Fic Twc de Beth
Capítulo 14
El trayecto hacia el colegio fue un desfile de sensaciones nuevas para Tom.
Sus manos, grandes y firmes, rodeaban el volante de cuero del coche de lujo con una mezcla de respeto y asombro. A su lado, Bill ejercía de copiloto perfecto, dándole indicaciones suaves sobre el tráfico de Berlín, pero sobre todo, observando de reojo el perfil de su hermano con una sonrisa de absoluta plenitud.
En los asientos traseros, el ambiente era inusualmente silencioso para la euforia que cargaban.
El pequeño Tom miraba por la ventana con emoción, mientras que Angelinne estaba sumergida en un mundo aparte.
Tom ajustó el espejo retrovisor para ver a los niños y notó que la pequeña no despegaba la vista de un cuaderno lleno de anotaciones meticulosas.
Sus labios se movían en silencio, repasando conceptos con una concentración que le recordó a la misma que Bill ponía cuando estudiaba.
—¿Qué es eso tan importante que estás leyendo, princesa? —preguntó con curiosidad con su voz ronca llenando el habitáculo del coche— Pensé que hoy solo íbamos a presumir de papá.
Angelinne levantó la vista con sus ojos brillantes fijos en el reflejo de los de su padre.
—Tengo examen de ciencias sociales y geografía política, papá —explicó ella con una seriedad asombrosa—Estoy repasando los tratados de la Unión Europea y la distribución de los recursos en el continente. No puedo sacar menos de diez hoy, tengo que mantener mi promedio.
Tom casi pierde el ritmo de la conducción por la sorpresa.
Miró a Bill, quien simplemente asintió con orgullo cómplice.
—¿Geografía política? —repitió genuinamente impresionado— Cariño, a tu edad yo apenas sabía distinguir el mapa de Alemania. ¿Me estás diciendo que entiendes todo eso?
—Claro, papá. Papi Bill dice que el conocimiento es nuestra mejor herramienta para que nadie nos vuelva a decir qué hacer —respondió la niña con una lógica aplastante antes de volver a sumergirse en sus apuntes.
Tom sintió que el pecho se le inflaba de una emoción nueva.
No era solo el orgullo de que fuera «su hija», sino la admiración por la inteligencia y la disciplina que Bill había sembrado en ella.
—Bill… es increíble —susurró Tom, estirando su mano derecha para apretar el muslo de su hermano—Es brillante. Tiene tu cerebro y tu determinación. Me asusta lo lista que es.
—Te dije que te sorprenderían —respondió Bill, entrelazando sus dedos con los de Tom—Han crecido sabiendo que tienen que ser los mejores. No solo son Kaulitz por nombre, Tom, lo son por excelencia. Ella no va a dejar que nadie la pase por encima.
Tom volvió a mirar por el espejo, viendo a su hija concentrada y a su hijo emocionado. En ese coche no solo viajaba una familia, sino el resultado de diez años de esfuerzo por criar seres humanos superiores, inteligentes y seguros de sí mismos. Tom se prometió a sí mismo en ese instante que nunca más se perdería un examen, una lectura o un solo paso del crecimiento de esas mentes brillantes que Bill había protegido con tanto amor.
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La llegada al colegio fue un espectáculo digno de una alfombra roja. El coche negro se detuvo frente a la entrada principal y, en cuanto las puertas se abrieron, Angelinne y Tom Jr. bajaron con una seguridad envidiable. Tom salió del vehículo, ajustándose la chaqueta, e inmediatamente el aire a su alrededor pareció cambiar; su presencia madura, su mandíbula marcada y ese aura de misterio que lo rodeaba atrajeron todas las miradas de los padres y el personal.
Bill caminó a su lado, luciendo impecable, disfrutando del momento en que su familia se mostraba al mundo finalmente completa.
Los niños iban de un lado a otro, saludando a sus compañeros con gritos de:
—¡Miren, mi papá regresó!— y presentando a Tom con los maestros como si fuera un trofeo de guerra ganado con honor.
Sin embargo, el ambiente cambió cuando llegaron al aula de Angelinne. Allí los esperaba Chantelle, una maestra joven de cabello rubio y sonrisa perfectamente ensayada.
—¡Maestra Chantelle! —exclamó Angelinne con orgullo—Él es mi papá Tom. Por fin vino a buscarme.
Chantelle se quedó estática.
Sus ojos recorrieron a Tom de arriba abajo con una falta de disimulo que rozaba lo impertinente.
Se arregló un mechón de pelo detrás de la oreja y su sonrisa se volvió depredadora; la forma en que sus pupilas se dilataron al mirar los hombros anchos de Tom y su expresión de «querer comérselo» fue evidente para cualquiera con un poco de instinto.
—Mucho gusto—ronroneó Chantelle, extendiendo una mano y dejando que sus dedos rozaran los de Tom por un segundo más de lo necesario— Habíamos oído hablar tanto de usted, pero las descripciones de Angelinne se quedan cortas. Es un placer tenerlo finalmente por aquí.
A un metro de distancia, Bill sintió una punzada de celos que le recorrió la columna como una descarga eléctrica. Ver a esa mujer devorando con la mirada a su Tom, al hombre por el que había esperado diez años y por el que había movido cielo y tierra, le revolvió el estómago. En su mente, ya le había dedicado tres o frases mordaces, pero Bill era un hombre de mundo, un empresario exitoso y, sobre todo, un adulto que conocía su posición.
Mantuvo la calma, inhaló el aroma de su propio perfume caro y dio un paso al frente, entrelazando su brazo con el de Tom con una elegancia gélida y posesiva.
—Es un placer para nosotros también, Chantelle —dijo Bill, con una sonrisa tan perfecta que parecía tallada en diamante—Tom ha estado muy ansioso por conocer el entorno académico de los niños, NUESTROS HIJOS….Como comprenderá, tenemos mucho que recuperar en familia, así que valoramos mucho la discreción y el respeto en el aula.
La mirada de Bill se encontró con la de la maestra por un segundo eterno. Fue una advertencia silenciosa, envuelta en seda: Él es mío, y ni mil maestras como tú podrían tocar lo que yo construí.
Tom, ajeno a la guerra silenciosa o quizás disfrutando un poco de la protección de su hermano, apretó el brazo de Bill contra su costado y le sonrió a la maestra con cortesía distante.
—Gracias, señorita. Mis hijos son lo más importante para mí —sentenció Tom, dejando claro que su único interés allí eran los niños y el hombre que los había criado.
Salieron del aula bajo la mirada derrotada de Chantelle, mientras Bill caminaba con la cabeza en alto, sabiendo que, aunque el mundo entero quisiera a Tom, solo él tenía la llave de su corazón y el documento legal que decía que, a partir de ahora, su destino era uno solo.
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Después de tantas presentaciones entraron a la casa en silencio, el eco de la puerta cerrándose detrás de ellos fue lo único que rompió la quietud. Acababan de dejar a los niños en el colegio y el aire aún olía a la mañana fresca.
Bill se quitó la chaqueta con una sonrisa suave, girándose hacia Tom.
—¿Quieres que prepare algo de desayu…?
No alcanzó a terminar la frase.
Tom ya estaba allí, acortando la distancia en dos pasos largos, sus manos grandes sujetando la cintura de Bill con una posesión tranquila pero firme. Sus ojos se encontraron, oscuros, cargados de todo lo que habían guardado durante diez años.
—Esto puede esperar —murmuró contra sus labios con la voz ronca, baja, casi un gruñido suave—Todo puede esperar.
Y lo besó.
No fue un beso tierno de buenos días. Fue ardiente, profundo, desesperado. Un beso que llevaba diez años latiendo bajo la piel de ambos. Sus bocas se devoraron con hambre, lenguas enredándose, respiraciones entrecortadas. Bill gimió bajito contra la boca de Tom y, sin pensarlo, saltó. Sus piernas se enredaron con fuerza alrededor de las caderas de su marido, sintiendo inmediatamente la dureza creciente de Tom presionando contra su centro.
Tom lo sostuvo sin esfuerzo con sus manos fuertes apretando sus nalgas mientras subían las escaleras, besándose todo el camino, chocando contra la pared, riendo entre jadeos.
Cuando llegaron a la habitación, Tom cerró la puerta con el pie y dejó a Bill sobre la cama con cuidado, como si fuera algo precioso. Se quedaron mirándose un segundo, respiraciones agitadas, pupilas dilatadas.
—Te necesito —susurró Tom, quitándose la camisa con un movimiento fluido.
Bill se incorporó para ayudarlo con sus manos recorriendo el pecho ancho y marcado, bajando por los abdominales hasta el borde del pantalón. Se besaron de nuevo, más lentos esta vez, saboreándose. Tom desvistió a Bill con reverencia, besando cada centímetro de piel que descubría: el cuello, las clavículas, los pezones que se endurecieron bajo su lengua. Bill arqueó la espalda con un gemido suave cuando Tom bajó más, lamiendo su vientre, mordiendo suavemente la piel de la cadera.
—Tom… por favor…
El castaño se tomó su tiempo.
Lo preparó con dedos pacientes y lubricante, besándolo todo el rato, susurrándole lo hermoso que era, lo mucho que lo deseaba, lo perfecto que se sentía apretado alrededor de sus dedos. Cuando Bill ya estaba temblando, jadeando y suplicando con la mirada, Tom se colocó entre sus piernas abiertas.
Entró despacio, centímetro a centímetro, gruñendo de placer al sentir cómo Bill lo envolvía, caliente y apretado. Se quedaron quietos un momento, frente contra frente, respiraciones mezcladas.
—Te amo —susurró Tom.
—Y yo a ti —respondió Bill con la voz rota.
Empezaron a moverse.
Lento, profundo, romántico.
Tom salía casi por completo y volvía a hundirse con un balanceo de caderas que hacía que Bill clavara las uñas en su espalda.
Los gemidos llenaban la habitación: suaves, necesitados, cargados de años de contención. Cambiaron de posición sin prisa. Bill se subió encima, cabalgando a Tom con movimientos ondulantes de cadera, sus manos apoyadas en el pecho fuerte mientras Tom lo sujetaba por la cintura y lo miraba como si fuera el centro del universo. Cada descenso hacía que ambos gimieran más alto.
Después, Tom lo puso de lado con una pierna de Bill levantada sobre su hombro, penetrándolo con estocadas más intensas pero aún controladas, besándole el cuello, mordiendo el lóbulo de su oreja.
Bill temblaba, el placer subiendo en oleadas calientes por su columna.
—Más… así… no pares —suplicaba.
Lo puso en cuatro, Tom se inclinó sobre su espalda, cubriéndolo completamente con una mano en su cadera, la otra rodeando su erección, masturbándolo al mismo ritmo que sus embestidas. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, se mezclaba con sus gemidos y palabras de amor susurradas.
Finalmente, Tom lo tiro boca arriba otra vez con piernas de Bill alrededor de su cintura, mirándose a los ojos mientras aceleraba.
El ritmo se volvió más urgente, más profundo, más caliente.
Bill se corrió primero, con un gemido largo y tembloroso y su semen salpicando entre sus cuerpos.
El apretón de su interior hizo que Tom lo siguiera casi inmediatamente, hundiéndose hasta el fondo y corriéndose con un gruñido ronco, llenándolo.
Se quedaron unidos, jadeando, besándose perezosamente mientras bajaban de la ola.
Tom salió con cuidado y se dejó caer al lado de Bill, atrayéndolo contra su pecho, acariciando su espalda con ternura.
—Diez años esperando esto… —murmuró Tom contra su cabello.
Bill sonrió, aún temblando ligeramente, y besó su pecho.
—Y valió cada segundo.
Se quedaron así, piel con piel, con sus corazones latiendo al mismo ritmo, sabiendo que el desayuno, los papeles y el mundo podían esperar un poco más.
Tenían toda la mañana… y toda la vida
Tras una mañana donde los cuerpos finalmente se habían reconocido sin barreras, el desayuno transcurría en un silencio sagrado, cargado de miradas que lo decían todo.
Bill servía el café con una sonrisa lánguida, todavía sintiendo el eco de las caricias de Tom en su piel; por su parte, Tom lo observaba comer, saboreando no solo la comida, sino la libertad de poder estirar la mano y acariciar la mejilla de Bill sin que un guardia los interrumpiera. Eran, por fin, dos hombres amándose en su propio refugio.
Sin embargo, el sonido estridente del timbre rompió el hechizo.
—Yo voy, quédate sentado —dijo Bill, dándole un último beso rápido en los labios antes de caminar hacia la entrada.
Al abrir la pesada puerta, el mundo se detuvo.
Allí, con una expresión que pretendía ser humilde pero que escondía una arrogancia antigua, estaba Jörg. Bill se quedó sin aire, con la mano congelada en el pomo de la puerta, incapaz de articular palabra ante la presencia del hombre que los había abandonado.
Sintiendo el silencio prolongado, Tom se acercó desde el comedor.
Con una naturalidad llena de devoción, rodeó la cintura de Bill con su brazo y apoyó la barbilla en su hombro, asomándose para ver quién interrumpía su paz.
—¿Pasa algo, mi amor? ¿Quién es? —preguntó Tom con una voz suave, cargada de una ternura que solo reservaba para la intimidad de su hogar.
Jörg observó la escena.
Vio la mano de Tom apretando la cadera de Bill y la forma en que Bill se relajaba instintivamente ante su contacto. La conclusión en su mente fue inmediata: aquel hombre fuerte de mirada intensa y porte protector, debía ser el marido de su hijo exitoso. Lo que resultó escalofriante para Bill fue notar que Jörg miraba a Tom a los ojos y no veía absolutamente nada familiar.
No veía el reflejo del gemelo que él mismo había engendrado.
Para Jörg, Tom era simplemente un extraño con el que Bill compartía su vida.
Tom sintió que el cuerpo se le transformaba en piedra.
Bill pudo percibir bajo su palma cómo los músculos de Tom se tensaban hasta el límite, una vibración de furia contenida que amenazaba con estallar. Tom reconoció a Jörg al instante, bien decían que la sangre llamaba, el ya sabía que el era el hombre que dejó a Simone sola, el que nunca envió una carta a prisión, el que no estuvo en los peores días de su infancia.
Jörg, ignorando la atmósfera de muerte que se había instalado en el vestíbulo, dio un paso al frente y extendió su mano derecha hacia Tom con una sonrisa hipócrita.
—Mucho gusto —dijo hablando con una cortesía vacía—Usted debe ser el esposo de Bill. Me alegra que mi hijo tenga a alguien tan fuerte a su lado. Soy Jörg, el padre de Bill.
El silencio que siguió fue atroz.
La frase «el padre de Bill» golpeó a Tom como un puñetazo en el estómago. Jörg se adjudicaba el título de padre ante el hijo al que ni siquiera era capaz de reconocer, borrando de un plumazo la existencia de Tom como parte de su sangre.
Tom no tomó la mano extendida.
Sus ojos marrones se oscurecieron, brillando con un odio antiguo y una sed de justicia que Bill conocía muy bien.
Bill, atrapado entre el hombre que le dio la vida y el hombre que era su vida entera, supo que el pasado acababa de declarar la guerra en medio de su paraíso recién conquistado.
El iba a intervenir, a poner una excusa elegante para echar a ese hombre de su santuario, pero la mano de Tom en su cintura se apretó con una firmeza que pedía silencio.
—Íbamos a salir, pero… por favor, pase, «suegro» —dijo Tom, arrastrando la palabra con una ironía tan afilada que Bill se quedó helado.
Jörg, creyéndose bienvenido por el «dueño de casa», entró con paso firme. Se sentaron en la sala, bajo la mirada gélida de Bill y la sonrisa depredadora de Tom. Bill se mantenía rígido, pero Tom se recostó en el sofá de terciopelo con una calma aterradora, observando a Jörg como un cazador observa a su presa antes del golpe final.
—Dígame, Jörg —comenzó cruzando las piernas con elegancia—¿qué se siente ver a Bill así? Tan exitoso, tan… perfecto. Debe ser extraño para usted, después de tantos años de no saber si estaba vivo o muerto.
Jörg se acomodó la chaqueta, manteniendo una fachada de indiferencia.
—Bueno, siempre supe que Bill llegaría lejos veía de lejos todo lo que logro. Me alegra que haya encontrado a un hombre como usted para… encarrilarlo.
Tom soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos.
—¿Encarrilarlo? No, Jörg. Bill se encarriló solo. Él construyó todo esto mientras otros desaparecían. De hecho —se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal del hombre mayor—es curioso que me llame «esposo». Me pregunto si usted sabe lo que es realmente ser parte de esta familia. Usted que dejó a su mujer sola con dos niños… ¿cómo se siente saber que un «extraño» como yo conoce mejor las cicatrices de Bill que su propio padre?
Jörg apretó la mandíbula.
El golpe había dado en el blanco, pero su orgullo le impedía mostrar la herida.
—El pasado es pasado. He venido a recuperar el tiempo perdido —respondió Jörg con voz tensa.
—¿Recuperar el tiempo? —Tom fingió una reflexión profunda—Es una meta ambiciosa. Pero dígame, «suegro», en sus planes de redención… ¿dónde queda el otro hijo? Porque Bill tiene un hermano, ¿no es así? Un gemelo.
La mención del gemelo perdido flotó en el aire como una sentencia. Jörg parpadeó, y por primera vez, una sombra de incomodidad real cruzó su rostro.
Se aclaró la garganta, desviando la mirada hacia un cuadro en la pared.
—Bueno, supongo que el otro fue el más difícil. Supongo que estará por ahí, metido en algún lío—dijo tratando de restarle importancia.
El de rastas apretó los puños, pero Tom solo sonrió más, una sonrisa que era puro veneno.
—Es fascinante —susurró—Usted lo descarta con tanta facilidad. Lo juzga sin verlo. ¿No le parece irónico que ese hijo «difícil» sea, quizás, el único que realmente heredó su mirada? Míreme bien, Jörg. ¿De verdad cree que soy un extraño?
Jörg lo miró.
Por un segundo, la duda bailó en sus pupilas. Vio la mandíbula, vio la cicatriz cerca de la mejilla, vio el fuego que Simone siempre trató de apagar.
El aire se volvió irrespirable.
Jörg empezó a sudar bajo el cuello de la camisa; el desprecio de Tom le estaba calando más hondo que cualquier grito, porque era el desprecio de alguien que lo conocía sin haberlo necesitado nunca.
—Usted no sabe nada de mi relación con mis hijos —balbuceó Jörg, levantándose de golpe, visiblemente perturbado por la presión psicológica de Tom.
—Oh, lo sé todo —sentenció Tom, levantándose también y quedando por encima de él—Sé que usted es un hombre que busca oro donde no ayudó a cavar la mina. Pero no se preocupe, «suegro». Quédese a tomar el café. Después de todo, es bueno que vea de cerca todo lo que su abandono no pudo destruir.
Bill observaba la escena en silencio. Tom estaba destrozando a Jörg pieza por pieza, usando la identidad que el propio Jörg le había asignado para torturarlo con la verdad.
Jörg quería el perdón y el beneficio del éxito de Bill, pero Tom le estaba entregando, plato por plato, el veneno de su propio olvido.
Continúa…
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