la estancia entera.
En la pantalla gigante del sistema de seguridad que cubría la pared lateral, las cámaras perimetrales comenzaron a mostrar la masacre en tiempo real que estaba siendo filmada por las muchas cámaras de seguridad, los portones principales de la propiedad volaron en mil pedazos tras una detonación, y una flota de vehículos blindados negros y camionetas de la DEA irrumpió a toda velocidad en el patio principal, destrozando la vegetación y embistiendo a los coches de lujo.
—¡Señor, perdimos el perímetro norte! ¡Es un operativo conjunto!— gritó el jefe de escoltas, entrando al estudio con el subfusil en la mano y la cara pálida —¡Hay francotiradores en los colindantes y hombres del Clan Geist bloqueando las rutas de escape traseras!
Brian no perdió el tiempo reclamando. Sacó una pistola semiautomática del cajón central de su escritorio, le quitó el seguro con un movimiento rápido y miró a Natalie con odio, uno tan puro que la hizo temblar.
—Ese es tu gran regalo…— susurró Brian, tomándola del cuello con violencia para encararla hacia los monitores —Mira lo que has traído a mi puta casa.
En una de las cámaras de alta definición que apuntaba directamente al vestíbulo principal, la unidad de asalto de la DEA acababa de derribar las puertas de cristal blindado.
Al frente del contingente, avanzando con calma entre el humo de las granadas cegadoras y el fuego cruzado, apareció la figura inconfundible de Bill. Llevaba el chaleco táctico de la agencia bien ajustado, el cabello recogido en una coleta y la mirada fija en las escaleras flotantes. A su lado, Alexander dirigía la cobertura mientras los demás federales neutralizaban a los guardias del primer piso.
—Nos vendiste…— alcanzó a articular Natalie, ahogándose con el agarre de Brian sobre su garganta mientras el estruendo de los disparos se escuchaba ya al pie de la escalera.
—¿que dices, mujer?— le respondió Brian en el oído, encañonándola en la sien mientras la usaba como escudo humano hacia la salida de emergencia del estudio —Tú sola nos cavaste la tumba.
Había un olor terrible a pólvora inundando cada rincón del nivel inferior de la residencia. Los disparos que se escuchaban arriba no tenían la cadencia ni el ritmo del cine; eran detonaciones secas, muy ensordecedoras y demasiado caóticas, seguidas por el crujido del cristal al ceder y el retumbar de las botas de los federales contra el mármol. El impacto de las balas sobre el hormigón generaba un polvillo sofocante que se pegaba a la piel y hacía casi imposible respirar con normalidad.
Brian estaba maldiciendo entre dientes.
Avanzaba a pasos agigantados, sujetando a Natalie con una mano enjaulada en la parte posterior de su cuello. La mujer era un lastre inútil, el dolor de sus costillas rotas y la fiebre alta que la abrasaba hacían que tropezara torpemente a cada metro, emitiendo gemidos ahogados que Brian ignoraba por completo. La utilizaba como una coraza física, manteniéndola alineada frente a su propio torso mientras cubría la retaguardia con la pistola pegada al costado.
Cruzaron el arco del vestíbulo secundario y se adentraron en un depósito de mantenimiento de apariencia corriente. Tras desplazar una estantería repleta de productos de limpieza y presionar un panel oculto entre las juntas del hormigón, el muro lateral cedió.
Se reveló así la entrada a un pasadizo subterráneo, un túnel de hormigón, obviamente de ambiente helado y estrecho, iluminado apenas por tiras de luces tubulares que parpadeaban creando un zumbido eléctrico muy molesto. Era una vía de escape concebida con la ingeniería del narcotráfico de alto nivel, diseñada para recorrer casi dos kilómetros bajo tierra hasta conectar con una propiedad secundaria al otro lado de la autopista.
Brian tiró de Natalie con brusquedad, empujándola hacia el primer escalón de descenso para asegurar la compuerta desde el interior. Sin embargo, justo cuando estiraba la mano para accionar el cierre manual, alguien habló.
—No, esperen… ¿Ya se iban?— preguntó Tom a espaldas de ellos, viendo cómo intentaban escapar como si nada. —Pero si el juego apenas comienza. Brian, no te conocía tan cobarde… aunque, ¿qué se puede esperar de alguien que vive escondido?
El tono no contenía prisa alguna, solo burla.
Brian se quedó congelado en su sitio. El aire dentro del compartimento se volvió denso en cuestión de segundos para él, que empezó a respirar despacio, tomando grandes bocanadas de aire y expulsándolas en resoplidos pesados. Mantuvo a Natalie sujeta con fuerza del brazo izquierdo y giró la cabeza despacio sobre el hombro.
A escasos tres metros de distancia, recortado contra el umbral de la puerta destruida, estaba Tom. Bajo la luz que apenas se percibía, su apariencia revelaba un desgaste físico innegable. Las ojeras marcadas se hundían en su rostro, la línea de la mandíbula lucía excesivamente afilada y su piel conservaba un tono pálido y demacrado que ni su postura dominante lograba disimular del todo.
Se lo habían advertido, sobre contenerse con la brujería, y eso le había pasado factura.
Brian arqueó una ceja, paseando los ojos por la figura de su rival con un gesto de ironía antes de soltar una pequeña risa seca, carente de cualquier humor.
—Anda, mira lo que nos depara el destino, qué demacrado te ves, Tom… o Klaus, ¿cómo te llamo? Ya me he liado— soltó Brian con una sonrisa socarrona en los labios, acomodando el cuerpo de Natalie para quedar de frente —¿Todo bien con tu salud? Pareces un maldito cadáver que se ha escapado de la fosa.
Tom no pestañeó. Ni un solo músculo de su rostro se movió. Dio un paso lento hacia delante, levantando el brazo hasta encañonar la pistola directamente a la línea entre los ojos de Brian a una buena distancia.
—Todo súper bien por aquí, pero definitivamente no va a estar nada bien para ti, hijo de puta— respondió Tom. Su voz era un murmullo bajo, áspero y pesado, mientras lo miraba con rabia —Te creíste intocable en tu casita de cristal, ¿no? Pensaste que podrías tocar a mi familia, hacer toda la mierda que has hecho en mi contra y salir ileso como si nada. Llevo años esperando este momento, ¿sabes? Pero de aquí no vas a salir caminando, Brian. Te voy a arrancar la piel a tiras, voy a hacer que te tragues cada gota de tu propia arrogancia y voy a ver cómo te pudres en este mismo agujero antes de que termine la noche.
Brian no esperó a que terminara la frase. Soltó a Natalie con violencia, dejándola caer como un saco sobre el hormigón del suelo, donde quedó jadeando, y alzó su propia arma en un ángulo directo hacia la frente de Tom.
Quedaron separados por menos de dos metros. Dos pistolas de grueso calibre cruzadas en el aire, apuntando a quemarropa al otro. El más mínimo temblor en el índice de cualquiera de los dos terminaría en una doble ejecución inmediata sobre el pavimento.
—Hablas demasiado, Tom. Siempre has sido un tipo demasiado aficionado al drama y a las malas bromas— contestó Brian, sosteniéndole la mirada con frialdad —Pero la realidad es muy distinta a tus discursos, ¿sabes? Siempre te has creído perfecto. Pero nada de lo que estás diciendo va a pasar aquí.
Brian dibujó una sonrisa lenta y torcida en sus labios, llena de malicia, mientras calculaba los segundos en su mente.
—En lugar de perder el tiempo jugando a la venganza conmigo, mejor date prisa en sacar a tu morenito de donde está…— murmuró en un tono casi confidencial, inclinando levemente la cabeza —Porque tengo cargas de C-4 en los cimientos de la estructura principal, por si ocurría algo como esto, suficientes como para volar esta fortaleza entera por los aires en cuestión de minutos. Y me imagino que no quieres que tu morenito se te muera esta vez de verdad… ¿O me equivoco?
Tom apretó la mandíbula con tal fuerza que los músculos del cuello se le tensaron visiblemente, sosteniéndole la mirada sobre el punto de mira de su arma. Una sola milésima de segundo en la que la duda, la rabia y el pánico libraron una batalla encarnizada en su mente. Podía apretar el gatillo y volarle los sesos a Brian allí mismo, pero el precio sería la vida de Bill si no iba a buscarlo.
Brian sabía cómo usar esa debilidad que tenía por su moreno.
Brian, leyendo la duda en los ojos de Tom, no esperó a que tomara una decisión. Agarró a Natalie del cabello con violencia, arrastrándola hacia el interior del pasadizo mientras tiraba de la palanca de emergencia de la puerta. El portón comenzó a bajar.
—¡Corre a buscarlo, Tom, no quiero que se muera todavía!— alcanzó a escupir Brian con una sonrisa desquiciada mientras la plancha se interponía entre ellos.
Tom no perdió el tiempo intentando forzar el pasadizo. Dio media vuelta sobre sus botas y echó a correr a toda velocidad de regreso hacia el interior de la finca, sintiendo cómo el corazón le golpeaba violentamente las costillas. Mientras unos federales entraban al sitio de donde él había salido despavorido.
Justo cuando cruzaba el pasillo que conectaba con el vestíbulo principal, la estructura entera se sacudió violentamente con un estruendo demasiado ensordecedor. Una primera onda expansiva hizo que el techo de yeso se agrietara y comenzara a venirse abajo en pedazos gigantescos. El humo denso, sofocante y gris inundó el espacio en cuestión de segundos, reduciendo la visibilidad a escasos centímetros.
—¡BILL!— gritó Tom a pleno pulmón sin importarle estar llamándolo por su verdadero nombre, pero su voz quedó completamente ahogada por el caos.
Se llevó la mano al oído por puro instinto para accionar el intercomunicador, pero la interferencia creada por las explosiones y los inhibidores de la DEA solo devolvía un sonido estático, insoportable y sordo. No tenía forma de comunicarse con él. Tampoco tenía la menor idea de en qué parte de aquella casa de dos pisos, repleta de escombros, fuego cruzado y humo, se encontraba su moreno.
Una segunda detonación retumbó mucho más cerca, derribando una de las columnas de soporte del ala norte. El aire se volvió un infierno de calor y polvo. Los disparos de los agentes de la DEA y los reductos de la guardia de Brian sonaban desorientados entre el estrépito de la estructura colapsando.
Tom avanzaba a trompicones, cubriéndose la cara con el brazo mientras tosía con fuerza, cegado por el polvo. Veía sombras de uniformados corriendo entre las llamas, pero ninguna era la de Bill y él tampoco tenía cómo saberlo. La desesperación comenzó a devorarlo por dentro; la posibilidad de que Bill estuviera atrapado bajo una tonelada de hormigón o que las cargas de C-4 hubieran alcanzado la zona donde él avanzaba lo sumió en pánico, uno que solo una vez en su vida había experimentado.
Y fue cuando Travis le dijo que su moreno había «muerto».
—¡BILL! ¡CONTESTA, MALDITA SEA!— volvió a rugir, adentrándose sin dudarlo un segundo en medio de las llamas que comenzaban a consumir la planta baja.
Tom avanzaba a ciegas, cubriéndose el rostro con el antebrazo y tosiendo con fuerza mientras la rabia y el pánico le oprimían el pecho. Se estaba sintiendo jodidamente mal otra vez…
Era por la brujería.
—¡Klaus!— gritó una voz que Tom reconoció a duras penas, sintiendo un zumbido en los oídos.
Entre la humareda emergió la figura de Bill. Llevaba el chaleco de la DEA cubierto de polvo de yeso, pero se movía con precisión. En cuanto sus ojos dieron con la silueta desorientada de su expareja, acortó la distancia a pasos agigantados y lo sujetó con fuerza por la manga de su camisa.
Tom se giró por puro instinto, encañonando el arma en su dirección con la mirada desencajada.
Al reconocer el rostro de Bill a escasos centímetros, la tensión en sus facciones se rompió violentamente. Su mano libre agarró el hombro de Bill con fuerza, comprobando que estaba entero mientras lo miraba de arriba abajo, que no era una alucinación, y eso le llenó de alivio.
—¡Bill! ¡Ese hijo de puta minó la finca!— articuló Tom con la voz rota y rasposa por el humo —¡Puso C-4 en los cimientos, todo esto se va a venir abajo!
—¡Ya lo sé, escuché la primera explosión desde el ala este!— respondió Bill sin perder la calma, manteniendo el agarre sobre la chaqueta de Tom para no dejarlo atrás —¡Lo vi! ¡Entré con Xavier en el lugar de donde saliste! ¡Brian usó el túnel de escape bajo el depósito y se llevó a Natalie! ¡No hay nada más que hacer aquí dentro, el perímetro está tomado por la gente de Alex!
Un nuevo estruendo retumbó en la base de la estructura. El suelo de mármol vibró con violencia y una sección del techo del segundo nivel cedió a pocos metros de ellos, proyectando una lluvia de hormigón e incandescencia que bloqueó el pasillo principal.
—¡Por aquí, rápido!— ordenó Bill por encima del rugido de las llamas.
Tom no protestó. Apretó los dientes, tragó el aire tóxico que le quemaba la garganta y se dejó guiar por Bill a través del laberinto en ruinas.
Avanzaron a paso apresurado, esquivando los cadáveres de la guardia de Brian y los bloques de hormigón que continuaban desplomándose a su paso. Bill encabezaba el camino con la vista fija en el resplandor de los focos que cruzaban los ventanales destruidos del ala este, mientras Tom cubría la retaguardia con el arma levantada, vigilando a ciegas entre la humareda.
Cruzaron el umbral del gran ventanal de la planta baja en el segundo exacto en que una serie de detonaciones secundarias hizo que la columna central de la residencia se viniera abajo.
La onda expansiva del impacto los lanzó a ambos hacia el exterior, haciéndolos rodar sobre el césped húmedo del jardín principal justo cuando la fortaleza de cristal y hormigón se desplomaba a sus espaldas, devorada por una columna gigante de fuego y humo negro.
Quedaron tendidos a salvo sobre la tierra, en medio de la zona perimetral asegurada por los blindados de la DEA y las unidades del Clan Geist. Las luces rojas y azules de los coches patrulla parpadeaban sobre la niebla de la madrugada.
Bill se incorporó sobre un codo, tomando profundas bocanadas de aire fresco para limpiar sus pulmones, y giró la cabeza hacia Tom. Él yacía de espaldas sobre la hierba, despeinado y manchado de polvo, mirando el cielo nocturno mientras su pecho subía y bajaba agitadamente, recuperando la respiración.
Había recibido un golpe fuerte al caer, temía por el embarazo. Sophia le había dicho que no se arriesgara, pero Bill era terco.
—Aquí Krüger. Verificación del estado de todo el equipo en la zona. Informen de novedades ahora mismo.
—Unidad Bravo asegurando la ruta trasera, hay varios agentes heridos por la onda expansiva— respondió la voz de Xavier, ahogada por la tos —El perímetro está controlado, pero la estructura cedió por completo. Requerimos asistencia médica de inmediato para el personal de asalto.
—Alfa en posición— intervino Bill con la voz entre jadeos —Los rastreadores perdieron la señal en cuanto entraron al túnel subterráneo. El grosor del hormigón bloqueó la frecuencia por completo.
—Reagrúpense en los blindados. Procedemos a retirarnos.— añadió Alex.
Pocos minutos después, los oficiales y agentes de la DEA se concentraron alrededor de los vehículos. El caos era enorme, los paramédicos atendían a los uniformados lesionados por las esquirlas de C-4, mientras el fuego continuaba devorando lo poco que quedaba en pie de la casa de Brian. Tom y los suyos estaban en otro extremo.
Alexander se quitó los guantes con un movimiento desdeñoso, caminando hacia el punto de reunión con el rostro tenso por la frustración de la fuga.
—Se nos escapó…— masculló Xavier, apoyado contra la puerta de un blindado mientras un paramédico le limpiaba una cortada en el brazo —Tuvimos a Brian a un segundo de caer y el infeliz voló su propia casa.
—No hay forma de continuar la persecución esta noche— sentenció Alexander con voz grave, mirando el desastre a su alrededor —Hay demasiados heridos en la unidad de asalto, los camiones de bomberos están a punto de bloquear las vías y la señal del rastreador está completamente muerta. Si nos quedamos aquí, solo expondremos a más personal. Nos retiramos a la base ahora mismo.
A un costado del vehículo, Bill permanecía en silencio, apoyando la espalda contra la carrocería de acero. Llevaba una mano presionada disimuladamente sobre la parte baja de su vientre, sintiendo una punzada leve. Se sentía ligeramente mareado y el olor de su entorno le producía asco.
Nadie en la agencia —ni siquiera Alexander o Xavier— sospechaba en lo absoluto que Bill llevaba semanas ocultando su embarazo en medio de semejante operativo.
— Benjamín, ¿estás bien? Te ves demasiado pálido— interrogó Alex, acercándose a él con preocupación al notar cómo respiraba con dificultad.
Bill apretó los labios, conteniendo la náusea que amenazaba con traicionarlo, y bajó despacio la mano de su abdomen para acomodarse el chaleco.
—Estoy bien… Solo fue el aire de la explosión— mintió Bill con una voz suave, sosteniéndole la mirada a Alex —Estuvimos más cerca que nunca, Alex. Brian tuvo que destruir su propia casa y huir como una rata para no terminar muerto.
—Y no fue un esfuerzo en vano— añadió Rafael, otro agente líder, desde el interior de la unidad móvil, ajustándose los auriculares —En cuanto la señal de Natalie vuelva a emitir fuera del radio del túnel subterráneo, sabremos exactamente en qué rincón del mapa se metieron.
Bill miró una última vez la columna de fuego que consumía la propiedad de El Zar, sintiendo el cansancio acumulado pesándole en los huesos.
—Suban a los heridos a las unidades— ordenó Alex, abriendo la puerta del piloto del blindado principal —Nos replegamos.
.
BILL
La luz fluorescente del consultorio me encandilaba la vista. Estaba sentado sobre la camilla de exploración, aún con los pantalones del uniforme cubiertos de barro, viendo cómo la doctora ajustaba el ecógrafo y revisaba los monitores de control con un gesto seco y el ceño fruncido.
Sostuvo la carpeta con mis resultados de sangre en la mano, se quitó las gafas de montura fina y me miró directamente a los ojos con severidad, lo que me hizo apretar la mandíbula.
—Estás embarazado. Lo sabías perfectamente y no dijiste una sola palabra, Keller— soltó con voz dura, carente de cualquier tacto profesional, cruzándose de brazos frente a la camilla.
Dejé escapar un bufido, desviando la mirada hacia la pared de azulejos blancos mientras me acomodaba la camiseta holgada que me habían dado para cambiarme el chaleco.
—Por favor… no le digas a nadie. Guarda el secreto— le pedí en un murmullo bajo, áspero por la tos que aún me raspaba la garganta —Nadie en la agencia puede enterarse de esto. Nadie.
La doctora soltó un suspiro pesado, apoyando las manos sobre el escritorio con frustración.
—No es simplemente un tema de guardar un secreto, Benjamín— reclamó, bajando el tono solo un poco —Estuviste a nada de sufrir un aborto espontáneo esta madrugada. ¿Tienes la menor idea del nivel de estrés, los impactos de la onda expansiva y los químicos tóxicos a los que te sometiste? Si continúas exponiéndote a semejante salvajismo, no solo vas a perder el embarazo, sino que pones tu propia vida en un riesgo enorme. Tu cuerpo está al límite.
—No puedo simplemente pedir días libres ahora— le respondí de golpe, encarándola obstinado. —Tengo demasiado por hacer. La operación con El Zar está en su punto más crítico y no voy a sentarme a mirar desde un escritorio como si fuera un inútil. Y tengo un operativo pendiente en la selva colombiana.
Me pasé la mano por el rostro, quitando los restos de ceniza de mis pómulos antes de continuar.
—Si pido una baja médica o empiezo a ausentarme, Alexander se va a preocupar de más. Se va a volver loco preguntando qué me pasa y va a terminar descubriéndolo. Y no quiero que se entere de este embarazo… No quiero que nadie se entere.
La doctora me observó en silencio durante varios segundos, midiendo el nivel de desesperación y determinación que se escondía detrás de mi mirada. Finalmente, dejó escapar un aire pesado, guardando la carpeta en el cajón de su escritorio.
—Voy a guardarte el secreto por esta vez, Keller— sentenció, tomando un bloc de notas para redactar una receta de suplementos y fijadores de urgencia —Pero si no te cuidas, si vuelves a meterte en medio de un caso como este, tu cuerpo va a tomar la decisión por ti y no va a haber nada que yo pueda hacer para solucionarlo. Vas a tomarte estos medicamentos a la hora exacta y vas a bajarle dos rayas a tu ritmo, ¿quedó claro?
—Quedó claro— murmuré, tomando la receta de sus manos sin objetar nada más.
.
OMNISCIENTE
Las paredes les devolvían el eco de sus propios pasos apresurados y la respiración agónica de la mujer, quien apenas podía mantenerse en pie.
A casi dos kilómetros de la fortaleza reducida a cenizas, el pasadizo desembocaba en una pequeña estructura de ladrillo abandonada, oculta tras una densa arboleda a un costado de una carretera secundaria. Brian empujó la escotilla de metal y salió a la superficie, manteniendo el arma empuñada y utilizando su cuerpo para ocultar la silueta destrozada de Natalie.
El protocolo de contingencia funcionó. Apenas tres minutos después de su salida, los faros de una camioneta oscura cortaron la niebla de la vía. El vehículo redujo la marcha sin quemar rueda y se detuvo a un costado del arcén. Dos hombres de su guardia personal bajaron de inmediato para abrir la puerta trasera, permitiendo que Brian subiera de un salto junto a su rehén antes de acelerar a toda velocidad, perdiéndose en la red de vías secundarias de la provincia.
Brian contaba con una infraestructura clandestina casi ilimitada; una red de propiedades de seguridad distribuidas estratégicamente para desaparecer en cuestión de minutos. Sin embargo, su mente no estaba tranquila. Se reclinó sobre el tapizado de cuero, uno de sus hombres le pasó un cigarrillo encendido y él lo tomó, clavó los ojos en Natalie, quien yacía hecha un ovillo en el asiento contiguo, tiritando y balbuceando incoherencias a causa del delirio febril.
—No hay forma de que esa escoria de la DEA haya llegado tan rápido sin una señal directa— murmuró Brian para sí mismo, soltando una densa bocanada de humo mientras analizaba la situación —Te usaron de anzuelo, estúpida, eso está claro… pero el cebo tiene que estar emitiendo desde alguna parte.
Tras un trayecto de cuarenta minutos por rutas sin pavimentar, la camioneta se adentró en un complejo de naves industriales en desuso, protegido por murallas de hormigón y un portón reforzado. El vehículo entró directamente al interior de un garaje, donde las luces halógenas iluminaron el espacio equipado con tecnología de contrainteligencia.
En cuanto bajaron del vehículo, Brian sujetó a Natalie por el brazo y la lanzó sin delicadeza sobre una silla de examen.
—Traedme el escáner de radiofrecuencia. Ahora— ordenó.
Uno de sus hombres le entregó de inmediato un dispositivo de detección de amplio espectro, dotado con una sonda de barrido electromagnético capaz de localizar microtransmisores de uso militar, frecuencias de infrasonido y microchips RFID alojados bajo la piel o en la vestimenta.
Brian encendió el aparato. Un pitido agudo y rítmico comenzó a resonar en la nave, acompañado por el parpadeo de una barra de luces LED verdes en la pantalla digital del escáner.
Comenzó el barrido desde la cabeza de Natalie, descendiendo lentamente por su cuello, torso y extremidades. Al acercarse a la zona de la clavícula izquierda, justo sobre la ropa desgarrada y manchada de sangre seca que llevaba puesta desde el cautiverio, el dispositivo cambió bruscamente de tono. El pitido se volvió un silbido continuo, y las luces de la pantalla se tornaron de un rojo intenso.
—Aquí está…— masculló Brian con una mueca de asco y desprecio. —Quiero que le saquéis esa mierda. Límpienla.— ordenó Brian, limpiándose las manos con un pañuelo que otro de sus hombres le pasó —La señal debe estar muerta. Contacten a Viper, está en la mansión principal, díganle que los planes se adelantan. Que avise a Morgana, y que transfieran a los mocosos a otra de mis propiedades.
—Como usted diga, señor.
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉