Amor de madre 11

Fic Twc de Beth

Capítulo 11

La tarde en el hospital se sumergió en un silencio inusual. Los dos oficiales que custodiaban la 402 habían bajado a la cafetería, confiando en el estado aún convaleciente del recluso y en la vigilancia de la enfermera de turno.

Bill, que llevaba días midiendo cada segundo de ausencia de sus captores, aprovechó el hueco de seguridad.

Su corazón latía con una fuerza sorda contra sus costillas mientras sus manos, con las uñas pintadas de negro desgastado, empujaban la puerta con una lentitud agónica.

​Pero lo que sus ojos encontraron no fue la escena de maltrato o desprecio que él había proyectado en su mente para justificar su odio hacia Liza. Fue algo mucho más retorcido.

​Liza no estaba administrando medicación, ni revisando el suero. Estaba inclinada sobre la cama de Tom, tan cerca que su aliento debía de rozar la mandíbula de su hermano. Sus manos, antes bruscas y clínicas, se deslizaban con una suavidad eléctrica por el torso desnudo de Tom, recorriendo los bordes de las vendas de las puñaladas con una intención que no tenía nada de médica. Sus dedos jugueteaban con la piel, deteniéndose más de lo necesario, mientras le susurraba algo al oído con una sonrisa cargada de un coqueteo depredador.

​Tom, aún débil y con las manos esposadas a la barandilla, mantenía la mirada fija en el techo, con una expresión de asco contenido, pero el simple hecho de ver a otra mujer tocando ese cuerpo que le pertenecía por derecho de sangre y pecado, hizo que la visión de Bill se tiñera de rojo.

​—Ejem… —Bill carraspeó con una fuerza gélida que cortó el aire de la habitación como un bisturí.

​Liza dio un respingo, separándose de la cama con una rapidez felina. Sus ojos se afilaron al ver a Bill y, por instinto, abrió la boca para soltar la primera grosería, recuperando esa máscara de superioridad que usaba para pisotearlo.

​—¿Qué demonios haces aquí, «asistente»? Te he dicho mil veces que no puedes entrar sin…

​—¡Cierra la boca de una maldita vez! —rugió Bill, dando un paso al frente con una autoridad que dejó a Liza muda. Sus rastas bicolor se agitaron con la violencia de su movimiento— He aguantado tus insultos, tus aires de grandeza y tu falta de profesionalismo durante semanas porque no quería problemas. Pero no voy a permitir que uses tu uniforme para acosar a un paciente que ni siquiera puede defenderse porque está encadenado a esa cama.

​Liza palideció, pero intentó contraatacar con su arrogancia habitual.

—¿Acoso? Solo estaba revisando las heridas. Tú eres el que tiene una obsesión enfermiza con este delincuente, Bill. ¿Qué crees que dirá la Dra. Thalassa cuando sepa que entras aquí a escondidas?

​—Dile lo que quieras —escupió Bill, señalando la puerta con un dedo tembloroso de rabia—Dile que me encontraste aquí. Pero antes, yo le diré cómo utilizas tus turnos para manosear a los reos. Ahora, fuera de esta habitación. No quiero volver a ver tus manos cerca de él. ¡Lárgate!

​Liza recogió sus cosas con movimientos bruscos, su rostro desencajado por la humillación de haber sido descubierta. Se detuvo en el umbral, fulminando a Bill con la mirada.

​—Esto no se va a quedar así, rarito. Voy directa a la oficina de Thalassa. Estaras despedido —sentenció ella antes de salir dando un pisotón.

​—Me importa una mierda —le gritó Bill, cerrando la puerta con un golpe seco que retumbó en todo el pasillo.

​El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio eléctrico.

Bill se giró hacia la cama, con el pecho subiendo y bajando por la adrenalina. Tom lo miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de sorpresa y gratitud brillando en sus pupilas marrones. Por fin, después de todo,las balas y la prisión, estaban a solas.

El silencio que quedó en la habitación tras el portazo era denso, cargado de una electricidad que solo los gemelos podían generar.

El permanecía de pie, con el pecho agitándose bajo la bata blanca y las manos aún temblando por la descarga de adrenalina. El color de sus rastas parecía encendido por la furia, y sus ojos, nublados por las lágrimas de rabia y celos, evitaron por unos segundos la camilla.

​—Esa mujer… esa maldita mujer… —susurró cubriéndose el rostro con una mano—No puedo creer que haya tenido el descaro de tocarte así mientras estás encadenado.

El trenzado soltó un suspiro ronco, un sonido que mezclaba el alivio con una fatiga profunda. El tintineo de las esposas contra el metal de la barandilla resonó en el cuarto cuando intentó acomodarse para ver mejor a su hermano.

​—Bill… mírame —pidió con una voz que aún arrastraba las secuelas de la intubación, pero que conservaba ese magnetismo oscuro de siempre.

​Bill bajó la mano y lo miró.

La vulnerabilidad de Tom lo golpeó de frente: estaba pálido, con ojeras marcadas y atrapado en esa cama, pero sus ojos marrones ardían con una intensidad que ninguna prisión podría apagar.

​—Esa víbora no es nada —continuó forzando una sonrisa amarga— Intentó de todo, Bill. Intentó besarme hace dos días cuando los guardias se fueron a fumar. Me decía que un hombre como yo no debería estar solo, que ella podía hacerme la estancia «más amena» si yo cooperaba. Me daba asco cada vez que sus dedos rozaban mis heridas.

​Bill sintió una punzada de dolor en el estómago.

La idea de Liza profanando el cuerpo de su gemelo era insoportable.

​— Hubiera buscado la forma de sacarla de aquí antes…

​Tom negó con la cabeza, estirando la mano derecha todo lo que la cadena de la esposa le permitía, buscando la piel de Bill.

​—No quería que te arriesgaras. Sé que ella te odia y que está buscando cualquier excusa para echarte. Pero escúchame bien… —Tom apretó los dedos de Bill con una fuerza sorprendente para su estado— Lo único que me mantuvo cuerdo en este agujero, lo único que me hizo cerrar los ojos y aguantar sus toqueteos sin romperle el cuello, fue pensar en ti. En nuestra noche. En ese bebé de ojos verdes que trajiste a escondidas.

​Bill se inclinó sobre la cama, acortando la distancia, permitiendo que sus frentes se rozaran por fin sin cámaras ni enfermeras de por medio. El olor a hospital se mezcló con el aroma metálico y sudoroso de Tom.

​—Ella no es nadie, Bill. Tú eres mi vida. Ese niño es mi vida —susurró Tom contra sus labios, aunque no se atrevió a besarlos por miedo a ser descubiertos—Deja que grite. Ya nada puede hacerme más daño del que ya pasé. Solo no dejes de venir. No dejes que me lleven de vuelta a Moabit sin saber que estás bien.

El rastudo cerró los ojos, dejando que una lágrima cayera sobre la mejilla de Tom.

La burbuja de intimidad se rompió con la violencia de un cristal estallando.

El sonido de botas pesadas marchando por el pasillo y el eco de voces autoritarias anunciaron que el tiempo de los gemelos se había agotado.

​Liza no había ido sola a la oficina.

Había regresado escoltada por el jefe de seguridad del hospital y los dos oficiales de policía, con el rostro rojo de rabia y una sonrisa triunfante que presagiaba el desastre.

​—¡Ahí lo tienen! —chilló ella, señalando a Bill, que aún mantenía su frente pegada a la de Tom—¡Entró sin autorización, manipuló al paciente y me agredió verbalmente cuando intenté cumplir con mi deber!

​Los policías no esperaron explicaciones.

Entraron en la 402 con una frialdad burocrática que heló la sangre de Bill. Uno de ellos lo apartó bruscamente de la cama, mientras el otro sacaba un juego de llaves para asegurar las esposas de Tom con más fuerza.

​—El informe médico de la Dra. Thalassa dice que ya está estable para el traslado —sentenció el oficial más robusto— Dado el incidente de seguridad y la conducta inapropiada del personal civil, el protocolo de hospitalización externa queda cancelado. El recluso Kaulitz regresa a la enfermería de Moabit esta misma noche.

​—¡No! ¡Todavía tiene fiebre! ¡No pueden llevárselo así! —gritó Bill, intentando zafarse del agarre del guardia de seguridad—¡Thalassa no autorizó esto, ella sabe que necesita reposo!

​Tom, con el rostro contraído por el dolor del movimiento brusco, clavó sus ojos en los de Bill. No había miedo en su mirada, solo una tristeza infinita y una advertencia silenciosa: no luches más, o nos perderás a todos.

​.

​Minutos después, el hospital se convirtió en un escenario de pesadilla. Una camilla de transporte penitenciario esperaba en la puerta. Tom, pálido y con los vendajes manchándose ligeramente de rojo por el esfuerzo, fue subido a la fuerza.

​Liza observaba desde el mostrador de enfermería, cruzada de brazos, saboreando su pequeña victoria. Había logrado separar a los gemelos, cumpliendo con su amenaza de la manera más cruel posible.

​—¡Tom! ¡Escúchame! —Bill corrió por el pasillo mientras los guardias empujaban la camilla hacia el ascensor de carga—Iré a verte! ¡No me importa lo que digan! ¡El niño y yo te esperaremos!

​Tom levantó la mano encadenada apenas unos centímetros, un gesto mudo de despedida que Bill grabó en su memoria como si fuera un tatuaje de fuego. Las puertas del ascensor se cerraron con un estruendo metálico, dejando a Bill solo en el pasillo frío, rodeado de médicos que lo miraban con sospecha.

​Esa noche, el hospital se sintió vacío. Bill regresó a su pequeño departamento, abrazando a sus dos hijos con una fuerza desesperada.

El pequeño Tom Jr. lloraba, sintiendo la ausencia del latido de su padre, mientras Angelinne buscaba refugio en las piernas de Bill.

​La guerra con Liza le había costado su paz. Tom estaba de vuelta tras los muros de cemento de Moabit, lejos de su cuidado, entregado de nuevo al sistema que tanto odiaban…el miró sus manos, aún oliendo al desinfectante del hospital y a la piel de su hermano, y juró que esto no sería el final.

La mañana siguiente en el hospital de Berlín tenía un aire de finalidad gélida.

El sol entraba por los ventanales de la recepción, pero para Bill Kaulitz, la luz ya no lograba atravesar el muro de decepción que sentía en el pecho. Con las rastas perfectamente recogidas y una maleta pequeña con sus pertenencias personales, caminó hacia la oficina de la Dra. Thalassa.

​No hubo preámbulos.

Bill dejó el sobre blanco sobre el escritorio de mármol con una determinación que no admitía réplicas.

​—Mi renuncia, doctora. Es inmediata —dijo con una voz calmada pero cargada de una madurez que parecía haber envejecido diez años en una sola noche.

​Thalassa dejó sus lentes sobre la mesa y lo miró con una mezcla de sorpresa y genuino pesar.

—Bill, por favor, no tomes decisiones precipitadas. Sé que lo de anoche fue traumático, pero Liza es una empleada nueva y hay protocolos que seguir… No puedes irte así, eres mi mejor asistente.

​Bill soltó una risa amarga, negando con la cabeza.

—Ese es el problema, Thalassa. No sentí tu apoyo. Permitiste que esa mujer acosara a Tom y que luego usara su veneno para que la policía se lo llevara en ese estado. Sabías que no estaba listo para volver a una celda de castigo y no moviste un dedo para detener el traslado. Mi lealtad estaba contigo, pero la tuya estaba con las reglas de un hospital que no tiene alma.

​Thalassa intentó levantarse para acercarse a él, pero Bill dio un paso atrás, marcando una distancia definitiva.

​—Además —continuó irguiendo la espalda—ya pronto cumplo la mayoría de edad. Ya no soy el chico asustado que buscaba refugio en tus pasillos. He hablado con los abogados de mi madre; la herencia de Simone ya será legalmente mía. El fideicomiso, las propiedades y cada centavo que ella dejó para los hermanos Kaulitz están bajo mi control a partir de esta semana.

​La doctora guardó silencio.

Sabía que, con el patrimonio de Simone en sus manos, Bill ya no necesitaba el modesto sueldo del hospital ni la protección de nadie.

​—¿Qué vas a hacer, Bill? —preguntó ella en un susurro.

​—Voy a construir algo real. Un negocio, un futuro para Angelinne y para el pequeño Tom. No quiero que mis hijos crezcan en la sombra de un hospital o bajo el juicio de gente como Liza. Voy a esperar a Tom el tiempo que sea necesario, pero lo haré desde mi propio trono, no desde las migajas que me das aquí.

​Bill salió de la oficina sin mirar atrás. En el pasillo, se cruzó con Liza, quien le dedicó una mirada burlona, creyendo que su renuncia era una señal de derrota. Bill se detuvo frente a ella, la miró de arriba abajo con una superioridad gélida y simplemente sonrió.

​—Disfruta tu turno, Liza. Pronto te darás cuenta de que acabas de perder al único que evitaba que este lugar se enterara de quién eres realmente —le soltó antes de seguir su camino.

​En la puerta del hospital, un coche negro de alta gama lo esperaba.

Bill subió, sintiendo el peso de la llave de su nueva libertad en el bolsillo. Miró hacia el horizonte, en dirección a la prisión de Moabit.

Tom estaba tras las rejas, pero ahora el tenía el poder económico para contratar a los mejores abogados del país, para comprar silencios y para asegurar que, cuando Tom saliera, no encontrara a un hermano roto, sino a un hombre poderoso que había guardado el imperio Kaulitz solo para ellos dos.

&

La transformación de Bill no fue solo una cuestión de dinero, sino de propósito.

Con la herencia de Simone finalmente en sus manos, el mármol frío de su pasado se convirtió en el cimiento de un futuro cálido. Bill no quería un imperio de cristal que lo alejara de su esencia; quería un refugio.

​Decidió abrir una Ludoteca-Café de Diseño.

Era un concepto innovador en un barrio bohemio de Berlín: un espacio de techos altos y luz natural, decorado con muebles minimalistas y paredes llenas de arte, donde los padres podían disfrutar de un café gourmet o trabajar en sus proyectos creativos mientras sus hijos jugaban en un área de estimulación temprana diseñada por expertos.

​Era el negocio perfecto.

Beneficiaba a sus propios hijos, Angelinne y el pequeño Tom Jr., quienes crecían en un ambiente lleno de libros, juguetes de madera y música suave, siempre bajo la mirada de su padre.

​Bill descubrió que, aunque había dejado el hospital, no había dejado atrás a las personas que realmente lo apreciaban. Natalie, la enfermera de gran corazón, se convirtió en su mano derecha fuera de las horas de guardia.

​—Bill, descansa un poco. Yo me encargo de que Angelinne termine su merienda y que el pequeño Tom no se quite los calcetines —le decía Natalie con una sonrisa, mientras el se sumergía en las cuentas del negocio o en las reuniones con los nuevos abogados que estaba contratando para el caso de su hermano.

​Sus amistades se mantuvieron intactas.

Candy solía aparecer por las tardes para animar el café con su energía extravagante, ayudando a Bill a seleccionar la música y el diseño de la papelería del local. Bill se asoció con mentes creativas, jóvenes diseñadores y educadores que compartían su visión de un mundo donde la familia y la carrera no tuvieran que chocar.

​A pesar del éxito y de que su nombre empezaba a sonar en los círculos sociales de Berlín como un joven empresario visionario, Bill nunca perdió el norte. Cada decisión que tomaba, cada euro que invertía, tenía un objetivo final: Tom.

​—Mira este lugar, Natalie —le dijo una tarde, observando a sus hijos jugar felices en la zona segura del local—Cuando Tom salga, no llegará a una celda de castigo ni a un hospital frío. Llegará aquí. A su casa. A su negocio. A su familia.

​Bill ya no era el asistente sumiso que aguantaba los desprecios de Liza. Ahora era un hombre que caminaba con seguridad, como una corona de rebeldía y elegancia. La herida de su alma seguía ahí, pero ahora la cuidaba con seda y estabilidad.

Sabía que el tiempo en Moabit era una cuenta regresiva, y él se estaba encargando de que, cuando el reloj llegara a cero, el mundo estuviera listo para recibir al último de los Kaulitz con los brazos abiertos.

&

Las noticias en la prisión vuelan más rápido que las sombras en el patio. Entre los muros de cemento, los rumores de la «ascensión» de Bill Kaulitz empezaron a filtrarse como una corriente de aire fresco y, a la vez, intimidante.

Tom ya no recibía noticias de un asistente de hospital cansado y al borde del colapso; ahora, los periódicos locales que circulaban en la biblioteca mostraban la fotografía de un joven empresario visionario, con trajes de corte impecable, inaugurando el café más exclusivo y cálido de Berlín.

​.

​Sentado en su celda, con la luz amarillenta del pasillo colándose entre los barrotes, Tom sostenía un recorte de revista que le habían hecho llegar clandestinamente. En la foto, Bill sonreía con una serenidad que Tom no recordaba haber visto nunca. A su lado, Angelinne lucía un vestido precioso y el pequeño Tom Jr. descansaba en un cochecito de diseño.

​Un nudo de orgullo puro le apretó la garganta. Su gemelo lo había logrado. Bill había tomado los restos del naufragio de los Kaulitz, el dinero manchado de Simone y la tragedia, para construir un palacio de paz. Había cumplido su promesa: no se había hundido.

​—Mírate, Bill… —susurró acariciando la imagen con su pulgar áspero— Eres un rey. Has creado un mundo donde los monstruos no pueden entrar.

​Pero tras el orgullo, llegó el frío.

Tom se miró las manos: estaban llenas de callos por el trabajo rudo, marcadas por las cicatrices de las peleas y la sombra de las esposas. Se miró en el pequeño trozo de espejo de metal de su celda y vio a un hombre que olía a encierro, a arrepentimiento y a la violencia que todavía habitaba en sus huesos.

​El miedo empezó a reptar por su columna.

¿Qué lugar tendría él en esa vida perfecta?

Bill ahora se codeaba con diseñadores, con gente culta, con el éxito.

Sus hijos crecían entre juguetes de madera y música suave, mientras él seguía contando los días en una jaula.

​—¿Seguirás queriendo a este animal cuando las puertas se abran? —se preguntó Tom en el silencio de la noche— ¿O seré solo una mancha de sangre en tu suelo de diseño?

​Esa noche, no pudo dormir.

Se sentó a escribir una carta, la primera desde que Bill se volvió «el gran Kaulitz».

No hablaba de la comida asquerosa ni de las provocaciones que aún recibía. Solo escribió unas pocas líneas:

​»He visto las fotos, Bill. El local es increíble, tal como lo soñamos cuando no teníamos nada. Me alegra que mis hijos tengan ese cielo sobre sus cabezas. Pero a veces, cuando cierro los ojos, me pregunto si cuando salga todavía habrá un espacio para mí en ese sofá, o si el hombre que soy ahora es demasiado oscuro para tu luz. No me olvides, Bill. Sigue brillando, aunque sea para guiarme de vuelta a casa.»

​Dobló el papel con cuidado y lo guardó bajo su almohada, junto a la foto del bebé.

Tom sabía que Bill lo esperaría, pero el peso de su propia condena ahora se sentía más pesado que nunca.

El éxito de Bill era su mayor alegría, pero también su recordatorio más cruel de todo lo que le habían arrebatado.

.

El eco de las botas de Tom contra el suelo de cemento de Moabit sonaba más pesado de lo habitual.

No esperaba a nadie; en su mente, la nueva vida de Bill, rodeado de éxito y elegancia, lo alejaba cada vez más de la suciedad de esa prisión.

Cuando el guardia golpeó los barrotes y anunció que tenía una visita, el sintió un vuelco en el estómago, una mezcla de esperanza y un miedo punzante a no estar a la altura.

​Al cruzar el umbral de la sala de visitas, el mundo de gris y acero desapareció. Allí, sentado tras el cristal pero irradiando una luz que parecía no pertenecer a este mundo, estaba Bill.

​No era el Bill cansado del hospital, ni el padre abrumado por la fiebre del bebé. Era el Bill Kaulitz en todo su esplendor: su maquillaje era una obra de arte, con sombras oscuras que resaltaban sus ojos felinos; su figura, envuelta en una chaqueta de seda entallada, lucía preciosa, esbelta y poderosa. Sus rastas caían con una elegancia rebelde sobre sus hombros.

Al ver a Tom, no lloró; simplemente le dedicó una sonrisa lenta, cargada de una devoción que los años de encierro no habían podido marchitar.

​Esta vez, las sillas de los niños estaban vacías.

Bill necesitaba que ese momento fuera solo de ellos, una comunión de almas sin distracciones.

​Tom se sentó frente a él, pegando su palma al cristal frío. Por primera vez en toda su vida, el orgullo del «chico malo», del protector agresivo, se desmoronó para dar paso a la verdad. Tom tomó la mano de Bill a través del pequeño espacio permitido para el contacto físico, apretándola con una desesperación contenida.

​—He visto lo que has hecho—comenzó con la voz ronca, sin apartar la mirada de esos ojos que eran su único mapa—Eres lo más precioso que ha pisado esta tierra. Te miro en esas fotos y siento que no soy digno ni de respirar el mismo aire que tú. Eres arte, Bill. Eres la fuerza que me mantiene vivo en esta celda. Cada noche cierro los ojos y solo puedo pensar en lo bonito que es que existas, en que seas mi otra mitad. Te amo más allá de la sangre, más allá de los pecados… Te amo porque eres mi salvación.

El de trenzas se detuvo, con la respiración entrecortada, soltando todo el sentimiento que había guardado desde aquella noche, desde el día en que Simone los dejó solos en el mundo.

Bill escuchaba en un silencio sagrado, con los ojos brillando, absorbiendo cada palabra como si fuera el aire que necesitaba para seguir construyendo su imperio.

​.

​Cuando Tom terminó, el silencio que quedó en la sala fue el más dulce que jamás habían compartido.

Bill acarició los nudillos de el con el pulgar, recorriendo sus cicatrices con una delicadeza infinita. Se inclinó hacia adelante, susurrando para que solo los oídos de su gemelo pudieran captar la melodía de su voz.

​—Yo también te he esperado cada segundo de cada día, Tom —respondió y su sonrisa se volvió más profunda, más íntima— No importa cuánto dinero tenga o qué tan lejos llegue mi nombre; nada de eso brilla si tú no estás al final del camino. Tú no eres una mancha en mi vida, eres el motor de todo lo que soy—hizo una pausa, mirando a Tom con una intensidad que quemaba, y por primera vez, sin miedo al juicio de los guardias o del mundo exterior, pronunció las palabras que sellaron su destino para siempre​—Te amo, mi amor. No importa cuántos muros nos separen hoy, yo ya he construido nuestro paraíso. Solo faltas tú para que esté completo.

​En ese momento, en la frialdad de la celda, los hermanos dejaron de ser solo hermanos para convertirse en algo eterno.

El «mi amor» de Bill quedó flotando en el aire como una promesa inquebrantable de que, sin importar el tiempo que faltara, el trono que Bill había construido tenía un solo dueño, y ese era el hombre que ahora lloraba de alivio al otro lado del cristal.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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