14: Como música para Cerbero

«Catorce» Fic de Kasomicu

Capítulo 14: Como música para Cerbero

Bill subió hacia la ventana de Tom y cuando estuvo frente a ella notó que estaba cerrada. Una parte suya le decía que eso era una forma de no permitir que entrase, que no quería verlo o algo así, como si no quisiera que Bill se acercase, tal vez era su lado medio paranoico. Sin embargo, al notar en el interior del cuarto vio que el de rastas tenía en su mano un papel.

Era el dibujo que Bill había hecho cuando Tom tenía once años. Casi se cae al percatarse, pero después aporreó con fuerza el vidrio para que le abriera. Lo recordaba, había sido el segundo día que vio al crío, había estado algo drogado (mucho, bastante) y no lo pensó demasiado en cuanto vio el dibujo de ese chico-con-años-recién-cumplidos, es decir, era Freddy y parecía cualquier cosa antes de que él lo mejorara. No pensó que guardara eso.

El rubio volteó a ver de dónde provenía el sonido, y se pateó mentalmente por haber sido tan idiota y no haber dejado la ventana abierta para cuando viniera Bill. Quizá había estado nervioso en demasía, puso el dibujo en su mesita de noche y le permitió que pasara.

Bill lucía diferente, como la primera vez que estuvo en su cuarto, podría ser el cabello, se le veían las raíces rubias, o podría ser que su expresión era inescrutable. O tal vez era el hecho de que había entrado por una ventana. Pero lo más probable es que Tom se sintiera así, porque como en la primera ocasión, tenía miedo de la reacción de Bill.

El menor suspiró y se sentó en su cama. Bill se tocó el puente de su nariz, ambos estaban tensos.

—Quiero decirte unas cosas antes, y lo mejor será que te calles porque si no explotaré. —Tom asintió y Bill prosiguió—. Primero, no sé por qué diablos te respondí a la llamada, bueno, Lilith lo hizo pero igual pude haber colgado. Segundo, no sé qué hago aquí, de ser otro caso, probablemente te hubiera mandado el diablo y ni siquiera te vería. Tercero, odio al rubito, lo detesto, siempre ha andado de toca huevos. NO TENGO IDEA CÓMO CARAJOS NO LO HAS NOTADO ANTES, y lo digo en serio, ha estado tras tu culo desde siempre, solo mirar lo posesivo que es contigo, las indirectas que te manda, cuando anda de cizañero, en fin.

»Voy a dejarte hablar, sí, pero, y escúchame bien esto, si intentas mentirme, me largo. Porque nada valdría la pena si tú no solo me has traicionado, sino que también tomarías esa postura de los adultos para querer mentir sobre todo. No te reconocería. Ya, eso es todo, ahora habla.

Tom boqueó, soltando monosílabos, se sentía perdido. No le iba a mentir, era Bill, podría incluso mentirse a sí mismo, pero hacerlo con Bill era diferente. Sino que estaba nervioso, Bill era impredecible, cosa que le gustaba, era uno de los detalles que lo hacían único, sin embargo, también era un defecto.

—¿Por qué no hiciste nada? —se le ocurrió preguntar. Bill frunció el ceño, y Tom se sintió tonto, porque no era precisamente lo que uno podría llamar “dar explicaciones”. Pero no podía evitarlo, fue lo primero que se le vino a la mente, no era propio de él. Su abuela le había explicado que estaba lastimado, quizá quería escucharlo de boca de su novio, o entenderlo un poco más.

—¿Por qué mierda debería resolverte yo los putos problemas? —respondió Bill de mala forma, pero estaba exasperado, Tom parpadeó. Le recordaba al Bill del parque cuando le mordió la boca con saña—. Se supone que tú eres mi pareja, tienes que hacer respetar nuestra relación. No dejar que venga cualquiera a besarte.

Tom se quedó con la boca abierta. Él no había reaccionado a tiempo, sí, pero por la forma en que hablaba Bill era como si… pensara que lo estaba “engañando”.

—No, Bill, yo no sabía. En serio, no sabía lo de Andreas, él me estaba hablando y luego… me besó y yo no lo alejé a tiempo —“ojalá lo hubiera hecho”, pensaba, porque había odiado con cada célula de su ser todos esos días en donde no supo de él.

—Te dije que no me mintieras —soltó Bill con los dientes apretados. Su Once no mentía descaradamente, no con algo así, no de esa forma, no a él.

—¡No es mentira, Bill! Es en serio, si hubieras visto unos segundos después sabrías que es verdad —se defendió Tom. Se sentía muy mal, porque en muchas ocasiones no le habían creído, y le hacía enojarse, sin embargo, que Bill no le creyera era distinto, por mucho.

—Ah claro, como cualquier novio es bien fatuo para quedarse a observar cómo le hacen una traqueotomía a su pareja, ¿sería normal que viera, no? —barbotó Bill con los ojos oscurecidos.

—¡No me hizo eso, Bill! Ni siquiera viene a tema, no… no pasó así. —Tom intentaba comprender lo que Bill veía, pero a la vez se frustraba porque no le hacía caso.

—A la mierda, si vas a seguir con tus tonterías. Me largo —sentenció Bill, apretando los puños y caminando en dirección a la ventana.

—¡No! —gritó Tom abrazándolo por la cintura, aferrándose a él, el moreno posó sus manos sobre el agarre, intentando desligarse—. No, Bill, enójate, grítame, muérdeme, pero no me dejes, no, no, no, por favor. Te necesito. Estos días sin ti fueron horribles. Incluso fue mi cumpleaños y y y y mis papás se pusieron en un plan terrible, me dijeron cosas horrendas y vinieron mis tíos. Quería que te conocieran. No te vayas, Bill, no me dejes. Prometiste que no te irías a menos que te lo pidiera, lo prometiste. No te pido que te vayas, quiero que te quedes a mi lado.

“¿Romperías tus promesas? ¿Lo harías aun cuando todos te las han roto a ti? Lastimarías a Tom, le harías lo mismo que te hicieron los adultos a ti”, resonó una voz en su cabeza. Bill se quedó paralizado.

—¿Tú no quieres a Andreas? ¿No lo besaste? —susurró. Se sentía débil, pequeño, le había tocado la fibra sensible.

—Lo quiero como un amigo, respondí al beso porque pensé en ti. No debí hacerlo, fui un tonto y ya no permitiré que haga eso nunca más. No quiero perderte, Bill —suplicó Tom, comenzando a sollozar contra la espalda de Bill.

Las barreras se Bill cayeron cuando sintió y escuchó a Tom llorar. Podía pasar cualquier cosa, que se enojase, se frustrase, le gritase, pero que llorara, eso Bill no podía soportarlo, más aun cuando la razón era el mismo Bill.

—No… no llores, shus, no me gusta que llores, espera —pidió Bill en voz baja, volteándose para ahora estar frente a él, le tomó por el rostro y se acercó, fijándose en sus orbes color avellana—. No se llora, ¿sabes? No. No debes llorar, uhmn… veme a los ojos y dime que no lo quieres para otra cosa. Mírame.

—Al único que quiero para todo es a ti, solo a ti, Bill —musitó Tom anhelante, ansioso por obtener su perdón y por saber que esos brazos no se alejarían de él, que no lo dejarían jamás.

Bill sabía que era infantil querer huir como marica cuando escuchó esas palabras, aunque no era en sí la frase
“te quiero”, de todas maneras, no sabía cómo sentirse. Pero sus ojos eran sinceros, diáfanos, era la misma mirada que tenía cuando tenía once años y le decía que no, que él no sabía lo que pensaba, y era cierto, al final de cuentas todo había sido culpa de la psicóloga.

¿En quién más podría confiar ciegamente? Cuando todos le dieron la espalda, quiso saber por qué un crío menor que él intentaba ayudarle, con qué intenciones. Y cuando notó que no era por nada oculto, sino algo simple como curiosidad y deseo de ofrecer una mano, dijo ¿por qué no creer en un mocoso de once años?
¿Qué iba a perder? No perdió nada, sino ganó a alguien que sacó lo mejor de sí mismo. Alguien que lo hizo sentir especial, le hizo ver el mundo de una forma menos compleja, donde se hacían las cosas porque se quería, donde no había que tener razones concretas y que mientras no afectara a nadie más, podrías hacer lo que gustaras. Le enseñó a sonreír, con ganas, reírse con todo el rostro, con el cuerpo, que la risa le inundara el ser, le llegase hasta los ojos.

Juntó sus pedazos y se ofreció a repararlo, a pesar de ser pequeño. Le ofreció un apoyo, un soporte, y cuando regresó y era lo que nadie quería, los restos de lo que anteriormente fue, Tom le dio sus labios, devolviéndole la vida, haciéndole sentirse querido, le dio su lengua, le pintó los colores del mundo, le iluminó el jodido ambiente gris en donde estaba. Le puso unas malditas mariposas en el estómago, le metió todo un arcoíris en su organismo. Era como una droga, algo que te vuelve adicto, el problema es que también tenía su parte dañina, lo volvía más indefenso, convertía a Tom en su punto débil.

“Querer te vuelve débil”, volvió a hablar esa voz, “lo quiero”, pensó Bill. “Aún peor, estoy enamorado de él”, notó segundos después.

—Debes hacer que no joda ese puto rubio o le romperé el culo sin importar que luego me pelee con Georg —masculló Bill contra su oído, casi en un gruñido.

Tom lo miró algo asustado. —¿Le pegarías en serio? Hace un momento acabas de decir que no me ibas a resolver los problemas.

—Soy capaz de hacerlo, no sería para solucionar tus cosas, sino por vendetta, ya sabes cuestión de honor, cosas de hombres —mencionó Bill, Tom se limpió con al rebeca de su chaqueta y bufó.

—También soy hombre —se quejó aunque no estaba muy enojado, lo bueno es que no seguiría llorando como niñita.

—No lo pongo en duda —ronroneó. Y Tom le creía, porque tenía la idea de que si hubiese sido mujer, Bill nunca se hubiese fijado en él.

Las cosas no estaban igual, ambos lo sabían, tendrían que lidiar con ello más adelante. Tom debería hablar con Andreas si este persistía en meterse, porque él los quería a los dos. El problema radicaba en que los quería de forma distinta, Andreas era como un hermano para Tom, a pesar de que en ciertas ocasiones le jodía en demasía, a Bill lo veía como todo menos un pariente, porque un hermano no vería a otro con esas ganas de hundirse en su boca, perderse en sus brazos; un hermano en definitiva no querría sobarse contra el otro hasta que el centro de su ser se separase en miles de partículas y llegase hasta la Vía Láctea, para luego unirse y que todo tuviera miles de colores vívidos.

Absolutamente un hermano no se imaginaría con el otro así.

A Andreas lo quería para jugar, para hacer pijamadas hablando de temas tontos o viendo malas películas, que sabían que eran malas pero les gustaba burlarse igual. Lo quería para sentirse como el mismo crío que era hace años, y lo suyo no era complejo, era simple, y así le gustaba, porque el uno siempre había estado para el otro. Aunque tenían sus propios dramas internos que no contaban del todo, sino hasta que se limitaban a llorar en silencio, sin embargo, estaban ahí.

A Bill lo quería para besar, y no solo besar, para ser el mismo y que le quitase ese lado de “niño mimado”. Lo quería para pasear en el lago. Para escuchar música en inglés. Para que le diera dulces con la boca. Lo quería para que le mostrase un mundo más crudo, pero no por ello menos bello, lo quería para morder, para lamer, para todo. Tom quería a Bill para todo. Para sus noches, sus días, para hablar, para callar, para comer, para pasar hambre, para sonreír, para llorar, para correr, para caminar.

—Eres raro —susurró Tom—, hace un rato estabas a punto de romper mi ventana y ahora me abrazas.

—¿Eso es malo? Digo, ¿quién quiere ser normal? ¿Y quién lo es del mundo en este retorcido mundo? —cuestionó Bill sin esperar respuesta.

—No te pongas filosófico, Bill, no te queda el papel —dijo Tom con una sonrisa y se puso de puntillas para besarlo.

Bill primero se quedó sorprendido por la iniciativa de su novio, luego posó sus manos sobre las caderas de Tom, acariciándolo por sobre la tela y ayudándolo a acercarse más. Cuando la suavidad propia de labios de Tom, que no era como la boca de una mujer, pero se sentía mucho mejor que los labios de muchos hombres, estuvo entre sus dientes. Soltó un gemido de satisfacción durante el ósculo. Y fue recomponiéndose, porque saciaba su hambre, calmaba su alma, callaba su dolor. Tom tenía la cualidad de hacer que sintiese de nuevo.

Y vaya que sí sentía todo de nuevo.

Giraron sus rostros, evitando el contacto muy fuerte con sus dientes, lamiéndose, sonriéndose, incluso mirándose durante el beso. Se necesitaban, oh claro que lo hacían. Sus corazones latían, y ambos podían sentir sus pálpitos que si bien no iban al unísono, formaban una melodía única, hermosa, que le daba sonido al gesto. Claro, se oía la succión, lo húmedo, la combinación de saliva, sin embargo, podían escuchar esos latidos en sus oídos, los propios y los ajenos.

Tom no entendía, no entendía que si Bill le lamía los labios, introduciéndose en su boca con su lengua alternando la velocidad, besándole hasta la voz, era porque Bill lo deseaba y no se atrevía a hacer más que demostrándoselo así, y con sus toques, esas caricias que le hacían estremecer su columna vertebral. No le metía la mano por debajo de la playera, solo jugaba con sus dedos haciendo formas ansiosas y diversas en su espalda baja y Tom se moría, se moría y quería desmayarse, o era quizá que se olvidaba de cómo respirar.

Y era como el cielo, podía paladear su sabor, sentir su textura, olerlo; Bill no olía a un libro nuevo pero le gustaba, su almizcle era una mezcla entre algo dulce, como vainilla y algo que en definitiva no era dulce, consiguiendo que le entrasen ganas de lamer su cuello, solo para probar su sudor, y saber si sabe tan bien como huele.

Recuperan el aire, se miran como si nunca antes se hubiesen visto y fueran lo único sobre la faz del jodido planeta. Como si hubiesen ganado el premio mayor y lo tuviesen delante. Se observan y se comen con los ojos, solo Bill lo hace a consciencia, Tom aún no entiende de eso, solo sabe que su piel se eriza por la
expectación de ser besado por Bill de nuevo.

Cuando el moreno le vuelve a rozar los labios, lo hace más lento, cepillando sus bocas, mordiendo levemente, jalándole el piercing, y le lame juguetón el labio superior. Y Tom sonríe como un idiota. Bill le besa la mejilla, los párpados, la quijada, la cual después mordisquea y sigue fijando su vista en él, como si no se creyera la suerte que tiene. Tom no puede tener las manos quietas, así que acerca más a Bill al sujetarlo del borde sus vaqueros. Bill se ríe, con ese sonido característico que tiene y Tom le cubre la boca con la suya.

A Bill no le importaría seguir encorvado por toda la eternidad si a cambio recibía los besos de ese crío, que ya no era uno más, pero no importaba llamarle así para no perder la costumbre.

—Así que —comenzó a hablar entre besos cortos y sonrisas bobas—, ya cumpliste años, ¿quince años recién cumplidos, entonces?

—Dijiste que siempre sería tu Once —musitó Tom haciendo morritos, pidiendo ser besado. Bill posó su pulgar sobre el labio inferior y lo repasó una y otra vez—. ¿Qué haces?

—Me aprendo cómo se sienten los pliegues de tu boca, tu boca es mía, ¿sabes? —interrogó, aunque más bien afirmaba. Tom sonrió achinando los ojos.

—No me molesta que sea tuya. Tendría poco sentido que fuera solo mía si implica no besarte.

—Me enojas —confesó Bill, chasqueando la lengua. Tom se quedaba mirándole porque tenía los cabellos desordenados, los labios hinchados y rojizos, brillantes. Sus mejillas estaban teñidas de rubor también, sus ojos dilatados. Era hermoso. Lo que no sabía es que Bill creía que Tom era lo más bello que había en el mundo.

—¿Por qué?

—Porque me distraes, me haces perder el foco. Se supone que estaba enojado por lo que pasó, y no puedo estarlo dije “me enojas” solo por decir. Ya no siento verdadera furia contra ti, ya no importa lo que pasó, o sea sí importa, y ya te dije qué deberás hacer a la próxima, o evitarlo. Eres hombre, puedes hacerte cargo, no hay mucha diferencia de fuerza entre ustedes. Sin embargo, ¡ugh! Me distrae tu jodida boca, me hace olvidar hasta de mi nombre —farfulló Bill.

—¿Y eso por qué tiene que ser malo? —preguntó Tom con la nariz arrugada.

—Supongo que no es del todo malo. —Bill tomó a Tom por las manos, acarició el dorso con sus dedos—. No me molesta, aunque también lo hace. Ni yo me entiendo, Once. Creo que haces que mi mundo esté de cabeza, no sé, todo se vuelve más irreal, y pierdo el sentido. Es como emborracharse, o fumarse un porro, la diferencia es que no me molestaría quedarme con este vicio, ¿sabes? Podré sonar muy marica y cursi y esas idioteces que hacen vomitar en millones de colores chillones. Pero pues… me gusta la sensación. No me malinterpretes, estoy confiando en ti, de manera que si traicionas mi confianza de nuevo, no podrás esperar que regrese.

Tom lo comprendía, y en parte le aterraba la idea. No quería perderlo, al menos sabía que la situación estaba aclarada. Y evitaría cualquier otro malentendido, ahora que se ponía a analizarlo, desde que se habían conocido se formaron malos entendidos. En la actualidad eran pareja y eso solo intensificaba los resultados caóticos de esos problemas.

Decidió que luego se preocuparía por ello y se aferró a Bill, hundiendo su nariz en su pecho, aspirando su aroma y percatándose que le gustaba refugiarse ahí.

—Hueles rico —halagó. Bill le acarició la espalda y las rastas.

—Tú también —correspondió Bill. Cuando el mayor intentó separarse, Tom se apuñuscó su camiseta.

—Quédate conmigo esta noche, por favor —suplicó Tom, intentando por todos los medios obviar esa idea que pulsaba en su cabeza al decir ese tipo de cosas. Malditas fueran sus hormonas.

—¿Y tu mamá?

—Pues mi papá le dijo que debe darme privacidad en mi cuarto, supongo que mucho tuvieron que ver mis tíos en aquella decisión —comentó.

—¿No entrará de improviso?

—No, ahora mi puerta tiene seguro y ella siempre toca antes. Luego te puedes bajar por la ventana, o con ayuda de Bell podremos sacarte por la puerta que da hacia el patio —ofreció. Bill arqueó una ceja.

—¿Quién es Bell?

—Oh, es la mamá de mi mamá. Mi abuela, pero prefiere que la llame Bell, creo que te llevarías genial con ella. Es lo máximo —contó el rubio con ilusión en sus ojos—. ¿Entonces te quedas? ¿Como regalo de cumpleaños, sí? Di que síiii —pidió en un canturreo. Bill suspiró dramáticamente y rodó los ojos para luego ceder—. ¡Magnífico! ¿Quieres dormir en la cama o en la bolsa de dormir?

—Ya no estoy adolorido —dijo haciendo alusión a la primera vez que durmió en su cuarto—. Si no te importa podríamos dormir en tu cama, si nos ponemos de lado entramos ambos.

A Tom se le coloreó el rostro y tartamudeó. ¿Dormir con Bill? De pronto los recuerdos de su sueño recurrente volvían. Diablos no, eso era en el sofá, no en su cama, su… colchón que soportaba sus desfogues, ahora lo compartiría con Bill. Solo rogaba a Dios que no tuviese un sueño raro esa noche, ¡y de ser posible que tampoco despertara con una erección dura como fierro! No quería ni imaginarse el bochorno que pasaría si es que todo aquello le aconteciese junto a Bill.

—Tierra a Once, ¿me escuchas o la comunicación está siendo interferida por los reptilianos? —interrogó a modo de chanza. La sonrisa socarrona no pasó desapercibida para Tom y le puso “mala cara”, que ligado a su puchero, perdían mucha seriedad—. ¿Me prestas algo para ponerme como pijama? Como sabrás, esto estaba fuera de mis planes —acotó. Tom asintió y se dirigió a su cómoda, sacó una playera que tenía un logo gastado y se la ofreció, junto con un pantalón holgado.

Bill sin importarle que Tom estaba delante suyo, se quitó el abrigo delgado que tenía, luego la camiseta para finalizar con los vaqueros. El de rastas reaccionó muy tarde para voltearse, por lo que se había ganado con la vista de la piel blanquecina de Bill, sus piernas largas y velludas, y el bulto en sus bóxers negros ajustados.
Y la jodida estrella en su cadera, la puta estrella que parecía gritarle “lámeme”. En definitiva cuando la vio primera vez en el lago sus pensamientos no fueron esos con exactitud, pero sí lo turbó bastante, y ahora quería pasar su lengua por trazos y se sentía tan confuso por ello.

—¿Te vas a quedar ahí parado dormido? ¿Como una gallina? ¿O cogerás tu pijama y cambiarás? —chanceó.

—Yo… sí, voy al baño —barbotó Tom, sujetando su ropa y encerrándose.

Se sentía acomplejado, Bill era delgado, sí, más ahora que iba perdiendo esos músculos con los que regresó. Tom también era delgado, pero por alguna razón extraña, la misma que lo había impulsado a usar esa ropa genial que llevaban los amigos de sus tíos, Tom habría tenido nueve años en ese tiempo. Pues le gustaba ocultar su cuerpo. Se sentía más seguro.

No sabía qué impresión tendría Bill de él. Es decir, Bill se había acostado con muchas personas. Tanto hombres como mujeres, cosa que prefería olvidar, y quién sabría qué tipos de talles habría visto, de qué clase le gustaban.

—¿Once, te estás haciendo una paja o qué? Ven ya —soltó Bill tras la puerta.

—¡No me estoy haciendo nada! —respondió azorado—. ¡Y ya voy!

Por suerte su madre estaba en el primer piso desde que había venido Bell. Así que no podían oírlos.
Después de mojarse el rostro para refrescarse (ahora que lo notaba, luego del beso había quedado bien afectado) y se puso el pijama. Cuando salió vio a Bill jugar con su gameboy.

—Hey, ¿vas a jugar? Si quieres prendo la tele y jugamos los dos con mi play —musitó Tom, no sabiendo si sentarse o hacer lo que decía. Bill lo miró de reojo y claramente se oyó cómo perdía su juego—. Oh, no sabía que eras tan malo —bromeó.

Bill rodó los ojos y puso el aparato en la mesilla, junto al dibujo. Luego instó a que Tom se metiese en la cama, llamándolo con el dedo índice. El rubio se mordió el labio y con una sonrisa se ubicó junto a Bill.

—No tengo ni puta pizca de sueño, ¿tú sí? —cuestionó Bill mientras se rascaba el vientre por sobre la playera.

—No, la verdad es que dormí mucho hoy. Podríamos hacer algo para matar el tiempo —caviló Tom.

—Ehmn, ni idea —bostezó abriendo los brazos y acomodó uno de ellos tras la espalda de Tom, acercándolo a él al tomarlo por la cintura.

—¿Eso fue tu intento disimulado para abrazarme? —preguntó Tom con las mejillas encendidas.

—Discúlpame por ser tan obvio, quería decir que fue casual —respondió haciéndose el indignado, sin embargo, no lo soltaba.

—Bueno, podemos quedarnos así hasta que nos agarre el sueño.

—Pero es difícil para mí dormir, ¿por qué no me narras un cuento? Oh cierto —exclamó Bill, mirándole fijo y posicionándose como si fuese a hablar de los más grandes secretos del mundo—. ¿Sabías que nos conocemos de antes?

Tom frunció el ceño.

—Claro, tenía once y…

—Shus, no, eso no. Yo tenía once años y tú seis. Estaba en el supermercado a punto de comprarme un tinte. Georg te trajo a ti y al rubito —soltó con desdén—, el punto es que tenías gripe y los mocos se colgaban de tu nariz. Y hablabas extraño, no pronunciabas bien, parecías menor por tu forma de hablar, te llamé retrasado.

—¡Oye! —Se quejó, ¿retrasado?

En su cabeza pasaron imágenes de ese día. Pero no recordaba con exactitud al chico que le había hablado.
Luego se percató, Bill estaba rubio, se veía mucho más pequeño y enclenque. No lo vio maquillado, sino simplemente un chico sin mucha paciencia. Rió como tonto después, Bill se le unió.

—¡Pero eso fue cruel! Tenía problemas para hablar, por eso mis padres me compraron libros y me los hacían leer en voz alta, hasta que pudiera pronunciar bien —explicó Tom.

—Oh, bueno, ¿no es recontra raro que nos hubiésemos conocido en esas condiciones? Probablemente me recordarás terrible, odio mi cabello al natural. Eso me recuerda que debo comprarme otro tinte. Ehmn, te decía, ¿me vas a leer el cuento? —cuestionó Bill, mirando de reojo la biblioteca.

—No sé si tenga cuentos, que recuerde, tal vez sí. —Tom se levantó y fue en dirección a su mueble—. ¿Alguna temática en específico?

—No sé, ¿princesas y dragones?

El de rastas detuvo su búsqueda y rió. —¿Eres niña? —luego siguió buscando, cuando de pronto sintió que le jalaban la mano y la posaban sobre…

—Supongo que esto disipará las posibles dudas sobre mi género —farfulló Bill y alejó la mano de Tom de su entrepierna. El rubio había quedado con cara de idiota, le había tocado la polla a Bill de una manera que no se podría considerar adrede, sin embargo, la había sentido contra su mano.

—Síí el… libro, en las Crónicas de Narnias hay príncipes y princesas, también dragones. En Harry Potter hay dragones, en El señor de los anillos también, entonces no sé, cual tú quieras —mencionó rápidamente y con las mejillas rojas.

—Todas son sagas, tsk. Uhmn, creo que a este paso no podremos dormir —señaló Bill.

—Pero son asombrosas, y si te da sueño, pararé la lectura y dormiremos. Nos queda muchas noches para leer —animó Tom.

—Ok, está bien, Once. Empecemos con la saga de El señor de los anillos —aceptó Bill. Tom asintió emocionado, olvidándose momentáneamente que le había agarrado el paquete a su novio, y sacó el primer libro.

—Ven, echémonos.

—¿Puedo poner mi cabeza sobre tus muslos? No es nada raro, solo… no sé, me gustaría que me leyeras así —pidió Bill algo ¿avergonzado? Tom se sintió feliz, ya que esos detalles simples de su Bill le quitaban una sonrisa. Que se comportara como un niño a veces.

Se acomodaron, y Tom le acarició los cabellos azabaches mientras se adentraban al universo de Tolkien.

De alguna forma, ambos se sintieron muy bien.

Continúa…

por Kasomicu

Escritora del Fandom

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