
Fic de Carla Moonlight. Temporada 2
Amnesia. Capítulo 24
—Bill, ¿Te encuentras bien?–Preguntó Tom un poco preocupado al percatarse del estado que tenía.
—Creo que debo estar cogiendo alguna gripe o algo, no me encuentro demasiado bien.– Dijo Bill con cierto cansancio, era por la fiebre que estaba haciendo mella.
—Espera, mejor entremos a dentro.– Dijo Tom accediendo al interior de la vivienda, con el perrito en brazos.– No tienes muy buena pinta, hay que tratar de bajar esa fiebre.
—No es nada, seguro que me tomo un analgésico y ya se me pasa.– Le restó importancia Bill.
—De eso nada, que pretendes que te internen en el hospital.– Le reprochó con preocupación Tom, pasando al interior del salón, para luego apoyar al perrito en el suelo del salón.
—¿Y ese perrito?–Preguntó Bill percatándose del pequeño animal— ¡Que mono eres!
—Es tu regalo de cumpleaños…— Susurró Tom esperando una reacción.
—¿Enserio?– Preguntó Bill confuso.
—Sí, felicidades atrasadas.– Sonrió Tom.– Pero ahora tenemos que ver esa fiebre.— Bill cogió al perrito en brazos cuando escuchó como sus otros tres perros corrían desde la otra punta de la casa hacía en salón, así que lo cogió para protegerlo de las garras de esos perros que eran cuarenta veces esa bolita de pelo.
—Creo que tendré que comprarme una casa más grande.—
Intento decir con humor Bill, pero al reír le dio la tos.— Podrías encerrar a los perros en la terraza, ¿por favor?— Le dijo a Tom dulcemente. A Tom no le hizo falta contestar lo hizo sin más y volvió junto a él.
—Te ves muy mal, vamos a ver si tienes fiebre.— Dijo Tom acercándose a Bill para luego poner su mano sobre la frente de este, que estaba completamente ardiendo.— Me parece que vas a tener que acostarte, mientras yo voy a intentar bajarte la fiebre con paños mojados en agua fría.
—No sé porque me he resfriado. Que asco, me siendo frágil y débil lo odio.— Maldijo Bill.
—Bueno… ahora no hay que buscar una explicación a eso, ahora lo que hay que tratar es de bajarte esa fiebre.— Dijo muy convincente Tom.— Así que túmbate en la cama, que ahora vuelvo yo con un cubo y unos paños para mojar en agua fría.
Tom ayudó a Bill ir hasta la habitación y a tumbarse en la cama, ya que lo veía demasiado débil. Después de eso se dirigió a buscar lo que necesitaba, primero fue a la cocina donde encontró un pequeño cubo, que era suficiente para llevar el agua fría a la habitación de Bill, después fue al baño a buscar unas toallas, cogió tres toallas pequeñas de las que se utiliza al lavarse la cara.
Volvió a pasar por el salón para dirigirse a la habitación de Bill, cuando paso el pequeño perrito dio un ladrido haciendo que Tom se asustará y que por poco el contenido del cubo se derramará, pero luego con voz potente y autoritaria le dijo al perrito que se quedara en el lugar quieto, cosa que el animal hizo y se acomodo bien y se puso a dormir.
Después Tom dejó al animal, y se dirigió finalmente a la habitación de Bill. Cuando llegó se encontraba tumbado sobre la cama mostrándose tan débil que le dio demasiada pena.
—Espero que esto de resultado.— Dijo esperanzado Tom.— Sino vamos a tener que ir a medico para que te examine y te dé algo para bajar la fiebre.
Tom cogió una de las toallas y las sumergió en el agua fría que había en el cubo para luego escurrir un poco el agua sobrante, y pasarla por la frente de Bill, para así lograr bajar la fiebre que por momentos aumentaba, haciendo que incluso empezará a delirar un poco, tanto así que llegó a pensar que Tom, era en realidad su hermano fallecido.
—Sabes Tom.— Susurró Bill respirando entrecortadamente.— Mamá te echa mucho de menos.
—Tranquilízate, Bill.— Dijo Tom al pelinegro siendo consciente de que estaba delirando por la fiebre alta que estaba teniendo.— Todo va a estar bien, te lo prometo.
Tom siguió aplicando los paños fríos sobre la frente cálida de Bill, y algunas veces comprobando con su propia mano para ver si la temperatura había bajado ya.
Tardó casi dos horas, en conseguir que la fiebre le bajará, cuando lo consiguió Bill se quedó al instante dormido sobre la cama, se veía demasiado cansado a causa de que igual no había pasado una buena noche, pero su cara mostraba un tremenda tranquilidad que hizo que Tom se quedará tranquilo, ya que eso era buena señal de que ya no se sentía tan mal.
Se levantó de la silla donde estaba sentando y arropó a Bill con las sábanas de la cama, para evitar que se pusiera peor, ahora que había conseguido bajar la fiebre lo prudente era que no estuviera a exposición del frío.
Luego de eso, cogió el cubo y las toallas mojadas y salió de la habitación dejando que Bill descansará mejor.
Se dirigió hacia el cuarto donde estaba la lavadora, para meter en el cubo de ropa sucia las toallas que estaban mojadas, después se fue a la cocina para dejar el cubo que había empleado, y también para vaciarlo.
Después se dirigió al salón, donde el pequeño cachorro seguía durmiendo plácidamente como su nuevo dueño.
Tom cogió al pequeño cachorrillo entre sus brazos, y con mucha ternura acariciando repetidamente la pequeña cabecita del perro. Al poco rato, el perrito se acabó despertando para luego comenzarle a lamer la mano de Tom, este sonrió al ver que el animalito mostraba alguna muestra de afectividad por él.
—Eres un cachorrito muy baboso.— Sonrió Tom mientras miraba como el cachorro le lamía la mano aún e intentaba meterse bajo la camiseta holgada de Tom.
Al poco rato, la puerta de la casa se abrió dando paso a Andreas al mejor amigo de Bill. Cuando entró al interior de la casa, le pareció extraño oír unos ladridos de un perro pequeño, ya que los perros de Bill eran ya adultos y ese tipo de ladrido no lo tenían, después escuchó una voz muy familiar, que hizo que una ira interior recorriera su cuerpo. Entró directo hacia el salón, que era donde provenía esa voz.
—¿Qué coño haces aquí?—Preguntó Andreas con enfado y exaltado.
—Cuidar de Bill, que se encuentra mal, ya que tú ni siquiera estabas aquí para cuidarlo.—Contestó Tom a la defensiva.
—Salí un momento.— Se excusó Andreas.
—No intentes justificarte ante mi porque llevo más de dos horas en esta casa y no has aparecido ni un puto momento.— Contestó Tom con rabia.— Bill ha tenido una fiebre muy alta, gracias a que llegué yo a tiempo que sino no a saber lo que hubiera pasado.
—No te creas un héroe.— Dijo Andreas molesto.
—¿Y tú te consideras su mejor amigo? Menudo amigo eres… dejándolo solo cuando está enfermo.— Volvió a decir Tom a la defensiva.
—Si, he estado con él en los malos momentos. Así que no hace falta que me juzgues de esa manera.— Contestó Andreas enfadado.— No vengas de buen samaritano ahora ayudando e intentando que Bill confié en ti porque sé que tienes un oscuro pasado.
—No tienes como demostrarlo.— Encaró Tom a Andreas.
—Mira, he estado observando tus pasos y sé que no tienes familia viviendo contigo aquí ahora mismo. ¡Qué raro! ¿Qué esconde Thomas Schmidt?— Miró fijamente Andreas a Tom.
—Soy independiente, eso no quiere decir nada malo.— Puso los puntos claros.
—Aún así es muy raro.—Volvió a decir Andreas mirando fijamente a Tom.— Solo te advierto de que te andes con cuidado.
—Creo que, el que se tiene que andar con cuidado eres tú.— Increpó Tom a Andreas.
Los gritos inundaban la casa, haciendo que Bill que llevaba dormido plácidamente un rato, se levantará de la cama alarmado por los gritos que estaban sucediendo en el salón.
Con el cuerpo débil y tembloroso, se levantó de su cama, y caminó por todo el pasillo hasta que llegó al salón que era de donde provenían los gritos.
Cuando llegó pudo ver que los autores de los gritos, eran nada más y nada menos que Andreas y Tom que estaban discutiendo mostrándose su odio mutuo.
Bill se apoyo en el marco de la puerta, haciendo que ambos chicos pararán de discutir cuando se dieron cuenta de la presencia de Bill.
—Bill, ¿Qué haces aquí? Deberías de seguir en la cama, no te encuentras bien.– Dijo Tom acercándose al pelinegro.– Venga, vuelve a la cama.
—No te atrevas a tocarle de nuevo.– Le advirtió Andreas.
—Tú no eres nadie para decirme lo que debo hacer.– Contestó Tom furioso.– Vamos, Bill tienes que volver a la cama que te encuentras mal, no querrás que te vuelva a subir la fiebre.
—No quiero que discutáis más.– Dijo con cansancio Bill.– Estoy harto de escucharos discutir siempre que estáis juntos. ¿Es que no podéis llevaros bien alguna vez?
—No.— Dijeron al unísono los dos, como entendiendo que eso era una guerra personal entre ellos.
—¿Me vais a hacer elegir entre uno de los dos?— Cuestionó Bill desde la puerta algo débil pero tratando de no parecerlo.
—Si.— Contesto Andreas.
—No.— Dijo Tom contradiciéndolo. Lo contradijo porque sabia que Bill no elegiría entre su mejor amigo y un chico con el que se divertía y que para el poco tiempo que se conocían había estado a su lado en momentos sensibles y delicados que había tenido en su visa últimamente.
—Ni en una cosa tan sencilla os ponéis de acuerdo.— Rió con ironía.
—Tu mejor amigo te quiere poner en un aprieto, eso si que es ser un amigo.— Dijo Tom con rin tintín.
—Sé que me elegirá a mi.— Dijo orgulloso Andreas.
—Te equivocas.— Lo contradijo Bill.—¿Sabes que? Dijiste que no te importaba mi orientación sexual. Pues Tom es mi novio. Tienes que aguantarte.— Esas declaraciones, falsas, dejaron completamente sin palabras a los dos.
—¿Estas de broma no?— Preguntó Andreas incrédulo.
—No. Así que no tienes más remedio que aceptarlo.— Tom seguía un poco en su mundo después de que Bill dijo que él era su novio.
—Pues como aquí sobro ahora mismo me vuelvo a ir, y que te cuide tu noviecito.— Dijo despechado Andreas marchándose por el mismo sitio por el que había venido.
—Lo siento pero no lo soporto.— Declaró Tom.
—Últimamente chocamos continuamente, jamás habíamos discutido tanto como ahora…
—Da igual eso ahora. Vuelve a la cama.— Tom lo tomó del codo y lo guió hacia su habitación de nuevo.
—No quiero estar en la cama…— Se quejó Bill como un niño pequeño.
—Y yo quiero un negro que me abanique y no lo tengo.
—Tu quieres un negro que te haga guarradas mientras yo estoy convaleciente.— Corrigió Bill y Tom rió.
—¿Aun deliras, Bill?— Le tocó la frente.
—Calla.— Le golpeó por reírse de él.
Tom se sentó en el borde de la cama y se hizo un silencio un poco incomodo, no sabían que decir.
—Y bueno…— Murmuró Tom para romper el silencio.— ¿Por qué has dicho que soy tu novio si es mentira?— Preguntó rápidamente.
—Para que Andreas se callara.— Contestó convencido.
—Ahh…— De nuevo ese silencio ensordecedor.— Hace un rato llame a un restaurante chino con la comida. No se me da muy bien cocinar…
—Gracias.— Cuando iba a volver a haber otro silencio el timbre sonó y Tom dio un bote de la cama aliviado por no tener que oír ese silenció y así tener tiempo de pensar en algo en el tiempo que abría la puerta, recibía la comida y la pagaba.
Había pedido algo de sopa para Bill y su constipado, luego arroz con salsa agridulce y poco más, comida ligera, ya que dudaba que tuviera apetito en ese estado.
Volvió a la habitación y con cuidado sobre la cama dejo las cajas de comida.
—Comida en la cama. ¿No te parece romántico mi amor?— Le dijo Tom con voz melosa y aguda.
—Estúpido.— Se rió Bill.— ¡Achis!— Estornudó.
—Vaya, esto va a peor.— De nuevo volvió a estornudar.
—Mierda.— Se frotó la nariz para quitarse las ganas de volver a estornudar.
—Por cierto debajo de la puerta había esto.— Tom le dio un sobre.— Supongo que lo debió de pasar Andreas por debajo de la puerta cuando se marchó.
—¿Qué es?— Preguntó mirando el sobre con curiosidad.
—No lo sé, ábrelo.— Le incitó.
Bill no lo dudo y abrió el sobre casi con ansias ya que fuera del sobre tan solo ponía su nombre y apellidos en una fina y elegante caligrafía con pluma negra.
Al abrirla leyó la pequeña carta escrita a ordenador y luego habían dos tarjetas.
—Tom, ¿vendrías conmigo a una fiesta el Domingo?— Le pregunto.
—¿Qué?— Preguntó confuso Tom.
—La carta es una invitación para el desfile de ZZegna y luego una fiesta privada. Hay dos invitaciones, así te recompenso por cuidarme y el perrito. Aparte el día antes es tu cumple, y no te he comprado regalo aun.— Intentó poner excusas Bill para que aceptara la invitación.
—¿No debería de ser Andreas quien te acompañara? No me importa que no tengas regalo para mi, no me hace falta.
—Quiero que seas tu quien me acompañe. ¿Lo harás o tengo que rechazar la invitación?— Le presionó.
—Esta bien, iré contigo, pero con una condición.— Quiso acordar Tom antes de aceptar la invitación.
—¿Mmm?— Dijo tragando un poco de su sopa.
—No quiero nada por mi cumpleaños. ¿De acuerdo?
—Si eso es lo que quieres…— Tom no iba a detener a Bill aunque se lo pidiera, él era demasiado cabezota.— ¿Ahora después de comer te marcharas? Supongo que tienes cosas que hacer ¿no?— Intentó averiguar.
—La verdad no. Kendo se fue a Italia unos días y de los demás amigos no tengo una relación muy estrecha, así que no haré nada con ellos, ni para mi cumpleaños ni nada.— Le explicó Tom.
—¿Te iras a casa o te quedaras aquí entonces?— Empezó a hacer una pregunta tras otra.
—¿Tu quieres que me quede?— Tom le respondió con otra pregunta.
—Sinceramente, si. Contigo me entretengo y tengo un medico sexy para mi solito.— Sonrió Bill.
—No sabes tu ni nada.— Rió Tom.
Siguieron comiendo las delicias chinas que había comprado Tom y a medida que los minutos avanzaban el tema de conversación aparecía solo y el ambiente no se quedaba en un silencio incomodo, lo contrario.
Juntos, a pesar de que Bill no quiso ayuda, fueron a la cocina y se deshicieron de los cartones de la comida.
—¿Dónde esta el perrito?— Preguntó Bill al no verlo ni escucharlo.
—Vamos a buscarlo.— El pequeño de la casa estaba en una esquina del sofá, nuevamente dormido.
Al acercarse a él levanto la cabecita y volvió a excitarse y a revolotear por todo el largo del sofá. Cuando volvió a llegar al extremo donde estaba su dueño lo cogió en brazos y caminaron de nuevo hacia la habitación de Bill.
—Tenemos que pensar en un nombre.— Recordó Bill angustiándose de repente.
—Soy muy malo para los nombres, piénsalo tú.—Dijo Tom dejándose caer sobre la cama de Bill con los brazos detrás de la nuca.
—Mmm… Vamos a pensar Bill…— Dijo en voz alta sentándose junto a Tom con el perrito entre sus piernas.— ¿Qué nombre te podemos poner chiquitín?— Le preguntó como si le fuera a responder.— ¡Tom! No te quedes dormido y ayúdame.— Le pateó Bill.
—¡Au!— Se quejó.— No estaba durmiendo, estaba concentrado escuchándote.
—Búscate otra escu…—Empezó a toser de nuevo.
—¿Estas bien?— Preguntó algo alarmado de nuevo y más sabiendo que tiene insuficiencia respiratoria a veces y eso podía afectarle con esa tos.
—Si.— Dijo una vez calmado.—Ya sé que nombre le voy a poner.—Dejo al perrito suelto por la cama y empezó a dar unos pasos rápidos pero enseguida se detuvo observando la mullida colcha en la cual se hundían sus patitas, así empezó a entretenerse dando vueltas por el espacio libre que no ocupaban los cuerpos de Bill y Tom que apenas eran un cuadrado de medio metro.
—¿Cuál?—Pregunto aun tumbado en la cama como si fuera suya, mientras que Bill tenia las piernas cruzadas como un indio y la espalda apoyada en la pared.
—Tripi.—Sonrió Bill.
—¿Le vas a poner el nombre de una droga?— Preguntó irónicamente.
—Si, bueno no, es una historia de la adolescencia.— Dijo Bill.
—Dime que no te metías de eso.— Le pidió con asco.
—¡No claro que no!— Casi gritó.— Lo probé, pero fue una única vez, era un adolescente curioso como todos.
—¿Y se puede saber a que viene ese nombre de una historia de tu infancia?— Preguntó Tom apoyándose en uno de sus codos mirando a Bill para prestarle más atención.
—Por un amigo que murió de una sobredosis de esa mierda.
—Y porque no le pones su verdadero nombre.— Dijo con obviedad.
—Porque no sé cual era su verdadero nombre. Todo el mundo lo conocía como Tripi, los profesores ni mencionaban su nombre, así que nadie nunca supo su verdadero nombre.
—Bueno esta bien, es tu perro puedes ponerle el nombre que tu quieras.— No puso objeciones.
—Pues decidido se llamará Tripi. Además no creo que mucha gente lo relacione con la droga.
Hubo un periodo de nuevo silenció de unos cinco minutos algo más incomodo, no sabia que volver a decir.
—Creo que me esta empezando a subir la fiebre.— Dijo Bill.
—A ver, déjame comprobarlo.— Tom se sentó para llegar al rostro de él y poder comprobarle la temperatura.— No creo que tengas.— Dijo al tomar la temperatura.
—Si, noto que me estoy poniendo caliente de verte.— Bill empujo a Tom para que cayera sobre la cama.
Se sentó sobre su cadera a horcajadas y apoyando las manos a cada lado de la cabeza de Tom mirándole directamente.
Antes de que pudiera darse cuenta Bill le besó en los labios intentando profundizar el beso, pero algo se lo impedía, Tom no quería ceder, no entreabría sus labios para darle a Bill un mejor acceso.
—¡Estas enfermo Bill! Me contagiaras el resfriado.— Le reprochó rompiendo el beso.
—Así el que te cuidara seré yo. Vamos no seas aguafiestas.— Intentó volver a besarlo, pero Tom le giró la cara rechazándolo, cosa que no le sentó muy bien a Bill, que cuando se lo proponía podía ser la persona más cabezota del mundo.
—Estoy aquí para cuidarte, no para liarme contigo, Bill.— Le dejó claro.
—Pues muy bien.— Dijo molesto saliendo de encima de su cuerpo y tumbándose al lado de Tom pero dándole la espalda, mirando hacia la pared, mientras que el perrito había huido a los pies de la cama jugando con los pies descalzos de Tom, divirtiéndose solo.
Tom dejo ir un suspiro al aire y dio media vuelta en la cama mirando el cuerpo de Bill dándole la espalda.
Se juntó un poco más hasta que su pecho quedo pegado al cuerpo contrario. Bill irremediablemente gimió al sentir como Tom lo abrazaba por la cintura, rozando la piel descubierta por la camiseta.
Se quedaron así en silencio bastante rato, simplemente abrazados, no hacia falta nada más, porque si alguno de los sacaba conversación acabarían hablado sobre lo sucedido y ninguno de los dos quería empezar una discusión que luego acabaría mal y le diera más dolor de cabeza a Bill y como consecuencia enfermara más.
Pasado un rato Bill decidió darse la vuelta y ponerse cara a cara con Tom el cual le miró fijamente a los ojos sin retirar la mirada de la del contrario que estaba impecablemente sin una gota de maquillaje.
Que Bill se diera la vuelta no fue motivo para que cruzaran ninguna palabra, de igual manera se quedaron mirando en completo silencio simplemente observándose el uno al otro mientras que por sus mentes pasaban miles de ideas y pensamientos.
Tom no dejaba ni un milímetro de la piel del rostro de Bill por observar detenidamente con un semblante serio.
—Si que te pareces a mi…— Susurró de pronto rompiendo el silenció.
Continúa…