Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 32

La resaca era de las peores que Bill había tenido nunca. Y había tenido muchas.

—Dios… —gimió con una mano apoyada en el lavabo y otra sobre su frente.

La cabeza le iba a estallar de un momento a otro, estaba seguro. ¿Por qué había tenido que beber tanto? O mejor dicho, ¿por qué había bebido tantísimo?

De acuerdo, la conversación con Eva le había dejado muy tocado. Pero igualmente no debería de haber perdido el control como lo había hecho.

Y para colmo, Tom le había pillado.

Recordaba a su gemelo apareciendo en el bar, haber intercambiado con él un par de frases no precisamente amistosas, y luego le había acompañado hasta el camarote. Allí había tropezado con algo, y Tom le había ayudado a ponerse de pie.

Pero a partir de allí, nada.

No era frecuente en él tener lagunas mentales tras una borrachera, otra prueba de que realmente aquella vez se había excedido. Tenía miedo de haber dicho o hecho alguna tontería durante ese lapso de tiempo, pero lo más probable era que simplemente Tom le hubiera acompañado hasta la cama y dejado allí para que durmiera la mona.

—Qué vergüenza… —murmuró para sí mismo mientras se miraba críticamente al espejo. Parecía que había envejecido diez años en una noche.

Decidió que lo mejor sería lavarse los dientes a conciencia y luego darse una refrescante y despabiladora ducha, y así lo hizo. Era muy temprano, pero la excursión de ese día a Malta iba a ser aún más larga que la de Túnez y el madrugón era inevitable. Al terminar se vistió con una camiseta azul claro y unos frescos pantalones blancos de lino, ya que por lo que podía observar a través del ojo de buey de su camarote, aquel día había amanecido muy soleado. Volvió a colocarse la cadena con la mano de Fátima y la cruz bereber que se había quitado para ducharse, y salió del camarote.

Justo al mismo tiempo que Tom y Eva salían del suyo.

«Mierda…», pensó, pero ya no podía hacer nada; ellos también le habían visto.

—Buenos días —le saludó Eva, y, por primera vez, no lo hizo con una sonrisa. De hecho, estaba bastante seria.

—Buenos días… —dijo Bill.

Tom se limitó a saludarle con un movimiento de cabeza. Él también estaba bastante serio.

Los tres empezaron a andar juntos en dirección al salón Apolo, en silencio. Ni siquiera Tom y Eva cruzaron palabra. Bill podía notar la tensión y, por una vez, estaba seguro de que él no era el único responsable.

Llegaron al salón Apolo; su mesa habitual estaba vacía. No había rastro aún ni de Georg, ni de Andreas y Karin. Gustav y Julie sí que estaban en su mesa y les saludaron. Eva se marchó entonces a hablar con Julie y Bill y Tom se quedaron a solas junto al buffet.

—Ehm… sobre lo de ayer… —empezó Bill, y notó a Tom tensarse de inmediato—. Lo lamento; bebí demasiado…

—Ya —fue la escueta contestación de Tom, aún tenso, mientras recogía un par de magdalenas.

—No estoy muy seguro de lo que pasó. Espero no haber dicho o hecho nada que te molestara…

Entonces Tom se relajó un poco, e hizo un amago de sonrisa.

—No, tranquilo. Me soltaste las mismas borderías que cuando estás sobrio.

Bill se sonrojó un poco, sintiéndose culpable. Al menos la sonrisa de Tom le indicaba que su gemelo le quitaba hierro al asunto.

—Pero es cierto que bebiste demasiado —continuó Tom, y ya no sonreía—. ¿Por qué demonios bebiste tanto?

Por toda respuesta, Bill se encogió de hombros. Evidentemente, no iba a admitir que el comentario de Eva sobre ser padrino le había afectado tanto, y no iba a inventarse otra cosa.

Para su suerte, en ese momento llegaron Andreas y Karin, y al poco Georg, quien se unió a ellos frente a la bandeja de croissants.

—Buenos días —murmuró el bajista mientras llenaba su plato de croissants al mismo tiempo que no dejaba de bostezar. Seguía sin acostumbrarse al movimiento del barco a la hora de dormir—. Joder, me muero de sueño. Creo que me tomaré un café doble.

—Yo también —murmuró Bill, aunque él lo necesitaba por otro motivo: aplacar en algo su tremenda resaca. Se despidió de Tom con un gesto y se encaminó junto con Georg hacia la máquina de café.

.

Mientras Bill y Georg se alejaban, Tom se quedó mirando la espalda de su gemelo.

O Bill no se acordaba del beso, o era muy buen actor, pensó. Pero conociendo todo el alcohol que circulaba por su sangre en aquel momento y que se desplomó instantes después, Tom se inclinaba por lo primero.

Le pareció poco menos que injusto. Era Bill quien lo había besado, quien debería estar inquieto por ello. Y en cambio, era él quien debía acarrear con el recuerdo. No había pegado ojo en toda la maldita noche por su culpa.

Por otro lado, se dijo a sí mismo que eso era lo mejor. Y él debería hacer lo mismo: olvidar que ese beso había tenido lugar. Su existencia no aportaba nada bueno; sólo malestar, remordimiento y confusión.

Antes de que se preguntara a sí mismo por qué se sentía confundido, notó una presencia a su lado. Era Eva, sosteniendo un zumo en una mano y un plato con un par de tostadas en la otra.

—¿Vienes a la mesa? —preguntó con voz suave.

No habían vuelto a hablar del tema del aborto de ella desde la noche anterior. De hecho, no habían hablado apenas desde entonces. Aquella mañana se habían levantado de la cama y actuado casi como dos desconocidos.

—Voy primero a por un café con leche —murmuró Tom, y la dejó sola.

.

Menos de una hora después, todos bajaban del crucero, atracado en el puerto de La Valletta, la capital de Malta. Los autocares ya les estaban esperando, y se dividieron en los mismos grupos que el día anterior en Túnez.

Mientras se dirigía hacia su autocar, la mirada de Bill se posó sobre la persona que esperaba junto a la puerta del vehículo e iba saludando a medida que la gente entraba, y que supuso sería el guía de su grupo.

Un agradable escalofrío le recorrió en cuanto pudo observarle de más cerca. Era un hombre joven, de unos treinta años, alto y rubio. Llevaba una camisa blanca semidesabrochada que dejaba entrever un torneado y moreno torso.

—Bienvenido —le dijo en perfecto alemán en cuanto Bill llegó a la puerta del autocar.

Observó entonces que tenía unos ojos azules impresionantes.

—Gracias… —murmuró Bill. Y no se dio cuenta de que se había quedado quieto ensimismado hasta que Georg le dio un pequeño empujón por atrás sin querer.

—¿A qué esperas? —preguntó el bajista.

Bill le echó una mirada asesina a Georg y luego una de disculpa al guía, a la vez que le sonreía. El guía le devolvió la sonrisa y Bill notó mariposas en el estómago.

Por fin algo interesante.

Subió al autocar y se sentó en un asiento que daba al pasillo, en lugar de junto a la ventanilla, lugar que ocupó Georg. Poco a poco el autocar se fue llenando hasta que finalmente también subió el guía y se cerraron las puertas. Al igual que el día anterior, David también estaba en el grupo, y se sentó un par de filas tras Bill y Georg con Patrick. Gustav y Julie esta vez iban también con ellos.

—Buenos días a todos, y bienvenidos a Malta —saludó el guía tras coger el micrófono que le tendió el conductor—. Mi nombre es Ryan y seré vuestro guía durante el día de hoy. Espero que disfruten de la visita que les tenemos preparada.

Bill apoyó la cabeza en el borde exterior del asiento y se dispuso a escuchar.

—Esta mañana visitaremos los templos de Tarxien y el hipogeo de Hal Saflieni, que se encuentran a pocos kilómetros de aquí, y los templos de Hagar Qim y Mnajdra, al sur de la isla.

—¿Todo eso en una mañana? —exclamó Andreas, sentado junto a Bill al otro lado del pasillo.

Ryan rió. A Bill le encantó el sonido e instintivamente también sonrió.

—Tranquilo, la isla no es muy grande, por lo que apenas perderemos tiempo entre unos templos y otros. Por la tarde les dejaremos de vuelta en La Valleta para que puedan visitarla por libre.

El autocar se puso en marcha, y mientras salían del puerto, Ryan comenzó con las explicaciones.

—Los templos de Malta son el mayor atractivo turístico de nuestras islas. Son únicos en el mundo, porque constituyen las estructuras de piedra conservadas más antiguas de todo el planeta. Son más antiguos que las pirámides de Egipto. Por supuesto, están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Los primeros que visitaremos, los de Tarxien, son tres templos muy bien conservados y que demuestran la habilidad y capacidad artística de los habitantes del período megalítico…

Bill seguía atento la explicación, aunque no precisamente porque le interesaran los templos. No se había dado cuenta de que seguía sonriendo, cosa que sí hizo Georg, quien le echó una mirada suspicaz, pero no le dijo nada al respecto.

.

Tal y como había dicho Ryan, en apenas diez minutos el autocar se detenía junto a la entrada a los templos de Tarxien.

Todos se esperaban que los templos estuvieran ubicados más apartados; sin embargo, estos estaban en medio de la localidad del mismo nombre. La entrada en sí ya era espectacular: unos enormes bloques de piedra a modo de jambas y dinteles daban la bienvenida a los visitantes.

Ryan se adelantó y pidió al grupo que le siguieran. Bill agradeció que no llevara ningún cartelito, ni un paraguas como la guía del otro grupo, ni ninguna horterada por el estilo para hacerse ver.

«No le hace falta», pensó Bill. Con ese atractivo, era difícil no ubicarle de un solo vistazo.

Se detuvieron a pocos metros de la entrada, e hicieron un corrillo alrededor de él.

—Cómo os decía, los templos de Tarxien fueron descubiertos por casualidad en 1914 por unos campesinos mientras trabajaban sus tierras. El arqueólogo sir Themistocles Zammit fue el encargado de dirigir las excavaciones, que apenas duraron dos de años.

—¿Sólo un par de años para desenterrar todo esto? —preguntó Andreas.

—Así es. Supongo que se lo tomaron bastante en serio. —Ryan sonrió, y a Bill cada vez le gustaba más esa sonrisa.

Avanzaron hacia unas piedras con unas espirales grabadas.

—Como su mismo nombre indica, todo esto se usaba presuntamente como templo o santuario. Aquí podemos observar lo que parece claramente un altar.

Durante varios minutos, siguieron avanzando por el interior de los templos, parando de vez en cuando para escuchar una explicación de Ryan.

—No hay precisamente unanimidad en cuanto a la antigüedad de estos templos, pero podemos decir que fueron construidos aproximadamente entre el 3.500 y el 2.800 a.C.

Bill se decidió entonces a llamar la atención del guía.

—Ryan… —pronunció su nombre con lentitud con toda la intención del mundo. No tenía planeado actuar simplemente uno más de sus “guiris”. Ladeó un poco la cabeza y batió las pestañas—. ¿Cómo lo hacían entonces para mover estas piedras tan enormes?

A un par de metros de él, Tom miró con sorpresa a su gemelo. No era típico de él prestar atención a ese tipo de explicaciones; al menos el día anterior no lo había hecho. Claro, que el día anterior el guía no lucía como un modelo de pasarela.

Ryan le miró fijamente y le sonrió; exactamente lo que buscaba Bill.

—Buena pregunta. Pero ni siquiera hoy en día se sabe a ciencia cierta cómo se las apañaron para construir los templos con estos grandes bloques. Incluso antiguamente se pensaba que los constructores de los complejos megalíticos de Malta fueron una raza de gigantes que habitaron la Tierra antes del diluvio universal, tal y como relata el Génesis. Y las llamadas ‘taulas’ de la isla de Menorca, que en catalán significa ‘mesas’, se llaman así porque eran consideradas por algunos como ‘mesas de gigantes’.
»De hecho, la anécdota de las excavaciones realizadas aquí en Tarxien fue el hallazgo de un cráneo humano al que sólo le faltaba el maxilar inferior. Dicho cráneo tenía ciertas anomalías: era más alargado de la cuenta y presentaba una fisionomía que no se parecía a la de ningún poblador prehistórico del Mediterráneo. Empezaron a correr rumores entre la población de que se había encontrado la calavera de un gigante. Pocos meses después, el cráneo desapareció. La capital fue bombardeada por aviones enemigos durante la I Guerra Mundial con tan mala suerte que algunas explosionaron al lado el museo nacional. Por eso se ordenó evacuar todos los objetos, incluido el cráneo. Pero este no volvió a aparecer. Hoy sólo se conserva un dibujo que realizó el dibujante de las excavaciones.

Bill asintió, satisfecho con la explicación, o más bien porque Ryan no había apartado la mirada de él durante todo ese tiempo.

.

—Lo más impresionante del hipogeo de Hal Saflieni es su complejidad. Consta de tres niveles subterráneos, llegando a una profundidad superior a los 15 metros en algunas cámaras. No se trata del aprovechamiento de cámaras subterráneas naturales, sino que la mayoría del complejo fue excavado en roca viva. En cuanto a su función, se trataba seguramente de un santuario, además de ser usado como catacumbas, ya que en su interior se han encontrado los restos de unas 7.000 personas.

—Cuánta gente… Espero que esos restos ya no estén por aquí —murmuró Eva, buscando la atención de Tom, a su lado. Sin embargo, su novio no se dio por enterado de su comentario.

Y no porque Tom estuviera más pendiente de las explicaciones de Ryan. De hecho, hacía ya un buen rato que ni las escuchaba, desde antes de salir de Tarxien. Ahora estaban bajo tierra, en las entrañas del hipogeo de Hal Saflieni, y su hermano gemelo cada vez le estaba sorprendiendo más. Bill no sólo sí estaba atento las explicaciones de Ryan, sino que no dejaba de hacer preguntas y, lo que más le escocía, no se separaba más de un metro de distancia del guía, sonriéndole con coquetería y batiéndole las pestañas cada vez que tenía ocasión.

«Esto es absurdo», se decía Tom. Sí, era evidente que a Bill el guía le había hecho tilín, era la única explicación razonable a su inusual comportamiento, pero eso a él no debería importarle.

Pero le importaba. La noche anterior Bill le había besado, y casi se le había declarado de nuevo. Y pocas horas después, tenía que verle flirtear en directo con un desconocido.

Y no era el único al que el comportamiento de Bill había llamado la atención. Georg también se había dado cuenta, igual que David. Y si bien a Georg el asunto le causaba gracia, David estaba casi igual de mosca que Tom. Él era el único de allí que conocía con seguridad los pocos reparos de Bill a la hora de ligar con desconocidos, y estaba empezando a preocuparse.

—La atracción más vistosa que se ofrece a los visitantes es el de la resonancia e intercomunicación de todas las cámaras subterráneas entre sí, y que pronto comprobaremos —decía Ryan—. En la Sala Principal, los arquitectos hicieron un agujero en uno de los muros, y un estrecho conducto. Si se habla por este agujero, aunque se haga muy flojito, la voz se oye en todas las cámaras con una nitidez y claridad digna del más moderno sistema de comunicación. Quizá sería utilizado por un sacerdote que recitaba el ritual para ser oído en todo el hipogeo.

—O por un cantante —bromeó Bill—. Quizás esto era en realidad una sala de conciertos.

Algunos le rieron el chiste, incluido Ryan. Tom y David, sin embargo, sólo fruncieron el ceño.

—Y aquí, en la Sala del Oráculo, encontramos otra curiosidad. En esa pared hay un pequeño nicho ovalado que produce una fuerte resonancia cuando se habla o canta en voz muy grave. ¿Alguien quiere probarlo?

—Que lo pruebe Bill —dijo Andreas—. Él es el cantante.

La sonrisa de Bill se esfumó de inmediato al escuchar a su amigo.

—¿Ah, sí? —preguntó Ryan mirándole con expresión de auténtica sorpresa. No tenía ni idea de que tenía a un ex grupo mundialmente famoso entre sus turistas de aquel día.

—No, yo…

—¡Eso, que cante Bill! —dijo Karin, excitada ante la idea de volver a escuchar al que fue su ídolo después de tanto tiempo.

Pero Bill no quería cantar. Sabía muy bien que después de tanto tiempo sin entrenar la voz, y con su ritmo de vida basado en el alcohol y los cigarrillos, sería incapaz de dar un solo tono. No quería que nadie le oyera así; le haría sentir aún más miserable.

Inesperadamente, Gustav salió en su ayuda.

—No, yo lo haré —dijo el ex batería, y sin dar tiempo a nadie a protestar, fue al lado de Ryan—. ¿Dónde es?

—Aquí. —Ryan le señaló un agujero en la pared de roca.

—¿Con voz grave?

—Es como mejor funciona, sí.

Todos le rodearon con expectación. Gustav se aclaró la garganta con teatralidad, cogió aire, y empezó a cantar con voz grave y fuerte:

—Too big, too small… Size does matter after all…

Efectivamente, la voz de Gustav resonó por toda la sala. Algunos empezaron a reír. Julie abrió mucho la boca, escandalizada, y corrió a taparle la boca a su prometido, lo que causó más risas.

Bill también rió, de nuevo relajado. Gustav le había salvado de una buena.

.

Media hora después, salían de nuevo a la superficie.

—En diez minutos partiremos hacia Hagar Qim —dijo Ryan—. Si alguien quiere ir al servicio, que aproveche ahora. Los servicios están por ahí.

Aunque hubiera preferido aprovechar para quedarse con Ryan y charlar un poco con él, Bill tenía demasiadas ganas de orinar, así que resignado marchó hacia los servicios. Georg le siguió.

Había mucha gente en los servicios, tanto de hombres como de mujeres, ya que por la zona había muchos más turistas aparte de ellos. Bill y Georg hicieron unos minutos de cola, y luego entraron. Tras descargarse, se colocaron en los lavabos para lavarse las manos. No había nadie más del grupo con ellos, y Georg aprovechó para picar un poco a Bill.

—Así que te ha molado el guía, ¿eh?

Bill le miró a través del espejo, no demasiado sorprendido, ya que era consciente que no se había preocupado en ningún momento de disimular.

—No está mal —reconoció con una leve sonrisa.

—Lástima que vaya a quedarse aquí, ¿no? —dijo Georg sin malicia—. Si al menos trabajara en el barco, tendrías más tiempo.

—¿Más tiempo para qué? —Bill sonrió más ampliamente, haciéndose el sueco.

—Para ligártelo, claro.

—Vamos, Georg, ni que fuera tan fácil. Lo más probable es que sea hetero, como la mayoría.

—No creo que en tu caso eso sea un problema. Eres un convierte-heteros.

—Deja de decir tonterías, anda. ¿Y tú qué? Hay tropecientas tías en el barco. ¿No te ha molado ninguna?

—¿A mí? Qué va… Bueno, reconozco que las primas de Julie no están nada mal…

—¿Las primas de Julie? ¡Pero si ni siquiera van depiladas! Que me fijé yo el otro día en la piscina. Pff, qué mal gusto tienes, Georg.

—Ey, mira quién habla, el que se acostó con Bushido…

Bill abrió mucho la boca, indignado.

—¡Yo no tengo mal gusto! ¿Acaso no has mirado bien a…?

—¿Que te acostaste con… quién?

Bill y Georg se dieron la vuelta de un salto, pálidos, quedando de cara hacia la persona que acababa de entrar silenciosamente en los servicios: Tom.

Y, a juzgar por su expresión, no parecía muy contento con lo que había oído.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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