«Itanthor, la isla sagrada» (Fic de Heiligtkt483)
Capítulo 3: Acontecimientos y verdades
Habían pasado siete días completos, el rey había sido quemado en su camino rio abajo, ahora era el momento de coronar al que sería el nuevo monarca de Tirean.
Todo el servicio del castillo estaba apurado ultimando los detalles, debían asegurarse que cada flor, cada cubierto, cada más mínimo detalle estuviera perfectamente en su lugar, todo debía sobresalir, era la fiesta más importante que viviría el reino.
Tom aquella mañana ni siquiera había salido de su estancia, quería alejarse todo lo posible de los preparativos de la fiesta. En cambio, Bill andaba paseando por los pasillos expectante de todo a su alrededor, jamás había visto cosa más bella, todo era perfecto, como un cuento de hadas. Todavía le costaba asimilar que era un príncipe, que ese castillo también era su casa, y que su hermano mayor al caer la tarde sería nombrado rey. Tom se asomó por la ventana de su habitación, para observar como estaba todo el mundo de un lado para otro preparando las cosas para noche, cuando por fin sería nombrado al rey.
Observó cómo Bill aparecía, entre los sirvientes, sonriente. Su hermano pequeño se veía muy emocionado, Tom sonrió de poder disfrutar de su compañía en esos días. Después se volvió a tumbar en su cama. Cerró los ojos, y sus pensamientos volaron a un tiempo atrás, concretamente en los rituales de Ethur. No podía sacarse de la cabeza a ese joven con el que había estado, aún podía sentir la suave piel sobre su cuerpo mientras que Tom lo embestía, volviéndose uno. Odió por un momento las leyes antiguas, que impedían que se supiera la identidad del joven virgen. Si pudiera saberlo, haría que lo buscarán para poder convertirlo en su rey, el padre futuro de sus hijos. El sonido de un leve golpe en la puerta lo hizo sacar de sus pensamientos, enseguida vio la cabeza de su hermano menor aparecer por detrás de la puerta.
—Bill —sonrió al ver a su hermano menor entrar por la puerta.
—Lo siento, Tomi —dijo entrando en la habitación— No quiero molestarte, ya que habías dicho que querías estar tranquilo aquí en tu habitación, pero es que me aburro…
—No molestas, hermano —dijo Tom con voz calmada— Anda ven aquí a sentarte conmigo —llamó Tom tocando un lado de su cama libre.
Bill se acercó con paso lento hacia la cama, donde estaba tumbado el futuro rey, para luego ocupar un lugar al lado de él. El joven sacerdote no dejaba de ver a Tom, su hermano mayor había cambiado mucho en todo ese tiempo. Se había vuelto en un joven muy atractivo, y la barba incipiente que lucía su rostro desde hacía varios días lo volvía todavía más atractivo sin duda. Lo observó con detenimiento, notando que a su hermano algo le preocupaba.
—Hermano, ¿Qué te preocupa? —preguntó Bill a su gemelo.
—No me preocupa, nada —negó el muchacho. No quería preocupar a su hermano menor.
—Sé que algo te preocupa —volvió a insistir Bill a Tom— Soy un sacerdote de Itanthor. Recuerda que sé leer la mente.
—Lo sé perfectamente… —sonrió forzadamente— Solo que no te quiero preocupar, con mis preocupaciones.
—Tomi… no quiero verte así, estás triste, inquieto —volvió a decir el chico.
—Es él… —susurró Tom mientras que apoyaba la mano sobre su frente. Ese pensamiento, la angustia de no saber quién era ese chico misterioso, lo estaba sobrepasando.
—No te lo puedes quitar de la cabeza —dijo Bill observando a su hermano.
—Sí… —susurró Tom— Fue la mejor noche de mi vida, y ansió con toda mi alma volver a verlo.
—Pero… ¿Qué pasa? —preguntó Bill impaciente.
—Siempre quieres saber todo —increpó Tom, pero a la vez de una forma amable.
—Tengo privilegios de hermano menor —sonrió Bill para acabar de tumbarse sobre su cama al lado de su hermano— Si tanto ansias volver a verlo, búscalo hermano.
—Ojalá pudiera… —dijo el muchacho apenado.
—¿No sabes dónde vive? —preguntó Bill alzando su ceja derecha.
—No… —respondió susurrando.
—Bueno, entonces podrás buscarlo poniendo un cartel —sugirió Bill— Puedes decirles a los dibujantes de la corte, que hagan un retrato de él, ya que sabes cómo es físicamente.
—Es que tampoco sé cómo es físicamente —respondió Tom.
—¿Cómo que no sabes cómo es físicamente? —preguntó alarmado Bill a su hermano— Ninguna persona puede estar con alguien sin ver como es físicamente, salvo que este invidente.
—Es que tenía una máscara… —respondió Tom a su hermano. Bill inmediatamente cambio la cara de una sonrisa graciosa, a un rostro serio— Por eso no pude ver su rostro. Fue en los rituales de fertilidad de Ethur, esa noche fue cuando me consagré donde yací con un cazador virgen —Bill no podía creerse lo que estaba oyendo, su hombre enmascarado al que le había dado su virginidad era su propio hermano Tom. Quien había hecho posible esa monstruosidad, ¿La Diosa o Elebeth?. Tanto la culpa fuera de una o de la otra, ese pecado ya no tenía vuelta atrás— Bill… —susurró Tom al ver que su hermano no decía nada, se había quedado mudo.
—Lo siento, Tomi, no me encuentro muy bien —respondió el menor sintiendo como la sangre abandonaba su rostro haciéndolo palidecer— Si me disculpas —se levantó de la cama, y en menos de un minuto salió de la habitación. Tom se quedó mirando de forma desconcertada la forma en la que su hermano, se había ido de la habitación.
Bill corrió hacia su habitación, para encerrarse en ella. Se echó sobre la cama, para luego comenzar a llorar con amargura. No sé lo podía creer, todo había sido por culpa de Elebeth, fijo que ella lo había planeado desde hace años. Bill sintió rabia en su corazón, como podría volver a ver a su hermano a la cara sabiendo que se había acostado con él. Durante toda la tarde, Bill se la pasó en su habitación llorando sin cesar, por más que quería quitarse esos pensamientos impuros de la cabeza. Las escenas volvían una y otra vez a estar presentes. La forma en la que Tom le hizo el amor aquella noche. No tenía ganas de salir, para ir a la coronación de su hermano, pero su tía Elebeth y su madre Simone estarían esperando que asistiera como hermano del futuro rey y como sacerdote de Itanthor.
En el gran salón del trono real, ya se habían congregado los fieles súbditos del rey fallecido y también los demás reyes de los reinos colindantes. Todo ya estaba preparado para la coronación, y para rendirle honores al nuevo rey. Elebeth ya había llegado a la corte al amanecer, junto con Brahar. Ambos estaban muy ansiosos por la coronación. Bill se encontraba en su habitación, ya se había puesto la túnica que solía ponerse en las celebraciones importantes a las que acudía en Itanthor. Las trompetas comenzaron a sonar, era la hora. El joven sacerdote salió de su habitación, bajando las escaleras para llegar al gran salón del trono real. Allí estaba el gran trono donde solía sentarse su fallecido padre, las veces que Bill podía recordar. Las máximas autoridades del reino tomaron su posición al lado del trono, las fuerzas de religión antigua a un lado, y al otro lado, varios sacerdotes y obispos para bendecir al nuevo rey cristiano. Bill se puso al lado de su tía y de Brahar. Simone se había puesto en el medio para recibir su hijo, cuando hiciera la entrada en el salón del trono.
Las trompetas dieron el toque de entrada, las puertas que daban al gran salón del trono se abrieron, y apareció Tom tras la puerta. Iba vestido con ropajes de gala, y una capa dorada pendía desde sus hombros. Con nerviosismo, comenzó a caminar por el gran pasillo que le habían hecho sus futuros súbditos y otras personas importantes de la ciudad y de otros lugares cercanos. Finalmente, llegó hasta donde estaba su madre al lado del trono real.
—Hijo mío —sonrió Simone abrazando a su hijo mayor.
—Madre… —susurró Tom.
Tom se puso en el centro, para que todos los súbditos lo vieran. Simone cogió la corona, que días atrás había llevado su esposo, de un cojín donde estaba apoyada, para luego ponerse en frente de su hijo. Elebeth y Brahar estaban muy emocionados y jubilosos. Simone colocó la corona sobre la cabeza de su hijo mayor, para luego un hombre del consejo entregarle la espada sagrada de la diosa, con la que Tom había derrotado a los enemigos de su padre. Con la espada en la mano Tom se dispuso a jurar fidelidad a su reino.
—Por la espada sagrada de la diosa, Yo Tom Kaulitz, rey de Tirean, juro tratar con igual justicia a los paganos y cristianos. Todos los hombres deben adorar a que ellos decidan. También juró ser fiel a mi pueblo, y ayudarles en todo lo que necesiten —recitó Tom mientras que sus súbditos lo alaban entre gritos— Apelo a la justicia —añadió de nuevo— Un rey, la antigua tradición y la nueva tradición —señaló a los sacerdotes cristianos, a su tía Elebeth, Brahar y Bill— Un reino unido aquí en Tirean, para luchar contra el barbarismo —en todo el salón real se escuchaba a la gente decir “Viva el rey”, para luego Tom hacer un paseo triunfal con su corona, por el pasillo que le habían hecho de nuevo sus súbditos.
Después de la coronación, todos pasaron al gran comedor, donde había una mesa dispuesta en forma de U. La comida ya estaba servida en grandes fuentes, y la música de fondo de Liras y arpas sonaba por todo el salón. Unos payasos y bufones estaban haciendo distrayendo a los comensales con sus juegos de malabarismos, mientras que todos brindaban en honor al nuevo rey. Tom se había sentado al lado de su madre, al otro lado su hermano Bill, seguido por su tía Elebeth, Brahar y demás personalidades políticas del reino. Bill estaba absorto en sus pensamientos, en toda la celebración de la coronación, le venían imágenes de su hermano y él, haciendo el amor en Ethur. Unas náuseas inundaron su estómago, para luego comenzar a ponerse pálido. Pocos segundos después, se levantaba de su silla abandonando la mesa donde estaban todos hablando muy alto entre sí, mientras brindaban por Tom. El joven nuevo rey no se percató de que su hermano menor, se había levantado de la mesa, ya que estaba entretenido hablando con uno de sus consejeros del reino.
—Mi rey… ahora es conveniente de que busque una reina —sugirió el consejero— Tiene que asegurarse la descendía al trono.
—Todavía me considero muy joven para contraer matrimonio —opinó Tom desechando la propuesta que le había dicho su consejero.
Bill se encontraba sentando en un banco, en el jardín trasero del castillo. Estaba muy asustado, se había dado cuenta que dos lunas nuevas habían pasado, desde que había estado en los rituales de Ethur, aunque era muy poco probable que un hombre concibiese, en muy pocas ocasiones la diosa le otorgaba ese don al joven cazador virgen. Bill estaba encinta, un niño fruto del incesto efectuado por su hermano mayor y él. Se sentía morir, debía de hacer algo para no tener ese niño, más bien para no disgustar a su madre con una gran pena. Ya había tenido demasiadas penas en esos días, cuando recientemente había perdido a su esposo. Cerró los ojos tratando de buscar una solución a su futuro problema, para acordarse de que en Itanthor, cuando estuvo estudiando la composición de pociones curativas había algunas que provocaban el aborto en mujeres que no quería tener a los bebes que habían sido concebidos por el ritual de Ethur. En esos años en la isla, había escuchado los gritos de dolor, de varias mujeres que habían decidido no tener al hijo que les había engredado el astado. Caminó despacio, en busca de algunos ingredientes, que le pudieran servir. Sabía que en el jardín había todo tipo de plantas. Una vez que encontró las plantas adecuadas, se dispuso a hacer la poción. Una vez que la acabó se dispuso a echarla en un vaso para poder tomársela.
—Ni se te ocurra hacer eso, Bill —escuchó la voz de su tía Elebeth, que se había percatado de la ausencia de su sobrino, y salió en su busca— Ese niño debe nacer…
—¿Por qué nos hiciste esto, tía? —preguntó Bill susurrando lleno de dolor.
—Tu hermano y tú sois los últimos eslabones de la isla de Itanthor —dijo la sacerdotisa mirando a su sobrino con mirada seria— Aunque tu hermano nunca mostró los poderes que tu posees, también lleva por su sangre a Itanthor.
—Cómo voy a volver a ver a mi hermano a la cara —susurró Bill mientras que unas lágrimas, recorrían sus mejillas— Tú pervertiste el amor inocente que nos profesábamos mi hermano y yo, míranos ahora… Hemos engendrado un bastardo fruto del incesto. Me siento sucio…
—Criaremos a tu hijo en Ithanthor —concluyó Elebeth— Yo le enseñaré todo lo referente a ser un buen rey.
—No… ni hablar, no lo tendré —volvió a decir Bill.
—Bill no puedes condenar a muerte un ser inocente —dijo Elebeth intentándolo convencer.
—Dices un ser inocente… Mi hermano y yo éramos unas personas inocentes, pero moviste todos los hilos para hacer que nos pervirtiéramos —dijo Bill con rabia— ¿Vas a sacrificar a alguien más de nuestra familia? Mi madre lo sacrificó todo por dejarnos irnos, con dolor y pena, nos tuvimos que separar de ella y pasar nuestros años de infancia y adolescencia sin ella.
—Era su deber —respondió Elebeth con determinación— Deberías de sentirte contento porque tu hermano ha llegado a rey, sino fuera por mí y por Brahar, él nunca llegaría al trono donde está ahora.
—Está bien… si tendré al bebé, pero no volveré a Itanthor —concluyó Bill secándose las lágrimas— No quiero que mi hijo crezca cerca de ti.
—Bill no puedes hacer eso, has aceptado unos votos de servicio a mí y a la diosa —respondió Elebeth con enfado.
—Mis votos fueron para diosa, no para ti y ahora renuncio a ello —dijo Bill con furia— Renuncio a todas tus malditas creencias paganas. Renuncio a la antigua tradición.
Bill salió corriendo, dejando a Elebeth sola en el jardín. El joven príncipe se encerró en su habitación, en la cual estuvo varios días sin salir. Apenas tenía ganas de comer, el resto del día se la pasaba llorando. Tom se preocupó al escuchar que Bill, no quería salir de sus aposentos, ni siquiera para probar bocado. El joven monarca se acercó a la puerta de la habitación de su hermano, para hacerlo entrar en razón.
—Bill abre la puerta —exigió el joven rey.
—Vete, quiero estar solo —respondió Bill a su hermano.
—Abre la puerta —volvió a decir con autoridad— Sino me veré obligado a entrar por la ventana de tu habitación.
—Déjame en paz, no quiero ver a nadie —volvió a decir Bill.
Bill dejó de escuchar la voz molesta de su hermano. Suspiró agotado tumbándose de nuevo en la cama. Sus tripas empezaban a sonarle considerablemente, pero tenía miedo si tomaba algo volver a vomitar todo lo que comiera. Cerró los ojos intentando relajarse, mientras que sus manos inconscientemente se posaban en su vientre plano aún sin forma.
—Te dije que iba a entrar por tu ventana, como no me abrieras —abrió los ojos al volver escuchar la voz de su hermano. Estaba de pie enfrente de la cama donde reposaba Bill, mirándolo con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Vete de aquí —volvió a decir Bill a su hermano— Quiero estar solo.
—¿Pero qué diablos te pasa? —preguntó Tom perdiendo la paciencia— Llevas unos días demasiado raro, apenas pasas tiempo conmigo. Siempre estás encerrado en esta habitación.
—Es mi problema Tom, no es tuyo —respondió Bill bordemente.
—Estás así de borde y arisco desde que Elebeth se marchó —puntualizó Tom— ¿Por qué no has regresado con ella a la isla? Tengo entendido que un sacerdote consagrado a la diosa no puede alejarse de la isla por mucho tiempo.
—No tengo porque darte explicaciones de lo que hago y de lo dejo de hacer —dijo Bill con enfado— Ahora vete de mi habitación —Bill agarró el brazo de su hermano, para guiarlo hacia la puerta, después abrió la puerta que estaba cerrada con pestillo, y lo sacó fuera de la habitación para luego volver a cerrar la puerta con llave.
Cuando Bill se giró para volverse a tumbar en la cama, se encontró de nuevo con su hermano, que había vuelto a entrar por la ventana. Bill suspiró con cansancio, su hermano era muy cabezón. Sería muy difícil hacerlo salir de nuevo de la habitación.
—Soy tu rey, y aunque seas mi hermano menor, te ordeno que me hagas caso y salgas de esta habitación de una vez —dijo con enfado Tom no perdiendo el contacto visual, con los ojos de su hermano— Necesitas que te dé un poco el sol, estás muy pálido. Vamos a dar un paseo.
—No Tom… —se negó Bill, pero su hermano mayor, lo cogió por el brazo y lo comenzó a arrastrar hasta sacarlo de la habitación.
En menos de dos minutos, ya se encontraban bajando por las escaleras que daban al patio del castillo. Tom agarró a su hermano de la mano, para evitar que este diera la vuelta y se volviera a su habitación. Salieron del castillo, como hacían cuando eran unos niños.
—Respira el aire puro, Bill —sonrió Tom mientras que aspiraba profundamente, para llenar sus pulmones de aire fresco.
Bill respiró hondamente el aire, que rozaba juguetonamente su tez pálida trayendo las fragancias de flores silvestres y otros olores desagradables, que hicieron que las náuseas volvieran a aparecer en Bill. El joven se puso una mano en la boca tratando de controlar las arcadas, pero no pudo con ello. Tuvo que echar a correr hacia un lado del camino por donde estaban caminando, para empezar a vomitar compulsivamente. Tom se giró al escuchar los quejidos de su hermano.
—Bill… hermano… ¿Qué te ocurre? —preguntó Tom acercándose apresuradamente a su gemelo, al ver como se doblaba vomitando todo lo que tenía en su estómago.
—Ya me encuentro un poco mejor —susurró el joven sintiendo escalofríos por su cuerpo. Su cara estaba cubierta por un sudor frío.
—Pero si estás muy pálido —dijo Tom viendo como la cara de su gemelo estaba más blanca de lo que estaba cuando salieron del castillo.
—Estoy bien —dijo Bill auto convenciéndose, para luego sentir como las piernas le fallaban y la vista se le nublaba por completo.
—Bill… —llamó Tom asustado a su hermano, que cayó sobre el pasto completamente inconsciente.
Pero su hermano no respondía, estaba completamente pálido y sudoroso. Seguía inconsciente. Tom cargó entre sus brazos a su hermano menor, y se dirigió con paso apurado hacia el castillo de nuevo. Al entrar en el interior del patio, varios sirvientes lo vieron con cara de confusión y asustados. No entendían que le había ocurrido a Bill.
—Ayudarme por favor —dijo Tom a sus sirvientes, mientras sujetaba bien a su hermano entre sus brazos.
—Señor será mejor que lo llevemos a sus aposentos —sugirió una sirvienta— Debemos de llamar al galeno, para que venga a verlo.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Simone saliendo al encuentro de su hijo mayor, al escuchar el revuelo— Cielos santos, ¿Qué le ha pasado a tu hermano?
—No lo sé, madre… —respondió el joven rey nervioso— Íbamos caminando por el campo, que hay afuera del castillo, y de repente empezó a vomitar y a ponerse muy pálido, para luego caer completamente inconsciente sobre la hierba.
—Será mejor que vayamos a llevarlo a su habitación —dijo Simone para luego entrar en el interior del castillo con su hijo, para llegar a su hijo menor a sus aposentos.
Tom depositó con cuidado el cuerpo inerte de su gemelo, sobre la cama. El color aún no le había regresado a la cara. Simone observaba a su hijo menor, para luego ponerle una mano encima de la frente de este.
—Tiene la frente fría y sudorosa —se percató Simone.
—He hecho llamar al galeno de la corte —dijo Tom sentándose en la cama al lado de su hermano.
—No creo que le haga falta, es solo una bajada de presión —respondió Simone, se arreglará poniéndole un poco de perfume en un pañuelo, y seguro que reacciona.
—Está bien, pero creo que conveniente que es mejor que lo revise el galeno —volvió a insistir Tom a su madre.
—Tom no hace falta, de verdad —dijo Simone a su hijo mayor— Ve a avisar a la servidumbre, que no llamen al galeno. Yo me quedaré con tu hermano.
El joven rey salió de los aposentos de su hermano menor, dejando a su madre con su gemelo. Se dirigió a buscar a una de las sirvientas, para que le comunicaran al galeno que no hacía que viniera. Simone cogió un poco de su perfume y lo echó en un pañuelo, para luego acercárselo a la nariz de Bill. Rápidamente el joven sacerdote abrió los ojos confundido y desorientado.
—¿Qué me ha ocurrido? —preguntó Bill a su madre.
—Te desmayaste… —respondió Simone observando a su hijo detenidamente— Hijo, hay algo que tengas que contarme que yo no sepa.
—No, nada madre —respondió Bill con nerviosismo.
—Bill no soy tonta y sé que algo estás escondido —respondió la mujer mirando inquisitivamente a su hijo menor— Soy tu madre, si me cuentas que te ocurre quizás te pueda ayudar.
—No me ocurre nada —volvió a decir Bill. No quería que su madre se enterara de su estado de buena esperanza, además cuando tuviera la oportunidad se iría de Tirean, para ocultarles su preñez a su madre y a su hermano.
—Bill te puedo ayudar —volvió a insistir Simone— Te he notado muy distante estos días, apenas quieres probar bocado y cuando lo haces sufres mareos y vómitos. Son síntomas de una mujer preñada… pero tú eres un hombre, salvo que… —comentó Simone abriendo los ojos desmesuradamente— Hijo mío, ¿Participaste en los rituales de Ethur este año?. Solo en esos rituales, la diosa concede a un hombre la capacidad de preñarse, si ella lo desea así.
Bill bajó la cabeza, ante las palabras de su madre, completamente avergonzado. Se sentía como una atracción de feria, como un ser extraño que por circunstancias de la vida se había dejado preñar. Unas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, que aún no había recuperado el color.
—Hijo… —llamó Simone al ver que su hijo menor no respondía, que se había quedado callado.
—Sí… —respondió susurrando— Intenté deshacerme de este bebé hace unas semanas, cuando fue la coronación de mi hermano.
—Pero no has podido, ¿verdad, hijo? —dijo Simone mirando con ternura a su pequeño hijo.
—No… —musitó Bill— Madre, me siento extraño, no quiero que me vean en este estado. En cuanto me recuperé, partiré lejos de aquí. No quiero que toda la corte se burle de mí.
—¿Y a donde irás, hijo? —preguntó Simone con mirada interrogante— A Itanthor junto a tu tía Elebeth.
—No, me juré a mí mismo que no volveré a pisar en mi vida esa isla —ahora Bill reflejaba en su rostro odio e ira— Mi futuro hijo no se criará en la antigua tradición, no permitiré que Elebeth juegue con mi pequeño como lo hizo conmigo.
—Cariño, no debes de culpar a tu tía Elebeth —dijo Simone intentándolo tranquilizar— Ella no ha sido la culpable, ha sido un don divino que la diosa te ha concedido. Debes sentirte afortunado, por eso.
—Ella me envió allí, para que participará en los rituales, sino me hubiera mandado yo ahora no estaría preñado —respondió Bill perdiendo la paciencia— No volveré nunca a Itanthor, pero tampoco quiero tener a mi hijo aquí en Tirean.
—Entonces, te irás de aquí —confirmó Simone.
—Sí… —susurró de nuevo Bill.
—No puedes irte solo, tu estado avanzará mes a mes —dijo con preocupación Simone— Necesitas a alguien que te acompañé, y te cuidé durante estos meses.
—Sabré arreglármelas solo —respondió Bill.
—¿Y si se te adelanta el parto? —preguntó Simone temerosa— No sabes cómo traer a un niño al mundo Bill, necesitarás de alguien para que ayude.
—¿Entonces que me sugieres, madre? —preguntó Bill con irritación— No puedo quedarme aquí, no me puedo exponer a ser la burla de todo el reino. ¿Qué pensará Tom al verme así, seguro que le daré asco y repugnancia?
—Bill tranquilízate, alterarte no te hará bien ni a ti ni al bebé —dijo Simone intentando tranquilizar a su hijo menor— Podemos irnos a una casa que poseía una tía mía cerca de un campo. Allí estaremos tranquilos, apenas hay mucha gente por ahí, podrás pasar los meses de embarazo allí.
—¿Estaremos? —preguntó Bill confundido— A caso está pensando madre en venir conmigo.
—Sí… me quedaré contigo los nueve meses que dure tu preñez —asintió Simone mirando tiernamente a su pequeño.
—Pero Tom… ¿No necesita tu ayuda? —preguntó Bill en un murmullo.
—Tu hermano está rodeado de buena gente que lo ayudará sin ningún problema —respondió Simone— Ahora eres tú quien necesita de mi ayuda y de mis cuidados.
—Entonces podremos partir mañana al amanecer —sugirió Bill a su madre— No quiero estar más tiempo aquí.
—Está bien, hijo —asintió Simone— Avisaré a Airien, ella podrá venirse con nosotros así entre las dos podremos cuidar mejor de ti —Simone se levantó de la cama de su hijo, donde estaba sentada para dirigirse a la puerta de la habitación.
—Madre sea discreta —dijo Bill antes de su madre saliera de la habitación— No quiero que mi hermano se entere de nuestra partida.
Al amanecer Bill y las dos mujeres partieron del castillo, en el silencio más estricto. Cogieron tres caballos para poder viajar, de las cuadras de la corte, de forma sigilosa y con cuidado de no ser escuchados. En la noche anterior, Simone había actuado normal para no levantar las sospechas de su hijo mayor, Tom. Ahora los tres viajantes se encontraban cabalgando hacia su destino.
Los meses fueron pasando, el vientre de Bill iba creciendo día a día, bajo los cuidados de su madre y de Airien. Algunas veces por las noches, mientras dormía, Bill había escuchado la voz de su tía Elebeth que lo llamaba. La gran sacerdotisa aún conservaba las esperanzas de que su sobrino cambiara de opinión y regresará a Itanthor, una vez que la criatura que esperaba Bill hubiera nacido. Pero el joven sacerdote ignoraba por completo los llamados de su tía, cerrando su mente, para que esta no pudiera descubrir el sitio donde se encontraba.
Tom llevaba varios meses preocupado por el paradero de su madre, su hermano y el ama de cria, ya que de la noche a la mañana sin previo aviso desparecieron de la corte. El joven rey había contratado los servicios de unos hombres para que los buscarán, pero por más que estuvieron buscando por sitios del alrededor no los hallaban. Un día, pasados casi siete meses de la desaparición de su madre, hermano menor y de la ama de cría, le llegaron rumores de que una mujer había comentado que en las afueras del pueblo de Ereos, se encontraba la reina Simone. Tom, ese mismo día, ensilló su caballo, quería comprobar por sus propios medios si era verdad lo que había comentado esa mujer, así que al día siguiente cuando el sol comenzó a salir partió hacia esas tierras. Una vez que llegó al lugar, habló con la gente del pueblo y le confirmaron que, desde hacía varios meses en una casa a las afueras del pueblo, vivían dos mujeres con un muchacho.
Tom se dirigió hacia las afueras del pueblo, encontrando una casa vieja, con un jardín alrededor, y con un establo donde había gallinas, vacas que utilizaban las mujeres para alimentarse. La noche ya estaba cayendo, ya que le había llevado varios días llegar al pueblo, y justo cuando llegó al pueblo ya había pasado de la tarde. Se acercó a la puerta, y la golpeó con fuerza para ser escuchado.
—¿Quién será a estas horas? —dijo Simone extrañada a Bill y a Airien— La gente del pueblo no suele venir a visitarnos.
—Madre tengo miedo —respondió Bill con cara de terror, tenía un mal presentimiento. La puerta volvió a ser golpeada con más fuerza.
—Señora, ¿Abro? —dijo Airien asustada por los golpes que estaban dando a la puerta.
—No abra… y si son unos bandidos —dijo Bill asustado— No quiero que os hagan daño.
—¿Quién es? —preguntó Airien con voz temblorosa.
—Soy el rey de Tirean, abridme la puerta —respondió Tom desde fuera. A Bill se le heló la sangre completamente, debería de esconderse no quería que lo viera en ese estado. Se levantó de la silla, donde estaba sentado para huir escaleras arriba, y encerrarse en su habitación para evitar ser visto antes de que la puerta se abriera. Percibía que se hermano estaba muy enfadado.
—Señora, ¿Qué hago? —pregunto la ama de cría a Simone.
—Abre la puerta Airien, ya nos ha descubierto… —susurró Simone apoyando su mano en la frente, con cierto nerviosismo. Observó cómo Bill iba caminando hacia la puerta que daba a las escaleras que llevaban al piso superior de la casa.
Airien abrió la puerta, y Tom entró sin saludar. Su ceño fruncido mostraba mucho enfado. Se quedó unos minutos mirando a su madre, a la cual veía demasiado nerviosa.
—Hola madre, ¿Sorprendida de verme? —dijo Tom con tono serio y arisco.
—Hijo… —susurró la mujer sin ser capaz de pronunciar otra palabra más.
—¿Porque te fuiste sin decirme nada? —preguntó enfadado— Llevo meses buscándoos.
—Hijo… —volvió a susurrar Simone.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Tom al darse cuenta que Bill no se entraba en la pequeña cocina que tenía la casa.
Bill estaba escondido detrás de la puerta que daba al piso superior de la casa, estaba escuchando toda la conversación que su madre tenía con su hermano. Una punzada de dolor en su vientre, le hizo doblarse. Aguantó el dolor controlando la respiración, pero otra punzada más intensa que la anterior le hizo doblarse otra vez sobre sí mismo, haciendo que un alarido de dolor saliera de su boca.
—Aahhhh —se quejó el joven a la vez que posaba una de sus manos en su vientre abultado.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Tom mirando para todos los lados escuchando el grito, para luego dirigirse hacia una puerta cerrada, donde se había escuchado ese quejido. Abrió la puerta bajo la atenta mirada nerviosa de Simone y de Airien, para encontrarse con los ojos de su hermano, que se encontraba agachado en el suelo— Bill, hermano —le tendió una mano para ayudarlo levantar— ¿Qué haces aquí encogido?
—Aahhh —volvió a doblarse sin responder a su gemelo.
—¡Dios santo! —dijo Simone asustada— Ve a llamar a la comadrona —ordenó a Airien— Bill, hijo, tranquilízate. Vamos a llevarte a tu habitación.
—Madre me duele demasiado —se quejó el muchacho haciendo que unas lágrimas salieran por sus orbes castañas.
Tom observó atónito la escena. Su hermano menor estaba embarazado, y no se podía explicar cómo había resultado eso, ya que era un varón al igual que él. Las palabras de Simone hicieron que el joven rey saliera de su ensimismamiento, para ayudarla a subir a su hermano a la habitación donde el muchacho dormía. Lo tumbaron en la cama, Bill respiraba muy rápidamente emitiendo de vez en cuando algún gemido por el dolor causado por las contracciones.
—Madre… me estoy partiendo en dos… —susurró el muchacho con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Hijo trata de respirar pausadamente, Airien vendrá pronto con la comadrona —intentó calmar Simone a su hijo menor— Tom ve a la cocina, y pon a calentar agua, la vamos a necesitar —Tom no se movió ni un milímetro— Vamos… —alzó su madre la voz, para hacerlo reaccionar. Minutos después salía de la habitación camino a la cocina para poner hervir el agua— Todo va a salir bien, mi pequeño —susurró Simone acariciando la frente de su hijo, para luego comenzar a subirle la túnica más arriba de las caderas, para ver cómo iba dilatando su hijo.
—Madre… no me miré ahí abajo me da vergüenza —dijo Bill ruborizándose un poco, ya que tenía su miembro viril completamente al descubierto.
—Hijo te he visto desde pequeño, y he visto muchas veces el de tu padre —respondió la mujer— No creo que me traume por ver tuyo, que solo está un poco más grande de cuando eras pequeño.
—Tengo miedo… —confesó el muchacho.
—No te preocupes, va a salir todo bien —respondió Simone para luego poner una sábana por encima de las piernas de su hijo, que ya las tenía encogidas.
Minutos después, Tom subió con un caldero lleno de agua hirviendo. Bill estaba completamente histérico, le estaba doliendo demasiado. Simone cogió el caldero que le dio su hijo, y lo puso sobre una mesilla que había al lado de la cama, luego metió un paño para mojarlo, y comenzar a aplicarle el paño por la frente sudada de joven sacerdote.
—Tom sal de aquí, por favor —dijo Simone al ver que su hijo mayor se quedaba en la habitación. No quería que Bill se pusiera más nervioso de lo que estaba.
Al cabo de una hora, llegó Airien con la comadrona. Subió directamente a la habitación, donde estaba Simone con el joven parturiente, ya había dilatado bastante. El bebé nacería en cualquier momento. La comadrona se puso a observar al joven, para luego colocarse para ayudar a nacer el bebé.
—Joven empuje —ordenó la comadrona.
Tom se encontraba abajo en la cocina, se sentía demasiado nervioso. Nunca había llegado a pensar que su hermano menor hubiera estado preñado, no quería pensar que eso fuera el motivo de la huida de su madre y de su gemelo. Los gritos y los alaridos inundaron toda la cocina. Bill gritaba desgarrándose de dolor, Tom quería estar allí con su hermano dándole apoyo, pero su madre le había dejado muy claro que era mejor que no estuviera en la habitación para así evitar que su gemelo se pusiera más nervioso de lo que estaba. Tras casi una hora de gritos y de llantos por parte de Bill, el llanto de un bebé resonó en toda la casa. Ya había nacido.
Minutos después, Simone bajaba a la cocina acompañada de Airien, para preparar un poco de leche caliente y una infusión de varios tipos de hierbas, que tenía las propiedades de cortar hemorragias. La comadrona se había quedado con Bill a la vez que acababa de asear al recién nacido, mientras que las dos mujeres abajo preparaban la leche y la infusión.
—¿Cómo está mi hermano? —preguntó Tom con nerviosismo a su madre.
—Bien, aunque ahora está muy cansado. Ha sido un parto difícil —respondió Simone a su hijo mayor, a la vez que echaba en un cuenco la leche caliente, y en otro un agua caliente para hacer la infusión.
—¿Qué ha sido, madre? —preguntó Tom impaciente.
—Ha sido una niña muy hermosa —sonrió Simone con ternura, recordando la cara de su nieta— Es igual a vosotros cuando erais unos bebés.
—¿Puedo ver a mi hermano? —preguntó de nuevo el joven rey.
—Será mejor que esperes un poco, Tom —respondió su madre— Tu hermano aún está débil, primero deja que recupere un poco de fuerzas.
—Está bien… —asintió susurrando el muchacho.
Simone subió de nuevo a la habitación, con Airien, para luego minutos después bajar la comadrona para irse. Bill se tomó la leche medio inconsciente, para luego tomarse la infusión de hierbas que haría que la hemorragia interna que tenía cesase. Había sido un parto muy difícil en el cual había perdido bastante sangre. Simone puso a su nieta sobre la cuna, para luego taparla con unas mantas para que estuviera abrigada. La pequeña se quedó al instante dormida.
—Espero que Bill pueda amamantar a la niña, sino habrá que buscar una nodriza que se encargue de eso —comentó Simone a Airien, la mujer que había estado con ella desde siempre, la que había cuidado de sus hijos cuando eran apenas unos niños.
—Con mucho gusto podría hacerme cargo yo, pero hace años que he dejado de concebir —respondió Airien, que había ayudado a Simone a la crianza de los gemelos, ya que Simone no producía suficiente leche para los niños, así que los pequeños se turnaban en las tomas.
—No te preocupes, Airien —sonrió Simone con ternura y aprecio— Si Bill no puede, buscaremos alguna que lo haga por él. En el pueblo habrá muchas chicas que habrán parido recientemente, que pueda amamantar a mi nieta.
Había sido un día muy largo, Simone se fue a su habitación al igual que Airien para descansar. Tom lo hizo en una habitación continua que había al lado de los aposentos donde descansaban su hermano con su pequeña hija recién nacida. Había sido un día agotador, ya que había viajado durante todo el día para llegar al pueblo.
La noche fue transcurriendo lentamente, todos dormían plácidamente, salvo Tom que se encontraba inquieto por alguna razón que no podía entender. Le había sorprendido muchísimo que su hermano menor le hubiera ocultado su embarazo, y no podía aguantarse las ganas de preguntarle porque lo había hecho. Una sed insaciable le inundó la garganta, y se levantó de su cama para ir a buscar un poco de agua fresca a la cocina y así calmar su sed. De regreso a su habitación, escuchó unos susurros que venían de la habitación de su gemelo. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta de la estancia, su hermano estaba delirando a causa de la alta fiebre que le había subido por la noche. Se acercó a su hermano, para tocarle la frente caliente. Una palangana, con agua fría, se encontraba sobre la mesilla. Cogió el paño mojado que había en el interior, para luego escurrirlo y pasárselo por la frente ardiente de su gemelo.
—Madre… Perdóname… —musitó Bill en su delirio— Él no lo sabe… —Tom achinó los ojos intentando descifrar lo que su hermano quería decir— Tom no sabe que el bebé es suyo. Por favor… no se lo digas…
Continúa…