4: Seamos una familia

«Itanthor, la isla sagrada» (Fic de Heiligtkt483)

Capítulo 4: Seamos una familia

Tom se quedó petrificado al escuchar lo que su hermano había dicho en su delirio. Entonces fue cuando todo lo vio claramente, esos ojos tan atrayentes que no era capaz de quitarse de la cabeza, siempre los sintió cercanos porque eran los ojos de su hermano menor. Se levantó de la silla, y se acercó a la pequeña cuna donde dormitaba su sobrina, y la observó lentamente, aunque era apenas un bebé recién nacido no podía quitarle ningún parecido a él, pero el cabello rubio, que cubría su cabeza, era igual al color de su cabello cuando él y su hermano eran pequeños. Con su mano temblorosa, acarició la pequeña carita de la niña, que era suave. Poco después salió de la habitación, necesitaba pensar en lo ocurrido, aun no estaba preparado para asumir la gran verdad. Él y su hermano habían engendrado al futuro heredero de Tirean.

—Madre… —susurró Bill abriendo los ojos viendo medio nubloso, observando como la puerta se cerraba tras de sí.

El joven monarca se fue a su aposento, y se acostó en la cama. No pegó ojo en toda la noche, porque cada vez que cerraba los ojos recordaba el momento en que los rituales de Ethur, su hermano y él se hicieron una sola persona. Pero lo más inquietante de todo, es que no sentía repugnancia hacia lo que habían hecho su gemelo y él. Es más, estaba deseando con todas sus fuerzas volverle a hacer el amor a su hermano, y hacerle rey consorte. Después de toda la noche meditando, Tom tomó la decisión de que, al día siguiente, cuando su hermano se encontrará bien, le diría que lo sabía todo y que sabía que su sobrina era su hija. También le pediría matrimonio, no le importaba que las fuerzas religiosas de los cristianos de la corte se opusieran a ello, porque Bill era suyo, su alma gemela, su todo. La persona que había elegido su corazón para amar hasta el fin de sus días.

Los rayos del sol iluminaron toda la habitación, Tom se movió sobre su cama, frotándose los ojos. Hasta altas horas de la madrugada no había conseguido dormirse, los pensamientos de su hermano y él, le habían estado persiguiendo toda la noche. Una sonrisa en los labios apareció al recordar al pequeño ser vivo que ahora dependía de su hermano y de él. Quería pronto cumplir con su obligación de padre, y proteger a su pequeña princesa, aunque fuera con su propia vida. Se levantó de la cama, para luego lavarse la cara con el agua fría que había en un jarrón, que vertió sobre una palangana. Después se vistió con unos ropajes más cómodos a los que solía llevar en la corte, cuando tenía tratar asuntos con aliados de su reino. Salió de la habitación, y bajó a la cocina. Simone se encontraba calentando un poco de leche, mientras que Airien cortaba un poco de queso con unas rebanadas de pan.

—Buenos días, madre —saludó el joven rey nada más entrar por la puerta de la cocina— Airien…

—Buenos días, mi señor —se inclinó la mujer ante el monarca.

—Por favor, Airien estamos en confianza. No hace falta que hagas esto —dijo Tom acercándose a la mujer, para que se levantará.

—¿Cómo has amanecido, hijo? —preguntó Simone mientras servía un poco de leche en un cuenco para que su hijo desayunará— Siento que la cama de esa alcoba donde has dormido no sea muy cómoda.

—No se preocupe, madre —respondió Tom quitándole importancia al asunto— He dormido en peores sitios, o no recuerda que me he pasado los últimos años recibiendo entrenamiento y durmiendo sobre el suelo.

—Lo sé, hijo… —respondió Simone— Pero siento que la cama no haya sido digna de un rey.

—¿Cómo se encuentra mi hermano? —preguntó Tom tomando el cuenco, que su madre le tendía.

—Cansado… —respondió Simone con pena— Por la noche le ha subido la fiebre. Está muy débil, no sé si hoy podrá amamantar a la pequeña.

—Buscar una nodriza, para que se encargué de ello —ordenó Tom a su madre— No voy a permitir que mi sobrina se muera de hambre, mientras que mi hermano no pueda alimentarla. Recuerda que si no tengo descendía, esa niña será la futura hereda de mi reino, así que hay que cuidarla como si fuera oro en paño.

—Lo sé… hijo —respondió Simone asintiendo— Airien, ¿Puedes ir al pueblo a buscar alguna joven que pueda amamantar a mi nieta?

—Sí, mi señora —asintió la mujer— Ahora mismo voy a buscarla —la doncella se puso una capa de lana por encima de sus ropajes, para luego salir de la casa.

Madre e hijo se quedaron solos en la cocina, mientras que ambos desayunaban. Cuando acabaron, Simone le preparó el desayuno de Bill. El muchacho se encontraba débil, pero debía de ingerir alimentos para así recuperar las fuerzas y poder levantarse pronto de la cama.

—Voy a llevarle el desayuno a tu hermano —dijo Simone cogiendo el cuenco con leche y un plato en el cual había puesto un trozo de queso y un pedazo de pan.

—Déjeme llevárselo yo, madre —pidió el joven monarca.

—Hijo… tu hermano se encuentra delicado, creo que es más apropiado que se lo lleve yo —volvió a decir la mujer.

—No… Estoy cansado de que me des órdenes —explotó Tom cansado— Desde que he llegado ayer por la noche, solo me has dado órdenes e impedido ver a mi hermano. Quiero estar con él, en este momento de su vida.

—Lo siento… hijo —susurró Simone— Bill tiene miedo, de que reacciones mal al saber que iba a parir un hijo.

—Madre… es mi hermano menor, nunca le voy a hacer daño, ni menos recriminarle por su estado —respondió Tom a su madre, para luego cogerle el cuenco de leche y el plato. Desapareció por la puerta, que daba a las escaleras del piso superior.

Comenzó a caminar por el estrecho pasillo, hasta que llegó a la habitación donde dormía su hermano. Abrió la puerta para luego ingresar en la habitación. En esos momentos, Bill se encontraba despierto. La fiebre ya le había bajado considerablemente, y ahora tenía a la pequeña entre sus brazos. Sintiendo como sus dedos pequeños intentaban aferrarse con fuerza a los dedos largos de su padre.

—Buenos días… —susurró Tom desde la puerta de la habitación.

—Tom… ¿Qué haces aquí? —el menor frunció el ceño.

—He venido a traerte el desayuno, para que recobres fuerzas —explicó Tom para luego dejar el cuenco y el plato sobre la pequeña mesa que había al lado de la cama— Desde cuando me llamas Tom… hace unos meses me llamabas Tomi…

—Bueno las cosas han cambiado… —susurró Bill mientras seguía ensimismado mirando a su pequeña, de piel blanca y cabellos dorados como el oro— Ahora eres rey, y no puedo dirigirme a ti con diminutivos, mi señor.

—Odio que me traten de mi señor… —dijo Tom molesto— No soy tan mayor, solo tengo veintidós años.

—Está bien, hermano —respondió Bill de forma distante.

—¿Qué nombre le vas a poner a la niña? —preguntó Tom intrigado.

—No sé… Quizás le ponga Ingret —sonrió Bill mirando embobado a su hija, que no dejaba de mover sus bracitos pequeños— Me gusta como suena.

—Ingret… —susurró Tom— Sí, me gusta —dijo sonriendo.

—Significa Diosa de la luna —musitó Bill.

—Bill… —dijo Tom con voz un poco quebrada— ¿Volverás a la corte?

—¿A qué viene esa pregunta ahora? —preguntó Bill arqueando la ceja derecha.

—Bueno, entiendo que haces meses huyeras de Tirean, para evitar las malas lenguas y la que gente de la corte te mirará de forma rara —dijo Tom— Pero ahora que Ingret, ya nació, no veo ningún impedimento para que regreses juntos a los tuyos.

—La verdad es que no pienso regresar a Tirean —respondió Bill— Apenas me reponga del parto, partiré como mi hija algún lugar tranquilo.

—No puedes estar toda vida huyendo de mí, Bill —dijo Tom alterado.

—No estoy huyendo de ti —respondió Bill confuso.

—Quieres separarme de mi hija —dijo Tom con enfado.

—Ingret no es tu hija… —susurró Bill poniéndose pálido.

—Claro que lo es… —volvió a decir Tom— No soy tonto Bill, lo sé todo…

—No sé a qué te refieres —respondió Bill nervioso.

—Ayer por la noche después de dar a luz, te subió la fiebre y en tu delirio confesaste que yo soy el padre de Ingret —dijo Tom molesto— ¿Cuánto tiempo ibas a ocultármelo?

—No tenía intención de decírtelo nunca —dijo Bill mientras unas lágrimas recorrían sus ojos— Hemos hecho una cosa horrenda, no quería que te enteraras del pecado que habíamos cometido. Ya me basto yo, para cumplir la penitencia.

—Bill… sabes que Ingret al crecer se iba a aparecer a mí —susurró Tom mirando a su hermano fijamente— No he podido olvidarte, aun sabiendo que yací con mi propio hermano en los rituales de Ethur. Ingret es lo más bonito, que me ha podido suceder, de verdad Bill deseo que formemos una familia y que juntos criemos a nuestra pequeña. Sed mi rey consorte…

—Tom no puedo… La culpa me persigue… —respondió Bill llorando intensamente, haciendo que la pequeña Ingret comenzará a llorar al escuchar el llanto de su padre.

—No debe perseguirte ninguna culpa, cuando la diosa lo ha querido así —Tom acarició la mejilla de su hermano, para luego levantarle el rostro ya que Bill lo había bajado apenado— Y como rey amado nadie me reclamaría nada cuando todos supieran la verdad. Bill… la diosa ha querido que engendráramos, la estirpe real sagrada de Itanthor.

—Empiezas a hablar como la tía Elebeth —susurró Bill— Ella piensa lo mismo.

—Volverás conmigo a Tirean, serás mi rey consorte, y no se hable más de este asunto —dijo Tom dando por acabado lo que habían hablado.

—¿Y madre? —preguntó Bill asustado— ¿Qué pensará ella de nuestro amor? ¿Cómo reaccionará cuando sepa que Ingret es tu hija?

—Lo aceptará, Bill —respondió Tom acariciando con sus dos manos la cara de su gemelo— Ella bien sabe las leyes que rigen en Itanthor. Madre sabe que, al ser un deseo de la diosa, no podrá oponerse a nuestro amor. Nacimos para estar juntos para el resto de nuestras vidas.

Tom se acercó y besó levemente los labios de su hermano, que cohibido, no fue capaz de seguir el beso. La pequeña Ingret comenzó a moverse y a llorar, tenía hambre. Bill aún no podía alimentarla porque estaba muy débil, y la leche, aunque le había subido, no tenía demasiada fuerza para poder alimentar a la pequeña. Necesitaba reponerse y comer bien durante unos días, para que la leche tuviera grasa y nutrientes para que la pequeña Ingret quedara saciada. Tom se atrevió por primera vez, a coger a su hija entre sus brazos. La veía tan pequeña, que tenía miedo que se le rompiera entre sus manos. La acunó un poco haciendo que la niña bostezará un poco, hasta que se quedó dormida.

—Le has caído bien —sonrió Bill mientras tomaba su leche y un poco de queso con pan.

—Ella sabe que soy su padre —respondió Tom mirando embobado a la pequeña que dormitaba entre sus brazos— “Duerme mi pequeña, porque siempre velaré por tus sueños. Duerme hasta que la luna se vaya, mi pequeña Ingret. Mi diosa de la Luna.” —susurró el joven rey cantándole una pequeña canción de cuna, a su hija recién nacida.

Los días fueron pasando y Bill empezó a levantarse de la cama. Ya no sentía dolores, y había dejado de sangrar hace unos días. Ahora se encontraba en la cocina, sentado en una silla, con la pequeña Ingret en sus brazos. La niña estaba hambrienta, así que el joven príncipe se disponía a amamantarla.

—¿Qué me miras? —preguntó Bill percatándose que su hermano mayor, lo miraba atentamente.

—Me gusta verte darle el pecho a Ingret —reconoció Tom.

—Por favor, Tom… —regañó Bill a su gemelo. No quería que su madre los escuchara, ya que ella todavía ignoraba que Ingret era hija de ambos.

—Tranquilo… Madre se encuentra afuera con Airien —susurró Tom acercándose más a su gemelo para luego depositarle un beso en los labios.

—Vas a desconcentrar a Ingret, después tardará en cogerme el pecho de nuevo —respondió Bill observando como la pequeña había apoyado su mano pequeña encima de su pecho, para luego agarrarlo mientras que succionaba con desesperación.

—Está bien… Dejare que Ingret coma tranquila —dijo Tom sentándose en una de las sillas, sin dejar de contemplar, la unión de los vínculos entre su hija y su padre.

Tom había decido esperar unos días, a que Bill estuviera completamente repuesto para emprender el viaje de regreso a Tirean. El joven monarca sabía que se expondrían mucho, si Bill no sanaba bien, y podría tener una recaída con consecuencias. Simone estaba muy emocionada con su nieta, siempre buscaba la oportunidad para tenerla entre sus brazos, incluso le explicaba a Bill como cogerla en brazos o como darle el pecho.

Cuando Bill estuvo completamente recuperado, y la pequeña Ingret ya había cumplido dos meses de vida, decidieron que ya era hora de regresar a Tirean. Tom buscó una carreta para que Simone, Airien, Bill y la pequeña Ingret estuvieran más cómodos durante el viaje. Había atado varios caballos, en la carreta para que estos tiraran de ella, mientras que él los iba dirigieron. Tardaron dos días completos en llegar, durante esos dos meses de ausencia de Tom, la corte de Tirean había sido asaltada varias veces, pero el ejército que poseía Tom, los había conseguido reducir. Una vez que llegaron a la corte, Tom pidió a sus hombres que le informarán de todo lo que había sucedido en el tiempo de su ausencia. Bill, con su hija, se instalaron nuevamente en los aposentos que poseía el joven príncipe antes de irse de la corte.

—Mi señor, nos es grata vuestra llegada —se inclinó uno de los hombres de Tom.

—¿Qué ha ocurrido en mi ausencia? —preguntó Tom una vez en la sala del trono real.

—Los bárbaros han intentado invadirnos de nuevo —informó el joven caballero— Pero nuestros hombres consiguieron aplacarlos.

—Está bien… —susurró Tom un poco enfadado por lo descuidado que había sido dejando su reino solo durante tanto tiempo— No me volveré a irme, así que para la próxima vez que intenten algo yo me encargaré personalmente.

Pasaron varias semanas, Tom decidió contraer matrimonio con su hermano menor, pero para eso deberían comunicárselo a su madre primero. Bill estaba muy nervioso no sabía cómo sería la reacción de su madre, y también de los súbditos de su hermano. La pequeña Ingret ya había cumplido cinco meses, y se había convertido en un bebé muy hermoso de ojos color azul intenso, y cabello rubio, dorado como el oro. Los dos hermanos habían decidido dar la noticia a su madre, después de que acabaran de cenar ese día.

—Madre, tengo algo importante que comunicarle —dijo Tom con nerviosismo una vez que había acabado de cenar.

—¿Qué ocurre hijo? —preguntó Simone con preocupación.

—Voy a contraer matrimonio —respondió Tom sin rodeos.

—¿Cuándo me vas a presentar a tu futura esposa? —preguntó Simone impaciente.

—Será mi futuro esposo… —susurró Tom nervioso. Las manos le estaban empezando a sudar frio.

—¿He escuchado bien? ¿Has dicho esposo? —preguntó atónita Simone.

—Sí, madre has escuchado bien —asintió Tom— Contraeré matrimonio, con un joven príncipe del reino.

—¿Y quién es el afortunado? —preguntó Simone curándose de espantos.

—Mi hermano Bill, madre —respondió definitivamente el joven rey.

—Pero es tu hermano… —dijo atónita Simone— ¿Qué pensarán tus súbditos?

—La verdad madre me importa muy poco, lo que digan mis súbditos —dijo Tom mientras que Bill se había concentrado en su plato vacío completamente avergonzado.

—Bill no vas a decir nada —dijo Simone ahora enfocándose en su hijo menor.

—Amo a Tom… —respondió con timidez el menor de los hermanos— Ansió con toda mi alma hacerlo feliz.

—Pero… —susurró aturdida Simone.

—Madre, la diosa lo ha querido así —explicó Bill— Nos unió en los rituales de fertilidad de Ethur. Ingret es hija de Tom.

—Elebeth maldita seas… —musitó Simone con enfado— Ella siempre haciendo de las suyas, seguro que lo tenía planeado desde hace años junto con Brahar.

—A pesar de que todo ha sido planeado por nuestra tía Elebeth —dijo Tom— Yo amo profundamente a mi hermano, y quiero ayudarle a criar a Ingret. No quiero que mi hija crezca viéndome como su tío.

—Está bien… —asintió Simone dándose por vencida— La diosa siempre decide, ha decidido que Tirean sea gobernado por la estirpe sagrada de Itanthor.

—¿Entonces madre, nos das su bendición? —preguntó Bill con recelo.

—No quiero ver a mis hijos tristes e infelices —respondió Simone mirando a sus dos pequeños— Si es vuestro deseo, no pondré ningún impedimento.

—Gracias, madre —se acercó Bill a besar las manos de su madre.

—Habrá que comenzar a confeccionar tu ajuar —sonrió Simone acariciando la cara de su hijo menor.

—No hará falta, madre —respondió Tom— Nos casaremos mañana al caer el sol, en una ceremonia íntima.

Esa noche, Bill y Tom se fueron a dormir con una sonrisa en el rostro. Obtener el beneplácito de su madre significaba mucho, porque si ella nos los juzgaba por su amor incestuoso, los súbditos de Tom no podrían juzgarles tampoco. Bill se dirigió hacia su habitación, la pequeña Ingret dormía en su cuna plácidamente desde hacía varias horas. Entró en el interior de su habitación, para luego desnudarse y ponerse su camisón para dormir. La puerta se abrió de nuevo entrando el gemelo mayor en el interior de la habitación.

—Tom, ¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido Bill, ya que no tenía intenciones de yacer con su hermano hasta que no fueran esposos.

—He venido a ver a mi pequeña Ingret, y a desearle buenas noches a la luz de mis ojos —respondió Tom acercándose a su hermano menor.

—Vas a conseguir que me sonroje, mi señor —respondió Bill bajando la mirada tímidamente.

—Y a mí me encanta verte con ese rubor en tus mejillas —sonrió Tom para luego abrazar a su hermano por la cintura, acercándolo más a él.

Bill apoyó su cabeza en el hombro de su hermano, dejándose abrazar por los brazos fuertes y largos de su gemelo. Podía respirar el aroma que desprendía el cuerpo de su gemelo, sintió como todo su cuerpo daba un vuelco, al sentir la piel de su hermano. Una sensación que no había vuelto a conocer desde los rituales de fertilidad de Ethur, siendo ambos, la diosa y macho rey astado. El joven sacerdote miró fijamente a los ojos de su gemelo, para luego comenzar a besarle en los labios. El beso se volvió más desesperado, más brusco. Ambos ansiaban que llegara mañana al caer el sol, donde ya serían esposos.

—Buenas noches, mi príncipe —susurró Tom al oído de su hermano— Duerme bien, y sueña conmigo.

—Buenas noches, mi rey —susurró Bill dándole un pequeño beso rápido en los labios. Minutos después, cuando Tom abandonó la habitación, se metió en su cama para dejarse llevar por los brazos de la diosa de los sueños.

La luz del sol dio comienzo a un nuevo día, un día que a una velocidad vertiginosa paso completamente. Ahora era de tarde, Bill se encontraba nervioso en su habitación, mientras le daba de comer a su pequeña hija. En una hora escasa se convertiría en el esposo de su hermano. Al caer la noche, Bill con una túnica blanca, y una corona de flores que adornaban su cabeza salió de su habitación, acompañado de su madre. Tom, con su leal amigo caballero y primo, Andreas, se encontraba en el jardín del castillo, esperando a que su hermano llegase. Un sacerdote, que veneraba la tradición antigua, se encontraba también esperando para oficiar el matrimonio. Finalmente, Bill llegó al jardín, con un ramo de flores silvestres que le había dado su madre nada más salir de sus aposentos. Con paso lento y nervioso se fue acercando a su hermano, a su rey, que lucía muy hermoso. Los colores anaranjados de la puesta de sol daban a los árboles del jardín una tonalidad diferente. Parecía que todo era mágico.

—Estás hermoso… —susurró Tom al oído de su gemelo, haciendo que este se ruborizada.

—Tomi… —musitó Bill.

—Queridos hermanos… —pronunció el sacerdote, dirigiéndose a los dos enamorados, a Andreas y a la madre de los gemelos— Como dice la tradición antigua, cuando dos almas gemelas se encuentran no habrá ningún vínculo poderoso que los haga separar. Thomas y William han descubierto que son almas gemelas eternas, aunque sean hermanos, ellos han nacido predestinados para estar juntos, porque la diosa los ha bendecido previamente aprobando su amor. Con lo cual, por los poderes que me otorga la gran diosa pagana, yo os declaro esposos. Podéis besaros, hijos míos.

Bill con nerviosismo, se fue acercando a su rey, para besarlo en los labios. Tom atrajo a su hermano, rodeándole la cintura para luego besarle tiernamente los labios. Sonrientes los dos hermanos abandonaron el jardín, acompañados de su madre y de su primo Andreas. En el gran comedor real habían preparado una pequeña cena deliciosa, que las cuatro personas disfrutaron, mientras que un músico de la corte amenizaba la velada con la música de su arpa.

Cuando ya fue medianoche, los novios decidieron retirarse a sus aposentos nupciales. Bill, a partir de ahora, dormiría en la habitación de su hermano, a la cual trasladaría la cuna de la pequeña Ingret también a ella, ya que Bill no quería separarse de su pequeña, hasta que la niña no alcanzará el año y medio de edad. Tom llevó a su hermano en brazos, hasta la habitación de ambos. Bill se sentía como un adolescente nervioso, a punto de tener su primera vez con su novio, y la verdad es que sería la segunda vez que ambos estarían juntos, viéndose a la cara, sin máscaras, sin ocultarse.

Tom besó los labios de su hermano, por enésima vez, para luego posarlo en el suelo de la habitación. Los ojos del joven rey brillaban de emoción y de deseo. Lentamente fue desabrochando la túnica de su hermano, dejando libres los hombros de estos, los cuales comenzó a besar para luego concentrarse en el cuello de este. Con movimientos torpes y nerviosos, Bill comenzó a desatar el cordel del sayón que llevaba puesto su esposo, para luego quitarse por encima de la cabeza. Un cuerpo musculoso, de hombros anchos y brazos fuertes se mostró ante él. Sobre la fina tela de los pantalones del joven rey se podía apreciar una pequeña erección que iba en aumento. Finalmente, Tom desnudó por completo a su hermano, para luego arrastrarlo hacia la cama, y tumbarlo delicadamente sobre ella. Los cuerpos de ambos se rozaron, haciendo que los dos jóvenes sintieran escalofríos de placer por todo su cuerpo.

—Te quiero… —susurró Tom antes de volver a atrapar los labios de su hermano, haciendo que el menor empezará a gemir entre suspiros.

Con sus manos traviesas, que se habían vuelto expertas, comenzó a acariciar las caderas del joven rey consorte sintiendo la suave piel de este. Bill arqueó su espalda al sentir un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Comenzaron a hacer el amor lentamente, mientras que los rayos de la luna que se colaban por la ventana de la habitación, iluminaban su lecho de amor. Exhaustos por la noche de pasión, que habían tenido. Ambos hermanos yacían desnudos en su cama matrimonial, mientras que una fina sábana cubría ligeramente sus cuerpos.

Hacía ya varios meses que Bill y Tom era la familia perfecta. Ingret ya tenía un año y siete meses, era niña muy hiperactiva, siempre le gustaba moverse por todos lados, y explorar nuevos territorios. La pequeña se había vuelto el ojito derecho de su padre, Tom, pero el joven rey ansiaba tener un heredero a la corona varón, para así poder seguir con su dinastía. Y nuevamente llegaron los rituales de fertilidad de Ethur, Bill sabía que solo en esa noche, cuando la diosa usaba sus poderes sobre los mortales, podría concebir, como lo había hecho dos años y cuatro meses antes cuando había engredado a su pequeña hija Ingret.

La noche cayó, y ambos hermanos se fueron a su alcoba, una vez que ambos fueron a acostar a su pequeña hija en la habitación de esta. Le dieron las buenas noches, depositando cada uno de ellos un beso en la frente de su pequeña. Una vez que entraron en el interior de la habitación de ambos, con sus manos entrelazadas, se besaron de nuevo. Tom tenía el brillo del deseo en sus ojos, y sabía que hoy era la noche en la que debía de engredar a su hijo varón.

—Sabes que hoy son los rituales de Ethur —susurró Tom al oído de su hermano.

—Sí —asintió Bill.

—Sabes que esta noche es especial… —volvió a susurrar Tom, acercándose para besar el cuello de su hermano.

—Sí… —suspiró el menor sintiendo los labios de su igual sobre su cuello.

—Déjame hacerte el amor, deja engendrar un hermano para Ingret —suplicó Tom a su gemelo, mostrando su deseo de volver a ser padre.

—Hoy seremos la diosa y el gran macho astado —susurró Bill mientras se acercaba a su hermano para besarlo y se iban despojando de sus ropajes.

Tom levantó el cuerpo de Bill, delicadamente del suelo, para luego caminar en dirección hacia la gran cama que había en la habitación. Depositó a su esposo con cuidado sobre ella, para luego ir tumbándose encima sobre él. El joven rey comenzó a besar nuevamente el cuello de su hermano, depositando un rastro de besos húmedos, que hacían suspirar al joven rey consorte. Besó el pecho desnudo, bajando hasta el estómago y llegar al bajo vientre de su gemelo. Con la punta de lengua, delineó el ombligo haciendo que Bill sintiera unas cosquillas placenteras recorriéndole toda la columna vertebral. Sus dedos se entretuvieron jugando con los testículos de su hermano, para luego comenzarlo a masturbar con su propia mano. Bill comenzó a gritar de placer, pero esos gritos se volvieron más hondos y más sonoros, cuando su hermano rozó con la punta de su lengua, la punta rosada del glande del pene de Bill. Después introdujo el miembro completamente en su boca, el cual empezó a jugar con él, succionando y recorriendo toda la largura de este. El pene de Bill se fue irguiendo, volviéndose más duro, eso hizo que al joven rey también le creciera la erección que ya se había hecho latente desde hacía un buen rato.

Con timidez, Bill agarró a su hermano del pelo, para luego tirar de él lentamente, haciendo que quedarán cara con cara. Besó los labios de este furtivamente, metiendo su lengua en el interior de la boca de su hermano, para luego acariciar el paladar de este. Con una de sus manos, comenzó a acariciar el miembro de su gemelo, que ya estaba demasiado duro. Las yemas de sus dedos juguetonamente empezaron a presionar sobre la punta rosada del glande, del miembro de Tom, haciendo que este comenzará a suspirar emitiendo gemidos con gran sonoridad contra los labios de su hermano. Luego comenzó a mover su mano completamente por toda la largura del pene, sintiendo lo duro que estaba. Sus manos recorrían el cuerpo desnudo de ambos, haciendo que la excitación fuera más profunda, hasta que finalmente ambos estaban preparados para volver a tener ese encuentro tan especial, tan mágico.

Tom guió uno de sus dedos hacia la entrada de su hermano, para luego introducir uno y comenzar a moverlo delicadamente en el interior de este, hasta que notó que Bill no sentía ninguna molestia porque no sintió su entrada contraída. Metió un segundo dedo para acabar de preparar a su gemelo, después de varios minutos, finalmente Tom sintió como su hermano ya estaba demasiado excitado y decidió cambiar sus dedos por su miembro. Lo fue metiendo poco a poco, hasta que llegó al final. Bill suspiró mientras apretaba fuertemente sus dientes. Tom besó la frente de su gemelo, para hacer que se relajará, después comenzó a moverse lentamente sobre el cuerpo de su hermano, haciendo que fuera un vaivén rítmico. Las manos finas y suaves de Bill recorrían la espalda desnuda de su esposo, mientras que este lo estaba invistiendo. Tom comenzó a apurar sus embestidas, a la vez que se vea más cercano el clímax. Finalmente, Tom depositó su semilla en el interior de Bill. Para luego desplomarse encima de su hermano menor, con la respiración entrecortada. Se separó e intentaron acompasar sus respiraciones, para luego volver hacer el amor otra vez lentamente en varias ocasiones.

Hicieron el amor toda la noche, hasta que la leña que había en la gran chimenea, que poseía la habitación para calentar esta, se consumió. El repiquetear de los tambores se escuchaba en la lejanía, Ethur había vuelto a echar su manto mágico sobre los reyes de Tirean.

Pasaron nueve lunas nuevas, Bill se puso de parto. En la corte estaban todos impacientes por la llegada de un nuevo heredero. Tom ansiaba con todo su corazón que fuera un varón. Simone se encontraba en la habitación con su hijo menor, mientras que la comadrona lo ayudaba en el parto. Los gritos del joven inundaban todo el castillo, hasta que el llanto de un recién nacido se volvió música celestial para los oídos de su padre.

Los años fueron pasando, los pequeños hijos de los reyes de Tirean, fueron creciendo. Ingret era una mujercita de once años de edad, de cabellos largos y rubios, con unos ojos azules como el agua, heredaros de su abuelo el difunto rey Jörg. El pequeño Edric había salido una copia casi igual de sus progenitores, de cabellos rubios y ojos del color de la miel adoraba a su hermana mayor, a cual la tomaba como modelo para hacer las travesuras. El pequeño heredero a rey de Tirean, ya tenía nueve años. Ya estaba listo para empezarse a instruir, como su padre lo hizo varios años, antes de que fuera nombrado rey, pero con la diferencia de que el pequeño no abandonaría su hogar. El propio Tom instruiría a su hijo en las artes del manejo de la espada, para que en un futuro supiera gobernar a su pueblo al igual que lo estaba haciendo su padre. La pequeña Ingret había heredado los poderes de ver el futuro de su padre. Bill ya había empezado a instruirla en las artes de la magia, como controlar sus poderes y como hacer remedios con hierbas curativas. Elebeth, pasados unos años, se reconcilió con Bill, pero este no volvió a Itanthor aunque de vez en cuando su tía iba a visitarlos viendo como los pequeños hijos de sus sobrinos iban creciendo sanos y fuertes.

—Hija concéntrate —reprendió Bill a Ingret, que estaba intentando encender fuego en unas ramas secas con su mente.

—Ya lo intentó padre… —respondió la menor intentándose evadir de los pensamientos que inundaban su cabeza.

—Ingret, ¿Vienes a jugar? —la voz de su hermano menor, hizo que la pequeña dejará de prestar atención y se desconcentrará ya por completo.

—¿Puedo ir, padre? —preguntó la niña sonriente.

—Está bien —asintió Bill con resignación, viendo como su hija echaba a correr en dirección a su hermano menor.

—¿Podremos montar a caballo? —preguntó Edric.

—Claro, vamos a las cuadras para que nos ensillen un caballo —sonrió la niña entrelazando la mano de su hermano con la de ella.

Bill se quedó mirando como sus dos hijos desaparecían camino a las cuadras. Los dos niños tenían un lazo muy afectivo muy fuerte entre ellos, y ambos sabían que cuando llegará la hora, cuando la diosa lo dispusiese, ambos se unirían en un gran matrimonio, como la reencarnación de la diosa y el gran macho astado, y así poder dar un nuevo heredero al reino de Tirean. Tom y Bill habían conseguido engendrar una estirpe real sagrada, que con el paso de los años se iría perpetuando, con sus descendientes. Porque la sangre real de la diosa de Itanthor siempre correría por sus venas.

The End

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por Heiligtkt483

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