
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 21
—¿Usted lo quiere o solo está mintiendo para que yo trabaje con usted?
—No, no… yo no lo quiero. Lo que siento por él va mucho más allá de eso— le respondo y ella alza las cejas como investigando. —Y no vas a trabajar conmigo— digo riéndome bajito. —Solo quiero que me ayudes, que me cuentes cada paso que dé Bill, sus decisiones, lo que te cuenta. Ayúdame a evitar que cruce palabras con Heidi, eso me ayudaría un montón porque si ella se entera de que todavía pasan cosas entre nosotros, lo soltará todo y todavía no es el momento.
—¿Usted piensa contarlo todo?
—Sí, en algún momento lo contaré todo, Adrianne.
—Joder, y Bill no sabe…
—No— confirmo. —Intenté explicárselo pero no quiere escucharme. Él siempre ha sido así de complicado pero yo puedo descomplicarlo.
—¿Entonces yo sería una especie de espía?
—Algo así.
—¿Te debo contar todo?
—Sí, y también todo lo que pase en su relación con Evan— menciono. —Tengo entendido que no se han hablado mucho porque Bill no tiene móvil y no quiere comprarlo por aquí porque seguramente “no vienen de agencia” y que habla con él por llamada usando el móvil de Simone. ¿Eso es cierto, no?
—Sí.
—¿Qué tan buena es la relación de los dos?
—No tan buena— me dice. —En realidad, no es buena ni de coña. Bill no lo quiere, o sea, sí le tiene cariño pero no amor. Está con él porque le dio una oportunidad pero no se toma la relación en serio, eso Evan no lo sabe, pero Bill a pesar de todo se niega a cortarle. Evan lo complace muy bien y no solo en la cama, ¿eh?
Evan está con él por otra cosa, pero al parecer se pilló también. Y no es para menos.
Es súper fácil enamorarse de Bill, porque es tan sexy y precioso como dulce y rebelde. Es auténtico, simpático cuando le da la gana y con una sonrisa alucinante, con una mirada intensa y felina, con una presencia imposible de pasar por alto. Su cuerpo, su pelo, sus pestañas. Hasta el lunar más pequeño que tiene es perfecto y le pega con la piel tan blanca de su cuerpecito. Sus labios carnosos, o su voz que es más melodiosa que cualquier canción que exista. Si alguien me pregunta… para mí Bill suena como “Be more” de Stephen Sanchez. La misma canción que bailamos una vez en una fiesta y la misma en la que mentí diciendo que la pusieron en mi graduación. Él suena así de bonito, incluyendo la letra. Es simplemente perfecto, cada imperfección suya es perfecta para mí.
Es muy fácil amarlo, lo imposible, que le hace competencia a evitar la muerte, es dejar de amarlo.
—Entiendo— asiento despacio con la cabeza. —¿Me vas a ayudar?
—Yo quiero que mi Bill sea feliz, y usted es el único que puede darle esa felicidad pero…— dice con duda en la voz. —Ya le hiciste daño una vez y no sé si debo fiarme. Ya no quiero que sufra más, ¿lo pilla? Cuidaré de Billie siempre, demuéstreme que de verdad quiere recuperarlo y le ayudo sin pensarlo dos veces.
—¿Qué quieres que haga?— pregunto, estoy dispuesto a demostrárselo con lo que sea.
Ella sonríe un poco, parece contentísima de que haya aceptado. —Más bien, quiero que me responda una cosa. ¿Usted… lo ama? Y no me refiero a ese amor normal que cualquiera le puede tener a alguien que simplemente le cae bien, no, no… me refiero a esa forma que va en combo con estar enamorado hasta las puntas de los pies de esa persona.
Sí sé a qué va.
—¿Qué te hace pensar que no?
—¿Sí lo ama?
—Es imposible no hacerlo.
—Pero respóndame directamente, ¿sí o no?
Suelto una risa en una exhalación, ¿esto es normal en las tías? ¿Hacer tantas preguntas? —Sí, lo amo.
Ella se contiene de chillar de emoción porque se le nota en la cara, sonríe tanto que me pregunto si no le duelen las mejillas. —Oh, esto es increíble.
—Bill no puede enterarse de nada de esto todavía, ¿vale? Él tiene que seguir ajeno a todo hasta que yo pueda contárselo en persona.
—Seré como una tumba— dice, sellando sus labios pasándose el pulgar y el índice por la línea que los separa, cerrándolos como si fuera una cremallera. —Si usted de verdad quiere estar con Billie entonces le ayudo, pero eso sí, no crea que le voy a ayudar a que Bill lo perdone, ¿oyó? No voy a decirle a mi amigo: “Billie, perdona a Tom, ¿eh?” Eso no, no y no, es un “no” rotundo.
—No necesito ayuda para eso. Sé lo que quiere Bill y se lo daré…
—¿Se arrastrará por él así como él quiere?— pregunta con la emoción a duras penas contenida. —Sería la hostia y así compensarías a Bill por todo lo que le hiciste.
—Le daré lo que quiera— respondo con un asentimiento de cabeza, ella aplaude como loca varias veces.
—¿Qué pasará con la bruja…? Quiero decir, con Heidi…
—La dejaré en manos de Bill.
—Perfecto…— murmura flipada. —¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Somos aliados a partir de este segundo?
—Sí.
—Desde este segundo.
Me echo a reír, parece una cría pequeña. —Sí, ya, ahora… puedes irte con Gustav.
—¡Bien!— y se larga como si nada. Ojalá guarde el secreto de verdad o de nada habrá servido, joder. Es la única opción que me queda para tener a Bill vigiladito, solo eso quiero de ella. Cuando la veo desaparecer de mi vista, me acuerdo de que tengo que ir ya mismo a hablar con Bill. No puede seguir insinuándole ese tipo de cosas a Heidi, solo me jode los planes, por muy ciertas que sean las cosas que le soltó.
Así que me encamino rápido a la hacienda, sin parar a mirar nada por el camino, solo con la idea fija de hablar con él civilizadamente a menos que saque su rebeldía, de la que soy culpable así que no me puedo quejar. Pero me es imposible no preguntarme si fue buena idea enseñarle a Bill a no dejarse pisar por nadie. O sea, está bien porque por un lado se defiende de los que lo atacan, pero que se defienda de mí… mhmm.
Al llegar y subir a su habitación lo primero que hago es tocar la puerta, pero no me abre ni oigo nada. Luego me fijo en la puerta de enfrente, la del baño, la luz está encendida y se oye el ruidillo del agua cayendo. Por lo que deduzco que se está duchando.
Así que entro a su habitación sin más, Heidi debe estar en la nuestra así que no me rayo. La habitación de Bill está hecha un desastre ahora mismo, con la ropa sacada del armario y tirada por el suelo. Toda su ropa de marca, a la que cuida un montón y tira a la basura cuando se la pone más de dos veces, solo se permite usarla tres veces y luego la tira para comprar más. Es tan caprichoso a veces que prefiere tirarla a que la use otra gente, ni siquiera la dona a ninguna fundación. Él es egoísta cuando le da la gana y le suda todo.
Su cama está perfectamente hecha, con algo más de ropa encima. La ventana está cerrada, por lo que el calor se ha concentrado más aquí dentro. Seguramente se le olvidó abrirla, así que me acerco y corro las cortinas a un lado para abrir la ventana, una ráfaga de aire me da en toda la cara al instante.
Y justo en ese momento oigo la puerta abrirse y cerrarse, está tan en su mundo pensando en algo mientras tararea una canción que no se da cuenta de que estoy ahí. Podría quedarme admirando la vista que tengo de él y no desaprovecho la oportunidad. Lo miro de arriba abajo. Solo el albornoz cubre su cuerpo esbelto y desnudo, dejando las piernas a la vista, chorreando agua al igual que el pelo. Miro su cara, el perfil es perfecto de cojones. Su nariz es recta y solo un poquito, solo un poquito, respingona. Sus labios se mueven casi sin notarse mientras tararea la canción.
Es demasiado precioso desde cualquier ángulo que lo mires, sí, eso no lo discuto con nadie.
Aclaro la garganta al darme cuenta de que lo he estado mirando un rato largo y, encima, todavía no se ha coscado de que estoy aquí. —Bill— lo llamo y mi voz suena lo bastante dura y alta como para que pegue un bote mientras suelta un resoplido del puro susto, llevándose una mano al pecho.
—¡Qué puta mierda!— suelta conteniéndose y me aguanto la sonrisa. Él me clava los ojos por primera vez desde que entró y frunce el ceño. —¿Qué coño haces tú aquí?— pregunta con los ojos entrecerrados de mala hostia. —¿No sabes lo que es “privacidad”, Tom?
—¿Por qué le dijiste a Heidi que estuvimos juntos?— le suelto al momento. Él se recompone, quitando la cara de cabreo y poniéndose una en la que alza las cejas y sonríe con diversión, relajando las facciones, soltando un “ja” en una exhalación. —¿Vas a contestarme?
—No tengo por qué— me responde, claro que sí, con su rebeldía de siempre.
Cierro los ojos, esta vez no voy a hablarle fuerte. —¿Por qué hiciste eso?— pregunto y abro los ojos para mirarlo.
—Porque me salió de los cojones— contesta y asiente despacio con la cabeza mientras se muerde el labio inferior de forma superprovocativa sin dejar de mirarme ni de sonreír con esa picardía suya.
—Solo dime…
—¿Qué te ha contado ella?
—Que estaba tranquilita bajando las escaleras para salir de la hacienda cuando apareciste tú y empezaste a atacarla y, directo, sin cortarte un pelo, le dijiste que tú y yo follamos— él parece que no aguanta más y se parte de risa, cosa que me hace mirarlo frunciendo un poco el entrecejo. —¿De qué te ríes, Bill?
—Es que…— coge aire para calmarse. —Es que no sé qué es más gracioso, si que mintió para hacerme quedar mal a mí o que te la creíste.
—No he dicho que me la crea— le aclaro rápido y con calma. —Solo quiero que me digas por qué le soltaste lo que le soltaste, porque sé que no lo hiciste como ella cuenta, pero sí a tu manera, así que dime qué le dijiste— lo veo pasarse la lengua por el labio inferior mientras se acerca a mí a pasos lentos y asintiendo despacito con la cabeza. No dejo de mirarlo ni un segundo, es imposible apartar la vista.
—Le dije que había llegado a pensar que ella te tendría bien entretenido, pero que me bastó media hora para darme cuenta de que ni para eso vale— me suelta como si nada, y cuando está ya cerca de mí, pasa el dedo índice por mi pecho para luego poner toda la palma y acariciar mis pectorales. Joder, sé perfectamente qué está haciendo, sé lo que intenta. —Pero no fue porque yo quisiera, ¿eh? Si fuese por mí… me habría quedado calladito— alza la mirada para clavarla en mis ojos, y ¿para qué coño hizo eso?
—Ah, ¿no?— tengo que apartarme ya.
—No…— bate las pestañas poniendo esa miradita de inocente y haciendo un pucherito con los labios. —Ella empezó y sabes que yo no me dejo de nadie, tío Tommie, ni siquiera de tu mujer.
—No es mi mujer.
—Pero lo será…
—No me voy a casar, Bill.
—Tendrás que hacerlo— de un movimiento que no vi venir, sus manos suben por mi pecho hasta ir detrás de mi cuello y me abraza, pegando su pecho al mío mientras enrosca bien los brazos en mi nuca. —Vais a tener un crío, y es la tradición familiar por mucho que te joda. Ella no va a aceptar un “no”, querrá vengarse y yo no voy a ser el que pague los platos rotos de tus decisiones de mierda.
—Evitaré que eso pase…
Venga, Tom. Apártate ya, no caigas en el juego del pequeño Billie, sabes de sobra qué es lo que quiere. ¿Por qué no te alejas? ¡Venga!
Bill se ha puesto de puntillas para llegar bien a la altura de mi cara, su nariz roza la mía y siento su aliento calentito chocando contra mis labios. No deja de mirarme a los ojos y eso es lo que me descoloca, no puedo apartar la vista de su mirada preciosa, no puedo por mucho que lo intente.
—No prometas nada que no vayas a cumplir— susurra contra mis labios, su voz ronca es demasiado sexy. —Ahora sé que eres un mentiroso de cuidado, te mereces todo lo malo del mundo. Y yo no estoy en ese bando, ¿eh? Pobre de ti, Tommie.
—Sé lo que intentas hacer…
—¿Y si es así por qué no me apartas?— pregunta, acercando tanto la cara que sus labios rozan los míos unos segunditos, sus dedos se clavan en mi cuello, sus uñas se hunden deliciosamente en la piel mientras mueve la cabeza lo justo como para hacer que va a besarme pero sin llegar a hacerlo del todo. Solo hay roces de vez en cuando que me ponen malo de una forma. —¿Por qué dejas que haga esto, eh? ¿Por qué no me empujas ahora mismo y te largas de mi habitación?
—No puedo…
—¿Por qué?— a este punto ya estoy sudando, ¿ya no entra aire por la ventana o qué? Mi respiración se ha puesto pesada.
—No lo sé, coño…— digo entre dientes.
—Humm…— ronronea. —Yo sí lo sé— me dice sonriendo con chulería. Obviamente lo sabe. Es un cabroncete que hace y deshace conmigo a su puto antojo, maldita sea, nunca voy a saciar las ganas que le tengo a este pequeñajo. —¿Quieres tocarme otra vez, Tommie?— pregunta con un tonito superdulce, demasiado para ser real. —¿Puedo tocarte yo a ti? Quiero ver tu gran pene y lamerlo con la lengua.
Sé por qué lo dice, pero cuando saca la punta de la lengua para lamerse los dientes de arriba enseñando el piercing con tanta sensualidad, siendo tan sexy, que toda mi sangre se me baja a un solo sitio, todos los espasmos de placer que me recorren el cuerpo con solo verlo acaban en la punta de mi miembro. Haciendo que se me ponga dura en cuestión de minutos.
Mierda, no puedo más. —¿Sabes? Estoy desnudo ahora, podrías mirar un poquito…
No, no, no. No caigas en el juego de este crío.
Es un demonio disfrazado de ángel, la tentación en persona. Con unos ojos preciosos, labios carnosos y la voz melodiosa. Un ser celestial, un ángel de alas tan negras como su pelo sedoso adornado con rastas bicolor. Un ángel precioso del inframundo, cuya belleza no se puede explicar con palabras porque las palabras no dan para describir lo magnífico y etéreo que es incluso ahora.
No caigas en su encanto, es precioso, es una flor con un montón de espinas, tan inalcanzable porque puede joderte, pero también tan divino que dan ganas de tocarlo. Sin embargo, ni una mano le pongas encima o acabarás completamente hechizado por él.
No caigas en su mirada, con ella te atrapa y te hipnotiza, porque el color miel de sus ojos es muy difícil de ignorar y te puedes quedar embobado. Brillan sin necesitar luz, adornados con unas pestañas largas que al batirlas te dejan ido del todo. Sus ojos son su arma, en su mirada muchos se quedan presos.
No caigas en sus labios, el de arriba más finito que el de abajo, con una curvita que forma un corazón precioso, rojos naturales, que llaman la atención de cualquiera pero que no puedes besar. Porque tienen un veneno delicioso que es dulce, no te mata pero sí te vicia, te emborracha y te dará ganas de más y más, hasta querer hartarte de ese dulzor sin conseguirlo nunca. Porque no tiene fin, por mucho que chupes, sus labios seguirán sabiendo tan dulce, tan deseables, que no podrás dejarlos nunca y siempre tendrás ganas de besarlo más y más.
No caigas en él… su piel es tan maldita como el resto de él. Por muy apetecible que parezca, por muy suave y frágil que se vea, por muy bonita que esté. No pegues tus labios ahí, no sientas los latidos de su corazón acelerado, ni cómo se estremece por el placer que le causa tu boca, porque ya no habrá marcha atrás. Una vez que pruebas su piel, adicto te vuelves. Y para eso no hay cura.
No hay remedio cuando te vuelves adicto a Bill.
Él es la verdadera “diosa de la belleza”, Afrodita se revuelca en su miseria sabiendo que alguien más guapo que ella pisa la tierra captando la atención de cualquier tío que pose sus ojos en él.
No caigas en él porque su belleza de fuera no cambia su belleza de dentro, porque su corazón tierno y débil teme que le hagan daño y se escuda detrás de unas paredes inquebrantables que Bill ha levantado para él. Nadie ha conseguido ganarse su corazón, ¿acaso yo lo he hecho? ¿Alguien lo ha hecho? Si es así, ¿le he jodido el corazón y por eso me odia tanto?
Bill, ¿de verdad me odias?
No caigas en él porque cuando lo hagas nadie podrá salvarte porque no querrás que te salven. Porque querrás seguir consumiendo más y más de él. No caigas en su juego de encanto, porque querrás otra partida y ninguna la vas a ganar. No caigas en él porque sabe perfectamente lo que se hace y tú solo eres un pringado que cree que tiene el control sobre él, cuando en realidad es al revés. No caigas en él porque si le rompes el corazón otra vez, de verdad va a odiarte.
Aléjate, Tom… no caigas en su red.
—¿No quieres, Tommie?— ha hecho un pucherito con los labios, joder. —Yo puedo dejar que mires, que toques… que me beses…
Yo solo venía a hablar.
Coge mis brazos que estaban inertes a cada lado de mi cuerpo y hace que los ponga en sus nalgas, las aprieto sin poder contenerme, sintiendo la humedad en su albornoz. Él sonríe mordiéndose el labio inferior. Veo cómo se deshace del nudo y también cómo la tela se abre sin mucho esfuerzo, puedo ver un poco de su pecho, de su abdomen y su entrepierna. Pero yo no quiero ver solo un poco.
—¿Me deseas?— me pregunta con esa voz peligrosamente melosa.
—Sabes que sí…
—¿Mucho?
—¿“Mucho” se queda corto, Bibi?— de un empujoncito lo pego a mi cuerpo, quiero que sienta lo duro que me tiene sin apenas esfuerzo, solo con su voz. —Pero yo sé qué es lo que intentas hacer, sin embargo, no puedo apartarme por mucho que lo intente. Eso te flipa, ¿eh? Te ayuda con esos planes que tienes contra mí…
—Oh sí…— dice y se aparta nada más para dejar caer el albornoz al suelo, dejando todo su cuerpo al aire. Mierda.
Yo ya no puedo más. Y mucho menos cuando se da la vuelta y empieza a caminar, contoneando las caderas de forma sexy, hacia la cama. Sus nalgas se mueven con el movimiento. No puedo evitar relamerme los labios. Se sube a la cama gateando hasta el centro, y se balancea de delante hacia atrás, poniendo una cara de pura excitación. Es como una estrella porno. Contrae la cara como si le estuvieran dando embestidas, como si estuviera flipando con que le estén rompiendo el culo y luego sonríe.
—No vas a pararme una vez que vaya ahí, Bill— le digo. Él se ríe.
—¿Quién dice que no?
—Yo lo digo.
—Estarías abusando de mí si te pido que pares y no lo haces, tío Tommie. ¿Le harías ese daño a tu pequeño sobrino?
—No es como si no lo quisieras— le respondo. —Me estás provocando, ¿qué pasa cuando un conejito pequeño está a la vista de un león enorme que le saca cien veces el tamaño y para colmo, está hambriento?
—Es devorado.
—Exacto y eso haré si no paras ya este puto juego, Bill— le advierto. —Si sigues me veré obligado a amordazarte bien para que quedes solo a mi merced, y no contaría como “abuso” porque tú también lo querrás. Solo que te contienes para joderme a mí.
—Ponme a prueba…— dice con una voz casi ahogada, puedo ver cómo se mete dos dedos en la boca, chupándolos y luego los lleva a su culo. Mierda, se está tocando él mismo y pone unas caras que me excitan más. —Oh, Tommie…— gime. —Recuerdo cuando tuve tus dedos dentro de mí y empecé a botar, a montarlos. ¿Tú lo recuerdas? No había pasado mucho desde que cumplí los dieciséis…
Qué buena memoria tiene.
—Oh Dios, también recuerdo cuando me dabas clases de cómo besar. Fui un buen alumno, pero nunca recibí mi estrellita…
—¿Las que te hice ver no fueron suficientes?
—No— cierra los ojos y aprieta los labios, de su boquita solo salen gemiditos dulces. Me estoy volviendo loco con solo mirar y desde lejos. —Mhmm…— vuelve a gemir. —Quizás deje que me rompas ahora, con mucha más comodidad que en las caballerizas— dice entre resoplidos, con los dedos entrando y saliendo de él. —¿No lo quieres?
Doy un paso adelante, pero me paro. No debo… pero ya he probado tantas veces a Bill que las ganas pueden arrastrarme a él por mucho que lo evite. Sin darme cuenta me veo dando pasos rápidos hasta donde está, parándome delante de su culo, donde veo cómo sus dedos entran, desapareciendo dentro, abriendo su entrada, y salen. Una y otra vez. Haciéndole gemir. Siento cómo mi polla se pone cada vez más dura, tanto que ya me duele. Así que como un puto pervertido, me desabrocho los pantalones y sin bajarme los boxers me saco el miembro para empezar a pajearme. Como si estuviera viendo porno en directo.
Y Billie es la puta estrella del set. Donde mis ojos son las cámaras… tengo grabados en la cabeza cada uno de nuestros encuentros íntimos. Las tantas veces que he visto mi pene entrar y salir de su agujero. Recuerdo tan bien lo bueno que se siente, que el deseo de repetirlo me carcome.
—Ah, ah…— gimotea dulcemente. —Mmm, joder.
Se saca los dedos de golpe y se sienta en la cama delante de mí, mirando directo a mi polla que estoy acariciando con la mano. Mierda, no sé cómo coño caigo siempre en el juego de este niñato. Él coge mi miembro sin pedir permiso ni nada y con dos dedos lo aprisiona, los sube y los baja apretando cuando llega a la punta. Se relame los labios. Y coge todo mi pene con las dos manos, me pajea despacito, con un agarre fuerte. Se inclina hacia delante y saca la lengua, sale a relucir el piercing y me da una lamida en la punta que me hace contener el aliento por el frío del metal que me hace estremecer y querer más de su boca.
Pero sé que Bill parará justo cuando me vea muy necesitado y meterle la polla en la boca a la fuerza no es plan. No quiero que piense que podría hacerle daño de ese tipo. No quiero que me vea como alguien capaz de cualquier cosa por “sexo”.
Miro cómo pasa una y otra vez la punta de mi miembro por su lengua, de arriba abajo. La bolita del piercing hace presión en el glande tantas veces que creo que voy a correrme pronto, no deja de mirarme ni un segundo mientras lo hace. Chupa la punta como si fuera una piruleta, cerrando los ojos y gimiendo de gusto, flipando con el sabor. Eso solo me pone más cachondo, él lo sabe. Sabe que me flipa verlo actuar como una putita solo y exclusivamente para mí.
—¿Te gusta mucho, Tommie?— me pregunta cuando deja de lamer y de chupar a su jodido antojo mi miembro. —Dímelo…
No le contesto, él ya sabe la respuesta y una sonrisa malvada se le forma en los labios. Cojo un puñado de su pelo y tiro hacia arriba, mientras me inclino hacia abajo para besarlo. Me cuesta, no puedo pillar bien sus labios pero sí puedo saborear su lengua. —Eres un niño muy malo, ¿eh?— le digo.
—Oh, sí lo soy, Tommie— ronronea, y se pone en cuatro otra vez sin dejar de mirarme a los ojos, meneando el culo como un gato la cola cuando se estira. Solo que en él esa pose me parece súper sexy. —Mete tu pene en mi boca…
No, no lo haré… no puedo seguirle el rollo.
—Venga, Tommie, fóllame la boca…
—Bill…
—Hazlo…— me ordena, y es como si tuviera un poder sobre mí, que acabo metiéndosela profunda en la garganta de una sola embestida, apretando el agarre de su pelo, que está enredado en mis dedos.
Cierra los ojos al instante que se la meto tan hondo pero ni dice ni hace nada, y yo le follo la boca, sintiendo la humedad, sus labios apretando el tronco cuando la meto y la saco. Su lengua dando lamidas, el roce del piercing que me hace perder todo el raciocinio. Abre los ojos, veo las lágrimas acumuladas ahí, los gemidos amortiguados por las embestidas que doy contra su garganta. Respira con dificultad, si no paro podría morirse por falta de oxígeno si no le llega bien a los pulmones.
Saco la polla y un hilillo de saliva se escurre de la punta al suelo. Bill coge una bocanada de aire. —¿Por qué paraste, eh?
—¿Quieres morirte?
—Sería una forma la hostia de morir…
—Estás loco, cosita— digo, acariciándole suave la mejilla. Si las cosas no estuvieran tan tensas, ya lo habría hecho mío como tantas veces antes. Pero sé que no me va a dejar. Él dijo que quería llevarme al límite para luego dejarme a medias, no entiendo cómo sabiendo eso sigo aquí y no me he largado.
Porque dijiste que le darías lo que quisiera.
Ah sí, es verdad.
Él se incorpora del todo y consigue pillar mis labios con los suyos, dando un beso que no termina porque se aparta cuando intento profundizar. —Ya te puedes ir, Tom— me dice. Yo solo lo miro con cara divertida cuando se baja de la cama, caminando de forma sexy hacia donde tiró el albornoz para ponérselo sin dejar de darme la espalda. Yo aprovecho para subirme los pantalones y intentar calmar el calentón.
A Bill le han quedado las mejillas sonrosaditas por lo mismo, y pude ver que estaba tan duro como yo. Supongo que puede aguantarlo, o al menos lo intenta. Cuando se lo propone lo consigue, cualquier cosa que quiere.
—Viniste a echarme la bronca, ya lo hiciste, ahora lárgate…
—No vine a echarte la bronca, solo quería saber qué coño le habías dicho a Heidi…
—Heidi, Heidi, Heidi…— repite su nombre con un toque de asco en la voz. —Ella hará que algún día la tire por las escaleras, ya me está tocando los cojones. Así que evita que pierdas a tu crío y controla a esa vieja— se ha dado la vuelta para mirarme a la cara, está serio. —No quiero tener que decirle cosas feas que hagan que se corte las venas algún día, sabes bien cómo me defiendo. No necesito pegar. Te lo repito: “controla a esa vieja”.
—Vale…— respondo.
—Eso, ahora vete. No quiero tener que sacarte a empujones como dice el guion…
—¿De qué guion hablas?
—El que dice mi mente, idiota— me suelta. Odio cuando me llama así, joder. —Largo, ya, ya…— hace gestos con las manos echándome. Cosa que me hace poner los ojos en blanco antes de salir y largarme de su habitación, oyéndolo resoplar antes de cerrar la puerta del todo.
Me voy a la mía, donde al entrar me encuentro a Heidi sentada en la cama con un par de hojas en las manos que, ni hace falta verlas de cerca porque reconozco ese tipo de papel. Trabajo con ellos todo el rato. Y obviamente al acercarme veo qué tipo de dibujos está mirando y maldigo para mis adentros. Más cuando chasquea la lengua con asco y las deja en la cama tras arrugarlas. Y al oír que la puerta se cierra, gira la cabeza solo un poco para mirarme de reojo.
—Lo de los dibujos es real— susurra con voz contenida, no quiere gritar pero al contenerse podría también joder al bebé. —Y no solo fueron tres o cuatro, no, tienes un montón, Thomas— se pone de pie y me mira directo a los ojos. —Los conté, son treinta y cinco. Y eso que no abrí los otros álbumes. Quién sabe cuántos más habrá ahí, ¿no?
En realidad son noventa y tres. En total.
—Son solo dibujos.
—De tu sobrino, entre esos uno donde sale desnudo— los coge de la cama y me los enseña con histeria cada vez que pilla uno.
—Los necesitaba para un trabajo— es lo único que le suelto.
—Y sigues tomándome por gilipollas, ¿no?
—Heidi— resoplo, poniendo los ojos en blanco. —No empieces, no estoy de humor para aguantarte.
—Es el colmo, Tom. ¿Qué clase de obsesión tienes por ese crío caprichoso? ¡Es un inmaduro! Y ya te conté lo que me soltó hace un rato en las escaleras— dice con la voz cargada de cabreo. —Yo te voy a dar un hijo, nos vamos a casar y estaremos de puta madre porque nos largaremos y te olvidarás de ese imbécil.
—¿Por qué lo insultas siempre?
—¡Porque me sale de los cojones!— arruga las hojas y las tira al suelo con rabia. —Quiero que los quemes— dice señalándolos mientras me mira con el ceño fruncido a tope. —¿Has pillado, Thomas?
Meto las manos en los bolsillos del pantalón. —No voy a hacer eso— le aclaro de una puta vez.
—¡Ah, ¿sí?! Pues entonces lo haré yo— empieza a pisotear los dibujos, haciéndoles agujeros con los tacones. Yo me quedo tranquilito, solo mirándola mientras monta su jodido berrinche. —¡Eres un puto enfermo y no me cansaré de decirlo! ¡Maldito sea ese cabrón! ¡¿Cómo coño vino a meterse entre tus ojos, es un malnacido?!
—Ya, Heidi…
—¡No, no, no!— dice, pateando las hojas que ha hecho papilla. —¡Voy a hacerlo desaparecer, te lo juro! ¡Haré que él mismo se largue con el rabo entre las piernas como hizo en Los Ángeles!
—Tú no vas a hacer nada, ¿vale?— ella se para en seco y me mira acercándose con pinta de querer intimidarme o yo qué sé qué coño pretende. —Te vas a quedar en esta habitación, tranquilita, Heidi.
—¿Quién te crees que eres para decirme qué hacer?— me pregunta, retándome con el tono de voz. Así que cojo sus mejillas con una mano, obligándola a mirarme a los ojos mientras aprieto el agarre. Ella gimotea pero no la suelto.
—Lo mejor para ti es que te quedes tranquilita, ¿estamos? No quiero llegar a ciertos límites donde acabes jodida, Heidi— le advierto de una buena vez. —Me tienes hasta los cojones, joder, bájate de la nube en la que estás. ¿Crees que voy a hacer lo que me digas? Todas tus opiniones me importan una mierda, no te metas en mis cosas y tampoco hables de mi sobrino de esa forma tan asquerosa, ¿has entendido? No quiero que esto se repita o te va a ir mal.
La suelto y la empujo, haciendo que tropiece y casi se vaya de morros al suelo. Pero no le hago ni caso y simplemente salgo de la habitación, se lo ha buscado.
Yo tengo cosas que hacer, como por ejemplo, ir a esa hacienda de los Von Stein.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉