Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 20

Bill se quedó mirando el nombre escrito en la pantalla de su móvil.

Andreas

Hacía mucho tiempo que no hablaba con él. Meses, un año quizá. Lo último que sabía de él era que había terminado por fin la carrera y que había encontrado trabajo en Postdam, una ciudad a poco más de veinte kilómetros de Berlín. Bill recordó cuando le felicitó por ello, pero por aquel entonces ya se habían distanciado y ni siquiera salió con él a celebrarlo.

Aunque le gustaría, Bill no podía culpar a Andreas de ese distanciamiento. Cuando el ex cantante se mudó a Berlín y empezó a salir por la noche de forma asidua, Andreas le había acompañado al principio. Pero Bill quería salir demasiado a menudo y hasta demasiado tarde, y eso Andreas, inmerso ya seriamente en sus estudios universitarios, no podía permitírselo. Bill, en lugar de ceder y adaptarse un poco a la agenda de su mejor amigo, empezó a salir sin él. Al mismo tiempo Andreas intentó razonar con Bill y hacerle ver que se estaba excediendo, pero eso a Bill no le sentó nada bien y discutieron. No fue una disputa grave, pero ninguno de los dos reconoció estar equivocado y con el paso del tiempo empezaron a verse cada vez menos. Luego Bill conoció a Markus y desde entonces no había vuelto a llamar a Andreas, ni Andreas a él.

Bill suspiró. Ahora, con la distancia, se daba cuenta de que no había actuado bien. Por culpa de su egoísmo y falta de sentido común, había alejado de su lado a otra persona importante en su vida.

Pero a pesar de todo Bill sabía que todavía podía contar con Andreas, el que había sido su mejor amigo durante tantos y tantos años, y que cualquier cosa que le contara en confidencia no saldría de ellos dos.

Mientras cavilaba, la pantalla se había apagado. Al darle de nuevo al botón para iluminarla, sin querer le dio dos veces y apareció el segundo nombre de la agenda.

Anis

Bill frunció el ceño. Ni siquiera recordaba que tenía el número de Bushido en la agenda. Sólo lo había empleado una vez, cuando le hizo una llamada perdida para que supiera que había llegado bien a su casa.

«Y si necesitas algo, cualquier cosa, me llamas, ¿de acuerdo?». Bushido le había dicho eso la última vez que se vieron. Y ahora Bill necesitaba algo.

Andreas era la opción lógica, de eso Bill no tenía ninguna duda.

Pero hacía mucho tiempo que Bill no actuaba de forma lógica.

.

Había pasado prácticamente el día entero en un avión, para poder acudir el mismo día a dos actos de promoción en dos ciudades diferentes. Había tenido que aguantar a dos periodistas estúpidas y dos entrevistas estúpidas, encima con preguntas prácticamente calcadas. Había tenido que aguantar a Peter y a Kenneth, alias Kay One, durante dieciséis horas seguidas. Eran sus amigos y en realidad los apreciaba, sí, pero dieciséis horas eran muchas horas.

A Bushido no le gustaban los actos de promoción. Pero vivía de la música, no le quedaba más remedio que ceder a ello cada vez que sacaba nuevo disco al mercado.

Por suerte por aquel día ya había cumplido, y en ese momento se encontraba de vuelta en su querida villa, a punto de meterse en el sobre.

Y justo en ese momento su teléfono móvil empezó a sonar.

Lo primero que hizo Bushido fue maldecir por no haber desconectado el aparato. Lo segundo, mirar la hora en el reloj de pulsera que recién se había quitado y dejado sobre la mesilla. Al ver que eran las tres de la madrugada, maldijo de nuevo.

Pero luego pensó que una llamada a las tres de la madrugada, debía ser importante.

De hecho, más le valía a quien fuera que le estaba llamando que fuera importante.

Cogió el teléfono y miró el nombre iluminado en la pantalla.

Bill Kaulitz

Decir que se quedó muy sorprendido sería quedarse corto. Cuando grabó el número en la agenda no pensó realmente que fuera a ser útil. Descolgó.

—¿Sí?

—Hola… —Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para oír la ronca y estrangulada voz del otro lado de la línea—. Soy yo… Bill.

—Bill… —repitió Bushido, todavía un poco aturdido por la sorpresa. Pero pronto se repuso y frunció el ceño—. ¿Qué ocurre, Bill? Son las tres de la mañana…

—Lo sé… Lo siento. Pero dijiste… dijiste que te llamara si necesitaba algo…

Bushido miró de nuevo hacia su reloj de pulsera sobre la mesilla. Sí, le había dicho eso a Bill. ¿Pero tenía que necesitar algo justamente a las tres de la madrugada?

—Está bien, dime —suspiró.

—Necesito que vengas a por mí…

De nuevo tuvo que agudizar el oído para oír al muchacho.

—¿Que venga a por ti? ¿Dónde estás?

—Estoy en el Luther…

—¿En el hospital? ¿Qué te ha pasado?

—No, no estoy aquí por mí… Yo… estaba en una fiesta y un… amigo empezó a encontrarse mal…

—¿Una fiesta? —Bushido empezaba a intuir por dónde iban los tiros y no le hizo ninguna gracia.

—Sí…

—¿Y dónde está Jost?

Bill no respondió inmediatamente a la inesperada pregunta sobre el paradero de su ex productor. Aunque dadas las circunstancias, Bill no debería de sorprenderse por ella.

—Ha tenido que marcharse de vuelta a Hamburgo… —escuchó finalmente.

—Ya veo… —gruñó el rapero—. ¿Y por qué necesitas que venga a buscarte?

Hubo otra pausa. Bushido se dio cuenta de que quizás había sonado demasiado brusco, y la contestación de Bill lo confirmó.

—Sabes qué, déjalo, no ha sido una buena idea…

—No, no… —negó el rapero de inmediato y sin pensar—. Voy para allá, ¿vale? ¿Dónde estás exactamente?

—En la sala de espera de urgencias…

—De acuerdo. En unos quince minutos estaré allí. Espérame, ¿eh?

—Sí… —Ya estaba a punto de colgar cuando Bill añadió una última palabra—: Gracias…

—No me las des aún… —le advirtió.

.

Tras dejar su coche en el aparcamiento exterior del hospital, Bushido anduvo deprisa hacia la zona de urgencias. Entró en el gran hall y se dirigió hacia la sala de espera, que estaba a la izquierda del mostrador y en el lado opuesto de la entrada a boxes, buscando con la mirada a Bill.

No tardó en encontrarle. No había mucha gente en la sala, y aunque la hubiera, Bill siempre destacaba allá donde estuviera. El muchacho estaba sentado al fondo, un poco inclinado hacia delante, con la cara escondida entre las manos, el cabello liso y negro cayendo en cascada sobre ellas.

Bushido ignoró las miradas curiosas de las demás personas que había en la sala —aunque llevaba las gafas de sol puestas era muy probable que aún así le reconocieran— y se dirigió hacia el ex cantante.

Bill continuó en la misma posición incluso cuando Bushido se acuclilló frente a él para estar a su altura.

—Bill… —le llamó el rapero a la vez que colocaba amistosamente una mano en su muslo.

Con un pequeño sobresalto, Bill descubrió su rostro, en el que destacaban sus ojos enrojecidos. Bushido jamás le había visto tal expresión desolada, que tanto chocaba con sus habituales gestos de diva, y sintió que se le encogía un poco el corazón.

—Has venido… —musitó el chico.

—Claro que he venido. Te dije que vendría, ¿no?

—Sí…

—¿Cómo está tu amigo?

—Han dicho que… que está bien… Sus padres están ahora con él…

—¿Has llamado tú a sus padres?

—No… Les han llamado desde el hospital, supongo que han cogido el número de su móvil…

—¿Qué le ha ocurrido?

Bill se mordió los labios antes de responder.

—No lo sé… —mintió descaradamente Bill—. Se… se desmayó…

Bushido se dio cuenta de que Bill jadeaba levemente y hablaba con dificultad, y sabía que no se debía sólo a la angustia por su amigo. Sin pensarlo, apretó una mano bajo su mandíbula, sobresaltando un poco al muchacho, y notó la piel caliente y el pulso acelerado. No era difícil sumar dos y dos.

—Bill, ¿qué os habéis metido? —preguntó sin rodeos.

Por toda respuesta, Bill desvió la mirada.

—Bill… —le llamó, soltando su cuello y elevando un poco el tono de voz.

—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas…? —suspiró Bill, aún sin mirarle.

—Genial, Bill —siseó Bushido, sarcástico—. Y yo que creía que habrías recapacitado, pero ya veo que no.

Al escuchar el reproche, Bill cerró los ojos y se tapó de nuevo la cara con una mano, como conteniéndose para no echarse a llorar.

—Joder… —suspiró el rapero.

Echó un vistazo alrededor. Las demás personas en la sala de espera seguían mirándole, y también a Bill.

—Deberíamos irnos aquí antes de que alguien saque su teléfono móvil y empiece a hacernos fotos —gruñó.

Sin decir nada, Bill se levantó y Bushido instintivamente le cogió del codo para guiarle a la salida.

Sólo cuando estuvieron los dos sentados en el interior del vehículo, Bill volvió a hablar.

—Necesito… necesito que antes me acompañes de vuelta al local de la fiesta… —musitó sin mirarle—. Me he dejado allí la chaqueta y las llaves y…

Pero Bushido le interrumpió al alargar de pronto la mano hacia él, retirándole el cabello de la parte izquierda de su cara y descubriendo del todo la rojiza hinchazón que empezaba a extenderse por su pómulo izquierdo y parte de la sien.

—¿Qué mierda te ha pasado…? —exclamó el rapero.

Bill tragó saliva, sintiéndose avergonzado del golpe del mismo modo que se sentía avergonzado por haber consumido cocaína esa noche.

—Bueno, esto es en realidad la razón por la que prefiero que me acompañes…

—¿Quién te ha hecho esto?

La voz de Bushido se había vuelto muy grave. Bill no recordaba haberle oído nunca hablar en ese tono que se le antojó poco menos que peligroso.

—Ya no importa… —murmuró, y antes de que Bushido pudiera replicar, añadió de forma lastimera—: Sólo quiero… irme a casa…

Aunque Bill no le miraba a los ojos, Bushido sí que seguía con la vista clavada en él. Pasaron así unos segundos, hasta que el hombre suspiró y volvió la mirada al frente.

—Está bien, iremos a ese local a por tus cosas —dijo mientras arrancaba el motor—. Pero luego no iremos a tu casa.

—¿Cómo que no…?

—Iremos a la mía.

Sorprendido, Bill miró a Bushido.

Pero no le contradijo.

.

La fiesta había terminado y en el local sólo quedaban los camareros y el personal de limpieza. Tras recoger sus cosas del guardarropa, Bill regresó con Bushido a su coche y se volvieron a poner en marcha, esta vez hacia la casa del segundo.

Eran más de las cuatro de la madrugada cuando llegaron a la villa del rapero en Dahlem. Entraron por el garaje, y de allí accedieron directamente al interior de la vivienda.

Bill siguió a Bushido hasta la planta superior en silencio, sintiéndose algo cohibido, aunque no sabía muy bien por qué, ya que además no era la primera vez que visitaba esa casa.

Bushido se detuvo delante de una puerta entreabierta y la empujó para abrirla del todo.

—Ésta es la habitación de invitados —dijo simplemente.

La estancia era enorme y decorada de forma muy sobria, con las paredes pintadas de color gris claro y muebles de teca. La cama, situada a la izquierda, era doble. En la pared enfrentada a la puerta había un gran ventanal con cortinas de color ocre, y en la pared de la derecha había una puerta integrada en el medio de un gran armario que Bill supuso conduciría al baño.

Caminó un par de pasos hacia el interior y después se volvió hacia Bushido.

—¿Por qué quieres que me quede aquí…? —se atrevió por fin a preguntar.

—Porque está claro que no se te puede dejar solo —fue la contundente respuesta de Bushido.

—Eso no… —intentó replicar, pero fue interrumpido.

—Mira, Bill, no me vendas la moto. No tengo ni idea de lo que se te pasa por la cabeza para actuar así y no pretendo que me lo cuentes ahora si no quieres. Lo único que sé es que Jost te ha dejado solo, espero que por un buen motivo, y lo primero que has hecho en cuanto te has visto libre de él ha sido ir directo a colocarte.

No había sido exactamente así, y aunque a Bill no le apetecía aclararlo, sintió la necesidad de defender a David.

—No me dejó solo… Me dejó con mis padres.

—Pues no sirvió de mucho, me temo.

Esta vez Bill ya no le rebatió.

—En fin, de momento esta noche, o lo que queda de ella, te quedarás aquí —continuó Bushido—. En el armario hay ropa cómoda para dormir, coge lo que quieras, y también puedes usar lo que necesites del baño.

Bill se abrazó a sí mismo como si tuviera frío y murmuró un inaudible “vale”.

Bushido frunció el ceño, y tras pensarlo unos segundos, se acercó a Bill y colocó ambas manos en su cuello, apretando de forma suave. Esta vez el muchacho no se sobresaltó.

—No sé si deberíamos habernos quedado en el hospital… por si acaso —gruñó Bushido al notar de nuevo el todavía acelerado pulso de Bill y la piel húmeda y caliente.

—Estoy bien… —dijo Bill.

—¿Quieres hielo para ese golpe?

—No, no hace falta.

El rapero se apartó.

—Si te encuentras mal, me llamas. Mi habitación está al fondo del pasillo.

«Lo sé», pensó Bill mientras Bushido se retiraba, sintiendo que se ruborizaba un poco ante el recuerdo. Se limitó a asentir.

—Buenas noches, Bill —dijo Bushido ya en el umbral de la puerta.

—Buenas noches, Anis…

La puerta se cerró con un suave ‘click’.

Suspirando, Bill empezó a desvestirse. Ni siquiera se molestó en abrir el armario para buscar algo que ponerse para dormir, ya que él solía dormir en ropa interior.

Entró en el baño. Era muy grande, proporcional a la habitación. Contaba con ducha y bañera y un gran mueble bajolavabo con encimera de mármol blanco. Bill observó crítico su rostro pálido en el espejo, a excepción de su pómulo y sien izquierdos, que lucían de un rojo intenso.

Menos mal que no se había ido con Klaus al final. Markus había tenido mejor vista que él.

El maquillaje de sus ojos se había corrido debido al llanto y al sudor. Se agachó y empezó a rebuscar en los cajones del mueble bajolavabo, hasta que encontró desmaquillador. Se preguntó si sería de alguna ex novia de Bushido.

Se lavó la cara a conciencia, primero con el desmaquillador y luego con una toalla humedecida, aunque cada vez que pasaba sus dedos o la toalla por encima del golpe, rabiaba de dolor.

Al terminar salió del baño y se dirigió directamente a la cama, metiéndose bajo las sábanas que olían a limpio y se acurrucó en posición fetal.

Contra todo pronóstico, cayó dormido prácticamente al instante.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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