Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 22

By Bill

Ha pasado una semana, una semana cojonuda para mí porque todo lo que tenía planeado me ha salido de puta madre, y cuando digo «lo planeado» me refiero, claro, a mis planes contra mi tío Tom. Lo que me hace mucha gracia del tema es que, aunque él sabe perfectamente lo que quiero conseguir, sigue cayendo en mi trampa como un tonto, y eso solo me confirma que lo que deduje hace unos días sobre su adicción a mí es más real que mi propia existencia.

Tom Kaulitz cae en mis brazos sin que yo tenga que esforzarme ni un pelo, y eso es lo más divertido de querer darle una lección. Que él, sabiendo de sobra que lo voy a dejar a medias con su calentón, siga lanzándose a por mí como un completo desesperado.

Para mí es simplemente satisfactorio, ¿qué más da que le haya contado mis planes? Que sepa cuáles son mis pasos es justo lo que quería, porque no tendría ninguna gracia si no se enterara de nada. Como ya dije, lo que le da morbo al asunto es que está totalmente consciente de lo que pretendo y, aun así, le da igual y sigue cayendo y cayendo una vez tras otra. Como ha hecho durante toda esta semana, he aprendido a controlar mi propio calentón y a no mezclar mis ganas con mi pequeña venganza. Me ha ido de lujo y son cosas para celebrarlas a mi manera…

Por eso ahora mismo estoy zampándome uno de los montones de postrecitos que ha hecho mi abuela. Ella no sabe que estoy en la cocina, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la parte baja de la encimera enorme y las rodillas pegadas al pecho mientras me como uno de los postres con deleite. Es de maracuyá, está de muerte, probé uno solo porque me apeteció y acabé comiéndome dos más. Solo queda uno en la nevera, que creo que también me lo voy a zampar.

Me preocupa porque puedo ponerme como una bola, aunque soy de complexión delgada, me da miedo comer y comer y acabar con una panza cervecera tremenda, como la de mi tío David. Pero ahora mismo me importa un pito, solo quiero comer y comer más de estos postres.

—Mmm…— gimo, poniendo los ojos en blanco de lo rico que está. Tengo la boca llena de los bocados que me he metido como si estuviera muerto de hambre, qué vergüenza. —Necesito más…— trago con dificultad lo que ya he masticado y me chupo los labios mientras me pongo de pie. Dejo el vaso grande de plástico que antes estaba llenito del postre cremoso de maracuyá y ahora está vacío sobre la encimera junto al resto de los vasos.

Me acerco a la nevera, la abro y saco el último que queda. Antes de volver a sentarme en el mismo sitio echo un vistazo a la puerta para asegurarme de que no viene nadie, al ver que no es así me vuelvo a sentar y meto rápido la cuchara para coger una buena cantidad del postre y llevármela a la boca.

Da igual las veces que lo haya probado ya, joder, sigue flipándome el sabor. Es que está tan bueno…

Si mi abuela pregunta, le echaré la culpa a la gorda de Chantelle. Con los michelines que tiene de tanto comer, me creerá sin dudar. No sospechará de su nieto favorito, o sea, yo.

—Bill Kaulitz…

Me quedo paralizado. ¿Qué coño? ¿Acabo de oír la voz de mi abuela diciendo mi nombre con ese tonito serio como si me hubiera pillado en plena trastada? Ya estoy flipando y alucinando cosas sin sentido, joder.

—Bill…— no, no puedo estar alucinando. —Sal de ahí ya, pequeño granuja.

Ay, no.

Asomo la cabeza solo un poquito para verla en el marco de la puerta, con las manos en la cintura y una expresión seria que al mismo tiempo deja ver que se está divirtiendo. —Hola, abuela…— la saludo, sonriendo aunque en los labios seguro que tengo restos de la crema del postre. Ella alza una ceja. —¿Qué haces tú por aquí, eh?

—¿Qué haces tú por aquí?— repite ella mi pregunta mientras se acerca. —¿Y por qué los vasos de los postres están vacíos?— pregunta mirando los vasos sobre la encimera, no hace falta que yo conteste. Le sonrío con cara de angelito mientras me llevo otro poquito del postre que tengo en la mano a la boca, ella ladea un poco la cabeza y me mira con la expresión más suavita. Se me olvidó decir que ya me ha pillado unas tres veces esta semana aquí en la cocina dándole a todo lo que pillo.

Ayer me vio zampándome lo que quedaba de la tarta de calabaza que comimos ayer todos. Últimamente me han dado muchos antojos de cosas dulces, creo que es normal, teniendo en cuenta que normalmente no como apenas dulces y mi abuela hace las tartas, postres, galletas y todo demasiado ricos.

—Billie…— dice mi nombre suspirando. —¿Otra vez?

—Lo siento…— gimo, sorbiendo por la nariz antes de ponerme de pie con un poco de dificultad. —Es que no he podido contenerme.

—Que te hayas comido el postre no pasa nada, Billie— dice. —¿Pero todos…?— señala los vasos vacíos. —Eso ya no es normal en ti, ¿eh? Me estás preocupando, ¿sabes?— se acerca y me acaricia el pelo con suavidad y una sonrisilla en los labios. —Mira que si sigues así te saldrá barriguita y eso no te va a gustar nada.

Trago saliva con un poco de miedo. —No me digas eso, abuela, que no puedo controlarme, ¿eh?— le digo. —Lo intento y lo intento y no puedo, simplemente me apetece algo dulce y…— me meto otra cucharadita. —No puedo parar…— vuelvo a gimotear, sintiendo ganas de llorar. —Me pondré gordo y feo, ¿a que sí?— sollozo. —Y con granos…— chillo ahora, pero sin dejar de meterme cucharaditas del postre en la boca. Mi abuela me mira un poco enternecida y divertida con el espectáculo. —¡Seré Bill el feo, buaaa!

Solo de imaginarme así, con granos en mi cara tan bonita, me pongo fatal, muy mal, me echo a llorar de verdad. Como si me estuvieran torturando, tanto que uno de mis primos que pasaba por ahí entra en la cocina preocupado. Y ese primo es… ay, Eloy.

—¿Ahora qué le pasa?— pregunta él con el ceño un poco fruncido.

También se me olvidó mencionar que lloro por nada y de repente. Pero lloro con ganas, ¿eh? Para mí todo es súper triste, no sé qué me pasa pero mis pestañas están más largas y más guapas. No sé por qué lloro pero me viene de perlas.

Mi abuela mira a Eloy y suspira. —Vamos a sacarlo fuera…— le susurra. Eloy resopla y se acerca para sujetarme mientras yo sigo sollozando y diciendo cosas sin parar mientras me saca de la cocina con el vaso del postre todavía en la mano, sin dejar de comerlo. Mi abuela ha recogido los vasos vacíos antes de volver con nosotros. —Tranquilo, Billie…

—Me saldrán estrías…— sollozo otra vez, con hipos de vez en cuando. —¡Seré más feo que Chantelle y lo perderé todo, todo, toooodo!— chillo con la voz estrangulada. —¡Ay, qué desgraciado seré! ¡Un pobre alma en pena! ¡Buaaa! ¡Ni siquiera «bella alma», seré feo! ¡Iiiih!

—¿Por qué lloras, loco?— me pregunta Adrianne cuando se levanta del sofá en el que está sentada mirando el móvil. Ella había estado fatal porque Andreas la dejó, no sé si ya han vuelto o no.

—¡Estoy gordo, Adrianne!— exclamo y me lanzo a sus brazos. —¡Se me caerá el pelo y seré como esos gordos que conducen autobuses, nooooo!

Ella parpadea flipada pero igual me pasa la mano por el pelo. —Vale, vale, Billie… no estás gordo, ¿vale? Estás perfecto…

—¡Nooooo!— las lágrimas me caen una detrás de otra, estoy fatal emocionalmente y a nadie le importa porque no me ayudan. —Tú dices eso porque sigues estando buena— me aparto de ella y sorbo por la nariz antes de subirme la sudadera ancha azul celeste que llevo puesta. —¡Mira esto!— grito horrorizado. —¡Ya tengo algo abultado en mi abdomen tan bonito!

—No tienes nada— me dice ella, pero yo no me lo creo aunque sea verdad. Mi abdomen sigue plano y perfecto, pero no, yo quiero tener razón.

—¡Estoy feo!

—Ay…— suspira. —Ven, vamos afuera. ¿Te acuerdas de que quedamos en ir con Gustav a ver esos sitios que buscamos ayer para tu fiesta de cumple? Pues ya he pedido cita con la dueña del primero de la lista, no me acuerdo del nombre…— se rasca la barbilla mientras yo sigo llorando. —Ya casi es la hora y hay cuarenta y cinco minutos de camino, venga.

—¡No quiero ir, Adrianne!— chillo mientras me siento en el sofá más cercano.

Ella se me queda mirando con la boca entreabierta y los ojos entrecerrados. —¡Ah, no! ¡Vamos a ir ahora mismo y punto!

—¡No quiero!— recojo las piernas contra el pecho. —¡Déjame, Adrianne!

—¡No voy a anular la cita! Queda poco para tu cumple, ¡se suponía que íbamos hoy a hacer eso!

—¡No! ¡Abuela, dile que no quiero!— chillo otra vez.

—¿No podéis dejarlo para más tarde?— pregunta mi abuelita con suavidad mirando a Adrianne. Mi amiga niega con la cabeza.

—Teníamos la cita para anteayer y la tuvimos que aplazar para hoy por lo mismo— me señala. —La señora que es la dueña del lugar me dijo que tenía que ser hoy sí o sí, porque hay una familia que quiere reservarlo para hacer una celebración, una reunión familiar con uno de los miembros que estaba en el ejército y ha vuelto de permiso. Si no vamos hoy, se nos adelantan y Bill se queda sin sitio para la fiesta. Es el único que está guapo y cerca de aquí.

—Ay, Dios mío…— murmura mi abuela. —Cariño, ¿por qué no quieres ir?

—Porque no, estoy feo…

Eloy chasquea la lengua. —Pareces enfermo más bien, ¿por qué no vas al médico a que te mire?— pregunta. —Has estado vomitando también, yo creo que es un catarro.

Sorbo por la nariz otra vez. —Cállate, Eloy…— digo en medio del llanto. —Tú no entiendes mi frustración, ¿sabes? Claro, como tú siempre has sido gordo pues también me deseas lo peor y que me pase lo mismo que a ti, ¿a que sí?

—Encima de que quiero ayudar viene y me insulta— se queja, pero mi abuela solo sonríe. Se acerca a mí para sentarse a mi lado y luego me coge la cara con las manos, me limpia las lágrimas mientras me mira a los ojos. Se queda mirándome unos segunditos y luego simplemente frunce el ceño como confundida. No deja de mirarme a los ojos, mis labios se me ponen hacia abajo de las ganas que tengo de echarme a chillar otra vez.

—Mmm… a lo mejor sí que te va a dar un catarro— termina murmurando. —¿No te duele la garganta?

—No…

Solo me dolía la garganta cuando Tom me metía su polla en la boca, o sea, no es por nada pero lo digo en serio.

—¿La nariz taponada?— niego con la cabeza otra vez. —¿Fiebre? ¿Debilidad en el cuerpo?

—Mareos…— murmuro entre hipos.

—Hay que llevarte a que te mire un médico— dice ella con voz firme mientras me suelta la cara despacio. —Si son síntomas de algo te recetarán lo que sea. O si no quieres ir a una clínica podemos llamar al doctor para que venga aquí. El mismo que me hace los chequeos a mí puede venir a verte, Billie…

—Estoy bien…

—No, no lo estás— suelta Adrianne cruzándose de brazos.

—¿Dónde está mi madre?— pregunto.

—Ya casi llega— dice mi abuela.

—Pero, ¿dónde está?

—Fue al aeropuerto esta mañana, ya casi está aquí…

—¿Fue a llevar a Heidi para que se largue?— pregunto con un montón de esperanza.

Mi abuela me mira entre confundida y con cara de burla y niega con la cabeza. —No, cariño. Heidi ha salido con Tom a hacerse sus revisiones por el embarazo.

Tom debería estar aquí conmigo y no con esa vieja. Me entran unas ganas enormes de echarle la bronca pero no, ¡yo soy una bitch! No le hago reproches a nadie, porque me da igual lo que haga. O bueno, sí me importa, pero a él yo no le importo una mierda así que, ¿por qué me tiene que importar él a mí? Por eso me da igual aunque en el fondo sí me importa pero nadie tiene que enterarse, solo yo.

—Ouh… ¿entonces qué hace en el aeropuerto?— vuelvo a preguntar.

—Fue a recoger a tu padre que llegaba hoy, ¿no lo sabías?— ay, que viene mi padre. Niego con la cabeza ante la pregunta de mi abuela, obviamente no sabía nada del regreso de mi padre. Mi madre no me había dicho ni mu, a lo mejor era sorpresa o yo qué sé.

El caso es que me pasé lo que quedaba de tarde así, Tom llegó con la bruja de su mujer que me sonrió al verme y apretó más fuerte el brazo de Tom. Cosa que me pareció ridícula aunque yo seguía llorando, Tom le preguntó a mi abuela qué me pasaba, por qué estaba llorando, así que le solté un: «¡¿A ti qué coño te importa, eh?!» y mi abuela solo suspiró y le contó que ni ella lo sabía pero que a lo mejor eran síntomas de gripita. Pero yo no creo que sea eso, ya he pillado gripa antes y nunca me ha dado así.

Iba a quedarse conmigo pero Heidi fingió «necesitar ayuda para subir las escaleras» y él no tuvo más remedio que subir con ella aunque se le notaba lo cabreado que se puso.

Yo me quedé en el sofá, hundido entre los brazos de mi abuela sollozando todavía hasta que de repente dejé de hacerlo y me entró hambre otra vez. Le pedí a mi abuela algo de comer y ella, riéndose, dijo que iría a por algo, que yo subiera a mi habitación y me metiera en la cama. Que a lo mejor tenía fiebre interna y eso me ayudaría un poco, Adrianne me acompañó y se quedó conmigo hasta que llegó mi abuela con una bandeja y… joder, brownies. ¿De dónde habían salido? Si los hubiera visto antes ya no estarían, me los habría zampado.

Mierda, suena fatal, parezco un muerto de hambre…

Al final mi abuela me explicó que fue Tom quien me los compró en uno de los puestecitos de la plaza. Que cogió el coche y volvió en menos de quince minutos. Tom me los trajo, me hizo ilusión pero luego ya no tanta. Sigo cabreado con él a pesar de todo.

Son las siete, la cena ya debe estar lista. Mi madre no ha llegado todavía con mi padre, ahora mismo me encuentro mejor que hace un rato y tengo que pasar a la fase dos de mi venganza contra Tom. Y esa es… subir el nivel del castigo, ¿cómo? Pues… poniéndome más sexy y metiéndome en su «espacio personal» cosa que no tiene cuando se trata de mí pero fingiré que sí, solo que no a solas, será con todo el mundo mirando. Y no penséis que voy a meterle mano en los pantalones así sin más, ¿eh? Tengo mis métodos.

Me di una ducha porque me había pasado todo el día en la cama, Adrianne al final se fue con Gustav a «Devilish», que es el sitio que íbamos a ver ella y yo para mi cumple pero al final solo fue ella, me hizo el favor porque yo estaba indispuesto. Todavía no han vuelto. Espero que haya llegado a tiempo y haya podido reservar el lugar para mi cumpleaños. Porque justo el uno de septiembre se iba a reunir ahí esa familia con el tío del ejército. Yo quiero ese sitio para mi cumple porque… joder, es precioso e inmenso.

Para bajar a cenar me puse un pijama de seda negro que es… precioso y me queda de muerte con mi cuerpo. Es un pantaloncito corto suelto que se me ajusta al culo genial, y una camisita de tirantes a juego. Me calcé unas zapatillas de casa y me recogí el pelo en una coleta baja con las rastas, estoy monísimo. Ahora no necesito maquillaje, me veo mucho mejor sin él, más sexy… no sé, me veo mejor. Ya me veía bien, pero ahora me veo más que bien.

Salí de mi habitación y bajé al comedor, donde me encontré a todos ya sentados en sus sitios. Por suerte, vi que la silla al lado de Tom, donde siempre se sienta la bruja, estaba vacía. Así que como si nada me acerco y me siento ahí, Tom estaba tan metido en el móvil que ni se dio cuenta de que llegué. Gilipollas. Como si mi olor lo tuviera la vieja de su mujer. Ella huele a abuelita, yo huelo a juventud y vainilla.

Grr…

—Billie, cielo, ¿cómo te encuentras?— me pregunta mi abuela con una sonrisa preciosa que copio al oírla. Ella sí que se preocupa por mí. —¿Ya se te ha pasado el malestar?

—Sí, abuela… estoy mejor ahora— le contesto.

Y Tom, al oír mi voz, frunce el ceño y levanta la mirada encontrándose con mi perfil tan bonito. No le devuelvo la mirada, ¿para qué? Ya se ha enterado de que estoy aquí, eso es lo que importa. Se quedó mirándome de reojo cada dos por tres, hasta que llegó la bruja y, al ver que estoy en su sitio, intentó no montar el numerito y sonrió de forma falsa.

—Ehm, Bill…— me llama, pero yo hago como que no la oigo. Perdido en mis pensamientos, muejejeje. —Bill…— me toca el hombro y reacciono.

—¿Eh?— giro un poco la cabeza para mirarla.

¡Iiihh! Se le nota cabreada pero conteniéndose. —Es que… ese es mi sitio— me dice. Y yo hago como si no lo supiera.

—Oh, ¿de verdad?— hago un puchero con los labios. —No lo sabía. Ahora tendré que levantarme, supongo… aunque…— me llevo una mano a la frente, dándole toquecitos suaves con la yema de los dedos. —Me he sentido fatal todo el día, no quiero marearme otra vez— finjo de maravilla. Mi abuela sale en mi defensa.

—Puedes sentarte aquí hoy, Heidi— dice mi abuela señalando la silla a su izquierda, porque a la derecha está mi abuelo Gordon comiendo. —Es que Bill se ha sentido mal últimamente y no quiero que se desmaye con tantos mareos y se dé un golpe malo. Además está débil— Heidi escucha atenta, aunque de reojo mira a Tom que solo se encoge de hombros y le dedica una mirada… difícil de descifrar. Ella no dice ni mu al verlo, al contrario, se ve obligada a sonreír y se sienta donde le dice mi abuela. Yo bajo la cabeza para sonreír triunfante.

—¿Te has sentido muy mal, Bill?— pregunta Tom a mi lado, cosa que me hace mirarlo a los ojos.

Hago otro pucherito con los labios y asiento despacio. —Sí, tío…— le digo. —Y ahora mismo siento que me va a estallar la cabeza, hasta me duelen los oídos— me chupo los labios, él me mira con una sonrisa casi imperceptible. Puedo notar la mirada de Heidi sobre nosotros. —Creo que sí me va a dar fiebre, ya me siento un poco acalorado…— digo, abanicándome la cara un poco. —¿O es que hace calor?

—La noche está fresquita, Billie— me dice mi abuela. —Si notas calor será por la fiebre seguro. Come y sube a tu habitación, ¿vale? No vaya a ser que empeores…

—Vale, abuela…— aparto la mirada de Tom, porque no la había quitado, para mirar el plato que una de las chicas del servicio estaba dejando justo entonces delante de mí. Pongo cara de asco cuando veo que son huevos revueltos con trocitos muy pequeños de tomate, bacon, pan tostado y un vaso de zumo natural de limón. En otra ocasión me habría flipado, pero ahora las náuseas empezaron solo con el olor y no tuve más remedio que taparme la boca con la mano, levantarme y salir corriendo al baño.

—¡Bill!— oigo gritar a mi abuela.

Pero no paro, subo las escaleras lo más rápido que puedo aunque estoy débil y, al llegar al baño, abro la puerta, me tiro al suelo delante del váter y levanto la tapa para echarlo todo. Joder, el sabor de la bilis es asqueroso, vomito sin parar todo lo que me comí durante el día. Todo sale de mí sin piedad, sin dejarme ni respirar bien. Las arcadas me doblan para sacarlo todo, mierda, odio vomitar. Siempre lo he odiado.

No me doy cuenta de que alguien ha entrado al baño, solo cuando esa persona me ayuda recogiendo mi pelo en un moñito.

—Tranquilo, Bibi…— ay, es Tom.

Continúa…

Feliz año mis bebesitas preciosas 😭💖, ya sé que es muy tarde para eso, pero quería agradecerles por el apoyo que me han dado desde el momento uno que empecé a escribir. Por ustedes he mejorado con mi ortografía, porque antes no escribía tan bien como ahora.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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