Administración: Como les mencioné, Beth ahora es parte de nuestro staff de escritores y este es uno de sus fics en progreso, vamos a recibirla con los brazos abiertos.

(Fic Femslash de Beth)
Introducción
Soy Bibian Wieger, y mi vida es un equilibrio que no siempre entiendo, tengo 25 años y soy terapeuta sexual. Sí, has leído bien: terapeuta sexual. No es una carrera que elijas por casualidad, y créeme, no pasa un día sin que alguien me mire con una ceja levantada, como si mi trabajo fuera un chiste o una excusa para espiar en las alcobas ajenas. Pero para mí, esto no es un juego. Es un compromiso con entender la psique humana, los deseos que nos mueven, los impulsos que nos rompen. Es ciencia, es empatía, y, sí, a veces es un desafío que me lleva al límite.
Crecí en una casa donde las emociones se guardaban bajo llave. Mis padres eran prácticos, casi fríos; las conversaciones sobre sentimientos eran tan raras como un día sin lluvia en mi ciudad. Tal vez por eso me fasciné con la psicología: quería descifrar lo que la gente no dice, lo que esconden detrás de sonrisas forzadas o miradas evasivas. En la universidad, cuando descubrí la terapia sexual, algo hizo clic.
La sexualidad no es solo cuerpos; es identidad, es poder, es vulnerabilidad. Es el lenguaje más crudo de la humanidad, y yo quería aprender a traducirlo….soy joven para este campo, lo sé. Mis colegas, con sus títulos y sus años de experiencia, a veces me miran como si fuera una novata jugando a ser experta.
Pero he trabajado duro para estar aquí. Cada caso, cada paciente, es una pieza de un rompecabezas que me ayuda a entender mejor el mundo y, aunque no lo admita en voz alta, a mí misma. Mi consultorio es mi santuario: paredes blancas, una lámpara suave, una silla donde mis pacientes se sientan y se desnudan —no físicamente, aunque algunos lo intenten— para contarme sus verdades. Escucho, analizo, guío. Y siempre, siempre, mantengo la compostura.
Pero no todo es tan ordenado fuera de estas cuatro paredes.
Mis amigas, por ejemplo, son un capítulo aparte. Cada vez que nos reunimos, ya sea en un café o en una cena con demasiado vino, llega el momento inevitable.
—Bibian, en serio, ¿por qué terapeuta sexual? ¿No te cansas de escuchar esas cosas todo el día?
Lo dicen con risitas, con guiños, como si mi trabajo fuera una serie de anécdotas subidas de tono para compartir en la sobremesa.
Me fastidia. No porque me avergüence, sino porque no entienden.
No es solo sexo; es dolor, es miedo, es gente buscando sentido en un mundo que les dice que sus deseos están mal. Pero me trago la frustración, sonrío y cambio de tema. Explicarlo sería como intentar describir un cuadro a alguien que solo ve los colores.
Últimamente, sin embargo, mi calma se tambalea. Llevo semanas con un caso nuevo, una paciente que… digamos que no encaja en mis esquemas. Támara. Su nombre solo ya suena como un desafío. Entra a mi consultorio como si fuera el escenario de un espectáculo, con una sonrisa que parece decir “intenta seguirme el paso”.
Sus historias son un torbellino: noches desenfrenadas, amantes que la adoran y la odian, un hambre por vivir que me intriga tanto como me desconcierta.
Es mi trabajo mantener la distancia, tomar notas, analizar su fijación sexual como un patrón, no como un imán. Pero hay momentos, breves y traicioneros, en los que su mirada se cruza con la mía y siento un nudo en el estómago. No es atracción —o eso me digo—, es solo el peso de su intensidad.
No soy de piedra, aunque a veces desearía serlo. Hay una parte de mí, una que mantengo bien guardada, que se pregunta cómo sería dejar de analizar y solo sentir. Pero ese no es mi lugar. Mi lugar es aquí, con mi libreta, mis preguntas y mi responsabilidad.
Támara puede ser un huracán, pero yo soy el ancla. O eso espero. Porque si algo he aprendido en este trabajo, es que los deseos, incluso los que no admitimos, tienen una forma de encontrarnos.
Soy Támara, y la vida es un juego que me gusta jugar sin reglas
Déjame pintarte el cuadro: tengo 28 años, soy un huracán con curvas que no pasan desapercibidas y una sonrisa que, según me han dicho, podría derretir hielo o encender un incendio. ¿Bisexual? Oh, cariño, me enamoran las almas, no los géneros. Hombres, mujeres, no importa: si tienen ese brillo en los ojos, ya estoy imaginando cómo sería enredarme en sus sábanas… o en sus corazones, aunque eso último tiende a complicarse.
La vida siempre ha sido una danza para mí, una donde giro, provoco y me dejo llevar por el ritmo. Crecí en un pueblo donde todos parecían tener un manual de cómo vivir, pero yo, pues, digamos que tiré ese libro por la ventana.
Mis papás eran un desastre: libres, bohemios, pero más perdidos que yo en un lunes sin café. Me dejaron ser, y yo me tomé esa libertad como un trago fuerte: directo y sin mezcladores. A los 16 ya sabía que mis besos podían hacer temblar rodillas, y para los 18, bueno, digamos que mi lista de conquistas era más larga que la fila de un concierto gratis.
Pero aquí está el chiste, mi amor: el sexo no es solo un juego para mí, es mi idioma. Cada caricia, cada mirada, cada susurro en la oscuridad es mi manera de sentirme viva.
¿El problema? A veces no sé parar.
Es como si mi cuerpo tuviera un interruptor que siempre está en “on”. He perdido trabajos por meterme en líos con el jefe equivocado (o su esposa, ups), amistades por no saber dónde trazar la línea, y amores… bueno, esos nunca duran mucho, ¿verdad? No es que no quiera, es que algo en mí siempre quiere más. Más intensidad, más piel, más todo.
Por eso terminé en el consultorio de la doctora Wieger. Ay, Bibian, con su cabello perfecto y esa mirada que intenta ser fría pero se le escapa un destello de curiosidad.
Me mandaron con ella porque, según mi mejor amiga, estoy “fuera de control”.
¿Yo? ¡Por favor! Solo vivo a mi manera. Pero, vale, reconozco que lo del bar la semana pasada fue… intenso. Digamos que una noche de tequila, dos desconocidos y un baño público no fue mi mejor idea. O tal vez sí, quién sabe.
Entré a su consultorio como entro a cualquier lugar: con la cabeza en alto, mi vestido rojo pegadito al cuerpo y una sonrisa que dice “prueba a no mirarme”.
Me senté, crucé las piernas —despacio, porque sé el efecto que tiene— y le solté:
—Doctora, ¿estás lista para alguien como yo? Porque esto no va a ser una sesión cualquiera.
Ella, toda seria con su libreta, me miró como si quisiera descifrarme. Y, ¿sabes qué? Me encanta que lo intente. Porque si hay algo que sé hacer, es desarmar a los que creen que pueden mantenerme a raya.
No te voy a mentir, estar frente a Bibian me divierte.
Hay algo en su calma, en cómo aprieta los labios cuando digo algo subido de tono, que me dan ganas de empujar los límites.
¿Es profesional?
Claro, pero yo veo más allá: esos segundos en los que duda antes de responder, esa forma en que su pluma se detiene cuando le cuento cómo terminé en la cama de un pintor y su musa la misma noche.
No sé si quiere salvarme o entender por qué vivo así, pero una cosa es segura: estas sesiones van a ser un incendio.
—Aunque, entre tú y yo, a veces me miro al espejo y no sé quién es la que me devuelve la mirada. ¿Es Támara, la reina que conquista a todos? ¿O es solo una chica que corre detrás del próximo subidón para no sentir el silencio?
—No sé, pero mientras lo descubres, voy a seguir siendo yo: un poco de caos, un mucho de fuego, y toda una aventura que no te quieres perder.
Continúa…