«Catorce» Fic de Kasomicu

Capítulo 11: Pasado

Algo extraño sucede cuando Bill entra a su departamento. Es como si hubiese llegado en un estado soñoliento y de pronto lo bañasen con un balde de agua fría. Primero ríe histéricamente hasta que nota la humedad en sus mejillas, después patea todo lo que encuentra a su paso, porque no es justo que él se sienta roto y todo lo demás esté demasiado completo.

Recordó los pensamientos que tenía cuando era más joven, y por lo cual regía su vida, hasta que tuvo que hacer una excepción; esas ideas de “no confiar en nadie, la gente siempre te lastima y es más doloroso cuando tú permites que entren a tu vida”. Bill no dejaba que nadie ingresase a su inestable día a día. Su padre, su madre, Anna, James, habían conseguido que Bill formase barreras frente al resto, hablar con sarcasmo, hacer bromas de mal gusto, tener una actitud pasota, ser exasperante, todo eso hacía que la gente se aburriese de él, se cansase, se hastiase y se fuera de una vez. Ellos eran iguales, siempre.

Cuando llegó ese crío de actitud timorata, lo que pensó Bill es que parecía niña, y las niñas son estúpidas, no se puede confiar en ellas, ninguna era como las princesas que tanto le contaba su madre. Después de molestarlo se percató que no era niña, no podía serlo. Cuando se fue envuelto por el aura del mocoso “tengo-once-años-recién-cumplidos” era demasiado tarde para evitar que entrase en su vida.

Pero se sentía bien, era como la frescura de la madrugada que te hace suspirar, o como ese calorcillo que se instala en tu pecho cuando estás haciendo algo que se siente correcto, por más que la muchedumbre creyese que no estaba bien. Bill confiaba en Tom. No obstante, al estar muy arriba caes desde mucha distancia, y Bill no tenía los besos ni las mordidas para aferrarse y no hundirse en ese pozo oscuro que solo le provocaba ansiedad, dolor y furia, porque esta vez la razón para sentirse defraudado era Tom, el que lo salvaba cuando estaba a punto de ahogarse.

¿Por qué él? ¿Qué de malo tenía Bill para que todos los que le importaban terminasen traicionándolo?

Su progenitor nunca lo quiso. Su madre lo dejó de lado. Anna lo rechazó como si fuera un insecto. James solo quería jugar con él. El resto no importaba, solo fueron cuerpos sin rostros, sin nombres, sin alma, no eran personas para Bill, no podían serlo porque no formaban parte de su vida. Ahora Tom se iba donde el rubito.

“Eres un niño”

“Eres escoria”

“Eres infantil”

“Nunca crecerás”

“Eres un vago”

“No vales nada”

“Solo eres una cara bonita”

“Marica”

“Provocas lástima”

“Eres nadie”

“No me importas”

“Morirás solo”

Tenía sentido, en algún modo. Bill era alguien despreciable, no tenía mucho para ofrecer, no tenía familia, no tenía muchos amigos, se había prostituido para dormir bajo techo y era… nadie. El rubito por lo menos era alguien de la edad de Tom, que no tenía muchas experiencias y era sano, a diferencia suya, ¿qué tantas mierdas habría podido hacer un chico de catorce años? Probablemente no muchas, y Tom tenía derecho a elegirlo por sobre Bill, porque cualquier opción era mejor si se ponía uno a compararlas con Bill. Su madre era una mentirosa, él no tendría un final feliz, porque si bien no era como su padre, algo de locura, algo enfermo tenía dentro para que todos le diesen la espalda.

Bill quiso gritar, pero de pronto no supo encontrar su voz. Se sujetó de los cabellos, jalándoselos sin percatarse. No tenía cigarrillos, ni mota, o alcohol. Solo era él y su jodida mente. Se tiró del pelo con fuerza, hasta que los nudillos de sus dedos se pusieron blancos y perdió cierta sensibilidad en el cuero cabelludo.
Sus ojos estaban idos, desenfocados, como mirando dentro de su miseria.

No podía gritar, pero no necesitaba hacerlo, sus pedazos estaban por doquier y ni eso podría volver a unir sus piezas.

Cuando pudo sentir de nuevo sus piernas, cogió lo poco que tenía y lo puso en su equipaje. Salió con un lugar en mente del conjunto de departamentos.

Tom se estaba empezando a preocupar, como Bill no estaba en la casa de Andreas, era evidente que había ido a otro lado. ¿Se habría sentido mal? Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de que Bill hubiera visto el beso y bueno; sin embargo, luego la descartaba, si Bill hubiera estaba presente probablemente se habrían peleado, o quizá algo parecido a cuando Bill creyó que él le había ido de chismoso donde la psicóloga para después morderle el labio con saña. Bill era impulsivo y algo agresivo (mucho), así que no tendría sentido que se fuese así como si nada de haber sido el caso.

Lo buscó en el claro, también cerca del lago, creía que ahí se habría ido. El único lugar que le quedaba era el conjunto de apartamentos, se sintió un poco torpe al no pensar primero en ello. Cuando llegó e iba en dirección al ascensor, escuchó que lo llamaban, dos personas. Al voltearse para comprobar que quizá era obra de su imaginación el oír a esas voces llamarlo al unísono, se percató que no, que era cierto. Su madre y su padre estaban viéndole.

—¿Pasó algo? —preguntó con nerviosismo.

—Tom, debemos hablar, tú, tu madre y yo. Algunas cosas cambiarán a partir de ahora —musitó Jörg, Tom asintió y los tres entraron al ascensor.

Tom solo quería ver a Bill.

Anémona se acomodó la falda al sentarse, Tom se sentó recto y muy pendiente por si su celular vibraba. Jörg estaba sentado junto a la rubia. Algo en toda la escena hacía que Tom se sintiesen en aquello llamado “intervención”, cuando alguien tenía una adicción o un problema y sus familiares lo obligaban a escuchar un sermón para que fuera a rehabilitación o cambiase de actitud. Bueno, no es que distase mucho de su situación.

—Tom, hijo, quisiera saber primero, ¿por qué no tuviste la confianza de decirme que eras gay? Yo… lo supe, o bueno, lo sospeché desde que me dijiste que “en una pelea” habías conseguido esa mordida en el labio cuando eras más pequeño, pero ahora tu madre me dice que a ella sí se lo contaste, ¿ya no te sientes cómodo hablando de tus cosas? Pensé que aparte de ser tu padre era tu amigo —soltó Jörg dolido. Tom quiso que se lo tragase la tierra, su mamá había hablado demás. Maldijo y gritó todos los improperios que se sabía, mentalmente.

—Te lo iba a decir, papá. —Tom estaba mintiendo con todos sus dientes, o quizá no del todo, la verdad es que no se le ocurría qué más decirle, y probablemente poco importaba ya que ahora lo sabía.

—No lo sé, hijo, no sé si deba confiar en ti. Pero hablé con tu madre, y bueno, llegamos a un acuerdo, cuando salgas de la escuela vendrás aquí y el señor Zimmerman te vigilará, porque yo pienso que ya no eres un niño que necesita que lo cuiden, así que lo que necesitamos es que te eche un ojo porque no podemos dejarle que vayas visitar a ese hombre, cuando Anémona salga del trabajo ella vendrá por ti —comunicó Jörg. Tom se sintió indignado.

—¿Cuál hombre? ¿Por qué no me dejarán salir? ¡No he hecho nada malo! —Se quejó.

—Tom, le conté a tu padre de Bill, él no es un niño, es un adulto, y no me convence que sea tu novio —admitió Anémona.

—Pero mamá, ¿por qué debería convencerte a ti si es mi novio? Al que besan y con quien comparten cosas es conmigo no contigo —farfulló Tom sin poderse creer todo aquello.

—Tom, no puedes estar con un muchacho mayor, y que por lo que me cuenta tu madre, no es alguien decente, no estudia y no tiene un trabajo digno —declaró Jörg, sintiéndose algo dividido, pero al final de cuentas su exmujer tenía razón, solo era un encaprichamiento con un chico que no le daba nada bueno, se le pasaría.

—Él no tiene dinero suficiente como para estudiar, yo lo he visto buscar empleos y le cierran las puertas porque no tiene todos sus documentos, ¡cuida niños! ¿Qué hay de malo con eso? ¿Acaso es un anciano degenerado? Tiene diecinueve años, y me quiere mucho —respondió Tom, con las mejillas rojizas y la voz algo temblorosa.

—Es mayor de edad, Tom. Podría intentar algo extraño contigo, hace poco me preguntaste sobre…

—¡Yo quiero tener sexo con él! —escupió por inercia y luego se cubrió la boca al ver la expresión en los rostros de sus padres, sin embargo… volvió a apagar el switch que impedía que dijese esas cosas y continuó—. Tengo catorce años, mamá, te quiero mucho pero siempre has intentado que yo me comporte como un niño cuando ya soy un adolescente, uno en pleno cambio hormonal. No… no es justo que me hagan esto, ni siquiera me he masturbado, y ya sé que es algo normal, solo que siempre lo hicieron ver como cosas malas, con Bill es diferente, lo deseo y me siento deseado, y y y y —se calló porque sabía que había abierto la boca demasiado.

Jörg en verdad se sentía mal, pero tenía que seguir. Anémona quería morirse ahí mismo.

—Tom, no tenemos nada en contra de la masturbación.

—Hablas por ti, Jörg…

—Anémona, basta. Pero no es normal, ya verás que esto es solo una etapa, y quieras o no tendrás que obedecernos porque eres menor de edad, así que atente a las consecuencias de tus actos —sentenció Jörg.

—¿Y qué demonios se supone que he hecho? —exclamó Tom sulfurado.

Anémona se cubrió el rostro y Jörg endureció la expresión.

—Sabes que está mal que digas groserías, así que vete a tu cuarto, Tom —ordenó Jörg.

Tom se sintió desdichado e hizo caso.

Bill sabía que a esa casa no podía entrar por la puerta principal, uno porque no tenía llaves, dos, porque quería evitar verla. Así que ya con sus botellas de agua y cigarrillos entre sus cosas, subió por la pared, ayudado por los fierros, y entró al que antes había sido su cuarto.

Se sintió nostálgico al ver que todo estaba igual. Era como retroceder en el tiempo.

Revisó entre sus cuadernos viejos y vio un montón de dibujos que tenía, también los retazos de poemas, canciones de las cuales no recordaba su melodía ahora, pensamientos, citas de películas, tenía de todo un poco.

Todo estaba polvoriento, suponía que era normal, dado a que probablemente su madre no entraría a su cuarto cuando él ya no estaba. Se echó en su cama con cuidado de no hacer ruido y prendió un cigarrillo, como la ventana estaba abierta, el olor se iría y así Simone no se percataría de su presencia. Si se quedaba más tiempo debería comprarse algo para comer. La verdad es que ahora no se le antojaba nada, solo dormir eternamente y prácticamente inyectarse nicotina, le gustaba paladear el amargor, sentir el humo en su interior, la sensación que le llenaba al fumar lo tranquilizaba, hacía que la ansiedad se extinguiese, aunque fuese efímeramente.

“Me he convertido en un maldito blandengue”, pensó al leer los poemas groseros que escribió hace años quejándose de sus maestros y de otras personas no gratas. Ahora… ahora no peleaba, no se quejaba en toda regla, no “vomitaba” todo lo que lo agobiaba.

Se estaba planteando seriamente quedarse ahí hasta que aguantase su cuerpo. Bill nunca había considerado la automutilación o el suicidio una opción, claro, fumaba, tomaba, y se drogaba a veces sin tomar en cuenta el daño que le acarrearía a su organismo pero atentar de forma directa nunca. Lo máximo a lo que había llegado es jalarse los cabellos, mordisquearse el labio, y evidentemente hacerse piercings y tatuajes no contaba como forma de lastimarse, ¿verdad?

Quería follarse a alguien, eso fue lo que concluyó cuando al absorber algo del humo le hizo sentirse un tanto ido. Necesitaba perderse dentro de alguien, no importaba si fuera una boca, una vagina o lo que sea, pero joder, era algo urgente. Le temblaron los dedos cuando acomodó el cigarrillo sobre sus labios y bajó su mano en dirección a su cremallera. “La puta mierda, no puedo hacerlo”, caviló cuando siseó frente al contacto de su palma contra la tela de su ropa interior.

Bill no podía hacerlo sin pensar en… gruñó bajo y sacó su celular junto con sus audífonos de sus mochila, puso Only de Nine Inch Nails; después de ponerse los cascos, cerró los ojos y desabrochó sus vaqueros, tanteando en búsqueda de su hombría, una mano evidentemente no era lo mismo que una vagina, o un buen culo, o incluso una boca, poco importaba ahora mientras empezaba su bamboleo contra su mano.

Debía descarriarse, olvidar quién era, dejarse llevar por las sensaciones. Era mejor que ahogarse, sí, era mejor que eso, aplastó el cigarrillo contra la mesilla y siguió su movimiento de muñeca.

No se sentía tan excitado pero ahora no podía detenerse.

Tom lloraba, no como una niñita, tampoco como un adulto, él lagrimeaba como un niño, después de todo,
Tom solo tenía catorce años. La situación estaba en su contra, y eso conseguía que se frustrase, ¿por qué a él?

Tom no era ruidoso por eso en ese momento solo se oía el sonido de su respiración entrecortada, el único signo inequívoco de que estaba desahogándose, misma señal que alertó a Jörg al pasar cerca del cuarto de Tom. Anémona ya se había ido, así que podía ver a su hijo sin que la rubia se entrometiera.

—¿Tom? —llamó Jörg, los sollozos bajaron de intensidad y se extinguieron.

—¿Qué sucede, papá? —preguntó Tom, pero no se movió de su sitio, la puerta seguía separándolos.

—Ábreme la puerta, hijo. Debemos hablar —ordenó.

—La última vez que dijiste eso terminé aquí, papá —dijo Tom pero Jörg lo escuchó moverse para que luego la puerta se abriese. Como el mayor se esperaba, su hijo tenía los ojos rojos, la nariz y mejillas también—. ¿Qué pasó, padre?

Jörg entró a la habitación de Tom y se sentó en su cama, palmeando a un costado del colchón, el de rastas con expresión triste hizo caso. —Tom, ¿por qué llorabas?

El menor se mordió los labios para no responderle de mala manera, pero, ¿en serio? ¿Le preguntaba eso?

—Padre, me estás prohibiendo ver a Bill, me tendrán vigilado como si fuese un bebé y… —se calló e hipó, se cubrió la boca con su mano, llorando silenciosamente al rozarse el piercing.

—Tom —posó su palma sobre el hombro del aludido—, cuando crezcas y seas mayor comprenderás que esto lo hacemos por tu bien, es una etapa, seguro aquel chico estuvo siendo mala influencia para ti, conocerás a una linda muchacha mañana más tarde, te enamorarás, te casarás y tendrás hijos. Esto se quedará en el olvido.

La expresión dulce de Tom se endureció y tras apretar los labios abrió la boca. No podían castigarlo más, no había nada más que le interesase que Bill.

—No se trata solo de Bill, no me gustan las mujeres, he tenido novias solo porque mis compañeros las tenían y para que no me molesten, pero no son de mi agrado, he tocado pechos, sí, sin embargo, me da asco y no siento nada al hacerlo, ¡no me gusta acariciar cinturas, no me emocionan esas curvas, papá! Me encantan los pechos planos, las caderas estrechas, las piernas varoniles y —se calló al ver el rostro de su padre, pero después de boquear decidió seguir—. Una vez me dijiste que no había nada de malo en los homosexuales.

—Claro, tu tío Paul es un caso especial, no es como los otros homosexuales, ya sabes, es muy reservado y él supo que tenía esa… orientación sexual de mayor, al conocer a su pareja, Anis. Tú eres un niño, Tom. —Jörg evidentemente no iba a hablar mal de su primo, ya que era de temer y tampoco es que se comportase como una loca o algo así, Anis menos.

—Tengo catorce y en poco tiempo cumpliré quince años. Si ahora no me atraen las chicas, ¿qué se supone debo esperar? Incluso me asqueé al ver esas revistas que me compraste —confesó. Jörg frunció el ceño.

—¿Ya has tenido sexo con ese jovencito?

—No, ya dije que quería pero no hemos hecho nada —musitó azorado.

—Pues no hacen cosas agradables…

—Mamá me dio la charla, pero no habló del todo, es diferente.

—Claro, seguro ese tal Will está que te mete mariposas en la cabeza para bajarte los calzoncillos —acusó Jörg. Tom lo miró indignado.

—¡Él no es así! Y se llama Bill.

—Tom, ahora piensas así. Más adelante verás que es lo correcto —aseguró Jörg, y tras una palmada sobre su espalda salió.

Había hecho que Tom se enojara sin notarlo, pero al menos dejó de llorar. Jörg se sentía muy convencido sobre ello, era solo una etapa, su hijo no era gay.

Era domingo, y Tom no quería despertar, no deseaba hacerle frente a su realidad, a volver a casa de su madre y tener que soportar sus protecciones excesivas, lo único que le apetecía era perderse entre las sábanas y seguir soñando con Bill. Pero su novio no le había llamado, ni contestado las llamadas. Tom estaba preocupado.

Por fin aceptando que tendría que levantarse sí o sí, se fue en dirección al baño. Esperaba que pudiese ver a Bill antes de irse, su padre nunca le había visto, así que no podría evitar que hablase con un amigo, ¿no? Tom no confiaba en ello, era fácil saber que Bill era el chico que había mencionado su mamá.

Cuando estuvo listo, se dirigió a la habitación de Jörg y tocó la puerta.

—Hijo, me han llamado de mi trabajo, así que tendrás que irte solo. Pero llamaré a la casa a la hora que tendrías que haber llegado, así que ni intentes irte para otro lado o demorarte —avisó Jörg, para luego abrir y removerle las rastas cariñosamente—. Cuídate, campeón.

Tom asintió ausente e hizo caso.

Tom estaba pateando todo lo que tenía en su camino, como si el botar cosas con fuerza le permitiera desahogar algo de la frustración que sentía. No se iba a poner a llorar de nuevo, una vez estaba bien, dos veces no, él no era una niñita para estar soltando mocos a cada rato.

Y maldita sea, no había visto a Bill al irse del departamento. ¿Es que acaso lo evitaba? Frunció el ceño, no tenía sentido.

Pateó una lata con demasiada fuerza y salió disparada, no le tomó importancia hasta que escuchó un “ouch” después del sonido de la lata golpeando contra “algo”. Levantó su vista y se encontró una señora que tendría poco más de cincuenta años que movía su pie empujando la basura.

—Hey, crío, deberías tener más cuidado —soltó la mujer y Tom se sonrojó, pensó que no había nadie.

—Lo siento, señora —se disculpó y fijó atención en cómo lucía la mayor.

Tenía ojos color miel, almendrados, unas bolsas bajo ellos y arrugas que evidenciaban que reía mucho, al igual que las que tenía cerca de la boca, una nariz respingona y unos labios delicados. Al parecer de joven había sido rubia, por el color de sus cejas, pero ahora tenía el cabello de color rosa chicle y muy corto.

Vestía una camiseta de The Rolling Stones negra, unos vaqueros a la cintura no muy ajustados y unas zapatillas Chuck Taylor color rojo, encima llevaba una casaca de cuero y algo de todo estilo le recordaba a
Bill, cosa que lo hizo sentir confundido.

Pero había algo más, algo en sus ojos, nariz y boca que le hacían pensar en otra persona.

—Disculpe, señora, ¿la conozco? —preguntó Tom, sin saber que estaba siendo parte de un escrutinio idéntico a la que él la sometía.

—¿Eres hijo de Mona? —cuestionó en vez de responder.

¿Mona? ¿Quién era Mona?

—Mi mamá se llama Anémona, señora —respondió y quiso patearse. Se supone que no debía hablar con extraños, pero ella se acercó a él y le sonrió.

—Sí, Mona, ¿me puedes llevar donde ella?

—Pero eso no sería posible, no la conozco, y no, lo siento —se excusó comenzando a caminar.

—¿Tu nombre es Tom, no? Tu madre se llama Anémona Fiorella, tu abuelo falleció pero se llamaba Hans —soltó.

Tom se detuvo en seco y viró en su dirección algo espantado.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Bell —le sonrió.

—Usted es la mujer que estaba en el funeral de mi abuelo —recordó Tom. Ella asintió. El de rastas rubias tenía como cinco años cuando su abuelo murió, y de ahí rememoraba a esa mujer, aunque era diferente, tenía el cabello largo color rojo y en una trenza. Su madre hizo que se alejaran cuando la mayor intentó acercarse a ellos.

¿Sería buena idea que llevara a Bell donde su madre?

—¿Para qué quiere ver a mi madre?

—Tengo que decirle algo importante, Tom. Por favor —suplicó Bell. Tom parpadeó y aceptó, no sabía si estaba haciendo bien, pero ella no parecía ser mala, ni alguien que pudiera hacer algo para perjudicarlos.

Cuando llegaron, Anémona estaba en la cocina, al escuchar el ruido salió en dirección al sonido y al verlos se le cayó la cacerola de los fideos, y su expresión parecía como la de alguien que hubiese visto un fantasma.

Tom creía que nuevamente se había metido en problemas.

Continúa…

por Kasomicu

Escritora del Fandom

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