Fic Twc/Toll de Ginger-Ale11
Recording. Track 1
-Así que… estás seguro de que no has encontrado nada, ¿verdad?
-Sí, señora Leigh. ¡Su coche está perfecto!
-Entonces… ¿realmente no le pasa nada? ¿Y los chirridos que escuché el otro día? Estoy casi segura de que es una de las ruedas-, respondió la anciana una vez más.
Su contraparte suspiró suavemente y luchó contra su necesidad de poner los ojos en blanco y responder groseramente a la anciana… Al fin y al cabo, era lo mismo que cualquier otra semana –ya que la señora Leigh acudía a la tienda al menos una vez a la semana– y la situación había llegado a un punto en el que se sentía como si viviera dentro de un vídeo reproducido en bucle, o incluso atrapado en un constante déjà vu… Siempre, todo era igual.
-No, señora Leigh. A su coche no le pasa nada… El chirrido, como usted dijo, era sólo la falta de un poco de lubricante en las llantas y ya las engrasé, todas. Eso ya está solucionado- respondió el joven.
El viejo taller de coches estaba prácticamente vacío en ese momento. El joven se ocupaba de una de las duras clientas que aquella mañana había traído para los dos mecánicos de guardia del establecimiento, y estaba más que desesperado por deshacerse de ella: La vieja Sra. Leigh era del tipo de personas que eran seres humanos encantadores en sí mismos, pero una vez que se convertían en clientes, se desataba el infierno. Eran quejumbrosos, insistentes, molestos, nada les salía bien…
… Aunque la experiencia le había enseñado a tratar con ese tipo de gente, nunca dejaban de ser agotadores, y después de una mañana así, le vendría muy bien un poco de descanso. Aquella mañana había atendido, además de la señora Leigh, a otros tres clientes que habían acudido al taller; dos de ellos con daños leves en sus coches que podían ser atendidos para el fin de semana, y otro que había traído su vehículo en un estado tan lamentable que estaba seguro de que tendría que dedicar prácticamente su tiempo en exclusiva a intentar repararlo para que saliera a tiempo, e incluso se estaba planteando pedir ayuda a su primo –el otro mecánico con el que compartía sus turnos–… Ya estaba agotado y, por lo que parecía, aún tendría que trabajar el resto del turno de tarde que aún no había empezado.
La señora asintió. -De acuerdo. Pero, entonces, ¿qué pasa con el–?
-Señora Leigh, ya se lo he dicho. Estoy absolutamente seguro de que su coche está en perfecto estado. Puedo garantizarle que no le pasa nada. Y le repito, lo he revisado de arriba a abajo y no he encontrado nada malo más que el leve detalle de las llantas. No hay nada de qué preocuparse.- Dijo el joven sin dar oportunidad a la anciana de terminar su frase y añadir más «peros» a la lista. Estaba seguro de que si dejaba hablar un poco más a la pobre vieja, no iba a escuchar el final hasta mucho después de que terminara su turno y definitivamente no estaba de humor para soportar algo así.
-¡Oh, eso es maravilloso, entonces! Simplemente perfecto.- Dijo la pequeña anciana, con una sonrisa arrugada que se extendía por su rostro mientras pasaba una mano –tan arrugada, o más que su sonrisa- por el capó de su Mercedes, los efectos de los años de uso eran tan evidentes en el pobre y envejecido auto como en su dueña. -Muchas gracias por tu ayuda, hijo. Como siempre.
-No ha sido ningún problema, señora Leigh. Cuídese, ¿vale? Y disfrute del resto de la tarde-. Respondió el joven intentando ser lo más cordial con la pobre señora, después de todo era entendible que alguien de su edad se preocupara en exceso.
La señora Leigh soltó una leve carcajada y sonrió hacia su interlocutor mientras hablaba. -Tan encantador como siempre, ¿verdad, Tom? Nunca has cambiado. Ni siquiera con toda esa repentina fama que tuviste. Siempre has sido un joven maravilloso.- Tom se rio amargamente. -Y no veo por qué debería hacerlo, señora Leigh…- Se encogió de hombros y forzó una sonrisa en los labios cuando un par de manos suaves y arrugadas le apretaron la cara y la acariciaron cariñosamente.
Como solía hacer en situaciones cotidianas, se preguntó qué dirían los medios de comunicación si llegaran a verlo en ese momento, si todavía fuera famoso… Probablemente ni siquiera me reconocerían, pensó.
Cuando por fin vio a la señora Leigh entrar en su coche y verla alejarse segundos después de haber arrancado el motor, los hombros tensos de Tom se aflojaron gradual y visiblemente, aunque no del todo. No hubiera querido admitirlo, pero así era como Tom Trümper, la antigua ‘estrella en ascenso’ del rap, pasaba ahora sus días: Metido en el taller de su tío, arreglando todos los coches de la gente de su ciudad, junto con su primo y otro puñado de amigos.
Después de haber luchado toda su vida para llegar al lugar en el que había estado, después de probar un poco de la dulce fama, después de, por fin, poder trabajar y hacer algo con su propia vida que realmente le llenara, todo se había arruinado, y se había ido por el desagüe.
Había sido como un pájaro en la cima de su vuelo que, justo cuando estaba a punto de planear, deslizarse deliciosamente por el aire y quedarse allí, alguien le cortó las alas, haciéndole caer en picada de vuelta al suelo donde había despegado.
Después de su primer y único éxito –al que debía la poca fama que había tenido–, su música no consiguió mantener la atención del público y ninguno de los sencillos que había podido publicar después de su primer éxito fue capaz de mantener viva la ilusión de los fans en ninguna parte del país, lo que provocó su inminente fracaso, obligándole a volver al agujero de mierda del que había salido; como un perro asustado con el rabo entre las piernas, admitiendo la verdad de lo que todos en aquel pequeño pueblo en el que vivía le habían dicho desde pequeño.
Sintió como si todo el asunto hubiera sido sólo un paseo en montaña rusa: Que justo cuando sentía que había llegado a la cima, el paseo sólo había vuelto a bajar, de nuevo a su punto de partida, sin permanecer en la tan deseada cima ni siquiera un segundo.
Todavía podía recordar la incredulidad en los ojos de todos cuando lo miraban; ese chico alto y medio escuálido que se vestía con ropa cuatro tallas más grande, que se creía una especie de gánster y que, además, estaba decidido a ser un músico famoso cuando fuera mayor. Todavía podía recordar que todos se aseguraban de hacer oír su opinión en el asunto, pero ninguno se aseguraba de apoyar…
Sin embargo, después de su fracaso, las cosas resultaron ser aún peores que antes. Durante los primeros meses que siguieron a su llegada, la vergüenza que sintió por la frustración de su carrera de forma tan repentina todavía estaba muy fresca, recordaba que ni siquiera podía soportar mirar a nadie a los ojos durante mucho tiempo. La mayoría de las veces, una sonrisa burlona y una mirada casi maligna nublaban el rostro de todos, casi como si dijeran: ¿te has dado cuenta por fin de lo estúpido que eras? Todos tenían razón. No eres más que un tonto infantil, un perdedor, que incluso siendo adulto sigue soñando con cosas de niños.
Era doloroso recordarlo, pero hubo un tiempo en el que incluso se había convencido de que, en realidad, todo el mundo tenía razón. Que en realidad no era más que un tonto inmaduro que no quería más que algo que nunca podría suceder.
Hubo otro tiempo en el que solía culpar de su fracaso a la única compañía discográfica que le había ofrecido un contrato, diciendo que su carrera podría haber sido gestionada por alguien mejor, que la compañía no era más que unos mediocres que no publicitarían más su música, que no le involucraría en más relaciones públicas de las necesarias, e incluso había llegado a decir que la compañía ni siquiera invertiría suficiente dinero en él, no más de lo estrictamente necesario.
Sin embargo, ahora lo sabía, y no se trataba de que fuera un sueño imposible de cumplir. Era algo alcanzable al cien por cien porque lo había hecho, lo había alcanzado. Incluso lo había saboreado, tocado, olido, ¡hasta lo había oído, joder!
Tampoco se trataba de la empresa que le había dado el trato. Si era honesto consigo mismo, tendría que admitir que la compañía discográfica que había financiado su primer trabajo, siendo unas de las mejores del país, ¡le había tratado de maravilla!
Su fracaso no tenía nada que ver ni con el objetivo ni con los medios que le habían ayudado a alcanzarlo. Sabía que el único que le había hecho fracasar, el único responsable de su vergüenza y el único culpable de su frustrada carrera era él mismo. Hoy en día estaba convencido de que había algo que no había hecho de la manera correcta en algún momento, o que tal vez no fue capaz de reconocer el camino correcto en un momento determinado, o bien podría haber sido toda esa mierda que tenían sus letras en el pasado… No estaba seguro de qué había hecho exactamente, pero había asumido toda la responsabilidad de las consecuencias de sus decisiones, y ese pequeño detalle le había hecho crecer, madurar, cambiar de alguna manera.
Fue un buen cambio, estaba seguro de ello. Aunque se notaba que, como resultado de todas esas cosas por las que había pasado, su motivación había quedado muy dañada.
Físicamente, sin embargo, estaba igual o mejor que hace poco más de cinco años: alto y guapo. Su piel seguía igual de bronceada y su musculatura estaba mucho más tonificada y definida debido a su trabajo altamente físico; sin embargo, había cambiado mucho más que eso en esos cinco años, además de su edad, también cambió su peinado –sus largas rastas rubias habían desaparecido y dado paso a su cabello natural ahora de un tono castaño oscuro, el que había dejado crecer y llevaba casi siempre amarrado en un moño. Ahora llevaba una barba un poco espesa, al contrario de su suave rostro juvenil que lo caracterizó durante tanto tiempo, lo que le daba un aire mucho más relajado y maduro. El número de agujeros en su cuerpo también cambió. Un par de piercings en ambas orejas que se unían a un nuevo piercing en el labio que acompañaba al que tuvo desde que tenía uso de razón y un par de tatuajes en los brazos. Se había hecho estos cambios de forma espontánea, intentando de alguna manera disminuir la horrible monotonía en la que se había convertido su vida y ayudar a mezclarse entre la gente. Era casi irreconocible, lo que para él era una ventaja ante la humillación que significaba ser recordado como el fraude de su ciudad.
Tras la marcha de la señora Leigh, el turno de tarde resultó bastante tranquilo y sin incidentes, como siempre. Tom incluso había llegado a la conclusión de que todas esas largas horas de su vida dedicadas a trabajar en la tienda eran sólo para mantenerse «en buena forma», o básicamente, con un pequeño flujo de dinero entrando constantemente en su cuenta bancaria.
Justo al final del turno, Tom se dispuso a cambiar su traje de trabajo: ese tradicional mono que llevan los mecánicos en las películas. En el caso de Tom, el mono no era de un azul fuerte y oscuro con una franja blanca que recorría toda la parte delantera y que caracterizaba el taller de su tío.
En honor a la verdad, el taller no estaba en mal estado en absoluto. Incluso podría decirse que era el tipo de taller al que acudiría la «clase media alta», aunque los ingresos que Tom recibía cada mes por su trabajo no eran suficientes para acercarse siquiera a la «clase media».
Sin embargo, si alguien no conociera a Tom, podría pensar lo contrario: Un precioso Cadillac Escalade que había comprado con el poco dinero que había conseguido con su primera y única canción de éxito, decoraba su garaje por la noche.
-¡Eh, Doug, ya me voy!- Le gritó a su tío. Su tío Douglas –más conocido como Doug–, el tipo que era el dueño del taller, estaba dentro de una pequeña oficina en el último piso, mirándole desde un gran ventanal estratégicamente puesto allí para permitir una vista perfecta de todo el lugar, observando desde arriba mientras Tom estaba de pie con su mochila en la mano.
-¿Ya te vas? Pero si apenas son las seis y media y Georg aún no ha llegado-, dijo el hombre de mediana edad, con su grueso bigote gris moviéndose junto a sus labios. El hombre que se acercaba a los cincuenta era tan alto como Tom, y en sus años de juventud estaba igual de tonificado. Y aunque cuando estaban juntos no se podía ver un parecido evidente, era la única familia que les quedaba a Tom y a su madre: El tío Doug y su hijo, Gustav, que también trabajaba en el taller.
-Ese maldito vago debe estar con Anya o algo así. Seguramente debe estar haciendo algo que, según él, es más importante que el trabajo, eso seguro… Si no ha trabajado en el turno de tarde, seguro que no vendrá esta noche, créeme.
Su tío suspiró, y aunque Tom no podía verlo bien desde donde estaba, sabía que su tío también había puesto los ojos en blanco. Después de todo, era casi como una regla cuando se hablaba de Georg. Ese imbécil era otra cosa que se repetía constantemente en la vida de Tom. – Recuérdame, Tom, ¿por qué diablos contraté a ese perezoso amigo tuyo?
-Porque te lo pedí, y él te rogó… durante dos meses enteros. Sin mencionar que hace un excelente trabajo cada vez que recuerda que tiene uno.
Georg era uno de los mejores amigos de Tom. En realidad, su único amigo de verdad, a parte de su primo Gustav. Fueron vecinos durante toda su infancia y solían pasar todo el tiempo causando problemas en el barrio, divirtiéndose, como hacen los niños traviesos. Aunque, al parecer, Tom era el único de los dos que había superado esa etapa y había aprendido a no meterse en líos.
Georg era igual que cuando era niño, a pesar de la ventaja de edad que tenía sobre Tom. Tom había perdido la cuenta de las veces que había tenido que sacar a Georg de peleas de bar, palizas con jóvenes que se creían dueños de las calles por la noche, y una vez, incluso había recibido una llamada de la oficina de la policía del condado, diciéndole que su amigo tenía que permanecer en una celda durante una noche debido a su «comportamiento indecente». Afortunadamente, la madre de Georg no se enteró de las crecidas aventuras de su hijo, lo cual era un milagro, teniendo en cuenta el pequeño pueblo en el que vivían…
-Exactamente. Si lo ves, por favor recuérdale, de nuevo, que esas son las razones por las que incluso tiene un trabajo. Te juro que lo despediría si no fuera por eso, y aun así, ese chico pende de un hilo muy, muy fino…- Dijo Doug, sacudiendo la cabeza lenta y decepcionantemente.
-No te preocupes, Doug. Le diré justo eso, y un par de cosas más al hijo de puta.
-De acuerdo, entonces. Cuídate, hijo. Hasta mañana.
-¡Hasta mañana, Doug!- Gritó hacia la ventana, ahora vacía, antes de volverse hacia otro hombre vestido con un mono de trabajo exactamente igual al que él tenía, que estaba inclinado sobre un motor sucio, con un par de herramientas colgando de sus manos. -Perdona que te deje solo para atender el taller, hermano, pero sinceramente estoy agotado. Puedo llamar a Ryan para suplir a Georg, creo que está disponible esta noche, y puede hacerte compañía y trabajar contigo si por casualidad llega algún cliente.
Su primo, un joven robusto y rubio de lentes sonrió. Tenía una cara tan seria todo el tiempo, y con él, todo asunto parecía ser serio, pero Tom estaba seguro de que no era capaz de herir ni a una mosca. -¡No te preocupes, hombre! No pasa nada. Probablemente no tendremos mucho que hacer esta noche.
-Es cierto.- contestó Tom con una mueca de dolor. -Las cosas han ido bastante mal durante estos dos últimos meses. Si no fuera porque la señora Leigh y ese bastardo borracho de Beckmann que la mayoría de las veces prácticamente conduce más por las paredes que por el pavimento, y por no hablar del par de perdedores que vienen de vez en cuando a hacer una revisión. Si no fuera por ellos, no tendríamos suficiente dinero para llegar a fin de mes… Y si llamas a esos clientes…- Otra mueca de dolor cruzó su rostro.
Su primo le golpeó juguetonamente en el hombro. -¡Hermano, no seas tan negativo! Nunca fuiste así cuando éramos pequeños. Hace años que no eres tú mismo, aunque la señora Leigh no lo note.
Tom se rio un poco, frotándose el brazo apenas dolorido: -¿Cómo que no soy el mismo?.- Tom sabía perfectamente por qué lo había preguntado su primo y también conocía perfectamente la respuesta.
Unos instantes después de haber escuchado la pregunta, la sonrisa se borró del rostro de Gustav.
-Bueno, ehm…- El rubio casi pareció dudar si responder a Tom o no. -Desde que volviste a la ciudad después de que, ya sabes, después de que tu carrera musical no funcionara del todo, bueno… no eres el mismo, Tom. Quiero decir, ¡mírate en el espejo, hombre! Es como si hubieras perdido tu inspiración, tu alegría, y tu… voluntad de seguir adelante… No eres el mismo, Tom. Tienes que admitirlo.
A Tom le dolió el tono melancólico que ahogó la voz de su primo al responder, casi como si echara de menos a alguien que ya no estaba…
-¿Qué? Dios, Gus, ¡eso es ridículo! ¡Sigo siendo el mismo Tom de siempre! Tal vez he cambiado, de alguna manera, pero es que…- Suspiró -¡Estoy cansado de este puto ciclo de vida que estoy viviendo, siempre igual! Esto tampoco es lo mío, Gus, arreglar coches, engrasarse y… Nunca fue lo que quise hacer con mi vida.- Tom se encogió de hombros mientras caminaba de espaldas hacia su Escalade. -Buenas noches, hermano. Por favor, dile a tu viejo que hablaré con Geo. Nos vemos mañana por la mañana… Como siempre.
Sacó las llaves de la camioneta y se metió dentro, y una vez rodeado por el olor a casi nuevo de sus asientos de cuero, tomó una gran bocanada de aire, apoyó su frente humedecida por el sudor contra la fría superficie del volante, y la mantuvo durante unos segundos. “Yo también desearía que todo fuera como antes, Gus”, pensó para sí mismo mientras ponía en marcha el motor de su todoterreno, para salir finalmente del taller por ese día.
Por el camino, no hizo otra cosa que intentar despejar su mente, sin querer pensar en nada ni en nadie. Condujo vagando sin rumbo en su camioneta; «un desperdicio de gasolina», diría su tío, pero conducir era una de las únicas cosas que le relajaban hoy en día. Lo único que le quedaba por hacer, de todos modos, era llegar a su pequeño y barato apartamento que había alquilado cerca del centro y hacer lo que solía hacer: Beber un par de cervezas frías a solas, echarse un rato en el sofá, ver la televisión, tal vez escribir sus sentimientos en un par de líneas de un papel en blanco, y luego, finalmente, dormir un poco… De vez en cuando –no tan a menudo como hubiera querido–, salía un rato, se follaba a alguna chica desesperada en un rollo de una noche sin sentido, para luego volver a su rutina.
Eso le molestaba muchísimo. Que toda su maldita vida se basara en un puto guion, en unos pasos que tenía que dar cada día para «lograrlo» y decir que tenía una vida plena y feliz, cuando en realidad era todo menos eso. Estaba convencido de que no había nada ahí fuera que le satisficiera de verdad, que le complaciera de verdad y que le gustara de verdad. Bueno… Tal vez la música, pero eso ya era un asunto perdido.
No habían pasado ni veinte minutos desde que salió del taller, cuando el sonido del tono de llamada de su teléfono móvil empezó a rebotar en el pequeño espacio del coche, además, su pierna vibraba junto con el aparato.
Mientras sujetaba el volante con una de sus manos, movió la otra para sacar el odioso y ruidoso aparato de su bolsillo, mirando con el rabillo del ojo la pantalla que parpadeaba con un cartel de «Llamada entrante». Unas letras negras y gruesas sólo deletreaban un nombre:
Georg.
«Que se joda ese hijo de puta», murmuró Tom para sí mismo mientras descartaba la llamada, volviéndose una vez más hacia la carretera que se extendía ante sus ojos.
Al cabo de unos minutos más, se acordó de lo testarudo e insistente que era su amigo cuando su móvil volvió a sonar. Y otra vez. Y luego una vez más.
«¿Qué coño quiere ahora?» Murmuró de nuevo para sí mismo mientras pulsaba el botón verde de su móvil. -¡¿Aló?!- Sabía que había contestado el teléfono con amargura, pero su voz, al menos, podía advertir a Georg sobre el tipo de estado de ánimo en el que se encontraba, y que en realidad no había ayudado nada con llamar tres veces seguidas.
-Tom, joder, ¿dónde coño estás? Acabo de ir al taller y ya te habías ido-. El hombre al otro lado de la línea prácticamente gritó.
-¡Eso es exactamente lo que debería preguntarte, Geo!- Le espetó. -Me he pasado toda la puta tarde esperándote en el taller, pero, ¿adivina qué? ¡Ni siquiera tuviste la decencia de aparecer! Tuve que trabajar un doble turno, ¿sabes? Cuando originalmente había planeado saltarme la tarde contigo para ir a una audición que me perdí, joder. ¿Tienes idea de lo que eso significó para mí? Ni siquiera la más mínima idea, ¿verdad? ¡¿Sabes siquiera cuánto tiempo he estado esperando una oportunidad como esta?!-
-¡Pero, Tom…!- Su contraparte dijo por teléfono, tratando de defenderse, sólo para ser interrumpido.
-¡Pero Tom, nada!- escupió Tom burlonamente. -¡Cállate, Geo! Se suponía que me llamarías, que vendrías a recogerme para que pudiéramos ir con ese amigo tuyo que me había conseguido la audición con esos productores-, Tom sacudió la cabeza con decepción, aunque sabía que Georg no podía verlo realmente. -Pero sabes, tal vez eso sea bueno. Aprendí lo crédulo que puedo ser, y lo tengo presente para no confundir la farsa con la verdad, de los mentirosos como tú.
-¡No fue mi culpa, Tom! ¡Me quedé dormido! ¿Sabes lo cansado que quedé de anoche? Además, ¡creo que estás exagerando, hombre! Hay miles de oportunidades fuera de…-
-¡Arghh, cállate, Georg! No hables más porque cada vez que abres la puta boca, la cagas aún más que antes. – escupió Tom una vez más, interrumpiendo a su amigo en el proceso. -Y no. ¡No hay miles de oportunidades ahí fuera! ¡No para mí, imbécil! Te juro por Dios, Georg, que no te parto la cara ahora mismo sólo porque no te tengo delante. ¿Pero sabes qué? No pasa nada. Al menos, ahora sé que con amigos como tú, cabrón, ¡prefiero no tener ningún amigo! No quiero escuchar tu voz ni ver tu fea cara durante una semana… No, no, tacha eso, por un maldito mes. Tantos años siendo tu amigo y ahora me doy cuenta de que estoy realmente solo. ¡Vete a la mierda, Georg!- Tom colgó el teléfono, sin dar a su amigo la oportunidad de defenderse, y lo tiró con fuerza a la parte trasera de su coche, como si el pobre aparato electrónico tuviera la culpa de todo lo que le estaba pasando.
La rabia que le recorría el cuerpo era totalmente evidente: sus latidos eran más rápidos de lo normal; sus manos empezaban a sudar alrededor del volante mientras sus nudillos se ponían blancos debido a la fuerza con la que lo agarraba… Llevaba mucho tiempo esperando ese día, y estaba muy ilusionado por demostrar que su talento estaba lejos de ser desperdiciado, pero ahora que Georg lo había jodido, sólo quería salir, emborracharse y olvidar toda su desgracia.
Georg, de alguna manera, le había conseguido una audición con uno de los –según sus propias palabras– «peces gordos» de la industria y desde que se lo había contado, se había convencido de que esa sería la segunda oportunidad perfecta que estaba buscando, justo lo que necesitaba para brillar, como lo había hecho hace 5 años. Y, mierda, quería volver a brillar…
Sin embargo, por alguna razón, ahora, tal vez el karma o como quieras llamarlo, esa oportunidad se había ido.
Intentó respirar hondo, para comprobar si su siempre efectivo método de control de la ira funcionaría para este tipo de situaciones, pero cuando pasaron unos segundos más, y los latidos de su corazón estaban lejos de disminuir y la velocidad de su coche no hacía más que aumentar, empezó a destrozar prácticamente su coche en busca de lo único que, sin duda, lo ayudaría.
“Joder, ¿dónde coño están mis cigarrillos? Necesito calmarme de una puta vez», dijo en voz alta antes de asomarse por encima del volante y agacharse rápidamente para buscar bajo el asiento del copiloto. «Estoy seguro de que los dejé aquí, en algún sitio», murmuró una vez más apartando por completo la vista de la carretera, sin percatarse de que otro vehículo se acercaba a toda velocidad desde la dirección contraria, hasta que el sonido rápido y desesperado de una bocina le hizo volver a mirar hacia delante.
En ese momento, todo sucedió demasiado rápido. Por suerte, había podido reaccionar con la suficiente rapidez como para girar y apartar su Escalade de la colisión con el otro carro, con el sonido de la bocina todavía bastante fuerte. De alguna manera, se sintió aliviado y agradecido por primera vez por su experiencia al volante, o su querido Escalade no habría sobrevivido al choque… Estaba seguro de que incluso había puesto su propia vida en riesgo para mantener algo tan valioso para él fuera de peligro… Por no hablar de los daños en el segundo carro si, de hecho, hubieran chocado.
Su enfado con Georg se había ido bastante rápido, casi demasiado para su gusto. Después de haber bajado la velocidad lo suficiente, se estacionó a un lado de la carretera donde un suspiro salió de sus labios y mientras colocaba una mano sobre su pecho, sintiendo que su corazón latía más rápido que nunca; sentía como si se le saliera del pecho en cualquier momento.
Una vez que respiró profundamente para calmar su corazón que no dejaba de latir con rapidez y despejó su cabeza nublada, se dio cuenta de lo que había sucedido. Salió de su vehículo y una vez que la persistente nube de polvo se desvaneció del aire, pudo ver ahora que el vehículo de su contraparte se había estrellado, una esquina de la parte frontal del auto estaba enterrada contra la defensa de la carretera, el coche obviamente abollado, casi sin posibilidad de reparación, y todo había sido su culpa.
Continúa…