Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 15

Kratzeburg también estaba situado a orillas de un lago, pero era un pueblo muchísimo más pequeño que Waren. Apenas lo componían un centenar de casas, la mayoría también de tejados rojos, pero todas con jardín y bastante alejadas las unas de las otras. La planta de la humilde iglesia era más pequeña que el piso inferior del dúplex de Bill. El lago Käbelick también era de tamaño mucho menor que el lago Müritz. El lugar era extremadamente tranquilo y silencioso, rodeado de bosque y prado. Daba la sensación que la pequeña estación de tren era lo único que conectaba a los habitantes con el exterior.

En resumen, un pueblecito de mala muerte… o eso era lo que pensaba Bill. Le recordaba demasiado a Loitsche, el pueblo donde había tenido que pasar parte de su pre adolescencia.

David aparcó el coche cerca de las vías, y ambos bajaron del vehículo.

—¿Y se supone que hemos de comer aquí? —preguntó el muchacho—. No me parece que haya muchos restaurantes por la zona precisamente…

—No vamos a ir a un restaurante —contestó David mientras abría el maletero—. Vamos a ir de picnic.

—¿De qué? —exclamó Bill.

Del maletero David sacó una pequeña mochila y una manta.

—Esta mañana, mientras te vestías, he preparado un par de sándwiches que nos vamos a comer ahí.

Bill miró en la dirección que señalaba David, y vio una explanada de hierba a orillas del lago salpicada de varios árboles que proporcionaban sombra. Puso los ojos en blanco.

—Esto no puede estar pasándome a mí… —refunfuñó en voz muy baja para que el hombre no le oyera.

—Ven, vamos —decía David.

Caminaron los cien metros que les separaban del lugar. Tras elegir el árbol con la sombra más grande, David extendió la manta y ahí se sentaron. El productor sacó los sándwiches de la mochila y le ofreció uno a Bill. También sacó un par de botellas de agua y una de refresco. Empezaron a comer en silencio.

—David… —llamó Bill a su ex productor minutos después con voz grave.

—¿Qué?

—¿Qué demonios hace un tobogán dentro del lago…?

David rió, mirando el viejo tobogán de parque situado a unos metros de la orilla que había llamado la atención de Bill.

—Ah, eso… Sinceramente, ni idea. Lleva ahí mucho tiempo. Quizás para que los niños que se bañan aquí se diviertan un poco…

—¿Hay gente que se baña aquí? —inquirió Bill alzando ambas cejas, sorprendido.

—¿Por qué no? Es un lago, y el agua está limpia. —David rió de nuevo al ver que la expresión del chico no había variado—. Bill, eres un remilgado.

Bill abrió la boca, indignado.

—¡No soy un remilgado! —exclamó.

—Permíteme que lo siga dudando… —replicó David, picándole.

El ex cantante hizo un mohín, pero terminó sonriendo al ver la expresión divertida del hombre.

Después de esa pequeña “discusión” continuaron comiendo en silencio. Pero era un silencio cómodo, relajado.

Tras terminar su sándwich, David se tumbó boca arriba en la manta, y Bill no tardó en imitarle.

Los únicos sonidos que se escuchaban en el lugar era el rozar de las hojas con el viento y algunos pájaros. El cielo continuaba completamente despejado.

—Se está bien aquí… —reconoció Bill al cabo de un rato.

—Más al sur hay un viejo embarcadero ideal para contemplar la puesta de sol. Ya verás que es espectacular.

Bill asintió, distraído, y luego bostezó.

—No te pongas muy cómodo que en un ratito nos pondremos en marcha —le advirtió David.

—Vale, vale… —murmuró el chico, pero en verdad hubiera pagado por poder quedarse ahí y echar una buena siesta a la española.

Pasados unos quince minutos, David dijo que era hora de partir. Recogieron todo en un momento, plegaron la manta entre los dos y David la dejó de nuevo en el maletero del coche. Antes de cerrarlo, el productor sacó dos gorras de sol y le pasó una a Bill. Luego se colgó la pequeña mochila a hombros y le indicó con un gesto al muchacho que le siguiera.

Echaron a andar por un camino ancho sin asfaltar que se alejaba del lago. Pasaron junto a varias de las casitas más alejadas del centro del pueblo y luego torcieron a la derecha, de manera que el bosque que rodeaba la parte este de Kratzeburg quedó a su izquierda. Anduvieron aproximadamente un kilómetro antes de que el camino se internara por completo en el bosque.

Bill no dejaba de mirar alrededor con cierto reparo, especialmente cuando tomaron otro desvío por un camino mucho más estrecho y los árboles se cernieron sobre ellos. Lo de que era “anti naturaleza” no lo había dicho por decir, especialmente en cuanto a bichos se refería. El hecho de pisar tierra y la suciedad que conllevaba tampoco le hacían mucha gracia. Sin embargo, la tranquilidad y el aire puro que se respiraba compensaban bastante.

De tanto en tanto el camino se despejaba y desembocaba en la orilla de pequeñas lagunas que debían ir bordeando. En una de ellas pudieron observar una especie de patos que nadaban en el centro de la laguna. A Bill no le parecieron nada especial, pero David no debió pensar lo mismo ya que sacó su teléfono móvil de un bolsillo y les sacó una foto con él. A continuación se giró hacia Bill todavía con el aparato en las manos, y éste adivinó de inmediato sus intenciones.

—Ay no, David, no me hagas una foto con estas pintas… —se quejó medio sonriendo.

—¿Qué pintas? —preguntó David sin bajar el móvil.

Bill echó un vistazo hacia la parte baja de sus pantalones, manchados de polvo al igual que sus deportivas.

—Pues con estas pintas de… excursionista.

—Bueno, eso es lo que eres ahora —replicó el productor con gesto divertido.

Bill sonrió al escucharle, momento que David aprovechó para hacerle la foto. Mientras David observaba el resultado en la pantalla, Bill se acercó para ver también cómo había quedado. Y el hecho de verse a sí mismo sonriendo con tanta naturalidad como antaño, hizo que el chico se sintiera extraño.

—Ven, ahora nos haremos una tú y yo —dijo David, a la vez que le pasaba un brazo por los hombros.

Bill sonrió de nuevo al objetivo, hasta que otro “click” indicó que la fotografía ya había sido tomada. David le enseñó la imagen.

—Vaya pintas, de verdad —rió Bill, al ver aquel primer plano de ambos, los dos con gorras de visera y en aquel entorno tan poco habitual.

—¿Seguimos? —preguntó David guardando el móvil.

—Vale.

Al regresar al camino se toparon por primera vez en el recorrido con otra pareja de excursionistas que iban en dirección contraria, un hombre y una mujer. David les saludó y la pareja le devolvió amablemente el saludo.

—¿Los conoces? —preguntó Bill, confundido.

—¿A esa pareja? No.

—¿Por qué os habéis saludado entonces?

David rió suavemente.

—Normalmente, mientras se está de excursión por el campo, no te topas con demasiada gente. Lo raro sería no saludarse.

—Ah… —Bill notó entonces la mirada burlona de David y frunció el ceño—. Oye, no te rías de mí. Ya te he dicho que no estoy acostumbrado a esto.

—No importa lo jures…

Bill le dio un golpecito sin fuerza en el hombro a David, quien se limitó a seguir riendo, haciendo que el muchacho, instintivamente, le imitara.

Hacía tiempo, mucho tiempo, que no se sentía tan alegre y relajado.

.

Ya había atardecido cuando, después de la pequeña excursión por el parque, el camino les llevó de vuelta al lago en cuya orilla habían almorzado, pero más al sur. Desembocaron en una explanada con una zona de camping, con varios coches y caravanas aparcadas, y varios grupos de gente ya cenando junto a los vehículos. Al igual que había hecho con las personas con las que se habían cruzado durante la excursión, David les saludó, y Bill hizo lo mismo.

David guió a Bill a través de la zona de camping hasta un viejo embarcadero de madera en forma de ‘T’ que se adentraba varios metros en el interior del lago. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte, justo enfrente de ellos, y el atardecer había teñido de varias tonalidades de rojo tanto el cielo como el agua.

Bill se quedó un poco atontado ante la bella postal que se ofrecía ante sus ojos.

—¿Éste es el mismo lago de antes? —preguntó.

—Sí.

David se sentó en el borde del muelle, con las piernas colgando sobre la superficie del agua. Bill, que ya estaba un poco cansado de caminar, no tardó en hacer lo mismo.

—Tenías razón —dijo al cabo de unos minutos—. Es espectacular.

—Me alegra que te guste —dijo David.

—Entonces, ¿venías aquí con tu abuelo? —preguntó Bill.

—Sí. Él era un apasionado de la naturaleza, y este parque natural era su favorito. Estuvo aquí tantas veces que lo conocía a la perfección. A mí me encantaba venir aquí con él… Bueno, en realidad, tal y como estaban las cosas en mi casa, hubiera ido con él a cualquier sitio…

Bill miró a David de reojo, sin saber si debería pronunciar la pregunta que el productor había dejado flotando en el aire. Al final se decidió a hacerlo.

—¿Tenías problemas en casa…?

David asintió, sin dejar de mirar la puesta de sol.

—Mi padre era un poco… violento. Se enfadaba demasiado a menudo, casi siempre por motivos de trabajo, pero terminaba pagándolo con mi madre o conmigo… —Al notar la expresión horrorizada de Bill añadió—: No, no nos pegaba ni nada de eso… pero gritaba, rompía cosas… Y si no era por trabajo, se alteraba por cualquier tontería. Con él, las discusiones eran eternas. Por eso, siempre que podía, me escabullía de allí.

Tras unos segundos asimilando lo que David acababa de contarle, Bill habló.

—Parece que ninguno de los dos hemos tenido suerte con nuestros padres… —murmuró—. El mío tampoco es que fuera un gran ejemplo, precisamente… aunque por otros motivos. Él casi nunca estaba en casa, y cuando estaba, era como si no estuviera. Nunca se preocupó por mi madre, ni por… nosotros. Creo que cuando mi madre le pidió el divorcio, para él fue como un alivio.

David, aunque ya conocía la historia por Tom, escuchaba atentamente.

—Ni siquiera cuando nos hicimos famosos, mostró algo más de interés. Era… es frustrante.

—Lo imagino —asintió David—. Bueno, al menos, tenéis a Gordon, ¿no?

—Sí, supongo que sí. —Y Bill sonrió un poco; la verdad había sido una gran suerte que su madre conociera a Gordon, no podía haber encontrado mejor padrastro para ellos.

Mientras miraba de nuevo hacia la puesta de sol, Bill recordó algo que David había dicho durante la cena del viernes.

—David… ¿Es por eso que dices que no serías un buen padre? —aventuró—. ¿Porque no tuviste un buen ejemplo…?

—Veo que no has perdido tu perspicacia. —David sonrió, aunque de forma algo melancólica—. Sí, es básicamente por eso.

—En ese caso, volveré a decirte que yo sí creo que serías un buen padre.

En esta ocasión, David no quiso rebatirle.

—Gracias, entonces —dijo simplemente.

Ambos fijaron de nuevo la vista en el rojo horizonte. Bill echó el cuerpo un poco hacia atrás, apoyándose en la palma de las manos, y se dedicó durante largo rato a simplemente disfrutar del paisaje. Sin pensamientos dolorosos, sin fantasmas del pasado, sin recuerdos tristes, sólo él, David, y la puesta de sol.

Era poco menos que reconfortante.

—David… —le llamó Bill al cabo de un rato.

—Dime.

—Gracias por traerme aquí.

David miró de reojo al muchacho, algo sorprendido, y luego sonrió.

—De nada, Bill.

.

Permanecieron en el lago hasta poco antes de que el sol se ocultara del todo, lo justo para que les diera tiempo a regresar al coche sin que les oscureciera por el camino.

—¿Seguro que prefieres pasar la noche en un hotel? —preguntó David, conduciendo de vuelta por la carretera que les llevaría de nuevo a Waren—. Aunque haya anochecido, aún no es tarde, podemos regresar a Berlín si quieres.

—Prefiero el hotel —dijo Bill—. Ahora no me apetecen dos horas más de coche. Y ya que hemos traído mudas por si acaso…

—Pues mira, podemos quedarnos aquí mismo…

David aparcó el coche frente a lo que parecía una enorme villa a las afueras de Waren, pero que en realidad era un hotelito rural. Las paredes exteriores eran de un vivo color mostaza y el tejado de color marrón oscuro.

—¿Has dormido aquí antes? —preguntó Bill.

—No —respondió David. Al ver la mirada un tanto recelosa del chico, agregó con una sonrisa—: Ya sé que no es un Ritz, pero tiene buena pinta, ¿no crees?

—No está mal —accedió él. No había dormido nunca antes en un hotel rural, quizás la experiencia sería positiva.

Bajaron del vehículo y, tras recoger sus cosas del maletero, se dirigieron a la entrada, protegida por un porche acristalado. Nada más acceder al interior, se toparon con un pequeño mostrador de madera donde una mujer de mediana edad les recibió con una sonrisa.

—Buenas noches —saludó David.

—Buenas noches —saludó la mujer. Tenía el cabello rubio recogido en un diminuto moño y llevaba gafas de pasta de color negras, de un modelo muy actual—. ¿En qué puedo ayudarles?

—Buscamos alojamiento para esta noche. ¿Tienen suites?

—Así es. —La mujer tecleó algo en el ordenador que tenía a un lado del mostrador—. Y precisamente hoy ha quedado una libre. Han tenido suerte. —Al decir esto último la mujer alzó la mirada de nuevo y les sonrió de forma más amplia esta vez.

Bill y David se dieron cuenta enseguida del malentendido. La mujer les había tomado por una pareja. Normal, teniendo en cuenta que iban solos y acababan de pedir alojamiento en un hotel.

—No, no, queremos dos suites —replicó de inmediato David, un poco atorado, lo que hizo que a Bill le entrara la risa floja. El productor le echó una mirada reprobatoria, y Bill no pudo evitar más que reír abiertamente. La mujer por su parte se había ruborizado por su error—. O una suite y una habitación, si no puede ser. Yo me quedaré la habitación normal, ¿vale, Bill?

—A mí me da igual, puedes quedarte la suite si quieres.

—No, está bien.

—Sólo nos queda libre una suite —confirmó la mujer.

—Una suite y una habitación normal entonces, por favor.

Mientras David ultimaba los detalles de la reserva, Bill se dedicó a mirar a su alrededor, todavía divertido por el malentendido. El hall no era muy amplio, pero sí acogedor, con las paredes forradas de madera y un conjunto de sofás tapizados de colores pastel.

—Ya está —dijo David al cabo de unos minutos, entregándole una de las llaves.

—Creo que es la primera vez que me dan una llave de verdad en un hotel y no una tarjeta… —rió Bill.

—Vamos, tanto la habitación como la suite están en el segundo piso.

Subieron por unas escaleras también forradas de madera hasta el segundo piso. La habitación de David estaba junto al vestíbulo pero la suite de Bill estaba al fondo, así que se despidieron temporalmente en el pasillo.

—El comedor está en la primera planta —explicó David—. ¿Nos vemos allí para cenar en una hora?

—De acuerdo.

—Además de la cena, he contratado también el desayuno de mañana, y luego ya podremos irnos para casa —dijo David.

Bill dudó un instante antes de hablar.

—Pero dijiste que mañana no tenías nada en la agenda, ¿verdad?

—Así es… —dijo David. Bill apretó los labios un segundo y el hombre captó entonces su indirecta. Sonrió—. Vaya, así que te ha gustado la excursión y quieres repetir, ¿no?

El muchacho se encogió de hombros, sintiendo un leve ardor en sus mejillas.

—Se está bien por aquí… —reconoció—. Y si total no tenemos nada pendiente en Berlín…

David asintió, complacido.

—En ese caso, si te parece bien, en la cena lo hablamos y decidimos, ¿de acuerdo?

—Sí…

Ambos se dieron la vuelta para dirigirse cada uno a su habitación.

Tal y como se había imaginado Bill al saber que estaba en el segundo piso, la estancia tenía el techo abuhardillado. Las paredes estaban pintadas de color salmón claro, contrastando con la moqueta verde. Los muebles de madera estaban lacados en blanco, excepto un conjunto de mesa y sillas que eran de ratán.

Tras dejar la pequeña mochila donde llevaba la muda limpia encima de la cama, Bill entró en el baño y se miró en el espejo largo rato. Tenía los pantalones manchados de polvo y barro, la camiseta sudada y el cabello completamente enredado.

Pocas veces se había visto a sí mismo tan desarreglado. Pero no le importó. De hecho, incluso sonrió a su reflejo.

Se lo había pasado bien, y sabía que eso sí era importante.

Ahora lo único que necesitaba era una buena ducha.

.

Nada más entrar en el pequeño comedor del hotel, Bill localizó enseguida a David, quien estaba hablando por su teléfono móvil, y con expresión bastante seria. Sin decir nada se sentó enfrente de él y esperó a que terminara la conversación.

—Sí, sí… De acuerdo… Ok, pues mañana nos vemos…

Bill le miró a los ojos al instante, sintiéndose decepcionado. No sabía con quién estaba hablando David, pero por lo poco que había escuchado lo que sí ya podía deducir era que no iban a quedarse en Müritz más días…

David colgó con un suspiro.

—Era de la discográfica… —empezó, apenado.

—¿Mañana tienes que estar en Berlín…? —preguntó Bill, sin poder ocultar su desilusión.

—No… Los de la discográfica han encontrado a dos posibles músicos para completar el grupo del chico del que te hablé, y Patrick y yo tenemos que hacerles una prueba en el estudio… —David le miró fijamente—. Bill, mañana tengo que estar de vuelta en Hamburgo…

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

2 comentario en “Despertar 15”

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