
Fic Twc de Beth
Capítulo 13
La mansión era un hervidero de actividad desde que el primer rayo de sol se filtró por los ventanales.
Bill se movía por los pasillos con una energía eléctrica, una mezcla de ansiedad y júbilo que lo hacía parecer una ráfaga de seda y perfume.
Sus rastas estaban perfectamente recogidas en un moño alto para que no le estorbaran, y aunque vestía una bata de satén negro, ya tenía el maquillaje de los ojos listo: un ahumado profundo que resaltaba su mirada felina.
Iba de un lado a otro con una lista mental que repasaba en voz alta, como si necesitara escuchar que todo era real.
—A ver, Bill, concéntrate… —murmuraba mientras colocaba un jarrón con lirios blancos frescos en el recibidor—Flores listas. Velas de sándalo en la habitación de Tom… no, en la nuestra, puestas. El vino en la cava a 16 grados. ¡La comida!—corrió hacia la cocina, donde el aroma a estofado de ternera la receta favorita de Tom que Simone solía hacer—llenaba el aire—Carne en su punto, verduras cortadas… solo falta el toque de sal al final —decía enumerando con los dedos—Ropa de Tom… le dejé el traje de lino negro y las camisas de seda sobre la cama nueva. Sábanas de mil hilos, puestas. Jabón de madera de cedro en su ducha, listo.
Subió las escaleras de dos en dos hacia las habitaciones de los niños.
Ellos lo miraban divertidos, sentados en sus camas mientras Bill los inspeccionaba como si fueran a conocer a la realeza.
—Mis niños, quietos un segundo —les pidió, ajustando el cuello de la camisa del pequeño Tom—Tú, impecable. Angelinne, ese lazo en el pelo tiene que estar derecho. Hoy no es un día cualquiera. Hoy llega papá de su viaje y quiero que cuando cruce esa puerta sienta que ha llegado al paraíso. ¿Entendido?
—Sí, papi Bill —respondieron los dos al unísono, contagiados por la emoción de su padre.
Bill regresó a su vestidor, mirándose al espejo.
El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho.
—Faltan tres horas —se dijo a sí mismo, respirando hondo—Tengo que vestirme. El coche tiene que estar en la puerta de Moabit a las cuatro en punto. No un minuto antes, no un minuto después. Impecable, Bill. Tienes que estar impecable para él.
Se detuvo un segundo frente a la foto de Simone.
Le guiñó un ojo con complicidad y le lanzó un beso.
El ritual de diez años de espera estaba a punto de terminar.
La casa brillaba, los niños estaban listos, y el amor de su vida estaba a solo unos kilómetros de distancia de volver a ser, finalmente, parte de ese cuadro perfecto que Bill había pintado con sangre, sudor y una lealtad inquebrantable.
&
El reloj de la torre de la prisión marcó las cuatro de la tarde con un tañido sordo que resonó en el pecho de Bill. Estaba apoyado contra la puerta de su coche de lujo, un modelo negro brillante que contrastaba con los muros grises de la cárcel.
Bill era una visión de elegancia nerviosa: su traje de lino blanco captaba la luz del sol, sus cabello caía perfectamente sobre sus hombros y su maquillaje realzaba la intensidad de su mirada felina.
Se frotaba las manos, una y otra vez, intentando calmar el temblor que lo recorría.
—Respira, Bill, respira… —se susurró a sí mismo, fijando la vista en la pesada puerta de metal que estaba a punto de abrirse.
El sonido de los cerrojos hidráulicos rompió el silencio de la calle.
La puerta pequeña se abrió y, tras diez años de sombras, Tom cruzó el umbral hacia la luz. Vestía ropa sencilla, pero su porte era el de un rey que recuperaba su trono. Al ver a Bill, Tom se detuvo un segundo, como si no creyera que esa visión fuera real.
El azabache no pudo contenerse más.
Rompió el protocolo, ignoró a los guardias que lo miraban con recelo y corrió hacia su hermano.
Tom soltó la pequeña bolsa con sus pertenencias y abrió los brazos justo a tiempo para recibir el impacto del cuerpo de Bill.
El se aferró al cuello de Tom con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en el hueco de su hombro, aspirando el aroma a jabón de cedro, el mayor lo levantó del suelo, apretándolo contra su pecho musculoso, girando sobre sí mismo mientras ambos soltaban sollozos de alivio puro.
—Te tengo, te tengo, mi amor… —susurró contra el oído de Bill, con la voz quebrada por la emoción—Estás aquí, eres real.
—Nunca más nos separaremos, Tom. Nunca más —respondió Bill, separándose apenas unos centímetros para llenarle el rostro de besos húmedos y salados por las lágrimas— Eres libre. Somos libres.
Tom le tomó el rostro con sus manos grandes, acariciando el maquillaje con una delicadeza infinita, y por primera vez en diez años, sin cristales ni rejas de por medio, le robó un beso lento, profundo y cargado de una devoción que el tiempo no había podido apagar.
Mientras los dos seguían fundidos en ese abrazo eterno, la puerta del coche de lujo se abrió suavemente. Angelinne y el pequeño Tom bajaron en silencio.
Iban vestidos con sus mejores trajes, impecables y brillantes bajo el sol.
Bill les había mentido un poco al decirles que el lugar donde llegaría papá estaría un poco raro pero que no importaba por que por fin lo verían.
Los niños se detuvieron a unos metros, observando al hombre que abrazaba a su papi Bill.
Aunque no había palabras, aunque nunca antes lo habían visto en persona, la sangre Kaulitz que corría por sus venas gritó con una fuerza ancestral. Reconocieron esa mirada intensa, esa mandíbula firme y esa energía protectora que Bill les había descrito tantas veces en sus historias sobre el.
Tom se separó de Bill al sentir las miradas. Se giró hacia los niños y su corazón, ya desbordado por el amor hacia Bill, pareció expandirse hasta el infinito. Se arrodilló en el asfalto, abriendo los brazos de nuevo, con los ojos empañados.
—Vengan aquí, mis pequeños… —les pidió Tom con una ternura que Bill nunca le había visto.
Angelinne y Tom corrieron hacia él al mismo tiempo.
Se lanzaron a sus brazos con una naturalidad pasmosa, como si hubieran estado haciendo eso toda la vida. Angelinne se aferró a su cuello y Tom hundió la cabeza en su pecho.
Para Tom, en ese momento, no había tío ni sobrina; solo había una hija que cuidar y un hijo que criar, ambos frutos del amor.
Bill se arrodilló a su lado, rodeando a los tres con sus brazos, sellando ese abrazo familiar perfecto.
El cuadro estaba completo.
Simone, desde su rincón en la mansión, debía de estar sonriendo.
El pasado de dolor había quedado atrás; ahora, bajo el sol de Berlín, los Kaulitz comenzaban su verdadera vida, unidos por la sangre, por la ley y por un amor que había sobrevivido al infierno.
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El trayecto de regreso a la mansión fue un torbellino de risas y manos entrelazadas en el asiento del coche. Tom no podía apartar la vista de la ventana, asombrado por cómo había cambiado Berlín, pero sobre todo, no podía dejar de mirar a Bill, quien conducía con una elegancia radiante, lanzándole miradas cómplices por el retrovisor.
Al detenerse frente a la imponente fachada de la casa, Tom sintió un nudo de incredulidad. Aquel palacio de cristal y piedra era el refugio que su gemelo había levantado de la nada.
En cuanto cruzaron el umbral, el silencio señorial de la casa fue roto por la euforia de los niños.
Angelinne y Tom tironeaban de la chaqueta de Tom, compitiendo por ser los primeros en mostrarle su nuevo reino.
Pero, con una solemnidad que dejó a los adultos sin aliento, los pequeños lo guiaron directamente hacia el rincón más especial de la planta baja.
—¡Mira, papá! ¡Ella es nuestra abuelita! —exclamó el pequeño Tom Jr., señalando con su dedo índice el retrato de Simone.
Tom se quedó paralizado frente al altar.
El aroma de las velas de sándalo y la mirada serena de su madre desde el marco de plata lo golpearon de frente. Sus ojos marrones se inundaron de lágrimas al ver las flores frescas que Bill colocaba cada mañana.
Los niños, ajenos al laberinto de sangre y secretos que unía a esa mujer con el hombre que tenían delante, lo miraban esperando una reacción.
—Es… es preciosa, ¿verdad? —susurró Angelinne, abrazándose a la pierna de Tom—Papi Bill dice que ella nos cuida desde el cielo.
Tom se arrodilló con esfuerzo, tocando el borde del retrato con los dedos temblorosos.
—Sí, pequeños… es la mujer más hermosa y valiente que ha existido —dijo con la voz entrecortada, omitiendo el hecho de que esa «abuela» era también la madre que le dio la vida y que sufrió por ellos hasta el final—Fue una gran mujer. Nunca lo olviden.
Bill, conmovido hasta la médula, se acercó por detrás y rodeó los hombros de Tom con sus brazos, depositando un beso largo y tierno en su mejilla.
—Ella está feliz hoy, Tom. Por fin estamos todos en casa —le susurró al oído.
Sin embargo, el momento de nostalgia duró poco.
La energía de los niños volvió a estallar con una intensidad.
—¡No, ahora ven a ver mi colección de coches! —gritó Tom Jr., intentando arrastrar a su padre hacia las escaleras.
—¡No es justo! ¡Él me prometió que vería primero mis dibujos del colegio! —reclamó Angelinne, interponiéndose con los brazos en jarras y un puchero idéntico al de Bill.
Pronto, los dos niños comenzaron una divertida «pelea» por la atención de Tom. Angelinne intentaba trepar a su espalda mientras el pequeño Tom lo jalaba de la mano hacia el jardín. Tom, riendo a carcajadas por primera vez en años, trataba de cargar a ambos al mismo tiempo, dejándose caer en el sofá de terciopelo mientras los niños lo cubrían de besos y preguntas atropelladas.
Bill se quedó de pie en medio de la sala, observando la escena con las manos entrelazadas sobre el pecho. Ver a Tom cubierto de amor, escuchando sus gritos de alegría y viendo cómo su hermano recuperaba el brillo en la mirada, lo hizo «morir de ternura».
El vacío de diez años se estaba llenando en cuestión de minutos.
Los dos finalmente habían dejado de sobrevivir para empezar, simplemente, a vivir.
La cena fue, sin duda, el momento más sagrado de la jornada. Sentados alrededor de la mesa de madera noble, bajo la luz cálida de las lámparas de diseño, el tintineo de los cubiertos de plata era la única música que necesitaban. Bill observaba a Tom con una mezcla de adoración y alivio; ver a su gemelo sentado allí, frente a un plato de estofado caliente y una copa de vino tinto, era el sueño que lo había mantenido en pie durante diez inviernos.
Tom cerró los ojos al dar el primer bocado. Tras una década de bandejas de metal y comida insípida, el estallido de sabores el romero, el vino tinto de la salsa, la carne que se deshacía en la boca le devolvió la humanidad.
—Dios mío, Bill… —susurró dejando el tenedor un segundo para tomar la mano de su hermano sobre la mesa— Esto es lo mejor que he probado en toda mi vida. No tienes idea de cuántas noches soñé con volver a sentarme a tu mesa. Cocinas como los ángeles, mi amor. Gracias por esperarme con este banquete.
Bill se sonrojó, sintiendo que el calor le subía por las mejillas.
—Solo quería que tu primera noche fuera perfecta, Tom. Te mereces esto y mucho más.
Angelinne, que no había dejado de mirar a su padre con ojos brillantes durante toda la cena, dejó su servilleta sobre el regazo y se inclinó hacia adelante con una ilusión que desbordaba su rostro.
—¡Papá! —exclamó con entusiasmo— ¿Mañana puedes llevarnos tú al colegio? Quiero que todas mis amigas vean que ya regresaste de tu viaje. Siempre les digo que mi papá es el más guapo y el más fuerte, ¡y ahora por fin van a conocerte!
Tom Jr. dio un salto en su silla, apoyando a su hermana de inmediato.
—¡Sí! ¡Por favor! Yo quiero que los niños vean tu coche grande y que sepan que ya estás aquí. ¡Sería lo mejor del mundo!
Tom miró a los dos pequeños, sintiendo una punzada de orgullo que casi no le cabía en el pecho.
Miró a Bill buscando su aprobación y, al ver la sonrisa cómplice y emocionada de su hermano, se volvió hacia sus hijos con una determinación absoluta.
—Por supuesto que sí, mis amores—dijo estirando sus manos para acariciar las de ellos—Mañana mismo los llevaré hasta la puerta. Quiero que todo el mundo sepa que he vuelto para quedarme y que soy el padre más afortunado de todo Berlín.
Los niños estallaron en gritos de alegría, aplaudiendo y planeando qué ropa se pondrían para ese día tan especial.
Bill soltó una risita cristalina, dejando que una lágrima de felicidad rodara por su rostro.
El «viaje» de Tom había terminado oficialmente, y la mañana siguiente no sería solo un camino al colegio, sino el primer desfile de su nueva vida como una familia que, tras cruzar el infierno, finalmente caminaba bajo el sol.
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El sol de la primera mañana de libertad se filtraba tímidamente por los pesados cortinajes de terciopelo de la habitación principal, pintando franjas de oro sobre la cama de sábanas de seda.
El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el tictac de un reloj de diseño y la respiración acompasada de dos cuerpos que, tras diez años de inviernos solitarios, finalmente volvían a ser uno solo.
Bill despertó primero.
Se quedó inmóvil, con la mejilla apoyada en el pecho firme de Tom, escuchando el latido rítmico de su corazón.
Ya no era un sueño; el calor que emanaba de la piel de su hermano era real, vibrante y protector.
Bill subió la mirada, recorriendo con devoción las facciones maduras de Tom, la sombra de la barba y la serenidad de su rostro mientras dormía.
—Despierta, mi amor… —susurró rozando con sus labios la punta de la nariz de Tom.
Tom entreabrió los ojos, confundido por un segundo por la suavidad del colchón, hasta que su mirada se encontró con los ojos marrones de Bill, que brillaban con una luz que ninguna joya podría igualar.
Una sonrisa lenta y cargada de una paz infinita se dibujó en su rostro.
—Dime que no estoy soñando, Bill —ronroneó Tom con la voz ronca del sueño, rodeando la cintura de Bill con sus brazos y pegándolo aún más a él—Dime que desperté en tu cama y no en ese catre de cemento.
—Estás en casa, Tom. Para siempre —respondió entrelazando sus dedos con los de él—Mira la luz, escucha el silencio… Todo esto es tuyo. Todo esto es nuestro.
Tom se incorporó un poco, apoyándose en un codo para observar a Bill. Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza, apartó una de las rastas bicolor que caía sobre el rostro de Bill y delineó su mandíbula con el pulgar.
—Eres lo más hermoso que mis ojos han visto en todos estos años —confesó acercándose para besarle la frente, los párpados y, finalmente, los labios en un beso suave, largo, que sabía a promesa cumplida—Gracias por no rendirte. Gracias por construir este cielo para mí mientras yo estaba en el infierno.
Bill cerró los ojos, disfrutando de la caricia. El mundo exterior, con el colegio de los niños, los negocios y la sombra de Jörg, no existía en ese trozo de paraíso.
—No podía rendirme, porque tú eres mi vida, Tom. Sin ti, nada de esto tendría sentido —murmuró Bill contra su cuello, aspirando el aroma natural de su hermano, ahora libre de los químicos de la prisión.
Se quedaron así unos minutos, fundidos en un abrazo que borraba una década de dolor, hasta que el sonido de unos pasos pequeños y rápidos por el pasillo los hizo sonreír. El deber de padres llamaba, pero en ese refugio de sábanas blancas, el tiempo se detuvo lo suficiente para que ambos supieran que, a partir de ese amanecer, ya no habría más muros, solo el horizonte que construirían juntos.
El tocador de Angelinne era un rincón lleno de luz, perfumes suaves y accesorios de cristal que Bill había seleccionado con el mismo cuidado con el que diseñaba sus locales. Esa mañana, la atmósfera vibraba con una electricidad especial.
La pequeña estaba sentada en su taburete de terciopelo rosa, balanceando las piernas con un ritmo frenético de pura emoción.
—Papi, ¿crees que mis amigas se den cuenta de que mi papá Tom tiene los mismos ojos que yo? —preguntó la niña, mirándose en el espejo con una intensidad adorable.
Bill soltó una risita mientras desenredaba con extrema delicadeza las hebras pelinegras de su hija.
—Por supuesto que sí, princesa. Tienen la misma mirada. Nadie va a dudar de que eres una Kaulitz de pura cepa.
Angelinne, que usualmente llevaba el cabello suelto o en una coleta sencilla, hoy quería algo «de impacto».
Con una madurez impropia de su edad, le pidió a Bill un peinado elaborado: dos trenzas holandesas que se unían en una corona, adornadas con pequeñas perlas que Bill guardaba para ocasiones especiales.
—Hoy quiero verme como una guerrera, papi. Como las que tú dices que somos nosotros —explicó ella con una sonrisa dulce.
Bill la complacía en cada detalle, moviendo sus manos expertas entre el cabello de la niña.
Aunque el la rodeaba de lujos y cumplía sus deseos estéticos, Angelinne estaba lejos de ser una niña caprichosa.
Al contrario, era la primera en ayudar a recoger sus juguetes y en abrazar a Bill cuando lo veía cansado tras un largo día en el café.
Su deseo de hoy no nacía de la vanidad, sino del orgullo profundo de presentar al hombre que, para ella, era un héroe que regresaba de una batalla épica.
—Listo, mi amor. Mírate —dijo Bill, girando el taburete para que ella se viera en el gran espejo dorado.
Angelinne jadeó de alegría, tocando con cuidado las perlas.
Se bajó del asiento y, antes de correr a buscar su mochila, rodeó la cintura de Bill con un abrazo apretado.
—Gracias, papi Bill. Gracias por cuidar de nosotros mientras papá Tom no estaba. Ahora somos un equipo completo, ¿verdad?
Bill sintió un nudo de ternura en la garganta y le besó la frente.
—El mejor equipo del mundo, Angelinne. Ahora ve a buscar a tu hermano, que papá ya está encendiendo el coche y no queremos llegar ni un segundo tarde a tu gran momento.
La pequeña salió de la habitación saltando, con sus trenzas intactas y el corazón latiendo a mil por hora.
Bill se quedó un segundo a solas, mirándose en el espejo y retocándose su propio maquillaje.
La imagen del «equipo completo» era lo único que necesitaba para saber que cada sacrificio, cada noche de llanto y cada lucha legal habían valido la pena por ver esa luz en los ojos de su hija.
Continúa…
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