Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 39

Pasaron varios segundos en silencio, ya que Tom no se atrevía a contestar a la pregunta de Bill, por mucho que la respuesta ya la supieran ambos. Solo consiguió tragar saliva un par de veces.

Bill avanzó un par de pasos hacia él.

—Me has besado. —Esta vez ya no era una pregunta. Bill cambió la cuestión—: ¿Por qué coño me has besado?

El cabreo era ya evidente en él. Tom entendía perfectamente que su hermano estuviera enfadado. Habían pasado cinco años distanciado porque Bill había besado a Tom, y ahora Tom besaba a Bill.

«Joder, yo también me mosquearía», pensó el ex guitarrista.

—¡¿Y bien?! —insistió Bill casi gritando, impaciente ante el mutismo de su gemelo, haciendo aspavientos con las manos.

Bill dio un par de pasos más hacia Tom. De forma algo cómica, Tom dio a su vez dos pasos atrás.

—Cálmate —pidió Tom en vano.

—Entonces será mejor que me respondas cuanto antes —repuso Bill fríamente—. Explícame por qué me has besado, y también por qué has esperado a creerme dormido para hacerlo.

—No he esperado a nada. Yo solo… —se bloqueó.

—¿Tú solo qué? ¿Eh?

Tom no estaba mentalmente preparado aún para mantener esa conversación. Necesitaba ganar tiempo como fuera.

—Mira, ya hablaremos de esto más tarde, ¿vale? Ahora hay cosas más importante que…

—¿Más importantes que el hecho de que me hayas besado? —se burló Bill.

—¿Podrías dejar de repetirlo? —exclamó Tom—. Y sí, hay cosas más importantes de que hablar, por ejemplo, del hecho de que hayas estado a punto de suicidarte…

—Estaba borracho, no le des más vueltas —escupió Bill.

—…o de Markus y la cocaína.

Bingo. Al oír esas palabras Bill se quedó completamente paralizado y en silencio.

—¿Y bien? —dijo Tom, imitando a su hermano momentos antes—. ¿Qué tienes que contarme al respecto?

Bill siguió congelado en su posición unos instantes más. Su expresión había cambiado a algo parecido al pánico. Luego dio un pequeño paso lateral y fue a sentarse al sofá. Tom empezaba a sentir verdadera angustia. ¿Cómo de grave era el asunto?, se preguntó.

—¿Cómo…? —empezó Bill con un hilo de voz—. ¿Cómo te has enterado?

Por supuesto, Tom haría ver que estaba más enterado de lo que en realidad lo estaba y daría por hecho varias cosas; podría ser la única manera de sonsacarle la verdad a Bill.

—Eso no importa ahora.

—A mí sí me importa.

—Pues te aguantas —replicó Tom secamente—. Maldita sea, ¿cuánto tiempo llevas consumiendo…?

—Ya no consumo nada.

Ahí estaba la confirmación: en ese “ya”, una simple palabra que hizo que a Tom se le encogiera el corazón. Las sospechas de Andreas estaban en lo cierto, Bill había estado consumiendo cocaína. Al menos, ese “ya” indicaba también que era cosa del pasado, pero Tom tenía que asegurarse.

—¿Ah, no? ¿Y por qué debería creerte?

La expresión de Bill se endureció, y Tom comprendió enseguida por qué. Bill no solía mentir, al menos no a él —de hecho se podría decir que Bill había sido demasiado sincero con él—, y era lógico que se ofendiera.

—Sal de mi camarote —dijo el moreno al cabo de unos segundos.

—¿Qué? —exclamó Tom.

—No quiero hablar de esto; sal de mi camarote.

—Por supuesto que vamos a hablar de esto, no puedes simplemente…

—Tú no quieres hablar del beso y yo no quiero hablar de esto —interrumpió Bill—. Estamos en paz.

Por desgracia para Tom, el razonamiento de Bill tenía su lógica.

—Está bien —se rindió el ex guitarrista—. Te diré por qué te he besado si tú me cuentas lo que yo quiero saber.

Bill no lucía muy convencido, pero aceptó el trato.

—Vale. ¿Qué quieres saber? —preguntó.

—¿Cuánto hace que lo has dejado?

—Hará un mes… —murmuró Bill, desviando la mirada al suelo. Estaba claramente avergonzado, y Tom pensó que eso era una buena señal.

—¿Y cuánto tiempo estuviste consumiendo?

—Seis meses.

Vale, seis meses era bastante tiempo, pero al menos no eran cinco años, pensó Tom, que se había temido lo peor.

—¿Y por qué, Bill? ¿Por qué empezaste a meterte esa mierda?

—Porque lo necesitaba, ¿vale? —siseó Bill, alzando la cabeza de forma brusca—. Porque esa mierda me hacía sentir mejor. Porque me hacía olvidar el dolor crónico que sentía en el pecho desde que me dejaste tirado…

—¿Y te crees que a mí no me dolía? —soltó Tom—. ¿Que yo no lo he pasado mal con la separación? ¡Pero yo no me he refugiado en las drogas, maldita sea!

—No, tú te has refugiado entre las piernas de una mujer, como siempre —le reprochó Bill.

—¿Estás comparando a Eva con una groupie? —exclamó Tom.

Bill se levantó.

—¿Por qué no? No es más que una mujer a la que te tiras porque no tienes nada mejor que hacer. Exactamente igual que hacías antes, solo que ahora repites con la misma.

Al oír a Bill decir eso, Tom estuvo a punto de golpearle de nuevo, pero cerró los puños y se contuvo. Él quería a Eva, y no iba a permitir que Bill siguiera por ese camino.

—No hables así de Eva —le advirtió—. Te recuerdo que es mi novia.

Bill dejó escapar una risita irónica.

—No es tu novia, Tom. ¡Es tu escudo!

—¿De qué hablas? —Tom frunció el ceño.

—¡Sabes muy bien de qué hablo! Te buscaste una novia para protegerte a ti mismo de tus verdaderos sentimientos, para que te ayudara a seguir auto engañándote, para tener una vida “normal” que en realidad tú nunca has deseado. La estás utilizando, en el fondo te sientes culpable, y por eso te has dejado moldear a su gusto, convirtiéndote en alguien que no eres. ¿Bailes de salón? ¿Viajes de aventura? ¡¿Niños?! Por el amor de dios, Tom, ¡si hasta has dejado de fumar por ella!

Tras esa perorata de Bill, Tom se quedó varios segundos en silencio, aturdido.

—¿No tienes nada qué decir…? —preguntó Bill, ahora más tranquilo y bajando la voz.

—No hay… nada malo en dejar de fumar… —fue lo único que Tom fue capaz de articular.

Bill se pasó una mano por el cabello con gesto cansado. Agotado, más bien.

—Tom… ¿por qué me has besado?

Tom no respondió. Bill dio un par de pasos hacia él, hasta colocarse apenas a unos centímetros frente a frente. Miró a su hermano largamente antes de hablar.

—Te amo, Tom —dijo con voz suave pero firme—. Desde siempre. Pero a tu yo real, no al Tom alias novio perfecto que ahora quieres aparentar ser.

Tom desvió un segundo la mirada, incómodo, pero enseguida la volvió a fijar en su hermano. No podía seguir huyendo, ni de Bill ni de sus sentimientos.

—Bill, yo… —murmuró, en realidad sin intención de añadir nada más, ya que no sabía cómo seguir. O no se atrevía a seguir.

—Sé que estás asustado. —Bill alzó una mano y acarició tímidamente la mejilla de Tom—. Yo también lo estaba… Amar a tu propio hermano…

—Pensé que el distanciamiento te ayudaría —habló Tom por fin. Había un deje de desesperación en su voz trémula, pero tenía que avanzar, y eso implicaba confesar lo que verdaderamente sentía—. Que enfriaría tus sentimientos. Pero en quien ha hecho efecto ese distanciamiento es en mí. Porque después de tanto tiempo, al encontrarnos ahora, ya no te veo como un hermano. —Vio a Bill contener la respiración, inseguro de a dónde se dirigían sus palabras—. Ahora te veo como un hombre. Como un hombre que… me gusta. Un hombre que me atrae y que me provoca celos hacia cualquiera que se atreva a tocarlo. Y eso me confunde y me aterra tanto como el hecho de que seas mi hermano.

Bill soltó el aire que había estado conteniendo, y le ofreció a Tom, por primera vez en cinco años, una pequeña pero sincera sonrisa que le deslumbró por completo. Tras unos segundos de comprensivo silencio entre ambos, Bill acercó su rostro al de Tom, con clara intención de besarlo, pero sin hacerlo.

—¿Me besaste porque me amas? —preguntó en voz muy baja, casi un susurro.

Tom continuó mirándole fijamente a los ojos y dejó que fuera su corazón el que respondiera.

—Sí.

La sonrisa de Bill se hizo mayor. Los ojos le brillaban tanto que Tom dudó de si su hermano no estaría en verdad llorando. Y entonces sí, Bill le besó.

Cuando Tom notó de nuevo aquel sabor exquisito, todo su ser se relajó. Bill le rodeó el cuello con los brazos, y Tom se atrevió a levantar los suyos y envolver con ellos la cintura de su gemelo. Ambos abrieron la boca y entonces el beso se hizo más profundo, más fiero, y más excitante.

Sus labios y sus movimientos se acoplaban con perfección. Tom había perdido la noción del tiempo que llevaban besándose, pero volvió a la realidad cuando Bill se separó de él, sin poder evitar que se le escapara un leve gruñido de protesta. Bill le cogió de la mano y le dio un pequeño tirón indicándole que le siguiera. Tom se dio cuenta en seguida que Bill quería dirigirle al dormitorio, y de nuevo las dudas le asaltaron.

—Espera, Bill, yo…

—Shhh… —le silenció Bill colocando su dedo índice sobre los labios—. Ahora solo somos tú y yo. No, mejor dicho, ahora solo somos nosotros. Olvídate de todo, al menos por esta noche, ¿vale? Solo te pido esta noche. Me lo debes. Y ya por la mañana hablamos y tomamos las decisiones.

Tom aceptó.

.

Era casi como en su sueño. Estaban solos, rodeados de calma y silencio, Tom sobre Bill. Y el “casi” no era porque en lugar de desnudos aún estuvieran completamente vestidos. El “casi” era debido a que, al contrario que en su sueño, en la realidad no estaban en verdad solos. En la realidad, los actos tienen consecuencias. En la realidad, tomara la decisión final que tomara, alguien saldría herido. Pero Tom no quiso pensar en ello. Tal y como le había pedido Bill, esa noche serían solo ellos dos.

Sus labios parecían haberse hecho adictos a los de Bill, porque Tom no podía dejar de besarle. Pero quería tocar algo más que sus labios. Tom coló una mano tentativamente bajo la camiseta de Bill. Acarició su piel desnuda, suave y tibia.

Bill dejó escapar una risita contra sus labios. Tom se separó unos milímetros para poder hablar.

—¿Qué es tan divertido? —preguntó haciéndose falsamente el ofendido.

—Me haces cosquillas —respondió Bill.

—¿Ah, sí? —Bill asintió. Tom deslizó la mano lentamente hacia su costado—. ¿Por aquí también?

Bill volvió a reír. Toda la tensión de escasos minutos antes había desaparecido, y no solo eso sino que ahora además parecía que habían vuelto a ser los que eran antaño, con sus piques y sus bromas y sus risas, solo que en circunstancias completamente diferentes.

—Sí.

Tom deslizó la mano hacia abajo y hacia el centro, cruzando por su ombligo.

—¿Y por aquí?

Bill asintió, esta vez solo sonriendo.

Tom continuó hacia abajo, deteniéndose justo en el borde de los pantalones de Bill.

—¿Y por aquí? —preguntó, su voz adquiriendo de pronto un tono casi de solemnidad.

Bill ya no sonreía, pero su expresión era serena.

—No, por aquí no —susurró.

—Bien. Entonces seguiremos por aquí…

Tom siguió acariciando el bajo vientre de Bill, deleitándose con las miradas llenas de fuego que Bill le dedicaba.

Al cabo de un par de minutos, Bill no aguantó más y se lanzó de nuevo a los labios de su hermano. Al parecer, Tom no era el único que se había hecho adicto a la boca del otro.

El desesperado beso dejó a Tom sin aire. Bill obligó a Tom a incorporarse hasta quedar de rodillas sobre la cama y él hizo lo mismo. Rompió el beso y acto seguido se quitó la camiseta de forma deliberadamente lenta. Tom se quedó mirando el torso desnudo de Bill. Estaba demasiado delgado, sí, pero seguía rebosando sensualidad, pues de eso Bill iba sobrado. Luego Bill cogió los bajos de la camiseta de Tom. Este alzó los brazos, permitiendo que Bill le quitara la prenda con facilidad. De esta manera, ambos quedaron desnudos de cintura para arriba.

—¿Puedo tocarte…? —preguntó Bill de pronto.

A Tom le sorprendió la pregunta, pues en situaciones así estaba acostumbrado a dar por hecho que su pareja podía tocarle lo que quisiera. Además, él ya había tocado a Bill, sería injusto negarse. Entonces, al mirar a Bill a los ojos, Tom comprendió que su hermano seguía temeroso de dar un paso en falso que le espantara, y eso le enterneció.

—Puedes tocarme lo que quieras —susurró.

Los ojos de Bill relampaguearon de tal manera que por un instante Tom se arrepintió de haberle dado carta blanca. Pero fue solo ese instante. A lo largo de la noche, Tom se alegraría muchas veces de ello.

Bill colocó ambas manos sobre el torso desnudo de Tom y empezó a acariciar de arriba abajo, usando solamente las yemas de los dedos, de forma muy suave. Tom se estremeció cuando Bill llegó al borde de sus pantalones. Bill le miró un segundo a los ojos antes de continuar, como queriendo cerciorarse de que Tom seguía de acuerdo con que le tocara. Al no encontrar nada en la mirada de Tom que se lo impidiera, Bill desabrochó los pantalones de su gemelo y coló una mano en su interior.

Tom se mordió un labio para no gemir en voz alta cuando la mano de Bill rodeó firmemente su miembro y empezó a bombearle de forma lenta y delicada. Bill levantó la vista y ya no la volvió a apartar, mirando fijamente a Tom a los ojos mientras le masturbaba. Tom le devolvió la mirada, perdiéndose en los profundos orbes castaños de su hermano.

De pronto Bill aceleró el ritmo, Tom jadeó y cerró los ojos, perdiéndose en el placer. A los pocos segundos notó los labios de Bill en su cuello, chupando y mordiendo. A ese ritmo, Tom no iba a aguantar mucho más. Bill sabía lo que hacía, desde luego, alcanzó a pensar Tom sintiéndose un poco contrariado. Pero él no iba a ser menos.

Con el brazo izquierdo, abrazó a Bill por la cintura, acercándole más a él hasta que sus torsos casi se tocaban. Con la mano derecha, empezó a desabrochar los estrechos vaqueros de Bill, quien dejó de trabajar su cuello, seguramente expectante. Pero Tom no dirigió su mano hacia el miembro de su hermano —todavía se sentía un poco extraño con esa idea— sino que lo hizo hacia su parte de atrás.

Bill ahogó un jadeo a medias de sorpresa y a medias de placer cuando Tom coló un dedo en su interior. Enterró la cara en el cuello de Tom y gimió cuando su hermano empezó a moverlo de dentro afuera.

—¿Te gusta? —preguntó Tom, inseguro, aunque los gemidos de Bill daban fe de ello.

—Sí… —le aseguró Bill, jadeando contra su cuello. Había dejado de masturbarlo pero a Tom no le importó.

Al cabo de un par de minutos Tom hizo amago de meter un segundo dedo, pero Bill se apartó un poco.

—Espera —le dijo a Tom, quien le miraba confuso—. Mejor con… lubricante.

—Oh, claro —murmuró Tom.

Bill se bajó de la cama de un salto y se dirigió al baño, de donde regresó apenas unos segundos después con un pequeño neceser. Lo dejó sobre la mesilla y sacó de él un frasquito azul.

—¿Te lo has traído al viaje? —preguntó Tom con una sonrisa, aunque en el fondo le mosqueaba. ¿A quién había planeado tirarse? Porque el guía fue algo imprevisto. ¿A David, quizá?

—También lo uso para masturbarme —explicó rápidamente Bill, al parecer había percibido sus celos.

Antes de subirse de nuevo a la cama, Bill se quitó los vaqueros y la ropa interior ante un extasiado Tom. Un instante después estaban en la misma posición que antes. Bill abrió el frasco y, cogiendo la mano de Tom, esparció un poco entre sus dedos. Luego dejó el frasco a un lado y dirigió la mano de Tom a su parte trasera.

—Ahora puedes seguir… si quieres —murmuró con una sonrisa tímida.

Tom no se hizo de rogar. Metió de nuevo un dedo, ahora impregnado de lubricante, y luego otro, que se deslizó con facilidad. Bill apoyó la frente en el hombro de su hermano, jadeando con gusto.

Aunque Tom no sabía exactamente dónde estaba la próstata, con sus largos dedos debería alcanzarla con facilidad, así que exploró lo más que pudo. Y al girar la mano y curvar sus dedos, Bill dio una sacudida.

«Bingo».

Tom sonrió para sí, absurdamente contento por su acierto, y abrazó más fuerte a Bill contra él. Continuó acariciando aquella zona dentro de Bill, mientras este gemía y se tensaba y destensaba entre sus brazos, enterrando en ellos sus uñas de forma casi dolorosa. Oír gemir así a Bill le excitaba aún más si era posible.

Pero a los pocos minutos Bill le detuvo.

—Si sigues así voy a correrme en seguida… —jadeó.

—A mí no me importa —sonrió Tom.

—No, no. Quiero correrme cuando estés dentro de mí. Túmbate.

Tom dejó de sonreír cuando la realidad de lo que estaban haciendo, mejor dicho de lo que iban a hacer, le golpeó. Iban a follar. No, a hacer el amor, se corrigió, pero la mecánica era la misma. Tom se iba a acostar con su propio hermano… y estaba bien con ello.

Tal y como Bill le había pedido, Tom se tumbó de espaldas en la cama. Por un segundo, la duda de si Bill pretendía ser el activo le angustió, pero pronto comprobó que no se trataba de eso. Lo que hizo Bill fue volver a coger su miembro con la mano, agachar la cabeza y metérselo en la boca.

Tom ahogó un grito de placer cuando sintió la humedad de la lengua de Bill recorrer una y otra vez su sexo. Y cuando Bill alzó la mirada, sin detenerse, y conectó la mirada con la suya, fue Tom el que estuvo a punto de correrse antes de tiempo.

Aguantó como pudo, y cuando las ganas de conectar con Bill de la forma más íntima en que dos personas podían conectar, fueron insuperables, se incorporó y le indicó a Bill que se detuviera.

—¿No te gusta? —preguntó Bill, secándose un pequeño reguero de saliva con el dorso de la mano.

—Demasiado —murmuró Tom, y cogiendo a Bill por sorpresa, cambió las posiciones.

Ahora Tom estaba encima de Bill, y no tardó en posicionarse entre sus piernas. Nunca antes se había acostado con un hombre, pero sí había practicado el sexo anal con mujeres, y sabía cómo iba la cosa.

—Espera, espera… —dijo Bill, quien de pronto parecía haber perdido algo del aplomo que había estado mostrando—. Es mejor que… te pongas uno.

Bill alargó la mano hacia el neceser sobre la mesilla y extrajo de él un condón.

—¿También lo usas para masturbarte…? —preguntó Tom, intentando mantener un tono jocoso, pero los celos habían regresado.

—No… Siempre lo llevo en el neceser cuando viajo. Por si acaso.

—Bueno… supongo que debería alegrarme de que seas precavido.

—No soy tan idiota, Tom —dijo Bill con una sonrisa, aunque en el fondo se le notaba algo ofendido. De pronto su tono adquirió un matiz solemne—. No te lo pongas si no quieres. Yo estoy limpio y si tú no lo estás… me da igual.

Tom entendió de inmediato. Al contrario que Bill, era él quien no había usado condón en sus últimas relaciones sexuales con Eva. Y, aunque estaba casi cien por cien seguro de que ella no le había sido infiel, no podía arriesgarse.

—No digas eso —suspiró—. Me lo pondré. No te pondría en peligro por nada del mundo.

Bill agradeció sus palabras con una leve sonrisa; abrió el condón y él mismo se lo colocó a su hermano. Luego le besó con ansias y, cogiéndole de los hombros, le llevó con él mientras se tumbaba.

Tom respiró hondo. Había llegado el momento.

.

Bill se había acostado con muchos hombres. Hombres que le habían atraído, y hombres que en realidad no. Hombres a los que había seducido, y hombres a los que les había permitido seducirle a él. De algunos apenas había sabido su nombre, en cambio otros le habían llegado a gustar bastante. Pero Bill jamás había tenido sexo con alguien que amara, por la lógica razón de que la única persona a la que amaba siempre había estado fuera de su alcance. Y ahora que por fin tenía a Tom encima de él, adentrándose en su cuerpo, la sensación era abrumadora.

Se le saltaron las lágrimas de pura felicidad.

Tom se detuvo al instante, malinterpretándole.

—¿Te hago daño…?

—No, no… —Bill negó vehementemente con la cabeza, y luego enterró la cara en su cuello.

Consciente de que acostarse con alguien que estaba llorando no era muy sexy, Bill se contuvo como pudo.

Tom empujó y le llenó del todo, y no solo en un sentido físico. Bill jadeó y echó la cabeza hacia atrás, contemplando a su extasiado gemelo.

—¿Tú estás bien…? —le preguntó.

—Sí…

—Puedes moverte si quieres…

Haciéndole caso, Tom se deslizó un poco hacia atrás y a continuación empujó de nuevo. Bill jadeó otra vez; era consciente de que no tardaría en correrse. Aunque a juzgar por los esfuerzos de Tom por contenerse, no sería el único.

Poco a poco, Tom fue cogiendo un buen ritmo. Bill se adaptó a él, subiendo un poco sus rodillas y pegándolas a los costados de Tom, facilitando una profunda penetración. Tom jadeaba con fuerza y Bill no se quedaba atrás. En un momento dado, Tom se apoyó solo en un brazo para tener una mano libre con la que acariciar a Bill. En un gesto tierno, le apartó un mechón de cabello de la cara y luego le rozó la mejilla con el pulgar. Bill no lo pudo evitar y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas. Esta vez, Tom comprendió y se inclinó para besarle ferozmente en los labios. Bill aprovechó para rodear la cintura de su hermano con ambos brazos, manteniéndole pegado a él como si no quisiera dejarlo escapar nunca. Con el mismo propósito, Tom pasó el brazo por debajo de la cintura de Bill, obligándole a arquear un poco la espalda. En ese momento, Tom dio de lleno con su próstata, y Bill se corrió. Ahogó un grito y arqueó aún más la espalda, mientras las olas de placer recorrían su cuerpo y apretaba con fuerza el miembro de Tom dentro de él.

—Joder… —exclamó Tom, su propio orgasmo pillándole desprevenido.

Tom dejó caer la cabeza a un lado de la de Bill mientras el éxtasis le consumía, dejándole la mente en blanco por unos segundos.

Cuando ambos se recobraron, Tom salió de él e hizo amago de incorporarse, pero Bill, con los brazos todavía rodeándole, no se lo permitió.

—Quédate así un rato, por favor…

—Pero te estoy chafando… —objetó Tom.

—No me importa…

Permanecieron así, en silencio, sus respiraciones tranquilizándose al unísono. Bill se entretuvo acariciando las largas trenzas de su hermano, mientras miraba el techo con la visión borrosa. Estaba llorando otra vez, y no de felicidad. Ahora que por fin tenía a Tom entre sus brazos, estaba aterrado ante la idea de perderlo.

Y eso era lo que iba a pasar, estaba seguro, en cuanto a Tom se le enfriara la cabeza. Entonces volvería con Eva, a su vida perfecta en Múnich, puede que incluso asqueado de haberse acostado con su propio hermano.

Bill no solía ser tan derrotista, pero cuando se trataba de Tom era difícil tener esperanzas. Había sufrido durante demasiado tiempo.

Cuando no consiguió contener un sollozo, Tom lo notó y se incorporó de inmediato.

—Bill, ¿qué…?

—Lo siento. Lo siento, Tom… —balbuceó, y ni siquiera sabía por qué se estaba disculpando.

Se tapó la cara con las manos mientras rompía a llorar. Joder, era patético.

—¿Pero qué pasa?

—No quiero que me dejes, Tomi… —sollozó—. Otra vez no… No podré soportarlo…

A Tom se le encogió el corazón al oír eso. Le agarró de las muñecas para obligarle a descubrir el rostro.

—Bill, esta vez no voy a dejarte. Te lo prometo.

—No… —negó Bill con los ojos cerrados—. No me prometas nada…

—Pero…

—Vas a dejarme, lo sé… Vas a dejarme y a volver con Eva, y yo…

—Bill, no voy a volver con Eva.

Bill abrió los ojos. Tuvo que parpadear un par de veces para que las lágrimas le dejaran ver la expresión resuelta de su gemelo.

—¿Qué…?

—Romperé con Eva en cuanto acabe el crucero. No puedo hacerlo antes porque sé que no se lo tomará precisamente bien y no quiero joderle la boda a Gustav… pero en cuanto bajemos del barco hablaré con ella, te lo prometo. Y luego… iré contigo. A Berlín o a Hamburgo, donde tú quieras.

A pesar de que estaba escuchando lo que más deseaba oír, Bill no las tenía todas consigo.

—¿Estás seguro…?

—Sí. Te amo, Bill —fue la determinada declaración de Tom mientras le acariciaba una mejilla—. Y quiero estar contigo.

Abrumado, Bill se inclinó hacia Tom y le abrazó con fuerza, siendo correspondido al instante.

—Te amo, Tom…

Dos días, se dijo Bill. Dos días y Tom sería suyo.

.

A un par de camarotes de distancia, y ajena a esa conversación en la que era directamente la tercera protagonista, Eva contemplaba el resultado de la prueba de embarazo que se había realizado una hora antes. Tumbada en la cama, la joven no dejaba de darle vueltas al palito de plástico con las dos rayitas impresas que indicaban, con un 99% de probabilidad, que estaba embarazada.

Le habría gustado decírselo a Tom esa misma noche, pero al parecer Bill le necesitaba y ella no iba a obligarle a volver. Además, seguiría estando embarazada al día siguiente. Tenía todo el tiempo del mundo para darle la buena noticia.

Porque era una buena noticia… ¿no?

Eva se mordió un labio. Llevaba tanto tiempo anhelando ese embarazo… Pero en los últimos días Tom había actuado extraño, especialmente desde que le confesó lo del aborto, y no podía evitar sentirse algo intranquila al respecto.

Contempló de nuevo las dos rayitas, mientras se decía a sí misma que no tenía por qué preocuparse, que el embarazo centraría a Tom, y entonces los dos volverían a ser la pareja feliz que siempre habían sido, y con un deseado bebé en camino.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

5 comentario en “Despertar 39”
  1. Que perra vida la de Bill 😭😭😭😭😭porque tiene que sufrir ahhahahha 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭💔💔💔💔💔💔

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