
Notas: MI PRIMER TOLL DEL 2026, ¿a qué voy con esto? Que bueno, los dos oneshots que subí, tanto Regalo de Navidad Atrasado y Captive hearts fueron premios de un sorteo, así que netamente no fue algo que dije: se me ocurrió y ya, sino más pedidos, y los capítulos de Problemas maternales y No es karate son los que ya estaban escritos y en borradores.
En fin, desde que Ali Kaulitz hizo una manip de Bill actual con cómo luciría pelinegro y temática vampiro por Drácula: A Love tale (2025), me habían taggeado diciendo que lo escriba, pero mucho trabajo y pendientes me hicieron dejar la idea de lado, sin mencionar que no había visto la película, y bueno, esta no es adaptación como tal de la película (ya la vi ojo), me volvieron a pedir que lo escriba (dos personas) y la verdad es que fusioné cosas del libro, de la película Drácula de Bram Stoker (1992), de Drácula: La historia jamás contada (2014), la película del 2025, mi afición por los vampiros y datos randoms de Vlad Tepes, así que por eso no es como tal una adaptación, sino toma de inspiración. No usé la manip de Ali para mi portada, porque pues es suya, pero sí hice mis propias manips.
El título significa “Habrá sangre”, y en realidad es en honor a uno de mis fics favoritos de Tokio Hotel en inglés, de la autora Beyond, no tiene nada que ver su fic con este y tampoco trata de vampiros el suyo, pero siempre la tendré presente como mi autora favorita.
Personajes


«There will be blood»
(One-Shot de Kasomicu)
Blad había mantenido su vida para servir a otros, no en el sentido intrínseco de la palabra porque el príncipe de Valaquia no es que se caracterizara por una amabilidad o nobleza, sino que su nombre era heredado de su padre, por eso él era Blad III, ni siquiera fue la primera opción para ser el gobernante al ser el segundo hijo, por lo mismo es que él tenía que esforzarse más para resaltar y eso hizo que supiera tomar actitudes drásticas para luchar contra los otomanos.
Su hermano mayor no tenía las cualidades, y Blad sólo quería demostrar su valía. Su prioridad era Valaquia y por eso quería dejar en claro su mensaje: Nadie podía meterse con ellos sin saber que habría una consecuencia.
Asesinó con su ejército a miles de hombres pero no satisfecho con ello, los empalaba atravesándolos por completo en campos llenos, y era un sádico, él lo sabía y quizá habría seguido en aquel camino hasta que tuvo que volverse cristiano para que le dejarán salir de la prisión.
Sin embargo, fuera de servirle con sus torturas y acciones desalmadas a la iglesia, perteneciendo a la orden de Dracul, tal cual su padre, Blad no tenía un apego como tal a aquel Dios, ¿estaba a su servicio? Sí, ¿mataba a su nombre? Sí, pero no sentía aquella devoción de quién es un fervoroso religioso.
Blad sintió la devoción cuando conoció a Nicholas Vízaknai, aquel joven doncel de cabellos de oro formando rastas largas, él se convirtió en su perdición, una a la que quería someterse y entregarse, la única religión por la cual siempre sería un creyente.
—Vas a ser mío, Nicholas —dictaminó Blad, el príncipe de Valaquia de cabellos negros como la noche, mientras lo tomaba por la cintura al doncel, acercándolo a su pecho, quien sólo sonrió contra sus labios, con mirada retadora entretanto le ponía las manos sobre el pecho cubierto por su armadura.
—Tal vez si me lo pides amablemente y no sólo me lo exiges podría dejarte desposarme —rebatió Nicholas con aquella sonrisa ladeada, llena de coquetería pero manteniéndolo alejado de sí mismo con sus manos.
Blad se sorprendió porque, ¿quién en su sano juicio rechazaba a un príncipe? Todavía siendo un doncel pero… Lo consideró un reto, ya que si bien podía tomarlo por la fuerza, no lo haría y se propuso a cortejarlo, haciendo que finalmente Nicholas cayera en sus brazos, porque él en sí sólo tenía la idea de acostarse con él, llevándolo a sus aposentos, pero… Finalmente cumplió lo que Nicholas le dijo, que iba a permitirle desposarlo, haciéndolo su esposo, y teniendo con él lo que no obtuvo con todas las personas que pasaron por su cama.
Miles de amantes antes y ninguno fue como él.
—¿Cuál es el embrujo que has hecho conmigo? —increpó Blad, acariciándole el rostro al rubio de rastas quien le sonrió, besándole la mano que lo tocaba.
—¿Quieres saberlo para acusarme de hechicero? —inquirió Nicholas en un tono juguetón.
—No… Sólo para que nunca me liberes de este conjuro, quiero estar envuelto en él para toda la eternidad —farfulló Blad, y Nicholas se relamió los labios, siendo una invitación para su esposo, quien acortó la escasa distancia, besándolo.
Blad estaba realmente encantado al sentir sus labios unidos al de Nicholas, cómo es que percibía su cuerpo al presionarlo contra el suyo, ambos desnudos porque ya habían hecho el amor antes, y ahora al sentir sus lenguas en contacto, es que empezaban a endurecerse nuevamente al sentir su piel contra su piel, con Blad succionándole la lengua, teniendo un agarre fuerte en su cintura, pegándolo contra su pecho, juntando sus vientres… Nicholas soltó un jadeo, meciendo sus caderas contra las de Blad.
Aquella deliciosa fricción entre sus virilidades estaba haciendo que soltaran exclamaciones cargadas de deseo, del amor… Porque esta hambre, ganas y necesidad que poseían el uno del otro era algo incomparable, por eso Blad sabía que había punto de comparación y nunca se cansaría de probar aquella boca, separándose por aire, sonriéndose, y Nicholas apoyó sus manos sobre el pecho de Blad, alejándolo levemente, siendo un gesto similar al que tuvieron la primera vez.
Sólo que en esta ocasión Nicholas lo hizo para empujarlo sobre el colchón, con las llamas de las velas ondeando, mostrando con su brillo el cuerpo de su amado, que se situó sobre Blad, empujando su trasero sobre la hombría de su esposo, haciéndole percibir el calor, la humedad, la señal inequívoca de que Nicholas no sólo estaba excitado, ya que tenía su podría hombría erecta, sino que también deseaba a su marido en su interior.

—Mi Nicholas… Mi Nick… El amor de mis vidas…—barbotó Blad con la voz profunda, teñida de todo el ardoroso deseo que tenía por su esposo, observando su silueta desnuda sobre él, tocándolo con manos trémulas desde los muslos hasta las caderas para ir subiendo, como si fuera el cuerpo de Nicholas fuera su templo, la visión del Dios mismo frente a él, al cual Blad le rendía culto, maravillado por cómo sus rastas brillaban incluso ante la tenue iluminación y la forma en que su sudor formaba una capa febril en su ser…
Era hermoso, su esposo era lo más bello que Blad había visto nunca, y era suyo.
—Mi amado Blad… Mi príncipe… —soltó Nicholas en un jadeo apretado, para elevar sus caderas, sujetando la dureza de Blad, mientras se ubicaba contra ella, gimiendo cuando sintió la presión del miembro de su esposo contra los anillos de su entrada y se dejó caer, poco a poco, haciendo que el príncipe de Valaquia se aferrara a su cintura, jalando sin querer la sábana por lo que le cubría parte de su trasero al sostenerlo, ayudándolo a mantenerse sobre él, abstraído en su placer al percibir la estrechez envolviéndolo, el calor, humedad… Cómo es que estaba distendido porque antes hicieron el amor, así que no hubo resistencia.
El rictus de Nicholas se veía concentrado, con los ojos cerrados, igualmente habituándose a la sensación de llenura.
—Te amo —exclamó Blad con solemnidad, y Nicholas sonrió, viéndolo con los ojos entrecerrados en lo que comenzaba a empalarse a sí mismo, sin tocarse el miembro, sólo sintiendo a su esposo latir dentro suyo.
—Te amo y siempre te amaré, Blad… —masculló Nicholas, siguiendo el vaivén al subirse de arriba a abajo sobre la dureza de su esposo.
Blad maravillado, igualmente le ayudaba empujándose dentro, y también con su agarre en la cintura, sin embargo, dejaba que Nicholas guiara, que él mismo manejara el ritmo de su propio placer, arrastrándolo con él, claro que sí, pero de igual de igual modo, quería que su esposo pudiera sentir a su gusto.
Las expresiones de Nicholas, cómo lo miraba, con aquel brillo, con la entrega en cada movimiento que hacía, descomponiendo su rictus para echar la cabeza hacia atrás…
Cómo lo amaba, Blad no podía decir que amara tanto a alguien como a Nicholas, sintiendo cómo latía su interior, es que finalmente Nicholas se corrió contra su vientre, incluso sin que ninguno se lo tocara, de tantas veces que se estimuló, a través del miembro de Blad, la próstata, es que llegó al clímax, haciendo un apretón tan fuerte que Blad soltó toda su descarga dentro suyo casi al unísono, porque poseían una conexión más allá, como si se pertenecieran de otras vidas.
Era más que sexo, era la unión de sus cuerpos, y Blad subió su mano para sujetarlo para nuca y atraerlo hacia sí mismo, echándolo sobre él, aún con su miembro metido en su interior, besándolo, mientras que Nicholas le correspondía y el pelinegro dejó sus labios para besar su quijada y su cuello, mientras que Nicholas temblaba en sus brazos.
Aquello sólo era el inicio de su noche, aún tenían unos días más antes de que Blad tuviera que volver a las batallas.
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Antes de que Blad se fuera, es que Nicholas lo besó, usando su túnica roja con bordado dorado.
—Tienes que volver y hacerme tuyo a modo de celebrar tu victoria —musitó Nicholas, sujetando de las solapas de la capa de Blad, que ya estaba listo para irse, usando su armadura, incluso si no quisiera en este punto, sabía que debía seguir defendiendo a la iglesia, porque de lo contrario, tendría el riesgo de regresar a la prisión y no quería dejar a Nicholas.
—Sabes que lo haré, amor mío —le aseguró Blad, acariciándole las mejillas para besarlo.
—Cuando regreses se notará más que ahora seremos tres —le dijo Nicholas, tomando su mano y dirigiéndola hacia su vientre plano, mientras que Blad boqueaba sorprendido, sonriéndole, pasando su mano en una caricia protectora hacia el vientre de su esposo.
—¿Las curanderas te lo dijeron? ¿Seré padre? —cuestionó Blad sin caber de la emoción en sí mismo, y Nicholas asintió sonriendo.
Blad lo volvió a besar, observándolo con adoración.
—Noté las molestias hace unos dos meses y ellas me lo confirmaron —respondió Nicholas.
—Volveré lo más pronto posible, este pequeño y tú, serán siempre mi motivo para regresar, los amo demasiado —farfulló Blad contra sus labios con una sonrisa, y Nicholas lo besó.
—Siempre te esperaré, mi príncipe —le aseguró Nicholas, y a Blad le dolía dejarlo, pero era parte de su deber.
Cuando Blad estaba luchando, ciertamente al momento de tener que matar a guerreros otomanos que eran apenas unos niños, ya era diferente, quizá por el hecho de que si bien él se había caracterizado por ser sanguinario, sádico y un maldito… Ahora pensaba en su pequeño, en el hijo que tendría con el amor de su vida, y que sólo esperaba tener una vida tranquila en algún momento, porque quería dedicarse a su familia.
Después del combate, dónde Blad estuvo al frente asesinando a muchos hombres, antes de matar al líder, es que él le sonrió, escupiéndole sangre en su rostro antes de morir, no sin antes decirle: —¿Tú crees que ibas a ser el único capaz de atacar a traición? —increpó el hombre, ya que en sí la táctica de su ejército había sido por emboscada.
Blad lo sujetó por la armadura. —¿A qué te refieres, escoria? ¡Dímelo! —gritoneó pero el hombre rió para terminar tosiendo ahogándose con su propia sangre.
Había algo en aquellas palabras que le dejó una sensación de desazón en su sistema, y como ya habían vencido, se llevaron algunos cadáveres para empalar como advertencia en sus prados, pero mientras Blad azuzaba a su caballo, seguía con aquella sensación apretada en su garganta.
Cuando llegó a su castillo y quién lo recibió fue el sacerdote en vez de Nicholas cómo siempre, es que sintió como si tuviera el estómago endurecido.
—¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde está mi Nicholas? —preguntó Blad.
—Ven conmigo a la capilla, hijo —pidió el hombre de Dios, en lo que guiaba el camino.
Blad lo siguió, esperando que sólo fuera un jodido mal presentimiento, pero cuando entró y vio que había un ataúd abierto en el centro, es que él se tensó más, corriendo para mirar en su interior viendo a… Nicholas, totalmente pálido, con una gargantilla de tela en el cuello, como si estuviera durmiendo pero no, Blad sujetó su rostro, y se ciñó sobre él, llorándole mientras lo besaba, sintiéndolo tan frío, sin la correspondencia de siempre.
—¡Maldición! ¿Por qué? ¡¿Qué le pasó a mi esposo?! —gritó Blad observando al sacerdote, totalmente enajenado, queriendo destrozar todo a su paso, ya que no imaginó una vida sin él…
Nicholas era su todo, su bebé… Que nunca conoció, también había muerto con él.
—No sabemos bien cómo sucedió, sólo que había una nota de los otomanos diciendo que era sangre por sangre, le habían cercenado la garganta y atravesado el vientre… —mencionó el sacerdote con pesar.
—¡Yo luché por tu Dios, por tu iglesia, y todo, ¿para qué?! ¡Para que me arrebaten al amor de mi vida! ¡Renuncio a Dios y a toda tu basura! ¡No me interesa más! —dictaminó Blad completamente enojado.
—Hijo, no blasfemes en el templo… —pidió mesura el hombre de Dios.
—¡Nicholas era mi templo y mi Dios, y ya no está más conmigo! —soltó Blad sintiendo cómo le hervía la sangre, acarició con cuidado el rostro dormido de su rubio con rastas, besándole la frente, sintiendo la sal de sus lágrimas, y lo frío de su tez, y es así que lo tomó en brazos, estilo nupcial, pero con Nicholas ya no agarrándolo por el cuello, y Blad se salió de la capilla para no volver.
—¡Hijo! —insistió el sacerdote pero Blad fue demasiado rápido, en este punto no le interesaba nada más.
Blad había perdido todo, no le importaba el reino, no le importaba la prisión, nada… Sólo quería morirse… Anduvo deambulando por las montañas, aún aferrado al cuerpo de su amado, no pidiendo soltarlo, ¿por qué Dios era tan mezquino? Blad sabía que él no había sido el mejor hombre, pero Nicholas era su oportunidad de redimirse ya que al nacer su hijo quería dejar las cruzadas, sólo que ahora sólo estaba buscando perderse cuando escuchó una voz lúgubre que lo llamaba.
—Estás perdido y desesperado… Con sed de venganza y detestando a Dios… Creo que puedo ayudarte si me lo permites —habló aquel ser desde el fondo de una caverna.
—No me interesa nada, no tengo más qué perder para este punto sólo poseo una existencia vacía —musitó Blad con la voz monótona, aún cargando a su esposo, que le pesaba para este punto y su aroma no era el mismo, la descomposición estaba haciendo lo suyo, comiéndolo por dentro.
—Aquellos que no tienen nada que perder son exactamente perfectos para estudiar Escolomancia —volvió a hablar, dejándose ver, poseía una túnica larga negra y un aspecto andrajoso, con un libro antiguo cargado—. Ordog siempre ha salido la mejor salida para quienes lo han perdido todo, incluyendo a los que desean aprender el arte de la nigromancia —terminó por decir.
—¿Ordog? —inquirió Blad, sin comprender y no estando del mejor humor.
—También lo conocen como Satanás —aclaró el hombre.
De esa forma, es que Blad supo que en realidad hablaba con Satanás mismo, lo supo tiempo después cuando se volvió un ser más del Averno, un inmortal, sin poder recibir los rayos del sol, que no tenían sentido apreciarlos si no tenía a Nicholas, poseyendo la capacidad de transformarse en murciélago, lobos u otros animales de la noche, atrayendo también a murciélagos, ratas… Y bebiendo sangre para sobrevivir. Porque al intentar practicar la nigromancia para devolverle la vida a su amado no pudo ya que su cuerpo estaba muy desgastado y casi por completo roído.
Blad se vengó sí, matando a todos a su paso, pero nunca olvidó a Nicholas.
Los siglos pasaban, y Blad siempre se cambiaba de nombre para no levantar sospechas.
Cuando consiguió matar a todos es que volvió a instalarse en su propio castillo en Transilvania, entendiendo ahora que tenía la capacidad para convertir a otros en lo que él era… Un ente de la noche, un vampiro.
Sólo que Blad continuamente viajaba, esperando encontrar su sonrisa, tal vez en otra ciudad, en otra vida, en otra persona, pero… No podía olvidar a Nicholas, tenía que hallarlo, sabía que existía la vida después de la muerte, y por lo mismo las reencarnaciones, y por más que buscó en otros cuerpos algo de él… No lo halló.
Cuando en Francia le pareció verlo, observando en un baile cómo se reía un joven doncel, era su mismo rostro, su misma sonrisa, incluso el lunar en su mejilla, con el cabello negro en un coleta baja, no las rastas rubias pero era él… Debía serlo, porque aquel rostro podría distinguirlo incluso luego de miles de años, es por lo mismo que Blad, ahora llamándose Lord Frédéric Draconis, es que se acercó hacia él.
—Me fue imposible dejar de ver cómo bailaba tan exquisitamente, joven —habló Blad, y el aludido se giró.
—Puedo bailar contigo sin problemas, hago muchas cosas de forma exquisita, eh… ¿Lord…? —respondió aquella reencarnación en un tono coqueto pero achispado, oliendo frutal por lo que parecía que había ingerido bastante alcohol.
—Lord Draconis —comentó Blad, sintiendo que había algo distinto, por más que fuera su misma piel, la forma de responder y contestarle, no era nada de lo que habría hecho su Nicholas.
—Soy Luc Legrand, hijo del marqués Legrand —se presentó Luc, mientras que Blad hacía una leve reverencia, sujetándolo por la mano para dejarle un beso, el doncel se rió y acercó hacia su oído—. Sólo dime tu nombre de pila para gemirlo mientras pido por más, no tienes que hacer mucho para tenerme, eres lo suficientemente guapo y ya estoy algo prendido por las copas —terminó por decir el joven, separándose para guiñarle un ojo al Lord.
Pero Blad apretó la mandíbula, porque su Nicholas no era así, el simple ofrecimiento era burdo, estaba usando su cuerpo tal cual objeto de intercambio, sin conocerlo ni nada, no estaba el amor, no estaba la pasión contenida, la espera, no… No era él, sólo usaba su imagen manchándola con su ignominia.
Blad sintió el dolor en su pecho, porque creyendo haber encontrado a su amor, sólo era alguien que desconocía… No merecía su rostro, su cuerpo, no… No era su Nicholas.
Y sintió el ardor, no el de deseo por su cuerpo cargado de amor sino el de la rabia, del dolor y… Destrozó a todos a su paso en aquel baile, esparciendo la sangre, drenándolos uno por uno, dejando a Luc para el último, escuchándolo desesperarse mientras lo bebía, comiéndoselo… Blad se dio un festín sin dejar ningún testigo, sintiéndose más satisfecho al observar el cuerpo sin vida de Luc, porque no le hacía justicia y no se merecía tener ni su rostro, ni su voz ni seguir mancillando su cuerpo como si fuera sólo una meretriz más.
Blad se fue de aquel recinto con la camisa completamente bañada en sangre para regresar a su hogar, durmiendo en su ataúd, mientras iba amaneciendo… Por más que fuera un ser inmortal, no sentía que estaba viviendo, sólo existiendo aunque guardaba la esperanza pese al dolor, el que si bien había encontrado una reencarnación de Nicholas, podría ser posible que encontrara otra, sólo era cuestión de seguir viajando, de seguir en búsqueda de su amado, porque si bien su vida había sido destrucción, ahora en su muerte en vida, si bien seguía alimentándose del líquido vital, esperaba seguir para conseguir regresar al lado de su amado.
Blad lo esperaría mil vidas humanas de ser necesario, porque el amor era lo único que hacía que uno se sintiera vivo, el amor era lo único que a uno le hacía falta… Eran dichosos los que encontraban al amor de su vida, porque su existencia misma antes de conocer a Nicholas sólo estaba plagada de miseria, y de mano de aquel doncel conoció todo, el cómo vibró su pecho, y cómo es que nada se le compraba.
Si encontraba nuevamente a su Nick esperaba que esta vez sí cargara con su alma, para convertirlo en vampiro como él y disfrutando juntos para toda la eternidad.
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El paso de los años había hecho que si bien Blad no dejara de amar a Nicholas, también poseía algo de resignación porque ya eran cuatrocientos años desde que había perdido a su gran amor, y no había encontrado una nueva reencarnación desde Luc, así que el vampiro se había enfocado más en sus propios asuntos, comprando inmobiliarias en diferentes partes del mundo con intención de alimentarse más, teniendo más víctimas a su disposición, ya que por lo mismo que no se alimentaba tan seguido, si bien no podía morir, había hecho que su cuerpo se desgastase, haciéndose blancos los cabellos, teniendo un montón de arrugas y dejándose ciertamente en parte al abandono, por más que tuviera a sus donceles vampiros a los cuales alimentaba con recién nacidos que conseguía de algunas localidades, Blad no encontraba más que un desfogue carnal en aquellos cuerpos, y no era lo mismo.
Ahora mismo Blad, bajo su nuevo seudónimo, el del Conde William Drácula, quería comprar la Abadía de Carfax en Londrés, y como para él no le era posible viajar así como así, teniendo que hacerlo dentro de su ataúd por mar para evitar los rayos del sol, es que pidió que mandaran a alguien para concretarse el trato, de aquel modo podría emplear sus poderes en quien le tocara venir.
Y el encargado de traer los papeles era el joven Liam Harris, al cual se sintió muy confundido por cómo las personas del pueblo parecían espantadas porque fuera en dirección al castillo del Conde Drácula, regalándole un rosario antes de que él ingresara.
El joven estaba confundido, pero tenía que seguir su labor, incluso si fue muy incómodo viajar desde tan lejos, pero era su deber, sólo que penosamente llegó de madrugado, pero Liam se sorprendió cuando el portón se abrió solo, como si reconociera su existencia por arte de magia, ¿o tal vez sería algún artilugio moderno? Es que todo en aquel sitio distaba por completo de mostrar modernidad, era un castillo antiquísimo.
Pero Liam ingresó hasta dar con la puerta de madera, empleando el aldabón con forma del rostro enorme de un murciélago, cuando la tocó se abrió casi de inmediato, mostrando ante el muchacho a un hombre alto pero desgastado por los años, con el cabello blanquecino en un peinado alto muy señorial, con el rostro repleto de arrugas, una túnica roja, una palidez que rozaba lo insalubre, y unas uñas tan largas que podrían acusársele de hechicero, sin embargo, por lo que Liam sabía, el hombre era uno de esos condes estrambóticos que poseían mucho dinero, y no podían prescindir de su compra, así que si bien le daba un poco de temor cómo se veía, se apuró a aclararse la garganta y verlo.
—Buenas noches, Conde, disculpe las horas, soy Liam Harris —comentó el muchacho.
—Buenas noches, joven Harris, claro, pase por favor —instó William con un gesto de la mano, haciéndose a un costado, con una notoria amabilidad, el vampiro sabía que tendría que usar sus poderes en él después, pero siempre manteniendo la educación por delante—. Disculpe más bien que mis sirvientes no estén en este momento, están descansando, pero aún debe quedar la comida que se le preparó para su llegada —acotó el conde, mientras subían las escaleras.
—Es un castillo muy grande el que usted posee Conde —comentó Liam, observando que el lugar sí se veía como abandonado, que se preguntaba si los sirvientes en verdad existían.
—Sí, es herencia familiar, joven Harris —respondió William, mientras que llegaban al comedor, donde el conde se sentó al otro extremo—. Disculpe que no coma con usted pero ya ingerí lo necesario a mis horas debido a mi edad —acotó entretanto observaba a muchacho sentarse observando la comida, buscando la forma de justificar que el alimento no le servía, ni siquiera lo disfrutaba, sólo la sangre lo llenaba, le calmaba su sed, su hambre, todo.
William mismo al ver al muchacho pelinegro de cabello corto, pensaba en comérselo, sólo que no podía, era de utilidad, así que se fijó cómo es que comía con mesura, aunque se notaba que sí tenía hambre, tal vez conteniéndose, hasta que se fijó en la pintura detrás del Conde.
—¿Es uno de sus familiares, Conde? —inquirió Liam después de tragar, señalando la pintura, algo que el Conde consideraba tan carente de educación, pero lo dejó pasar.
—Sí, mis ancestros pertenecieron a la Orden de Dracul, encargadas de defender las cruzadas de la iglesia cristiana —explicó William, sin querer decirle que él mismo era quien estaba en la pintura.
—Vaya, ¿y usted también ha sido un guerrero con acérrimo amor por apoyar a la iglesia? —increpó Liam con curiosidad.
—La iglesia ciertamente no ha hecho mucho por mí, joven Harris —contestó William, pensando en cómo es que por culpa de defender los ideales de la iglesia, y cómo es que sus súbditos no protegieron a su amado.
—Oh, pero, ¿es usted un hombre de fe? —cuestionó Liam.
—La fe más fervorosa que sentí, en todo el sentido de la palabra y no estrictamente bíblico, fue hacia mi difunto esposo, aunque para mí, él sí era mi Dios, el doncel que marcó mi vida para siempre —masculló William, pensando en su amado.
—Oh… Lamento su pérdida, yo también tengo a mi doncel, el cual es mi prometido, de hecho le escribí cartas durante todo el viaje —mencionó Liam con una sonrisa pero mirando a un costado, pensando en su futuro esposo—. Es él, siempre me gusta traerlo conmigo —acotó el muchacho, abriendo el relicario que tenía con la fotografía de su amado.

El Conde entrecerró los ojos con su visión sobrehumana, incluso a lo lejos, pudo distinguir los rasgos, por lo que se acercó hacia el joven, fijándose en la fotografía y pasando su dedo por encima.
—¿Cuál es el nombre de su amado doncel? —inquirió William, porque reconocía esas facciones, ese lunar en la mejilla, así no fueran rastas sino cabello liso, era él.
—Thomas Shelley, es profesor de buenos modales y decoro para donceles, yo… Bueno, planeamos juntar algo de dinero antes de casarnos pensando en tener hijos en un futuro ya más establecidos —farfulló Liam, sonrojándose un poco al pensar que estaba diciéndole mucho a un desconocido.
“Te encontré, mi amado Nicholas, en otro cuerpo, en otra piel, pero incluso en una fotografía distingo el brillo que carecías en Luc, que sólo fue un usurpador de tu cuerpo, aquí puedo notarlo, eres tú… En cuerpo y alma, mi gran amor”, pensó William al observar la fotografía, todo lo que tendría que hacer es mantener a este hombre aquí, mientras él se iría a buscarlo a Londrés, Thomas Shelley, doncel maestro… Una carrera tan bellísima la enseñanza, y algo como el decoro, y por la forma en que hablaba, e incluso entrando dentro de su mente, William lo sabía, no lo había desposado, la reencarnación de su amado esposo era virgen, al igual que este joven que sí fantaseaba mucho con ello pero respetaba el que doncel le hubiera dicho que llegaran virgen al matrimonio.
—El poder conocer y sentir el amor es la más grande riqueza, joven Harris —masculló William, sin soltar el relicario, mientras el joven se reía nervioso queriendo que se lo devolviera—. ¿Trajo usted los papeles para revisarlos? Necesito dormir pronto, discúlpeme los malos modales —arguyó el Conde.
Liam soltó el relicario para abrir su maletín, sacando el folio con todos los documentos, recordando que sí, su propósito finalmente era conseguir la firma para poder irse lo antes posible.
William se guardó el relicario en su bolsillo, empleando sus poderes de control mental para que Liam se olvidara de ello, en lo que firmaba los papeles, teniéndolo aún más ocupado. Luego de hacer lo propio, es que guió a William al cuarto de huéspedes.
—Por favor, no abra la puerta hasta el amanecer —ordenó William, a sabienda de sus donceles muchas veces consideraban la carne fresca para saciar más de uno de sus placeres, y les servía más vivo que muerto, al menos por ahora, para evitar sospechas sobre su compra o desaparición.
—Sí, no se preocupe, Conde, gracias por su hospitalidad —respondió Liam, y el Conde cerró la puerta para irse.
Sin embargo, Liam mismo con la curiosidad innata, teniendo un poco de recelo cuando el vampiro se alejó, como si estuviera fuera de sí mismo al tenerlo cerca, es que decidió inspeccionar cerca… No encontraba los supuestos cuartos de la servidumbre… Regresó a sus aposentos, con la puerta semi abierta, cuando sintió manos acariciándolo por todo su cuerpo.
Liam jadeó, disfrutando aquellos toques suaves, mientras lo desprendían de sus prendas, y luego varios labios sobre él, uno sobre su cuello, lamiéndolo, ¿mordiéndolo…? Otro sobre su pecho, bajando por su vientre…
Cuando abrió los ojos es que se fijó que eran donceles… Hermosos donceles, uno de cabello rubio, otro de cabello negro y uno pelirrojo, con unas prendas que casi no dejaban nada a la imaginación, apenas cubriendo su modestia, mientras le abrían los pantalones, dos de ellos chupándolo en su hombría, con Liam entregándose a ese placer nunca antes sentido.
Sin saber que también estaban comiéndoselo.
Cuando algo dentro de William se lo dijo, es que fue en dirección a los aposentos del joven Harris, viendo como habían hecho que los cabellos oscuros del joven estuvieran con un mechón canoso de toda la energía y vitalidad que estaban robándola.
Hizo un gesto con las manos y sus donceles sisearon, sintiendo el dolor a los cuales lo sometió su maestro.
—Me sirve más vivo que muerto… Así que pueden usarlo para otros placeres pero no hasta comérselo por completo, si lo vuelven a hacer los mataré —amenazó William con tono fuerte que hizo que sus donceles asintieron con sumisión y se desvanecieron en una oscuridad, mientras que Liam seguía aturdido por haber tenido un orgasmo pero también estando débil por la pérdida de sangre.
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William mismo tenía que revitalizarse, así que arregló todo para irse lo más pronto posible, teniendo a Liam muy embobado con sus donceles como para que pensara en algo más, es que se fue en barco, comiéndose a casi toda la tripulación hasta finalmente llegar a Londrés, ya no teniendo la apariencia avejentada pero tampoco la misma que cuando era humano, sino unos años más, que sólo le sentaban muy bien, con los papeles de la compra de la abadía de Carfax para poder instalarse en su nuevo hogar, buscando víctimas sí, pero también sólo era cuestión de encontrar a su amado Nicholas, que ahora se llamaba Thomas, se moría por verlo, por probar sus labios, lo encantaría hasta que se olvidara de que tenía un prometido, porque dentro suyo sabría quién era él, el mismo que siempre lo amó, su gran amor que había cruzado a través de los océanos del tiempo para estar a su lado de nuevo.
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Thomas Shelley estaba peinándose frente al espejo del tocador, vivía en una posada para mujeres, en sí él no era una, pero al ser un doncel, le permitían la estancia mientras respetara las reglas del toque de queda, de no hacer mucho ruido ni traer hombres. Los donceles al ser escasos en el mundo, igualmente tenían que someterse a lo que se esperaba para las mujeres, al tener esa capacidad de gestar, tampoco podían estar como tal en cualquier posada debido a que se corría riesgo a menos que vivieran con su esposo.
Existían los donceles de alta alcurnia sí, que eran hijos de familias adineradas, dónde mayormente, al igual que las mujeres, los instruían y preparaban para que fueran buenos esposo, poniéndolos en matrimonio arreglados.
A diferencia de su amigo Andreas, él al ser el único hijo de su familia, ya que su madre murió al dar a luz, es que era la adoración de su padre, y bueno, si bien lo había conocido cuando le enseñó particularmente clases de decoro y buen comportamiento para un doncel, ya llegado un punto, Thomas cumplía su labor a medias, porque Andreas quería charlar y contarle de todos sus pretendientes.
Qué en sí se supone que debería ser virgen, pero en realidad Andreas le dijo que no interesaba porque lo hacía a escondidas y así los mantenía más al pendiente con la intención de pedir su mano, con los hombres deseando casarse con él por el buen sexo que les ofrecía.
Thomas no es que se escandalizara… O tal vez un poco, no demasiado, sólo que él no podía hacerlo, si bien amaba a Liam, sabía que debía esperar para entregarse a él cuando se casarán y estuvieran listos para tener hijos.
Ahora mismo no vivían juntos, Liam quería tener mejor economía para casarse y que Thomas no tuviera que vivir en una posada.
Sólo que Thomas sabía que Liam se esforzaba demasiado, y lo amaba por ello, aparte de que fue el único que estuvo allí cuando murieron sus abuelos, ya que Thomas era huérfano y quienes lo criaron fueron sus abuelos.
—Parece que te quedas con Liam no porque lo ames, sino porque sientes que se lo debes —le comentó Andreas una vez.
—Yo no… —Thomas tuvo que callarse por no saber cómo responder ante ello.
Andreas rió.—Quien calla otorga, Tomi, pero no te preocupes, no te juzgo, sólo entiende que no puedes pasártela complaciendo al resto sin disfrutar al menos un poco. Yo sé que con quien me case será con el último al que le daba mi exclusividad por eso me divierto antes, pero, ¿y tú? Si lo que profesas es casarte por amor y no por dinero, asegúrate de estar enamorado, y no sólo sentir que le debes algo, que para eso sólo bastaría pagarlo con una noche de placer y no toda una vida juntos —aconsejó el doncel rubio platinado para seguir abanicándose.
Thomas se quedó nuevamente en silencio, aquello no podía ser. Él quería… No, él amaba a Liam, y no era por deberle algo, ¿verdad?
Andreas sólo hablaba desde su versión de libertinaje, sólo… Estaba completamente errado, pero al salir de la mansión del doncel, se quedó con un nudo en la boca del estómago.
Y definitivamente no era algo que pudiera enviarle en una carta a Liam. ¿Para qué darle ese pesar? No, él mismo había sacado a su familia adelante y también apoyándolo incluso sin ser nada, y ahora Thomas tenía que retribuirle.
Negó con su cabeza, no, pensar así sólo reforzaba la idea de Andreas y él no era así, no era un favor, no.
Por un momento dado, es que Thomas sintió que alguien lo veía al salir de la mansión de Andreas, se giró y no encontró a nadie, aunque los vellos de su nuca se erizaron, quizá sólo eran los nervios porque era de noche.
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William intentó llamar a Thomas en su dirección, empleando sus poderes como vampiro, viéndolo entre las sombras, sin embargo, su amado no respondió del todo, y él no insistió, recordando que su amado Nicholas le pidió que se lo pidiera de mejor forma, no haciéndolo suyo por la fuerza, usando sus encantos para aturdirlo, teniéndolo bajo la hipnosis, eso funcionaba con sus víctimas, principalmente las débiles, por lo mismo es que su llamado atrajo a alguien más, alguien que salió rápidamente de la mansión.
“Una víctima más antes de dedicarme enteramente a ti, mi amor”, habló William en su fuero interno, e ingresó al laberinto del jardín, donde encontró a un doncel con sólo una bata.
Pero Thomas había salido de aquel lugar, así que sería peligroso simplemente matarlo, por lo que sólo se alimentaría un poco de él, sirviéndole como un esclavo después al no convertirlo con su sangre.
William lo volvió a llamar, él asumiendo su forma animal, un lobo antropomórfico para hacer que el rubio caminara hacia él, ese doncel olía a deseo… Con esa misma ansía había cedido ante su llamado, y por lo mismo es que lo tomó violentamente mientras lo mordía, succionando su sangre y haciendo que el doncel sólo sintiera que lo estaban follando, que lo hacía sí, sintiéndolo como un placer más, no dónde hubiera cuidado, entrega o afecto, no, no había aquello. Sólo era una entrada dispuesta a la qué profanar.
Cuando consiguió que el doncel se corriera y también drenó suficiente sangre, es que se salió, viniéndose sobre el vientre del doncel para regresar a las sombras.
William no podía dejar su simiente en un doncel, aparte de tomarlos como presas, era porque no podía arriesgarse a tener progenie, el único hijo que tuvo, y no nació, fue con Nicholas, hecho con amor, que también fue asesinado junto a su amado.
William dejó al doncel hipnotizado regresando con la ropa deshecha y la marca en el cuello, su esencia misma se evaporó y el rubio platinado durmió en su cama, creyendo que tuvo un sueño húmedo que se sintió muy real.
William tenía que seguir a Thomas, por lo mismo es que se hizo uno con la oscuridad, guiándose por su aroma, distinguiéndolo en un cuarto, tan austero que no había comparación a cómo él lo tenía como su rey en su castillo, con las sábanas más finas, la cama más suave, y ahora la reencarnación de su amado estaba viviendo en la precariedad en aquella pieza con rastros de humedad en las paredes y frío.
Pero Thomas no parecía quejarse por ello, él simplemente estaba peinándose los largos cabellos después de haberse quitado el traje, usando un camisón largo, y William sentía incluso más deseo por aquel doncel sólo con apreciarlo en su sencillez que lo que pudo sentir por quién fuera su amigo en el laberinto.
William lo miraba desde las sombras, observando su reflejo en el espejo, sus ojos brillantes color miel, tan hermoso con sus mejillas levemente teñidas de rojo. Thomas era magnífico, la viva imagen de su amado, lleno de inocencia y suspirando, escuchando cómo es que estaba conflictuado en su mente, teniendo dudas por la falta de comunicación con Liam, y otra clase de dudas…
William sonrió, Thomas no lo amaba, incluso si no atreviera a admitirlo en su mente, había el atisbo de hesitación, y es que no es que William fuera a limitarse porque Thomas tenía un prometido, sólo que era más fácil desterrarlo de su corazón si es que el afecto que poseía sólo era costumbre con gratitud.
Thomas sentía que su vida había sido cargada de desgracias, y por eso atribuía que lo único bueno que tuvo fue a Liam, sin embargo, William se encargaría de hacerlo suyo, de convertirlo en su rey, porque sabía que era una maldición el no poder morir, y en parte era algo egoísta pensar en hacer que Thomas no muriera jamás, pero sólo lo quería a su lado, para toda la eternidad. Ya habían pasado más de cuatrocientos años sin él, y ahora mismo la vida de su amado era miserable, pero con él… Thomas no tendría más carencias de ningún tipo, y no haría que sufriera nunca más.
En otra vida fue asesinado, y ahora mismo, quería sólo conformarse con alguien a quien no amaba, pero Thomas merecía más, merecía todo, y William se aseguraría de dárselo.
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Thomas siguió yendo a trabajar, hasta que recibió una carta de Liam, esta era un tanto extraña, se sentía como si no fuera él, pero asegurándole que estaba bien, y que tenía demoras por lo importante que era aquella compra.
El doncel se quedó inquieto, sin embargo, le envió también una carta a Transilvania, diciéndole que esperaba su pronto regreso.
También Thomas supo que Andreas había enfermo por lo que la reunión para elegir a su pretendiente se había pospuesto, y el doncel se sentía confundido por todo lo que estaba sucediendo justamente ahora, es decir, quizá no tendrían relación alguna pero igualmente era curioso.
Sin embargo, empezó a recibir también cartas, porque su arrendataria se las daba de mala gana.
—Muchacho, no sé qué tanta correspondencia debe estar llegándote si apenas eres un huérfano con un prometido pero no soy tu sirvienta —arguyó la señora Agnes y Thomas se sintió avergonzado.
—Disculpe, señora, no era mi intención —respondió Thomas recibiendo la carta.
Sólo que él no tenía más familia, ni alguien que le tenga que enviar alguna correspondencia fuera de Liam, y se sorprendió cuando era un mensaje sin remitente.
“Cada vez que te veo a la distancia, haces que todo mi ser se sienta atrapado por tu rostro, por tu belleza… Miles de años esperaría por un instante de tu atención.
Querido Thomas, me has cautivado, y siempre seré tu más ferviente admirador.
Por favor, no te molestes por tomarme el atrevimiento de escribirte, sólo que no pude resistirme al poner en palabras todo lo que siento por ti.
De tu más grande admirador, W. D”.
Thomas parpadeaba confundido. Si esta persona había dado con su vivienda, quería decir que sabía dónde vivía, así fuera más que obvio, y un estremecimiento lo recorrió por completo. ¿Quién era? Y definitivamente esa persona no sabía que él estaba comprometido para que decidiera cortejarlo.
Sin embargo, Thomas si bien tuvo en pensamiento de sólo romper y botar esa carta, hubo algo que lo detuvo y sólo la guardó. Haciendo que el doncel se sintiera intrigado por quién era W.D, ya que no conocía a nadie con aquellas siglas.
Pero esa primera carta sólo fue el inicio, ya que incluso, fue más perturbador el que la siguiente carta la recibiera bajo la puerta de su habitación. Tuvo el impulso de preguntarle a doña Agnes si era ella quien colaba las cartas bajo su puerta, pero por temor al mal genio de la mujer, es que sólo se callaba, esperando que sólo fuera eso, porque no tendría lógica que alguien se metiera sin ser visto a una posada de mujeres y donceles para sólo dejarle una carta.
“¿Te has percatado la expresión hermosa que pones cuando estás concentrado leyendo? Cada vez que la observo sólo quedo más enamorado de ti, mi querido Thomas.
En muchas ocasiones te observo, y te noto tan absorto en tus pensamientos. ¿Qué es lo que acongoja tanto, amor mío?
¿Será que muchas veces te sientes solo, Thomas? Incluso entre el gentío, a todos esos donceles que instruyes, cuando te hablan tus compañeros docentes… ¿Sigues sintiendo esa soledad?
Cómo si llevaras la dolencia de un pasado a cuestas, pero no estás solo, mi querido Thomas. Mi alma reconoce tu dolor, mi alma clama tuya…
Te entiende, te ve…
Siempre tuyo, W.D.”
Thomas se quedó perplejo, ¿quién era esta persona? ¿Cómo es que estaba detallando cada cosa? Fuera de ser señal de que realmente estuviera observándolo, sabía incluso sus pensamientos, o al menos era muy bueno leyendo sus expresiones, haciendo que la intriga en Thomas creciera más y más. Pero seguía sin haber un remitente sólo… Una indicación.
“Por si gustas responder, deja la carta bajo el recibidor”.
Thomas sintió sus manos cosquillearle por escribirle una carta de vuelta pero… No se atrevió, ¿para qué se comunicaría? Él no debía hacerlo… ¿Deber? No, él no quería, ¿qué le estaba pasando?
Sin embargo, las cartas no cesaron, sino, que incluso ahora venían con algún presente, no sabía de qué forma es que encontraba una caja finamente ornamentada sobre su cama, al abrirla, se fijó que era un juego de joyería… Desde un collar de oro con un dije de rubí, unos gemelos del mismo material con incrustaciones de pedrería carmesí, con un reloj de bolsillo también bañado en oro, al abrirlo es que vio que tenía grabada la frase en latín: “Tempus fugit amor manet”.
Thomas buscó en su diccionario de latín que tenía de la universidad, buscando la frase, sabía que estaba en algún lado… “El tiempo huye, el amor permanece”, aquel era el significado de la frase, y sintió cómo su corazón latió acelerado, ¿por qué?
El doncel sintió un recuerdo sensorial, unos labios, la unión de belfos uno contra otros, era su boca con otra pero… Esos labios no eran los de Liam, por inercia Thomas se tocó los labios, ¿por qué sintió el recuerdo de un beso con alguien que no era su prometido? Pero… Ni siquiera pudo ver el rostro de la persona que lo besó, sólo… Rememoraba la sensación, y su corazón siguió latiendo desbocado, haciendo que el doncel tuviera que sentarse sobre su cama.
¿Qué le estaba pasando? Este “admirador secreto” le había dado un regalo ostentoso, y ni siquiera sabía su nombre, ni conocía su rostro, pero de algún modo Thomas tenía una sensación de reconocimiento en él, ¿por qué?
Bajo aquella idea es que se decidió a escribirle, tenía que dejarle una carta bajo el recibidor, aunque ni siquiera sabía cómo es que daría con ella, pero… Ya en este punto tenía que hacer algo.
“Querido desconocido… No, omita el querido. No sé quién es usted, cómo es que conoce tanto sobre mí, ¿me está vigilando? ¿Cómo consigue que doña Agnes le permita dejarme tantas cartas? ¿Cómo es que gasta tanto en regalos si ni siquiera sé su nombre? Soy un hombre comprometido, por favor, deje de insistir.
Esperando esta misiva llegue a bien,
Thomas Shelley”.
Thomas sintiéndose nervioso dejó la carta bajo el recibidor y se fue a descansar.
Dos días después es que Thomas recibió otro regalo, un ramo de rosas tan rojas como la sangre misma, y una carta adjunta, frunció el ceño, es decir, el ramo era precioso, pero… ¿Por qué no le había hecho caso?
Abrió la carta, leyéndola.
“Paladeo y degusto el “querido” que no quitaste de la misiva, amor mío.
Y te conozco, veo desde lejos sí, manteniéndome en continua vigilia, pero sé más de ti de lo que te atreves incluso a confesarte a ti mismo.
Sobre cómo te hago llegar las cartas, no es algo importante, sino que las leas, y lo de los regalos que te hago, nunca escatimaría en nada para ti, mi amado Thomas, así que sólo disfruta lo que te dé, sin pensar por qué gasto tanto, nada podría asemejarse a lo invaluable que eres para mí.
Por lo mismo es que no dejaré de insistir, incluso pese a que sé que estás comprometido.
Considero un avance que por fin te hayas atrevido a responderme una carta, amor mío.
Siempre tuyo, W.D”.
Thomas se sintió entre enojado pero también… Azorado por el nivel de insistencia de aquel hombre, mordiéndose el labio inferior casi sin notarlo, y, decidió repetirle en otra carta el que no insistiera pero sólo fue motivo para que mantuvieran más comunicación entre ambos. Y era tan extraño porque todos esos poemas, forma de escribirle, y ciertamente los regalos eran halagadores, pero sólo hacían que Thomas se sintiera muchísimo más intrigado, ¿qué hacía él, un hombre comprometido, compartiendo aquella correspondencia e incluso ansiando que llegara el día siguiente para que W.D le respondiera?
Lo peor fue cuando su admirador secreto le pidió que compartieran una pieza de baile, enviándole una caja enorme de regalo, que al abrirla notó que era un traje muy elegante color gris, con una camisa preciosa, y unos zapatos de cuero que se notaban que eran muchísimo más de lo que su sueldo modesto de profesor podría costear, pero debajo de las prendas se percató que había la invitación para un baile organizado por el Conde Drácula.
Thomas dudó pero finalmente de última hora, decidió asistir, porque no estaría mal, ¿verdad? Sólo era bailar, aunque en sí sintiera que aquellas misivas aquel desconocido había visto su alma, ya que él mismo se había abierto, diciéndole algunas cosas, siendo a modo de desahogo.
Ya que se sentía muy solo, y más ahora que ni siquiera fue invitado al entierro de Andreas, que sólo se enteró que falleció por su obituario, cosa que lo tomó por completo desprevenido. Andreas era su amigo, pero su familia no lo consideraba lo suficiente a Thomas para al menos avisarle de la gravedad de su estado, que ni siquiera pudo despedirse de él.
Pero W.D había sido alguien al cual poder decirle todo, una vez pasada la hostilidad inicial. Mientras que Liam seguía diciendo que pronto regresaría, sin embargo, no daba más luces y ya Thomas empezaba a pensar que quizá estaba viendo a alguien más, o quizá era una parte suya buscando justificar lo que sentía al pensar en W.D, porque aquella sensación de déjà vu, de recuerdos inconexos… Seguían apareciendo en su mente, como…
“Si nos conociéramos de otra vida”, le había escrito su admirador secreto, y eso sólo hacía que Thomas se sintiera más nervioso, porque una parte suya empezaba a creerlo real.
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Cuando Thomas entró a aquel baile, sentía que la ropa que usaba completamente estaba acorde al sitio, aunque él mismo se sintiera ajeno, ya que nunca había visto tanto lujo, cómo es que poseían una orquesta, había tanto entretenimiento que definitivamente el anfitrión debía ser algún millonario extranjero, ni siquiera sabía cómo reconocería a W.D, no sabía su nombre, y estaba buscándolo entre la gente, como si hubiera algo que le gritara que era él.
Pero habían tantos hombres… Y ninguno sentía que era W.D, como si les faltara el brillo… ¿Brillo? ¿Por qué esperaba verlo resaltar?
—Hermoso doncel, ¿gustas bailar conmigo? —preguntaron a su espalda, y Thomas se giró, observando a un rubio extenderle la mano.
—Yo… —iba a responderle Thomas que no, en realidad queriendo justificar que sólo iba a bailar con su admirador para irse, pero no alcanzó a contestar.
—Lamento decirle que Thomas ya tiene un baile pendiente conmigo —musitó una voz profunda que hizo que Thomas se sintiera atraído como la polilla a la luz, girándose y observando a aquel hombre de cabello negro largo, tan pálido que parecía esculpido en mármol, de facciones exquisitas y que sus ojos… Oh, sus ojos, hicieron que el doncel se sintiera embrujado.
—Lo siento, Conde Drácula —respondió el hombre que le pidió bailar a Thomas.
—¿Conde? —repitió Thomas observando al hombre frente a él, el cual le ofreció una sonrisa, tomándolo por la mano, acercándola a su rostro, haciendo una leve inclinación mientras besaba sus nudillos.
—Mi nombre completo es Conde William Drácula,Thomas Shelley —se presentó William y Thomas supo que de ahí venía el “W.D”, sonrojándose porque no sabía que quien era su admirador era el mismo anfitrión del baile—. ¿Entonces me harías el honor de concederme esta pieza, por favor? —inquirió el hombre, enderezándose pero sin soltarle la mano.
—Sí —dijo Thomas, con el corazón latiéndole con la misma intensidad que al leer sus cartas.
William no estaba ejerciendo ninguno de sus poderes en él, pero también se sentía muy afectado, como si él fuera el mortal y no el vampiro en aquella situación, ya que esperó por tanto tiempo reencontrarse con su amado, e incluso escribiéndole, distinguía a Nicholas en él, y lo sabía, lo sentía, si bien no manejaba sus emociones, sí leía su mente, y Thomas estaba sintiendo lo mismo que él, sólo que sin ser del todo consciente de ello.
Cuando William lo tomó de la cintura, acercándolo a su cuerpo, comenzando a bailar, es que ninguno de los estaba tan al pendiente de la música como tal, sólo estaban embebidos uno del otro.
Thomas no sabía por qué, pero se sentía tan atraído al Conde, sonrojándose, percibiendo el calor de su cuerpo, en lo que se movían al compás, era tan vergonzoso… Pero es que sus ojos… Había algo en él, algo hipnótico, y que hacía que el doncel se relamiera constantemente los labios, como anhelando besarlo, ¿por qué? Era como si aquellos recuerdos sensoriales volvieran pero con el rostro de William, tenían más sentido, sin embargo, él lucía diferente, más joven y con otras prendas, como si fuera de otro tiempo, ¿qué le estaba sucediendo?
Sin embargo, Thomas siguió dejándose guiar por las manos de William sobre su cuerpo, mientras bailaban en el centro de la pista, y era más de una canción, sólo que el tiempo corría demasiado rápido entre ambos, y Thomas sólo sabía que no podía dejar de agarrar su mano y su hombro… No podía dejar de olerlo, de sentirlo, como si no pudiera hastiarse de él, ¿por qué tanta familiaridad?
Cuando William iba a besarlo, es que Thomas iba a corresponderle, pero ahí comprendió lo que iba a pasar, separándose de él.
—No… Yo… No puedo hacerlo, sólo vine por una pieza no para a engañar a Liam, yo no… —dijo Thomas atropelladamente, sin querer verlo a los ojos, porque sabía que esa mirada y labios eran su perdición.
Antes de que William pudiera responderle, es que Thomas, conflictuado, se fue corriendo del salón.
El camino hacia su posada se sintió como nubarrones, como si despertara de un sueño, y no podía ser así, porque una parte suya le gritaba a Thomas que regresa, que volviera con aquel hombre y lo besara, las palabras de Andreas resonando en su cabeza, haciéndolo cuestionarse que quizá sí era verdad, que él no amaba a Liam, y por eso era que deseaba besar a William, y seguir bailando a su ritmo.
Iba en contra de todo lo que Thomas había aprendido, lo que él mismo enseñaba, el doncel llegó acezado hasta su habitación, cerrándola y apoyándose contra la espalda sobre la puerta, intentando acompasar su respiración.
Incluso… Había sentido aquel ardor, porque había un tintineo entre sus piernas, un poco de lubricación mientras bailaba con William, cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio inferior.
No era posible, iba en contra de todo, del decoro, de su deber…
Escuchó un ruido y Thomas abrió los ojos, fijándose que William estaba en el marco de su ventana, el doncel estaba en el segundo piso así que el Conde habría tenido que escalar, pero… Se sintió muy azorado, recordando lo inadecuado que era que estuviera ahí, incluso cuando estaba prohibido que entrarán varones no donceles a la posada.
—¿Qué clase de degenerado es usted que se autoinvita a mi cuarto? Cómo si yo le hubiera dicho: “venga, lo invito a pasar” —reclamó Thomas en un susurro, acercándose a William que ya estaba por completo dentro de su habitación, el rubio intentaba objetarle mientras le daba golpes sobre su pecho, sin embargo, el más alto lo tomó por las muñecas y apoyó contra la pared, presionándose sobre él, haciendo que la humedad fuera en aumento y también su miembro despertara al sentir la pelvis del Conde contra la suya, con sus labios casi sobre los suyos.
—No soy ningún degenerado, Thomas, sólo he venido porque yo sé que dentro tuyo lo sientes… Qué nos hemos amado antes, que te he esperado tanto porque eres el único me hace sentir vivo aunque mi corazón haya dejado de latir hace mucho —exclamó William contra sus labios.
—¿Qué? ¿Dejar de latir…? Y apenas te conozco, yo… —refutó Thomas, sin comprender.
—Busca dentro de ti, mi Nicholas —musitó William para luego unir sus bocas, y Thomas no supo qué fue lo que pasó, pero al oír ser llamado de esa forma, juntamente con percibir sus labios contra los suyos, hizo que correspondiera mientras en su cabeza venían muchos recuerdos.
Ya no eran inconexos… Eran nítidos, cómo es que en el pasado, él usaba rastas y se llamaba Nicholas, siendo el esposo de William que se llamaba Blad… Toda una historia de amor al esperar su hijo ser asesinado cuando su amado fue a la batalla.
De algún modo lo supo, era verdad, y se separó por aire mientras sentía el estremecimiento dentro de su cuerpo porque esa boca y lengua, fue reconocerse mutuamente luego de años. Comprendiendo que era porque siempre lo amó, que William en otra vida fue esposo y por eso tenía tanta conexión con él, ese deseo acuciante que lo llenaba ahora, observándolo tan de cerca.

—Mi príncipe… —barbotó Thomas, a sabiendas de su pasado, William le soltó las manos para acariciarle las mejillas con sumo cuidado y una sonrisa.
—Recordaste, amor mío —masculló William con ojos brillantes.
—¿Cómo me encontraste? —inquirió Thomas, sintiendo que aún era confuso saber que tenía dos vidas, lo que antes fue y lo que era ahora.
—Yo… No soy humano, mi Thomas. Cuando te perdí, renuncié a Dios, renegando su existencia y me entregué a las artes oscuras hasta volverme un no vivo, me alimento del líquido vital, soy un vampiro, amor mío. Y por siglos estuve buscándote, porque mi amor por ti es tan inmortal como lo soy yo —respondió William y Thomas se sentía derretirse ahí mismo, porque si bien le perturbaba lo que le decía, el hecho de que lo hubiera buscado por tantos años hasta encontrarlo en su reencarnación, hacía que Thomas se sintiera flotar.
—¿Entonces me comerás? —preguntó Thomas, realmente sintiendo que podría ser devorado por William, ser su alimento si eso significaba no volver a dejarlo jamás.
En este punto no le importaba que Liam no regresara nunca más.
—No lo haré, sólo me bebería tu sangre para que te bebas la mía y que seas eterno, a mi lado, siendo ambos reyes de las tinieblas, mi amado Thomas —expresó William con devoción hacia su doncel.
—Hazlo, quiero quedarme contigo por siempre, bébeme y déjame beberte… No puedo esperar más, mi príncipe —soltó Thomas, arqueándose contra su cuerpo, aferrado al talle del vampiro.
¿Vida eterna o ser mortal? Poco le interesaba, sólo sabía que no quería perder a William, que era demasiado intenso lo que sentía por él, y el terrible dolor que tuvo en sus recuerdos cuando fue asesinado… El que perdió a su bebé a modo de venganza hacia su progenie, y que luego lo mataron. Por lo mismo era que el doncel estaba dejándose llevar, transgrediendo todas las normas, la moral y el recato… Había tenido una vida miserable, dónde creyó que sólo debería estar perennemente agradecido con Liam, aunque no lo amara, y ahora lo comprendía, no lo amaba por esperaba, incluso sin saberlo, a William, quien había sido su gran amor.
En otra vida fueron amantes, esposos y ahora sólo quería seguir siéndolo… “Vive” le había dicho Andreas en más de una ocasión, y es que era cierto, el estar ceñido a tantos parámetros sin realmente disfrutar no era vida, y por lo mismo ahora no le importaba volver un ser sobrenatural si significaba entregarse en cuerpo y alma al amor de su vida.
Rompería su compromiso con Liam si es que regresaba, sólo que Thomas ya no podía aguantarse más, era deseo sí, era la lascivia impulsada desde el amor, porque Thomas siempre había pensado en el respeto y conservarse virgen hasta el matrimonio, sólo que entendía que aquello había sido más fácil eludir cuando estaba con alguien a quien no amaba, ya que en este punto, sólo quería que William lo convirtiera e hiciera el amor.
William sentía la dureza contra la suya y podía olisquear la excitación del doncel, muy aparte de que podía leerle la mente, el vampiro sabía que ese brillo en sus orbes era por el deseo, quería ser poseído.
William volvió acercarse, juntando sus bocas, porque aquí si bien sentía la lascivia recorrerlo, era más que sólo eso, no sólo era un interés en su cuerpo, sino toda la intensidad guardada que había sentido por años, años de espera… Que si bien había estado con otras mujeres, hombres o donceles… Ninguno era Thomas, ninguno era como su Nick.
—Primero quiero hacerte mío… Qué aún teniendo el corazón latiendo puedas sentir con tu piel humana cómo te hago el amor —susurró William contra su oído, aquella voz aterciopelada que lo hacía derretirse, para bajar sus labios hasta su cuello, sintiendo la vena carótida palpitar contra ellos, su sangre era dulce, olía muy bien, sólo que William no podía ver sólo como alimento o su presa a su amado, no, ya que no quería drenarlo, ni que la vida se extinguiera de sus orbes como lo hizo con Luc en su afán de sentir que era un insulto que usara la piel del amor de su vida, lo que el vampiro quería con Thomas era venerarlo, degustarlo, rindiendo el mismo culto a su cuerpo como hizo con Nicholas, haciendo que su primera vez en esta piel, si bien poseía la sombra del pasado, igualmente fuera especial, percibiendo todo como humano antes de que reinara con él en las tinieblas.
—Hazme tuyo, en este y todos los universos —pidió Thomas en un ruego, con la mirada vidrios y el semblante enfebrecido, con William tomándolo entre sus brazos, haciendo que el doncel se sujetara a él, con el miedo a caer por lo abrupto del movimiento, pero todo temor se disipó cuando lo echó con sumo cuidado sobre la cama, para volver a ceñirse sobre él, uniendo sus bocas, con Thomas cerrando los ojos, abrazándolo con sus piernas, teniéndolo en medio de sus piernas, sintiendo cómo se abultaba más el sastre del vampiro, quien estaba jugando con su lengua dentro de su cavidad.
¿Cómo es que se respiraba? Nunca había sentido un beso tan intenso, con tanta carga de sentimientos hasta William, quien estaba consiguiendo que le costara conectar sus ideas, concentrarse… Thomas tuvo que morderse el labio inferior cuando sintió la lengua del pelinegro delinear su cuello, succionándoselo, y pasando con cadencia sus colmillos… Sin metérselos, pero Thomas tuvo un momento de lucidez mordiéndose la boca o sería escuchado por doña Agnes, y todas las mujeres de la pensión. Pero, como si sintiera su turbación, William dejó de chuparlo, y es que no es que lo sintiera, sino que estaba leyéndole el pensamiento.
El Conde alzó su rostro hasta el suyo, con el manto de cabellos cayendo en cascada y su mirada intensa sobre él.
—No te contengas, puedo llevarte a mi mansión, y ahí no tendrás que aguantar las bellas armonías que quieren salir de entre tus labios al tocarte —masculló William con determinación.
—Pero… Sería salir, y doña Agnes… —quiso replicar Thomas, porque estaba con muchas ganas de que William lo tomara y no podía justificar la presencia del hombre allí al decirle como tal que se metió por la ventana.
—No por la puerta, amor mío, déjame llevarte —instó William, Thomas parpadeó confundido, pero el vampiro volvió a sujetarlo entre brazos, y antes de que pudiera notarlo, es que salieron por la ventana, como desplazándose en el aire… ¿Era posible?
Thomas no sabía qué es lo que pasaba pero se sujetó fuertemente del cuello de su amado, haciendo como si realmente flotaran pero con mucha rapidez, pero el rubio sólo pudo sentir, más que temor, el aumento de su excitación, y la sorpresa de que era como si nadie pudiera verlos.
William estaba haciendo todo para que él pudiera estar a gusto, y cuando levitaron, sí, eso fue lo que pasó, hasta ingresar en la habitación de la mansión del Conde, es que Thomas siguió aferrado a él hasta que lo volvió a posar en la cama, sólo que era una enorme, con sábanas de seda, roja, y la suavidad hacía un increíble contraste, siendo tan suave, pero Thomas no pudo seguir enfocado en ello cuando observó cómo es que William se quitaba el saco, la camisa, mostrando su pálida piel que lo hacía tan similar a una escultura, con una belleza tan irreal y etérea, y pero se había quedado quieto, admirándolo, aunque aún tuviera los pantalones sueltos, sólo se despojó de sus botas, y empezó a despojar de las prendas a Thomas, quien se arqueaba ante cada toque, teniendo la piel febril, anhelante por seguir sintiendo las manos de William sobre él.
William mismo también estaba admirándolo, grabándose cada tramo de la tersura de su piel, era tan cálido e impoluto, tan suyo, le faltaban las cicatrices que tuvo de los accidentes de su otra vida, poseyendo algunas marcas distintivas, y las manos de William estaban tocando cada zona, sintiendo cómo es que se erizaba bajo su roce, ardiendo en el deseo de su amor.
Cuando ambos estuvieron por completo desnudos, había un poco de timidez en Thomas, porque si bien se mantenía excitado, era la primera vez que estaba frente a alguien de aquella forma, aunque tenía los recuerdos sensoriales de su pasado, no era lo mismo porque sabía que él en sí se mantenía virgen, pero William acarició sus muslos, en una caricia de arriba a abajo, infundiéndole confianza, para volver a acariciar sus bocas, y de cuenta nueva es que retomó su labor de bajar por su quijada, delineándole con su lengua el cuello, para ir por sus clavículas…
William quería probarlo, degustarlo, sin embargo, Thomas ya quería ser comido, como si hubiera sido cocinado en lenta cocción hasta punto de ebullición, por lo que se aferró a los cabellos color ébano mientras que el vampiro seguía bajando, lamiéndole por encima de su pezón, haciendo que Thomas echara la cabeza hacia atrás, gimiendo sonoramente porque ya nadie podía escucharlos, era como si incluso el baile hubiera acabado, o quizá seguiría sólo que ellos estaban envueltos en aquella bruma del amor y erotismo de la cual no querían desprenderse.
—William… ¡Aah! —soltó Thomas en un jadeo, con las piernas trémulas, y sintiendo cómo su miembro palpitaba por querer ser atendido, pero el aludido sólo siguió bajando por su cuerpo, lamiéndole el interior del ombligo, con aquella mirada lobuna, tal cual depredador de que era, y Thomas sentía cómo es que sus fluidos estaban manchando las sábanas bajo suyo, por la sensación de humedad descendiendo…
Una mordida en su cadera, haciéndolo sentir el ardor, sólo un poco… William probó un poco de su dulce sangre, para relamerse los labios, y seguir hasta darle un lenguetazo a la hombría de su amante, haciendo que Thomas se sonrojara aún más, empujando las caderas, pero la función de William sólo era mantenerlo en vilo, lo suficientemente receptivo para seguir, así que sólo succionó con cuidado el glande, y Thomas empujó sus caderas, con el vampiro alejándose.
—Aún es pronto para que quieras alcanzar tu éxtasis, amor mío —le advirtió William, posándole una mano en un extremo de su cadera para que no se moviera, y Thomas asintió sonrojado y sumiso, haciendo que el hambre del vampiro sólo fuera en aumento.
Por lo mismo es que William dejó unos besos a lo largo de su tronco hasta llegar a sus testículos, embocándolos un rato con Thomas aferrándose a las sábanas, mientras el mayor seguía bajando hasta delinear su perineo y dar con su agujero, lamiéndolo por fuera, con Thomas soltando un alarido mientras la punta de su miembro botaba preseminal, viendo puntos blancos tras sus párpados por aquel placer, es que el vampiro le metió la lengua, sintiendo cómo es que lo apretaba y Thomas jadeaba más fuerte, con una de sus manos dirigiéndola hacia su miembro, tocándose, aunque no se hubiera atrevido antes, se estaba dejando llevar por su propio toque inexperto, pero pronto sintió las manos de William detenerlo al tomarlo por la muñeca, con un agarre férreo, sin embargo, no con la suficiente presión para dañar, sólo para imposibilitarle el movimiento.
—Esa es mi labor —arguyó William, porque si bien sabía que su amado podía masturbarse mientras le daba placer oral, no quería que se corriera, quería encargarse enteramente de su placer.
Así que para evitar que el doncel siguiera comiendo ansías, es que alejó aquella mano, apoyándola contra el colchón, y con la otra mano sujetando su propia dureza, guiándola hacia su hendidura deliciosa que no pudo probar a conciencia, y comenzando a introducírsela hasta la empuñadura, aún teniendo su agarre en su muñeca, mientras se ceñía sobre Thomas, observándolo con los labios entreabiertos y el ceño levemente fruncido, mientras su canal se abría alrededor de su entrepierna…
William sujetó el miembro de Thomas, masajeándoselo en lo que esperaba que se relajara lo suficiente, pero el rubio buscó sus labios, y el vampiro le dio encuentro a su boca, haciendo que mientras sus lenguas se unían, danzando a un compás discorde, el mayor comenzara a mecerse adentro y afuera del donce, manteniendo su agarre en su hombría, con el preseminal permitiendo la fricción, pero las piernas del doncel por inercia se aferraron al cuerpo de William, buscando el contacto mientras su trasero se empujaba contra la pelvis del vampiro, quién supo que ya era tiempo de darle con más rudeza porque su amado estaba más que bien con la nueva sensación en su cuerpo.
—Te amo… —exclamó William solemne, porque si bien disfrutaba en demasía toda la calidez y estrechez de Thomas rodeándole, también sabía que era amor, que lo había encontrado y no daría tregua hasta convertirlo… Incluso aunque supiera que era una condena, quería ser egoísta, para no volverlo a perder, porque sólo con él se sentía vivo, sólo a Thomas lo amaba… Y quemaría el mundo entero con tal de quedarse con él por siempre.
Thomas quien tenía la mirada perdida, deshaciéndose en gemidos.
—Te amo tanto que duele —respondió Thomas, para luego gritar incrustándole las uñas de una de sus manos, aún teniendo el agarre de William en la otra, mientras que su cuerpo convulsionaba de placer, ¿cómo lo amaba tanto? Quizá porque aún se quedaba en su corazón el fulgor de su otra vida, pero William lo besó, empujándose más profundo, haciendo que su fiereza moviera toda la cama… Haciéndolos levitar al momento de llegar al orgasmo.
Su último gemido se perdió en los labios de William, ya que se corrieron al unísono, con el vampiro hundido hasta el fondo de Thomas, dejándole toda su esencia en su interior, y el doncel explotando contra la mano del pelinegro.
William se quedó observándolo embelesado, cómo el sudor lo hacía aún más bello, con sus cabellos rubios desordenados, y los labios tan hinchados y rojizos por tanto besarlo. Lo tenía, no era un sueño, era su realidad, soltó su mano para acariciarle el rostro, apoyando su pulgar sobre su labio lleno, y mirando la sonrisa que tenía, después del brillo del orgasmo, cómo le acentuaba tan bien.
Y sólo era el inicio de la noche, ambos tenían muchos siglos que recuperar…
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Liam había llegado totalmente drenado a Inglaterra nuevamente, con el cabello canoso, habiendo podido liberarse lanzándose por la ventana, casi ahogándose en el río a puertas del castillo del Conde Drácula, que de milagro no murió. Tuvo que tomar un barco para regresar, ¿por qué?
Porque lo vio… Estaba como hipnotizado por aquellos donceles, pero en una ocasión en sus inspecciones observó aquella pintura que no estaba en el salón, sino que parecía puesta en una especie de altar, donde se veía a Thomas con quien era el supuesto ancestro del Conde, salvo que no era Thomas porque tenía rastas y otras prendas y… Tampoco el ancestro del Conde, porque de algún modo, era él, y que había una urna debajo, así que si es que él era viudo, había fallecido joven para no tener más pinturas a su lado.
No sabía cómo, pero ahí fue que recordó que el Conde le robó el relicario, y antes de irse a Inglaterra se lo confirmaron, que él era un vampiro, que tenía cientos de años, y que era muy peligroso.
Que había hecho un pacto con el mismísimo Satanás para alimentarse de la sangre y así ser inmortal.
Y Liam es que lo analizó, que buscaría a Thomas, que como era similar a quien fue su esposo en el pasado, por lo mismo es que le había quitado el relicario y había desaparecido.
Cuando llegó a Inglaterra, es que supo las noticias, de que había una plaga, que habían muertes que no correspondían a algún tipo de enfermedad, no, sino que eran obras del demonio.
Liam al poseer información, es que su temor fue mayor, buscó al obispo para contarle todo lo que vivió, y que su prometido estaba en peligro.
—Entonces ya sabes lo que debemos hacer, Obispo Listing, simplemente toca cazar a aquel ser del Averno —masculló el profesor Hellsing, que era experto en ocultismo.
—¿Cómo se puede matar a un ser inmortal? —increpó el obispo.
—Usted como hombre de fe puede matarlo con una estaca directa al corazón u orillarlo para que al amanecer le dé el sol aunque sea por una rendija —respondió el profesor.
Y es que incluso Liam se había sorprendido porque observó las fotografías de cómo es que ahora estaba el Conde William, siendo una versión joven de cómo lo conoció, un poco mayor de cuando salía con su esposo en la pintura.
—No es que sea fácil convencer a alguien tan longevo, no es ningún tonto para haber vivido tantos años —comentó el obispo.
—Tiene otra debilidad —farfulló Liam, observándolos—. Mi prometido es igual a su esposo muerto. Se obsesionó a tal punto que cuando observó mi relicario con su fotografía se vino desde Transilvania sólo para… Estar con él —terminó por decir con rabia contenida, porque había intentado buscarlo en la posada de doña Agnes y había dicho que no sabía de él desde hacía un par de días.
—Tocará apelar a su lado humano —masculló el obispo, a sabiendas de que si tenía una debilidad humana, podría conseguir que el Conde mismo se entregara.
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Tanto William como Thomas estaban abstraídos en su propio paraíso personal, con Thomas siendo más feliz que nunca, con el vampiro dándole todo lo que él pudiera desear comer, llenándolo de atenciones, regalos y haciéndole el amor tanto que sólo podía sentir que estaba volando. Thomas apenas había sido convertido, con William queriendo consentirlo mientras ganaba tiempo para instruirle cómo sería la vida afuera del castillo, más que nada porque pese a todo, seguía siendo un monstruo, y ya con cabeza fría, temía mostrarle como tal a Thomas todo lo que implicaba el ser un vampiro, cuando su Thomas era inocente, y no era algo a lo que había sometido a su amado Nicholas tampoco, que él mismo no lo hubiera hecho si Nicholas nunca hubiera muerto.
Pero… La burbuja se reventó cuando empezaron a buscarlo, con antorchas, amenazando con quemar la mansión entera al ser asesinos y monstruos.
William observó a quienes lideraban aquella persecución, mientras tenía a Thomas detrás suyo, atemorizado.
—Pero, mi príncipe, ¿por qué nos hacen esto? —preguntó Thomas viéndolo con temor.
—Es porque soy un monstruo, amor mío, te lo dije… He matado a inocentes sólo por mi beneficio, alimentándose a costa suya —farfulló William, no podía decir que sentía culpa, era su naturaleza, sólo que era cierto, y era diferente decírselo a Thomas como tal, viéndolo temeroso por la gente que pedía sus cabezas, porque él mismo no le había traído personas como tal, sólo la sangre, directamente en copa para alimentarlo.
William mismo podía solamente destrozarlos, a todos, matándolos a consciencia, pero aún Thomas no sabía lo que era luchar, buscarse su propia comida, él era inocente de todo, aún
tenía su parte humana más marcada.
—No lo metan en esto, Thomas no tiene nada que ver, el único monstruo que buscan soy yo —musitó William, en posición protectora, haciendo que Thomas se mantuviera dentro.
—¿Vas a condenarlo también por tu egoísmo? Eso sería peor que verlo morir, ¿verdad? Porque le vas a quitar el brillo, su luz… Le vas a hacer perder su humanidad, teniendo el riesgo de que muera como pasó con Andreas, ¿eso quieres? ¿Qué sea capturado por comerse a unos niños al no tener el mismo control que tú y ser decapitado y atravesado para que no dé más problemas? ¿Crees que podrás estar detrás de él todo el tiempo? Un vampiro neófito convertido es abismalmente distinto a uno que ha realizado un pacto con Necromancia, Blad —habló el obispo luego que el profesor Hellsing le hubiera explicado todo sobre ello.
Las palabras del obispo hicieron que William se sintiera desestabilizado… Porque claro, lo entendía, sabía la intención en ello, no era ningún tonto para caer en una treta de manipulación tan simple como aquella, sólo que… Era cierto, incluso si Thomas mismo no lo sabía, su mejor amigo había sido convertido por no terminar de comérselo, en una conversión involuntaria, pero parecida a la que tenían los vampiros neófitos convertidos con intención, tenían un riesgo de salirse de control, de dejarse llevar por los impulsos y… El pensar que no podría permanecer a su lado todo el tiempo, arriesgando a que fuera asesinado nuevamente de forma tan violenta…
Por su egoísmo, porque William era quien quería convertirlo para tenerlo a su lado. Él…
—Voy a luchar por él —advirtió William, mientras comenzaba la batalla, donde él adoptó su forma no humana, con sus alas de murciélago, atrayendo las ratas y murciélagos, mientras que le disparaban, y él mismo los atacaba, no chupándoles la sangre, sino mutilándolos, con los ojos rojos, dispuesto a matar a todos los que fueran necesarios.
Thomas estaba encerrado, llorando con desespero al ver a su amado… No podía hacer nada, William lo hacía por protegerlo, pero el doncel sólo quería ir con él…
—¡William! —gritó Thomas, porque incluso con sus poderes William había cerrado las cortinas y no podía ver qué pasaba afuera.
—Lo has convertido, es cuestión de tiempo que sea asesinado… Aún hay una forma de evitar su condena —mencionó el obispo antes de que William le cercenara la garganta—. Thomas tiene un prometido, puede tener una vida normal si rompes la maldición…
—No se puede revertir la maldición —soltó con voz gutural William.
—No… Pero si tú mueres todos tus convertidos la pierden —musitó el obispo con una sonrisa, y William se alejó.
Si él moría, todo se acababa.
—Si mueres, él no vivirá condenado, ni tendrá que pagar por tus pecados, sería la absolución para ti, y para él —agregó el obispo—. Le darías la oportunidad de que él sí vaya al cielo, de salvar su alma —terminó por decir.
“Absolución… Salvar su alma”.
Y William lo sabía, cómo es que ahora estaba más pendiente y al cuidado de Thomas porque no sólo se trataba de su alma, sino… Adoptó nuevamente su forma humana.
—Hazlo —demandó William, mientras que el obispo sacaba la estaca, echándole agua bendita, soltando unos rezos antes de metérsela atravesando el corazón del vampiro, quien escupió sangre negra, sintiendo cómo se debilitaba—. Déjame despedirme… —habló el vampiro, para volver a su mansión, a cada paso iba envejeciendo más hasta llegar al aposento donde Thomas lo recibió, las cortinas se abrieron, mostrando el amanecer, aunque igualmente William estuviera muriendo.
—Amor mío… Mi príncipe, ¿por qué me dejas, amor? ¿Por qué otra vez? —preguntó Thomas entre sollozos, tocándole el rostro su amado, sintiendo cómo su corazón se apretaba, latiendo de nuevo, ¿se había vuelto humano de nuevo?
—Porque es la única forma de hacerlos libres, amor mío… Sólo así ustedes no seguirán condenados como yo, y tendrán una oportunidad de ser felices —musitó William, mientras seguía tosiendo sangre negra, haciendo que salieran incluso por las comisuras de sus cuencas.
—¡Yo no seré feliz con Liam, no me interesa, él no me da felicidad, sólo la tengo a tu lado, amor, llévame contigo hasta la muerte! —rogó Thomas, aferrándose a la ropa de su amado, sintiéndose roto por dentro y la mano de William se acercó hacia su mejilla, siendo arrugada y fría, mientras su cabellos negros eran ahora cenizos.
—No lo digo por él, amor mío, mi Thomas, mi Nick… —aclaró William, y la otra mano la dirigió hacia el vientre de su amado, sonriéndole—. Nuestro pequeño ahora sí merece nacer… Te amaré en esta vida y las que vengan… —musitó el vampiro, con Thomas acercándose a su rostro para sentir sus labios una última vez.
—Te amaré por siempre —susurró Thomas contra sus labios, posándolo sobre los suyos, para luego de sentirlo, observar cómo se hacía polvo que se extendió en el viento, formando la silueta de William en sus recuerdos, pero encontrándose con otra forma más…
Era Nicholas, era él mismo con rastas, que lo tomó de la mano y se perdieron en el cielo.
Thomas se había quedado solo, y se tocó el vientre, estaba embarazado de William, quien por protegerlo decidió morir.
El doncel sentía dolor, pero también rabia, y cuando vio cómo se metieron a su casa como si nada, los miró con odio.
—Déjenme solo, no tienen poder alguno sobre este lugar. No los quiero aquí —soltó Thomas tajante, pero Liam, que lucía canas y más envejecido se acercó a él pese la advertencia.
—Pero, mi amado Thomas, Tomi, soy tu prometido —arguyó Liam.
Thomas negó, alzando su mano, mostrando su dedo anular. —No más, como me abandonaste por estar encamándote con otros donceles vampiros que te drenaron tu energía, yo me casé con William, esta casa, y todo lo demás es mío. Así que… ¡LARGO! —gritó el doncel temblando de rabia.
Liam pensó que si él lograba que William saliera del panorama, Thomas volvería con él, pero había cambiado por completo, el rubio no era el donce inocente de antes.
—Debemos respetar su decisión si legalmente está avalado —musitó el obispo, pidiendo al resto que se retirara.
Thomas se cayó sobre sus rodillas, mientras seguía llorando, extrañando a William, pero tenía que ser fuerte, por su bebé y él, por todo lo que sacrificó su gran amor.
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Conforme pasaron los meses, el vientre de Thomas creció más hasta que finalmente entró en labor de parto, teniendo a dos pequeños pelinegros, si bien ambos tenían el cabello oscuro en pelusilla, uno se parecía a él y el otro a William.
—Mis pequeños tan bellos, yo estaré para cuidarlos por siempre, mis queridos Theodore y Jack —les habló Thomas a sus bebés quienes bostezaron y siguieron acomodados sobre el doncel.
Ellos eran su motivo para seguir, tal cual se lo había prometido a su gran amor, él viviría, y cuidaría a sus hijos, que eran la fusión de todo lo intenso que sintieron. Ahora mismo Thomas siendo el Conde Drácula, empleando su dinero y bienes en inversiones, consiguiendo que pese a ser doncel, lo respetaran al menos por cuánto podía pagar, así que de esa forma se mantendrían en paz, y serían felices, aunque no pudiera ser la felicidad absoluta al no tenerlo a su lado, sin embargo, siempre lo tendrían presente aunque no lo pudieran ver.
F I N
Tardé en escribirlo porque sigo con mucho trabajo pero agradecería que si les gustó, me dejen un comentario. Porque el esfuerzo que hice en todo, tanto manips, animaciones, vídeo y escribir sí es cansado, así que un “gracias, me gustó”, nunca está de más.