Fic Twc de Beth
Capítulo 4
La atmósfera de la universidad se sentía gélida, un recordatorio constante que a pesar de los años, Tom y Bill seguían siendo una unidad inseparable ante los ojos del mundo, aunque por dentro fueran dos galaxias colisionando.
Esa mañana, Bill había intentado con todas sus fuerzas mantener la máscara de normalidad que su madre le pidió. Se delineó los ojos con precisión, ocultando las ojeras de una noche sin sueño, y se vistió con sus prendas oscuras de siempre.
Pero el cuerpo tiene una memoria que la voluntad no puede borrar.
Caminaban por el pasillo principal hacia la facultad de artes.
Tom, con sus rastas rubias asomando bajo la gorra y su andar arrogante, hablaba de una fiesta a la que no pensaba ir si Bill no lo acompañaba. De pronto, el mundo empezó a girar para Bill. Los carteles en las paredes se volvieron manchas de color y el suelo pareció transformarse en agua.
—Tom… me siento… —susurró Bill, pero no terminó la frase.
Sus rodillas cedieron. Antes de que su cuerpo tocara el frío pavimento, Tom ya lo tenía sujeto. Con una agilidad nacida de años de protección obsesiva, lo cargó en sus brazos como si Bill no pesara más que una pluma.
El corazón del rastudo martilleaba contra sus costillas, como un tambor de guerra cargado de pánico.
—¡Abran paso! —rugió Tom, abriéndose camino entre los estudiantes curiosos— ¡Bill, mírame! ¡No te atrevas a cerrarme los ojos!
En la pequeña enfermería del campus, el olor a desinfectante se sentó en una silla de plástico, con los puños apretados, viendo cómo la doctora cerraba la cortina blanca tras la que descansaba su hermano.
Minutos después, la doctora salió.
Tenía una expresión de gravedad profesional.
—¿Eres su hermano? —preguntó ella.
—Somos gemelos —respondió Tom, poniéndose de pie, irradiando una energía peligrosa—Dígame qué tiene.
La doctora suspiró, mirando su tabla.
—Su hermano sufrió una baja de presión severa. Está débil, pero es normal dada su condición. Está de unas pocas semanas, el embarazo apenas comienza.
El mundo de Tom se detuvo.
El ruido de la universidad desapareció.
La palabra «embarazo» golpeó su cerebro como una bala de plata. Sintió ese fuego antiguo prendiéndosele en la piel, una rabia volcánica dirigida hacia Alex, pero algo más profundo ,un instinto de propiedad ancestral lo obligó a respirar hondo.
.
Cuando la doctora le permitió pasar, Tom entró despacio.
Bill estaba sentado en la camilla, pálido, con el cabello negro azabache desordenado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con una voz que Bill no reconoció por lo baja y calmada que sonaba.
—Ya… ya estoy bien, Tom —mintió Bill, tratando de forzar una sonrisa mientras se ajustaba el suéter— Seguro fue porque no desayuné nada esta mañana, ya sabes que a veces se me olvida…
—Ya lo sé todo—lo interrumpió Tom, acercándose un paso más.
Bill se tensó como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Se levantó de la camilla de un salto, con los ojos marrones desorbitados por el terror.
—¡No! ¡Tom, por favor! —rogó Bill, tomándolo de la chaqueta con manos temblorosas—¡Te lo ruego, no le hagas nada a Alex! ¡No hagas una locura! Fue un error, yo… yo no sabía qué hacer…
Tom no gritó. No golpeó la pared. Por primera vez en sus 16 años, la arrogancia desapareció de su rostro, dejando espacio a una calma aterradora y dulce.
—Tranquilízate —dijo poniendo sus manos grandes sobre los hombros de Bill—No voy a hacer nada. Todo está bien. Comprendo por qué no me lo contaste… tenías miedo de mí, ¿verdad?
Bill se quedó mudo, sorprendido por la falta de violencia en su hermano.
Al ver esa ternura inesperada, se derrumbó emocionalmente y se lanzó a los brazos de Tom, sollozando con fuerza. El lo rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en el cuello de su hermano, aspirando ese aroma que lo obsesionaba desde niño.
Al separarse apenas unos milímetros, se quedaron viendo fijamente.
Los cuatro ojos marrones, idénticos y profundos, se reconocieron en la tragedia. Tom extendió su mano y tomó a Bill por el mentón con una delicadeza que ni él mismo sabía que poseía.
—Nadie te va a tocar, Bill. Nadie te va a juzgar. Tú eres mío —susurró Tom.
Y entonces, rompiendo todas las leyes que su madre intentó imponer, Tom acortó la distancia y besó a Bill en los labios.
Fue un beso cargado de años de deseo reprimido, de posesión y de una promesa oscura: a partir de ahora, el secreto no sería de Bill y su madre, sino de los dos gemelos contra el resto del mundo.
El trayecto de regreso al penthouse fue un sepulcro de hierro y cuero. Tom conducía con una mano firme en el volante y la otra apretando la de Bill, una posesión silenciosa que Bill no se atrevía a romper.
El beso en la enfermería seguía quemando en los labios de ambos, un secreto más pesado que el propio embarazo.
Al llegar, el ascensor privado los dejó directamente en la estancia. Eran apenas las dos de la tarde. Simone estaba allí, sentada en la barra de la cocina con una taza de café entre las manos, vistiendo su bata de seda. Se quedó petrificada al verlos entrar tan temprano. Su instinto, afilado por años de vivir en alerta, detectó el olor a hospital y la palidez cadavérica de Bill.
—¿Qué hacen aquí? ¿Pasó algo en la universidad? —preguntó Simone, poniéndose de pie de un salto, sus ojos yendo de las rastas rubias de Tom al rostro desencajado de Bill— ¿Bill? Estás blanco como el papel…
Tom no soltó la mano de su hermano. Caminó con él hasta el sofá, obligándolo a sentarse con una delicadeza protectora que a Simone le resultó aterradora.
—Se desmayó en el pasillo, mamá —dijo Tom con su voz sonando profunda, sin rastro de la arrogancia habitual— La enfermería mandó a decir que necesita reposo absoluto. Tienes una cita con la directora médica mañana a primera hora.
Simone sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Bill, buscando una explicación, un rastro de la mentira que habían pactado.
Bill levantó la mirada con sus ojos marrones nublados por las lágrimas y la confusión del beso que acababa de recibir.
—Ya no tenemos que ocultarlo, mamá… —susurró Bill, con la voz quebrada— Tom ya lo sabe. La doctora se lo dijo todo en la enfermería.
El silencio que siguió fue asfixiante. Simone retrocedió un paso, apoyándose en la mesa de mármol. Miró a Tom, esperando ver el estallido de violencia, los gritos contra Alex, la furia por la «deshonra» de la familia que ella tanto se había esforzado por mantener en un pedestal de oro.
Pero lo que vio la dejó helada.
Tom no estaba gritando. Estaba arrodillado frente a Bill, quitándole los zapatos con una calma quirúrgica. No había odio en su rostro, había una devoción oscura, una fijeza en la mirada que Simone reconoció de inmediato.
Era la misma mirada que ella había temido desde aquel 1 de septiembre: la de un hombre que ha decidido que el mundo entero puede arder, siempre y cuando lo que ama esté bajo su control.
—Sabes que está embarazado… ¿y tú estás así de tranquilo, Tom? —preguntó Simone, con la voz temblando por el miedo a lo que no se estaba diciendo.
Tom se levantó lentamente y miró a su madre. Por un segundo, la máscara de «hijo perfecto» se cayó, y Simone vio al hombre en el que se había convertido el niño al que le negó el amor de su hermano años atrás.
—Todo está bajo control, mamá —dijo con una sonrisa gélida— Bill no va a volver a ver a ese idiota. Yo me voy a encargar de todo. De él, del bebé… y de que nadie más vuelva a ponerle una mano encima.
Simone sintió un escalofrío….se dio cuenta de que Bill acababa de pasar de una jaula de cristal a una de carne y hueso, protegida por su propio hermano.
&
La opulencia del hogar y el vivir asfixiante de sus hijos quedaron atrás cuando Simone cruzó las puertas automáticas del hospital privado en el centro de Berlín.
El aire allí olía a una limpieza clínica que siempre le recordaba a la mentira que les contó a los gemelos durante años, pero esta vez, el miedo era real y palpitaba en sus propias sienes.
Llevaba semanas sintiéndose extrañamente débil.
La fiebre nocturna la despertaba empapada en sudor, y un cansancio que no se curaba con sueño le pesaba en los huesos. Atribuyó todo al estrés de la doble vida y al reciente caos con el embarazo de Bill y la actitud posesiva de Tom, pero su cuerpo sabía algo que su mente se negaba a aceptar.
Caminó por el pasillo hasta el consultorio 402.
En la placa de la puerta se leía: Dra. Thalassa Vesper.
Thalassa no era solo su médica; con el paso de los años y las constantes revisiones discretas que Simone se hacía para «ejercer su oficio» con relativa seguridad, ambas habían forjado una amistad silenciosa.
Thalassa conocía los secretos que Simone no le contaba ni a su propia sombra.
Simone entró y se sentó frente al escritorio de madera oscura.
Thalassa, una mujer de mirada inteligente y gestos pausados, no levantó la vista de los papeles de inmediato. El silencio en el consultorio se volvió un ruido ensordecedor.
—Thalassa, por favor… dime que es solo una anemia fuerte por el ritmo que llevo —susurró Simone, apretando su bolso de marca contra su regazo.
La doctora Vesper suspiró y dejó los resultados sobre la mesa. Sus ojos reflejaban una tristeza que no era profesional, sino humana.
—Simone… hemos repetido las pruebas dos veces para estar seguras. No es anemia —Thalassa tomó la mano de su amiga, que estaba helada—Los marcadores son claros. Has dado positivo en la prueba de VIH.
El mundo se detuvo.
En aquel mes de septiembre, la nieve de Alemania, los ojos marrones de sus hijos, el primer beso de Tom robado a Bill… todo pasó por su mente como una película vieja que se quema en el proyector.
La ironía era un puñal: se había «buscado la vida» vendiendo su cuerpo para que a sus hijos no les faltara nada, y en el proceso, la muerte se le había colado en la sangre.
—No puede ser… yo siempre me cuidaba. Tú lo sabes… yo era cuidadosa —sollozó Simone, sintiendo que el oxígeno le faltaba.
—Un solo descuido, Simone. Un cliente, una ruptura de barrera que no notaste… o quizás alguien en quien confiaste. Tu carga viral es alta, lo que explica por qué te has sentido tan mal últimamente —explicó Thalassa con suavidad—Hoy en día hay tratamientos, puedes vivir muchos años, pero tienes que empezar ya.
Simone no escuchaba las palabras sobre tratamientos o esperanza.
Solo podía pensar en sus hijos.
Tom y Bill tenían 16 años.
Bill estaba esperando un hijo.
Tom estaba perdiendo la cabeza por su hermano.
Y ahora ella, el único pilar que sostenía ese imperio de cristal, estaba herida de muerte por el mismo trabajo que los hizo ricos.
¿Cómo iba a mirarlos a los ojos? ¿Cómo iba a decirles que la «enfermera» de noche se había contagiado de la enfermedad que tanto temían en las sombras? Si Tom se enteraba, buscaría al responsable y Berlín ardería.
Si Bill lo sabía, el estrés podría hacerle perder al bebé.
—Nadie puede saberlo, Thalassa. Ni mis niños, ni nadie —dijo Simone, limpiándose las lágrimas con una furia repentina—Si ellos se enteran de cómo me contagié, sabrán toda la verdad. Sabrán que no soy una enfermera. Sabrán que su vida de lujo salió de… de esto.
Ella salió del consultorio con una receta de antirretrovirales escondida en el fondo de su bolso, justo al lado de la prueba de embarazo de Bill.
Dos secretos, dos sentencias, y una sola madre que sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos.
&
El ambiente en el había cambiado.
La tensión eléctrica de los meses anteriores se había transformado en una calma doméstica, extraña y protectora.
Bill, con cinco meses de embarazo, ya no caminaba por los pasillos de la universidad; ahora su mundo eran los amplios ventanales de la estancia, donde el sol de Berlín bañaba su figura, que ya empezaba a curvarse con una suavidad maternal.
Físicamente, estaba radiante.
La palidez andrógina de su adolescencia había dado paso a un brillo saludable, y sus ojos marrones parecían haber encontrado un propósito nuevo.
El lujo que su madre le proporcionaba batas de seda, la mejor alimentación y el silencio absoluto era el nido perfecto para lo que crecía en su vientre.
Simone, por su parte, vivía su propia batalla en silencio.
Gracias a la Dra.
El tratamiento antirretroviral estaba haciendo milagros silenciosos. Los mareos habían cesado y la fiebre era un mal recuerdo. Ante sus hijos, ella seguía siendo la roca, la «enfermera» incansable, aunque ahora cada pastilla que tomaba a escondidas fuera un recordatorio del precio que pagó por ese mármol que pisaban.
Ayer, tras la revisión mensual, Thalassa le entregó a Bill un sobre sellado con cera plateada.
Dentro descansaba el secreto del destino.
Bill, en un gesto de entrega absoluta, no lo abrió. Se lo dio a Tom.
—Tú elige algo, Tom. Algo que nos diga quién viene en camino —le pidió Bill, con una sonrisa que ya no tenía miedo.
Tom aceptó el sobre con una solemnidad que nadie habría esperado del chico de las rastas rubias y el carácter difícil. Salió de la casa solo, y regresó horas después con una caja envuelta en papel de seda oscuro, guardando el secreto bajo llave en su habitación.
Esa tarde, la reunión fue minúscula. Solo estaban ellos tres y la Dra. Thalassa, quien se había convertido en la guardiana de todos los secretos de esa familia.
No hubo cámaras, ni invitados pretenciosos del colegio caro; solo el aroma a té de canela y el latido compartido de dos gemelos y una madre herida.
Tom se colocó en el centro de la sala. Miró a Bill, que estaba sentado en el sofá con una mano protegiendo su vientre.
La mirada de Tom ya no era solo de posesión; era de una devoción casi religiosa.
—Nacimos para sufrir, pero esto… esto es para que sea el feliz —dijo Tom, con la voz inusualmente suave y baja, susurrando para el mismo.
Abrió la caja.
De su interior, sacó un pequeño par de zapatitos de lana tejida, de un color rosa pastel tan delicado que parecía una nube.
Un pequeño lazo de raso adornaba la punta.
—Es una niña —susurró Tom.
Bill rompió a llorar, pero esta vez eran lágrimas de una pureza que limpiaba el alma. Se llevó las manos a la cara, mientras Simone se acercaba para abrazarlo por los hombros, sintiendo el calor de su hijo y la presencia de la nueva vida.
—Una niña… —repitió Simone, con la voz quebrada—Va a ser hermosa, Bill. Va a tener todo lo que nosotros no tuvimos.
Tom se acercó y, sin importarle la presencia de Thalassa o de su madre, se arrodilló frente a Bill. Puso su mano grande sobre el vientre de su hermano, justo donde el rosa de los zapatitos descansaba ahora.
—Va a ser una princesa, Bill. Y te juro por mi vida que nadie, ni Alex, ni el mundo, ni nadie, le hará sentir nunca el frío que pasamos nosotros —prometió mirando a Bill a los ojos con esa intensidad que solo ellos comprendían…
En ese momento, la enfermedad de Simone parecía no importar.
El abandono de Jörg era una mancha lejana.
Una familia rota que, entre el pecado y el sacrificio, estaba creando un santuario para una pequeña que aún no conocía el color gris del cielo.
La llegada de la niña cambiaba todas las prioridades. Tom está más decidido que nunca a ser el «padre» y protector de esa pequeña.
La noche se extendía como un manto de terciopelo negro sobre los ventanales del penthouse.
Simone había salido; por primera vez en semanas, se permitió una cena con la Dra buscando un respiro del peso de su secreto y de la intensidad que se respiraba entre sus hijos.
El silencio que quedó en el departamento no era vacío, sino cargado, una electricidad estática que siempre parecía rodear a los gemelos cuando no había nadie más que ellos frente a frente.
En la cocina de mármol, bajo la luz cálida de las lámparas de diseño, Bill estaba entregado a un pequeño placer. Con cinco meses de embarazo, sus antojos se habían vuelto leyes en esa casa. Frente a él, un pastel de chocolate y frutos rojos reposaba a medio terminar.
Bill comía con una parsimonia casi hipnótica. Saboreaba cada trozo con los ojos cerrados, dejando que el azúcar calmara la ansiedad que siempre le producía la ausencia de su madre.
Llevaba una bata de seda color crema que se abría ligeramente, dejando ver la curva ya evidente de su vientre, donde la pequeña princesa descansaba.
Tom no estaba comiendo.
Estaba sentado frente a él, con los brazos cruzados sobre la mesa de granito, con sus rastas rubias cayendo sobre sus hombros.
No se movía.
No parpadeaba.
Su mirada recorría el rostro de Bill con una intensidad que quemaba más que el propio chocolate.
Observaba cómo Bill pasaba la lengua por sus labios, cómo cerraba los párpados, cómo suspiraba de satisfacción.
—¿Por qué me miras tanto? —preguntó Bill de pronto, abriendo los ojos y encontrándose con ese fuego familiar—Me pones nervioso. Parece que me vas a comer a mí en lugar del pastel.
Tom no respondió de inmediato.
Una media sonrisa, cargada de esa arrogancia varonil que Bill tanto conocía, apareció en su rostro.
—Tienes betún en la nariz, muñeco—susurró Tom, con una voz que vibró en el pecho de Bill.
Lentamente se puso de pie…su figura, más alta y robusta tras dos años de gimnasio y rabia contenida, se cernió sobre Bill. Se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia hasta que Bill pudo oler el perfume caro de su hermano, mezclado con ese aroma a piel limpia.
Tom extendió su dedo pulgar y, con una delicadeza que contrastaba con su apariencia, limpió el rastro de crema de la punta de la nariz de Bill.
Pero no se retiró.
Dejó su mano ahí, acunando la mejilla de su hermano, Bill sintió que el aire se espesaba. La cercanía era abrumadora, el deseo de Tom era una fuerza física que podía tocar.
Sus miradas se entrelazaron en un desafío silencioso.
Esta vez, el azabache no esperó.
No dejó que Tom tomara la iniciativa como en la enfermería.
Con un impulso nacido de meses de soledad, de miedo y de esa conexión prohibida, Bill se puso de pie, rodeó el cuello de su gemelo con sus brazos y lo atrajo hacia él con una fuerza desesperada.
Fue Bill quien cerró la distancia.
Fue Bill quien estrelló sus labios contra los de Tom.
Fue un beso intenso, crudo, que sabía a chocolate y a años de secreto.
No fue el beso dulce de un hermano; fue la entrega total de alguien que ya no tiene nada que perder. Bill profundizó el contacto, sus dedos enredándose en las rastas rubias de Tom, buscando el ancla que necesitaba en medio de la tormenta de su vida.
Tom, el chico engreído que creía tener el control de Berlín, se desarmó por completo. Sus brazos, que siempre estaban tensos, rodearon la cintura de Bill con una urgencia casi dolorosa, pegándolo a su cuerpo. Soltó un gemido sordo contra los labios de su hermano, rindiéndose ante la evidencia: no importaba cuánto lo negara frente a su madre, él estaba perdido en Bill.
En ese beso, el abandono de Jörg y el propio embarazo desaparecieron.
Solo quedaban ellos dos, en la cocina de un penthouse de lujo, rompiendo la última barrera de su cordura mientras la nieve empezaba a caer, silenciosa, sobre las calles de Alemania.
Esa noche ha cambiado el destino de los tres para siempre.
La relación de los gemelos había pasado a un punto sin retorno.
Continúa…
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alch ya sentía yo que tom casi casi le sacaba la criatura a bill ahí 😭
pero fak con la mamá 🙁
y fue leer que tom le dijera «muñeco» a bill y tuve war flashbacks 😭