«Catorce» Fic de Kasomicu
Capítulo 22: Harder, better, faster, stronger
Un silbido, una roca impactar contra su ventana, y luego su celular vibrar insistentemente. Se levantó y se sintió desorientado, con el corazón latiéndole con fuerza, y la cabeza palpitándole. Ya más despejado reconocía los sonidos. Su madre no estaba, y era fin de semana, no volvería hasta muy noche por una reunión de trabajo.
“¿Bill? ¿Podría ser él?”, preguntó en su fuero interno, y luego quiso patearse por no revisar su móvil. Evidentemente era su novio. Lo que le hacía cuestionarse por qué no había entrado simplemente, o tocado el timbre, o que le hubiera llamado con anticipación. Estaba sudado por el sueño que había tenido, incluso sentía escalofríos por el abrupto despertar.
Sin pensar mucho, sacó su cabeza por la ventana y lo miró frunciéndole el ceño.
—¿Por qué no avisaste que venías tan temprano?
—¿Te estás quejando porque vine temprano, Rapunzel? Se supone que haríamos nuestra celebración privada. Y en verdad el punto es ir ya, porque no iba a subir con mi mochila que pesa lo suyo. Anda, baja —pidió Bill, sonriéndole, y usando una sudadera con capucha.
—¿No podías tocar el timbre? —interrogó sin verdadera intención de ser respondido. Resignándose a que no podría darse una ducha antes.
—Pues es mejor cuando todo se hace así, a lo bruto y salvaje, con la adrenalina… pensé que tu madre estaba —mencionó, levantando un poco la voz debido a que Tom estaba fuera de su visión, quitándose la gorra para dormir y tocándose las rastas por pura maña.
Bostezó y se desperezó, dirigiéndose al baño. Tenía que lavarse los dientes por lo menos.
—¡Traigo el desayuno, eh! Para que no corras el peligro de que te coma la Achukin en el bosque por no haber tomado tu lechita —chanceó Bill.
Tom rodó los ojos mientras se enjuagaba la boca. La gracia radicaba en que él mismo le había dicho a Bill, cuando tenía once años, que la idea de estar en el bosque sin haber tomado leche lo perturbaba. En ese entonces Tom sabía que la idea era infantil, mucho más ahora. Se lamentó de no poder refrescarse, ni echarse su loción después del baño, y se secó la cara.
Se puso la ropa para bañarse debajo de sus prendas, y guardó calzoncillos sin adornos para ponérselos después. Guardó sandalias y se amarró sus rastas. Se dio ánimos y salió, tras haberle avisado a su abuela a dónde iba.
—Aquí es cuando dices que te iba a venir la adultez por esperarme tanto tiempo —dijo Tom, sonriéndole.
—¿Ah? —dijo Bill, agachándose para abrir la mochila de gran tamaño y sacando un tupper.
—Olvídalo —restó importancia Tom, creyendo que sería un tanto difícil que Bill recordase algo que había pasado tiempo atrás—. ¿Qué haces?
—Tengo hambre, es un asunto serio. Me levanté temprano, y dejé todo cocinado en casa. Para que madre no tuviera que hacer ni mierda. También tuve que limpiar la cocina y hacer nuestros almuerzos. Este es el desayuno —le tendió un sándwich en una servilleta, y tras él hacer lo mismo, guardó el tupper—. Hice limonada y está en la mochila, pero debemos ir avanzando.
—¿Qué tiene el sándwich?
—¿Qué importa? El veneno lo puse en cantidades iguales. —Tom bufó y le dio una mordida, notando que era algo fresco que tenía verduras cocidas. Le provocó risa, que se aguantó, porque antes Bill le daba muchas golosinas. De todas formas estaba rico.
—¿A qué hora te levantaste, uh? —Comenzaron a caminar, Tom buscó su mano libre y la sujetó, Bill lo acarició con los dedos.
—Bastante temprano —respondió con la boca llena, dándole una vista de lo bien que sabía armar su bolo alimenticio. Tom no era precisamente delicado al comer, pero Bill era un caso aparte.
—Gracias por tomarte tiempo para cocinar y todo. Sé que lo hiciste por tu mami, sin embargo, también preferiste hacerlo para nosotros, y algo hecho en casa se demora más de lo que se puede comprar en la tienda —comentó Tom, mientras iban entrando al bosque.
—Nah, había con qué hacerlo, no quería desperdiciar —musitó Bill, y Tom captó cómo le rehuía la mirada. Otra sonrisa se posó en sus labios. Bill cuando quería podía ser detallista y cuidadoso, aunque no lo quisiese asumir.
Dio otro mordisco y siguieron caminando.
…
El ambiente no era tal como lo recordaba, y Tom sabía que había tenido oportunidades para visitarlo en todos los años que Bill no estuvo junto a él, sin embargo, nunca volvió a aquel lugar.
Era un sitio cargado de recuerdos para Tom, y si bien había podido ir al claro, y gritado muchas veces al viento en pos de la sensación de liberación por lo presionado que se sentía en casa y la escuela, nunca había vuelto allí.
Era diferente, cerca del lago se dieron su beso de despedida, y fue su primer beso en serio. Había sido bastante inexperto, y simplemente se dejó hacer, recibiendo todo lo que Bill quería transmitirle, sintiéndolo tan cerca de esa forma, como si fuese necesario que lo besase para darle seguridad. Sin embargo, también recordaba cómo de terrible se sintió cuando se fue.
Tom había intentado negarse de distintas formas, ya sea por sentirse más tranquilo, o porque notaba que si era gay tendría problemas, o también que Bill no estaba a su lado y eso provocaba que él no tuviese la necesidad de admitir sus sentimientos. Así que lo más fácil era pretender que ese beso no existió.
Frente al lago que lucía distinto a cómo lo rememoraba, sin embargo, le daba la misma sensación de cuando estuvo por primera vez ahí, no podría negar nada. Ya no tenía que negarlo. La mano suave y de dedos largos que sujetaba era la misma mano que lo había llevado al comienzo, el chico raro que masticaba sin cuidado era el mismo que lo había besado en lugar de responderle a su “te quiero”.
Tom ya no era un niño, Bill ya no podría lastimarlo como habría sido capaz cuando él todavía tenía once años. Tom ahora era novio de Bill, y no podía estar más seguro junto a nadie más. Sonrió y Bill lo vio extrañado.
—Llegamos, maldición. Es un lugar tan jodidamente bonito. ¿Qué me miras, uh? Mi reino por tus pensamientos, Once —ofreció mientras se separaba y dejaba la mochila en el suelo, sacando su móvil y más tuppers, junto a envases con líquidos. Lo demás no lo sacó, al parecer eran útiles para sus tareas porque cerró el morral después, cuidando que nada se saliese o manchase. Tom dejó su mochila junto a la de Bill.
—¿Trajiste golosinas con las cuales sobornarme? No que me queje de cómo me las des, aunque no hace falta tanta parafernalia para que me beses —respondió en alusión al incidente del caramelo de naranja. Bill se rió sonoramente, casi atorándose por no haber tragado del todo.
—No necesito darte caramelos para meterte la lengua, Once. Aunque ese detalle fue lindo, a pesar de que no tenía la intención de besarte, solo pensé que sería más fácil darte mi caramelo. ¿Tan fuerte te pegó ese recuerdo, uh? Sí que te morías por mis huesos a tus once años, eh. Era tu amor platónico, de esos que suspiras de solo pensar en su rostro —chanceó Bill, Tom lo empujó también riendo, pero sin evitar enrojecerse un poco.
—Y tú eras el rarito que se juntaba con un mocoso menor, y luego lo besaba ebrio, incluso sobrio, sin hablar de las mordidas. No eras un buen ejemplo, Bill. Mira que aprovecharse de un nene… —Era broma, sin embargo, los ojos del moreno brillaron.
—De hecho —comentó Bill, limpiándose con descuido la boca para tirar la servilleta y sujetar a Tom por la cintura, el cual se aferró a sus brazos por inercia y miró sus labios—, ese nene no era ninguna víctima —susurró pegándose a su rostro—, yo no quería hacerle daño, pero el niño… joder ese niño cómo me buscaba y luego se hizo el tonto cuando bien que me besó. No sabes… pensé que estaba enfermo por tomarle importancia. Nunca me gustaron menores que yo, y él venía y jodía mi cerebro.
—¿Y crees que tú no le jodías el cerebro también, eh? —interrogó también contra su boca, presionando pero sin llegar a besarlo, viéndole a los ojos y sintiendo cómo las manos grandes de su novio juguetean ansiosas con su ropa—. Él solo era un niño, y nadie le tomaba atención, tenía amigos pero luego vienes y le arruinas su equilibrio, le prestas atención, le das dibujos, le haces sentir único. No puedes hacerle todo eso a alguien sin esperar las consecuencias, Bill.
—Solo era un crío, y yo no podía hacer nada, a pesar de que estaba la puta atracción de por medio, ya sabes, luego se volvió algo enfermizo, la urgencia de verle y al mismo tiempo el maldito miedo de poder espantarlo. —Tom pasaba sus manos por los antebrazos de Bill, sintiendo cómo sus vellos se erizaban al tacto. Bill lo apretó contra sí, encorvándose más y ladeando el rostro. Tom abrió la boca, invitante, no obstante, quería decirle algo primero.
—Ya no soy un crío, Bill —soltó resuelto, y no era la primera ocasión que lo repetía, pero sí quería hacer constancia de ello. Porque ahora no era una relación platónica de amistad, en ese momento eran pareja y no se habían besado en todo ese tiempo; los malditos labios les hormigueaban de la imperiosa necesidad de tocarse, de sentirse y no separarse más que para respirar.
Bill rió, y lo besó. Tom correspondió al beso y fue subiendo sus manos hasta dar encuentro con su cuello larguísimo que le tentaba a mordisquearlo, percibió los cabellos nacientes en la base de su cabeza. Bill seguía acariciándole con la boca, Tom jugaba con su lengua, anhelando que pudiera sentir el piercing como aquellos tiempos, y pensando en los otros buenos usos que podría darle. Se sorprendía con el discurrir de sus pensamientos, sin embargo, poco le importaba, si bien iba aprendiendo algo con Bill, es que ese tipo de reacciones eran naturales, porque se sentían bien y porque si alguien que te quiere te las crea no puede haber algo incorrecto en ello.
“No lastimo a nadie con las ganas de hacerlo con mi novio”, caviló cuando era consciente de lo estupendamente genial que era escuchar solo el sonido de sus bocas uniéndose.
Podía olerlo, saborearlo y sentirlo. Bill iba jugando demasiado con sus manos, de forma tal que estaba jalándole la playera, subiéndosela. Tom se tensó, rompió el beso, y miró a Bill, el cual tenía los ojos entrecerrados y frunció levemente el ceño, sin alejarse ni bajar las manos.
—¿Qué?
—Bill, mi playera —mencionó Tom, con las mejillas calientes por el beso reciente y los retorcijones en su vientre, aquellas tan conocidas “mariposas”, las cuales habían crecido conforme pasaba el tiempo y a veces Tom sentía que lo matarían por dentro, no que fuese en un mal sentido, al menos no del todo. A pesar de ello se moría de nervios.
—Vamos a bañarnos, ¿recuerdas? El lago… necesitas quitarte la camiseta para hacerlo. ¿Está mal que quiera ahorrarte el trabajo haciéndolo yo? —respondió, dejándole un beso en la nariz.
Se sentía idiota, un grandísimo idiota. El ambiente, el beso, la familiaridad le habían hecho desubicarse un poco. Bill suavizó su expresión, pasando con delicadeza sus dedos por la parte baja de su espalda que estaba desnuda, haciendo círculos y con los pulgares levantando un poco más. Tom soltó aire caliente por sus fosas nasales, se sentía bien, las caricias lo hacían sentirse tranquilo. Apoyó su cabeza sobre el pecho de Bill, deseando que se abriera la tierra o algo. Se sentía un niño tonto con miedos absurdos, y eran absurdos porque quien lo estaba cariñando era Bill.
Hundió su nariz más sobre el pecho de su novio, olía a limpio, y a Bill, subió un poco para ubicarse en su cuello, aferrándose y dejando que Bill siguiera el recorrido con sus manos. Sentía sus dedos curiosos y cálidas palmas ahora en su cintura y se concentró en la suavidad que empleaba Bill, siendo tan torpe y tosco, sin embargo, siempre atento cuando se trataba de algo íntimo. Se sentía diminutivo y quería hablar, decirle algo, solo por soltar sus nervios, no obstante, era mejor no arruinar el momento.
Dejó besos cortos en el cuello del mayor, relajándose más, y percibiendo el aroma de Bill, su humor, y sin poder evitar relacionarlo a cuando estaban en su habitación y su novio descomponía su rostro por haberse corrido fuertemente. El olor de la esencia de Bill, juntamente con su sudor, había quedado impregnado en su cama, y en la memoria de sus sentidos. Eso lo hacía sentirse más en confianza, el fuerte y distintivo humor de Bill.
Era como cuando hueles galletas recién horneadas en fechas navideñas, y sabes que las comerás gustoso junto a un vaso de leche fresca o una taza de chocolate caliente, o como cuando sentía las cuerdas tensas bajo tu mano, para luego percibir su melodía y notar cómo vibraba bajo tu toque. Lo que Tom sabía al oler el humor de Bill, es que todo iba a estar bien, que no podía pasar algo malo si es que lo tenía tan cerca.
—Heeey… —musitó Bill, para luego besarle la oreja—. Ahora me separaré para quitártela, ¿ok?
—Ok —contestó Tom contra su cuello, deshaciendo el contacto y viendo cómo Bill seguía con las manos en su cintura. Se observaron, Bill no lo miraba mal, lo miraba con el mismo cariño que siempre le había demostrado. No había rechazo, ni comparaciones ni nada, solo eran ellos dos, con su propio mundo.
Bill sujetó los bordes de su playera, y Tom alzó los brazos, siendo despojado de su prenda superior. El moreno lanzó la prenda sobre su mochila y posó una mano sobre el vientre de su novio, sonriendo y observándolo con fascinación.
—Tienes muchos lunares, Once —fue lo primero que dijo, con los ojos brillantes y Tom sintió que la palma de Bill quemaba—. Podría hacer formas uniéndolos, aunque me encanta mucho los que tienen en el cuello. Seguro en la espalda tienes más, recuerdo algunos, yo tengo muchos más que tú —subió un poco más su mano, ahora ubicándola sobre el pecho de Tom—. Tu corazón late fuerte, uh. —Con la mano libre sujetó la de Tom y la puso sobre su propio pecho—. ¿Lo sientes? También late fuerte. —Tom podía sentirlo, podía casi escucharlo y de pronto solo quiso besarlo, porque lo quería demasiado, al punto de provocarle dolor físico de tanto quererlo—. Para mí eres hermoso, Once. No debes tener complejos cuando estés conmigo, tampoco en ningún momento, ¿ok? Si alguien te molesta, simplemente me lo dices y le rompo la cara, ¿estamos?
Tom no era una niña, y mucho menos lloraba por todo, pero en ese preciso instante quiso llorar. Simplemente rió y bajó su mano, poniéndola sobre el cinturón de Bill.
—No es justo, yo estoy sin nada arriba y tú sigues vestido.
—No es como si fuéramos a follar, pero tranquilo —exclamó para deshacerse de su sudadera, y luego de su camiseta, mostrando su pecho lampiño, y su tatuaje asomándose por sus vaqueros. Posó sus manos sobre el cierre de sus pantalones y Tom dio media vuelta, tomando en cuenta que su novio no tenía ropa de baño debajo, y conociéndolo, era capaz de quitarse los calzoncillos en su delante—. Hey, ¿no te quejabas de que estaba vestido?
Tom escuchaba los movimientos de Bill, de la tela y el cierre de su mochila siendo abierto, y se mantuvo viendo fijamente a una piedra, como si fuera lo más interesante del mundo. Sabía que tarde o temprano terminaría viendo el miembro de su novio, ya sabía cómo se sentía al tacto, y algo de contacto había tenido cuando Bill los masturbaba a ambos, sin embargo, no quería verlo aún. Si llegaba a mirarlo, el recuerdo lo pondría bastante alterado, si de por sí su memoria táctil le jugaba tretas a veces. Era mejor estar tranquilo, y tampoco podía excitarse porque no estaban en condiciones para hacer algo, no en el bosque, que podría ser bastante antihigiénico, y no venían preparados, como para usar una colcha o algo.
“Y el lubricante que dejaste en la mesita de tu cuarto” dijo una voz en su mente, y tenía razón, no podrían hacerlo sin lubricante, sin mencionar que por el apuro no se había bañado y no sería adecuado hacerlo en esas condiciones. Se sintió algo abochornado por pasar de pensar en ambos friccionándose con ropa a tener sexo en el bosque.
Oyó el crujir de las hojas bajo los pies de Bill, iba a voltearse, para darle encuentro, pero al parecer fue muy lento, y pronto se vio envuelto en el abrazo de Bill, el cual lo rodeaba por la cintura con sus brazos.
—Once, el que llega último al lago será un huevo podrido, así que mejor que te quites los vaqueros —sugirió Bill, con su quijada apoyada en la unión del cuello y hombro izquierdo de Tom.
Tom se estremeció por la cercanía, en especial porque había contacto directo entre sus pieles.
El rubio sentía tan cariñoso a su novio, con esa confianza que tenían cuando estaban vestidos.
—No entiendo por qué el apuro, si de todas formas harás trampa para ganarme —musitó Tom, sintiendo cosquillas al Bill respirarle en el cuello.
—Oh, ¿me estás llamando tramposo? —cuestionó Bill, bajando sus manos hasta sujetarle el cinturón. A Tom le tembló el labio inferior por los nervios.
El contexto era otro, y él tenía un bañador bajo sus pantalones, Bill no lo desnudaría para nada más. Debía estar recordándoselo seguido.
Miró hacia abajo, notando cómo Bill abría su cinturón, observó su rostro de reojo, viéndole bizquear por la concentración.
—Eres un tramposo, Bill. Solo quieres ponerme nervioso —acusó, mientras reemplazaba las manos de Bill, por las suyas y dejaba caer los vaqueros.
—No necesito hacer algo para que ponerte nervioso —susurró, de nuevo estremeciéndole con su aliento en su oído. Tom pateó sus pantalones y se alejó con las zapatillas hacia el lago, dejando a un Bill sorprendido—. Heeey, ¡eso sí fue hacer trampa!
Tom se liberó sus pies y entró al lago, poniéndosele la piel de gallina por el cambio de temperatura.
—Pero tu argumento no es válido porque ahora eres un huevo podrido, Bill —exclamó Tom, bajándosele en parte la calentura por el acercamiento, con un sonrisa juguetona bailando en sus labios. Bill entrecerró los ojos, y corrió en su dirección, metiéndose al agua, mojándole por completo a Tom, al punto de hacerlo girar el rostro—. Bonita entrada dramática.
El mayor se pegó contra el rubio, para aferrarse a su cintura y besarle.
—¿Ves cómo es fácil? —musitó Bill contra sus labios, para luego morderle la quijada, acariciando la piel desnuda de Tom, el cual sentía que su tacto quemaba.
—¿Qué es fácil? —cuestionó Tom, frunciendo ligeramente el ceño y agarrando los hombros de Bill para no caerse, porque sentía que de un momento a otro, y más aún bajo el agua, podrían flaquearle las piernas, y Tom seguía sin saber nadar. Bill ladeó su rostro, besándole debajo de la oreja.
—Esto. Lo nuestro. Nosotros. Es natural… no hay penas —mordió su cuello—, no hay complejos y…
—Y estás muy ansioso, Bill —comentó Tom, ejerciendo presión con sus escasas uñas sobre la piel de Bill. No que le disgustara la urgencia de Bill, solo que no era apropiado, no habían traído lo necesario.
“¿Estoy listo?”, se preguntó Tom, pasando compulsivamente sus dedos por los hombros de Bill. Fuera de bromas y coqueteos descarados, ¿se sentía listo?
El aroma de Bill se veía intensificado por la humedad y se concentró en ello mientras Bill dejaba besos cortos por todo su cuello. Era Bill, y en eso se resumía todo.
—Realmente no le veo lo malo. Soy joven, y eres mi novio, me pones burro. ¿Qué problema hay con eso? —Se relamió los labios, los cuales estaba rojizos e hinchados, intentando enfocarse en su rostro, sus ojos lo consiguieron tras bizquear un poco—. No es como si fuera aprovecharme o algo, no te lastimaré ni haré nada que tú no quieras. Lo que me hace tener que preguntarte un par de cosas.
—No hay ningún problema, es saludable dentro de todo. También me haces sentir… así —confesó Tom, sin rehuirle la mirada, Bill le besó la punta de nariz.
—Lo sé, ya quiero que te masturbes pensando en mí. Si es que no lo has hecho ya —comentó con soltura, Tom arrugó la nariz.
—Nunca cambiarás. ¿Qué querías preguntarme?
—Cómo quieres que sea tu primera vez. —Bill lo veía serio, mortalmente serio, y Tom quería reírse de los nervios, solo su novio podía ir directamente al tema, incluso aunque fuera algo delicado e íntimo como ese.
—¿Cómo que cómo?
—Como, si quieres recibir, dar, hacer el salto del tigre… —masculló con la misma expresión seria. Tom pasó de lo último y tomó aire.
—¿Recibir? —respondió en voz bajita, sonando bastante inseguro, y sintiéndose azorado.
—¿Me estás preguntando o afirmando?
—¿Tú qué quieres? —cuestionó Tom en tono de complicidad, mordisqueándose el labio inferior.
—Yo quiero que estemos tú y yo, eso me basta.
—Cuando quieres te vuelves un cursi, uno que adoro por cierto —comentó risueño Tom, Bill se sonrojó pero chasqueó la lengua y miró hacia otro lado.
—No, solo que imagina que use lubricante en la abertura equivocada, es algo que se debe saber. No soy cursi —sacó la lengua, Tom mordió la punta y la soltó.
—Lo que tú digas, amor.
—¿Entonces…?
—Al principio pues quiero recibir y luego veremos… probaremos y esas cosas, ¿está bien? —interrogó Tom, viéndolo determinado.
—Como gustes.
—¿Ahora sí nos bañaremos o seguirás intentando devorarme aquí? —preguntó, de todas formas jugando con su piercing.
Bill bufó. —Repito, ¿hay algún problema con eso?
—No… —sonrió juguetón—. Solo que sería comida para llevar.
Bill frunció el ceño y arqueó una ceja. —Pero si traje nuestro almuerzo.
—Ugh, Bill, eres un tonto.
Continúa…
