Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 38

Había tocado fondo.

Ésa y ninguna otra era la descorazonadora conclusión a la que Bill había llegado tras analizar fríamente la situación en la que se encontraba.

Ni él mismo podía terminar de creerse lo que había estado a punto de hacer hacía escasamente media hora en la cubierta. Quiso culpar al alcohol de su locura, pero en el fondo sabía que no había sido del todo así. Recordaba claramente estar subido a esa barandilla, y recordaba claramente también haberle dicho a Tom que iba a tirarse y así dejar de sentir, porque eso era lo que verdaderamente pensaba en ese momento.

Ahora, sopesándolo de nuevo en frío y con la cabeza más despejada, pues la borrachera se le había ido casi de golpe, se daba cuenta del tremendo y devastador error que habría cometido. Un error sin vuelta atrás. Menos mal que ahí habían estado su hermano y sus amigos…

La mejilla izquierda aún le ardía. Se llevó una mano allí donde Tom le había golpeado, justo en el pómulo, para que el frío de su palma le aliviara un poco. No estaba enfadado con Tom por ello, se lo tenía bien merecido por el susto que le había causado. Se imaginó a sí mismo en la situación inversa, a punto de ver morir a su gemelo, y solo de pensarlo ya se le encogía el corazón de pánico.

Afuera de la habitación, en la sala de estar contigua, se oían murmullos. En esos momentos Tom les estaría contando a Georg y Gustav la verdadera razón por la que había dejado el grupo. Bill temía que sus dos amigos le dieran la espalda en cuanto se enteraran de su amor más allá de lo fraternal hacia Tom. Hubiera querido decirle a este que no les contara nada, pero la voz no le había salido, y ahora ya era demasiado tarde.

Agudizó el oído, pero igualmente no alcanzaba a entender nada. Bill desistió y se acomodó en la cama. Su teléfono móvil, que mantenía apagado en un bolsillo, le molestaba, así que se lo sacó y lo dejó en la mesilla. Se abrazó al cojín con fuerza y cerró los ojos.

A pesar de la preocupación por la posible reacción de Gustav y Georg, lo cierto era que Bill se sentía bastante mejor. Quizás era lo bueno de haber tocado fondo: tenía la sensación que ya no podía ocurrirle nada peor.

.

En cuanto Tom terminó de hablar, esperó a que sus amigos dijeran algo, lo que fuera. Pero al ver que pasaban los segundos y ni Georg ni Gustav, con la boca semiabierta, pronunciaban palabra, se vio obligado a insistirles.

—¿Y bien? ¿Qué opináis? ¿O es que no vais a decir nada?

Gustav y Georg se miraron un momento, como tratando primero de expresarse telepáticamente entre ellos antes de responder a Tom. Luego miraron de nuevo al mayor de los Kaulitz. Georg fue el primero en hablar:

—Así que, en resumen, Bill te confesó que te amaba, y tú te marchaste por él, para que lo superara. Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no?

—Sí —dijo Tom con un suspiro, pensando que por fin alguien estaba de acuerdo con sus actos.

—Pero no funcionó —apuntó Gustav.

Tom tragó saliva nerviosamente.

—¿Por qué lo dices?

Gustav le miró fijamente.

—Bueno, Bill y tú seguís viviendo en ciudades distantes, y por lo que he oído, antes de subir al crucero hacía año y medio que no os veíais. No hay que ser muy perspicaz para suponer que todo sigue igual.

—Ya…

—¿Y lo de esta noche? ¿Tiene algo que ver? —preguntó Georg.

—Supongo que sí, ya que como os dije habíamos discutido —contestó Tom.

—¿Sobre qué habíais discutido?

Tom se ruborizó.

—Pues… anteayer me besó —confesó—. Otra vez. Solo que esta vez estaba borracho y luego no se acordaba de nada. Y esta tarde se lo he echado en cara… de no muy buenas maneras.

Georg y Gustav pusieron cara de circunstancias.

—No creo que fuera solo por eso —dijo Gustav—. Para que alguien llegue al punto de querer suicidarse, tiene que haber más…

—Quizás fue la gota que colmó el vaso —dijo Georg, rascándose la barbilla.

—Bill no está bien desde hace tiempo —murmuró Gustav—. Ahora al menos sabemos en parte por qué.

—¿En parte? —preguntó Tom.

—Bueno, el día de la piscina, cuando se cabreó tanto por tirarle al agua, estuve un rato hablando con Andreas sobre él. Cree que Bill tiene un problema con el alcohol…

—De eso me he dado cuenta… —suspiró Tom.

—Recuerdo cuando lo detuvieron por conducir ebrio —dijo Georg—. Le llamé, y me dijo que no me preocupara, que había sido un error tonto. El tonto fui yo por creerle.

—…y con algo más.

Tom y Georg miraron a Gustav fijamente.

—¿Con qué más? —preguntó Tom secamente.

—A ver, no lo sabe seguro… Pero me contó que cuando Bill se mudó a Berlín, los dos empezaron a salir juntos de noche, pero Andreas no podía salir tanto como Bill quería, porque tenía que estudiar… Y entonces, precisamente después de que lo detuvieran, Bill conoció a un chico, un tal Markus, por el que le dejó de lado… —Gustav hizo una pausa.

—¿Y? —le animó Tom a continuar.

—Que Andreas dice que ese chico, ese tal Markus, le da a la cocaína.

Tom abrió mucho la boca, entendiendo de inmediato por dónde iban los tiros.

—¿Y… Bill también?

—No lo sabe seguro…

—Ah, pero genial, Bill se hace amigote de un farlopero, ¿y Andreas se lo calla? —exclamó el ex guitarrista, furioso, pero instintivamente tratando de no alzar la voz demasiado.

—Es que Andreas no lo sabía en ese momento. Él se enteró hace poco, a través de un amigo común, de que el tal Markus había tenido un infarto por una sobredosis o una dosis demasiado tóxica, no se sabe. Intentó hablar con Bill el primer día, pero no se atrevió a preguntarle directamente. Y no quería contarte nada a ti y acusarle en falso sin estar seguro.

Tom se restregó la cara con las manos. Él ya estaba dando por sentado de que, efectivamente, Bill llevaba un tiempo dándole a la cocaína. De hecho, ahora que lo pensaba, era la explicación más probable a su evidente deterioro físico. Tom se había engañado a sí mismo pensando que la causa era únicamente el que Bill estuviera deprimido por el distanciamiento de ambos. Pero Bill había encontrado un remedio artificial y peligroso para ese decaimiento.

—Tienes que hablar muy seriamente con Bill —dijo Gustav—. Sea verdad o no lo de la cocaína, está muy desmejorado. No puede seguir así.

—¿Y qué le digo? ¿Qué le diríais vosotros? ¿Qué haríais si vuestro hermano se os declarara? Todavía no me habéis dicho qué opináis al respecto.

—Es… difícil opinar sobre algo así —murmuró Georg—. Habría que ponerse en la piel de Bill para comprenderlo.

—Exacto —asintió Gustav—. No me parece justo juzgarle por sus sentimientos, por extraños que sean.

Tom miró alternativamente a dos de sus mejores amigos.

—Pero… ¿por qué no estáis más sorprendidos?

Ellos se encogieron de hombros.

—Es Bill —dijo Gustav, como si eso lo explicara todo. Pero al ver la mira ceñuda de Tom, añadió—: Quiero decir, que de siempre él ha sido extraño, fuera de lo normal.

—Vuestra relación siempre ha sido también de todo menos normal —terció Georg—. Nunca he visto a dos hermanos tan compenetrados como vosotros, ni siquiera a otros gemelos.

—Y Bill siempre ha bebido los vientos por ti —continuó Gustav—. Y lo de que le gustan los chicos, lo sabemos casi desde que lo conocemos. Por eso tampoco sorprende que si está enamorado de un hombre, seas tú.

—Muy bien, pero seguís sin ayudarme mucho. ¿Qué coño hago yo al respecto? Porque lo que he hecho hasta ahora, está claro que no ha funcionado —se exasperó Tom.

—¿Tú no sientes nada por él? —preguntó Georg tras un momento de vacilación.

—Por supuesto que siento algo por él, es mi hermano, le quiero con toda mi alma —respondió Tom al instante.

—No me refiero a eso… —Georg rodó los ojos; cuando Tom estaba ofuscado, no pensaba lo suficiente. Lo intentó de nuevo—: ¿Tú no… sientes lo mismo que Bill?

Era la primera vez que alguien le hacía la pregunta en voz alta, y Tom enmudeció.

Por un lado, Tom estaba realmente sorprendido de que su amigo hubiera formulado esas palabras con tanta tranquilidad, como si la respuesta no tuviera importancia. A Tom le dio la sensación de que, en caso de contestar afirmativamente, a su amigo le parecería hasta normal. Pero Tom sabía que no sería normal amar a Bill de la misma manera que su gemelo le amaba a él.

Por otro lado, Tom se dio cuenta, aterrado, de que, al buscar la respuesta en su corazón, esta no era tan firmemente negativa como le habría gustado.

—¿Por qué me preguntas eso? —murmuró finalmente, buscando tiempo.

Georg se encogió de hombros.

—No sé. No sería tan extraño, si Bill te ama, que tú le amaras a él. Como siempre vais a la par…

—¿No te parece suficientemente aberración ya que Bill me ame a mí? —se atrevió Tom a preguntar.

—Aquí nadie ha hablado de aberración —replicó Georg—. Que no es normal, vale. Que es extraño e incluso bizarro, sí. Pero ya hemos comentado antes que no somos quiénes para juzgaros.

A Tom no se le pasó por alto el hecho de que Georg había usado el plural.

—Yo no amo a Bill —masculló Tom, no solo tratando de convencer a sus amigos sino también a él mismo.

—No decimos que lo ames, sólo que… nosotros no te juzgaríamos si lo hicieras —intervino Gustav.

—Seríais los únicos —bufó Tom.

—Puede —dijo Georg, y añadió con una leve sonrisa—: Pero es que vosotros dos nos tenéis ya curados de espanto.

La pequeña broma de Georg relajó un poco el ambiente.

—Tom, en la vida lo que verdaderamente importa es ser feliz, no lo que piensen los demás de ella. Recuerda que solo hay una.

—Ya…

Tom bajó la cabeza y empezó a masajearse las sienes. La conversación con sus amigos le estaba haciendo plantearse cosas que estaba convencido que jamás se plantearía.

—¿Estás bien? —preguntó Georg.

—Me duele un poco la cabeza…

—Será mejor que nos vayamos ya —dijo Gustav—. Aún tienes que hablar con Bill.

—Sí…

Ambos se levantaron del sofá.

—Pase lo que pase, os quiero mañana en la boda, ¿eh? No me falléis.

—Allí estaremos —afirmó Tom, tratando de sonreír. La cabeza le daba mil vueltas.

Georg y Gustav salieron del camarote. Tom, que había permanecido todo el rato de pie, se dejó caer en el sofá, mentalmente exhausto.

La conversación con sus amigos se repetía una y otra vez en su mente.

«No decimos que lo ames, sólo que nosotros no te juzgaríamos si lo hicieras.»

«En la vida lo que verdaderamente importa es ser feliz.»

«No es tan fácil», pensó Tom.

Y de nuevo estaba planteándose lo “implanteable”. Tom sacudió la cabeza e intentó centrar sus pensamientos en otra cosa.

«Andreas dice que ese chico, ese Markus, le da a la cocaína.»

La posibilidad de que Bill se estuviera drogando también le producía una angustia que le roía dolorosamente las entrañas. Quería darle el beneficio de la duda, pero…

Miró hacia las puertas cerradas del dormitorio, detrás de las cuales permanecía Bill. Quizás debería dejarle solo un rato más para que se calmara del todo y poder hablar con él…

Se levantó. No, tenía que ir con él ya. Ya le había dejado demasiado tiempo solo. Cinco años.

.

Al entrar de nuevo en el dormitorio, Tom se encontró con la estampa de un Bill completamente dormido, abrazado de pies y manos a la enorme almohada, y con una expresión tranquila en el rostro.

Tras vacilar unos segundos, Tom se sentó en la cama, al otro lado de la almohada. Observó más atentamente a su hermano. Con lo mal que se lo había hecho pasar hacía un rato, y ahora el angelito parecía que no había roto nunca un plato…

Algo sobre la mesilla de noche le llamó la atención. Era el teléfono móvil de Bill.

Tom se planteó cogerlo y buscar en el buzón de entrada posibles mensajes de ese tal Markus, a ver si como temía Andreas seguían en contacto y, peor aún, compartiendo aficiones que tuvieran que ver con polvo blanco. Aunque estuviera apagado, Tom conocía perfectamente el pin que siempre usaba Bill en móviles y tarjetas: la fecha en la que habían firmado su contrato discográfico con Universal.

Pero eso no estaría bien; no podía hurgar en la intimidad de Bill de esa manera. Sería una bajeza.

Tom regresó la vista a su hermano. Bill tenía la mejilla izquierda encendida y un poco inflamada. La culpabilidad atosigó de nuevo a Tom. Pero esta vez sí que se atrevió a tocarlo. Alargó la mano y acarició la zona con las yemas de los dedos de forma muy suave.

Todo lo acaecido en las últimas horas daba vueltas en su cabeza a modo de recuerdos incontrolados. Su corazón, por otro lado, era un torbellino de sentimientos.

Pensaba en muchas cosas. Pensaba en lo mucho que había añorado a su hermano todos esos años. Pensaba en las sospechas de Andreas, y se preguntaba si también el Markus ese era o había sido amante de Bill. Pensaba en la terrible impresión que se había llevado al descubrir el escarceo de su hermano con Bushido y luego con el guía de Malta, los malos sentimientos que le habían invadido entonces y que apenas se atrevía a nombrarlos como celos.

Pensaba en cómo se había sentido la primera vez que Bill le había besado. Había sentido rabia, enfado por el comportamiento de su hermano, pero también había sentido algo que durante años le había avergonzado al recordarlo: un ramalazo de excitación por todo su cuerpo que le había pillado completamente desprevenido. Incluso años después, al rememorar el incidente, un placentero hormigueo se extendía por todo su ser y solo se detenía cuando conseguía concentrarse en otra cosa.

El mismo hormigueo que sentía cuando recordaba la segunda vez que su gemelo le había besado. En aquella ocasión, dado que la situación se había producido en un ambiente mucho más tranquilo, había notado el sabor de los labios de Bill, y, era hora de reconocerse a sí mismo, que no le había desagradado en absoluto, y tampoco le desagradaría probarlo de nuevo.

Dirigió su mirada hacia ellos. Bill dormía con la boca levemente entreabierta. Sus labios eran rosados, libres en ese momento de cualquier maquillaje, y de pronto se le antojaron jugosos y apetecibles. Tom, como en trance, dirigió su dedo pulgar hacia el labio inferior de su hermano y lo acarició suavemente.

Luego, agachó lentamente la cabeza, hasta depositar en él un beso húmedo. Apenas durante unos segundos, pero el suficiente tiempo para notar de nuevo ese exquisito sabor y la tibieza que emanaba de ellos.

Tuvo que obligarse a sí mismo a separarse de Bill. Mientras seguía mirando esos labios, Tom se dio cuenta por fin de que, si su gemelo era un depravado, entonces él también lo era.

Porque él también amaba a Bill, y no solo de la manera que debería ser.

Mientras ese pensamiento calaba en él, suspiró hondamente, sintiendo al mismo tiempo un profundo alivio por reconocerse a sí mismo tales sentimientos y una devastadora tristeza porque sabía que eso no cambiaba nada.

Tanto daba que se correspondieran, nunca podrían estar juntos. Ni siquiera aunque Gustav y Georg les apoyaran, el resto del mundo seguiría en su contra.

Decidió que era mejor dejar las cosas como estaban. Bill no debía saber cómo se sentía, porque a él le daría igual el mundo y hasta el universo, le conocía bien y al contrario que Tom no siempre analizaba bien sus actos y las posibles consecuencias.

Aunque, por otro lado… no le parecía justo que Bill siguiera con esa carga él solo, culpándose por tener esos sentimientos, si Tom también los tenía.

No sabía qué hacer. Por lo pronto, se quedaría con Bill hasta que despertara y entonces hablaría con él de las sospechas de Andreas, aquello tenía prioridad.

En ese momento recordó, no sin una punzada de culpa, que tenía a Eva esperando noticias suyas en su camarote. No pensaba dejar solo en ningún momento a Bill esa noche, así que tenía que llamarla para avisarla. Se levantó para ir a la sala de estar y no despertar a Bill.

Lo que Tom no sabía, era que Bill no estaba dormido, y que en cuanto cerró las puertas del dormitorio, unos ojos castaños iguales que los suyos se abrieron de inmediato, atónitos por lo que acababa de suceder.

.

—Eva, soy yo. Escucha, esta noche no vendré a dormir al camarote…

—¿Cómo? —El tono de Eva revelaba claramente su sorpresa.

—Voy a quedarme con Bill.

—¿Con tu hermano? ¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo? —preguntó Eva, seguramente recordando que Bill no había acudido a cenar.

—No, nada grave, pero ha bebido mucho y no se encuentra bien.

—Ok, lo entiendo… Pero, ¿no puedes venir ni siquiera un segundo…?

—¿Para qué? —preguntó Tom, algo impaciente por colgar.

—Quería contarte una cosa… —murmuró ella.

—¿Y no puede esperar hasta mañana?

—Bueno, sí, claro…

—Entonces mañana hablamos, ¿vale? Un beso.

Tom colgó sin más. Al menos no había mentido a Eva. Suspiró y se metió el móvil en el bolsillo. Al levantar la mirada, dio un leve respingo de sorpresa al encontrarse a Bill entre las puertas abiertas del dormitorio. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión sobria pero extraña, entre sorprendido y desafiante, y Tom no tardó en averiguar el motivo.

—¿Me has besado? —preguntó Bill sin preámbulos.

Tom se quedó helado.

Si es que era idiota. ¿Por qué había dado por hecho que Bill estaba dormido?

Al menos ya no tenía que tomar una decisión: su hermano ya había descubierto sus sentimientos, y de una forma bastante práctica, además.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

2 comentario en “Despertar 38”

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