
Fic Twc de Beth
Capítulo 3
Los años no pasaron, volaron envueltos en billetes de quinientos euros y un silencio sepulcral que se volvió el cimiento de su hogar. Aquella promesa se había cumplido con creces: los gemelos ya no eran niños, eran adolescentes de 14 años que caminaban por la ciudad con la seguridad que solo da el dinero, aunque por dentro sus mundos fueran polos opuestos.
La casa, un penthouse de techos infinitos, era el escenario de una división invisible.
Bill se había convertido en el ancla emocional de su madre.
Era su confidente, el que se quedaba despierto esperando a que la «enfermera» volviera, aunque a sus 14 años, sus ojos marrones ya no miraban el uniforme azul con la misma ingenuidad de antes.
Físicamente, era un espectáculo de belleza andrógina que dejaba a la gente sin aliento en las calles de Alemania. Tenía el cabello negro azabache, largo y liso, que le caía como una cascada sobre los hombros. Había empezado a experimentar con el maquillaje: un delineado negro intenso que resaltaba su mirada melancólica y, a veces, un toque de color en los labios que confundía a los extraños.
En el colegio, no era raro que los nuevos lo confundieran con una chica de una belleza etérea.
Era dulce, positivo y tenía una luz que atraía a los demás.
Entre ellos a Gustav, un chico de su clase, tranquilo y leal, que desde el primer día quedó prendado de la esencia de Bill.
Gustav no buscaba al «chico popular», buscaba el alma de Bill, y siempre encontraba una excusa para estar cerca, tratando de conquistarlo con detalles silenciosos y una paciencia infinita.
En la otra habitación, el ambiente era distinto. Tom se había transformado en un joven de una masculinidad arrolladora, pero con un carácter que quemaba a quien intentara acercarse demasiado.
Era guapísimo, con facciones más marcadas y varoniles que las de su hermano, pero su mirada destilaba un desprecio constante hacia lo que él consideraba «inferior».
Su look era puramente urbano y costoso: rastas rubias perfectamente cuidadas, recogidas en una coleta alta bajo una gorra de marca, y siempre vestido con ropa varias tallas más grande, siguiendo esa estética de «bad boy» que lo hacía irresistible para las chicas del instituto.
Tenía una fila de pretendientas, pero Tom las trataba como trofeos desechables.
Se había vuelto engreído y presumido. Humillaba a los que no vestían ropa de diseñador y caminaba por los pasillos del colegio como si fuera el dueño de Berlín. Para él, el dinero de su madre era un derecho divino, algo que le correspondía por nacimiento, y no dudaba en restregárselo a quien se cruzara en su camino.
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Una noche, el contraste explotó sobre la mesa de mármol.
Ella servía una cena exquisita, tratando de ignorar el vacío que dejaba la ausencia de una figura paterna y el peso de su propia doble vida, que ahora le exigía más «turnos» para mantener ese nivel de vida.
—No entiendo por qué dejas que ese tal Gustav te siga como un perro faldero, Bill —soltó Tom con desdén, quitándose la gorra y tirándola sobre la silla—Es un perdedor. Alguien con nuestra clase no debería juntarse con gente que compra su ropa en rebajas.
Bill dejó los cubiertos con delicadeza, sus ojos maquillados estaban brillando con una mezcla de tristeza y firmeza.
—Gustav tiene más corazón que todos tus amigos juntos, Tom. Él me ve por quien soy, no por lo que tengo en la billetera.
—¡Por favor! —se burló mirando a su madre—Mamá, dile algo. Bill parece una muñeca con tanto maquillaje y ahora sale con tipos que no tienen donde caerse muertos. Nos dejas en ridículo.
Ella sintió que el corazón se le partía. Miró a Tom y vio en su arrogancia un eco lejano de la soberbia de Jörg, pero en Bill veía su propio sacrificio hecho arte.
—Tom, basta —dijo ella con voz firme pero cansada—Tu hermano tiene derecho a elegir a sus amigos. El dinero no nos hace mejores que nadie, solo nos da comodidades.
Tom soltó una carcajada amarga.
—Dile eso a tus pacientes del hospital, mamá. Si no fuera por el dinero, no seríamos nada.
El silencio que siguió fue el más doloroso de todos.
Tom se levantó y salió de la habitación, dejando a Bill y a su madre solos bajo la luz de las lámparas de cristal.
Bill se acercó a ella y le tomó la mano.
—No le hagas caso, mami. Él no sabe lo que dice —susurró…con sus ojos marrones llenos de una comprensión que a ella le daba miedo.
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A sus 14 años, su arrogancia era un escudo, pero por dentro, el fuego que lo consumía no tenía nada que ver con el dinero o la ropa de marca.
Era algo mucho más oscuro, un veneno que corría por su sangre desde aquella noche de la infancia cuando su madre le dijo que no podía casarse con su hermano.
Cada vez que veía a Gustav acercarse a Bill en los pasillos del instituto, a Tom le daba un vuelco el corazón, pero no de miedo, sino de una rabia posesiva que le nublaba la vista.
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Sucedió un jueves por la tarde, después de las clases.
Tom estaba apoyado contra su coche deportivo ,un regalo adelantado que su madre pagó con tres meses de «turnos» dobles, ajustándose la gorra sobre sus rastas rubias.
Desde la distancia, vio a Bill salir del edificio.
Bill caminaba con esa elegancia etérea, su cabello negro azabache brillando bajo el sol pálido de Alemania. A su lado, Gustav le hablaba en voz baja, con una sonrisa que a Tom le parecía un insulto.
Vio cómo el rubio rozaba accidentalmente el brazo de Bill.
En ese instante, a Tom se le prendió fuego la piel.
Sentía un calor sofocante subiendo por su cuello, una presión en el pecho que le impedía respirar.
No era solo celos de hermano; era una necesidad de control absoluta.
En su mente distorsionada por la soberbia y la falta de una figura paterna sana, Bill era suyo.
Habían nacido juntos aquel dia de septiembre, compartían la misma sangre, el mismo vientre, los mismos ojos marrones.
¿Cómo se atrevía un tipo como Gustav, un «don nadie», a tocar lo que le pertenecía a él?
—¡Bill! ¡Vámonos ya! —gritó con su voz cortando el aire como un látigo.
Bill se detuvo, sorprendido, y se despidió de Gustav con un gesto amable de la mano.
Cuando Bill se subió al asiento del copiloto, el ambiente dentro del coche era eléctrico.
—¿Qué te pasa, Tom? Estás rojo —dijo Bill, ajustándose el cinturón y mirándose en el espejo para retocar su delineador negro.
—Me pasa que me das asco, Bill —escupió Tom, arrancando el motor con un rugido violento—Dejas que ese muerto de hambre te toque. ¿No tienes dignidad? Mira cómo vas vestido, pareces una muñeca para que cualquiera juegue contigo.
El azabache se quedó helado.
Sus ojos marrones se llenaron de una tristeza profunda.
—Gustav es mi amigo, Tom. Es la única persona que no me mira como si fuera un bicho raro o un fajo de billetes. Él me quiere.
—¡Nadie te puede querer más que yo! —rugió Tom, frenando en seco en un semáforo y golpeando el volante—Yo soy el que te cuida, el que espanta a los idiotas. No soporto que te miren, Bill. No soporto que alguien que no sea yo respire cerca de ti.
Bill lo miró con miedo.
Por un segundo, vio en los ojos de su hermano la misma mirada obsesiva que su madre tanto había intentado aplacar años atrás.
Llegaron a casa y el de rastas se encerró en su habitación, tirando todo lo que encontraba a su paso. Se arrancó la camiseta cara y se miró al espejo. Odiaba sentir ese ardor en la piel. Odiaba que Bill fuera tan hermoso que el mundo entero quisiera arrebatárselo.
Su arrogancia era solo el disfraz de un niño que tenía miedo de que la única persona que amaba de verdad se diera cuenta de que su mundo de lujos estaba construido sobre mentiras y que, eventualmente, se fuera con alguien «normal» como Gustav.
Esa noche, mientras Bill se refugiaba en los brazos de su madre para llorar por la actitud de su hermano, Tom permanecía en la oscuridad, vigilando la puerta de la habitación de Bill desde el pasillo.
No iba a permitir que nadie más entrara en su mundo.
La obsesión de Tom estaba llegando a un punto peligroso.
Su carácter difícil se está convirtiendo en algo mucho más oscuro.
La tensión en el lugar era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Aquella noche, el silencio se filtraba por los ventanales de piso a techo, pero dentro, el aire quemaba.
Ella, tras regresar de un turno especialmente agotador, encontró a Bill llorando en silencio en el balcón, con su delineador negro corrido sobre sus mejillas pálidas, mientras Tom se encerraba en su cuarto azotando la puerta con una violencia que hizo vibrar las lámparas de cristal.
Ella se quitó las gafas de montura plateada y se frotó las sienes.
Caminó con paso firme hacia la habitación de Tom.
No llamó a la puerta; entró.
Su hijo mayor estaba de espaldas, tirado en su cama de seda, todavía con la gorra puesta y sus rastas rubias desparramadas sobre la almohada.
La habitación olía a perfume caro y a una rabia adolescente que asfixiaba.
—Siéntate, Tom. Tenemos que hablar —dijo ella con una voz gélida que rara vez usaba.
Tom se incorporó lentamente, con esa arrogancia que le brotaba por los poros. Sus ojos marrones desafiaron a los de su madre.
—¿Ahora qué, mamá? ¿Vas a defenderme al «niño perfecto»? ¿A la muñequita de porcelana? —escupió con una sonrisa ladeada que ocultaba un dolor profundo.
—No se trata de defender a Bill, se trata de ti —ella se acercó, quedando a pocos centímetros de él—Te he visto, Tom. He visto cómo miras a tu hermano. He visto cómo se te enciende la piel de odio si alguien le toca un solo cabello. Esa no es la protección de un hermano. Eso es… algo más.
El corazón del rastudo dio un vuelco violento. Sintió que el secreto que guardaba desde los cinco años, ese incendio que intentaba apagar con ropa de marca y prepotencia, estaba a punto de ser expuesto.
Pero él era el hijo de Jörg; la mentira estaba en su ADN.
—¿Algo más? ¿De qué diablos hablas? —negó soltando una carcajada forzada que sonó hueca—¡Estás loca! Lo que pasa es que no soporto que Bill nos deje en ridículo. Mira cómo se viste, mira con quién se junta. Gustav es un perdedor, y Bill parece una chica. Solo cuido el apellido que… bueno, el apellido que ni siquiera tenemos porque ese tipo nos dejó.
—¡No me mientas! —le gritó ella, perdiendo la compostura—Esa rabia que tienes cuando Gustav se le acerca no es vergüenza, es celos. Es una obsesión que te está carcomiendo, Tom. Te brillan los ojos de una forma que me asusta.
El se puso de pie, superándola en altura. Su rostro varonil estaba tenso, las venas de su cuello marcadas.
—¡No son celos! —gritó él, golpeando la pared—¡Es asco! Me da asco ver que mi hermano sea tan débil. Yo no siento nada por él más que ganas de que sea un hombre de verdad. ¡Niego todo lo que estás pensando! ¿Crees que soy un enfermo? ¿Crees que después de todo lo que has hecho para darnos esta vida de lujo, yo voy a arruinarlo queriendo a mi propio hermano?—Él la miró con un desprecio fingido, tratando de ocultar que sus manos temblaban de puro pánico—Tú ves fantasmas donde no los hay, mamá. Quizás es que pasas demasiado tiempo en ese hospital y ya no distingues la realidad. Yo solo quiero que Bill se aleje de ese idiota porque somos mejores que ellos. Punto. No vuelvas a decir esas asquerosidades.
Ella se quedó en silencio, observando a su hijo.
Vio la máscara de arrogancia perfectamente colocada, pero detrás de esos ojos marrones, detectó el rastro del niño que una vez preguntó si podía casarse con Bill.
Tom lo negaba con cada fibra de su ser, pero el ardor en su piel decía lo contrario.
—Espero que sea verdad, Tom —susurró ella, dándose la vuelta— Porque si ese fuego sigue creciendo, nos va a quemar a todos. Y yo no he vendido mi alma durante catorce años para que ustedes terminen destruyéndose por un amor que no puede ser.
Salió de la habitación y cerró la puerta. Tom se desplomó contra la madera, deslizándose hasta el suelo. Se cubrió la cara con las manos y respiró agitado.
Lo había negado.
Se lo había gritado en la cara.
Pero mientras escuchaba los sollozos de Bill en la habitación de al lado, Tom supo que la mentira de su madre era pequeña comparada con la que él acababa de decir.
&
Dos años habían pasado sobre Berlín como una losa de cemento.
A los 16 años, la casa de los gemelos se había convertido en un campo de batalla silencioso.
Bill había dejado de ver a Gustav, cediendo ante la presión asfixiante de Tom, pero el destino tenía otros planes.
Conoció a Alex, un chico un poco mayor, de mirada intensa y promesas fáciles, con quien mantenía una relación secreta desde hacía año y medio.
Esa tarde, el cielo de Alemania estaba más gris que de costumbre, presagiando la tormenta que estaba a punto de estallar en la vida de los gemelos de ojos marrones.
Bill estaba sentado en el borde de la cama deshecha de Alex.
Su figura, siempre etérea y andrógina, parecía más frágil que nunca.
Llevaba puesto un suéter de lana negra que le quedaba grande, ocultando su cuerpo menudo, pero no podía ocultar el temblor de sus manos.
Entre sus dedos largos y cuidados, sostenía un objeto de plástico blanco que pesaba más que todo el oro del penthouse de su madre: una prueba de embarazo con dos líneas rojas, firmes y crueles.
—No puede ser, Alex… No puede estar pasando esto —sollozó y su maquillaje negro se mezclaba con las lágrimas, manchando sus mejillas como cicatrices de tinta.
Alex, por su parte, no se acercó a consolarlo.
Al contrario, daba vueltas por la pequeña habitación como un gato enjaulado, golpeando la pared con el puño de vez en cuando.
El pánico lo había transformado en un extraño.
—¿Cómo que no puede ser? ¡Ahí está la prueba, Bill! —gritó Alex, deteniéndose frente a él con los ojos desorbitados—¡Te pregunté mil veces si te cuidabas! ¡Me dijiste que todo estaba bien! ¿En qué demonios estabas pensando?
—¡Yo… yo pensé que no podía pasar! —gritó Bill, rompiendo en un llanto desgarrador, encogiéndose sobre la cama—Tengo miedo, Alex. Mi mamá… si ella se entera de esto, se va a morir. Y Tom… si Tom se entera de que estoy contigo y que… y que esto pasó… ¡Tom te va a matar!
Alex se pasó las manos por el pelo, ignorando el dolor de Bill.
La cobardía empezaba a asomar en su rostro.
—¡Tu hermano es un psicópata, Bill! Si se entera de esto, nos destruye a los dos. ¿No te cuidabas a propósito? ¿Querías amarrarme? —escupió Alex, con una crueldad que Bill nunca le había visto.
Bill levantó la mirada y sus ojos marrones estaban llenos de una decepción infinita
La historia volvía al punto de partida: un embarazo, una soledad inmensa y el miedo al futuro.
—¿Cómo puedes decirme eso? —susurró Bill, con la voz rota— Te amo, Alex. Pensé que tú también me amabas. Estoy asustado… soy solo un niño…
—¡Pues ese «niño» va a tener un hijo! —rugió Alex, volviendo a su caminata nerviosa—Tienes que solucionar esto, Bill. Yo no puedo ser padre, mi familia me mataría. Tú tienes dinero, tu mamá tiene de sobra… haz que esto desaparezca.
El azabache apretó la prueba contra su pecho y cerró los ojos.
En ese momento, no pensó en el lujo, ni en la ropa de marca, ni en el colegio caro.
Pensó en el que él y Tom nacieron en la miseria.
Pensó en su madre vendiendo su alma para que ellos nunca sufrieran.
Y ahora, él cargaba en su vientre una verdad que iba a dinamitar el mundo de cristal que ella había construido.
Pero lo que más le aterraba no era el embarazo en sí, sino el fuego que se iba a desatar cuando Tom y su obsesión posesiva, descubriera que alguien más había marcado a su hermano para siempre.
El secreto ha crecido y ya no se puede ocultar.
Bill está solo con una decisión que cambiará todo.
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El penthouse, con sus suelos de mármol y su vista infinita que nunca dormía, se sentía esa noche como una tumba de cristal.
Bill entró arrastrando los pies, con la capucha de su sudadera negra cubriéndole el rostro para ocultar el desastre de su maquillaje corrido.
El peso de la prueba de embarazo en su bolsillo parecía quemarle la pierna, una sentencia de muerte para su inocencia.
Tuvo suerte.
Tom no estaba en la sala; el eco de su música pesada retumbaba desde su habitación, una señal de que estaba sumergido en su propio mundo de arrogancia y pesas.
Bill caminó hacia la habitación de su madre. Se detuvo frente a la puerta de madera maciza, respirando con dificultad. Sabía que ella acababa de llegar de uno de sus turnos largos.
Escuchó el sonido del agua corriendo; ella se estaba bañando, tratando de quitarse, como cada noche, el rastro de la ciudad de su piel.
Cuando ella salió del baño, envuelta en una bata de seda blanca y con el cabello empapado, se encontró con una sombra sentada a los pies de su cama.
—¿Bill? ¿Qué haces aquí, mi vida? Es tarde —dijo ella, acercándose con preocupación. Al verle los ojos, rojos y desenfocados por el llanto, el corazón se le encogió—Qué pasó? ¿Fue Tom otra vez? ¿Te hizo algo?
Bill no pudo articular palabra. Simplemente sacó la mano del bolsillo y, con los dedos temblando como hojas al viento, dejó caer el objeto de plástico sobre las sábanas blancas.
Ella se quedó paralizada.
El vapor del baño aún flotaba en el aire, pero de pronto sintió un frío polar. Tomó la prueba con manos expertas manos que habían manejado miles de euros manchados, pero que ahora no sabían cómo sostener esa verdad….
—Mamá… yo… Alex… él no quiere… —balbuceó Bill, rompiendo en un llanto hipnótico, ocultando su rostro en las manos—Perdóname, mamá. Sé cuánto has trabajado, sé lo que has hecho por nosotros… y ahora yo…
Ella se dejó caer en la cama junto a él.
Ella se había «buscado la vida» para que sus hijos no pasaran por lo que ella pasó, para que nunca supieran lo que era el hambre o el desprecio.
Y ahora, su pequeño Bill, su niño de belleza andrógina y alma pura, estaba repitiendo su historia a los 16 años.
—Mírame, Bill. Mírame —le ordenó ella con una ternura desgarradora, obligándolo a levantar la cara— No me pidas perdón. Tú no has hecho nada malo. El mundo es el que es una basura.
Lo abrazó con una fuerza feroz, envolviéndolo en su aroma a jabón caro y tristeza.
Pero en medio del abrazo, una idea la golpeó como un rayo: Tom.
—Bill, escucha bien lo que te voy a decir —susurró ella con su voz volviéndose dura como el acero— Nadie puede saber esto. Especialmente Tom. ¿Me entiendes? Si Tom se entera de que Alex te hizo esto y que te dejó solo… Berlín se va a quedar pequeño para la sangre que va a correr.
—Él sospechara, mamá. Tom siempre sospecha de todo lo que hago—sollozó Bill contra su hombro.
Ella acarició el largo cabello negro de su hijo. En ese momento, ella ya no era la mujer que vendía su tiempo en los hoteles; era la leona que protegía su camada.
Sabía que Alex era un cobarde, un eco de Jörg que huía ante la responsabilidad.
Pero también sabía que Tom era una bomba de tiempo con rastas rubias y una obsesión que rayaba en lo demencial.
—Yo me encargo, Bill. Yo voy a solucionar esto. Vamos a buscar un médico privado, fuera de Alemania si es necesario. Nadie tocará tu futuro. Pero tienes que actuar normal. Delante de Tom, eres el mismo de siempre. Ni una lágrima, ni un mareo. ¿Me lo prometes?
Bill asintió, aunque el miedo seguía devorándolo por dentro.
Justo en ese momento, se escuchó un golpe seco en la puerta del pasillo. Era Tom.
—¿Mamá? ¿Bill está ahí? Siento su olor a llanto desde mi cuarto —la voz de Tom sonaba profunda, cargada de esa sospecha posesiva que siempre lo caracterizó.
Ella intercambió una mirada de terror con Bill.
El miedo acababa de subir de nivel: ahora eran dos contra uno, guardando un secreto que, de explotar, destruiría el imperio de cristal que les costó catorce años construir.
El secreto estaba a salvo por ahora, pero Tom estaba al acecho.
La tensión en el penthouse era insoportable.
Continúa…
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nmms wey, ahora tom es el cabrón??? 😭
ni un momento de felicidad en esta historia wtff
y siempre son los alex 🫠