
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 3
Después del drama mañanero con mi madre, necesito una inyección de vida.
Estoy tirada en el sofá, con mi bata de satén rojo apenas cubriéndome, el café ya frío en la mesa.
Mi teléfono vibra con mensajes, y sonrío al ver el chat grupal con mis chicas: Carla, Sofía y Daniela, mis cómplices en las noches que hacen temblar la ciudad.
Carla, siempre la que organiza, escribe:
«Támara, ¿qué haces? Hoy toca salir. Club Eclipse, 10 p.m. Tema: Noche de Fuego. ¡Trae tu mejor juego!»
Río sola, mis dedos volando sobre el teclado.
«Chicas, cuando yo llego, el fuego se desata solo. Prepárense para sudar.»
Sofía responde con un emoji de llamas, y Daniela, la más tímida pero con un lado salvaje, añade:
«Támara, nada de dejarme sola esta vez. ¡Quiero acción!»
Oh, estas mujeres. Son mi gasolina, y juntas somos un incendio forestal.
«Eclipse, 10 p.m. Voy a hacer que el lugar explote» escribo, sellando el plan.
Me levanto, sintiendo la adrenalina ya corriendo por mis venas.
Una noche en el Club Eclipse significa una cosa: voy a ser el centro de todas las miradas. Y me encanta.
El ritual de preparación es mi parte favorita. Me meto a la ducha, dejando que el agua caliente acaricie mi piel como un amante impaciente.
Cierro los ojos, imaginando las luces del club, los cuerpos moviéndose, las manos que podrían rozarme. Salgo envuelta en vapor, mi cuerpo brillando como si ya estuviera en el escenario.
Me planto frente al espejo, desnuda, y me estudio: curvas que saben contar historias, piernas que podrían hacer que cualquiera se arrodille, y ese brillo en mis ojos que dice «atrévete».
—Támara, esta noche vas a romper corazones—me digo, mordiéndome el labio.
Abro el armario, y es como elegir un arma para la cacería. Para la «Noche de Fuego», necesito algo que grite sexo, poder, peligro.
Encuentro el vestido perfecto: rojo sangre, tan ajustado que parece una segunda piel, con un escote profundo que deja poco a la imaginación y un corte en la pierna que sube hasta donde la decencia se rinde.
Lo deslizo por mi cuerpo, sintiendo cómo abraza cada curva, cómo me hace sentir invencible.
Debajo, lencería negra de encaje, porque nunca se sabe cuándo una noche puede volverse… inolvidable.
Me pongo tacones altos, negros, con correas que serpentean mis tobillos como una invitación. Maquillaje: ojos ahumados que prometen secretos, labios rojos que dicen «bésame si te atreves».
Mi cabello por esta vez cae en ondas sueltas, como llamas listas para consumir.
Son las 9:30 p.m. cuando salgo del apartamento, el aire fresco de la noche rozando mi piel.
Llego al Club Eclipse en un taxi, y el lugar ya vibra: luces neón rojas y violetas, música que golpea el pecho, una fila de gente que parece gritar
«déjame entrar». Paso al frente, porque el portero, un tipo fornido llamado Leo, me conoce.
—Támara, siempre robando el show— dice, guiñándome un ojo mientras me deja pasar.
Dentro, el club es un paraíso de pecado.
La pista de baile es un mar de cuerpos moviéndose al ritmo del techno, el bar brilla con botellas que prometen olvido, y el aire huele a perfume caro y deseo.
Encuentro a mis chicas en una mesa cerca de la pista. Carla, con un vestido dorado que resalta su piel morena, levanta una copa.
—¡Támara, maldita sea, eres una diosa!— grita sobre la música.
Sofía, en un top plateado que apenas contiene su energía, me abraza.
—Esto es lo que necesitaba. ¡Mírate, vas a hacer que todos pierdan la cabeza!.
Daniela, más recatada pero con un brillo travieso, añade:
—Por favor, no me dejes sola con algún tipo raro.
—Chicas, este lugar es puro fuego, y yo soy la gasolina—digo, riendo mientras pido un martini.
Bailamos, reímos, coqueteamos con desconocidos. Un chico de ojos oscuros me invita a bailar, y dejo que sus manos rocen mi cintura, pero no me quedo mucho. La noche es mía, y no me gusta atarme.
Necesito un respiro, así que me dirijo al baño. Está lleno, como siempre, con espejos empañados y risas.
Estoy retocando mi lipstick cuando, al dar un paso atrás, choco con alguien.
—Oh, lo siento mucho— dice una voz suave pero firme.
Me giro, y ahí está: una mujer con cabello oscuro recogido en un moño elegante, vestido negro sencillo pero elegante, con una mirada que es seria pero… intensa.
Hay algo en ella que me hace detenerme, como si pudiera ver más allá de mi fachada.
—No hay drama, cariño—respondo, con mi sonrisa más coqueta—Aunque si quieres chocarme otra vez, no me quejo.
Ella se sonroja ligeramente, murmura otra disculpa y sale rápido.
Qué curioso.
No parece de las que vienen a Eclipse a perderse. Me encojo de hombros y vuelvo con mis chicas, pero algo en esa mirada se queda conmigo.
—¡Chicas, este lugar es el cielo en la tierra!—grito, levantando mi copa.
—¡Que la noche no termine nunca!
Ellas vitorean, y me pierdo en el ritmo, en las luces, en la promesa de más.
Estoy en la pista de baile con mis chicas, moviéndonos como si el mundo fuera nuestro playground privado.
Mi vestido rojo se pega a mi piel sudorosa, cada giro hace que el corte en la pierna revele un poco más, y siento las miradas clavadas en mí como caricias invisibles.
Carla me agarra de la mano, girándome en un movimiento que nos hace reír a carcajadas.
—¡Támara, eres un imán para el caos!—grita sobre la música, su cuerpo rozando el mío en un baile que es mitad amistad, mitad provocación.
Sofía se une, sus caderas moviéndose al ritmo con esa gracia felina que tiene, y Daniela finalmente se suelta, bailando con los ojos cerrados como si estuviera en su propio mundo.
—¡Esto es vida, chicas!—respondo, levantando los brazos y dejando que mi cabello vuele como llamas.
El martini que tomé antes me tiene eufórica, el alcohol mezclado con la adrenalina haciendo que cada roce, cada mirada de un desconocido, encienda chispas en mi piel.
Bailamos en círculo, riendo de un tipo torpe que intenta acercarse, pero yo lo despido con un guiño juguetón.
—No hoy, cariño— murmuro para mí misma.
Esta noche es para nosotras, para perdernos en el ritmo y olvidar el drama del día.
Pero entonces, mientras giro en un movimiento amplio, mi mirada se desvía hacia un lado de la pista, donde las luces violetas iluminan a una pareja.
Y ahí está ella: la misma chica del baño, la elegante con su precioso cabello negro ahora un poco deshecho por el baile, su vestido sencillo pero ceñido de una forma que resalta curvas sutiles.
Está bailando con un tipo, un hombre mayor, fácilmente diez años más que ella. Él es guapo a su manera, con ese aire a algo corporativo, pero para mí, parece fuera de lugar: rígido, con movimientos calculados que no encajan con la salvaje energía del club.
Hago una cara de desagrado instintiva, arrugando la nariz como si oliera algo podrido.
¿Qué hace una mujer como ella con un abuelo como ese?
Parece que podría ser su jefe o algo peor. Él la agarra por la cintura con una posesión que me revuelve el estómago; es como ver a una leona atada a un perrito faldero.
Mis chicas notan mi expresión.
—Támara, ¿qué pasa? ¡Pareces que viste un fantasma!—dice Sofía, deteniéndose un segundo para seguir mi mirada.
—Nada, solo… esa pareja. Ella es fuego contenido, y él… meh. Parece su papá disfrazado de novio—respondo, riendo para disimular, pero mi mente ya está en otro lugar.
Mientras sigo bailando, mis movimientos se vuelven más intensos, como si estuviera bailando para ella, no puedo evitar imaginarla.
Oh, dios, la imagino de una y mil maneras, en todas las posiciones que mi mente retorcida puede conjurar.
Primero, sola en mi cama, con ese moño deshecho, su cabello oscuro cayendo sobre sus hombros mientras yo exploro cada centímetro de su piel pálida, mis labios bajando por su cuello, sus gemidos suaves convirtiéndose en algo salvaje.
Luego, contra la pared del club, mis manos subiendo por su vestido, sintiendo cómo se rinde, su seriedad derritiéndose bajo mis caricias expertas.
En cuatro, con su espalda arqueada, yo detras o ella encima, cabalgándome con esa mirada intensa que vi en el baño, sus caderas moviéndose como olas imparables.
La imagino bisexual, como yo, abierta a todo: un trío con una de mis amigas, o solo nosotras dos en una habitación con velas, explorando límites que su novio ni sueña.
En misionero, para ver su rostro cuando llega al clímax; de lado, para susurrarle secretos al oído; invertida, para que sienta el poder de mi lengua en lugares que la hagan gritar.
Cada posición es un flash en mi cabeza, caliente, prohibida, y siento un calor subiendo por mi cuerpo que no es solo del baile.
¿Quién es ella?
¿Por qué me intriga tanto?
Sacudo la cabeza, riendo con mis chicas para disimular el pulso acelerado entre mis piernas.
—¡Olvídala, Támara! ¡Vamos a por shots!—grita Carla, arrastrándome al bar.
Pero mientras pedimos, no puedo evitar echar otra mirada.
Ella y su novio se mueven, ajenos a mi tormenta interna.
Continúa…
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