Notas de Monnyca16: Esta historia nació uff desde hace mucho, es decir. Tengo amigos de Guanajuato y siempre me hablan del callejón del beso, entonces decidí medio cambiarle la ruta y hacer este OS.
No iba a subir nada este día :v, pero aquí me tienen.

«Callejón del beso»
(One-Shot de Monnyca16)
—Oh sí…tú novia —murmuró Bill, luego de que Andreas mencionara a dicha mujer nuevamente, tal y como la mayoría de los enamorados hacía.
Bill también se uniría a dicho “festejo” si no fuera porque odiaba ese día. Cada que iniciaba el mes de febrero y contemplaba a las personas emocionadas y miles de ofertas al dos por uno, su estómago se revolvía de puro asco.
—Ya sé, ya sé que odias este día y todos los festejos como Halloween y demás —ironizó Andreas, terminando de doblar la carta que minutos atrás escribía para su pareja frente al gesto pasmado de su amigo.
Bill odiaba las cartas y todas las cursilerías que le seguían.
—Es que no tiene sentido —soltó sin dificultad, monótono y despacio.
Andreas meneó su testa de izquierda a derecha, con parsimonia.
—Cuando tengas novia verás que tiene sentido.
Y dicho eso, Andreas le dio una palmadita en el hombro y tomó otro rumbo sin antes despedirse con la mano; iba a preparar pastelillos y a pensar en otros detalles para complementar su 14 de febrero.
Bill por su parte se dirigió a su salón de clases, acordándose de que tenía inasistencia en dos clases. De camino y justo en uno de los anchos pasillos, se topó con Tom Trümper, un estudiante de su mismo grado.
Bill recordaba que conocía a Tom desde el jardín de infantes. Sus madres eran archienemigas —hasta la fecha—, y ellos tampoco encajaban juntos para nada. Tom era guarro, descuidado y egocéntrico. Y Bill, aunque poseía esos aires de ingenuidad, era caracterizado por tener un temperamento frío y poco empático; descartaba amistades y aunque no criticaba asuntos físicos, era bastante pesimista para dar su dura crítica a los festejos que él creía sin importancia como lo era el 14 de febrero.
Y es que tal vez Andreas tenía razón y no disfrutaba porque probablemente era un amargado. Hacía años que Bill no tenía novia, y ahora, a sus veinte años y en plena Universidad, no permitía que nadie se acercara.
No estaba en sus planes una relación. En esos momentos la Universidad era su principal enfoque y se alejaba de cualquier indicio de compañía sentimental. Todo lo contrario pasaba con Tom, un mujeriego de lo peor, que por lo menos había tenido 100 novias en lo que iba de la carrera.
Tom era un chico inestable, que disfrutaba al máximo cada segundo de su vida y un sinvergüenza la mayoría del tiempo; un hombre muy directo y de posición arrogante. Tom Trümper no era cualquier chico Universitario, él era alguien muy sociable y popular, incluso las mismas compañeras le habían hecho una página de fans en Facebook para admirarle.
Bill torció la boca. Seguramente Tom recibiría muchas cartas, chocolates y peluches. Tal vez estrenaría novia o cinco al mismo tiempo…se podía esperar todo de él.
Tom brillaba tanto que Bill se encandilaba, pero no era justo; Tom era un simple hombre, de la misma estatura de Bill y aunque más fuerte que él, seguía viéndose simple a los ojos de Bill. Tom vestía con ropas rotas algunas veces, sencillo y tenía el cabello largo hasta los hombros y corta barba de tres días. Algunas veces se la dejaba crecer como los modelos de barba espesa que Bill a veces veía en internet por accidente, pero nada más.
Bill, en cambio, cuidaba cada aspecto de su físico, la vestimenta y el buen aroma. Era pulcro y odiaba la barba, todo vello facial y corporal, por ello se había depilado los genitales, las axilas y las piernas. El rostro de Bill era suave, perfumado y limpio. Su cabello corto y negro, de mohicano. Y de vez en cuando se maquillaba los ojos de negro, por pura costumbre. Aunque tenía que dejar de hacerlo cuando comenzara a desempeñarse laboralmente.
Posterior al encuentro cotidiano con Tom se adentró a sus clases y continuó con su aburrido día.
&
Ayer era un día todavía rescatable, Bill lo sabía. En esos instantes era 14 de febrero, día de San Valentín, para su desgracia. Bill aparte de salir de su casa para dirigirse a la escuela, escuchaba comentarios repletos de pasión, de felicidad extrema, y veía los anuncios publicitarios. Caminaba por la calle y volteaba hacia la derecha e inmediatamente divisaba corazones de todos colores, a gente tomada de la mano, y cuando volteaba hacia su izquierda, se encontraba con lo mismo.
Parejas y más parejas se paseaban a su lado pese a la hora matutina. Bill en muchas ocasiones se preguntó si no tenían llenadera, pero lo descartaba cada vez que, por error, divisaba a hombres y mujeres besándose. Pero lo que le parecía muy irritable era captar a jovencitas de catorce años abrazando a sus novios. ¿A esa edad podían andar de sueltas?
«Amargado» en su cabeza se repetía esa palabra una y otra vez, recuerdo de Andreas, que no se cansaba de llamarlo así. ¿En verdad era un amargado?
«Envidioso» Ese otro adjetivo calificativo también apareció entre sus remembranzas.
Andreas se lo dijo una vez y hasta el momento seguía haciendo ruido en su memoria.
¿Envidioso? Bill negó con la cabeza.
¿Amargado? Agitó la testa de nueva cuenta.
¿Celoso? Bill frunció el entrecejo y apretó los labios.
Razonó, y tal vez podía estar un poco amargado y celoso, aunque también podría ser levemente envidioso. Después de todo no tenía pareja y comenzaba a desear la sensación del calor de otra persona. ¿Cuánto tiempo tenía que no besaba?
Quizá estaba siendo demasiado duro consigo mismo y con los demás, pensó. Tal vez simplemente tenía que relajarse y buscarse una compañía rápida que lo hiciera sentir cálido y vivo. De todos modos, no perdía nada si se buscaba un desliz ¿o sí?
Tragó saliva, nervioso y un tanto deseoso. Se lamió su suave y grueso labio inferior y
de su barriga nació una agradable noción.
Besar.
Bill quería besar.
—¿El callejón del beso? —escuchó que alguien murmuraba justo detrás de él. Siguió caminando pausadamente, oyendo con interés —. Ese lugar es sólo para los solteros que buscan besar al menos a alguien. Dicen que pocos van en San Valentín, pues es el único lugar donde puedes encontrar a alguien con quien pasar el rato.
De repente los sentidos de Bill se desactivaron, quedando en blanco. Había escuchado hablar sobre el callejón del beso y tenía entendido que en San Valentín iban solteros y se besaban con la persona que encontraran ahí, algo bastante riesgoso, pero de alguna forma excitante.
El callejón del beso, que quedaba a veinte minutos de su hogar, entre calles empedradas y casas de alto y simples, con balcones y de colores fríos, para su gusto, había sido bautizado por una leyenda que Bill no sabía, de hecho, y que no le interesaba saber, una leyenda algo cruda tal vez, pero que debió ser interesante para que los solteros fueran precisamente el día de San Valentín para besarse con desconocidos y no pasar ese día tan solitarios.
Bill había divisado dicho callejón, un lugar pequeñísimo además, con escaleras al fondo y con dos balcones más arriba. Se trataba de un lugar muy oscuro por las noches y brillante por el día. Cerca del callejón las viviendas se hallaban vacías y pocas personas paseaban por las empedradas calles de subida y bajada.
Definitivamente era un lugar peligroso y Bill pensaba si en realidad era buena idea visitarlo esa noche, a escondidas, y con la esperanza de besar y luego irse. Bill sonrió con ironía y meneó su cabeza hacia ambos lados, negándose a esa idea catastrófica y ridícula.
¿Besarse en un callejón, por la noche y con un desconocido? No, definitivamente no. Eso no tenía ni una pizca de lo que definía la personalidad de Bill.
&
Miró su reloj ante la oscuridad, difícilmente notando los números: 11:21PM. Volteó hacia atrás y luego se recargó en una de las paredes del famosísimo callejón del beso, todavía sin comprender del todo por qué estaba ahí, parado, y a la espera de que alguien llegara y lo besara.
Una total ridiculez de su parte. Muy patético, terminantemente, pero no se movía de ahí. No tenía intenciones de marcharse. Sí, se desconocía, vaya que sí. ¿Bill, haciendo eso?
Debía ser otro Bill y no el Bill que creía que era.
Apenas podía ver la luz que proporcionaba una de las farolas de la calle. El lugar estaba absolutamente a oscuras, negro y solo. No podía si quiera ver la blancura de su piel.
Ese era un lugar adecuado para secuestrar a alguien o incluso matarlo, ¿entonces por qué seguía ahí? Llevaba más de diez minutos en medio del frescor del viento y un tanto esperanzado.
Ocupó un minuto para tocar las paredes y subir un escalón, uno de los tantos que conformaban el estrecho callejón. Detuvo su análisis en medio de la negrura al oír unos pasos, a una persona aproximarse. No se giró de repente, por un instante tuvo miedo.
Su cuerpo se petrificó en esos instantes y unas ásperas manos envolvieron su cintura en un firme abrazo. Pudo hacer algo, tal vez moverse, pero en vez de eso dejó expuesta su nuca a una boca desconocida que lo tomó por sorpresa.
Barba. Fuerza. Sofocos.
Un hombre.
Un hombre le estaba besando la nuca y atrapaba una gran porción de su esbelto cuello con desesperación. Un hombre le besaba con vehemencia al mismo tiempo que extendía toda su mano en su barriga cubierta.
Un hombre. Un hombre. Bill abrió la boca, dejando escapar de ella un gemido de inconformidad, de exasperación, de nervios.
Sabía que podía encontrarse con un hombre en ese lugar, pero, sinceramente, no estaba preparado para eso. Bill jamás se había besado con un hombre antes y no sabía si su acompañante estaba al tanto de que besaba a un hombre y no a una mujer.
Su corazón se aceleró aún más y su rostro se tiñó de un rojo potente, por completo.
Agradecía que no podía ver nada, y seguro el sujeto a su espalda no contemplaría dicho arrebol.
Respiró con dificultad, sintiéndose cada vez más liviano entre los brazos del desconocido. Percibía su poca barba hacer contacto con su piel, regalándole estremecimientos nuevos. Aborrecía las barbas, ¿entonces por qué? Patear al hombre a su espalda era su mayor opción, pero aunque lo tuviese en mente, su cuerpo no respondía, incluso cooperaba.
Cerró los ojos y su pelvis se sacudió con violencia al notar la boca intrusa capturar a besos húmedos su cuello. Escuchaba los candentes sonidos de la saliva impregnándose en su piel y de la respiración ruidosa y agitaba de quien lo besaba.
Era ardiente. Sus rodillas perdieron su fuerza y vencido, fue partícipe de su propio cuerpo caliente, del palpite rudo de su corazón y garganta, y de su falta de oxígeno. Su convulsa y entrecortada respiración fue evidente y su impotencia por no poder alejarse de aquel hombre, fue disminuyendo.
No supo por qué, no quiso entender la razón que lo llevó a girarse para enfrentar al desconocido. Vio apenas una silueta, y se notó más alto que él por el escalón que pisaba y, aun así, se inclinó para besarlo antes de que se arrepintiera.
Abrió su boca levemente y capturó los tibios y carnosos labios que devoraban los suyos. Situó sus nerviosas manos en los anchos hombros que representaban la silueta de enfrente, y se permitió posicionar una de sus manos en el acerado cuello del desconocido.
Palpó con las yemas de sus dedos la barba rasposa y corta, de al menos unos cuatro días, y meció su cabeza al ritmo de los besos que incrementaron su pasión, una fogosidad nueva pero que se ejercía como si tuviera años de conocer dicha boca, esos labios y ese intenso movimiento de lengua que se efectuaba en el interior de su boca.
Gimió bajito, correspondiendo cada beso largo y húmedo, cada ataque feroz y hambriento, hasta equilibrar el encuentro y mover con detenimiento sus labios sobre los ajenos, convirtiendo el beso desesperado en uno intenso y lento, de deleite puro y cálido.
Incluso se sintió brevemente torpe al besar. Hacía años que no besaba a alguien y ya comenzaba a perder la práctica. Dicho beso húmedo y apacible lo obligó a entreabrir los orbes, consiguiendo hallar una mirada salvaje y rutilante. De cerca podía verle, podía reconocerle.
Vio apenas el color miel de sus ojos, las pestañas, la nariz respingona y esas cejas pobladas y de aspecto viril. La persona a su frente lo veía al mismo tiempo que lo besaba.
Tom.
Tom Trümper. No sospechó, estaba seguro de que era él y aun así seguía besándolo como si fuese adictivo. Tom lo veía y no detenía el movimiento de su boca y lengua. Entonces Bill se tornó nervioso y diferente. Jamás había hecho contacto visual mientras besaba y no se suponía que en ese oscuro lugar vería y reconocería a Tom.
Podía esperar un beso de otro hombre, pero no de él. ¿Qué hacía Tom ahí en primer lugar? Pero por más que pensaba, no dejaba de examinarle, de disfrutar de sus besos. Tom besaba delicioso y no se arrepentía por ese hecho.
Cerró los ojos y lo abrazó por el cuello, decidido a seguir disfrutando. Al fin de cuentas era San Valentín, estaba en un callejón y no estaba solo, lo demás no importaba.
No estaba solo y disfrutaría su compañía al menos en ese momento.
F I N
Y bueno, si notaron, tiene final abierto, por lo que probablemente le de continuación e.e.
Ya me imaginé algo. Mátenme sí. <3
Gracias por leer.
Espero continúes 🤞🤞🤞🤞🤞 ya quiero saber sus reacciones cuando se encuentren en la U y a Andreas cuando se entere….
¡Por favor si dale una continuación!, al menos para saber el por qué Tom fue a ese callejón y besó precisamente a Bill. ¿Acaso ya tenía puesta su mirada en Bill? . Please, please, please 😍🙏.
Está muy bonita la historia, continúala, please 🥺🙏🙇🏻♀️.