Notas: narración primera persona. Intento trabajar en ella. Esta historia iba a ser una colaboración, este cap lo escribí con alguien. Tuve problemas con esa persona, pero la idea fue mía y la planeación de todo el cap fue mío también. No continué con esa persona porque me traicionó(?) me enganó y bueno, equis :V

Fic TOLL de Monnyca16
Prefacio
Conducía rumbo a la casa que había adquirido dos días atrás. El reloj marcaba las cuatro en punto de la tarde de algún viernes e inclusive la alarma había sonado. Por lo general ponía una alarma a esa hora para despertar si dormitaba, sin embargo, la mayoría del tiempo resultaba fastidioso estarla descartando cuando no dormía. Esa siempre ha sido una mala costumbre.
Aparqué el auto justo en la cochera al aire libre y torcí la boca, irritado por lo que miraba a través de la ventana del piloto. Llovía en pleno inicio de año, no se suponía que llovería el día de hoy. El pronóstico del tiempo definitivamente no era certero.
A mi costado el celular comenzó a vibrar. Visualicé el nombre en la pantalla táctil, y al saber que era Gordon, mi padre, colgué antes de siquiera gritarle lo que se merecía. Me ahorraría sus regaños, sus opiniones destructivas y me enfocaría en la nueva casa. Mi casa, la que por fin, luego de varios meses negociando, estaba en mis manos, absolutamente para mí.
Definitivamente adoraba el arte, las reliquias exactamente. Los hogares de Londres han sido mi debilidad desde que era un niño; los artefactos, la música, los trozos de antigüedad que apenas podían conseguirse. Me agradaba todo eso; los libros, los famosos científicos, los escritores y sus frases, así como los escultores y pintores. Coleccionaba reliquias, piedras, objetos nunca antes vistos, inclusive hasta el más pequeño artefacto.
Mi padre no estaba de acuerdo, refutaba la distribución de mi dinero y me “aconsejaba” para gastarlo en mejores cosas, según él. Pero no. Esta vez me había salido con la mía y gracias a la herencia que mi madre me dejó hacía años, negocié una casa bastante antigua, abandonada. Según la información de Georg, la casa había sido habitada por última vez en agosto del 2013, hace casi tres años exactamente. Las habladurías decían que la casa era tan antigua que los compradores presenciaban fantasmas.
Reí al recordar, pues los fantasmas eran simple ilusión, eso y nada más. Era escéptico a ello. A mis veinte años no había tenido el placer de encontrarme con uno, así como tampoco estaba interesado en ello. Simplemente era estúpido siquiera suponerlo.
Sin paraguas en mano, salí del auto y me cubrí con apenas la mano. Inspeccioné el sitio: el jardín delantero, con abundante pasto largo, piedras acomodadas alrededor de un árbol de tronco recio y fresco; más atrás un camino empedrado de forma sesgada, escaleras cortas para accesar a la puerta principal, la cual era grande y ancha, de madera pulida con llamativas decoraciones talladas y una mancuerna de metal plateado, con algunas mallugaduras alrededor, marcas de vejez, grietas de añares impresos, como me gustaba.
Me acerqué hasta los cimientos, calando las escaleras, las cuales no crujían como imaginé. Los colores que caracterizaban la casa eran tierra: marrones oscuros hasta el más claro, y beige. Se miraba clásica, elegante y espeluznante. Tenía columnas, las cuales, a lo alto, se formaban picos de tejado y otros tantos en forma de trapecio. Las ventanas del segundo piso eran rectangulares y amplias, verticales, con detalles similares al ornamentado de cada puerta en la parte inferior.
Sonreí encantado. Si así era de hermosa por fuera, ya quería divisar el interior.
Con parsimonia, di un último vistazo a las afueras, maravillado por el barandal de forja en color negro que resguardaba toda la casa, incluido el jardín. Saqué las llaves y abrí, viendo de cerca la construcción, cada fino detalle de ella.
Inmediatamente en el amplio recibidor se hallaba, tapizando el suelo, una alfombra de tonalidad terracota y pequeños cuadros de pinturas abstractas en forma de media luna, contrastando con la pintura de la pared, la cual era de un perla tranquilizador. Bajo los cuadros se encontraba un mueble de madera en forma de pirámide, cuadrados de igual tamaño que le daban un toque especial.
Sonreí, pasando de largo dicha decoración, de pronto queriendo ver mucho más.
Subí ansioso por las escaleras de mármol blanco, sin poder resistir la curiosidad de lo que sería mi cuarto. Al caminar por el largo pasillo, empecé a recordar las miles de películas de terror que había visto, de esas en las que el protagonista camina por el pasillo y el asesino aparece por detrás en el momento exacto para clavarle el puñal por la espalda. No pude evitar reírme por empezar a relacionarlo con ficción, Georg me molestaría bastante si le contara.
Apenas al llegar, por un instante derrapándome gracias al suelo de madera pulida, pisé la alfombra, queriendo no ensuciarla con el escaso lodo que pudo haberse pegado a la suela de mi zapato deportivo.
Para mi sorpresa, olía a cera, como si alguien hubiese encendido una vela en el interior. El aroma era embriagador, intensificado en demasía, seguro se debía a la inmensa ventana cerrada de la habitación, inclusive podría deberse a las pesadas cortinas de mala muerte que la decoraban e impedían el paso de la escasa luz al interior.
Hacía frío y el aspecto del ornamentado no era siquiera acogedor como lo había fantaseado. Faltaba luz, calidez, muebles, color. Sin embargo, no me decepcioné demasiado, en la recámara había cuadros, la base de la majestuosa cama era rústica y fina, y pese a que las sábanas despidieran un olor a tela gastada, parecían acogedoras.
Definitivamente se notaba que era antigua, despedía una sensación sombría, misteriosa y fuerte. Más curioso por la sorpresa, deslicé la yema del dedo índice por la cabecera de la cama, recogiendo con ella polvo, suciedad.
Si quería dormir esa misma noche ahí, tendría que limpiar al menos ese lugar. Por suerte había traído jabones, trapos y sacudidores.
&
De nueva cuenta el celular comenzó a sonar. Gordon no se cansaba de llamar, de mandar mensajes, de joder. No podía ni imaginarme lo histérica que se pondría mi madre cuando se enterara de que no le contestaba los mensajes y llamadas. De lo que sí estaba seguro, era de que se emocionaría por haber obtenido esta casa. Seguramente estaría orgullosa de mí.
Al terminar de apartar las cortinas, las sábanas entierradas y de fregar el piso, me dispuse a cubrir el colchón con una de las sábanas limpias que había traído, sin antes, por supuesto, verificar el estado de la misma. No sería divertido encontrar insectos, mucho menos ratones correteando encima de mí mientras dormía.
Quizá luego fumigaría, por lo pronto eso era lo que había.
Volví a la planta baja para preparar algo que fuera comestible, quizá cereal. Por suerte había desempacado leche embotellada y una enorme caja de mis hojuelas favoritas. Quizá cenaría palomitas de maíz si no fuera porque el microondas no funcionaba. Ni siquiera había uno.
Nunca había sido un completo aficionado a la cocina, siempre que pretendía acercarme e intentar algo, terminaba un completo caos en el cual los bomberos terminaban involucrados, o me daba por vencido al estropear el esmalte de mis uñas.
Y no. Lo que menos deseaba era que mi nueva reliquia fuese destrozada por mis debilidades culinarias. No me lo perdonaría jamás. Prometiendo ser cuidadoso, acerqué un tazón de cristal, también recién traído, y me serví cereal. Por suerte tendría una cena rica, aunque tal vez luego me lamente por no haber pedido una pizza a domicilio.
Resoplé, dudoso y pensante. Tal vez podría preparar algo sencillo o algo que no tuviera que ver con acercarme demasiado al fuego. Al final, opté por ir directamente a lo fácil, haría algo de pasta.
Puse las manos a la obra y con cierto grado de miedo me acerqué con la olla llena de agua al fuego de la estufa. Tengo que admitir que aún esperaba a que de un momento a otro el recipiente se incendiara y tuviera que correr directamente al teléfono para pedir ayuda, sin embargo, tras unos minutos en los cuales nada se salió de control, me permití relajarme un poco y confiar en que nada podría salirme mal… Claro, como si mi suerte fuera tan buena.
Tan solo me di la vuelta para quitar las cortinas del recibidor cuando empecé a escuchar sonidos extraños en la cocina, me apresuré a volver y me encontré con la olla derramando agua por todas partes, el envoltorio de la pasta empezando a derretirse y una nube de vapor empezando a cubrir la estufa. El plástico derretido inició una pequeña esfera de fuego, anaranjado, rojo, posteriormente incrementó, extendiéndose hasta un trapo que yacía cerca, con el cual había limpiado un poco el mueble más grande de la cocina.
Abrí los ojos, entornándolos, tratando de sopesar. Y entre más abría la boca, preso de la sorpresa, parecía que el fuego se extendía más rápido, como si fuera a propósito. Reaccionando apenas, me acerqué, dando brinquitos torpes. Observé el fregadero e inmediatamente busqué una jarra, algo hondo para llenarlo de agua y tratar de apagar el fuego que amenazaba con quemar mi nueva reliquia y a mí.
Entonces lo hice, agarré la primera vasija que encontré y abrí el grifo. Por suerte había agua en las tuberías. Situé el recipiente y esperé a que se llenara, para luego tomarlo y lanzar el agua, que para mi sorpresa iba escurriendo a causa de un agujero.
Mierda. La vasija tenía un agujero. El agua que goteaba empezaba a hacer pequeños charcos en el suelo, que de no ser por mi torpeza habitual, ya habría esquivado sin suponer un problema. Pero me caí. Resbalé y me di duro contra el suelo, con la vasija en mano. Gateando, llegué hasta el fregadero y con movimientos ansiosos, el cuerpo temblando de miedo, de estrés, comencé a lanzar agua con las manos, siendo en vano.
Desesperado, comencé a soplar con fuerza, pensando que con largos soplidos el fuego se apagaría. Todavía tiritando, esta vez de miedo, estiré la mano y cogí el mango de un sartén hondo, lo llené de agua y lancé a ráfagas, consiguiendo apaciguar las llamas.
Abrí los ojos, ja. Le había ganado a la muy perra, por poco, pero lo había hecho. Logré apagar el fuego.
Sonreí triunfante, levantando el pecho, pero luego esa sonrisa se borró al visualizar la pasta hecha un desastre y la olla quemada, oliendo espantoso. Maravilloso, mi primera noche en la casa y ya me había cargado la cocina, mi comida y una olla.
Suspiré resignado, echando un vistazo a mi tazón con cereal que había dejado olvidado y fui a buscar la leche. Bien, me conformaría con cereal, eso probablemente era más seguro.
&
Al terminar de cenar, subí a mi habitación, esta vez olfateando el rico aroma de mi perfume, el cual había esparcido por todos lados para darle una marca personal. Me dirigí al cuarto de baño que se encontraba en la misma recámara y decidí darme una ducha. Apagar el fuego sí que me había hecho sudar.
El cuarto de baño estaba conformado por una tina, sobre ella una regadera, lo cual me gustaba, pues podía relajarme acostado o simplemente ducharme estando de pie. El retrete parecía nuevo, quizá el anterior dueño modificó algunos aspectos para un mejor uso, y lo agradecí.
Posterior a la ducha, caminé con parsimonia hasta la gran cama. Me dejé caer e inhalé el ahora fresco aroma. Rodeé en ella y me abracé a las esponjosas almohadas. Era suave, bastante cómodo. Respiré profundo y cerré los párpados, distrayéndome, tal vez se debía a que estaba demasiado conmocionado por lo del incendio. Sacudí la cabeza, negando varias veces y me forcé a descansar, aunque de vez en vez revisaba mi celular, volviendo a caer en la distracción. Me sentía ansioso, con un nerviosismo que no tenía un porqué. Estaba cansado, y pese a eso no podía concentrarme en cerrar los párpados y dormir.
Abracé una almohada de nueva cuenta y hundí la cara en ella, esta vez recostandome de lado. Di unas cuantas vueltas por el colchón, cambiando de posición de cuando en cuando y apartando las sábanas para volver a cubrirme con ellas minutos después. Luego de diversas poses, me decidí a quedarme boca abajo, de pronto sintiendo la comodidad y que el sueño hacía su aparición, comenzando a embriagarme.
Cerré los ojos, esta vez con menos fuerza y levemente mareado, compartiendo una percepción de consciencia e inconsciencia. Se trataba de una extraña sensación entre la comodidad y la angustia, consiguiendo que me sintiera como si luchara por quitarme el estado de somnolencia sin poder hacerlo. Esa guerra, que lograba que mis ojos se movieran atronadoramente bajo los párpados, cesó, y en cuestión de segundos me sentí pleno, estable.
Y aunque la plenitud había llegado, un gran peso recayó inminentemente sobre mi cuerpo, obligándome a abrir los ojos, con ello el corazón palpitando rápido, acelerado debido a la nueva sensación de opresión. El desconcierto se apoderó de mí, así como la sensación de que el aire me faltaba, y que de no ser por el perfecto almohadón que eran las tripas y mis costillas, el corazón se me habría salido del pecho.
Respiré agitado, tratando de moverme, de golpear, de gritar, pero no podía. La angustia que antes sentía había incrementado, convirtiéndose en pavor puro. Los músculos se me contrajeron, y mi oído fue partícipe de murmullos confusos y cercanos, otros retumbantes e ininteligibles.
—Ayúdame —logré descifrar para luego alzarme veloz, pudiéndome mover por fin.
Aún temblando por la desesperación reciente, sujeté el móvil y verifiqué la hora.
Media noche. Con medio cuerpo incorporado, sentado en la cama, avizoré con detenimiento, tratando de encontrar algo que merodeara en la habitación, pero simplemente no había nada.
No había nadie.
—Estúpida parálisis de sueño —maldecí y volví a recostarme. Había pasado tiempo desde que no me daba una, tanto, que me había tomado por sorpresa.
Probablemente no conseguiría dormir después del incendio y de la maldita parálisis.
Continuará…
<3 Gracias por haber leído. ¿Qué les pareció? Debo continuarla? Si es así, díganme, puedo esforzarme para traerles un cap cada fin de semana. Saludos.