Notas: Dicen que por cada cosa mala, algo bueno sucede. Por la censura al twincest de Wattpad, la escritora Heiligtkt483 ha llegado a nuestra web y este bello fic estará desde ahora disponible para ustedes. Disfruten la lectura y no olviden comentar (NO A LA CENSURA TWC)

«Itanthor, la isla sagrada» (Fic de Heiligtkt483)

Capítulo 1: Itanthor y Separación

Desde antes de todos los tiempos, siempre hubo magia. Una magia antigua que se practicaba sin tapujos, pero con la llegada del cristianismo, la gente que veneraba ese tipo de magia y rituales paganos fueron perseguidos, hasta que tuvieron que quedar relegados hasta los lugares más escondidos. Algunos se habían convertido al cristianismo por miedo a ser asesinados y verse amenazados a perder sus seres queridos.

Elebeth, hermana mayor de Simone, había sido consagrada desde hacía años a servir a la gran diosa, ahora era la gran sacerdotisa de la isla de Itanthor. Muy pocas veces, salía de la isla y hacía que se disipara la gran niebla que cubría los alrededores de la isla, haciendo que estuviera oculta a la vista del mundo exterior. Durante años, Itanthor había sido un misterio, que alimentaba las historias acerca de la isla misteriosa, si era solo una invención o realmente existía. En ella desde los tiempos más antiguos, se daba culto a la gran diosa pagana Erisión. Mucha gente, seguidora de la antigua tradición, rezaban a la diosa para que los protegiera y diera fertilidad a sus tierras. También las mujeres que se querían quedar en cinta, rezaban sus plegarias invocando su ayuda.

Desde muy pequeña, la hermana menor de Elebeth, Simone había estudiado las artes antiguas junto a su hermana, al igual que su madre y sus antepasados. Poseedora del poder de clarividencia, Simone nunca desarrollo su magia del todo, de carácter blando no fue considerará la candidata perfecta para ser sacerdotisa de Itanthor, puesto que ocupó su hermana mayor, que era de carácter fuerte y determinante. Simone poco a poco se vio obligada a dejar de lado su don de ver el futuro más cercano, hasta que finalmente tuvo que abandonar Itanthor, para ser desposada con un hombre mucho mayor que ella, el rey de Tirean. La joven muchacha apenas contaba con quince años cuando fue entregada en matrimonio a Jörg Kaulitz, cristiano prácticamente, el cual obligó a convertirse a la religión dejando de lado la adoración de la gran diosa pagana Erisión. Pero de vez en cuando, la joven Simone seguía teniendo sus visiones, ocultándoselas a su esposo, ya que a este no le gustaba que su esposa tuviera muestras de esos poderes, que la llevaban a lo más pagano. Poco a poco, Simone fue haciéndose a la vida, que le proporcionaba su recién estrenado esposo. Pasados los años, la joven convertida en plena mujer, quedó en cinta y al cabo de nueve lunas nuevas tuvo a dos niños hermosos, iguales como dos gotas de agua. William y Thomas, aunque cariñosamente los llamaría Bill y Tom.

Después de nacimiento de sus pequeños, Simone con frecuencia se quedaba sola en el palacio, mientras que su esposo, iba a luchar a la guerra, sintiendo la inquietud de que algún día le traerían a su esposo muerto en una de las batallas. Los pequeños gemelos eran unos hermosos bebés, de ojos almendrados y cabellos rubios, heredados de su padre, ya que Simone era de cabellera roja con ojos azules. Desde que nacieron sus hijos, la joven mujer supo que sus pequeños no serían iguales entre ellos, aunque físicamente eran idénticos. Con los pasos de los años, Bill y Tom fueron tomando actitudes que los diferenciaban, eran unos pequeños de apenas unos seis años, pero eran muy listos y atrevidos, pero a pesar de todo eso, eran unos niños que disfrutaban jugando y haciendo travesuras. Disfrutaban de su tierna infancia.

—Vamos Tomi, vamos a jugar con nuestros caballos de madera —dijo Bill a su hermano mayor, por diez minutos, mientras que Simone estaba en su rueca hilando concentrada.

Los dos pequeños se pusieron a jugar, mientras que su madre los observaba a la vez que hacía su tarea. Pero Tom pronto se aburrió del juego al que estaba jugando con su hermano, así que dejó al pequeño Bill solo con su caballo de madera, para ir a buscar una pequeña espada de madera, con la cual empezó a molestar a su hermano menor, mientras que este seguía concentrado mirando fijamente al caballo de modo más sereno. Cuando cayó la noche, Simone les dio de cenar, y después los llevó a la habitación donde ambos pequeños dormían, y los ayudó a ponerse su ropa para dormir, cuando acabó los metió a ambos en sus respectivas camas, y los arropó con las sábanas. Después Simone se dirigió a su alcoba, para luego meterse en la cama e intentar dormir.

—Aahhhhhhh…. —un grito desgarrador inundó el gran castillo. Simone se levantó sobresaltada para luego ir a la habitación donde se encontraban sus pequeños. Al entrar en la habitación, se encontró con su pequeño hijo Bill llorando sobre sus rodillas a la vez que Tom lo miraba desconcertado desde su cama.

—Bill hijo… —susurró Simone arropando a su pequeño entre sus brazos— ¿Qué ha pasado mi pequeño?

—Había mucha sangre… muchas muertes… —explicó el pequeño entre llantos, con la mirada asustada.

—Madre, ¿Qué le ha pasado a mi hermano, por qué dice eso? —preguntó Tom saliendo de su cama, acercándose a la cama donde estaba Bill con Simone.

—Tu hermano solo ha tenido una mala pesadilla —trató Simone de calmar a los pequeños.

—No madre… era muy real… —susurró de nuevo el pequeño Bill mientras que por sus mejillas sonrosadas caían unas lágrimas.

—Hijo, no debes de contar a nadie esto —dijo Simone en voz baja a su hijo menor. Claramente, su pequeño empezaba a tener visiones, un don que ella se lo había transmitido. Dio gracias a dios, que su otro pequeño no poseía el don de la clarividencia.

—¿Ni siquiera a padre? —preguntó temeroso con voz quebrada.

—Ni siquiera a tu padre —respondió contundente Simone a su hijo menor— Ahora intenta dormirte, tesoro mío.

—Tengo miedo… —respondió el pequeño Bill temeroso— No quiero volver a tener esas visiones feas.

—Me quedaré contigo hasta que finalmente te duermas —respondió Simone tiernamente, para luego meterse en la cama de su hijo y abrazarlo, dándole un beso cariñoso en la frente mientras lo acunaba, haciendo que el pequeño se fuera relajando, y con lo cual se fuera quedando dormido.

Poco a poco, Bill se fue quedando dormido en los brazos de su madre. Siendo ajenos, desde la isla de Itanthor, Elebeth miraba todo desde el pozo de las visiones. La gran sacerdotisa mayor sabía que su sobrino pequeño, pronto debería de iniciarse en las artes de la magia y las antiguas creencias. Pronto debería de visitar su hermana menor para comunicarle dos noticias, que le partirían el alma. Los días fueron pasando, y el rey Jörg regresó a su castillo junto a su amada esposa y a sus pequeños hijos.

—Esposa mía, ¿Me has extrañado? —preguntó el hombre entrando en la gran sala real.

—Sí… —susurró la mujer temerosa.

—Ven a darme un beso mujer —exigió Jörg agarrando a su hermosa esposa del brazo para atraerla.

Mientras tanto los pequeños gemelos, se encontraban jugando afuera del castillo, con sus espadas de madera simulando una batalla a muerte entre ambos. Sus sonrisas infantiles sonaban por todos los rincones del patio del castillo, mientras que correteaban a la vez que jugaban con sus espadas. Una presencia les hizo pararse en seco.

—Hola… —susurró Bill viendo a una mujer muy bella montada en un caballo, acompañada de un hombre anciano que iba también en otro caballo— ¿Quién eres? —preguntó el pequeño curioso.

—Madre dice que no debemos de hablar con desconocidos —regañó Tom a su hermano menor.

—Y yo no soy ninguna desconocida, pequeños —sonrió la mujer bajando de su caballo.

—¿Usted quién es? —preguntó Bill curioso otra vez, no podía dejar de mirar a esa mujer por las extrañas ropas que llevaba puestas, y sobre todo por una extraña marca que adornaba la frente de esta.

—Elebeth, ¿Qué haces aquí? —preguntó Simone saliendo del castillo apresuradamente, al oír a sus pequeños hablando con personas desconocidas. Simone era muy temerosa, sabía que había muchos enemigos de su esposo que estarían gustosos por acabar con la descendencia del rey, para así ellos poder optar a reinar esas tierras.

—Querida hermana, así me recibes… —alzó la mujer la vista del pequeño, hacia la de su hermana.

—Tú presencia no es grata aquí —respondió Simone encarándose a su hermana mayor— Niños entrad adentro —ordenó la mujer intentando proteger a sus retoños.

—Lo dices por tu esposo… —susurró la mujer mirando intensamente a su hermana menor.

—¿Qué quieres Elebeth? —preguntó la mujer cruzándose de brazos.

—Hermana debemos de hablar del futuro del reino —concretó finalmente la sacerdotisa.

—Entrad… —ordenó Simone siendo seguida por la gran sacerdotisa y por el mago Brahar.

Entraron en el interior del castillo, y se adentraron en el gran salón real. Jörg se encontraba sentado en su gran silla, para luego levantarse a ver entrar a los invitados y acercándose a su esposa.

—Esposo mío, no sé si te acuerdas de mi hermana Elebeth —se dirigió Simone a Jörg— La última vez que la vimos fue en nuestra boda.

—No sabía que una gran sacerdotisa de Itanthor, abandonará su isla —dijo Jörg mirando fijamente a la hermana de su esposa.

—En ocasiones, cuando los deberes me llaman, debo de abandonar la isla —respondió Elebeth clavando su mirada en su cuñado— No sé si os acordáis de Brahar…

—Sí, que me acuerdo… —respondió Simone fijando su mirada en el rostro del hombre— Recuerdo de niña, verte por Itanthor. Visitabas mucho a nuestra madre…

—Así es… —susurró Brahar. Realmente Brahar era el verdadero padre de Simone, aunque ella ignoraba que Brahar fuera su progenitor. Su madre había sido durante años amante del mago. Elebeth, no era hija de Brahar sino de otro hombre.

—¿A qué se debe vuestra visita? —preguntó Jörg intrigado sentándose nuevamente en su silla, para luego ser acompañado por su esposa que se sentó en la otra silla.

—Hermana, ha llegado la hora… —dijo Elebeth mirando fijamente los ojos de la joven mujer.

—Nooo…. —susurró Simone abriendo desmesuradamente los ojos— No voy a dejar que te lo lleves.

—Simone, Bill debe venirse conmigo a Itanthor para ser instruido —explicó Elebeth.

—No voy a permitir que mi hijo menor sea introducido en las artes antiguas y paganas —entró en cólera Jörg— Crecerá como buen cristiano.

—Sino viene a Itanthor nunca podrá dominar su poder, debe aprender a dominarlo, sino le traerá muchos problemas —volvió a insistir Elebeth.

—Pero solo es un niño… no lo podéis separar de mi —volvió a decir Simone— No voy a dejar que te lo lleves, no señor…

—Como quieras, pero también debo decirte que tu hijo Thomas deberá también que comenzar con su aprendizaje —dijo Elebeth mirando a su hermana.

—¡¿Qué?! —abrió los ojos desmesuradamente Simone— Pretendes apartarme de mis dos hijos.

—Thomas debe aprender a saber luchar, y a defenderse para posibles enemigos que puedan surgirle —explicó Elebeth— Un rey debe estar siempre preparado para cualquier emboscada, y deberá aprender todo eso desde pequeño, para que sepa que una espada será su aliada.

—Pero es un niño pequeño todavía, no quiero separarme de mis hijos —volvió a insistir Simone.

—Hermana debes pensar en el futuro de tus hijos, en donde se vayan a instruir estarán mejor —dijo Elebeth intentando convencer a su hermana.

—No… —se volvió a negar— Jörg no permitas que se lleven a mis hijos, por favor.

—Pensarlo, os damos unos días —concluyó Elebeth— Mientras tanto nos quedaremos aquí en la corte. El tiempo empieza a correr en nuestra contra.

La noche cayó. Todos se sentaron en el gran salón alrededor de la mesa para cenar. Las sirvientas llenaron la mesa de fuentes con comida, y los vasos con vino, para los pequeños Bill y Tom les sirvieron agua. La tensión se podía notar en el ambiente, Simone tenía una decisión difícil que tomar, separarse de sus hijos por años, y quizás nunca los volviera a ver, pero la mujer entendía que Bill debía de ser adiestrado, para poder controlar su poder. La mujer sabía que su pequeño por las noches, cuando la vigilia del sueño lo atrapaba, tenía dolorosas visiones que hacían que el niño sufriera. Al fin y al cabo, apenas era un niño de seis años que no entendía porque siempre veía esas visiones mientras dormía. Después cuando acabaron de cenar, Simone, acompañada de la ama de cría de sus hijos, los fue a acostar en los aposentos de sus hijos.

—Buenas noches, hijos míos —sonrió Simone acariciando la pequeña cara de su hijo Thomas para luego depositarle un beso en la frente. Después se acercó a la cama donde yacía su hijo William, para besarle también en la frente y arroparlo cariñosamente— Tener dulces sueños…

—Buenas noches, madre —las voces infantiles de los pequeños respondieron a la joven madre.

Simone cogió el portavelas con la vela encedida, y se dirigió hacia la puerta de la habitación, para luego abrir la puerta y dirigirse a sus aposentos donde la esperaba su esposo el rey Jörg. Entró en la habitación, para luego apoyar la vela sobre la mesilla de noche, desnudarse y ponerse su camisón. Su piel blanca brillaba con los rayos lunares. Después se metió en el lecho matrimonial, junto con su esposo. Jörg se acercó a ella, para abrazarla por la cintura y comenzarle a besar el cuello. Después el hombre fue acariciando la suave piel de la mujer, hasta que sus dedos hábiles y agiles acabaron por bajarle los tirantes del camisón, haciendo que este expusiera los pechos pequeños y tersos. Jörg comenzó a besarlos, para luego deleitarse mordiendo juguetonamente los pezones de su esposa, haciendo que la mujer comenzará sentirse excitada. Simone comenzó a entrar en un trance orgásmico, para luego ser embestida por su esposo. Jörg se movía frenéticamente sobre su esposa, haciendo que el cabezal de madera que poseía la cama, batiera fuertemente con la pared de la habitación. Suspiros ahogados salían de la garganta de la mujer, mientras que era poseída por su esposo. Finalmente, con un gran gemido grave y ahogado, Jörg se desplomó sobre el cuerpo sudado de su esposa, para luego separarse, y ambos completamente desnudos, quedarse dormidos profundamente.

Mientras tanto en la habitación de los pequeños Bill y Tom, algo ocurría inquietamente. Bill comenzó a revolverse en la cama, mientras tenía una de sus visiones como ocurría desde hacía varias semanas por las noches. Esta vez el sueño era bastante raro, veía a dos personas sobre una cama, ambos con los rostros tapados en el interior de una cueva. Uno de ellos en la máscara llevaba unos cuernos, y estaba vestido escasamente mientras que su cuerpo estaba cubierto por signos pintados al igual que la otra persona. Ambos estaban en una danza prohibida, que el pequeño no lograba entender. Las paredes, de esta, tenían inscripciones y dibujos rupestres mostrando alguna hazaña de algún antepasado. El pequeño se empezó a asustar, sintió un fuego interno en su interior al contemplar esa escena.

—Aahhhh… —el pequeño gritó asustado.

—Billy… —susurró Tom incorporándose de su cama— ¿Qué te ocurre? ¿Tienes otra vez esos sueños raros, que mamá te dice que no le cuentes a padre?

Al instante la puerta de la habitación se abrió, dando paso a la hermana mayor de la madre de estos. Elebeth miraba a su pequeño sobrino, y este mostraba aspecto asustadizo e intranquilo. Se acercó a junto de este, y se sentó en la cama de Bill, para luego acariciarle la cara mostrándole ternura. Enseguida fue abrazada por los pequeños brazos de su sobrino, a la vez que sollozaba.

—Tranquilízate, pequeño —susurró Elebeth, con su voz cantarina— Todo estará bien.

—Mi hermano siempre tiene sueños raros… —susurró Tom temeroso a su tía, ya que su madre tanto a Bill como a él los había advertido de que nunca deberían de hablar de los sueños de Bill con ninguna persona.

—¿Desde cuando tienes esos sueños, pequeño? —preguntó Elebeth ahora fijándose en los ojos color miel de su pequeño sobrino.

—Constantemente… —susurró Bill mientras que las lágrimas afloraban por sus ojos— Todas las noches desde hace varias semanas. Madre me ha dicho que no debo de decirle a nadie, que tengo esos sueños raros.

—Cielo, eso no son sueños… —acarició la mejilla derecha del pequeño Bill— Eso son visiones del presente y a veces del futuro.

—¿Y eso es bueno o malo, tía Elebeth? —preguntó dudoso Bill.

—Bueno, depende como lo mires —respondió confusa la mujer— Pero siempre podrás estar alerta, a veces la diosa nos envía señales, para estar preparados y así no confundirnos, y llegar bien a nuestro destino.

—No entiendo nada, tía Elebeth —dijo el pequeño Bill confundido.

—Ya lo entenderás pronto —sonrió la mujer al niño— Muy pronto, podré enseñarte todo lo referente a eso.

—¿Y por qué yo no tengo esas visiones que Bill siempre tiene por las noches? —preguntó ahora Tom mirando a su tía y a su hermano, mostrando también confusión.

—Bueno, la diosa le da un don a cada uno de las personas —explicó Elebeth buscando las mejores palabras para que los dos hermanos entendiera lo que les explicaba— Tú serás un gran guerrero, tu don será saber manejar bien la espada y así poder proteger a tu pueblo, tú serás el futuro rey de Tirean. Serás grande y aclamado por todas tus gentes, tanta la pagana como cristiana.

—A mamá no le gusta las espadas de verdad… —susurró Tom frunciendo el ceño.

—Tu madre tendrá que acostumbrarse, necesitas aprender a luchar para que te puedas proteger de tus futuros enemigos cuando seas grande —siguió explicando Elebeth— Bueno, ahora será mejor que os acostéis de nuevo, y tratéis de dormir. No quiero que vuestra madre mañana, os regañe por no dormir por la noche.

Los dos pequeños se volvieron a tumbar en sus respectivas camas. Elebeth los arropó para luego darles un beso a cada una en sus frentes pequeñas.

—Buenas noches, tía Elebeth —dijeron los dos hermanos al unísono.

—Buenas noches, pequeños —susurró la sacerdotisa para luego cerrar la puerta con cuidado, para evitar hacer ruido y despertar a su hermana y esposo, que yacían en una habitación al otro lado del pasillo.

La sacerdotisa se fue a su alcoba con una sonrisa de satisfacción en el rostro. El pequeño Bill estaba empezando a tener curiosidad por ese mundo, que a ella le rodeaba, así que no sería difícil llevarse al pequeño y alejarlo de su familia, porque el niño no sentiría pena por dejar a sus padres y hermano. Una vez en interior de su habitación, se metió en su cama de nuevo, e intentó dormir. Serían unos días bastantes cargados de emociones, y por fin después de varios años podría llevar a cabo su plan. Dar un rey a Tirean, descendiente de la misma diosa.

Los rayos del sol iluminaron todo el castillo, los pequeños pájaros revoloteaban por sus alrededores emitiendo sus sonidos típicos. Simone y Jörg se encontraban en el comedor, esperando a que les sirvieran el desayuno. En unos minutos después, se unieron a la mesa Elebeth y Brahan. Las sirvientas pusieron un par de platos y vasos, para que los invitados de los reyes pudieran desayunar también. A los pocos minutos, unas doncellas pusieron sobre la mesa unas fuentes con fruta, pan, leche y queso. Empezaron a desayunar en silencio.

—¿Y bien…? —presionó Elebeth a su hermana— ¿Ya habéis decido algo?

—No… —respondió Simone cabizbaja— No quiero separarme de mis pequeños… ¿Y si esperas un par de años más? Cuando los niños sean más grandes, y no sean tan niños.

—Simone, no se puede… —dijo Elebeth con voz neutra— Sabes que cuanto más mayores sean los niños, más costará separarlos de vosotros y de ellos mismos. Ahora que son unos niños apenas han comenzado a vivir mucho de la vida, les resultará más fácil romper el vínculo familiar que os une a ello. Los niños no sufrirán con la separación.

—Pero es que… —suspiró Simone cansada, apoyando su mano blanca como el marfil sobre su frente— Me voy a morir del dolor, cuando los vea partir.

—Hermana, piensa que dentro de unos años tus hijos volverán hechos unos hombres. Tom será el rey que todo súbdito querrá tener y Bill podrá ayudar a su hermano con sus dones, podrá alertarlo de futuras invasiones. El reino de Tirean será invencible —concluyó Elebeth, quería que Simone aceptará de una vez por todas su propuesta.

—Lo siento, pero simplemente no puedo separarme de mis hijos —concluyó Simone.

—Hermana debes de hacer el esfuerzo… —volvió a insistir Elebeth.

—Basta… —respondió Simone completamente harta— No quiero que me presiones más…

Se formó un silencio, y durante todo el desayuno no se volvió a hablar del tema. Al poco rato, aparecieron Bill y Tom acompañados de la mujer que cuidaba de ellos, para que desayunarán algo, después deberían de ir a recibir sus lecciones como cada día. Bill no podía dejar de mirar a su tía Elebeth, se sentía fascinado por lo que le había dicho por la noche, y estaba muy curioso por saber qué era eso que le dijo que muy pronto le explicaría. Una vez que acabaron los pequeños de desayunar se fueron.

—Oye Tomi… —susurró Bill a su hermano, que estaba sentando a su lado, en un momento que su tutor estaba despistado— ¿Qué crees que será lo que me enseñará la tía Elebeth?.

—No lo sé Billy —respondió el mayor— Pero me da un poco de miedo. Es tan misteriosa.

—Es fascinante, ansió saber todo lo que me dijo que me explicaría —sonrió Bill sumiéndose en sus pensamientos, con una sonrisa tonta.

Los días fueron pasando, ya hacía cuatro días que Elebeth y Brahar habían llegado a la corte de Tirean. Ambos estaban ansiosos de que finalmente Simone consintiera que se llevaran a sus hijos. Ellos habían planeado ya un destino para los niños, que con los años los volverían a unir. Era de noche, Simone se encontraba con su hermana y Brahar, al lado del fuego, que les brindaba la chimenea que había en el gran salón, al amanecer Jörg se había vuelto a ir, dejando a su esposa a cargo de todo el castillo. Los pequeños se habían ido a dormir hacía un buen rato, ahora estaba todo en silencio y tranquilo. Las doncellas que servían en el castillo, también se habían retirado.

—He tomado una decisión… —susurró finalmente Simone. Le había costado varios días, pero finalmente había visto eso como la única opción. Su reino dependía de sus dos pequeños hijos, una para reinar como rey y el otro para velar por el bienestar del otro, aun así, sentía que su corazón se desgarraba al sentir que perdería a sus hijos, y estaría muchos años sin verlos. Se perdería parte de la infancia de ellos, y de la juventud de ellos.

—¿Cuál ha sido, hermana mía? —preguntó Elebeth levantando la ceja derecha, de forma impaciente.

—Accedo a que adiestréis a mis hijos… —concluyó finalmente— Me duele mucho separarme de ellos, pero he entendido que ellos son el futuro de Tirean.

—No te mortifiques más hermana —sonrió Elebeth victoriosa— Estarán bien cuidados, te lo prometo. Partiremos mañana cuando haya salido el sol. Ahora debemos de ir a descansar, mañana nos espera una jornada dura y cansada.

Elebeth y Brahar se levantaron de sus asientos, y salieron del gran salón dejando a Simone sola. La mujer contemplaba pensativa, el fuego que bailaba en la chimenea. Estaba temerosa por la reacción de su esposo, cuando se enterará de que había accedido a la propuesta de Elebeth. Por suerte, cuando este regresará sus hijos ya se encontrarían lejos de allí, y tardarían tiempo en encontrarlos, si decidía buscarlos, porque Itanthor no estaba a la vista de todos los mortales, solo a la personas puras y limpias de espíritu, y ella no iba a mostrarle el camino para llegar a la isla sagrada.

Al amanecer, cuando empezó a despuntar el sol. Elebeth y Brahar ya tenían preparados sus caballos, y el caballo donde irían los pequeños además de varias sacas con aprovisionamiento de comida y bebida para el viaje, que sería bastante largo. Los pequeños dormían ajenos en sus aposentos, no sabían que pronto sus vidas se separarían, y tardarían varios años en encontrarse. El ama de cría recibió la orden, por parte de Simone, de ir a despertar a los pequeños para que se asearan y se vistieran.

—Quiero dormir un poco más… —se quejó Tom tapándose otra vez con la sábana que cubría su cama— Aún es pronto para despertarse, apenas ha comenzado a salir el sol.

—Debe de levantarse… —volvió a insistir la ama de cría al pequeño— Su madre lo ha ordenado.

Luego se dirigió hacia la cama donde dormía todavía plácidamente Bill, y lo movió ligeramente para despertarlo. El pequeño al notar un ligero movimiento en su cuerpo, abrió los ojos mirando a su ama de cría.

—¿Qué ocurre, Airien? —preguntó el pequeño.

—Debe levantarse de la cama —respondió la mujer.

—Todavía es temprano —respondió Bill al mirar por el gran ventanal de su habitación, dándose cuenta que apenas había claridad.

—Su madre lo ha ordenado —dijo la mujer sin dar más información.

Los dos hermanos se levantaron de la cama, y se lavaron la cara con el agua fría que había en una palangana, mientras que la mujer les buscaba la ropa, que se podrían ese día. Cuando los dos estuvieron listos, bajaron al salón donde su madre, Elebeth y Brahar les esperaba para desayunar con ellos. Se acercaron lentamente a junto de su madre, todavía se encontraban bajo los efectos del sueño, aunque se había lavado la cara con agua bastante fría.

—Buenos días, madre —dijo Tom.

—Buenos días, hijos míos —saludó Simone a sus pequeños.

—¿Por qué hoy nos hemos levantando tan temprano? —preguntó Bill frotándose aún los ojos por el sueño que tenía.

—Hoy partiréis lejos de aquí —concluyó Simone con mirada triste— A partir de hoy, empezareis con vuestro entrenamiento.

—¡¿Enserio, madre?! —preguntó Bill abriendo los ojos desmesuradamente emocionado.

—Sí, hijo mío —respondió Simone asintiendo.

—¿Tía Elebeth voy a ir contigo a ese lugar, que dices que es mágico? —preguntó Bill con impaciencia a su tía.

—Sí, pequeño —respondió la mujer acariciándole la cara cariñosamente— Allí aprenderás muchas cosas —sonrió.

—No puedo esperar a llegar a ese sitio —dijo sonriente Bill.

Después de acabar de desayunar, Simone acompañó a su hermana, Brahar y a sus pequeños afuera del castillo, donde les esperaban ya los caballos para comenzar el viaje. Simone miraba con tristeza a sus hijos, el corazón le dolía enormemente, la hora de la despedida cada vez estaba más cerca y no sabía cómo podría sobrevivir los días sin sus pequeños.

—Recordar que siempre os llevaré en lo más profundo de mi corazón —susurró Simone mientras que unas lágrimas recorrían sus mejillas— Os amaré siempre hijos míos.

—Madre… —susurró Tom mientras que unas lágrimas caían por su rostro infantil— La echaré de menos.

—Se fuerte, hijo mío —dijo Simone acariciando la mejilla de su pequeño Thomas, a la vez que le secaba las lágrimas que resbalaban por el rostro de este— Cuando regreses serás todo un hombre, y un buen guerrero que sabrá guiar a su pueblo bien.

—Mami… —susurró Bill mirando con sus ojos color miel a su madre.

—Mi pequeño Bill… —susurró Simone abrazando el cuerpo pequeño de su hijo— Recuerda que en un futuro serás muy importante para tu hermano, aprende todo cuanto puedas.

—Mami te echaré de menos —susurró Bill abrazándose fuertemente a su madre.

—Siempre os querré, recordarlo hijos míos —dijo Simone con el rostro empapado en lágrimas— Estaré esperando vuestro regreso impaciente.

Los dos niños fueron montados en un caballo, ayudados por Elebeth y Brahar. Luego los dos adultos montaron en sus propios caballos, para luego comenzar a caminar a la vez que guiaban el caballo donde iban Tom y Bill. Simone se quedó de pie, mirando como sus pequeños se iban hasta que poco a poco los perdió completamente de vista. En silencio, se fueron adentrando en el bosque. Los sonidos de los pájaros que habitaban en los árboles, creaban música para los oídos de los niños. Los pequeños estaban muy atentando mirando cada rincón, era la primera vez que salían del castillo donde vivían, nunca antes había viajado a lugar alguno y eso era nuevo para ellos. Siguieron el camino, guiados por el río que atravesaba el gran bosque. A media mañana, pararon para beber y comer algo y descansar. Bill y Tom aprovecharon el momento para jugar y divertirse un poco, mientras que los dos adultos hablaban entre ellos.

—¡Bill! ¡Tom! —llamó Elebeth— Debemos de retomar el viaje, sino nos cogerá la noche como no apuremos, aún nos queda bastante camino para llegar a nuestro destino.

Los pequeños hicieron caso a su tía, y volvieron a subirse a lomos del caballo nuevamente. Siguieron el viaje en silencio, hasta que finalmente llegaron a un camino, que daba a dos direcciones. Se pararon en seco, para luego Brahar acercarse al pequeño Tom y cogerlo en brazos, sentándolo en su caballo, separándolo de su hermano Bill.

—Espera… ¿Qué vas a hacer con mi hermano? —preguntó Bill al percatarse de que Tom estaba en el caballo del hombre.

—Bill entiende, ahora debemos de hacer caminos separados —explicó Elebeth a su joven sobrino.

—Noooo…. —dijo Bill cabalgando con su caballo, donde estaba Tom con Brahar a unos escasos metros alejados— No te lleves a mi hermano, él se quedará conmigo.

—Bill, vuestro entrenamiento deberá hacerse en lugares diferentes —volvió a decir Elebeth— Venga tesoro…

—No quiero separarme de mi hermano —lloriqueó el niño, haciendo que Tom también comenzará a llorar al darse cuenta que sería separado de su hermano.

—Bill se fuerte por tu hermano —suplicó Elebeth.

—Hermano debemos de ser fuertes —dijo Bill mientras que las lágrimas recorrían sus mejillas— Cuando te sientas solo, llámame y aparece en tus pensamientos —sonrió tristemente el pequeño— Te quiero mucho…

—Yo te quiero mucho también… —susurró Tom abrazándose a su gemelo.

Ambos se separaron y siguieron su camino por separado. Poco a poco se fueron alejando de ellos mismos. Debían de comenzar a entrenarse para poder cumplir con su destino, que ellos mismo ignoraban, pero la diosa lo había dispuesto. Tardarían varios años en encontrarse. Elebeth y Bill se fueron adentrando más y más en el bosque hasta que una bruma espesa comenzó a cubrir sus cuerpos. Itanthor ya estaba cerca.

Continúa…

por Heiligtkt483

Escritora del Fandom

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