«Itanthor, la isla sagrada» (Fic de Heiligtkt483)
Capítulo 2: Rituales y Reencuentro
Los meses siguientes, Bill lo había pasado mal. Echaba de menos a su hermano. Por las noches se evadía en sus pensamientos, y se ponían a jugar en un lugar en donde nadie les podía encontrar. Durante el día, Bill iba aprendiendo las enseñanzas de Elebeth, junto con las otras sacerdotisas que había en la isla. Tom había sido llevado a una casa donde vivía un hombre con su hijo, más o menos de la edad del niño. Durante los primeros meses, el hijo de aquel hombre fue un gran apoyo para Tom, se convirtió en su gran amigo.
Los años fueron pasando, Bill ahora era un joven de catorce años, que se aplicaba con esmero en aprender todo lo que su tía le explicaba. Hoy debía de ir al gran círculo de la piedra mágica, para aprender a dominar elementos naturales. El joven Bill se encontraba de pie al lado de la mujer, mientras que las demás sacerdotisas formaban un círculo rodeando a ambos. Sobre una piedra había unos ramilletes secos de ramas de árboles, Elebeth miraba concentrada a esas ramas secas, para después saliendo de la nada, las ramas empezaran a arder.
—¿Tía como lo has hecho? —preguntó Bill alucinado— Enséñamelo, quiero aprenderlo —la mujer sonrió para luego elevar sus brazos y hacer que el cielo se oscureciera provocando una tormenta de verano, haciendo que la lluvia comenzará a mojar los cuerpos de los presentes en ese sitio.
Las siguientes semanas fueron difíciles y duras para Bill, ya que su tía le exigía mucho. Estar en Itanthor para convertirse en la gran sacerdote, conlleva que aparte de embrujos, ungüentos, dominio de las hierbas para hacer remedios para curar también debía de aprenderá dominar los elementos naturales del agua, fuego, viento. Elebeth en todos esos años que había estado en Itanthor los dominaba a la perfección, así que si Bill quería convertirse en buen sacerdote para servir a la diosa debía de aprender todo eso, pero el joven a veces se distraía y no prestaba atención a lo que su tía le decía.
—Vamos inténtalo —dijo Elebeth a su sobrino, ambos estaban solos en el gran circulo de la piedra mágica, tratando de que por fin aprendiera a encender fuego con su mente. Pero Bill tenía la mente en otro sitio.
“Bill…”
Escuchó el pequeño a su hermano mayor, que lo llamaba, para luego ver como corría entre las grandes piedras que formaban el gran círculo de la piedra mágica, mientras su risa se mezclaba con el sonido del viento, y luego desaparecer como apareció riendo en su juego.
—Bill —llamó Elebeth para captar la atención de su pupilo.
—He visto a mi hermano Tom —respondió Bill mientras sonreía alegremente.
—Debes aprender a distinguir tus visiones de la realidad —dijo su tía— Venga inténtalo de nuevo, concéntrate.
Bill intentó encender con su mirada las ramas secas, pero no lo logró. Ese día Bill se retiró frustrado a la casa donde vivía con su tía, ya que quería aprender a hacer, pero veía que eso era difícil y costoso, debería de esforzarse más para poder lograrlo. Cenó en silencio, pan de avena mientras que tomaba algo de fruta, después se retiró a sus aposentos para poder descansar y reflexionar sobre lo que había hecho ese día.
El sol había descendido, Tom se levantó de su cama, y se dispuso a lavarse con el agua fría que había en una gran jarra, echando el contenido sobre una palangana. En todos esos años, su cuerpo había cambiado radicalmente, ya no era el niño de seis años que había sido separado de sus padres y su hermano, ahora era un joven apuesto de catorce años. Su cabello castaño le llegaba sobre el hombro, su cuerpo se había fortificado con el paso de los años, ahora estaba más musculoso, sus brazos eran fuertes y fácilmente podía sujetar la gran espada de acero, que utilizaba para entrenar día a día en sus lecciones diarias de manejo de la espada, a la vez que el viejo Brahar le enseñaba la sabiduría que había en los libros. Se acabó de lavar, para ponerse unos pantalones y una camiseta holgada, tipo sayón, que cerraba en la parte de arriba con un cordel. Tom lo dejó desabrochado mostrando su pecho fuerte y musculado. Bajó a la pequeña cocina que había en la casa.
—Buenos días, Tom —saludó Georg, el hijo del hombre que lo había acogido hace varios años— Preparado para hacerte picadillo hoy —sonrió el muchacho, ya que siempre iba a entrenar con Tom.
—Lo dudo, Georg —sonrió Tom— Más bien quien te va a hacer picadillo, seré yo —dijo con superioridad.
—Bueno, eso ya veremos —se rió el muchacho— Debemos de ir a las cuadras. Hay que asear y cepillar el pelaje de los caballos. Mi padre vendrá más tarde a buscar su caballo, tiene que partir a tratar unos asuntos al norte.
—Está bien —respondió Tom cogiendo un cuenco de barro, para servirse un poco de leche fresca y después coger un trozo de pan para acompañar mientras se tomaba la leche.
Cuando el joven Tom acabó de tomar su desayuno, los muchachos salieron del interior de la casa, para dirigirse a las cuadras y así empezar a hacer su tarea. Más tarde, cuando acabaron de hacer todo, Tom entró de nuevo en la casa acompañado de su amigo, para coger sus espadas. Después ambos se fueron a un claro del bosque, que había cercano a la casa de ellos, donde empezaron a hacer luchar entre ellos mostrando cada uno el manejo de las espadas. Finalmente, Tom venció a Georg. El muchacho no lo tomó muy bien, ya que tenía las esperanzas de derribar al joven futuro rey. Exhaustos por el esfuerzo físico que había hecho, hace un rato, se tumbaron sobre la verde hierba que había en ese claro del bosque. Cerraron los ojos disfrutando del sonido propio de los árboles, al moverse las hojas y las ramas con el viento que jugueteaba tímidamente entre ellos. También se podía escuchar el murmullo de las aguas limpias y cristalinas de un riachuelo cercano allí, que atravesaba el gran bosque. Las risas y las voces de unas mujeres, hicieron que los dos amigos, abrieran los ojos.
—Ven —sonrió Georg a su amigo, para luego comenzar a caminar hacia el sitio donde había escuchado las voces— Con suerte, hoy podremos deleitarnos con la belleza de las criaturas del bosque. Dicen que son muy hermosas, y que el canto de ellas hace que los hombres se hipnoticen y pierdan la cordura por ellas.
—No digas tonterías, Georg —dijo incrédulo el muchacho poniéndose al lado de su amigo una vez que lo consiguió alcanzar.
Se asomaron detrás de unos arbustos que los protegían, para poder bien de quien se trata. Georg pudo observar como tres muchachas de cabellos rubios largos y piel blanca como el marfil, estaban en el interior del río. El muchacho no podía dejar de observar los cuerpos desnudos de las chicas, de estrechas caderas y profundas curvas. Tom miró temeroso, para luego sentir un calor en su cuerpo. Era la primera vez en su vida, que veía a una mujer desnuda.
—Será mejor que nos marchemos —susurró Tom a su amigo— No vaya a ser que nos descubran.
—Está bien —asintió Georg, aunque de mal gusto, ya que estaba disfrutando de la buena vista— Eres un miedica.
—Según Brahan eso es ser prudente —respondió el muchacho emprendiendo su camino, hacía el claro que había abandonado minutos antes. Ya que debería de recoger su espada, que había dejado sobre la verde hierba.
Cogieron sus espadas, y emprendieron el camino de regreso a la casa. Una vez que llegaron allí, una doncella les sirvió algo de que comer, mientras que seguían conversando. Al poco rato, llegó Brahan quien se puso a hablar con Tom, diciéndole que al día siguiente irían a las afueras del pueblo, tenían que ir a hacer unas cosas. Durante toda la tarde, Tom la pasó haciendo quehaceres que le había puesto Brahan. Cuando se hizo de noche, tomó algo de cena junto con Georg, para luego irse a su habitación a descansar. Se desnudó y se tumbó en la cama, para luego cerrar los ojos. Sus pensamientos en ese momento iban dirigidos hacia su hermano pequeño.
“—Bill… Bill… —llamó en sueños.
—Aquí estoy, hermano —respondió el menor.
—Te he echado de menos… —susurró el mayor abrazándolo entre sus brazos.
—Yo también te he extrañado mucho —sonrió Bill— Vamos a jugar…
Bill cogió la mano de su hermano, y lo guió hacia un lugar muy hermoso. Los jardines estaban completamente floreados, parecía que era permanentemente primavera. Las aves exóticas surcaban los cielos. Llevaron al escondite, donde Bill lo solía llevar cuando se encontraban, había un gran árbol del cual colgaba en una de sus ramas grandes y fuentes, un columpio de madera. El pequeño se montó en el columpio, mientras que Tom lo impulsaba. Bill parecía que tocaba el cielo con sus pequeños dedos, mientras las risas infantiles de los dos hermanos inundaban todo el lugar. Estuvieron durante varias horas divirtiéndose juntos, hasta que una luz deslumbrante iluminó el sitio donde estaban.
—Tengo que irme, Tomi —susurró apenado el pequeño a su hermano mayor— Elebeth me espera.
—No… hermano no me dejes otra vez… —alzó la voz Tom llamando a su hermano, a la vez que se iba difuminando la imagen de este hasta que finalmente desapareció.
El pequeño Tom se quedó de nuevo solo. En aquel lugar triste y solo, que poco a poco fue oscureciéndose dando a paso a lugar feo y oscuro.”
Los gritos de su tía Elebeth lo despertaron. Bill abrió los ojos, para frotárselos perezosamente. Tenía mucho sueño, y no se acostumbraba a levantarse temprano todos los días. El joven se levantó de su cama, para luego lavarse la cara con agua fría, y asearse el resto del cuerpo. Se puso la túnica que solían llevar los iniciados, pero que aún no habían sido consagrados a la diosa. Luego peinó su cabellera larga y negra. Salió de su habitación, para encontrarse con su tía, que le esperaba en el pequeño comedor, para desayunar.
—Has tardado en despertarte —reclamó la sacerdotisa a su sobrino— Debemos de apurarnos, tenemos que ir al templo a dejar la ofrenda a la diosa madre como todos los días, y orar para que tengamos un buen día y que nuestras cosechas sean productivas.
—Solo han sido unos minutos —respondió Bill bostezando compulsivamente, mientras que una de las sirvientas de su tía, le echaba un poco de leche en un cuenco. El muchacho, aunque había dormido bien por la noche, sentía su cuerpo completamente cansado como si hubiera estado corriendo toda la noche, y él sabía que el culpable era su hermano Tom. Como todas las noches, solía tener un contacto mental con su hermano. En este los dos pequeños se evadían de sus problemas, e iban a jugar sin importarles el tiempo que pasasen juntos.
—Vamos apúrate —dijo Elebeth haciendo que Bill tomará su desayuno de un solo trago.
Salieron de la casa de la sacerdotisa, y se dirigieron hacia el templo. Allí Bill le ofreció unas flores a la imagen de la diosa madre, hecha de piedra, para luego recitar una oración. Después se fueron a hacer el entrenamiento como cada día solía hacer el muchacho. Y así fue pasando el tiempo, concretamente pasaron ocho años para que Bill estuviera preparado para la prueba final.
—Hoy, sobrino mío cumples veintidós años —sonrió orgullosa la mujer, a la que miraba como un hijo a Bill— Hoy como regalo de cumpleaños, tendrás un regalo muy especial.
—¿Qué regalo tía? —Bill pensaba en que su tía había buscado a su hermano Tom, para poderlo verlo, y eso le hacía emocionarse mucho.
—Podrás realizar la prueba final que te consagrará finalmente como sacerdote de Itanthor —dijo la mujer— Por fin podrás disipar las nieblas que rodean la isla —explicó la mujer. Esta prueba era muy importante para la consagración de una sacerdotisa de la isla, porque eso indicaba que todo lo que había aprendido durante años había sido adquirido satisfactoriamente.
—¡¿Enserio, tía?! —preguntó emocionado Bill, aunque le hubiera gustado más que como regalo de cumpleaños le hubiera traído a su hermano mayor. Lo anhelaba tanto, que no podía esperar más tiempo para verlo.
—Sí —sonrió la mujer— Venga vamos al embarcadero.
Elebeth agarró la mano de su sobrino, para ambos salir de la casa. Afuera las otras sacerdotisas que estaban en la isla, le hicieron un pasillo para que pasaran Bill y su tía, a la vez que pasaban, echaban pétalos de flores, iniciando el ritual de la consagración. Después siguieron a la gran sacerdotisa y al muchacho hasta el embarcadero. Allí la barca que utilizaba Elebeth para salir de la isla, los esperaba. Dos remeros estaban en el interior de esta, esperando a que el muchacho y su tía subieran al bote. Una vez en el interior de bote, Elebeth dio orden de que ya podían comenzar a remar. La embarcación comenzó a moverse sobre las aguas del lago, a la vez que una espesa niebla empezaba a cubrir todo el alrededor de esta, haciendo que no se viera Itanthor. La gran sacerdotisa estaba expectante por ver si su sobrino podía superar la prueba, y a la vez feliz, de que si esto ocurría por fin su plan se cumpliría. Dar un heredero de la gran diosa madre a la tierra de Tirean. Bill cerró los ojos intentando concentrarse, y evadirse de todo, para luego levantar los brazos hacia el cielo, y volverlos a bajar en un movimiento sutil. Poco a poco la espesa niebla se fue dispersando, haciendo ver de nuevo la isla de Itanthor. Bill miró ante sus ojos, como la isla apareció y una sonrisa invadió su rostro. Elebeth estaba contenta de júbilo, su pupilo lo había logrado.
—Muy bien hecho, sobrino —sonrió la mujer abrazando a Bill.
La barca nuevamente se dirigió hacia la orilla de la isla. Bill y su tía se bajaron del bote, para luego comenzar a caminar por el camino de piedra que llevaba a la parte superior del santuario. Las demás sacerdotisas de la isla los siguieron hasta que llegaron al gran círculo de la piedra mágica. Con incienso purificaron el cuerpo de Bill, antes recibir la marca de la diosa. Tumbaron a Bill sobre una mesa de piedra, para que estuviera más cómodo, ya que el proceso de recibir la marca era doloroso. Con un palo, que tenía una punta, una de las sacerdotisas de la isla comenzó a marcar la frente de Bill, pronto la sangre empezó a manar por esa zona, mientras que otra mujer con un paño mojado en agua limpiaba la zona para aliviar el dolor. Bill respiraba entrecortadamente aguantándose el dolor que sentía en ese momento en su frente. Después de unos minutos, ya tenía completamente hecha la marca sobre la frente.
—Bienvenido al servicio de la diosa —sonrió Elebeth a su sobrino— Y estos votos son eternos bajo el cielo, a los ojos de la diosa.
Bill inclinó su cabeza haciendo una reverencia, tomando los votos que su tía le había pronunciado. Después salieron del gran círculo de la piedra mágica, para ir a dentro del templo donde seguirían con los festejos durante todo el día. Pasados unos días, Elebeth encargó a su sobrino, que abriera las nieblas de Itanthor para un visitante. Bill anhelaba volver a ver a su hermano, y pensaba que ese visitante, que llegaría a la isla, sería su hermano mayor Tom. El joven se dirigió hacia el embarcadero para luego subir al interior de la barca, para luego comenzar a navegar guiado por dos hombres que remaban la embarcación. Fueron saliendo del espesor de la niebla, hasta que llegaron al sitio donde le esperaba el visitante. El mismo sitio, que años atrás siendo apenas un niño de seis años, había subido por primera vez en esa barca, la cual le llevo a Itanthor. Delante de sus ojos se mostraba un joven apuesto, aunque no podía distinguirlo bien a causa del a niebla que estaba en el ambiente.
—¡¿Tom?! —preguntó Bill susurrando un poco temeroso.
—Su primo… —susurró el joven dirigiéndose al muchacho de cabellos negros— Si no me equivoco tú también eres mi primo, Bill.
—Sí… —susurró el muchacho mirando fijamente al chico sin poder quitarle los ojos de encima. Era muy apuesto— ¿Y de que parte de mi familia vienes?
—Soy hijo de tu mentora, Elebeth —respondió el joven viendo como Bill mostraba confusión.
—Ignoraba que mi tía tuviera un hijo —susurró el muchacho.
—No viví con ella en Itanthor, solo los primeros años de mi infancia —respondió el muchacho— Después me fui a vivir con mi padre.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Bill sonriendo, ya que se había dado cuenta que joven no le había dicho su nombre.
—Me llamo Andreas… —dijo el chico.
El joven entró en el interior de la embarcación, para luego los dos hombres que guiaban la barca comenzar a remar hacia la isla. Andreas no iba de visita a ver a su madre, sino para pedirle la bendición para ir a luchar contra el país vecino, que se disponía a invadir los territorios de la tierra donde vivían. Elebeth no tomó de buenas la noticia que le traía su hijo, así que se negó a darle la bendición. Bill durante esos días que estuvo su primo, no podía dejar de pensar en él, era la primera vez que veía a un joven tan hermoso. Su tía había intentado por todos los medios convencer a Andreas de que se quedará en la isla y aprendiera las artes antiguas de Ithanthor. Andreas se negó, días después abandonó la isla, Bill sintió que una parte de su alma se iba con su primo.
Pasaron los meses, hasta que llegó la primavera del año siguiente. Elebeth hizo que Bill se preparará para irse a los rituales de fertilidad de Ethur. En esos festejos se entregaba un sacerdote virgen de la isla al macho rey. El enmascarado, denominado el gran macho astado, se encargaría de matar a un ciervo, y después de un ritual pagano en que ambos serían bañados en la sangre del animal, copularían durante la noche. Bill se sentía nervioso, era la primera vez después de tantos años que saldría lejos de los límites de Itanthor y por no decir, que le daba un poco de miedo entregar su virginidad a una persona completamente desconocida para él. Todavía no había salido el sol, Bill se dirigió hacia el embarcadero para ser conducido hasta Ethur. Una vez que llegó al embarcadero del otro lado, Bill bajó de la barca y acompañado de dos hombres que lo escoltaban, montó en una litera cubierta, en el cual sería transportado hasta donde se celebraba el ritual.
Serían unas largas horas de viaje, llegarían al día siguiente a Ethur. Bill se tumbó en la litera, y cerró los ojos para descansar mientras durante el viaje. El sol no entraba por ningún lado de las cortinas que cubrían la gran litera. El joven llevaba puesto una túnica, con un manto que le cubría la zona de los hombros. Cuando la noche llegó la litera se detuvo, ya habían llegado, guiaron a Bill al interior de una casa de piedra, donde lo esperaba una mujer. En el interior le ofreció pan, queso, fruta y agua para beber. Bill tenía hambre así que aceptó lo que le ofrecía la mujer con buenas ganas. Cuando acabó de comer todo lo que la mujer le había puesto, se dispuso a tumbarse en una cama que había en el centro de la habitación. La mujer ayudó al muchacho a tumbarse en la cama para luego cubrirlo con una gran manta, para que estuviera caliente. Bill se echó a dormir, mientras que entraba en una especie de trance intentando conectar con la diosa madre, ya que la unión serie entre la diosa y el gran macho astado, en la que el muchacho ofrecería su cuerpo de intermediación.
Los rayos del sol penetraron por la ventana, iluminando el interior de la estancia. Bill se despertó al sentir la luz del astro rey, rozar sus párpados. La mujer que le había ofrecido de comer por la noche, se encontraba sentada en una silla cercana a la cama donde dormía el joven, observándolo con mirada penetrante, vigilándolo. Le sirvió un poco de agua, y Bill cogió el vaso para beber, después comió un par de uvas. La puerta se abrió entrando en el interior, un par de mujeres más, que se acercaron al muchacho junto con la mujer que lo había estado velando durante toda la noche. Lo cubrieron con pintura por su cuerpo, para luego cubrirle la frente con un dibujo, y al mismo tiempo le pusieron una máscara que le tapaba hasta la nariz. Luego le pusieron una túnica blanca, casi transparente, que dejaba ver la piel del color del marfil del joven, Por último, le pusieron una capa por encima de los hombros, cubriéndolo por completo y salir del interior de la casa.
El sonido de los tambores retumbaba por todos lados. Gente cantando y coreando canciones antiguas en un idioma que Bill no era capaz de entender. Cuando Bill comenzó a caminar entre la gente, se quedaron en silencio mirándolo fijamente, haciendo que el muchacho se sintiera más nervioso e inquieto. Al llegar a la entrada de la gran cueva, pudo ver desde fuera que había antorchas encendidas a lo largo de todo el pasillo que llevaba al interior de la gran cueva. Bill alzó la mirada y vio en lo alto, en el monte que había por encima de la gran cueva, varios jóvenes vestidos con escasa ropa mostrando sus pectorales y brazos musculosos. Todos ellos llevaban una máscara que le impedía ver a Bill el rostro de ellos, pero su corazón se inquietó cuando vio unos ojos color avellana, que parecía que los hubiera visto en otra vida antes. Los muchachos enmascarados comenzaron a correr con sus lanzas por medio del monte. El más rápido, el que diera muerte al gran ciervo, sería el elegido para estar con la diosa.
Condujeron a Bill al interior de la gran cueva, hasta que llegaron al centro de esta. En ella había una gran cama en medio. Un gran orificio en el techo de la cueva, dejaba que penetrará la luz hasta dar directamente donde estaba la cama. Una de las mujeres, que acompañaba al muchacho, la más vieja de todas y con más experiencia, condujo a Bill a la cama, donde le hizo tumbar. Mientras que los sonidos de los tambores penetraban en los oídos del muchacho, la mujer comenzó a revisar al consagrado. Cogió grasa de un recipiente, y comenzó a esparcírselo sobre la piel ya cubierta por la pintura con signos ancestrales. Después lo cubrieron con una manta para que no tuviera frio, y salieron del interior de la cueva dejando al joven virgen solo en ella. Bill comenzó a ver el interior de la cueva, dándose cuenta que las paredes de esta estaban cubiertas con pinturas, que mostraban escenas del ritual, y como la diosa tomando la forma humana de la virgen ofrecida, copulaba con el gran macho astado. Los ojos de Bill se nublaron cuando a su mente, vino un recuerdo vago de una visión que tuvo cuando era apenas un niño de seis años. Era la visión de su propio gran matrimonio con el macho rey astado. Sintió como unos escalofríos recorrían todo su cuerpo.
Unos pasos apresurados resonaron por todo el interior de la cueva. Bill miró inquieto hacia la puerta, donde se encontraba la estancia donde se encontraba, ya que la cueva poseía varias estancias, con un largo pasillo. Ya había anochecido, y la luz de la luna daba de pleno sobre la cama donde estaba tumbado el joven virgen. En la penumbra, apareció un muchacho convertido en medio hombre, media bestia. Sus cuernos sobresalían sobre la máscara que llevaba puesta. Su escasa ropa, salvo la que cubría sus partes íntimas, mostraba cada músculo del cuerpo del muchacho. Sus ojos castaños se clavaron sobre el joven que estaba sobre la cama. Bill miraba al muchacho, con temor y nerviosismo. Suplicó a la diosa para que le ayudara a cumplir con el objetivo, no tenía ni idea como se hacía ese tipo de cosas, ya que en todos esos años que había estado en Itanthor no había conocido a ningún hombre, el único que le llegó a interesarle algo, fue su primo Andreas, pero nunca llegó a suceder nada.
El joven astado miraba a Bill también con cierto nerviosismo. Con paso tambaleante, se fue acercando lentamente a donde se encontraba el sacerdote virgen. Una vez que estuvo a la altura de Bill, lo observó detenidamente, parándose en cada rincón de la piel plateada del muchacho. La luz de la luna le daba plenamente en el cuerpo. Agarró con una de sus manos la manta, que cubría el cuerpo de Bill, para luego ir tirándolo poco a poco hasta dejar el cuerpo de este completamente descubierto. La túnica blanca que cubría la piel de este apenas dejaba imaginarse como era la piel del muchacho. El muchacho de la cornamenta pudo ver las inscripciones que estaban pintadas en el cuerpo de Bill. Se fue acercando lentamente al cuerpo de Bill, haciendo que el joven con miedo, se quedará completamente tumbado sintiendo el peso muerto del muchacho. Sintiendo la piel caliente y suave sobre su cuerpo.
Bill notó como el joven con sus manos comenzó a acariciarle las piernas, hasta que llego por encima de sus muslos, e hizo que abriera un hueco entre las piernas. Bill lentamente fue separando sus piernas, hasta que finalmente el muchacho con cuernos encajó perfectamente entre ellas. La mirada intensa color avellana del joven astado, no dejaba observar a Bill a los ojos. Unos ojos que mostraban anhelo, temor… Los labios del muchacho enmascarado atraparon los labios de Bill, para comenzarlo a besar. El joven virgen se dejó guiar en el beso, mientras que sus manos comenzaban a acariciar la espalda desnuda del chico, sintiendo que la piel era suave y sedosa, aparte de los músculos duros que adornaban su cuerpo. Sintió una presión en su zona intima, inexplicablemente su miembro comenzó a tener vida propia, y el del joven astado también. Los labios de su gran esposo misterioso comenzaron a recorrer el cuello de Bill haciendo que empezará a suspirar y a gemir, sintiendo como un calor extremo inundaba todo su cuerpo. Bill se dejó hacer, era la diosa quien mandaba y él estaba solo para cumplir lo que ella quería, para su completa disposición. Sintió como los labios del joven astado atraparon entre estos, la punta de su miembro para luego comenzar a jugar con la lengua sobre el glande. Bill quería gritar de placer, pero no sabía si eso enfadaría a la diosa.
Minutos después, Bill se encontraba haciendo lo mismo al muchacho que tenía un gran pene erecto, todo un miembro viril característico de un buen macho. Después de cada tocamiento, que hizo a cada uno rozar el cielo, llegó el momento en que debían de copular y así unirse completamente en gran matrimonio. Bill dejó que el joven enmascarado le penetrará. El joven sacerdote estaba en un estado de trance, que hizo que la penetración no le fuera dolorosa, sentía como las embestidas de su contrario eran fuertes y bruscas. El sudor comenzó a empapar los cuerpos de ambos, haciendo que las pinturas del cuerpo de Bill se mezclasen con el cuerpo del muchacho. Mientras tanto afuera de la cueva, se estaba celebrando la gran fiesta entre malabarismos con fuegos, sonido de tambor y cánticos paganos agradeciendo a la diosa que ese año hubiera una buena cosecha. Los gemidos en el interior de la cueva, era cada vez más altos, Bill estaba disfrutando mucho de esa noche, sería su primera e última con un hombre, ya que después debería volver a la isla y seguir con los servicios a la diosa, y eso significaba que no volvería a yacer con ningún hombre más. Finalmente, el gran macho astado dejó caer su semilla en el interior de Bill. Exhaustos se dejaron caer a un lado, hasta que poco a poco fueron cerrando los ojos y dormirse, entre el calor de sus cuerpos.
Había ya amanecido, y Bill descubrió que se encontraba solo en el interior de la cueva. El joven macho enmascarado ya se había ido. Le hubiera gustado haber sabido la identidad del muchacho, pero no le era permitido. Cada uno se iría sin saber la identidad del otro. Bill se miró el cuerpo, estaba completamente pegajoso, en la sábana de la cama había una mancha de sangre, señal de que el joven Bill había llegado virgen ahí. Espero unos minutos después, hasta que una mujer, la que le había acompañado el día anterior se acercó para ayudarlo. Lo cubrieron de nuevo con su túnica blanca y le pusieron la capa para luego sacarlo de allí, y llevarlo de nuevo a la casa donde lo asearon. Unas horas más tarde, partiría rumbo de nuevo a Itanthor.
—¿Cuándo podré saber la identidad del joven que estuvo conmigo en el ritual? —preguntó un joven que estaba lavándose la cara en un río.
—Eso no lo puedes saber, Tom —respondió el anciano.
—¿Por qué no? —dijo el joven frunciendo el ceño— Tú puedes hacer que sepa la identidad de él. Tienes poderes mágicos para poder hacerlo.
—No se puede hacer —volvió a repetir el anciano— La identidad del joven cazador debe quedar en el anonimato, así ha sido desde hace siglos.
—Me hubiera gustado saber quién era… —susurró el muchacho decepcionado.
—Ahora ya has acabado con tu entrenamiento, Tom —concluyó el hombre— Es hora de que regreses a tu hogar.
—¿Para qué? —preguntó el muchacho, la verdad es que llevaba tantos años fuera de su hogar sin saber nada de sus padres, que casi se había olvidado que tenía unos padres.
—Debes de regresar para ayudar a tu padre, el rey Jörg —concluyó Brahar— Él te necesita en Tirean.
Tom regresó a Tirean como Brahar le había dicho, para ayudar a su padre. Pero el rey se encontraba luchando para defender a su reino, de las garras del país vecino que quería apropiarse de él. Era una lucha feroz, muchos soldados por parte del rey habían caído en manos del enemigo, pero Jörg aún tenía fuerzas para seguir luchando, aunque tuviera que morir por esa causa.
—¡Padre! —gritó Tom al ver como un soldado enemigo, hería a su padre en el estómago— ¡Padre!
—Hijo… —susurró el hombre, con apenas unas fuerzas para seguir luchando. Su aliento lo iba a abandonar…
—¡Padre! —volvió a decir Tom. Lleno de ira y rabia, atacó a varios enemigos para luego llevar a Jörg a un sitio seguro, donde pudiera estar resguardado— ¡Padre…! No temas, estoy aquí…
—Has venido hijo, para verme morir… —susurró el hombre moribundo— Lástima que no pudieras heredar el reino antes de que muera…
—No digas eso padre, te recuperarás —dijo de nuevo Tom con lágrimas en los ojos, hacía tantos años que no miraba a su padre y ahora que por fin se habían reencontrado lo iba a perder de nuevo para siempre.
—La parca me está esperando… —suspiró el hombre para luego quedarse en silencio, mirando a un punto sin mirar.
—¡Nooooo! —gritó Tom llorando mientras que su padre estaba muerto entre sus brazos.
Mientras tanto en Itanthor, los días siguientes a que Bill se uniera en gran matrimonio y hubiera regresado de nuevo a la isla fueron normales. El joven sacerdote seguía haciendo los quehaceres de todos los días, hacía pócimas, rezaba a la diosa madre hasta que… sintió que algo le pasaba a su hermano mayor. Bill comenzó a correr atravesando todo el templo, en dirección a la casa de su tía.
—Tía es Tom —dijo Bill asustado a la sacerdotisa— No hay tiempo…
—Lo sé… —respondió Elebeth, para luego hacerse un corte en la mano con una daga y derramar la sangre sobre el fuego que alumbraba en la gran chimenea de la casa.
Tom seguía desolado en el sitio donde había resguardado a su padre. Los enemigos eran bastantes numerosos, y él solo no podría con todos. Escuchó voces, y se cogió la espada que había utilizado su padre para defenderse si era necesario.
—Tom… —una voz lejana lo llamó.
—¿Quién es? —preguntó temeroso el muchacho.
—Soy la gran sacerdotisa de Itanthor… —volvió a contestar la mujer haciéndose mostrar— Debes de luchar contra el enemigo y vencerlo, solo así podrás reinar.
—Pero no puedo son demasiados… —respondió Tom.
—Claro que podrás —sonrió la mujer— Ahora llevas la espada sagrada de la diosa, ella te dará protección. Serás invencible.
La espada, que tenía Tom entre sus manos, comenzó a brillar. El muchacho la agarró fuertemente entre sus manos, y salió al exterior del escondite donde estaba. Comenzó a luchar con los enemigos, que iba directamente a herirle, pero mágicamente los heridos acababan siendo ellos, haciendo que Tom no tuvieran ningún rasguño, ninguna herida. Así fue como Tom consiguió el apoyo de los pocos soldados del reino de su padre, y el pueblo creyó en el muchacho para que se convirtiera en rey. Mucha gente de reinos colindantes a Tirean, entre los cuales iban los propios reyes de esos reinos, se acercaron a Tirean para comenzar al rendir homenaje a futuro rey. Así también tuvo que hacer Bill, por orden de su tía Elebeth, viajó hacia Tirean aparte de que su madre lo estaba pasando muy mal con la muerte de su padre, y la tía del muchacho creía que el mejor remedio para que Simone superara su pena sería que Bill estuviera junto a ella.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó Bill a Airien, la ama de cria de su hermano y él cuando eran niños.
—Se encuentra en sus aposentos, joven Bill —respondió la mujer con tristeza— Le hará mucho bien verlo, después de tantos años. Me alegra volverle a verle.
—Gracias, Airien —sonrió el muchacho para luego darle un beso en la mejilla de la mujer, al fin y al cabo, había sido también como una madre para él cuando era pequeño.
Subió las escaleras del castillo, que daban al segundo piso donde estaban las habitaciones. Caminó con seguridad por los pasillos, a pesar de tantos años fuera del castillo aún recordaba cada rincón que habían sido testigo de los juegos infantiles con su hermano. Abrió la puerta de la habitación, donde se encontraba su madre.
—Madre… —susurró a la mujer. Viendo como Simone había cambiado en esos años, ahora era más mayor, las arrugas empezaban a estar presentes en su cara. Estaba vestida con ropas oscuras.
—Hijo… —las lágrimas volvieron a florecer de los ojos de la mujer— Los he perdido todo… —susurró la mujer abrazándose a su hijo pequeño— Todos los años de infancia tuyos y de tu hermano.
—Eso no importa, madre —sonrió Bill para luego sentarse en una silla enfrente de su madre— No había remedio.
—Él solía sentarse ahí… —susurró Simone recordando cuando su esposo se encontraba en casa.
—Tienes que reponerte, madre —trató Bill de tranquilizar a su madre.
—No creo que pueda superar la muerte de tu padre… —volvió a decir la mujer con pena— ¿Has visto a tu hermano Tom? —sonrió Simone acariciando la mejilla de su hijo pequeño, dibujando en sus labios una sonrisa tímida.
—No, todavía no he tenido oportunidad —respondió el joven— He venido directamente a verle a usted.
—Pues anda a buscar a tu hermano —sonrió la mujer— Se pondrá contento al verte de nuevo.
Bill salió del aposento de su madre, en dirección al gran balcón que daba al patio interior del castillo. Allí había varios hombres luchando entre ellos con espadas, mientras reían y festejaban que pronto tendrían un nuevo rey. Tom se encontraba entre los hombres, explicando cómo debería de ejecutar la batalla, quizás alguno de ellos serían los elegidos para ser sus caballeros, para ir a luchar.
—Debéis de hacer así —explicó Tom a uno de los hombres cogiendo la espada— Primo Andreas, no te atreves a luchar conmigo —retó el joven príncipe.
—No soy un miedica —respondió el muchacho cogiendo una espada de un hombre que estaba a su lado. Empezaron a luchar entre ellos, demostrando su arte de denominar la espada, hasta que Tom en despiste de Andreas lo tiró al suelo.
—Eso ha sido a traición —se quejó Andreas.
—¿Quién es ese? —preguntó Tom mirando atentamente a un joven que había aparecido por el balcón principal del castillo.
—¿Quién? —preguntó Andreas confuso.
—El muchacho que está en el balcón principal —señaló Tom a su primo.
—¿No lo reconoces, Tom? —sonrió Andreas al ver a Bill— Es tu hermano menor, Bill —ahora el joven estaba saludando a los dos muchachos desde el balcón.
—Discúlpame, Andreas. Debo de saludar a mi hermano pequeño —sonrió Tom alejándose de su primo.
Tom comenzó a correr hacia las escaleras que daban al interior del castillo, para luego aparecer en la zona del balcón principal. Bill lo miraba con ojos emocionados e iluminados, lo había extrañado tanto en esos años que pensó que nunca llegaría el momento en que por fin podría abrazarlo entre sus brazos.
—¿Dónde está mi hermano menor? —preguntó Tom sonriendo al ver lo guapo que se había puesto Bill.
—Estoy aquí, hermano mío —susurró Bill mientras que unas lágrimas empañaban sus ojos, para luego sentirse abrazado por los brazos de su gemelo, de su hermano mayor.
—No nos volverán a separar, nunca más —dijo Tom mirando con alegría a Bill.
—Volveremos a recordar nuestros juegos de niños —sonrió Bill.
—Pero cuéntame —se interesó Tom por su hermano— ¿Cómo ha sido todos estos años en la isla?
—Bien, he aprendido muchas cosas, pero también te he extrañado demasiado —susurró Bill.
—¿Ha venido la tía Elebeth? —preguntó el joven.
—Ella llegará mañana —explicó Bill— Yo me adelanté para estar con madre. Se nota que está muy triste.
—La pérdida de nuestro padre la ha marcado para siempre —explicó Tom— Él murió entre mis brazos, no llegué a tiempo para ayudarlo…
—No te culpes, Tomi —susurró Bill acariciándole una de las manos, infundiéndole tranquilidad— Y dime, me han dicho por ahí que ya te han propuesto matrimonio.
—Sí, pero no estoy preparado para estar con nadie —respondió tajantemente Tom.
—Hay alguien, ¿verdad? —preguntó Bill en un susurro.
—Sí… hace unas semanas estuve con alguien —respondió Tom— Fue la mejor noche de mi vida.
—Me alegro hermano —sonrió Bill abrazándose a su hermano, sintiendo el calor del cuerpo de este.
Continúa…