Fic Twc de Beth
Capítulo 10
El quirófano número cuatro del hospital se transformó en una olla a presión de metal, luces cegadoras y el sonido rítmico, casi histérico, de los monitores.
El Dr. Andrew entró con la zancada de un hombre que sabe que tiene el destino de otro entre sus manos, pero esta vez, el peso era personal. Bajo la mascarilla quirúrgica, su mandíbula estaba tensa: el hombre que acababa de besar a Bill ahora tenía que salvar al hombre que Bill amaba con una devoción suicida.
—¡Cánula de succión ahora! ¡No veo nada con tanta sangre! —rugió Andy, hundiendo sus manos en la cavidad abdominal de Tom.
El cuerpo de Tom, ese que horas antes estudiaba leyes en una celda, ahora era un mapa de desastres.
La hoja del recluso Miller había hecho estragos; el bazo estaba desgarrado y una de las puñaladas había rozado la arteria renal.
—¡Pinza de Satinsky! ¡Rápido! —ordenó sudando bajo la luz cenital— ¡Enfermera, pida otras cuatro unidades de O negativo! Se nos está vaciando en la mesa.
De pronto, el sonido rítmico del monitor cambió por un pitido largo, agudo y monótono que heló la sangre de todos los presentes.
La línea verde en la pantalla se volvió plana.
—¡Entró en asistolia! —gritó la anestesista—¡No hay pulso, Andrew!
El silencio que siguió al anuncio fue aterrador.
Tom estaba muerto.
El asesino, el padre, el gemelo… su corazón se había rendido ante la pérdida masiva de sangre.
—¡No en mi turno! —bramó Andy, alejando a la enfermera que se acercaba con el desfibrilador— ¡Carguen a 200! ¡Despejen!
El cuerpo del trenzado saltó sobre la mesa con la descarga, pero la línea siguió plana.
Andy no esperó.
Se subió a un banquillo y comenzó a realizar maniobras de RCP manual, hundiendo sus manos con una fuerza brutal sobre el pecho de Tom.
—¡Uno, dos, tres…! ¡Vamos, no me hagas esto! —susurraba entre dientes, con el sudor corriéndole por la frente— ¡Bill te está esperando afuera! ¡No le hagas esto a él!
Pasaron dos minutos. Tres. El equipo médico intercambiaba miradas de derrota. La falta de oxígeno empezaba a ser crítica.
—Doctor, ya pasó demasiado tiempo… —murmuró una enfermera, intentando tocarle el brazo.
—¡HE DICHO QUE NO SE RINDAN! —Andy la apartó de un grito, continuando las compresiones con una desesperación maníaca.
Sus brazos ardían, pero en su mente solo veía el rostro destrozado de Bill suplicándole en el pasillo.
— ¡Carga a 360! ¡DAME TODO LO QUE TENGAS! ¡DESPEJEN!
El choque eléctrico sacudió el quirófano.
Hubo un segundo de silencio absoluto, solo interrumpido por el jadeo de Andrew.
Y entonces, un sonido débil.
Bip… Bip… Bip..
—¡Tenemos ritmo sinusal! —exclamó la anestesista, casi sin creérselo— Débil, pero está ahí. Volvió, Andrew. Lo trajiste de vuelta.
Andy retrocedió un paso, con los guantes empapados en la sangre de su rival, sintiendo que las piernas le temblaban.
Tom estaba vivo, pero el camino de regreso sería largo.
El Dr. Andrew miró el rostro pálido de Tom, ahora con un tubo en la garganta, y entendió que acababa de salvar al hombre que siempre sería el dueño de la mitad del alma de Bill.
—Sutura de seda… vamos a cerrar —dijo Andy con la voz ronca, retomando el control—Llévenlo a la UCI en cuanto terminemos. Y avísenle a Bill… que su….hermano sigue respirando.
Mientras su corazón seguía atrapado tras las puertas de acero del quirófano donde Andrew operaba a Tom, el destino decidió recordarle que su sangre no solo corría por las venas de su gemelo, sino también por las de la pequeña criatura que lo esperaba en la guardería.
El busca en su bolsillo vibró con una insistencia frenética.
Al mirar la pantalla, el nombre de la guardería del hospital brilló como una advertencia.
—¿Diga? —contestó con la voz quebrada y los ojos irritados de tanto llorar.
—Bill, por favor, tienes que venir por el bebé —la voz de la cuidadora sonaba preocupada por encima del llanto agudo de fondo—Está inconsolable, su temperatura ha subido a 39°C en los últimos diez minutos y no hay forma de calmarlo. Parece que te está llamando.
Bill soltó un suspiro largo, un sonido cargado de una fatiga que le llegaba hasta los huesos.
¿Cómo era posible que el universo se ensañara tanto con ellos? Apenas unos metros lo separaban de la vida de su hermano, pero el llanto de su hijo era una orden que no podía ignorar.
Con las manos todavía temblando, caminó por los pasillos blancos, sintiendo el peso de la soledad en cada paso.
Al llegar, encontró al pequeño Tom Jr. empapado en sudor, con las mejillas encendidas y esos ojos verdes, idénticos nublados por el malestar.
Bill lo tomó en brazos y el bebé, al sentir el aroma de su padre, cambió el grito por un quejido lastimero, escondiendo su carita en el cuello de las rastas bicolor de Bill.
Caminó a paso veloz hacia el área de pediatría, donde la Dra. Kertz, una colega de confianza de Thalassa, lo recibió de inmediato al ver su estado de shock.
—Tranquilo, Bill—dijo la pediatra mientras colocaba el estetoscopio sobre el pecho diminuto del bebé— Sé por lo que estás pasando en el otro ala del hospital. Déjame revisar a este pequeño guerrero.
Bill se quedó de pie, viendo cómo la doctora examinaba los oídos, la garganta y la zona de las piernas del bebé.
El silencio solo era interrumpido por los sollozos hipnóticos del niño.
—Escúchame bien —dijo la Dra retirándose los guantes y dedicándole una sonrisa compasiva—No es nada grave, afortunadamente. Es una reacción febril a las vacunas que le pusimos ayer. A veces el cuerpo de los bebés reacciona con fuerza, pero sus pulmones están limpios y su corazón late con una fuerza increíble. Solo necesita bajar la temperatura y, sobre todo, mucho contacto contigo.
El bebé comenzó a llorar de nuevo, un llanto de hambre y necesidad de consuelo que resonó en las paredes del consultorio.
Bill sintió la subida de la leche en su pecho, una respuesta biológica y dolorosa a la angustia de su hijo.
—Necesita alimentarse—notó la doctora, viendo cómo él se llevaba una mano al pecho—Te dejaré a solas. Tómate tu tiempo, cierra la puerta. Aquí estarán seguros y nadie los interrumpirá. Dale esa leche, es la mejor medicina que puede recibir ahora mismo.
Cuando la puerta se cerró, Bill se sentó en el sillón de piel, desabrochándose la camisa con manos lentas.
Al pegar al pequeño Tom Jr. a su piel, sintió una conexión eléctrica.
El bebé se aferró a él con una desesperación que recordaba a la de su padre en la sala de visitas.
Mientras el niño succionaba con avidez, Bill inclinó la cabeza, dejando que sus lágrimas cayeran sobre la frente caliente del bebé.
—Tu papá está luchando, mi vida… —susurró Bill, con la voz ahogada por el llanto—Él está ahí cerca, peleando por volver con nosotros. No nos dejes solos, Tom… por favor, no te mueras.
En ese momento, en la penumbra del consultorio, Bill era el único puente entre la muerte que acechaba a Tom en el quirófano y la vida que florecía en sus brazos.
El hospital era un campo de batalla, y Bill, con su hijo al pecho, era el único santuario que quedaba en pie.
&
Dos semanas habían pasado desde que el acero de Miller perforara el costado de Tom, y aunque las máquinas confirmaban que su corazón seguía latiendo con una terquedad mecánica, sus ojos permanecían cerrados, fijos en un abismo que nadie más podía ver.
La «normalidad» era una farsa.
Bill caminaba por los pasillos con las rastas recogidas en un moño descuidado, cumpliendo con sus tareas en el hospital como un autómata.
Se había vuelto una sombra lejana para Andrew.
El beso en el pasillo se sentía ahora como una traición cometida en otra vida, un eco distante que Bill no quería recordar. Andy, con la nobleza de quien sabe que no puede competir con un fantasma, guardó su distancia. Lo observaba desde lejos, respetando el luto en vida de Bill, sin presionarlo, sabiendo que el hilo que unía a los gemelos era más fuerte que cualquier bisturí.
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Cada mañana, antes de que el sol lograra calentar los cristales de la UCI, Bill se deslizaba en la habitación de Tom. El olor era una mezcla de antiséptico y el aroma metálico de la sangre que aún parecía flotar en el aire. Se sentaba al borde de la cama, tomando la mano de Tom ,esa mano que ahora lucía pálida y llena de vías intravenosas y comenzaba su letanía diaria.
—Tienes que volver, Tom. No puedes dejarme aquí con todo este miedo encima —susurraba con la voz ronca por la falta de sueño—Angelinne pregunta por todo…..Tom….Y el bebé… Dios, el bebé es igual a ti. Tiene tu misma forma de fruncir el ceño cuando tiene hambre.
Bill le hablaba de las vacunas, de los pasos de la niña, de cómo el hospital se sentía pequeño sin su sombra. Pero Tom no respondía. Solo el siseo del respirador llenaba los silencios.
Llegó un punto en el que la desesperación superó a la cordura. Aquella mañana, sintió que el hilo se tensaba demasiado. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de su hermano, pegando su frente a la de él, dejando que sus lágrimas mojaran la sábana estéril.
—¿Te acuerdas, Tom? —sollozó, con el pecho apretado por una agonía visceral—Acuérdate de aquella noche en el sofá… cuando el mundo se detuvo y solo existíamos nosotros. Cuando nos olvidamos de Simone, de las cámaras, de la moral. Fue ahí, en ese calor prohibido, donde creamos a nuestro hijo. Él es el fruto de ese momento, Tom. No lo dejes crecer pensando que su padre se rindió.
Bill apretó la mano de el con una fuerza maníaca, como si quisiera transferirle su propia vida a través de la piel.
—Esa noche me prometiste que siempre estaríamos juntos. Me prometiste que la sangre no se secaría. Despierta, maldita sea. Despierta y mira lo que hicimos. Mira a ese niño que te está esperando para curarte las heridas.
En la penumbra, un pequeño sensor en el monitor de signos vitales parpadeó con una frecuencia distinta. No fue mucho, apenas un salto en el ritmo cardíaco, una señal de que, en lo más profundo del coma, el recuerdo de aquel sofá y de ese pecado compartido había logrado alcanzar la orilla de la conciencia de Tom.
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Bill sabía que las reglas le prohibían la entrada de menores, y mucho menos de lactantes, pero tras dos semanas de silencio sepulcral, la desesperación había borrado cualquier rastro de obediencia en su sistema.
Con la complicidad silenciosa de Candy, quien montó guardia en el pasillo distrayendo a las enfermeras con anécdotas exageradas, Bill se deslizó hacia la habitación de Tom. Bajo su amplia bata de hospital, pegado a su pecho y envuelto en una manta de seda, el pequeño Tom Jr. dormía, ajeno al olor a antiséptico y a la tragedia que lo rodeaba.
Bill cerró la puerta con el pestillo, sumergiendo la habitación en una penumbra protectora.
El siseo del respirador era el único latido de ese cuarto.
Se acercó a la cama, donde Tom yacía como una estatua de mármol pálido, y con manos temblorosas, sacó al bebé de su escondite.
—Mira a quién te traje…. —susurró Bill, con la voz rota—No me importa lo que digan los doctores. Él es tu sangre. Él es el que creamos esa noche en el sofá. Si no despiertas por mí, hazlo por él.
Con una delicadeza infinita, acomodó al recién nacido sobre el pecho desnudo de Tom, justo encima de donde el vendaje cubría las heridas de las puñaladas.
Fue un choque de realidades: la piel caliente, suave y llena de vida del bebé contra la piel fría, sudorosa y herida del hombre que se negaba a volver.
El pequeño al sentir el calor de un cuerpo que compartía su misma esencia, se removió. Sus manitas diminutas se abrieron y se cerraron, buscando instintivamente un ancla, hasta que sus dedos rozaron la piel del cuello de su padre.
El bebé soltó un pequeño quejido, un sonido cristalino que pareció vibrar en las paredes de la habitación.
Bill contenía la respiración, con los ojos fijos en el monitor de signos vitales.
—Siente su corazón, Tom. Es igual al tuyo. Es el bebé que nació libre —suplicaba en un susurro, apretando la mano inerte de su hermano.
De pronto, ocurrió.
No fue un movimiento brusco, sino un espasmo eléctrico que recorrió el brazo de Tom.
El monitor empezó a emitir un pitido más rápido, más errático.
La línea del ritmo cardíaco saltó, rompiendo la monotonía de las dos semanas anteriores.
Los dedos de Tom, esos que Bill había besado cada mañana, se contrajeron con fuerza, atrapando la sábana.
Un gemido sordo, profundo y cargado de meses de agonía, escapó de entre sus labios resecos.
Lentamente, como si levantara el peso de todo el piso, Tom abrió los ojos. Estaban inyectados en sangre, nublados por la morfina y el dolor, pero cuando bajó la mirada y vio la mancha de cabello rubio y sintió el peso de su hijo sobre su pecho, la lucidez regresó de golpe.
—Bi… Bill… —fue un hilo de voz, un crujido seco.
Tom intentó levantar una mano para tocar al bebé, pero la debilidad lo venció. Sin embargo, sus ojos, esos ojos marrones que Bill tanto amaba, se clavaron en los de su gemelo con una intensidad feroz. El milagro de la sangre había funcionado; el hijo de la noche prohibida había rescatado a su padre de la oscuridad.
Bill cayó de rodillas junto a la cama, sollozando con una alegría que le quemaba la garganta, mientras el bebé, sintiendo finalmente el latido real de su padre, se quedaba profundamente dormido sobre el corazón que acababa de salvar.
El aire en el pasillo todavía vibraba con el milagro del despertar de Tom, pero la burbuja de paz estalló en el segundo en que las puertas automáticas se abrieron de golpe.
La Dra. Thalassa entró con el paso firme de quien comanda un ejército, su rostro habitualmente sereno transformado en una máscara de severidad profesional.
—¡Bill, a mi oficina. Ahora! —sentenció, sin siquiera mirar a la camilla donde Tom recuperaba el aliento.
Una vez dentro, el silencio pesaba más que el plomo.
Thalassa se quitó las gafas y frotó el puente de su nariz, visiblemente agotada y decepcionada. Angelinne estaba en un rincón, jugando con unos bajalenguas, ajena a la tormenta que caía sobre su padre.
—¿En qué estabas pensando? —la voz de Thalassa era un látigo de seda— Has violado todos los protocolos de seguridad biológica. Has metido a un recién nacido en una zona de alto riesgo de infección. Podría costarme la licencia, y a ti, el puesto que tanto nos costó conseguirte.
Bill se mantuvo de pie, apretando los puños, con las rastas cayendo sobre su rostro.
—Tenía que hacerlo—respondió su voz temblando pero firme—Los monitores decían que se estaba apagando. Las máquinas no lo iban a traer de vuelta. Necesitaba algo real, algo de su propia familia que lo sacudiera.
Thalassa se inclinó hacia adelante, escudriñando los ojos marrones de Bill, buscando la verdad que siempre parecía escapársele entre los dedos.
—¿Por qué ese bebé, Bill? ¿Por qué arriesgar la vida de tu hijo por un hombre que… según tú, solo es tu hermano y el «asesino» de tu pareja? —preguntó ella, dejando la duda flotando en el aire como incienso amargo.
El de rastas sintió un frío polar recorrerle la espalda.
Sabía que si confesaba que el bebé era el fruto de aquella noche con Tom, el mundo entero se les vendría encima. Serían señalados, juzgados, y probablemente les quitarían a los niños. Tenía que blindar el secreto con una mentira perfecta.
—Porque Tom es lo único que me queda de mi madre —mintió sosteniendo la mirada con una frialdad que ni él mismo sabía que poseía—No quería que mi hijo creciera sin conocer el rostro del único hombre que lleva su misma sangre, aunque sea un tío que está tras las rejas. El bebé estaba inquieto porque siente mi angustia, Thalassa. Pensé que si sentían el latido del otro, ambos se calmarían. Fue un impulso de desesperación, no una estrategia.
Ella guardó silencio durante un minuto eterno. Sabía que Bill ocultaba algo; sentía la electricidad estática entre los gemelos cada vez que estaban en la misma habitación, pero la lealtad que le tenía a la memoria de Simone y el hecho de que, efectivamente, Tom hubiera despertado tras el contacto, la obligaron a bajar la guardia.
—Que sea la última vez, Bill. Si Andrew o la administración se enteran de que el bebé estuvo en esa cama, no podré protegerte —dijo ella, señalando la puerta—Ahora vete….Tom necesita estabilidad, no más dramas de película.
Bill salió de la oficina sintiendo que el corazón le volvía al pecho. Había salvado a Tom y había salvado su secreto, pero el precio era vivir en una mentira perpetua. Mientras caminaba de regreso se cruzó con Andy, quien lo miraba con una mezcla de sospecha y dolor.
Bill bajó la cabeza; la red de engaños era cada vez más densa, y el piso empezaba a agrietarse de nuevo.
La rutina en el hospital recuperó su pulso mecánico, aunque para Bill cada pasillo se sentía como un campo minado de recuerdos.
Thalassa lo mantenía ocupado con la montaña de expedientes y agendas, una forma silenciosa de ayudarlo a no hundirse en sus propios pensamientos.
—Bill, hoy viene la candidata para la nueva plaza de enfermería de planta —le recordó sin levantar la vista de sus informes—En cuanto llegue, hazle el registro y pásala de inmediato. Necesitamos manos extra en la UCI, y Andrew me ha pedido que no perdamos más tiempo.
El asintió, ajustándose la bata blanca que contrastaba con sus rastas bicolor. Se sentó tras el escritorio de recepción, organizando los formularios con una calma que le había costado meses de terapia y autocontrol construir.
Unas horas más tarde, el sonido de unos tacones golpeando el suelo de linóleo con una fuerza innecesaria anunció la llegada de la aspirante.
Bill levantó la vista y se encontró con una chica de mirada afilada y expresión de pocos amigos. Llevaba el uniforme impecable, pero su lenguaje corporal gritaba una arrogancia que chocaba con la calidez del ala de pediatría.
—Tengo una entrevista con la Dra. Thalassa. Ahora —soltó ella, sin siquiera un saludo, dejando su currículum sobre la mesa con un golpe seco.
Bill, manteniendo la compostura que su jefa le exigía, esbozó una sonrisa profesional, aunque sintió un pinchazo de irritación en el pecho.
—Buenos días. Soy Bill, el asistente de la doctora. Si me permites un momento para registrar tus datos, te anunciaré de inmediato —respondió él con amabilidad, extendiendo la mano para tomar el documento.
La chica no le entregó el papel; lo soltó, obligandolo a estirarse para recogerlo. Sus ojos recorrieron a Bill de arriba abajo con un desprecio mal disimulado, deteniéndose en el estilo poco convencional de su cabello.
—¿Tú eres el asistente? —preguntó ella, con un tono cargado de sarcasmo—Pensé que este era un hospital serio, no un club de Berlín. Qué aspecto tan… peculiar para trabajar con pacientes.
Bill sintió que la sangre le hervía.
Apretó los puños bajo el escritorio, recordando que cualquier escándalo afectaría su permanencia cerca de Tom y la seguridad de sus hijos.
—El aspecto no define la capacidad, señorita —contestó manteniendo el tono suave pero con una firmeza gélida en los ojos—Si gusta tomar asiento, la doctora la recibirá en un minuto.
—Como sea. Solo avísale que ya estoy aquí. No tengo todo el día para perderlo en una sala de espera llena de niños llorando —replicó ella, dándole la espalda y sentándose con un suspiro de fastidio, sacando su teléfono para ignorarlo por completo.
Bill suspiró profundamente, tragándose las palabras ácidas que tenía en la punta de la lengua. Caminó hacia la oficina de Thalassa y llamó suavemente.
—Doctora, la candidata está aquí. Se llama Liza —anunció Bill, abriendo la puerta.
—¿Algún problema, Bill?
—Ninguno, doctora. Solo es… una personalidad fuerte —mintió él, haciéndose a un lado para dejar pasar a la chica, quien entró a la oficina cambiando mágicamente su expresión por una sonrisa encantadora y falsa.
Bill cerró la puerta y regresó a su puesto, sintiendo un escalofrío.
Algo en la mirada de esa mujer le decía que su llegada no traería nada bueno, especialmente ahora que Tom estaba vulnerable y los secretos de los gemelos pendían de un hilo tan fino.
La Dra salió de su oficina minutos después, con esa expresión de eficiencia imperturbable que la caracterizaba. A su lado, Liza caminaba con una postura rígida, asintiendo a cada palabra con una sumisión que Bill sabía perfectamente que era fingida. La amabilidad forzada que la chica mostraba ahora frente a la jefa de planta era casi insultante comparada con el desprecio que le había escupido a Bill momentos antes.
—Liza se incorpora hoy mismo al turno de tarde —anunció Thalassa, ajustándose el estetoscopio al cuello—Ya le he dado las pautas generales, pero necesito que la lleves a reconocer a sus pacientes asignados.
Bill sintió un nudo en la garganta mientras tomaba la tabla de registros. Sus ojos recorrieron la lista de habitaciones que Thalassa había marcado y, de repente, el mundo pareció detenerse.
—Liza estará a cargo de la sección B de cuidados intermedios —continuó la doctora, ajena a la tormenta interna de su asistente—Eso incluye al paciente de la 402, el recluso que acaba de despertar. Necesita vigilancia constante de signos vitales y administración de antibióticos de amplio espectro cada seis horas.
Bill apretó los bordes de la tabla de madera hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Tom.
El destino, con su ironía sangrienta, acababa de poner la vida de su gemelo en las manos de la mujer que más lo detestaba en todo el hospital.
—Entendido, doctora. No se preocupe, los pacientes estarán en excelentes manos —dijo Liza con una voz melosa, dedicándole a Thalassa una sonrisa de catálogo.
Pero en cuanto la doctora se dio la vuelta para atender una llamada de emergencia, la máscara de Liza cayó con una rapidez aterradora. Se giró hacia Bill y lo miró con esos ojos gélidos, cruzándose de brazos mientras esperaba que él se pusiera en marcha.
—Bueno, «asistente» —soltó ella, arrastrando las palabras con veneno—. Deja de mirarme como si fueras a llorar y muéstrame dónde está el preso. Tengo curiosidad por ver qué clase de basura protegen tanto en este hospital.
Bill no respondió.
Sabía que cualquier palabra fuera de lugar le daría a ella el arma perfecta para reportarlo.
Caminó en silencio por el pasillo, con el sonido de los tacones de Liza martilleando detrás de él como una cuenta regresiva.
Al llegar a la puerta de la 402, Bill se detuvo, bloqueando ligeramente la entrada con su cuerpo.
—Este es el paciente —dijo con una voz que intentó mantener profesional a pesar del temblor interno— Está débil, acaba de salir de un coma inducido y de una cirugía mayor. Necesita calma, no juicios de valor. Los protocolos de medicación están en la ficha al pie de la cama.
Liza lo empujó levemente con el hombro para entrar, ignorando su advertencia.
Se acercó a la cama de Tom, quien dormitaba bajo el efecto de los analgésicos, y lo observó con una mueca fijándose en sus tatuajes y en las esposas que lo anclaban a la barandilla de la cama por protocolo policial.
—Un delincuente con suerte —murmuró ella, anotando algo en su libreta con desdén—No te preocupes, Bill. Haré mi trabajo. Pero si crees que voy a tratarlo con guantes de seda solo porque tú lo miras como si fuera un santo, estás muy equivocado.
Bill se quedó en el umbral, viendo cómo Liza revisaba el suero de Tom con movimientos bruscos.
La presencia de esa mujer era una mancha de aceite en su pequeño oasis de paz. La presencia de Liza era como una corriente de aire helado que cortaba el ambiente cada vez que él intentaba acercarse al ala B. Ella, con una astucia casi animal, parecía haber memorizado los horarios de Bill; cada vez que él se aproximaba a la habitación 402 con la excusa de entregar un informe o verificar una constante, Liza ya estaba allí, bloqueando la puerta con su carro de medicinas o simplemente interponiéndose con esa sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos.
—Lo siento, pero el protocolo de la policía es estricto. Solo personal de enfermería autorizado mientras administro el tratamiento —le soltaba ella, cerrándole la puerta prácticamente en la cara, dejando a Bill fuera, en el pasillo, bajo la mirada vigilante de los dos oficiales que custodiaban la entrada de Tom.
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Bill apretaba los puños, sintiendo cómo sus rastas pesaban más de lo normal por la tensión.
Podría haber ido a la oficina de Thalassa, podría haber denunciado el trato prepotente, las contestaciones ácidas y la forma en que Liza lo miraba como si fuera basura pegada a su zapato. Pero no lo hizo.
Sabía que cualquier queja atraería una investigación sobre por qué él estaba tan obsesionado con ese paciente en particular.
El miedo a que alguien excavara en el pasado o que descubrieran que el bebé que Bill amamantaba en pediatría era hijo del recluso de la 402, lo mantenía en un silencio sepulcral. Bill se tragaba el orgullo, aceptando las humillaciones de Liza como un sacrificio necesario para mantener a salvo su secreto.
A pesar de la hostilidad de su enfermera, la naturaleza de Tom era indomable. Su cuerpo, forjado en la dureza de Moabit y en la obsesión por volver a ver a su hijo, comenzó a sanar con una rapidez que asombraba a los médicos.
Las heridas estaban cerrando, y el color volvía poco a poco a su rostro, aunque sus manos seguían ancladas a la barandilla de metal por las esposas reglamentarias.
Los policías en la puerta eran el recordatorio constante de que Tom seguía siendo propiedad del Estado. Para ellos, era un número; para Liza, un paciente; pero para Bill, que lo observaba a través del pequeño cristal de la puerta cuando ella no estaba, Tom era el sol alrededor del cual giraba su universo roto.
—Está mejorando, Bill. Los laboratorios de esta mañana son excelentes —le comentó Thalassa un mediodía, sin notar la guerra silenciosa que ocurría en su planta— Liza parece ser muy eficiente, no se despega de él.
Bill asintió con una mueca que intentaba ser una sonrisa.
—Sí, doctora. Es muy… dedicada.
El veneno en las palabras de Bill pasó desapercibido para la jefa, pero no para él. Sabía que Liza no era dedicada por vocación, sino por control. Sentía que ella estaba esperando un error, un desliz de los gemelos para asestar el golpe final. Mientras tanto, Bill se conformaba con saber que Tom respiraba, esperando el momento en que los policías se descuidaran o Liza tuviera un turno libre para poder, finalmente, tocar la mano de su hermano sin testigos.
Continúa…
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