Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 38

—He oído hablar mucho de vosotros.

Estamos todos sentados en la mesa donde se encontraba Salazar esperando a Rodrigo. Nos hemos presentado como es debido y ahora mismo estamos teniendo una conversación trivial mientras nos tomamos un par de tragos de whisky. Salazar está sentado con dos chicas a cada lado; son guapas y de piel canela. Travis está sentado junto a una de ellas, mientras que Rodrigo y yo tenemos a Catalina entre los dos.

La fiesta sigue en su punto álgido; todavía nadie está lo suficientemente borracho como para tomarlo como una señal y retirarme junto a Travis. —El Clan Geist ha estado dando que hablar en Europa— comenta Salazar mientras coge una rodaja de limón de un platito que tiene delante, le echa un poco de sal y se la come.

El español fue un idioma que me costó aprender, pero ahora me resulta fácil hablarlo. Igual que el portugués. Sé varios idiomas más. —Intentamos mantenernos relevantes— le respondo con total calma en la voz.

—Llegué a ver en las noticias algo sobre el Clan Geist— comenta Catalina de repente —Fue una ceremonia en honor a las muertes de varios agentes de la DEA; el agente Benjamín Keller, en especial, declaró la guerra públicamente a los responsables de esa explosión que acabó con la vida de varios de sus compañeros, ¿no?

Me mira directamente cuando termina de hablar.

—Así es— afirmo con un leve asentimiento de cabeza —La DEA ha ido detrás de nosotros desde entonces.

—Tenéis que andar con cuidado— dice Salazar —Porque ya han desmantelado a varios capos de distintos países. El último fue hace poco, en Texas. Esos hijos de puta no paran de joder, ¿eh?— se ríe con aspereza —En México tengo a los federales de mi lado, y eso es lo que ayuda a que una organización crezca sin problemas. Rodrigo me comentó que quieres empezar tu propia organización; acuérdate de tener a la policía y a todos esos corruptos de tu parte.

—Lo tendré en cuenta— le contesto.

—Entonces— Rodrigo se inclina hacia delante —hablemos de negocios y dejemos el tema de la DEA de momento.

Y así lo hacemos. Junto a Travis consigo que mi mentira sobre mi independencia, salir del clan de mi padre y formar el mío propio, resulte más creíble. Tanto Rodrigo como Salazar aceptan unirse para ayudarme, llegando al acuerdo de hacer una alianza y firmar mañana un contrato para formalizarla. Aunque yo sé que ese trato nunca llegará a hacerse oficial, porque para mañana Rodrigo estará siendo extraditado a Estados Unidos por mi Bill.

Me da algo de pena por él, porque en realidad ha sido un buen socio, pero su organización hará más fuerte la mía, y eso es lo que importa.

Mi padre aceptó mi plan. Sabe que, si esto sale adelante, el Clan Geist subirá aún más de nivel. Travis lo llama ambición, y sí, lo es, pero tampoco puedo evitarlo. La necesidad de poder es enorme, y eso es lo que acaba sepultando a muchos narcotraficantes, pero conmigo será distinto. Yo no voy a cegarme por el dinero ni por el poder. Lo único que quiero ahora mismo es acabar con Brian y punto. Poder estar con mi moreno en paz, tranquilos, sabiendo que vengué todo el daño que le hicieron a él y la muerte de nuestros hijos.

—Brindemos— dice Rodrigo, levantando su vaso lleno de whisky —Por nuevas alianzas y nuevas oportunidades.

Chocamos los vasos, haciendo que el líquido se derrame un poco por el golpe, y bebemos a fondo. Catalina incluso se une al brindis.

—Ahora— dice Rodrigo poniéndose de pie —suficiente de negocios. Esto es una celebración, así que id, bailad, disfrutad de las bailarinas, emborrachaos. Tenemos toda la noche para ser criminales serios. Por ahora, seamos solo hombres disfrutando de la vida.

Me relamo los labios al terminarme la bebida de un solo trago. Salazar está medio borracho; Rodrigo, en cambio, se ve algo aturdido. Miro a mi alrededor: la gente casi se tambalea, borracha, bailando, disfrutando.

—Yo prefiero quedarme aquí— dice mi hermano.

—¿¡Qué!? ¡Ve a disfrutar, Viktor!

—Tengo esposa. No quiero hacer ninguna locura bajo los efectos del alcohol.

Eso es solo una excusa. Travis, aunque esté borracho, jamás le sería infiel a Melannie; la ama demasiado.

Salazar y Rodrigo se echan a reír.

—¿Y eso qué, chaval? Tu mujer está en Alemania y tú estás aquí— dice Salazar —Nosotros trabajamos para darles los lujos que piden; ellas, a cambio, se quedan en casita cuidando de los niños como debe ser, y como recompensa nosotros disfrutamos. Así que no te amargues tú solo el momento. Hay muchas chicas guapas por ahí.

Travis niega con la cabeza. —No, yo…

—Venga, Viktor— insiste esta vez Rodrigo —No te me vas a quedar aquí sentado. Al menos ve y tómate un par de copas.

—Bueno, yo voy al baño— comento mientras me pongo de pie. Le doy un suave golpe en el hombro a mi hermano —Haz caso a Rodrigo y a Salazar, hermanito. Ve y disfruta…

Me alejo de la mesa, caminando mientras me quito el lazo del cuello y lo tiro en algún punto del césped. Le pregunto a uno de los camareros dónde está el baño y, cuando me da las indicaciones, voy hacia allí. El baño es público, casi como los de un bar: es grande y tiene varios cubículos, porque Rodrigo piensa en todo. Así los invitados no tienen que entrar a los baños de la mansión. Es una idea brillante, tengo que admitirlo.

Me miro en el gran espejo de la pared mientras abro el grifo de uno de los cuatro lavabos que hay para lavarme las manos. Ni siquiera sé por qué lo hago, no las tengo sucias, pero es una forma fácil de salir de aquella mesa sin que Rodrigo tenga que llamar a una de las bailarinas para que me «anime». Él sabe, o bueno, sigue pensando, que no tengo pareja. Pero yo tengo a Bill de nuevo y no voy a volver a andar de una a otra. Si me hubiera quedado, no habría encontrado la forma de huir; ahora mismo Travis debe tener «obligatoriamente» a una o dos mujeres sentadas en las piernas por órdenes de Rodrigo.

Lo malo de él es que, estando en su territorio, hay que hacer lo que diga, y nosotros no podemos empezar una guerra por algo tan tonto como eso. Ya si Travis quiere engañar a Melannie, allá él; total, ni se enteraría.

No lo digo a malas, simplemente así son las cosas. Los narcotraficantes tienen esa rutina de tener varias esposas y, al mismo tiempo, estar con muchas mujeres a su antojo. Porque, como dijo Salazar, nosotros les damos los lujos que piden y ellas solo tienen la obligación de quedarse en casa. No tienen permitido meterse en nuestros asuntos. Así era mi padre. Él tuvo varias esposas antes, mucho antes de conocer a mi madre, pero la diferencia es que sí dejó esas andanzas cuando la conoció. Se divorció de sus otras esposas y se quedó con ella. ¿Que si tengo hermanos? No.

Con la única mujer con la que mi padre tuvo hijos fue con mi madre, nada más.

Supongo que eso de ser fiel hoy en día ya ha pasado de moda. Pero mi madre nos educó bien a mi hermano y a mí para no andar en esas. Travis era tan mujeriego como yo antes de conocer a Melannie. Por ella dejó esa vida. Yo también la dejé cuando tuve la oportunidad de tener algo con mi moreno. Cuando “murió”, solo estaba con mujeres para pasar el rato, nada más. Ahora todo vuelve a ser diferente.

Me seco las manos sacudiéndolas un poco y saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón para mirar la hora: son las diez de la noche. De verdad no sé cómo he pasado tantas horas hablando de “negocios” con Rodrigo y su nuevo socio.

—Hmm…— guardo el móvil de nuevo en el bolsillo. En teoría, Travis y yo ya deberíamos irnos sin que Rodrigo y Salazar se den cuenta. Veo un dispensador de papel cerca y me acerco solo para coger un poco y secarme bien las manos. En ese momento, escucho cómo se abre la puerta. No le presto atención al principio, hasta que tiro el papel húmedo en la papelera y levanto la mirada.

Me sorprendo un poco al ver a Catalina allí, de pie, con los brazos cruzados y una expresión de timidez y algo de miedo en el rostro.

Frunzo ligeramente el ceño. —¿Qué haces aquí, eh?— le pregunto.

—Necesito que me ayudes— susurra.

—¿Que te ayude en qué?

—A librarme de Rodrigo— me dice. Yo suelto un suspiro, mirando a cualquier parte del baño que no sea a ella —Por favor, ayúdame. Ya no lo aguanto más, yo no busqué estar aquí.

Da pasos rápidos hasta quedar cerca de mí.

—Llegué a este país con una amiga, se llamaba Kristaly. Éramos turistas, estábamos aquí de vacaciones, pero los hombres de Rodrigo nos secuestraron junto a otras chicas cuando estábamos en un bar. Nos llevó a un sitio donde nos tuvo esposadas…

Sus ojos se llenan de lágrimas con cada palabra que dice y, aun así, yo me mantengo sereno.

—De todas las chicas que secuestró, yo soy la única que sigue viva. A todas las demás las mató porque no cumplían con sus expectativas o hacían cosas que él no quería— su voz tiembla, igual que sus manos —No quiero seguir en esto, por favor, te suplico que me ayudes a escapar de aquí.

—Nena, lo siento, pero no puedo hacer…

—¡Por favor!— chilla en voz baja, con impaciencia, interrumpiéndome —No puedo pedírselo a cualquiera, todos aquí respetan a Rodrigo. Pero tú eres diferente, lo veo en tus ojos, lo vi en tu hermano. No sois como ellos. Por favor, ayúdame, ¿sí? Haré lo que sea, te lo prometo, lo que sea, pero ayúdame a huir.

Cojo aire y lo pienso durante unos segundos. —¿Por qué quieres escapar? ¿Acaso no te gusta estar con él? ¿Tener la vida que tienes? No te faltaría de nada, ¿sabes? Lo tendrías todo si se lo pidieras.

—Es un monstruo— dice entre sollozos, con el labio inferior temblándole —Me obliga a hacer cosas que no quiero. Cuando se enfada, descarga su ira conmigo, ¿entiendes?— se humedece el labio inferior y respira hondo para controlarse. —Yo no quiero lujos, no quiero nada. Solo quiero ser libre. ¿De qué me sirve vestir ropa de marca y llevar estas joyas si voy a vivir un infierno al lado de ese hombre?— dice —Por favor… ayúdame.

—¿Cómo sé que no me estás mintiendo?

Se queda en silencio, se limpia las lágrimas que le empapan las mejillas y sorbe por la nariz. —Te enseñaré algo, pero necesito que no te des la vuelta, ¿vale?

Mi ceño se frunce aún más. Estoy confundido, y más cuando la veo coger los tirantes de su vestido y deslizarlos por los hombros. —¿Qué mierda haces?— pero ella no hace caso a mi protesta. Su vestido cae, dejando al descubierto sus pechos. Mierda —Oye…

—Mira…— me dice, señalando uno de sus pechos, donde tiene una cicatriz grande que seguramente fue hecha con algún cuchillo. Tiene un par de puntos y parece reciente —Esto me lo hizo hace una semana— explica —Llegó enfadado, no sé por qué, pero mandó a llamarme con uno de sus hombres. Cuando entré en su habitación, estaba bebiendo de una botella de whisky. Dijo muchas cosas incoherentes, se acercó a mí, me asustó y me agredió con una navaja después de golpearme. Esto es la prueba.

Se sube el vestido de nuevo, ocultando sus pechos.

—Tengo moratones por todo el cuerpo, pero no se ven en la piel expuesta porque me los han tapado con maquillaje— dice.

Yo solo trago saliva, pasándome una mano por la cara, sintiendo una frustración enorme. —Es peligroso.

—Lo sé, pero no puedo escapar sola o acabaré como las otras chicas, como mi amiga.

—Vale…— cedo tras pensarlo bien durante unos segundos —Te ayudaré a escapar. No puedes salir de la mansión, ¿verdad?

—No, no puedo.

—Vale, entonces necesito que vayas a tu habitación y te encierres allí. Dile a Rodrigo que te encuentras mal o que vas a cambiarte los tacones porque te molestan— le digo con calma, mirando de vez en cuando hacia la puerta, porque si Rodrigo la trata como la trata, seguro que tiene a algunos hombres vigilándola para que no se escape —En unos momentos va a pasar algo y necesito que estés aislada. Yo iré a buscarte y te ayudaré a escapar, ¿de acuerdo?

—¿Q-qué va a pasar?

—No hagas preguntas y haz exactamente lo que te digo, nada más.

Ella asiente rápido, con el cuerpo temblándole un poco. —Vale.

—¿Rodrigo tiene guardaespaldas contigo?

—Sí, pero no te preocupes, he conseguido que me pierdan de vista.

—Vale— susurro —Sal y haz justo lo que te he dicho, y pase lo que pase, oigas lo que oigas, no salgas de tu habitación, ¿te ha quedado claro?

—S-sí.

—Ahora vete.

Lo hace, no sin antes asegurarse de que alguno de sus guardaespaldas ande cerca. Yo salgo unos minutos después, busco a Travis y consigo apartarlo de las mujeres que le bailan y que él ignora disimuladamente. —Eres un cabrón— me dice mientras nos alejamos —¿Cómo se te ocurre dejarme solo en esto, idiota? Esas mujeres no paraban de restregarse contra mí.

—No te quejes, joder.

—¡¿Que no me queje?! Joder, yo no soy como tú— gruñe —No necesito estar con un montón de mujeres para distraerme, tengo esposa y una hija, ¿lo olvidas?

—Esto es por una buena causa, Viktor— le digo mientras avanzamos entre la gente, empujando a algunos.

—¡Ni de coña!— exclama —¿Dónde estabas tú? Porque te has tirado mucho rato en el baño.

No le respondo.

—No me digas que estabas…

—Claro que no, imbécil— le corto rápido.

—¿Entonces?

—No hagas preguntas, ¿vale?— le pido con un bufido —Tenemos que alejarnos de todos, ya casi llegan— le digo —Ya sabes, en cuanto veamos que caen algunos agentes, cogemos sus uniformes y nos hacemos pasar por ellos, ¿de acuerdo? No vamos a hablar ni nada, porque pueden notar el cambio de voz. Mientras yo estoy con Bill y le ayudo a atrapar a Rodrigo, tú ayudas a Salazar a escapar.

—Sí, ya lo sé.

—Bien, porque ya casi es la hora.

.

By Bill

La zona de preparación es un almacén abandonado a tres kilómetros de la Mansão Vermelha. Cuando llegamos, los agentes brasileños ya están allí, revisando su equipamiento bajo luces portátiles que proyectan sombras duras contra las paredes de hormigón desconchado.

El comandante Silva me presenta a su equipo. Son profesionales curtidos, con esa mirada intensa que solo da el enfrentarse durante años al crimen organizado en las calles más peligrosas de Brasil. Me saludan con respeto y yo hago lo mismo. Despliego los planos por última vez sobre el capó de uno de los SUV. Todos se reúnen alrededor, brasileños y estadounidenses mezclándose mientras repaso cada punto.

—Última revisión— digo, y mi voz corta el ligero murmullo de las conversaciones —Equipo uno conmigo, entramos por el frente. Necesitamos velocidad y precisión. Habrá guardias vigilando la entrada, tenemos que apartarlos para poder entrar y asegurar el salón principal, donde está la mayoría de los invitados. Nuestro objetivo primario es Rodrigo Mendes. Lo identificamos, lo aislamos y lo neutralizamos.

Estoy sudando con el uniforme táctico, joder, y eso que todavía no me he puesto ni el pasamontañas ni el casco.

—Equipo dos, Xavier— me giro hacia él —Vosotros os encargaréis de revisar cada rincón de la mansión. A la persona que veáis, persona que detenéis, ¿queda claro?

Xavier me sostiene la mirada durante un segundo demasiado largo antes de asentir. —Sí, Keller— dice. Hay algo en su tono que no me gusta, pero ahora no hay tiempo para pensar en eso.

—Equipo tres, ala oeste. Ahí están las cocinas, el personal de servicio y posibles rutas de escape. Las cortamos todas, por ahí no sale nadie.

—Entendido— responden todos al unísono.

—Equipo cuatro, posiciones de francotirador. Tres puntos, visión completa del perímetro. Si alguien intenta huir, lo detenéis. Disparo para incapacitar, no para matar, salvo que suponga una amenaza letal.

—Sí, jefe.

—Equipo cinco, comandante Silva— me giro hacia el brasileño —Perímetro exterior. Nadie entra, nadie sale. Coordina con el equipo cuatro para cobertura total.

—Sim— confirma Silva con un leve asentimiento —Meus homens estão prontos.

Son aproximadamente las diez y media de la noche. Ya casi es la hora de atacar y acabar con esto de una vez por todas. —Trece minutos— anuncia uno de los agentes.

Miro a Alex, que aplaude para llamar la atención de todos. —Muy bien, chicos, todos a vuestros vehículos. Recordad llevar las radios en el canal tres— dice en voz alta —Códigos de confirmación cada dos minutos una vez estemos en posición. Y recordad…— nos mira uno a uno —La gente que hay ahí dentro va armada, va borracha, y cuando entremos entrarán en pánico. Mantened la cabeza fría, seguid el entrenamiento y salid todos vivos de esta. ¿Entendido?

—¡Sí, señor!— responden todos al unísono.

—¡En marcha, agentes!— exclamo, mientras uno de los agentes de mi grupo me pasa el pasamontañas junto con el casco.

El rugido de los motores llena la noche mientras nos repartimos en los vehículos. Yo voy en el SUV principal con mi equipo. Se nota la tensión, esa electricidad que vibra en el aire justo antes de la tormenta. Las calles de São Paulo pasan rápido tras las ventanillas. Edificios altos dan paso a barrios residenciales, luego a zonas más verdes y espaciosas. La mansión de Rodrigo está en Morumbi, uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, donde los muros son altos y los vecinos no hacen preguntas.

—Dos minutos— anuncia el conductor de mi equipo.

Me ajusto el casco, compruebo mi Glock 19 en la funda del muslo, el cargador extra en el cinturón, la granada aturdidora en el bolsillo del chaleco. Todo está donde tiene que estar. —Chequeo de radio— digo por el micrófono.

—Equipo dos en posición— responde Xavier.

—Equipo tres acercándose.

—Equipo cuatro en el nido.

—Equipo cinco rodeando.

Perfecto.

Nuestro vehículo se detiene a cincuenta metros de la entrada principal. Las luces de la mansión brillan con intensidad, la música retumba tan fuerte que puedo sentir el bajo vibrando en el pecho incluso desde aquí. Hay dos guardias en la puerta principal con rifles AK-47 colgados de cualquier manera mientras fuman y charlan, completamente ajenos a lo que está a punto de pasar.

—Treinta segundos— susurro por la radio.

Salimos del SUV en silencio, moviéndonos como sombras. Voy en cabeza con dos agentes más, mientras los brasileños forman una cuña detrás de nosotros.

—Veinte segundos.

Los guardias aún no nos han visto; la música es demasiado alta, están demasiado confiados.

—Diez segundos.

Me coloco en posición, el dedo descansando junto al guardamonte de la Glock.

—Cinco… cuatro… tres… dos… uno. ¡Todos los equipos, adelante! ¡Ya, ya, ya!

Todo estalla en movimiento.

Corro hacia el portón. Los dos agentes que van conmigo inmovilizan a los guardias antes de que puedan reaccionar: dos disparos silenciados desde su posición y ambos caen agarrándose las piernas, neutralizados pero vivos. Abrimos el portón de golpe y corremos hacia la entrada de la mansión, que está cerrada y asegurada por varios hombres más. Disparan, pero volvemos a ser más rápidos y los neutralizamos al instante.

—¡Granada!— grito, lanzando la granada aturdidora dentro.

Los gritos no tardan en escucharse cuando entramos en la mansión. —¡Policía Federal estadounidense! ¡Al suelo! ¡Todos al suelo, ahora!

Entramos como una marea, avanzando de forma fluida, cada uno cubriendo su sector. El salón principal es enorme, con techos altos, una lámpara de araña de cristal y fácilmente unas sesenta personas en distintos estados de pánico. Algunas se tiran al suelo de inmediato con las manos en la cabeza, otras salen corriendo. Algunas sacan armas; a esos los identifico como hombres de Rodrigo.

—¡Contacto a la izquierda!— un agente dispara tres veces, controlado y preciso. Un hombre con una pistola cae agarrándose el hombro.

—¡Asegurad los flancos!— grito mientras avanzamos más adentro.

Consigo cruzar el salón. A mi espalda, los agentes disparan a cualquiera que se cruce armado y no sea de los nuestros. Llego al jardín, donde parece que se estaba celebrando la fiesta de verdad. Todo es un caos: mujeres gritando, disparos desde distintos ángulos, balas volando por todas partes. Varios de mis agentes caen. Todos corren buscando dónde cubrirse.

—¡Autoridad federal estadounidense! ¡Al suelo! ¡Manos donde pueda verlas, joder!— grito mientras respondo al fuego de los hombres armados —¡Estáis rodeados, rendíos!

Mis agentes consiguen que todos los invitados acaben en el suelo con las manos entrelazadas sobre la cabeza. Sin embargo, los disparos no cesan y no veo a Rodrigo Mendes por ningún lado. —Agente Keller— dice uno de los agentes colocándose a mi lado. Me inquieta lo familiar que me resulta su voz, aunque es absurdo; conozco la voz de todos mis agentes. Suena algo amortiguada por el casco —He visto a Rodrigo huir hacia allí.

Señala una dirección concreta y, sin pensarlo mucho, corro hacia allí con el agente siguiéndome de cerca.

—¡Atención, chicos!— grito por el intercomunicador del casco —¡Rodrigo intenta escapar! ¡Repito! ¡Rodrigo Mendes intenta escapar, todos alerta! ¡Ese cabrón no se nos puede fugar, ¿entendido?!

—¡Sí, jefe!— responden algunos.

—Agente…— ladeo la cabeza sin dejar de correr, mirando al mismo que me indicó por dónde había ido Rodrigo —¿Está seguro de que vio al objetivo ir por aquí?

—Claro que sí, agente Keller— responde —¡No podemos dejar que se escape!

—¡Todos los equipos, Rodrigo está huyendo hacia el ala sur!— anuncio de nuevo por el intercomunicador.

—¡Equipo dos copiando!— la voz de Xavier suena fuerte por la radio, agitada pero firme —¡Tengo visual de objetivos secundarios, voy en persecución ahora mismo!

—¡Agente, mantenga su posición!— ordeno al instante sin dejar de correr —¡Su sector es el ala este!

—¡Negativo, líder!— responde Xavier, y se oyen disparos de fondo en su radio. Mierda, joder, esto no puede estar pasándome con este imbécil, no ahora, coño —¡Salazar está huyendo con la ayuda de uno de nuestros agentes, voy tras ellos!

¿Con uno de nuestros agentes? ¿Qué cojones?

—¡Xavier, sigue el puto plan, joder!— gruño, ya exhausto.

—¡Voy a atraparlo!

—¡Xavier, soy el jodido líder de este operativo y te estoy ordenando que vuelvas a tu posición!— grito de nuevo, pero ya no responde. —¡Mierda!— es un hijo de puta, un cabrón de mierda. Maldito el momento en que Alex lo metió en este operativo. Aun así, no tengo tiempo para lidiar con eso ahora. Rodrigo va por delante, corriendo a saber dónde, y solo cuento con el agente que va unos pasos delante de mí. —¡Dion, necesito cobertura en el jardín trasero!— ordeno.

—¡Copiado, reposicionando!

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!